CAPÍTULO XV

ALIMENTACIÓN DEL INDIO.--EL CANIBALISMO.--BEBIDAS EMBRIAGADORAS

DE LOS INDIOS.--EL FUEGO: MODO DE OBTENERLO.--LA LUZ.--LAS

LÁMPARAS.--LAS CASAS DE LOS INDIOS.--LAS ALDEAS.--LAS VIVIENDAS

DEL SALVAJE.--EL VESTIDO.--LOS ADORNOS.--LA CAZA Y LA PESCA.--LAS

CANOAS O PIRAGUAS.--LOS JUEGOS DE AZAR.--EL JUEGO DE PELOTA.

La alimentación del indio era abundante tanto de vegetales como

de substancias animales en los países cálidos y fértiles. Por el

contrario, en los fríos y estériles, la alimentación se conseguía con

grandes trabajos y a veces consistía en arañas, gusanos, lagartijas,

culebras, etc.

Entre los alimentos _vegetales_, además de aquellos que la naturaleza

producía espontáneamente (plátano, los frutos de la pita o agave, el

ajo, el puerro y otros), los que necesitaban cultivos elementales

(maíz, patata, arroz salvaje, mandioca, yuca, etc.) Ponen algunos

escritores en la lista de las subsistencias vegetales la coca y

el tabaco. De la coca hacían uso los peruanos, los habitantes

de Venezuela, de Nicaragua y tal vez los tlinkits de la América

Septentrional. Seguramente que el tabaco carece de las virtudes de la

coca. Cuando los españoles comenzaron la conquista, el cultivo y el

uso del tabaco estaba limitado a parte de las Antillas, Venezuela,

México y algunos pueblos situados entre el golfo mejicano y el de San

Lorenzo. El uso del tabaco en la isla de Santo Domingo--según refiere

Oviedo--estaba reducido a quemar las hojas en un plato, y luego aspirar

el humo por las narices mediante un tubo en forma de Y griega o

mediante dos canutos de caña. El efecto que producía era caer el que lo

usaba en profundo letargo. Los mexicanos aprendieron de los dominicanos

y se acostumbraron al mismo vicio.

La alimentación _animal_ variaba desde el walrus, lobo marino,

ciervo, antílope o bisonte, propia de los indígenas del Norte, hasta

la delicada pesca de los ríos de la América del Sur y los sabrosos

mariscos de sus costas é islas, que sostenían a muchas tribus

ribereñas. Entre los alimentos animales uno de los más estimados eran

perros castrados que los indígenas alimentaban y engordaban. Huelga

decir que comían venados, liebres, conejos, patos y gallinas. Estimaban

mucho los huevos.

El reino _mineral_ proporcionaba la sal y algunas tribus comían una

especie de tierra o caolín, ya sola, ya mezclada con algunas raíces.

De los aztecas diremos que aventajaban en alimentos a las demás razas.

No conocían el trigo, ni el centeno, ni la avena, ni el mijo; todo lo

cual suplían con las tortas que hacían del maíz, como hoy sucede en

algunas comarcas de España. Hacían pasteles de aves y empanadas de

pescado; conocían la olla podrida. Cortés afirma que la miel, lo mismo

de maíz que de maguey, era mejor que el arrope. Estaban adelantados

en la cocina y llevaron el sibaritismo hasta servir todo lo caliente

en platos con braserillo: así se hacía en los palacios de los reyes.

Los pueblos de la América Central se parecían a los aztecas, si bien

preferían el pescado y las frutas a la carne. Los nicaraguatecas se

lavaban las manos antes de comer y la boca después de la comida. En

el imperio de los incas, cuyos adelantos competían con los de los

aztecas, se estimaba el maguey más que en ninguna parte; de él sacaban

miel, vino y vinagre; de él, mezclándolo con maíz, arroz o pepitas de

mulli, fortísimo brebaje. Pan y vino hacían también del maíz, el cual

molían en anchas losas. Lo comían crudo, asado, cocido, en gachas; lo

convertían en agradable licor desliendo la harina en agua. Disponían

igualmente de la _quinua_, que era una especie de arroz; lo usaban

como comida y como bebida. Completaban sus alimentos con la carne de

sus carneros, de ordinario hecha cecina, con peces, con frutas, con

legumbres y con raíces.

