LA INDUSTRIA.--LA METALURGIA.--LA MINERÍA.--LOS CURTIDOS.--LOS
TEJIDOS.--LA CERÁMICA.--LOS COLORES.--OTRAS INDUSTRIAS.--LA
AGRICULTURA.--LA GANADERÍA.--EL COMERCIO.--LA MONEDA.
Hubo industria en América, lo mismo entre las razas cultas que entre
las incultas. En las primeras, como es natural, más perfecta que en
las segundas. Muy frecuente era el uso de los metales en la América
del Sur; poco común en la del Norte. Fundían el oro, plata y cobre
aztecas e incas; también los caribes, haitianos y otros. No dejan de
sorprendernos algunos productos del arte metalúrgico, considerando las
pocas e imperfectas herramientas que tuvieron a mano. Desconocían el
fuelle, el yunque, el martillo con mango, las tenazas, los clavos, la
sierra, la barrena, el cepillo, el buril, las tijeras y la aguja. El
oro era el metal más estimado y con él imitaban formas animales. Lo
mismo sucedía en obras de madera y el carpintero apenas podía disponer
más que del hacha y de la azuela.
El cacique Guaynacapa--si damos crédito al historiador Gomara--«tenía
de oro todo el servicio de su casa, adornaba además con estatuas de
oro, de tamaño real, de cuantos animales, aves, árboles y hierbas
produce la tierra, y cuantos peces cría la mar y agua sus reinos.»
Otros caciques chapeaban las paredes de sus palacios y templos con el
rico metal. «La metalurgia americana precolombina juega un gran papel
entre las antiguas industrias humanas, tanto por la abundantísima e
inmejorable riqueza de sus productos, como por el exquisito arte y
estética que imprimieron en ellos»[277]. Causa admiración los muchos
y preciosos objetos que hacían de oro y de plata; no los harían más
perfectos los mejores artífices de Europa. Se conservan ajorcas y
collares de delicadas y caprichosas labores, siendo de notar que en
dichas joyas estaba mezclado el oro con el estaño y antimonio. En uno
de los cintos que el cacique Guacanagarí regaló a Colón, había una
carátula que tenía de oro las orejas, los ojos, la nariz y la lengua.
Admirábanse objetos de oro, plata y pedrería en los palacios de
Moctezuma y de Atahualpa. En los jardines del emperador de México se
dice que había figuras de oro y plata que tenían movimiento, pues se
habla de pájaros y otros animales que meneaban la cabeza, la lengua,
las alas y los pies, añadiéndose que llamaba la atención un mono que
hilaba y se ponía en cómicas actitudes. Sacudía una zumacaya la cabeza,
daba una gaviota con el pico en una tabla, se picoteaban dos perdices
y en una de las fiestas de los koniagas cuatro pájaros artificiales
ejecutaban especie de pantomima.
[277] Sentenach, Ob. cit., págs. 135 y 136.
No sólo trabajaban los americanos las piedras preciosas, sino toda
clase de piedra, haciendo con ellas la mayor parte de sus instrumentos
y utensilios. De piedra hacían la punta de sus lanzas, los almireces,
los metates, las pipas, los espejos, las estatuas y los relieves. No
se limitaban a todo esto; también cincelaban la piedra, la pulían y
le daban formas elegantes. Se distinguían en estos trabajos aztecas y
peruanos.
La industria _minera_ se estimaba mucho. Se beneficiaba especialmente
el oro, la plata, el cobre, el estaño y el plomo. Se dice que sólo
los aztecas aplicaron el plomo a la industria. Conocían los indios
el azogue, aunque no la virtud que posee de separar el metal de la
escoria. Había hierro en el país; pero ignoraban los indígenas sus
infinitas aplicaciones. Buscábase generalmente el oro en el lecho
de los ríos. Los nahuas mejicanos y los peruanos lo tenían en la
superficie de la tierra; los primeros en las provincias del Mediodía,
y los segundos en casi todas ellas. Unos y otros para adquirirlo,
¿abrieron galerías subterráneas? No lo sabemos. La plata y el estaño
lo extraían los nahuas de las minas de Taxco y de Tzompanco; el cobre,
de Michoacán y de otras partes. Ignoramos de dónde lo extrajesen los
peruanos.
