CAPÍTULO XIV

LA INDUSTRIA.--LA METALURGIA.--LA MINERÍA.--LOS CURTIDOS.--LOS

TEJIDOS.--LA CERÁMICA.--LOS COLORES.--OTRAS INDUSTRIAS.--LA

AGRICULTURA.--LA GANADERÍA.--EL COMERCIO.--LA MONEDA.

Hubo industria en América, lo mismo entre las razas cultas que entre

las incultas. En las primeras, como es natural, más perfecta que en

las segundas. Muy frecuente era el uso de los metales en la América

del Sur; poco común en la del Norte. Fundían el oro, plata y cobre

aztecas e incas; también los caribes, haitianos y otros. No dejan de

sorprendernos algunos productos del arte metalúrgico, considerando las

pocas e imperfectas herramientas que tuvieron a mano. Desconocían el

fuelle, el yunque, el martillo con mango, las tenazas, los clavos, la

sierra, la barrena, el cepillo, el buril, las tijeras y la aguja. El

oro era el metal más estimado y con él imitaban formas animales. Lo

mismo sucedía en obras de madera y el carpintero apenas podía disponer

más que del hacha y de la azuela.

El cacique Guaynacapa--si damos crédito al historiador Gomara--«tenía

de oro todo el servicio de su casa, adornaba además con estatuas de

oro, de tamaño real, de cuantos animales, aves, árboles y hierbas

produce la tierra, y cuantos peces cría la mar y agua sus reinos.»

Otros caciques chapeaban las paredes de sus palacios y templos con el

rico metal. «La metalurgia americana precolombina juega un gran papel

entre las antiguas industrias humanas, tanto por la abundantísima e

inmejorable riqueza de sus productos, como por el exquisito arte y

estética que imprimieron en ellos»[277]. Causa admiración los muchos

y preciosos objetos que hacían de oro y de plata; no los harían más

perfectos los mejores artífices de Europa. Se conservan ajorcas y

collares de delicadas y caprichosas labores, siendo de notar que en

dichas joyas estaba mezclado el oro con el estaño y antimonio. En uno

de los cintos que el cacique Guacanagarí regaló a Colón, había una

carátula que tenía de oro las orejas, los ojos, la nariz y la lengua.

Admirábanse objetos de oro, plata y pedrería en los palacios de

Moctezuma y de Atahualpa. En los jardines del emperador de México se

dice que había figuras de oro y plata que tenían movimiento, pues se

habla de pájaros y otros animales que meneaban la cabeza, la lengua,

las alas y los pies, añadiéndose que llamaba la atención un mono que

hilaba y se ponía en cómicas actitudes. Sacudía una zumacaya la cabeza,

daba una gaviota con el pico en una tabla, se picoteaban dos perdices

y en una de las fiestas de los koniagas cuatro pájaros artificiales

ejecutaban especie de pantomima.

[277] Sentenach, Ob. cit., págs. 135 y 136.

No sólo trabajaban los americanos las piedras preciosas, sino toda

clase de piedra, haciendo con ellas la mayor parte de sus instrumentos

y utensilios. De piedra hacían la punta de sus lanzas, los almireces,

los metates, las pipas, los espejos, las estatuas y los relieves. No

se limitaban a todo esto; también cincelaban la piedra, la pulían y

le daban formas elegantes. Se distinguían en estos trabajos aztecas y

peruanos.

La industria _minera_ se estimaba mucho. Se beneficiaba especialmente

el oro, la plata, el cobre, el estaño y el plomo. Se dice que sólo

los aztecas aplicaron el plomo a la industria. Conocían los indios

el azogue, aunque no la virtud que posee de separar el metal de la

escoria. Había hierro en el país; pero ignoraban los indígenas sus

infinitas aplicaciones. Buscábase generalmente el oro en el lecho

de los ríos. Los nahuas mejicanos y los peruanos lo tenían en la

superficie de la tierra; los primeros en las provincias del Mediodía,

y los segundos en casi todas ellas. Unos y otros para adquirirlo,

¿abrieron galerías subterráneas? No lo sabemos. La plata y el estaño

lo extraían los nahuas de las minas de Taxco y de Tzompanco; el cobre,

de Michoacán y de otras partes. Ignoramos de dónde lo extrajesen los

peruanos.

