LAS CIENCIAS Y LETRAS ENTRE LOS INDIOS.--LAS MATEMÁTICAS, LA
GEOGRAFÍA Y LA ASTRONOMÍA.--LA MEDICINA.--LA RELIGIÓN: EL DIOS
DE LOS INDIOS.--LOS SACERDOTES Y HECHICEROS.--EL DIABLO.--LAS
PLEGARIAS.--LAS OFRENDAS.--LOS SACRIFICIOS.--LA PENITENCIA.--EL
CUERPO HUMANO.--EL ALMA.--LA INMORTALIDAD.--LOS SUEÑOS: SU
IMPORTANCIA.--LA VIDA FUTURA.--LAS SEPULTURAS.--LOS DUELOS.--EL
DILUVIO.--LAS LETRAS, LA ORATORIA.--LA POESÍA: EL DRAMA «OLLANTA» Y
EL BAILE-DRAMA «RABINAL-ACHI.»
Acerca del estado de la ciencia entre los indios, los sabios o maestros
enseñaban los ritos religiosos, la historia de los Emperadores, la
enseñanza del quechua y la descifración del quipus (escritura); pero
la instrucción se daba únicamente a los descendientes de la familia
real, pues al pueblo, para mejor gobernarlo, se le mantenía en la
ignorancia. Algo sabían de Matemáticas, de Geografía y de Astronomía;
algo sabían de otras ciencias, en especial los mejicanos y peruanos. El
sistema decimal llegó a su completo desarrollo en algunos pueblos, al
paso que en otros prevaleció el sistema vigesimal. Ambos sistemas, lo
mismo el decimal que el vigesimal, parecen indicar el conocimiento de
operaciones aritméticas. Sin temor de equivocarnos, se puede afirmar
que el primero, esto es, el decimal, llegó a su completo desarrollo en
la América Meridional, especialmente entre los peruanos y chilenos.
Además, los peruanos no desconocían los números ordinales. Entre los
pueblos que prevaleció el sistema vigesimal, citaremos los nahuas,
los mayas, los quichés y también--si damos crédito a Duquesne--los
muiscas. Revelaban lo mismo el sistema de los decimales como el de los
vigesimales el conocimiento de operaciones aritméticas.
Atrasadísimos vivían los pueblos americanos en ciencias cosmológicas.
Creían plana e inmóvil la tierra. Al paso que unos decían que era un
ser viviente, otros afirmaban que estaba sostenida por gigantescos
pilares, y algunos la consideraban como una isla en medio de un mar sin
límites. Suponían que el cielo estaba formado de una masa sólida, no
faltando quien dijese que estaba sostenido por dioses. No distinguían
los astros fijos de los errantes, y todos tenían a los cometas como
apariciones de mal agüero. Rindieron culto al Sol y a la Luna,
considerando al primero como fuente de luz, de calor y de vida. Por el
Sol distinguieron el día de la noche y un día de otro día, y mediante
la Luna se elevaron a la noción de mes. Contaron por lunaciones durante
siglos, y algunos, sin embargo de conocer el año solar, no acertaron
a eliminarlas por completo de sus sistemas cronológicos. Bien puede
asegurarse que hasta que los españoles conquistaron el Nuevo Mundo, no
llegó ningún pueblo salvaje a fijarse en el año solar[252].
[252] Véase Pi y Margall, _Hist. general de América_, tomo I,
cuad. II, págs. 1.758 y 1.759.
Entre los medios naturales más usados por la medicina en América
encontramos el baño ruso. No sólo se empleaba el baño ruso en la mayor
parte de la América septentrional, lo mismo hacia el Atlántico que
hacia el Pacífico, sino el sudatorio público se hallaba establecido
en muchos lugares. No cabe duda que en las poblaciones de México, las
familias más acomodadas tenían sudatorio en sus casas. Consistía en
una pequeña habitación, baja de techo y puerta angosta, con un agujero
muy pequeño en dicho techo. Después de muy caliente la habitación, se
retiraba el fuego, se hacía entrar desnudo al enfermo y se le colocaba
sobre una estera. Cerrada la puerta, se rociaba de agua el pavimento y
paredes. Cuando apenas podía respirar el doliente, a causa de la masa
de vapor que se producía, se le sacaba del sudatorio sumergiéndole de
improviso en agua fría. Unas veces, mientras permanecía en el sudatorio
se le daba con un manojo de hojas de maíz en todo el cuerpo o sólo en
la parte lesionada; otras veces, después del baño de agua fría, se le
frotaba las carnes, y con harta frecuencia se le conducía del sudatorio
a la cama. Para muchas enfermedades se empleaban los baños rusos. En
Nuevo México y California del Norte los sudatorios públicos estaban
situados generalmente en las orillas de los arroyos. Más al Norte
consistía el sudatorio en calentar piedras, rociarlas, y cuando con el
vapor promovido por dicho medio se hallaba bañado de sudor el enfermo,
era llevado al próximo mar o al próximo río, prefiriendo siempre el
agua muy helada.