Respecto a la industria de curtir las pieles de los animales, animales
que cazaban o pescaban muchas tribus, mostraron rara habilidad los
indios. Los conquistadores españoles quedaron asombrados al ver cómo
las tundían y adobaban. Los aztecas, no sólo las curtían perfectamente,
sino las teñían de vivos colores. Más torpes los peruanos, se
contentaban con meterlas dentro de grandes vasijas llenas de orines,
zurrándolas después. En dicha industria aventajaban a los peruanos
algunas tribus salvajes que se extendían desde el golfo de México al
Océano Glacial del Norte. Las tribus de la Florida hacían finos mantos
para sus caciques con las pieles de martas cebellinas. Los californios,
los columbios, los hurones y otros, las curtían de diferentes modos.
Los del Gila curtían las del alce, del ciervo, del oso y de la
zorra; los esquimales, además de las de los animales dichos, las del
rengífero, el lobo, la liebre, la ardilla, la foca y la ballena.
La industria _plumaria_ adquirió mucha importancia. Las plumas de los
pájaros se las mezclaba con el algodón en los tejidos y se hacían
mosqueadores y abanicos. Con las plumas se adornaban los escudos de los
guerreros y con ellas se reproducían los seres todos de la naturaleza:
hombres, bestias, aves, reptiles, árboles, flores y hojas. Recogíanse
las de los brillantes pájaros de los trópicos, entre los que figuraban
el colibrí, el papagayo y el guainambi. Estas obras de pluma--si
damos crédito a los historiadores de las Indias--podían competir con
los cuadros más perfectos de los artistas europeos. De pluma estaban
compuestos los mantos de los reyes y las vestiduras de los sacerdotes,
los tapices que cubrían las paredes de los palacios y los templos, los
quitasoles y las colchas de las camas. Eran muy estimados en México
los artífices de estas obras de pluma, y porque vivían en el barrio
denominado Amantla, se dió a ellos el nombre de _amantecas_.
Asimismo se estimaba mucho la industria de tejidos de lana, alpaca,
vicuña, llama y huanaco. La lana de vicuña la hilaban y tejían las
vírgenes del Sol para los incas y los sacerdotes. Se desconocen
los procedimientos de industria tan adelantada. Mantos de pelo le
parecieron a Hernán Cortés de seda, lo mismo por la suavidad que por
el brillo. Hilaban y tejían el algodón muchas tribus, distinguiéndose
sobre todas los aztecas y peruanos, cuyos tejedores hacían toda clase
de telas, lo mismo finas que bastas. A veces mezclaban el algodón y las
plumas; a veces el algodón y el pelo de conejo.
No sólo del reino animal, sino también del vegetal, sacaron todas
aquellas razas muchos elementos para su industria. Los pobres mejicanos
se vestían con telas hechas de las fibras del maguey y de ciertas
palmas. Otros pueblos tejían telas con determinadas substancias; así
los hurones hilaban el cáñamo silvestre, los guaicurues el hilo de
ciertos cardos, los achaguas y los otomacos el de las palmeras, los
tlinkits el de las algas marinas y los haidahs el de la corteza de
cedro, de pino o de sauce. El juracaré se cubría con la corteza de los
árboles, la cual pintaba, no la deshilaba. Con los vegetales se servían
para la fabricación de cuerdas, esteras, cestas y otras clases de
utensilios.
De igual modo, muchas tribus trabajaban hábilmente la madera. Los
aztecas y los mayas, que tuvieron su escritura geroglífica, usaron
de hojas delgadas de palmera, y más frecuentemente de las fibras del
maguey. Además de la fabricación del papel, ya se ha dicho que el
maguey se empleaba para hacer telas, esteras y sogas; también como
substancia alimenticia. Añadiremos a todo esto que de las espinas
hicieron los aztecas agujas, y de las raíces los peruanos cierto
jaboncillo, con el cual las mujeres se pintaban las pecas de la cara y
se lavaban el cabello.
La industria más extendida fué la _cerámica_. Quizá se desarrolló
más rápidamente en América que en Europa. Los productos cerámicos
eran numerosos y diferentes entre los pueblos americanos. Llegaron
algunos a trabajar perfectamente el barro, revelándolo así los objetos
encontrados en antiguos sepulcros del Perú, Chiriqui y Costa Rica.
