INSTITUCIONES MILITARES.--EL ARCO Y LA FLECHA.--LA LANZA, LOS
DARDOS, LAS JABALINAS, LAS HONDAS Y OTRAS ARMAS.--LAS ARMAS
DEFENSIVAS: EL ESCUDO, EL PETO, LA COTA Y EL CASCO.--DIFERENCIA
ENTRE LAS ARMAS DE LAS RAZAS CULTAS Y DE LAS SALVAJES.--LAS
FORTIFICACIONES.--BANDERAS O ESTANDARTES.--LA MÚSICA
MILITAR.--ORGANIZACIÓN DE LA FUERZA ARMADA.--LA GUERRA: SU
DECLARACIÓN; SUS PREPARATIVOS.--LOS TAMBOS O CUARTELES-PÓSITOS.--LA
TÁCTICA Y LA ESTRATEGIA.--CRUELDAD EN LA GUERRA.--PREMIOS Y
CASTIGOS.--LEYES MILITARES.--MODO DE AFIANZAR LAS CONQUISTAS.--LA
PAZ EN LOS PUEBLOS SALVAJES Y EN LOS CULTOS.
Nos vamos a ocupar de las instituciones militares. Dividíanse las armas
de los indios en ofensivas y defensivas. Ofensivas más importantes eran
el _arco_ y la _flecha_. Los pueblos del Norte solían hacer el arco de
madera de cedro, roble, sauce, pino o tejo; los del Sur, de madera de
palma. Las cuerdas consistían en nervios de animales o tiras de cuero.
Las flechas que usaban los habitantes de la América septentrional
eran de pedernal o cobre; los de la América meridional eran astillas
de caña o de madera y huesos. Las puntas de las flechas, labradas
cuidadosamente, tenían la figura de lengüeta, de cono o de triángulo.
Muchos pueblos envenenaban sus flechas, valiéndose de diferentes
substancias, siendo la principal el _curare_, que se extraía de cierto
bejuco del género _strychnos_, muy abundante en la riberas del Orinoco,
del río Negro y del Amazonas.
Después del arco y la flecha, el arma de más uso era la _lanza_:
blandíanla en la América del Norte los apaches, los californios del
Centro, los shoshonis, los haidahs, los tlinkits, los aleutas, los
koniagas, los chinuks y los esquimales; y en la América del Sur, los
araucanos, los aucas, los puelches, los charrúas, los albayas, los
panches, los pueblos de los Llanos y los omaguas[231]. Variaba lo largo
de las lanzas, ya en unos, ya en otros pueblos.
[231] Véase Pi y Margall, _Hist. general de América_, tomo I,
cuaderno II, págs. 1.294 y 1.295.
También usaban los _dardos_, las _jabalinas_, las _hondas_, las
_macanas_ y las _clavas_. Usaban del dardo, entre otros, el dacota;
de la jabalina, el iroqués; de la honda, el patagón y el apache; de
la macana (verdadera espada de dura madera), el chiquito y otros, y
de la clava, arma bastante parecida a la macana, el caribe. Otras
armas conocieron algunos pueblos, como los _sables_, las _hachas_, los
_cuchillos_, las _bolas_ o los _lazos_.
En Cuba, en la Jamaica, en las islas de Bahama y en la parte
septentrional de Haytí no tenían los indios arcos y flechas, aunque sí
el arma conocida con el nombre de _azagaya_, la cual terminaba en punta
por uno de sus extremos; a veces esta punta se hallaba formada por una
espina de pescado.
Las armas defensivas consistían en escudos, rodelas y máscaras. Los
escudos eran de diferentes formas. Algunos indios llevaban simples
rodelas de cuero, de madera, de piel o de corteza de árbol. Escudos
y rodelas variaban, no sólo de forma y de materia, sino también de
tamaño. Defendíanse, además, con el _peto_, la _cota_ y el _casco_.
Casi iguales eran las armas de las razas cultas y salvajes,
diferenciándose únicamente en la mayor perfección de las primeras
sobre las segundas. Hasta tal punto mostraron su inventiva las
razas salvajes, que llegaron a emplear las flechas incendiarias;
las emplearon los habitantes de la Florida, y entre los tupíes, los
tupinambaes. Como los materiales de que estaban formadas las viviendas
ardían con suma facilidad, los que usaban tales flechas conseguían por
este medio su objeto.