Entre las muchas razas salvajes que comían el maíz, podemos citar

las siguientes: al Norte de México, los pimas, los _pueblos_ y los

californios del Mediodía; al Sur del Perú, los araucanos; al Oriente

de los Andes, los chiquitos y otros; en la cuenca del Orinoco, los

otomacos, y hacia el Atlántico, los caquesios y algunos más. Otras

razas salvajes suplían la mandioca por el maíz, como sucedía con muchos

pueblos de los Llanos. No pocas tribus de Barlovento usaban el pan de

_ajes_; los californios del Norte, los del Centro y los del Sur, el pan

de bellotas.

Tostaban el maíz, arroz, etc., dentro de habitaciones a propósito,

moliéndolos luego en morteros con mazas o en piedras planas con

rodillos.

Consideramos también como uno de los alimentos de muchos pueblos indios

el hombre. No cabe duda alguna que lo mismo en el Norte que en el Sur

y en el Centro de América, existió la antropofagia o canibalismo,

llegando a ser conocidas algunas tribus con el nombre de _comedores de

hombres_. Por comedores de hombres la nación española consintió que sus

capitanes o conquistadores persiguieran, hicieran esclavos y vendieran

a los indígenas. ¿Eran caníbales por glotonería, por odio o por sed

de venganza? No podemos dar respuesta satisfactoria; pero sí de que

eran comedores de hombres, los cuales hallamos lo mismo entre las

razas cultas que entre las salvajes. Afirma Hernán Cortés que durante

el sitio de México los tlaxcaltecas, los otomíes, los naturales de

Tezcuco, los de Chalco y los de Xochimilco se comían alegremente los

cadáveres de los enemigos en sus cenas y almuerzos. Añade que a los

soldados de Matlanzingo se les cogió muchas cargas de maíz y de _niños

asados_. Termina diciendo que en su expedición al Golfo de Honduras

mandó matar a un mexicano porque se le encontró comiendo carne de un

indio. Extendióse el canibalismo a los pueblos mayas. No cabe duda que

desde el istmo de Tehuantepec al de Panamá se comían a los hombres

sacrificados en los altares de los dioses. Que existió el canibalismo

en Guatemala lo dice el P. Las Casas; en Yucatán, Pedro Martir de

Anglería, y en Nicaragua, Gonzalo Fernández de Oviedo. No es dudoso que

lo hubiera entre los caribes, en Santo Domingo y en toda la América.

Llegaron algunas tribus a cebar a los prisioneros para hacerlos más

sabrosos.

En general no sentían el hambre ni los indios de la América del Norte,

ni los de la Central, ni los del Sur. Sufrían hambres pasajeras los

pueblos cultos y los salvajes, lo cual no debe causar extrañeza,

considerando que hoy mismo en la culta Europa no puede impedirse,

aunque de tarde en tarde, el azote del hambre.

Lo extraño es que pueblos adelantados como los aztecas, y que no

ignoraban algunos guisos de verdadero gusto, comiesen en el suelo,

emplearan no sillas, sino toscas banquetas o almohadones. Usaban

por manteles vistosas esteras de palma. ¿Desconocieron el uso de

las servilletas? No lo sabemos. De los yucatecas se dice que tenían

manteles y servilletas, añadiendo los cronistas que se desvivían por

conservarlos limpios.

Era muy común la embriaguez entre los indios. Bebidas embriagadoras, ya

por fermentación sólo del maíz, ya por fermentación del maíz con otras

substancias, eran muy estimadas en las tribus que sabían obtenerlas.