Entre las vasijas de los _mound-builders_ ya las había de largo cuello
y de iguales formas que en la industria española. Mucho mejor que los
_mound-builders_ trabajaron el barro los nahuas, los cuales hacían
platos, fuentes, copas, jarros, calderos, pebeteros, urnas sepulcrales,
instrumentos de música y otros muchos objetos. Puédese citar como
ejemplos la urna de México, descubierta en la plaza de Tlatelulco,
el vaso de Tula y el ídolo de Culhuacán. Del mismo modo los mayas
trabajaron con toda perfección el barro, hasta el punto que los vasos
de Yarumela son tan bellos como la citada urna de Tlatelulco entre los
nahuas. Por lo que se refiere al Perú, también la cerámica era muy
rica en formas. Brutos, aves y peces estaban reproducidos en los vasos
de arcilla. Lo estaban el hombre y la mujer en sus diferentes edades,
a veces en caricatura o en el acto de cumplir deseos carnales. Estas
imágenes, ya daban la forma al vaso, ya sólo le servían de adorno.
Vasos había que eran la cabeza o el pie de hombres o de monstruos.
No encontramos en ningún pueblo vasos construídos con más ingenio.
Algunos, por el movimiento del agua de que estaban llenos, reproducían
la voz de hombre o el grito del animal que representaban: uno imitaba
perfectamente el gemido lastimero de una anciana, como el que se halla
en el _Museo Arqueológico de Madrid_; otro el gorjeo de un pájaro,
un tercero el silbido de una culebra. Constan generalmente de dos
botellas que se comunican y llevan el cuello de la una abierto, el de
la otra sólo con agujeros que permiten el paso del aire. El aire que
el agua desaloja al moverse es el que, pasando por los orificios o
estrechos agujeros, produce el fenómeno. Ciertas vasijas redondas se
llenaban por el asiento; ya llenas podía volvérselas sin derramar el
líquido. Había, además, vasos que podríamos llamar _lacrimatorios_,
los cuales representaban caras tristes y por los poros salía el agua
y se deslizaba por las mejillas. «La variedad de los vasos del Perú
era infinita. Se les descubre todos los días de nuevas formas en las
excavaciones de los sepulcros. No parece sino que repugnaba a los
alfareros la reproducción de los tipos que inventaban. Los hay de
doble cuello y hasta de cuatro recipientes unidos por tubos huecos.
En riqueza de formas no es comparable con la cerámica peruana ni aun
la fenicia, que tenía también vasos de cuello doble y aun de tres
recipientes»[278]. Añade el mismo historiador que en el siglo XV casi
todos los pueblos americanos fabricaron el barro, siendo de notar que
ni cultos ni salvajes conocieron la rueda del alfarero. Se cree que
empleaban algún procedimiento para que la arcilla no se abollase ni
resultara desigual el espesor de las paredes de los vasos. Tampoco
se sabe si cocieron las vasijas en hornos. Los hubo en el valle del
Mississipí, según dicen Squier y Davis; pero se ignora cuándo y quiénes
los hicieron.
[278] Nota manuscrita de Pi y Margall en su _Historia de
América_, volumen 2.º, pág. 1.236.
Si se trata de los _colores_, los sacaron de los tres reinos de la
naturaleza. Recurrieron a los vegetales casi todas las tribus. Aztecas
y peruanos se sirvieron para sus tintes lo mismo de los minerales que
de los vegetales.
Del reino animal utilizaron la cochinilla y ciertas ostras. De la
primera sacaron el color carmesí y de las segundas el de púrpura. Los
mayas y nahuas se servían de la cochinilla, y los nicaraguatecas de las
ostras. No sólo servían los vegetales para los tejidos; también para
la fabricación de cestos, canastos, esteras, cuerdas, sogas y otros
objetos. En los textiles, diferentes en las formas, usos, colores y
trama, los había sencillos como los de los iroqueses y algonquinos,
artísticos como los de los aztecas, peruanos y otras tribus del Sur de
América. Se sabe que las razas que vivían cerca del mar de los caribes
usaban la palmera y el cabuya o henequén para hacer toda clase de
cuerdas; los tobas se servían de la bromelia; los muscogis empleaban
retorcidas cortezas de árboles o hierbas parecidas al lino, y los
iroqueses tenían como substancia principal los filamentos del sauce
o del cedro. Los californios del Norte hacían esteras de raíces de
sauce, los nutkas de fibras de cortezas de cedro, y multitud de pueblos
de mimbre, junco o bambú. Iroqueses, hurones, tacullis y colombios
de tierra adentro, hacían sus vasijas, platos y copas de cortezas
de varios árboles; los shoshonis y otros, de mimbre o de hierbas
trenzadas; los apaches, de varetas de sauce; los yaquis, los ceris y
los nicaraguatecas, de calabaza. De la vajilla de los haitianos se
hacen lenguas algunos cronistas.