También producíase el calor de otro modo. Los californios del Centro
abrían una zanja en la arena y la calentaban con lumbre; en seguida
tendían al enfermo y lo cubrían con arena también caliente. En el
momento que sudaba a mares, le bañaban en agua fría.
Muchas de las tribus de la América central usaban baños de agua
caliente.
Además de los baños, no pocos pueblos de América usaban la sangría,
considerándola como medio curativo en el Perú, itsmo de Panamá,
Honduras, Guatemala, México, Florida, etc. En el Perú se la empleaba
contra los dolores de cabeza y se hacía en la junta de las cejas,
encima de las narices. La lanceta consistía en una punta de pedernal
engastada en un palo. En el istmo de Panamá la sangría era remedio
contra la fiebre. En Honduras, Guatemala, México y Florida se usaba la
sangría como medio curativo de diferentes enfermedades; unas veces se
sangraba en la frente, otras en los hombros o en los brazos, no pocas
en los muslos o en las piernas.
Hacían uso diferentes pueblos de purgantes y eméticos. En el Perú
consistían los purgantes en ciertas raíces que se tomaban, ya contra
los empachos, ya contra los dolores de estómago. En México se usaba
como purgantes, la jalapa, los piñones tostados y las raíces; como
eméticos, el _neixcotlapatli_ y las hojas del _mexóchitl_. Curaban
la sífilis con los purgantes y con comidas cortas y sobrias. Además,
en las costas del Perú los enfermos apuraban uno tras otro jarros
de zarzaparrilla, y en las riberas del mar de los Caribes tomaban
cocimiento de guayacán o de palo santo por doce o quince días. Con
el mismo cocimiento se lavaban las úlceras, dado que las tuviera el
enfermo, hasta que se curasen; la curación tardaba unos noventa días.
La gonorrea la curaban los californios del Mediodía con la canchalagua,
las llagas con el cauterio, las mordeduras de las serpientes con las
hojas y las raíces del guaco, las heridas con orines calientes, las
ronqueras bebiendo miel de abejas y así otras muchas enfermedades.
De los médicos diremos que los había en México y Perú; también había
médicas. Lo mismo en México que en el Perú, médicos y médicas curaban
o intentaban curar toda clase de enfermedades. Parece ser que ellas y
ellos eran muy dados a la superchería y a la magia.
Entre los salvajes, la medicina iba unida al cacicazgo, al sacerdocio
o al mago. Con frecuencia fué peligrosa la profesión de médico. No
pocas veces el que la ejercía era castigado, si no curaba al paciente.
Por esta razón comenzó a decirse que la muerte del enfermo era debida,
ya a la cólera de Dios o del Diablo, ya a los conjuros y a las malas
artes de tribus enemigas. Motivo fué lo último, esto es, la creencia en
las citadas malas artes, para que peleasen con saña dos o más tribus.
Refieren las crónicas que a veces se presentaba el médico o hechicero
llevando la cara y cuerpo cubiertos con una piel de oso, adornada con
objetos ridículos, en la mano izquierda un lanzón y en la derecha un
tambor... Con trajes tan raros y con danzas y contorsiones, cantos,
conjuros y rugidos, untos y brujerías, creían que se marchaban las
enfermedades. Si la credulidad del indígena no tenía límites, tampoco
tenía límites la habilidad del médico o hechicero. Afirman los autores
que los medios extranaturales se hallaban más usados en la América del
Norte y en la Central que en la del Sur. Los secretos medicinales
pasaban de los padres a los hijos. Los médicos eran a la vez sacerdotes
y hechiceros.
