SANTA MARÍA DE LA RÁBIDA ANTES DE SU RESTAURACIÓN.]

A medida que los habitantes de Palos se han ido trasladando a Moguer,

los religiosos, convencidos que ya no eran útiles a la población harto

alejada, también se fueron retirando poco a poco. En tiempo de la

revolución francesa estaban allí unos cuatro o cinco y se cuenta que

el convento fué saqueado y el archivo destruído. El año 1825 había

cuatro frailes; el edificio se hallaba casi olvidado. La revolución

religiosa de 1835 suprimió los conventos, y aunque el de la Rábida

fué clasificado y numerado como propiedad nacional, sin embargo, los

habitantes ribereños devastaron el edificio y el jardín. En el año 1854

el duque de Montpensier inició una suscripción para restaurar aquella

joya histórica. En efecto, se restableció la celda del P. Juan Pérez y

se restauró la iglesia, inaugurándose la restauración el 15 de abril

de 1855, con asistencia de los duques de Montpensier, acompañados de

los duques de Nemours[387].

[387] Véase la _Historia de Cristóbal Colón_, tom. I, págs.

123-126 del conde Roselly de Lorgues.

A la sazón--como dice Becerro de Bengoa--el histórico monumento,

completamente blanqueado, es «sencillo en sus líneas, breve en su

contorno y humilde en su total apariencia». «En su aspecto--añade--nada

puede darse más reducido, en su arte exterior nada más pobre, en sus

alrededores nada más mustio y desolado, y realmente en su interior nada

más diminuto y vulgar, según está ahora. Añadid a esto el abandono,

el silencio, la soledad, el aparente apartamiento del mundo en que

aquello yace, y tendréis idea de la desilusión de que os hablo, y que,

en efecto, allí se siente»[388]. En aquella modesta mansión se trataron

los asuntos más transcendentales del siglo XV y aun de la historia.

[388] _Conferencia pronunciada el 21 de diciembre de 1891 en

el Ateneo de Madrid_, pág. 10.

Desde Portugal venía Colón acompañado de su hijo Diego. Hallábase a

la vista de Santa María de la Rábida. Vencido por el cansancio y la

fatiga, descansó a la sombra de carcomida palmera--si damos crédito

a la tradición--; palmera conservada hoy entre un macizo de flores y

con el largo tronco apuntalado, distante cien metros del convento.

Frente al cenobio o explanada que dá acceso al interior de dicha casa

religiosa, se levanta cruz de hierro sobre pilar de tosca mampostería,

en cuyas gradas hubo de sentarse el futuro descubridor del Nuevo Mundo.

Al poco tiempo--según refieren antiguas relaciones--Cristóbal Colón

llamó a la puerta de la casa franciscana para pedir un pedazo de pan y

una poca agua con que saciar el hambre y apagar la sed de su hijo Diego.

¿Llego Colón el año 1484, como tradicionalmente han escrito los

historiadores, o el año 1491, según parece desprenderse de una

relación de Garci Hernández, médico de Palos, en el famoso pleito de

los Pinzones?[389]. Con mucha razón dice el marqués de Hoyos, que «si

las palabras del físico de Palos se refiriesen a 1491, era totalmente

impropio el calificativo de _niñico_ dado por éste al hijo de Colón,

al que también Las Casas llama niño chiquito, siendo así que en esa

época debía tener ya más de quince años, mientras que a su llegada

a España (1484), tendría ocho, edad en que le cuadraban las citadas

expresiones»[390].

[389] No falta quien diga que llegó el 20 de enero de 1485.

[390] _Conferencia en el Ateneo de Madrid acerca de Colón y

los Reyes Católicos_ (24 de marzo de 1891). Debió nacer Diego

en el año 1476.

Los franciscanos de Nuestra Señora de los Remedios, y en particular,

el P. Fr. Juan Pérez--a quien algunos llaman guardián del

convento--acogieron a Colón con gran afecto y cariño. Justo será

recordar entre los religiosos el nombre de Fr. Antonio de Marchena

«buen astrólogo», como decían los Reyes Católicos.

En el convento de Santa María de la Rábida encontró el futuro Almirante

el apoyo que buscaba. Los frailes dieron pan y agua al hijo de Colón.