Respecto a la industria de curtir las pieles de los animales, animales

que cazaban o pescaban muchas tribus, mostraron rara habilidad los

indios. Los conquistadores españoles quedaron asombrados al ver cómo

las tundían y adobaban. Los aztecas, no sólo las curtían perfectamente,

sino las teñían de vivos colores. Más torpes los peruanos, se

contentaban con meterlas dentro de grandes vasijas llenas de orines,

zurrándolas después. En dicha industria aventajaban a los peruanos

algunas tribus salvajes que se extendían desde el golfo de México al

Océano Glacial del Norte. Las tribus de la Florida hacían finos mantos

para sus caciques con las pieles de martas cebellinas. Los californios,

los columbios, los hurones y otros, las curtían de diferentes modos.

Los del Gila curtían las del alce, del ciervo, del oso y de la

zorra; los esquimales, además de las de los animales dichos, las del

rengífero, el lobo, la liebre, la ardilla, la foca y la ballena.

La industria _plumaria_ adquirió mucha importancia. Las plumas de los

pájaros se las mezclaba con el algodón en los tejidos y se hacían

mosqueadores y abanicos. Con las plumas se adornaban los escudos de los

guerreros y con ellas se reproducían los seres todos de la naturaleza:

hombres, bestias, aves, reptiles, árboles, flores y hojas. Recogíanse

las de los brillantes pájaros de los trópicos, entre los que figuraban

el colibrí, el papagayo y el guainambi. Estas obras de pluma--si

damos crédito a los historiadores de las Indias--podían competir con

los cuadros más perfectos de los artistas europeos. De pluma estaban

compuestos los mantos de los reyes y las vestiduras de los sacerdotes,

los tapices que cubrían las paredes de los palacios y los templos, los

quitasoles y las colchas de las camas. Eran muy estimados en México

los artífices de estas obras de pluma, y porque vivían en el barrio

denominado Amantla, se dió a ellos el nombre de _amantecas_.

Asimismo se estimaba mucho la industria de tejidos de lana, alpaca,

vicuña, llama y huanaco. La lana de vicuña la hilaban y tejían las

vírgenes del Sol para los incas y los sacerdotes. Se desconocen

los procedimientos de industria tan adelantada. Mantos de pelo le

parecieron a Hernán Cortés de seda, lo mismo por la suavidad que por

el brillo. Hilaban y tejían el algodón muchas tribus, distinguiéndose

sobre todas los aztecas y peruanos, cuyos tejedores hacían toda clase

de telas, lo mismo finas que bastas. A veces mezclaban el algodón y las

plumas; a veces el algodón y el pelo de conejo.

No sólo del reino animal, sino también del vegetal, sacaron todas

aquellas razas muchos elementos para su industria. Los pobres mejicanos

se vestían con telas hechas de las fibras del maguey y de ciertas

palmas. Otros pueblos tejían telas con determinadas substancias; así

los hurones hilaban el cáñamo silvestre, los guaicurues el hilo de

ciertos cardos, los achaguas y los otomacos el de las palmeras, los

tlinkits el de las algas marinas y los haidahs el de la corteza de

cedro, de pino o de sauce. El juracaré se cubría con la corteza de los

árboles, la cual pintaba, no la deshilaba. Con los vegetales se servían

para la fabricación de cuerdas, esteras, cestas y otras clases de

utensilios.

De igual modo, muchas tribus trabajaban hábilmente la madera. Los

aztecas y los mayas, que tuvieron su escritura geroglífica, usaron

de hojas delgadas de palmera, y más frecuentemente de las fibras del

maguey. Además de la fabricación del papel, ya se ha dicho que el

maguey se empleaba para hacer telas, esteras y sogas; también como

substancia alimenticia. Añadiremos a todo esto que de las espinas

hicieron los aztecas agujas, y de las raíces los peruanos cierto

jaboncillo, con el cual las mujeres se pintaban las pecas de la cara y

se lavaban el cabello.

La industria más extendida fué la _cerámica_. Quizá se desarrolló

más rápidamente en América que en Europa. Los productos cerámicos

eran numerosos y diferentes entre los pueblos americanos. Llegaron

algunos a trabajar perfectamente el barro, revelándolo así los objetos

encontrados en antiguos sepulcros del Perú, Chiriqui y Costa Rica.