Los indios, ya cultos, ya incultos, llevaban amuletos, a los cuales
atribuían virtudes sobrenaturales.
Por lo que a la religión respecta, el indio adoró a un Dios que tenía
alguna semejanza con el panteísta de los pueblos orientales. Mediante
ruegos y plegarias, el salvaje procuraba constantemente aplacar
la supuesta cólera de sus dioses. ¿Era general la idea de Dios en
América? En este punto no se hallan conformes los cronistas. Al paso
que algunos sostienen que no se consideraba general ni mucho menos,
otros dicen que todas las tribus, aun las más salvajes, adoraban a sus
dioses. Se ha dicho con algún fundamento que las religiones americanas
fueron principalmente astrolátricas. Lo fueron las de las tribus más
adelantadas; así la de los aztecas y otras adoraban al Sol como origen
de todo bien, y los incas prestaban culto al Sol, a la Luna y a las
Estrellas. Otras muchas tribus adoraban a los elementos. Los mismos
mejicanos e incas consideraban el fuego como sagrado, los chibchas
creían que era sagrada el agua de los ríos y lagos, y los iroqueses
adoraban a los vientos. El salvaje veía a su dios en todas partes, en
la luz, en las tinieblas, en la tempestad y en el Océano. El murmullo
del viento entre las hojas, el crugir de las ramas y el ruido de los
troncos, fueron considerados por el indio como voces misteriosas del
espíritu que moraba en los árboles. Los árboles grandes y solitarios
inspiraban veneración profunda. También el culto de la piedra fué
practicado por los americanos. Los dakotas pintaban de rojo las piedras
que consideraban sagradas y les ofrecían sacrificios y, en general,
el indio, de cualquier tribu que fuese, conservaba con veneración
piedras de formas, colores o propiedades para él extrañas. Tales
piedras fueron convertidas por el indio en _fetiches_ o en prodigiosas
medicinas para determinadas dolencias. Objeto de especial devoción
eran ciertos animales, siendo la culebra el animal que, entre todos
los sagrados, recibía universal homenaje. El fetiche era para el indio
verdadero ídolo; de modo que, en la Historia de los americanos no cabía
distinguir la idolatría del fetichismo. El Diablo fué adorado o temido
en la mayor parte de los pueblos. Afirmaban algunos que se les había
aparecido bajo horrible aspecto y hablándoles con ronca voz. Creían
muchos--de igual modo que los hebreos--que el Diablo entraba en el
cuerpo del hombre. Así explicaban ciertas enfermedades, y por esto,
unos le invocaban y otros le conjuraban. No se presentaba el Diablo de
igual manera ni bajo la misma forma en todas partes. Decían unos que se
presentaba en figura de serpiente, otros de tigre, algunos de hombre,
no pocos de zumaya o de halcón, murciélago, etc. Del mismo modo la
creencia en el dualismo y en el antagonismo de Dios y el Diablo era
frecuente en América.
Según la tradición iroquesa, la humanidad bajó del Cielo a la Tierra.
Dos mellizos, hallándose todavía en el claustro materno, bajaron al
mundo. Eran enemigos, lo mismo en el vientre de la madre que en la
tierra. Llamábase el primero _Enigorio_ y el segundo _Eningonhahetgea_;
aquél representaba el espíritu del Bien y éste el del Mal. Representaba
Enigorio la bondad y Eningonhahetgea la maldad. Enigorio creó el Sol
y la Luna; llenó la tierra de arroyos y de ríos; pobló de mansos
animales el suelo, el aire y las aguas; formó de barro al hombre
y la mujer, infundiéndoles vida y alma, dándoles por sustento los
frutos de la naturaleza. Eningonhahetgea, en tanto, erizó la tierra
de rocas y de barrancos, despeñó las aguas, esparció por todas partes
tigres, serpientes y lagartos; quiso sacar del barro dos seres a su
semejanza y sólo sacó dos monos; para crear hombres, tuvo que pedir
a Enigorio que les dotara de alma. Continuó la lucha entre los dos
hermanos, acordando al fin acabar de una vez mediante un duelo. Dos
días seguidos pelearon, cayendo al cabo de ellos vencido y casi muerto
Eningonhahetgea. Desaparecieron de la tierra los dos rivales; pero
continuaron siendo, el uno, el genio del bien y el otro el genio del
mal. Semejante doctrina tiene más semejanza con la persa que con la
hebrea. Enigorio y Eningonhahetgea de los iroqueses no son el Dios y
el Diablo, ni los ángeles y los demonios de la Biblia, sino el Ormuz
y el Ahrimán de Zoroastro. No es esto decir que fuese la misma la
doctrina americana que la contenida en el Zendavesta. La lucha entre
Ormuz y Ahrimán, entre la luz y las tinieblas, debía terminar con la
victoria del primero: pero entre el Dios y el Diablo de muchas razas
salvajes del Nuevo Mundo, no acabaría nunca, o la guerra entre los
dos sería eterna. Dichas razas--y la doctrina no deja de tener cierto
gusto positivista--rendían preferente culto al Espíritu del Mal,
fundándose en que el del Bien siempre era propicio a los hombres. Los
indios querían tener contento al que podía hacerles daño e importábales
poco o nada el que por su naturaleza tenía que hacerles beneficios.