Citaremos el _pulque_ entre los mejicanos y la _chicha_ entre los

indígenas de Chile y de Guatemala. También las mujeres del harem de

Atahualpa sirvieron la chicha en grandes vasos de oro a Hernando

Pizarro y a Soto[282]. Unos pueblos preparaban la chicha de una manera

y otros de otra. Un escritor antiguo dice que la preparaban poniendo

a fermentar en agua, cebada, maíz tostado, piña y panocha, añadiendo

también especias y azúcar. Del mismo modo el _aca_ era usado entre los

peruanos y el _cajuni_ entre los brasileños. Embriagábanse por otros

medios las tribus que no sabían obtener las bebidas dichas, pudiéndose

citar, entre otras, los _otomaques_ (Orinoco) que tomaban como rapé los

polvos de una semilla (_yuapa_) mezclada con otras substancias. Además,

no pocas tribus usaron bebidas no fermentadas, como el _mate_ (planta

parecida al acebo, cuyas hojas se cuecen como el té) y algunas otras.

[282] Prescott, _Hist. del descubrimiento y conquista del

Perú_, tomo I, pág. 373.--Madrid, 1858.

Por lo que respecta al fuego, conocido entre los aborígenes americanos,

se producía por _fricción_ (esto es, barrenando con un trozo cilíndrico

de aguzada punta y madera dura otro pedazo de madera más blanda); por

_percusión_ (golpeando pedernales con piritas u otras piedras que

contuviesen hierro); y mediante _reflexión_ «con un brazalete grande

(chipaba), del que colgaba un vaso cóncavo como media naranja, muy

bruñido, poníanlo contra el sol y a un cierto punto donde los rayos que

del vaso salían, daban en junto, ponían un poco de algodón carmenado,

el cual se encendía en breve espacio.»[283]. Servíales el fuego para

calentarse y alumbrarse. La _hoguera_ fué principal elemento de

vida del indígena. Si en un principio algunas tribus iluminaban sus

chozas con gusanos de luz o de otros modos primitivos, descubierto el

fuego, la luz contribuyó de un modo extraordinario al progreso de la

humanidad. Tuvo origen entonces la industria de alfarería por lo que se

refiere a las _lámparas_, siendo los esquimales los primeros que las

conocieron. Al mismo tiempo se fabricaron las primeras vasijas de barro

(_ollas_) y de arcilla. Es de creer, pues, que al ladrillo de adobe,

sucedió la lámpara del esquimal y luego las restantes alfarerías.

[283] Garcilaso de la Vega, _Com. Reales_, I, 13, 198, cap.

XXII.

En capítulos anteriores hemos dicho que las habitaciones o viviendas

indígenas, fijas o movibles, variaban desde la casa del esquimal,

hecha con bloques de nieve, hasta los palacios de los aztecas y de

los incas, fábricas de piedras no pulimentadas. Bueno será advertir

que algunas tribus no conocieron más abrigo que el de los bosques.

Se defendían del sol a la sombra de los árboles, de las rocas o de

los barrancos; del viento, con parapetos de piedras o de broza.

En cuevas se metían cuando arreciaba el frío. Los salvajes que ya

tenían casas, las construían de diferentes formas y maneras. Unas las

cubrían de paja, barro o corteza de árbol, otras eran altas o bajas

y se fabricaban en llanuras, en elevaciones o debajo de la tierra.

Constituían un adelanto los _buhíos_ de Haití y de otras islas del mar

de los caribes. Eran generalmente poliédricos hasta el arranque del

techo y cónicos hasta el remate. A veces estos buhíos tenían la forma

rectangular. Cerraban cada uno de los lados por postes o troncos de

árbol, y entre poste y poste colocaban cañas unidas por bejucos. La

armadura del techo se formaba con varas que partían de las soleras de

los troncos y se unían a un alto madero hincado en el centro de la

casa: los intersticios se cubrían por cañas, pajas, hojas de bihao

o de palmera. Todas las puertas tenían su correspondiente dintel y

casi todas tenían jambas. Las casas que se hacían donde la madera era

abundante, ésta predominaba en los materiales de construcción; donde

no existía el arbolado, predominaba la piedra, el barro o el adobe.

Al contemplar la regularidad y armonía de los edificios de México y

el Perú, casi no se explica que el arquitecto indio no conociese el

_compás_ ni la _plomada_, ni la _escuadra_, como tampoco tuviera idea

del _arco_, elemento esencial de la arquitectura. La reunión de las

cabañas o tiendas formaban _aldeas_ (rancherías, tabas, etc.), más o

menos grandes, más o menos sólidas. Las casas de los jefes, templos,

etc., se rodeaban generalmente de empalizadas para su protección.