Si los toltecas, al establecerse en el valle del Anahuac no conocieron
más instrumentos belicosos que el arco, la flecha y la cerbatana, los
aztecas, además de las citadas, usaron lanzas de mucha altura, dardos
de tres puntas, espadas de guayacán o de otras maderas, y algunas más.
Los hierros de las lanzas eran de cobre o de obsidiana; los dardos, o
todos de madera endurecida al fuego o de cobre; las espadas no tenían
menos filo que nuestras cuchillas.
Los nobles, como era natural, solían llevar armas más ricas; los
capacetes eran de oro o plata, o, por lo menos, cubiertos de aquellos
metales; las corazas estaban hechas de láminas de plata u oro; las
cotas adornadas con brillantes plumas, distinguiéndose por su finura
los guanteletes y por su riqueza los brazales. La armadura de los reyes
era todavía mejor, pues además de emplear el oro y la plata con mayor
profusión que los nobles, adornaban con plumas de _guetzalli_ sus
yelmos, cascos y rodelas.
En la América Central las armas ofensivas y defensivas tenían exacto
parecido a las usadas en México y en el Perú.
Pasando a estudiar las _fortificaciones_, diremos, como regla general,
que las razas salvajes, y aun las cultas, buscaban la defensa de sus
pueblos en la naturaleza, así que solían situarlos en lugares altos
y escabrosos o en las márgenes de los ríos. Muchas razas protegían
sus poblaciones con sencillas empalizadas y fosos. Los guaraníes del
Paraguay tenían fortificado el pueblo de Lampere con foso y doble
cerco. Aún eran más fuertes no pocas poblaciones de Guatemala. Lo
mismo podemos decir de muchas poblaciones de Nicaragua y del Ecuador.
En el Perú abundaban los castillos, siendo de notar que muchos de
ellos se comunicaban por galerías subterráneas; el del Cuzco y el de
Pisac, entre otros, eran célebres por su imponente grandeza. Lo mismo
interior que exteriormente, llaman la atención las fortificaciones de
la ciudad de México y las que se encuentran en las opuestas provincias
de Veracruz y Oajaca. Recordamos en la provincia de Veracruz la de
Centla, que está próxima a Huatusco, y la de Tlacotepec, a cuatro
leguas de Folutla. En la provincia de Oajaca, donde las fortificaciones
demuestran mayores adelantos que en ninguna parte, se halla, a tres
cuartos de legua al Oeste de Mitla, una ciudadela sobre escarpada roca,
que bien puede figurar al lado de ciudadelas de Europa posteriores en
siglos. «Tenía esta ciudadela un muro de piedra, grueso de 21 pies,
alto de 18 y largo casi de una legua. Corría el muro por todo el
borde superior de la roca y formaba multitud de ángulos entrantes y
salientes. Unido a él había al Este otro lienzo de muralla curvilíneo
y ondulante, de no menos espesor y de más altura. Las dos entradas de
tan regular fortificación eran oblícuas. Estaban las dos al Oriente; la
una en el primero y la otra en el segundo lienzo. Al Occidente, casi en
la misma línea de la segunda entrada, había una como puerta de salida o
de socorro; en medio de la plaza, grandes edificios, acaso cuarteles y
depósitos de efectos de boca y guerra»[232].
[232] Pi y Margall, Ob., tomo y cuad. citados, pág. 1.307.
Hállanse fortificaciones, más o menos sólidas, en otros puntos de
América, llamando la atención algunas por su semejanza con nuestros
castillos de la Edad Media.
Respecto a _banderas_ o _estandartes_, carecían de ellos las razas
salvajes; sólo de los araucanos se cuenta que usaban estandartes, y
en ellos pintada una estrella. Tenían banderas casi todos los pueblos
cultos. Dice Bernal Díaz del Castillo, que en la costa de Campeche
(Estado de México), vió escuadrones de indígenas con banderas tendidas.