Entre las vasijas de los _mound-builders_ ya las había de largo cuello

y de iguales formas que en la industria española. Mucho mejor que los

_mound-builders_ trabajaron el barro los nahuas, los cuales hacían

platos, fuentes, copas, jarros, calderos, pebeteros, urnas sepulcrales,

instrumentos de música y otros muchos objetos. Puédese citar como

ejemplos la urna de México, descubierta en la plaza de Tlatelulco,

el vaso de Tula y el ídolo de Culhuacán. Del mismo modo los mayas

trabajaron con toda perfección el barro, hasta el punto que los vasos

de Yarumela son tan bellos como la citada urna de Tlatelulco entre los

nahuas. Por lo que se refiere al Perú, también la cerámica era muy

rica en formas. Brutos, aves y peces estaban reproducidos en los vasos

de arcilla. Lo estaban el hombre y la mujer en sus diferentes edades,

a veces en caricatura o en el acto de cumplir deseos carnales. Estas

imágenes, ya daban la forma al vaso, ya sólo le servían de adorno.

Vasos había que eran la cabeza o el pie de hombres o de monstruos.

No encontramos en ningún pueblo vasos construídos con más ingenio.

Algunos, por el movimiento del agua de que estaban llenos, reproducían

la voz de hombre o el grito del animal que representaban: uno imitaba

perfectamente el gemido lastimero de una anciana, como el que se halla

en el _Museo Arqueológico de Madrid_; otro el gorjeo de un pájaro,

un tercero el silbido de una culebra. Constan generalmente de dos

botellas que se comunican y llevan el cuello de la una abierto, el de

la otra sólo con agujeros que permiten el paso del aire. El aire que

el agua desaloja al moverse es el que, pasando por los orificios o

estrechos agujeros, produce el fenómeno. Ciertas vasijas redondas se

llenaban por el asiento; ya llenas podía volvérselas sin derramar el

líquido. Había, además, vasos que podríamos llamar _lacrimatorios_,

los cuales representaban caras tristes y por los poros salía el agua

y se deslizaba por las mejillas. «La variedad de los vasos del Perú

era infinita. Se les descubre todos los días de nuevas formas en las

excavaciones de los sepulcros. No parece sino que repugnaba a los

alfareros la reproducción de los tipos que inventaban. Los hay de

doble cuello y hasta de cuatro recipientes unidos por tubos huecos.

En riqueza de formas no es comparable con la cerámica peruana ni aun

la fenicia, que tenía también vasos de cuello doble y aun de tres

recipientes»[278]. Añade el mismo historiador que en el siglo XV casi

todos los pueblos americanos fabricaron el barro, siendo de notar que

ni cultos ni salvajes conocieron la rueda del alfarero. Se cree que

empleaban algún procedimiento para que la arcilla no se abollase ni

resultara desigual el espesor de las paredes de los vasos. Tampoco

se sabe si cocieron las vasijas en hornos. Los hubo en el valle del

Mississipí, según dicen Squier y Davis; pero se ignora cuándo y quiénes

los hicieron.

[278] Nota manuscrita de Pi y Margall en su _Historia de

América_, volumen 2.º, pág. 1.236.

Si se trata de los _colores_, los sacaron de los tres reinos de la

naturaleza. Recurrieron a los vegetales casi todas las tribus. Aztecas

y peruanos se sirvieron para sus tintes lo mismo de los minerales que

de los vegetales.

Del reino animal utilizaron la cochinilla y ciertas ostras. De la

primera sacaron el color carmesí y de las segundas el de púrpura. Los

mayas y nahuas se servían de la cochinilla, y los nicaraguatecas de las

ostras. No sólo servían los vegetales para los tejidos; también para

la fabricación de cestos, canastos, esteras, cuerdas, sogas y otros

objetos. En los textiles, diferentes en las formas, usos, colores y

trama, los había sencillos como los de los iroqueses y algonquinos,

artísticos como los de los aztecas, peruanos y otras tribus del Sur de

América. Se sabe que las razas que vivían cerca del mar de los caribes

usaban la palmera y el cabuya o henequén para hacer toda clase de

cuerdas; los tobas se servían de la bromelia; los muscogis empleaban

retorcidas cortezas de árboles o hierbas parecidas al lino, y los

iroqueses tenían como substancia principal los filamentos del sauce

o del cedro. Los californios del Norte hacían esteras de raíces de

sauce, los nutkas de fibras de cortezas de cedro, y multitud de pueblos

de mimbre, junco o bambú. Iroqueses, hurones, tacullis y colombios

de tierra adentro, hacían sus vasijas, platos y copas de cortezas

de varios árboles; los shoshonis y otros, de mimbre o de hierbas

trenzadas; los apaches, de varetas de sauce; los yaquis, los ceris y

los nicaraguatecas, de calabaza. De la vajilla de los haitianos se

hacen lenguas algunos cronistas.