Aztecas, peruanos, quichés y otros pueblos dirigían plegarias a los
dioses, pidiéndoles protección y amparo, salud y ventura, ayuda contra
los enemigos, agua para regar los campos, alimento para los inocentes
niños que no andan y están en sus cunas, consuelo a los hombres, a los
brutos y a las aves que habitan en la tierra. El dacota se contentaba
con decir cuando iba de caza: _Espíritu de los bosques, compadeceos de
mí y enseñadme dónde encontraré el búfalo y el ciervo. Espíritu de los
vientos_--repetía al entrar en un lago--_dejad que cruce sano y salvo
estas profundas aguas_.
Acerca de la actitud en que oraban los mejicanos, era, unas veces
arrodillados, otras en cuclillas, algunas, vuelta la faz a Oriente, y
también, en solemnes fiestas, postrados a los pies de sus ídolos. Los
peruanos se ponían en cuclillas, las manos altas y dando besos al aire.
Los quichés se contentaban con levantar el rostro al cielo.
Respecto a las ofrendas estaban en relación con las riquezas del que
las daba. Aztecas e incas ofrecían a sus dioses ricas joyas de oro
y de plata; los quichés deponían en los altares de sus divinidades
provisiones de boca o mercancías. El pobre, en todos los pueblos
citados, se contentaba con dar modesta torta o sencilla flor. Entre las
razas salvajes, el dacota, por ejemplo, se limitaba a dirigir al cielo
la primera bocanada de humo que salía de su pipa.
La ofrenda de los seres vivos debió ser general en América. Brutos y
aves se ofrecían por las razas cultas y por las salvajes. La codorniz
era en México la víctima predilecta; ovejas y carneros en el Perú;
lobos, ciervos, perros y otros en las razas salvajes.
De igual modo los aztecas sacrificaban hembras y varones, adultos
y niños; los peruanos apenas hicieron tales sacrificios; la
misma costumbre observaron los indios de la América Central y de
la Meridional. Los prisioneros de guerra y los esclavos fueron
principalmente las víctimas propiciatorias.
La penitencia se hallaba establecida de un modo o de otro, y consistía
en el ayuno, la abstinencia de algunas comidas, el apartamiento de les
placeres sensuales y el martirio del cuerpo. Dícese que algunos pueblos
conocieron la confesión, la comunión y la circuncisión.
El cuerpo humano--según el indio--era sólo envoltura de otro ser dotado
de facultades misteriosas. Creía el indio que todo el mundo material
tenía inteligencia y sensibilidad; los animales todos oían los ruegos
de los hombres. Confundían a menudo la inteligencia y sensibilidad con
la vida. Pensaban que el hombre, al nacer, recibía del aire el aliento,
la existencia; aliento o existencia que perdía poco a poco hasta morir.