Respecto a objetos de madera sobresalían los aztecas y los mayas,
superiores a los peruanos, y entre las razas salvajes los chinuks, los
esquimales, los koniagas y los tinneks.
Pocos progresos hizo la _agricultura_, industria que presupone el
empleo de bestias de tiro y el uso del arado. Los aztecas se servían
para romper la tierra, ya de una especie de pala de roble, ya de una
herramienta de cobre y madera; los incas usaban una como laya. Araban,
pues, la tierra con una estaca o pértiga terminada en punta, de cuatro
dedos de ancha, larga como de una braza, llana por delante y redonda
por detrás, que llevaba a una media vara de su remate sólido y firme
travesaño. Clavábase la estaca en la tierra y saltando el labrador
sobre el estribo la hincaba cuanto podía. Seis o siete hombres,
apalancándola al mismo tiempo y tirando con toda su fuerza, levantaban
grandes terrones. Las mujeres, que asistían a la faena, ora rompían los
terrones con sus rastrillos, ora volvían las tierras de abajo arriba,
para que, puestas al aire y al sol, las malas raíces se secaran pronto
o muriesen. Fatigoso y pesado era el procedimiento; pero con él se
conseguía suplir la falta de yuntas, como también el uso del arado y de
otros instrumentos de agricultura.
Hacíase la siembra agujereando el suelo con agudas estacas y echando la
semilla en los agujeros, los cuales tapaban con tierra, sirviéndose del
pie o de la mano. A su tiempo se escardaba o se limpiaba de hierbas y
broza. Cuando la mies estaba en sazón, en el mismo terruño o en próximo
paraje, se levantaba una especie de barraca de madera y cañas, donde
muchachos con piedras y a gritos ahuyentaban las aves y toda clase de
animales dañinos. Contribuía al atraso de la agricultura la falta de
instrumentos de toda clase. Los americanos desconocían el molino y el
cedazo: el maíz lo molían sobre una piedra plana con otra en forma
de media luna, que cogían con las dos manos. A fuerza de repetidos
golpes y de batirlo una y otra vez, lo reducían a tosca harina. Luego
extendían la harina sobre mantas de algodón, pegándose la flor y
quedando suelto el salvado. Con la harina formaban tortillas que las
tostaban en los hornos. De otros varios modos preparaban el maíz, pues
con él hasta hacían un licor, dejando fermentar el agua en que había
cocido aquella planta.
Los abonos eran conocidos y aun estimados por muchos pueblos; pero
principalmente consistían en la ceniza. En unas partes se pegaba fuego
al rastrojo y en otras a los arbustos o matas: la ceniza se extendía
por las tierras destinadas al cultivo. Los peruanos, además de la
ceniza, abonaban las tierras, ya por medio de excrementos humanos, ya
por medio de excrementos del ganado, y muy especialmente por el que
dejaban los numerosos pájaros marinos de las islas Chinchas. También
servía de abono los peces muertos que el mar arrojaba a la playa.
Refieren los cronistas, que desde Arequipa a Tarapaca era tan estimado
por los agricultores el estiércol de las aves marinas, que se castigaba
con la pena capital al matador de ellas e igualmente al que entraba en
las islas durante la cría de dichos pájaros.
Los mayas de la América Central, lo mismo que los aztecas mejicanos y
los incas peruanos, hicieron algunos progresos en la agricultura. Entre
los pueblos de la América Central se distinguieron los habitantes de
Nicaragua. Los nicaragüenses para el riego de las tierras conducían el
agua a veces de ásperas y lejanas distancias, por medio de acequias y
acueductos. Tales obras causan a la sazón no poca sorpresa a nuestros
ingenieros. No dejó de aprovecharse ni un solo pedazo de tierra
cultivable. En las costas más bajas, como en las montañas más altas, se
cogían abundantes cosechas de maíz, patatas, algodón, coco, etcétera.