Respecto a objetos de madera sobresalían los aztecas y los mayas,

superiores a los peruanos, y entre las razas salvajes los chinuks, los

esquimales, los koniagas y los tinneks.

Pocos progresos hizo la _agricultura_, industria que presupone el

empleo de bestias de tiro y el uso del arado. Los aztecas se servían

para romper la tierra, ya de una especie de pala de roble, ya de una

herramienta de cobre y madera; los incas usaban una como laya. Araban,

pues, la tierra con una estaca o pértiga terminada en punta, de cuatro

dedos de ancha, larga como de una braza, llana por delante y redonda

por detrás, que llevaba a una media vara de su remate sólido y firme

travesaño. Clavábase la estaca en la tierra y saltando el labrador

sobre el estribo la hincaba cuanto podía. Seis o siete hombres,

apalancándola al mismo tiempo y tirando con toda su fuerza, levantaban

grandes terrones. Las mujeres, que asistían a la faena, ora rompían los

terrones con sus rastrillos, ora volvían las tierras de abajo arriba,

para que, puestas al aire y al sol, las malas raíces se secaran pronto

o muriesen. Fatigoso y pesado era el procedimiento; pero con él se

conseguía suplir la falta de yuntas, como también el uso del arado y de

otros instrumentos de agricultura.

Hacíase la siembra agujereando el suelo con agudas estacas y echando la

semilla en los agujeros, los cuales tapaban con tierra, sirviéndose del

pie o de la mano. A su tiempo se escardaba o se limpiaba de hierbas y

broza. Cuando la mies estaba en sazón, en el mismo terruño o en próximo

paraje, se levantaba una especie de barraca de madera y cañas, donde

muchachos con piedras y a gritos ahuyentaban las aves y toda clase de

animales dañinos. Contribuía al atraso de la agricultura la falta de

instrumentos de toda clase. Los americanos desconocían el molino y el

cedazo: el maíz lo molían sobre una piedra plana con otra en forma

de media luna, que cogían con las dos manos. A fuerza de repetidos

golpes y de batirlo una y otra vez, lo reducían a tosca harina. Luego

extendían la harina sobre mantas de algodón, pegándose la flor y

quedando suelto el salvado. Con la harina formaban tortillas que las

tostaban en los hornos. De otros varios modos preparaban el maíz, pues

con él hasta hacían un licor, dejando fermentar el agua en que había

cocido aquella planta.

Los abonos eran conocidos y aun estimados por muchos pueblos; pero

principalmente consistían en la ceniza. En unas partes se pegaba fuego

al rastrojo y en otras a los arbustos o matas: la ceniza se extendía

por las tierras destinadas al cultivo. Los peruanos, además de la

ceniza, abonaban las tierras, ya por medio de excrementos humanos, ya

por medio de excrementos del ganado, y muy especialmente por el que

dejaban los numerosos pájaros marinos de las islas Chinchas. También

servía de abono los peces muertos que el mar arrojaba a la playa.

Refieren los cronistas, que desde Arequipa a Tarapaca era tan estimado

por los agricultores el estiércol de las aves marinas, que se castigaba

con la pena capital al matador de ellas e igualmente al que entraba en

las islas durante la cría de dichos pájaros.

Los mayas de la América Central, lo mismo que los aztecas mejicanos y

los incas peruanos, hicieron algunos progresos en la agricultura. Entre

los pueblos de la América Central se distinguieron los habitantes de

Nicaragua. Los nicaragüenses para el riego de las tierras conducían el

agua a veces de ásperas y lejanas distancias, por medio de acequias y

acueductos. Tales obras causan a la sazón no poca sorpresa a nuestros

ingenieros. No dejó de aprovecharse ni un solo pedazo de tierra

cultivable. En las costas más bajas, como en las montañas más altas, se

cogían abundantes cosechas de maíz, patatas, algodón, coco, etcétera.