Tales villorrios se hallaban frecuentemente esparcidos a lo largo de

las costas de los mares, de los ríos y de los lagos, lo cual fué causa

de las relaciones exageradas que del número de indígenas dieron los

conquistadores europeos, quienes llegaron a suponer que también estaban

habitadas las zonas mediterráneas.

La miseria en el hogar salvaje no podía ser mayor. Las camas eran

bastas y pobres tarimas enclavadas en la pared. Colgaban del techo

carne o pescado hechos cecina, mazorcas de maíz y a veces el trineo

o la canoa; de las paredes colgaban las armas y cabezas de búfalo o

ciervo; no lejos de la puerta se hallaban los trofeos del dueño de la

casa. Unos hincaban la lanza delante de su toldo, otros en altas cañas

las cabezas de las reses muertas por su mano y algunos sobre viejas

aljabas las cabelleras de sus enemigos. Humosas teas iluminaban de

noche la habitación o choza del salvaje, y sólo en las viviendas de los

esquimales o en los subterráneos de la isla de Fox, ardían lámparas

de piedra alimentadas por aceite de ballena o de foca. Ni los mismos

mexicanos y peruanos dispusieron de mejor luz. También el señor feudal

europeo colgaba en sus desabrigados salones las lanzas, alabardas y

ferradas mazas, y en las puertas de su castillo cabezas de jabalíes o

de lobos; también el vasallo vivía en casas de barro y se alumbraba con

resinosas teas.

Lo mismo en las casas de los indios cultos, que en las de los salvajes,

vivían hacinados viejos y jóvenes, hombres y mujeres. Las casas de los

pobres sólo tenían un aposento. Si las de las razas cultas o de los

indios algo acomodados tenían más de una pieza, el dormitorio era uno.

Ellos hacían públicamente actos que la moral y el pudor quieren que

sean secretos. Unicamente entre los reyes y los nobles parecía existir

cierta honestidad.

Acerca del uso del _vestido_, halló Colón, en su primer descubrimiento,

desnudos a hombres y mujeres, presentándose todos sin muestra alguna

de sonrojo. En algunas partes vió el Almirante que las hembras se

ponían unas _cosas_ de algodón que apenas _les cobijaban la natura_.

Afirma el P. Gumilla que las mujeres del Orinoco se avergonzaban, no

de andar desnudas, sino de cubrirse las carnes. Es, pues, evidente

que en casi toda América iban desnudos hombres y mujeres, siendo una

excepción los que iban vestidos. En los países comprendidos entre los

dos trópicos se cubrían con pieles; pero era cuando arreciaba el frío o

les molestaba la lluvia.

En muchas partes las mujeres usaban faldas con las cuales se cubrían

desde la cintura a las corvas; en otras, pequeños delantales que

flotaban a merced del viento; y en algunas, cortas sayas hechas con

fibras de cortezas de árbol. En las costas meridionales del mar de los

Caribes, las mujeres se ponían un simple hilo, y los hombres llevaban

recogido el miembro o metido en cañutos de metal, en tubos de madera o

cuellos de calabaza.

Algunas tribus pegaban a su piel varias plumas y las pegaban con un

barniz resinoso.

Costumbre fué también que el salvaje (esquimal, botocudo, etc.),

perforase con dijes, joyeles, piedras, etc., la nariz, labios, orejas o

mejillas.

No sabemos cuándo y cómo comenzaron a usar _vestido_ los americanos.

Tanto la forma como la materia variaban de un modo extraordinario.

Llamaba la atención la piel finísima de algunos vestidos, siendo muy

común abrigarse con pieles de búfalo, ciervo, lobo marino, etc.

Entre los aztecas, las mujeres vestían el _huipil_ o camisa sin mangas

o con medias mangas que del cuello bajaba a las rodillas y el _cucilt_

o especie de faldellín que las cubría de la cintura abajo; llevaban

también sandalias. Mejor vestida iba la mujer en el imperio de los

incas. Llevaba en la cabeza vistosa cinta, del cuello a los talones

una bata que se ajustaba a las caderas con ancho cinto, de los hombros

a los tobillos fino manto sujeto por alfileres de oro o plata que

llamaba _topus_, y en los pies, abarcas hechas de fibras de cabuya.