En el imperio de Moctezuma--según el Oficial Anónimo--cada compañía
de cuatrocientos hombros llevaba su estandarte. En el Peón--añade
Jérez--los soldados estaban repartidos por escuadras y banderas. Los
aztecas los hacían de plumas que unían con hilos o cintas de oro o
plata, los peruanos los fabricaban de lana y los tlaxcaltecas los
componían de plumas de colores.
¿Fueron siempre signo de guerra las banderas? Escribe Cortés que, en
su segunda expedición a México, salieron de Tezcuco cuatro indios con
una bandera en una vara de oro, lo que indicaba que venían de paz,
añadiendo Bernal Díaz, que en señal de paz abajaron, humillaron y
entregaron dicha bandera[233].
[233] Pi y Margall, ob., tomo y cuad. citados, pág. 1.312.
Por lo que a instrumentos de _música militar_ se refiere, la diferencia
entre algunas razas salvajes y cultas era poca, y decimos algunas,
porque la mayor parte de ellas se enardecían en los combates dando sólo
voces y gritos. El instrumento principal usado por las cultas y algunas
salvajes era el tambor, construído con troncos huecos de árboles y
cubiertos los extremos de dichos troncos con piel de venado o de cabra
montés. De muy diferentes clases y tamaños eran los tambores, ya en
unos, ya en otros pueblos. Cítanse de igual manera los cuernos de caza,
los cuernos marinos y los silbatos. También debía ser instrumento de
guerra la flauta o _fututo_ que usaban los indígenas de la América
Meridional.
No estaba organizada la guerra armada en las razas salvajes. Se servían
del arco y de la flecha lo mismo en sus guerras que en sus cacerías.
Cuando iba a comenzar la guerra, se nombraba el jefe. Entre los
araucanos, los tupíes y algunos más, el servicio debió ser obligatorio;
entre todos era obligatorio en las guerras defensivas, no en las
ofensivas.
Respecto a la _organización del ejército_ entre los araucanos, se
sabe que estaba dividido en batallones de mil plazas y compañías de
ciento. Mandábalo un _thoqui_ o general en jefe, y bajo sus órdenes
había un _vicethoqui_ o lugarteniente; debajo de los dos, capitanes
de diferente graduación. Los aztecas habían dividido sus ejércitos en
batallones de 400 hombres y cuerpos de 8.000 o _xiquipillis_. Unos
batallones se distinguían por el color de las plumas de que llevaban
cubiertos jubón y calzas; otros--según el Oficial Anónimo--por las
plumas bermejas y blancas; algunos por las amarillas y azules; varios
por otra clase de colores. Unos iban provistos de arcos, otros de
hondas, algunos de espadas. Cada batallón tenía su capitán, y cada
ejército su _tlacochcalcatl_ o general en jefe. Los peruanos dividían
su ejército en grupos de diez, cincuenta, ciento, mil, cinco mil y
diez mil hombres; todos estos grupos se hallaban mandados por jefes de
diferente categoría. Un grupo manejaba la honda, otro el arco, aquél
la porra o el hacha y éste el lanzón o la pica. Existía, además, en el
Perú un cuerpo de dos mil incas destinado a la guardia y defensa de los
emperadores. Distinguíanse de todos los demás soldados porque llevaban
engarzados en las orejas rodetes de oro.
La _guerra_ era casi el estado habitual de los pueblos americanos.
La hacían los cultos y los salvajes. Si guiaba a los primeros de vez
en cuando algún fin noble o humanitario, los segundos la promovían
por espíritu de venganza, por adquirir cautivas, por codicia, por
cuestiones de límites, por feroz canibalismo. Procede decir que los
cultos aztecas no sólo peleaban por engrandecer el Imperio y castigar
a sus enemigos, sino también con el deseo de coger prisioneros y
sacrificarlos a sus dioses. Sentimientos más nobles tenían los chibchas
y peruanos: los primeros no emprendían guerra alguna sin consultar al
Pontífice de Sogamoso, y los incas se proponían un fin civilizador,
cual era apartar a los salvajes de todo culto sangriento e instruirlos
en las artes industriales y en la agricultura.