También practicaron con mucho acierto y dieron bastante desarrollo a la

_horticultura_.

Cultivábase el maíz por numerosas tribus, y aunque no tanto, la

mandioca, las judías, las patatas o papas, el pimiento (_chile o axi_),

la calabaza, el _maní_ (cacahuete), el tabaco, el maguey, el cacao,

el algodón y el plátano; en el Perú, muy especialmente, la coca y la

quinua. Indígena del Perú, o importada de Chile, la patata constituía

en algunas partes el principal alimento de los indios: dicha planta

era desconocida en México, lo cual prueba que peruanos y mexicanos

ignoraban recíprocamente su existencia. Por lo que al tabaco se

refiere, conviene no olvidar que el uso que de él hacían los peruanos,

era diferente del de otros pueblos donde era conocido, pues allí sólo

lo empleaban como medicina en forma de rapé[279]. Del maíz sólo diremos

que era el principal alimento, lo mismo entre los pueblos del Norte que

entre los del Sur del continente americano; después de su exportación

al Antiguo Mundo, también aquí se extendió rápidamente.

[279] Garcilaso, _Com. Real._, parte I, lib. II, cap. XXV.

El pan llamado _cazabe_ se hacía de la yuca o mandioca. Conocían muchas

de las excelentes cualidades del maguey (_agave americano_) y del

_maní_.

Los árboles que producían el cacao sólo se cultivaban en las tierras

calientes de México, y en las que median entre los dos istmos, y se

plantaban por hileras, distantes uno de otro sobre cuatro varas, cerca

del agua, para que fuera fácil el riego y a la sombra de árboles más

altos y frondosos, para que a causa de los ardores del sol no cuajara

el fruto.

Fué muy estimada en algunos puntos la _ganadería_. No se conocía el

caballo, si bien la paleontología muestra que lo hubo en los primitivos

tiempos. Recorrían numerosos bisontes las praderas. Pacían en los Andes

del Perú cuatro especies de carneros: el llama, el huanaco, la alpaca

y la vicuña. Consiguieron los incas domesticar el llama, sirviéndose

de él para los transportes. El huanaco, la alpaca y la vicuña pacían

salvajes por los páramos de los citados montes. No se consentía al

campesino peruano que cazase estos animales silvestres. Cada año se

celebraba una cacería, ya presidida por el Emperador, ya por sus

representantes. No se repetían las cacerías en la misma parte del país,

sino cada cuatro años, pues de este modo podían reponerse fácilmente

los animales.

Los indios trasquilaban y recogían excelentes lanas de los animales

muertos; de igual manera se aprovechaban del vellón de los llamas

que destinaban al acarreo. Tanto los llamas como los otros animales

de la misma familia, casi sólo eran estimados por su lana. La lana de

la vicuña, dice Walton, era mucho más apreciada que el pelo fino del

castor del Canadá y que la lana de la _brébis des Calmoucks_ o de la

cabra de Siria[280]. Además del animal doméstico llama, Garcilaso de

la Vega cita gansos en el Perú, Hernán Cortés refiere que gallinas,

ánsares y perros castrados había en México, no cabe duda que el

pavo y otras aves se criaban en los pueblos mayas, y--según ciertos

autores--el conejo, la liebre y la abeja. El P. Las Casas habla de

colmenas, y Gomara dice que las abejas eran pequeñas y la miel un poco

amarga. Convienen los historiadores que en los estanques de uno de los

palacios de Moctezuma se mantenían varias aves acuáticas.

[280] _Relación histórica y descriptiva del camero peruano_,

pág. 115. Londres, 1811.

Numerosas tribus de América no conocían la agricultura. Los patagones,

los charrúas y otras muchas tribus vivían exclusivamente de la caza,

la pesca y los frutos silvestres. Lo mismo hacían las que en el Norte

habitaban más allá de los Grandes Lagos. Aun en la América Central

se encontraban tribus que desconocían los trabajos agrícolas más

rudimentarios.