Casi todas las tribus de América admitían en el hombre un ser
interior que le daba vida e inteligencia. No sabemos si lo suponían
inmortal, afirmando por lo menos que sobrevivía al cuerpo. Dícese
que los otomíes y los miwocos de la América del Norte veían en la
muerte el completo acabamiento del hombre, y lo mismo se piensa de
algunas tribus del valle del Sacramento. También se afirma que lo
mismo pensaban algunas tribus de Sinaloa, varias de los columbios de
tierra adentro y otras de los hiperbóreos. Sostenían los acagchemenes
que el hombre, al tiempo de nacer, recibía del aire el aliento, la
respiración, la existencia; todo esto lo iba perdiendo a medida que
envejecía, y al morir los dejaba confundidos en aquel vasto mar de
la vida. No carece de originalidad teoría tan peregrina. Sospéchase
de igual manera que en la América Central se hallaban tribus que no
creían en el alma. El alma, a los ojos de los americanos, era el aire,
el viento, la respiración, la sombra, la imagen, el corazón, la vida
y la inteligencia. Acerca del sitio donde residía, según unos, en
el corazón; según otros, en la cabeza; había pueblos que decían que
estaba en los ojos, y algunos afirmaban, por último, que residía en los
huesos. Después de la muerte--decían algunos pueblos--salía del cuerpo
y corría a nuevas regiones; según otros, se convertía en ángel de los
que amó o en demonio de los que aborreció; sostenían muchas gentes que
las almas transmigraban, no sólo a cuerpos de hombres, sino a cuerpos
de otros seres. La del que había muerto en batalla, se convertía--así
lo contaban los aztecas--en pájaro de rico plumaje que libaba las
flores de los vergeles del cielo o venía a sustentarse con las de
los jardines de la tierra. En vistosas aves y también en estrellas
se transformaban--según creencia de los tlaxcaltecas--las de noble
alcurnia, y en escarabajos u otros insectos las de la obscura plebe. En
serpientes de cascabel suponían los apaches encarnadas las almas de los
réprobos, convirtiéndose igualmente--según dichos salvajes--en osos,
lechuzas y otros animales. Del mismo modo se creía por la generalidad
que las almas, después de morir el cuerpo, iban a regiones más o menos
felices.
Dichas regiones las suponían muchos pueblos en la misma tierra, ya
al Oriente, ya al Occidente, ora en lugares subterráneos, ora en el
cielo. No faltaron pueblos que para los justos concibieron un paraíso y
para los pecadores un infierno. Con el inca Garcilaso diremos que los
peruanos daban a las buenas almas el cielo y a las malas el centro de
la tierra.
La creencia en la inmortalidad del alma originó la costumbre de
enterrar los cadáveres con sus armas, vestidos, etc., y a veces con
sus caballos y hasta con sus esclavos y mujeres, para que el muerto
pudiera presentarse en el otro mundo con la misma dignidad que gozó en
la tierra.
Sin embargo de todo lo expuesto acerca del alma humana, trasladaremos
aquí la siguiente nota manuscrita de Pi y Margall y con la cual
terminaba el capítulo LXXXVI: «Verdadera noción del espíritu no la
tenía pueblo alguno de América»[253].
[253] _Historia de América_, vol. II. pág. 1.371.
Tuvieron verdadera y transcendental importancia entre los americanos
los _sueños_ (naturales o provocados). Mediante los sueños se ponían
en comunicación directa con los dioses, según pensaban los indios. Esto
dió un carácter especial a la vida del salvaje, carácter que podemos
calificar de irreal y absurdo.
Creían en la vida futura, considerando la muerte como tránsito a otra
vida. Moría el cuerpo; pero lo que constituía la individualidad pasaba
a otro mundo astral.
Las sepulturas tenían varias formas. Se colocaban los cadáveres en
cisternas, en sepulcros, en grutas y en cavernas, bajo montículos,
entre las ramas de los árboles, en elevadas plataformas, etc. Algunos
pueblos quemaban a sus muertos.
Manifestaban los parientes o amigos su dolor con gritos, quejas,
lastimándose el cuerpo, etc., y hacían esto para aplacar la cólera
del alma vagabunda. Infundían los muertos, más que respeto, temor.
Frecuentes eran también las ofrendas. Se acostumbraba poner víveres
junto a los muertos, como igualmente armas y herramientas; a veces
joyas. «Por estos valles del Perú--escribe Cieza--se usa mucho enterrar
con el muerto sus riquezas y cosas preciadas, y en los pasados tiempos
hasta se le abría la sepultura para renovarle la comida y la ropa.