Aquel pedazo de pan que sirvió de alimento, y aquella poca agua que

apagó la sed del _niñico_ Diego, fueron pagados con el descubrimiento

del Nuevo Mundo. El convento de Santa María de la Rábida respondió a

su tradición protegiendo al insigne genovés. Aquel Fray Juan Pérez y

aquel Fr. Antonio de Marchena, eran discípulos de San Francisco de

Asís, del bondadoso San Buenaventura, del sabio Rogerio Bacon y del

_Doctor Iluminado_ Raimundo Lulio. Si San Francisco enseñó a sus hijos

la caridad y fraternidad humanas, y San Buenaventura pasó toda su

vida queriendo armonizar las dos tendencias religiosas representadas

en San Antonio y en Elías de Cortona, Rogerio Bacon, el inventor de

la pólvora, predijo gran parte de los descubrimientos modernos; y

Raimundo Lulio, cerca del año 1287, en filosófico discurso, dijo (como

ya en el anterior capítulo hicimos notar), que «la parte opuesta del

Poniente estriba en otro continente que no vemos ni conocemos desde

acá». De caritativos y sabios podemos calificar a los fundadores de la

Orden de San Francisco. Correspondióles Colón con el mismo cariño. Por

eso, a la hora de su muerte en Valladolid, un fraile franciscano le

leía la _Comendación_ del alma, franciscanos acompañaron su cuerpo a

_Santa María la Antigua_, franciscanos celebraron en dicho templo sus

exequias, y franciscanos, por último, condujeron sus restos mortales a

las tumbas del convento de los mencionados Padres.

Conocedores Fr. Juan Pérez, Fr. Antonio de Marchena y el físico Garci

Hernández de los proyectos del futuro Almirante, no ignorando que

pensaba dirigirse a Francia en busca de protección, y comprendiendo al

mismo tiempo que por entonces andaban empeñados los Reyes Católicos en

la guerra de Granada, aconsejaron a Colón que se dirigiera en demanda

de apoyo al duque de Medinasidonia, dueño entonces de la mayor parte

de la actual provincia de Huelva y de muchos pueblos y tierras de las

de Cádiz y Sevilla, con espléndida corte en la última de las citadas

ciudades y en la de Sanlúcar de Barrameda. Los productos mayores de la

casa de Medinasidonia procedían de su privilegio de las almadrabas de

Sanlúcar, para cuya industria tenían importante flota. En solicitud

de algunas naves se dirigió Colón camino de Sevilla, llevando cartas

de recomendación del guardián de la Rábida dirigidas al duque de

Medinasidonia. En Sevilla encontró nuestro extranjero navegante a

algunos genoveses, banqueros por lo general, y entre ellos a Juan

Berardi, hombre rico y en cuya casa estaba empleado Américo Vespucio,

tan famoso luego en la historia del Nuevo Mundo[391].

[391] Vespucio nació su Florencia el año 1455.

No habiendo encontrado protección en el de Medinasidonia, se presentó,

con iguales recomendaciones, al duque de Medinaceli, señor no menos

poderoso que el anterior y que en su ciudad del Puerto de Santa María

no le faltaban elementos marítimos para una empresa tan arriesgada como

gloriosa.

Bien será poner en este lugar la carta que el de Medinaceli escribió

al cardenal González de Mendoza, y que Navarrete colocó entre sus

documentos. Dice así:

«Al Reverendísimo señor, el Sr. Cardenal de España, Arzobispo de

Toledo, etc.

Reverendísimo señor: no sé si sabe vuestra Señoria como yo tuve en

mi casa mucho tiempo a Cristobal Colomo, que se venia de Portugal y

se queria ir al Rey de Francia para que emprendiese de ir a buscar

las Indias con su favor y ayuda, e yo lo quisiere probar e enviar

desde el Puerto que tenia buen aparejo con tres o cuatro carabelas,

que no demandaba mas; pero como vi que era esta empresa para la

Reina nuestra señora, escribilo a su Alteza desde Rota[392], y

respondiome que ge lo enviase; yo ge lo envié entonces, y supliqué

a su Alteza, pues yo no lo quise tentar y lo aderezaba para su

servicio, que me mandase hacer merced y parte en ella, y que el

cargo y descargo de este negocio fuese en el Puerto. Su Alteza

lo recibió y le dió encargo a Alonso de Quintanilla, el cual me

escribió de su parte, que no tenia este negocio por muy cierto;

pero que si se acertase, que su Alteza me haria merced y daria

parte en ello: y después de haberle bien examinado, acordó de

enviarle a buscar las Indias. Puede haber ocho meses que partió, y

agora es él venido de vuelta a Lisbona, y ha hallado todo lo que

buscaba y muy cumplidamente, lo cual luego yo supe, y por facer

saber tan buena nueva a su Alteza, ge lo escribo con Xuarez, y le

envío a suplicar me haga merced que yo pueda enviar en cada año

allá algunas carabelas mias. Suplico a vuestra Señoria me quiera

ayudar en ello, y ge lo suplique de mi parte, pues a mi cabsa, e

por yo detenerle en mi casa dos años, y averle enderezado a su

servicio, se ha hallado tan grande cosa como esta. Y porque de todo

informará mas largo Xuarez a vuestra Señoria, suplicole le crea.

Guarde Nuestro Señor vuestra Reverendisima persona como vuestra

Señoria desea. De la villa de Cogolludo a 19 de marzo.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 71 / 152 题