Pocas razas salvajes se dedicaban al _comercio_. Había, sí, cambio

de productos de hogar a hogar y aun de tribu a tribu. Los españoles

daban a los indios fruslerías por artículos de utilidad. «En la isla

de Guanahaní--dice Cristóbal Colón--nos daban los indígenas por

cuentecillas de vidrio y cascabeles, papagayos, ovillos de algodón,

azagayas y otras muchas cosas. Hasta diez y seis ovillos que pesarían

más de una arroba ví dar por tres centis de Portugal, que equivalen a

una blanca de Castilla». Entre las razas salvajes sólo podemos decir

que se dedicaban al comercio antes de la conquista los haidahs, los

nutkas, los chinuks, los columbios y los mojaves; pero los verdaderos

comerciantes de América fueron los nahuas y los mayas, que tuvieron

sus mercados, sus ferias, sus expediciones mercantiles y algo que

suplía la moneda. Desde la remota época de los xicalancas venían los

nahuas ejerciendo el comercio en Veracruz, Oajaca y Tabasco. Durante

la dominación de los toltecas adquirieron importancia comercial Tula y

Cholula, bajo los chichimecas Tlaxcala y bajo los aztecas Tlatelulco,

alcanzando en esta última época su apogeo. Los mercaderes de Tlatelulco

llegaron a rivalizar con la nobleza, se regían por Cónsules y

Tribunales propios y formaban uno de los Consejos de la corona. A los

pueblos del Mediodía cambiaban artículos de algodón, pieles, objetos de

oro, piedras preciosas y esclavos por aromas, plumas, productos de mar

y muy especialmente ámbar, una de las materias más estimadas por los

nobles de México.

Era aún más considerable entre los nahuas el comercio interior. Todos

los días celebraban mercado y semanalmente una feria en Tlatelulco,

Tlaxcala, Tezcuco y otros pueblos. La plaza que para los mercados y

ferias había en Tlatelulco se hallaba rodeada de portales; en ella se

vendían toda clase de mercancías; pero en su correspondiente calle o

compartimiento. Aquí, se vendía la caza; allí, la hortaliza; más allá,

las frutas; en ésta, las telas; en aquélla la porcelana. Vendíase en

este compartimiento la plata, el oro y la pedrería, y en aquél, la

piedra, los adobes y el ladrillo; en otros muchos, los diferentes

productos de la naturaleza y del arte. Dentro de la misma plaza había

un edificio (_teopancalli_) donde estaban sentados 10 o 12 jueces

que regulaban los precios, dirimían toda clase de cuestiones entre

vendedores y compradores y castigaban a los delincuentes. Refiere

Hernán Cortés que unas piezas de estaño hacían oficio de moneda en

varias provincias; Ixtlilxochitl cita cierta moneda de cobre, larga

de dos dedos, ancha de uno y gruesa como un real, que habían usado

los indígenas de Tutupec; y Bernal Díaz del Castillo habla de unos

cañutillos de pluma blancos y transparentes, llenos de granos de oro

que, según los gruesos y largos, se les daba determinado valor. Pero

lo que pasaba en todas partes por moneda corriente eran almendras de

cacao, las cuales se podían emplear sueltas y también reunidas en

_xiquipillis_ (8.000) y en sacos (24.000). La moneda, pues, en México

era el cacao; las monedas de estaño de que habla Cortés y las de cobre

de Ixtlilxochitl debieron ser puramente locales. En todos los mercados

se vendía por cuenta y medida, no por peso. «Fasta agora no se ha

visto vender cosa alguna por peso», escribe Hernán Cortés, después de

recorrer el mercado de Tlatelulco. Refiere Oviedo que en Nicaragua

se compraba por diez almendras de cacao un conejo, por otras diez se

gozaba una prostituta y se adquiría por ciento un esclavo.

También entre los mayas tenía suma importancia el comercio. Del mismo

modo, allí los comerciantes constituían clase privilegiada; había

mercados y ferias, y un empleado regulaba los precios y castigaba a los

infractores de las leyes comerciales. El comercio exterior se hacía por

grandes caravanas.

En suma, nahuas y mayas eran comerciantes; pero a causa de ser

imperfectísima la moneda, prevalecía tanto en los primeros como en los

segundos el cambio directo de las cosas.

«La sarta de conchas--escribe Pi y Margall--se dice hoy que haría

el oficio de moneda en todas las tribus que ocupaban el territorio

del Canadá, los Estados Unidos y las dos Californias. Aun entre los

yucatecas se cree que sirvieron de moneda las conchas»[281].

[281] Nota manuscrista en la pág. 1.244 de la citada obra y

volumen.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 51 / 152 题