Era bastante parecido el traje del varón. En las sienes llevaba una

guirnalda; de la garganta a las rodillas camiseta sin mangas ni cuello;

encima, una manta de lana en las tierras frías y de algodón en las

calientes; en los pies, albarcas.

Más bellos eran los trajes de los iroqueses y algonquines. Diferían

muy poco los de la mujer y el hombre. La túnica era ceñida, la manta

estaba compuesta de pieles de castor, y casi siempre salpicada de

vivos colores, y las polainas y zapatos se hacían de pieles de ciervo.

La diferencia más notable entre el traje de la mujer y del hombre

consistía en que la túnica de la primera era ancha y flotante.

El _tatuaje_ (imprimir en el cuerpo dibujos hechos con una aguja y una

materia colorante) fué general entre los americanos y se consideró como

un adorno, siendo los colores más usados el rojo, amarillo, blanco y

negro, que fabricaban con ocres, cal, carbón y jugos de diferentes

plantas. Del mismo modo pintábanse casi todas las razas, y lo hacían

casi siempre para embellecerse. Unas se pintaban la nariz, la barba o

los dientes, otras todo el rostro, algunas el pecho y muchas todo el

cuerpo.

Los caquesios se pintaban el brazo si en duelo o en batalla habían

dado muerte a uno de sus enemigos, el pecho si habían vencido en dos

combates, y del ojo a la oreja si victoriosos por nuevos triunfos

habían entrado en la corte de sus caciques. Los guaycurues cuando

eran niños se pintaban de negro las carnes, ya mozos de encarnado,

ya ancianos o jefes de varios colores. En algunas razas era el más

estimado aquel que se presentaba con colores más brillantes; esto

sucedía entre los salivas y los cumaneses.

Numerosos adornos usaban, lo mismo las razas cultas que las salvajes.

Aunque los caciques de Haití iban desnudos, llevaban coronas, placas

en el pecho y cintos con carátulas de oro. Los reyes de México, aunque

se presentaban casi desnudos, llevaban durante determinadas fiestas

joyas en las orejas, nariz, labios y garganta; encima de los codos,

brazaletes, de los cuales salían brillantes plumas; en los brazos,

ajorcas de oro; en las muñecas, pulseras de perfumado cuero con sendas

esmeraldas; de la rodilla abajo, grebas de luciente oro; en los pies,

sandalias de piel de tigre con suela de piel de ciervo; la espalda

estaba adornada con vistoso plumaje; en la cabeza llevaban un pájaro

disecado de vivos colores, y en las sienes dos borlas de finísimo

plumión, que bajaban de lo alto de la cabellera. Otros adornos, más o

menos ricos, usaban, no sólo los monarcas aztecas, sino los cortesanos

y los poderosos magnates del imperio.

La mayor parte de las razas no se cortaban el cabello. Unas lo llevaban

suelto y a la espalda (apaches, etc.), otras distribuído en trenzas,

algunas como formando una corona alrededor de la cabeza, y no pocas a

manera de asas. Entre las razas que se rapaban la cabeza, citaremos los

tarascos. Los nicaraguatecas se dejaban un mechón en la coronilla, y

las mujeres, entre los albayas, una cresta que iba del cerviguillo a

la frente; los yucatecas se quemaban el cabello en la coronilla; los

tupinambaes lo llevaban como nuestros monjes, etc.

La _caza_ y la _pesca_ fueron entre los indios cultos y salvajes

ocupación principal. Si los primeros la consideraron como ejercicio de

recreo, los segundos se entregaron a ella por necesidad. El cazador y

el pescador indio conocían todos los medios para apoderarse y destruir

los animales. Lo mismo usaban las trampas o lazos que las armas

arrojadizas, valiéndose de una manera o de otra para cazar ciervos,

antas, liebres, conejos y toda clase de pájaros.

Veamos cómo se verificaban las grandes cacerías en México y en el Perú.