También practicaron con mucho acierto y dieron bastante desarrollo a la
_horticultura_.
Cultivábase el maíz por numerosas tribus, y aunque no tanto, la
mandioca, las judías, las patatas o papas, el pimiento (_chile o axi_),
la calabaza, el _maní_ (cacahuete), el tabaco, el maguey, el cacao,
el algodón y el plátano; en el Perú, muy especialmente, la coca y la
quinua. Indígena del Perú, o importada de Chile, la patata constituía
en algunas partes el principal alimento de los indios: dicha planta
era desconocida en México, lo cual prueba que peruanos y mexicanos
ignoraban recíprocamente su existencia. Por lo que al tabaco se
refiere, conviene no olvidar que el uso que de él hacían los peruanos,
era diferente del de otros pueblos donde era conocido, pues allí sólo
lo empleaban como medicina en forma de rapé[279]. Del maíz sólo diremos
que era el principal alimento, lo mismo entre los pueblos del Norte que
entre los del Sur del continente americano; después de su exportación
al Antiguo Mundo, también aquí se extendió rápidamente.
[279] Garcilaso, _Com. Real._, parte I, lib. II, cap. XXV.
El pan llamado _cazabe_ se hacía de la yuca o mandioca. Conocían muchas
de las excelentes cualidades del maguey (_agave americano_) y del
_maní_.
Los árboles que producían el cacao sólo se cultivaban en las tierras
calientes de México, y en las que median entre los dos istmos, y se
plantaban por hileras, distantes uno de otro sobre cuatro varas, cerca
del agua, para que fuera fácil el riego y a la sombra de árboles más
altos y frondosos, para que a causa de los ardores del sol no cuajara
el fruto.
Fué muy estimada en algunos puntos la _ganadería_. No se conocía el
caballo, si bien la paleontología muestra que lo hubo en los primitivos
tiempos. Recorrían numerosos bisontes las praderas. Pacían en los Andes
del Perú cuatro especies de carneros: el llama, el huanaco, la alpaca
y la vicuña. Consiguieron los incas domesticar el llama, sirviéndose
de él para los transportes. El huanaco, la alpaca y la vicuña pacían
salvajes por los páramos de los citados montes. No se consentía al
campesino peruano que cazase estos animales silvestres. Cada año se
celebraba una cacería, ya presidida por el Emperador, ya por sus
representantes. No se repetían las cacerías en la misma parte del país,
sino cada cuatro años, pues de este modo podían reponerse fácilmente
los animales.
Los indios trasquilaban y recogían excelentes lanas de los animales
muertos; de igual manera se aprovechaban del vellón de los llamas
que destinaban al acarreo. Tanto los llamas como los otros animales
de la misma familia, casi sólo eran estimados por su lana. La lana de
la vicuña, dice Walton, era mucho más apreciada que el pelo fino del
castor del Canadá y que la lana de la _brébis des Calmoucks_ o de la
cabra de Siria[280]. Además del animal doméstico llama, Garcilaso de
la Vega cita gansos en el Perú, Hernán Cortés refiere que gallinas,
ánsares y perros castrados había en México, no cabe duda que el
pavo y otras aves se criaban en los pueblos mayas, y--según ciertos
autores--el conejo, la liebre y la abeja. El P. Las Casas habla de
colmenas, y Gomara dice que las abejas eran pequeñas y la miel un poco
amarga. Convienen los historiadores que en los estanques de uno de los
palacios de Moctezuma se mantenían varias aves acuáticas.
[280] _Relación histórica y descriptiva del camero peruano_,
pág. 115. Londres, 1811.
Numerosas tribus de América no conocían la agricultura. Los patagones,
los charrúas y otras muchas tribus vivían exclusivamente de la caza,
la pesca y los frutos silvestres. Lo mismo hacían las que en el Norte
habitaban más allá de los Grandes Lagos. Aun en la América Central
se encontraban tribus que desconocían los trabajos agrícolas más
rudimentarios.