Mucha cantidad de oro y plata sacaron de estas huacas los españoles
luego que ganaron este reino; y, al decir de los indígenas, lo que
entonces y después sacaron es para lo que continúa oculto, lo que para
una gran medida de maíz un puñado y para una gran vasija de agua una
simple gota». Lo mismo que en el Perú halló Cieza, mucho más al Norte,
en los sepulcros esta abundancia de riquezas. Hállanse hoy los museos
de Berlín, de París, de Lima, de otros pueblos de América y de Europa
llenos de objetos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de otras
substancias de las vastas necrópolis de Ancón, Chancay y Pachacamac.
Se han descubierto en ellas vasos y brazaletes de oro, de plata, de
bronce; sortijas y collares de plata e imitaciones de hojas de coca en
oro; alfileres y depiladores de plata; pedazos de plata y de bronce;
hachas y flechas; flautas y pájaros de hueso; muchos objetos de barro,
etc. En la isla de Hayti solíase encerrar con los difuntos, además de
cazabe y un cántaro de agua, joyas y armas. En América del Norte los
pueblos establecidos hacia el Atlántico observaban la citada costumbre.
Hemos de registrar del mismo modo, que como en la otra vida los reyes
y los señores podían echar de menos el cariño de sus mujeres y el
servicio de sus criados, se hizo indispensable que mujeres y criados
muriesen al mismo tiempo que dichos reyes y señores. Si en las tribus
de la América del Norte casi estaban reducidos los duelos a cantos,
lloros y alaridos, llama la atención que en Michoacán (Estado de
México), después de quemar el cadáver del monarca, se daba un banquete
a todos los que le habían llevado a la hoguera y un paño de algodón
para limpiarse el rostro. Cinco días habían de permanecer sentados, la
cabeza baja y en absoluto silencio. Si de la penitencia se exceptuaban
los grandes, en cambio tenían que velar y llorar de noche en la tumba.
En los citados cinco días los hogares estaban tristes y las calles
desiertas.
Entre algunas tribus salvajes de la Carolina, cuando alguien moría, se
reunía la familia y los individuos invitados, para oir una especie de
oración fúnebre. A los soldados muertos en batalla se les tributaba
mayores honras. Cuando moría un cacique se cortaban la cabellera todos
los vasallos, varones y hembras, y guardaban tres días de abstinencia y
luto.
Entre los algonquines consistía el luto en abstenerse de concurrir
a los banquetes y fiestas y en no cortarse el cabello. Daban otros
pueblos mayores muestras de dolor, debiendo citarse los tacully, en
cuyo pueblo la viuda había de llevar, durante dos años, en un saco,
las cenizas y los huesos no quemados de su marido, teniendo que ir
también vestida de andrajos. Por último, entre los natextetanos de la
América del Norte, se hallaba la familia de los tinnehs, cuyas mujeres
se mutilaban la falange de un dedo cuando moría cualquiera de sus
parientes. No se cortaban los hombres los dedos; pero se rapaban la
cabeza y se herían el cuerpo con pedernales.
En la América Central, al morir un jefe o cualquiera de su familia,
era llorado cuatro días por los súbditos, quienes de día estaban
silenciosos y de noche daban grandes alaridos. El gran sacerdote, al
amanecer el quinto día, les ordenaba que no continuasen en sus tristes
demostraciones o lamentos, asegurándoles que el alma del muerto estaba
ya con los dioses. En Guatemala el viudo se pintaba de amarillo el
cuerpo, y entre los mozquitos todos los individuos de la familia se
cortaban el cabello cuando fallecía uno de sus deudos; sólo se dejaban
una tira de la nuca a la frente. La viuda, entre los mozquitos, daba
con su rostro en el suelo hasta chorrear sangre.
Acerca de la América del Sur, dejando de contar los duelos en el Perú y
en otros puntos, los cuales quedaban reducidos a llantos y a muestras
de sentimiento parecidas a las ya dichas, citaremos los duelos con
sangre, tan comunes en toda América, lo mismo en la del Norte, que
en la Central y en la del Sur. Entre los charrúas de la América del
Mediodía, la viuda por el marido, la hija por el padre y la hermana por
el hermano, se cortaban la falange de uno de sus dedos y se clavaban
varias veces en brazos, pechos o costados la lanza o el cuchillo del
muerto.
De un diluvio o general inundación tuvieron noticias más o menos vagas
muchas tribus, como ya indicamos en algunos capítulos de este tomo.