Cientos y cientos de hombres formaban un gran círculo, el cual iban

poco a poco reduciendo o haciéndolo más pequeño. Conseguían de este

modo que todas las reses se fueran cobijando en un lugar del bosque

donde había muchas trampas y redes. Esto hacían los aztecas. Los incas,

en número también considerable de hombres, provistos de lanzas y palos,

corrían en opuestas direcciones, llevando la caza a determinado sitio.

Mataban, desde luego, todas las alimañas y muchos venados; de ningún

modo a los huanacos y vicuñas. Es de notar que este sistema de caza lo

empleaban de igual manera los pueblos salvajes. Lo practicaban, entre

otros, los patagones, los mosquitos de Honduras y los guajiros de

Orinoco. Los últimos se distribuían en forma de media luna y cerraban

el círculo cuando veían reunidas gran número de reses. En México había

parques y sotos reservados a los reyes, incurriendo en pena de muerte

los cazadores que se atrevían a penetrar en aquéllos; en el Perú, fuera

de las cacerías anuales ordenadas por los incas, no se permitía matar

huanacos ni vicuñas.

Dedicábanse principalmente a la _pesca_ los pueblos que vivían en las

orillas de los ríos y en las costas del mar. Eran aficionados a la

pesca lo mismo las tribus cultas que las salvajes. Pescaban los indios

ballenas, focas, nutrias, salmones, tortugas, manatíes, caimanes y toda

clase de peces. Unas veces los indígenas se metían en el agua y cogían

los peces; otras los mataban, ya disparando flechas desde sus piraguas,

ya desde las costas o riberas; con mucha frecuencia los atufaban con

el jugo de algunas plantas; algunos atajaban la corriente con banastos

para cogerlos fácilmente. Conocían los indios las redes y los anzuelos.

Había anzuelos de hueso, de madera, de cuero y de conchas de almeja.

Tenían fisgas y arpones. Usaban el dardo, la lanza y otros aparejos de

pesca. Los pescadores más arrojados y valientes eran los esquimales

y todos los del Norte; tal vez fuesen más diestros y audaces los

pescadores del Orinoco y algunos de la América del Sur, en particular

los que se dedicaban a la pesca del manatí dentro del río citado. Más

intrepidez se necesitaba todavía para pescar el caimán y la tortuga.

Cuando los otomacos veían que caimanes y tortugas saltaban al Orinoco,

se arrojaban sobre los primeros o sobre las segundas, y caballeros en

unas o en otras, bajaban al fondo del río, donde se apoderaban de los

caimanes con lazos de nudo corredizo y de las tortugas volviéndolas

de espaldas. Seguramente que este procedimiento era bastante más

peligroso que el usado contra el caimán por las tribus de la Florida,

pues allí los pescadores lo cogían introduciéndole en las fauces larga

y nudosa rama de árbol.

Por lo que a la navegación respecta, los indios sólo conocieron la

balsa, la canoa y el haz de juncos para recorrer únicamente sus ríos,

sus lagos y las costas de sus mares. Los aztecas usaron la balsa y la

canoa; los peruanos recorrieron sus ríos, el lago Titicaca y las costas

del Pacífico, valiéndose también de balsas o de haces de enea. Los

mayas se hallaban tan atrasados como los peruanos.

Puede asegurarse que eran más navegantes muchas razas salvajes.

Lo eran los habitantes de la tierra del Fuego, los payagüaes, los

guarapayos, y muy especialmente los intrépidos tupíes, que corrían

ciento o doscientas leguas por las costas del Atlántico. Entre los

tupíes descollaban por su audacia los caribes, que navegaban de isla en

isla, de las islas a Tierra Firme; y allá en el Orinoco atravesaban--no

sabemos cómo--los raudales y los saltos del Caroní y el Caura. Los

antillanos y los esquimales desafiaban con sus canoas las tempestades

y borrascas. Las piraguas o canoas de los habitantes de Santo Domingo,

Cuba, etc., eran de bastante tamaño y de no poca fortaleza. Dícese que

sólo los esquimales conocieron el _remo_, pues las restantes tribus

manejaron las embarcaciones con _palas_.

La canoa, la balsa, el haz de enea, o de bambúes o de juncos, servían

de medios de navegación y también de transporte. Ya sabemos que en

América no había otra bestia de carga que el llama, ni otra de tiro que

los perros del Norte. Los trineos, de los cuales tiraban los perros, lo

usaban sólo los esquimales y los tinnehs.