Pocas razas salvajes se dedicaban al _comercio_. Había, sí, cambio
de productos de hogar a hogar y aun de tribu a tribu. Los españoles
daban a los indios fruslerías por artículos de utilidad. «En la isla
de Guanahaní--dice Cristóbal Colón--nos daban los indígenas por
cuentecillas de vidrio y cascabeles, papagayos, ovillos de algodón,
azagayas y otras muchas cosas. Hasta diez y seis ovillos que pesarían
más de una arroba ví dar por tres centis de Portugal, que equivalen a
una blanca de Castilla». Entre las razas salvajes sólo podemos decir
que se dedicaban al comercio antes de la conquista los haidahs, los
nutkas, los chinuks, los columbios y los mojaves; pero los verdaderos
comerciantes de América fueron los nahuas y los mayas, que tuvieron
sus mercados, sus ferias, sus expediciones mercantiles y algo que
suplía la moneda. Desde la remota época de los xicalancas venían los
nahuas ejerciendo el comercio en Veracruz, Oajaca y Tabasco. Durante
la dominación de los toltecas adquirieron importancia comercial Tula y
Cholula, bajo los chichimecas Tlaxcala y bajo los aztecas Tlatelulco,
alcanzando en esta última época su apogeo. Los mercaderes de Tlatelulco
llegaron a rivalizar con la nobleza, se regían por Cónsules y
Tribunales propios y formaban uno de los Consejos de la corona. A los
pueblos del Mediodía cambiaban artículos de algodón, pieles, objetos de
oro, piedras preciosas y esclavos por aromas, plumas, productos de mar
y muy especialmente ámbar, una de las materias más estimadas por los
nobles de México.
Era aún más considerable entre los nahuas el comercio interior. Todos
los días celebraban mercado y semanalmente una feria en Tlatelulco,
Tlaxcala, Tezcuco y otros pueblos. La plaza que para los mercados y
ferias había en Tlatelulco se hallaba rodeada de portales; en ella se
vendían toda clase de mercancías; pero en su correspondiente calle o
compartimiento. Aquí, se vendía la caza; allí, la hortaliza; más allá,
las frutas; en ésta, las telas; en aquélla la porcelana. Vendíase en
este compartimiento la plata, el oro y la pedrería, y en aquél, la
piedra, los adobes y el ladrillo; en otros muchos, los diferentes
productos de la naturaleza y del arte. Dentro de la misma plaza había
un edificio (_teopancalli_) donde estaban sentados 10 o 12 jueces
que regulaban los precios, dirimían toda clase de cuestiones entre
vendedores y compradores y castigaban a los delincuentes. Refiere
Hernán Cortés que unas piezas de estaño hacían oficio de moneda en
varias provincias; Ixtlilxochitl cita cierta moneda de cobre, larga
de dos dedos, ancha de uno y gruesa como un real, que habían usado
los indígenas de Tutupec; y Bernal Díaz del Castillo habla de unos
cañutillos de pluma blancos y transparentes, llenos de granos de oro
que, según los gruesos y largos, se les daba determinado valor. Pero
lo que pasaba en todas partes por moneda corriente eran almendras de
cacao, las cuales se podían emplear sueltas y también reunidas en
_xiquipillis_ (8.000) y en sacos (24.000). La moneda, pues, en México
era el cacao; las monedas de estaño de que habla Cortés y las de cobre
de Ixtlilxochitl debieron ser puramente locales. En todos los mercados
se vendía por cuenta y medida, no por peso. «Fasta agora no se ha
visto vender cosa alguna por peso», escribe Hernán Cortés, después de
recorrer el mercado de Tlatelulco. Refiere Oviedo que en Nicaragua
se compraba por diez almendras de cacao un conejo, por otras diez se
gozaba una prostituta y se adquiría por ciento un esclavo.
También entre los mayas tenía suma importancia el comercio. Del mismo
modo, allí los comerciantes constituían clase privilegiada; había
mercados y ferias, y un empleado regulaba los precios y castigaba a los
infractores de las leyes comerciales. El comercio exterior se hacía por
grandes caravanas.
En suma, nahuas y mayas eran comerciantes; pero a causa de ser
imperfectísima la moneda, prevalecía tanto en los primeros como en los
segundos el cambio directo de las cosas.
«La sarta de conchas--escribe Pi y Margall--se dice hoy que haría
el oficio de moneda en todas las tribus que ocupaban el territorio
del Canadá, los Estados Unidos y las dos Californias. Aun entre los
yucatecas se cree que sirvieron de moneda las conchas»[281].
[281] Nota manuscrista en la pág. 1.244 de la citada obra y
volumen.