Terminaremos esta breve reseña de las ciencias y religión de los
antiguos americanos, no sin decir antes que nos asaltan dudas acerca
de ciertos asuntos. ¿Habremos dicho la verdad? No lo sabemos. ¡Es tan
obscura la historia de América antes de la conquista de los españoles!
No quedan grandes vestigios de la vida literaria de los indios. No
obstante, por la tradición oral sabemos que se distinguieron bajo el
punto de vista de la oratoria los araucanos al Sur y los iroqueses al
Norte. Unos y otros daban y dan aún brillante colorido a sus arengas;
tenían y tienen todavía mucho cuidado porque su lenguaje sea puro y su
estilo enérgico. Como muestra, trasladaremos aquí el siguiente párrafo
del discurso que el jefe de los onondagas dirigió en 1684 al enviado de
Dorgan, pues anteriores a la conquista nada conocemos.
«Corlear[254]: Ononthio[255], me adoptó por hijo, como hijo me trató
en Montreal y como hijo me dió el traje que visto. Juntos plantamos
allí el árbol de la paz, y juntos lo pusimos en Onondaga, a donde envía
siempre sus mensajeros. Hacían ya otro tanto sus antecesores, y ni a
ellos ni a nosotros nos pesa. Tengo dos brazos: extiendo el uno sobre
Montreal para sostener el árbol que allí plantamos, el otro sobre la
cabeza de Corlear, que es, hace tiempo, mi hermano. Corlear es mi
hermano, y Ononthio mi padre; pero sólo porque quiero. Ni el uno ni
el otro son mis señores, y del Creador del mundo recibí la tierra que
ocupo. Soy libre. Respeto a los dos, si bien no reconozco en ninguno
el derecho de mandarme. No lo tiene tampoco ninguno de los dos para
quejarse de que yo procure por todos los medios posibles evitar la
guerra. Tomóse mi padre (Ononthio) el trabajo de venir a mi puerta
y siempre me hizo proposiciones razonables. Voy a verle: no puedo
diferirlo más tiempo»[256].
[254] Corlear era súbdito inglés.
[255] Ononthio era natural de Francia.
[256] Véase Pi y Margall, Ob. cit., tomo I, cuaderno II, pág.
1.730.
Notables son también algunas leyendas y baladas y cantos de amor, lo
mismo de los pueblos cultos que de los salvajes. Netzahualcóyotl, rey
de Tezcuco, fué gran poeta y compuso hermosos cantos. Así comienza uno
de ellos: «Son las caducas pompas del mundo como los verdes sauces,
que por mucho que quieran durar perecen, porque los consume inesperado
fuego, o los destroza el hacha, o los derriba el cierzo o los agobian
los años. Como las rosas es la púrpura por su color y su suerte; son
bellas ínterin sus castos botones recogen y guardan avaros el rocío que
cuaja en ricas perlas la aurora; se marchitan, pierden su hermosura,
su lozanía y el encendido color con que agradablemente se ufanaban,
luego que les dirige el padre de los vivientes el más ligero de sus
rayos...»[257].
[257] Pi y Margall, ob., t. y cuad. citados, pág. 1.743.
En el Perú floreció la poesía lírica y también la dramática. De
la última puede servir de ejemplo el drama que lleva el título de
_Ollanta_[258]. El protagonista del drama se llama _Ollanta_, famoso
guerrero, que se había enamorado de Kusi-Khóyllur, hija del inca
Pachacútij[259]. Encontramos las siguientes frases pronunciadas por
Ollanta: «Sería más fácil hacer brotar agua de una roca y arrancar
lágrimas a la arena que hacerme abandonar a mi Kusi-Khóyllur, la
estrella de mi ventura.»
[258] _Ollantay_ escriben otros.
[259] O Cusi Coyllur, hija de Pachacutec.
El drama, escrito en el quechua, fué traducido al francés por el señor
Pacheco Zegarra. Acerca del autor del drama nos asaltan algunas dudas.
¿Se escribió antes o después de la conquista? ¿Se halla probado que el
autor pertenecía a la raza indígena o lo escribió D. Antonio Valdez,
cura de Tinta, quien lo hizo representar en la corte del desgraciado
Tupac-Amaru? Sólo afirmamos que el autor, sea el que quiera, conocía
perfectamente el lenguaje; tal vez fuese algún misionero versado en el
quechua, pudiéndose sospechar con fundamento que se escribió después
de la conquista. El inca Garcilaso en sus _Comentarios Reales_ afirma
que no era raro que religiosos españoles, principalmente jesuítas,
compusieran comedias en quechua y aimará.