Probado se halla que los americanos desconocían la brújula y el

astrolabio. Tenían mucha afición a los juegos de azar, hasta el punto

que jugaban frecuentemente sus vestidos, sus adornos, sus armas, su

libertad personal y hasta sus mujeres. Si unos juegos eran del agrado

de determinadas tribus y otros juegos de otras, el _juego de pelota_

era común a casi todas. Ejercitábanse en determinadas tribus los

guerreros y hasta las mujeres en carreras a pie, logrando con ello

fortaleza y destreza de sus miembros.

Entre las razas salvajes del Norte se jugaba del siguiente modo.

Tomaban parte en la contienda dos tribus o dos pueblos. Se ponía la

pelota entre dos metas equidistantes y las tribus se colocaban en

opuestas direcciones. Consistía el juego en que la tribu del norte, por

ejemplo, lograra llevar la pelota más allá de la meta del mediodía y

la tribu del mediodía más allá de la meta del norte; esto era difícil

porque eran muchos los jugadores de una y otra parte, y porque las dos

metas, la una de la otra estaban a larga distancia. Unas tribus usaban

pelotas de roble, otras de barro cubiertas de piel de ciervo. Arrojaban

la pelota sirviéndose de un palo, en cuya punta retorcida se colocaba

pequeña red de tiras de cuero o nervios de búfalo. Asistía al juego

mucha gente: unos apostaban en favor de un bando y otros del otro.

Gritaban a los jugadores lo mismo el público que llevaba la mejor parte

como el que llevaba la peor; gritaban también los que se disputaban la

victoria. Los haitianos jugaban igualmente en el campo, entre dos metas

o rayas, logrando el triunfo los que conseguían llevar la pelota fuera

de la linde de sus contendientes. Las pelotas eran de caucho, y las

recibían o rechazaban, no con la mano, sino con la cabeza, el hombro,

la cadera o la rodilla. También recibían y despedían las pelotas, los

chiquitos con la cabeza y los otomacos con el hombro derecho. Los

aztecas jugaban muy bien y tenían a gala ser los primeros: se cuenta

que, vencido el rey de Tlatelolco, dispuso que se estrangulase al

vencedor que era el señor de Xochimilco. Llegó el juego de pelota a

toda su perfección entre los mayas y los nahuas. Se consideraba entre

estas tribus como fiesta nacional, como la más importante, casi como la

única. Los pueblos más pequeños tenían un trinquete, que consistía en

habitaciones rectangulares, de 25 a 55 metros de largo, de 12 a 22 de

ancho. Dividíanse los jugadores en dos bandos. Recibían y despedían la

pelota con la parte del cuerpo que de antemano se hubiese convenido,

generalmente con las rodillas o las asentaderas. Duraba la lucha de sol

a sol. Los espectadores hacían apuestas en favor de uno o de otro de

los jugadores. El que lograba meter la pelota por el ojo de uno de los

dos anillos que se hallaban en una de las paredes, se le consideraba

como el héroe de la fiesta y se le agasajaba con muchos y valiosos

regalos. Jugaban con pala, bote y argolla. Desconocemos lo que fuese el

bote y la argolla. Si se suscitaban cuestiones o discordias, ora entre

jugadores, otra entre espectadores, allí estaban jueces nombrados por

los caciques con el objeto de dirimirlas. También las mujeres, después

de fabricar artículos de alfarería y de tejer con el hilo que sacaban

del muriche esteras, canastas, etcétera, se dirigían al trinquete,

cogían la pala (del ancho de una tercia de bordo a bordo y de astil

grueso y largo para cogerlo con las dos manos) y tiraban la pelota (que

era de caucho y de gran circunferencia) con tal fuerza que los hombres

no se atrevían a recibirla en el hombro. A veces, hombres y mujeres,

para evitarse tabardillos, se sajaban brazos, muslos y piernas durante

los citados juegos, y para restañar las heridas se arrojaban al río. Si

esto no era bastante, las cubrían de arena o barro.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 52 / 152 题