De la citada composición dramática escribe Pi y Margall lo que sigue:
«Ollanta, según la tradición, era uno de los más poderosos caciques
de Tahuantinsuyu. Vivía en la ciudad de su mismo nombre, a no gran
distancia del Cuzco, al abrigo de una vetusta fortaleza construída en
la cumbre de un áspero y empinado cerro. Enamoróse de Cusi Khóyllur,
hija de Pachacutec, y fué, para desgracia de ambos, correspondido.
Al advertirlo el Inca, trató con gran rigor a la hija y la encerró,
quién dice que en un calabozo, quién que en el monasterio de vírgenes
consagradas al Sol. Ciego el cacique Ollanta de amor y cólera, concibió
nada menos que la idea de ganar a Khóyllur por la fuerza de las armas.
Se sublevó contra su soberano, y alcanzó al principio brillantes
triunfos. Derrotado después, se hizo fuerte en su castillo, verdadero
nido de águilas. Sostúvose allí algún tiempo, desplegando un valor y
una estrategia que no se esperaba de sus años, siendo al fin vencido y
preso por uno de los mejores generales del Imperio. Estaba ya entonces
sentado en el trono de Cuzco Inca Yupanqui. Inca Yupanqui, no sólo le
perdonó, sino que también le dió la mano de Cusi Khóyllur, su infeliz
hermana»[260].
[260] Véase Pi y Margall, Ob. cit., tomo I, vol. I, pág. 401.
No hay en él--escribe el citado historiador--reminiscencias católicas,
y habría sido difícil que en una composición literaria se hubiese
dejado de escapar una que otra de la pluma de un español de aquel
tiempo. Retrátase en él, por lo contrario, con fidelidad pasmosa y
verdadero cariño las creencias, el culto y aun las supersticiones de
los antiguos peruanos; y esto, sobradamente lo comprenderá el lector,
habría sido todavía más difícil para nuestros hombres. El lenguaje es,
además, puro y clásico: ¿qué extranjero había de conocer tan a fondo
aquél idioma? ¿Con qué objeto lo habría estudiado?[261].
[261] Ob. cit., vol. II, pág. 1.749.
Después de decir el autor de la _Historia general de América_ que si
los versos parecen castellanos por el número de sílabas, no lo son por
sus condiciones prosódicas, y si hay frases que parecen acusar manos
españolas, como también un gracioso bastante parecido al de nuestras
antiguas comedias, esto no es bastante motivo para creer la obra ni
extranjera, ni posterior a la conquista. Pudo sí ocurrir que la obra
con posterioridad a la conquista sufriese enmiendas y correcciones,
cosa no sólo posible, sino también probable.
Es de advertir que la afición a los espectáculos teatrales no era
exclusiva de los peruanos; la tenían los mayas, los nahuas y otros[262].
[262] Ibidem, págs. 1.749 y 1.750.
De los bailes-dramas, tan estimados entre algunos pueblos americanos,
citaremos el _Rabinat-Achi_, que recogió Brasseur de boca de los
indígenas y publicó en su _Colección de documentos_, volumen segundo.
El Rabinat-Achi es un documento interesante y se halla escrito en
lengua quiché. Su argumento, sumamente sencillo, consiste en que
Rabinat-Achi, valeroso guerrero, consiguió poner preso a Queche-Achi,
enemigo de su pueblo. Llevado Queche-Achi a la presencia del rey
Hobtoh, cuando se convence que ha de morir, pide, entre otras gracias,
que se le conceda trece veces veinte días y trece veces veinte noches
para ir a despedirse de sus montañas y de sus valles. Obtuvo el permiso
y cumplió valerosamente lo que había ofrecido. Los bailes-dramas
fueron generales en toda la América Central antes de la conquista y
continuaron después de ella con el mismo entusiasmo. De unos y de otros
se conservan ligeras noticias.
Respecto de las razas salvajes casi nada sabemos, pero llegamos a
creer que sólo tuvieron el baile pantomímico. No pudieron tener otra
cosa[263].
[263] Ibidem, pág. 1.752.