Decretaban la guerra, en los pueblos salvajes, los caciques poderosos,
las Juntas de jefes de familia o las Asambleas de guerreros. Los incas
tampoco declaraban formalmente la guerra, sino cuando contaban con
probabilidades del triunfo. Antes de lanzarse a la lucha, tomaban
posiciones y se guarecían tras estacadas en altos cerros, procurando
cortar el paso a los que pudiesen socorrer al enemigo. Más formalidades
guardaban los mejicanos, quienes enviaban embajadores a la capital
enemiga, esperando algunos días la respuesta. No se contentaban con una
embajada, sino repetían dichas embajadas antes de comenzar la guerra.
Eran diferentes los _preparativos de guerra_ entre las razas salvajes
y las cultas. Lo primero que hacían los salvajes era buscar soldados,
y para ello se reunían los hombres más valerosos en banquetes y daban
cuenta de sus proyectos belicosos. Si encontraban acogida los tales
proyectos, se abría la campaña; en caso contrario, se desistía de ella.
Antes se celebraban ciertas fiestas, ya religiosas ya profanas. Los
dacotas acostumbraban a elegir por caudillo un sacerdote o un guerrero.
Al paso que algunos pueblos se preparaban a la guerra mediante
ridículos procedimientos, otros, aunque tan rudos como aquéllos, se
disponían más convenientemente. Tanto los pimas como los salvajes de
algunos puntos de México, buscaban el apoyo de los pueblos vecinos para
lanzarse a la lucha. También antes habían adquirido armas, víveres,
tiendas y todo lo que necesitaban en tales circunstancias. Tenían del
mismo modo sus exploradores.
Los preparativos en las razas cultas eran diferentes. Los reyes aztecas
encargaban a gente sagaz y entendida que examinase la naturaleza del
terreno enemigo y la condición de los pobladores. No abrían la campaña
sino después de conocer los pasos fáciles y los peligrosos, el lado
vulnerable de las fortalezas, las armas, el número de los enemigos.
Discutido todo en consejo de guerra, se llamaba a los capitanes de
mayor categoría y se les decía el camino que habían de seguir, las
jornadas que debían hacer y el sitio más a propósito para lograr la
victoria. Mandaban a la vez que los demás jefes de las provincias se
incorporasen con tropas al ejército, y también que otras autoridades
aprestasen armas, víveres, mantas y tiendas de campaña. Los incas
tenían dichos abastecimientos en _tambas_ o cuarteles-pósitos; los
últimos se hallaban en determinados puntos de los caminos que de Norte
a Mediodía y de Oriente a Occidente cruzaban el imperio. Allí en los
citados _tambos_ podían las tropas alojarse, surtirse de víveres, de
armas y de vestidos.
Eran casi nulas la _táctica_ y la _estrategia_. No las tenían las razas
salvajes; apenas las cultas. Empezada la refriega, los combatientes,
sin orden o en tumulto, y dando feroces alaridos, avanzaban disparando
flechas, hasta llegar a las manos con el enemigo. Peleaban cuerpo a
cuerpo, y abandonaban el campo si perdían al jefe o veían muertos
a muchos de sus hombres. La estrategia estaba reducida a partir
secretamente, escoger ocultas veredas, llegar de noche al campamento
enemigo, emboscarse, y al romper del alba caer y lograr la victoria.
Los araucanos se distinguían por su _estrategia_. Eran diestros para
organizar en secreto expediciones, caer de improviso y de noche sobre
el enemigo, fingir falsas retiradas, simular ataques, triunfar por el
engaño. Metidos en las asperezas de los montes, eran invencibles. Los
mismos españoles tiempo adelante se vieron muchas veces engañados y
sorprendidos en las diferentes guerras que con ellos sostuvieron. Bien
puede asegurarse que los indios, en general, eran traidores en las
guerras. Combates en el mar no los había; pero sí en los lagos y en los
ríos.
Los aztecas y los incas mostraron algunas veces ligeros conocimientos
de táctica y de estrategia, en particular los segundos: «Marchaban
los ejércitos peruanos divididos en vanguardia, centro y retaguardia.
Iban en la vanguardia los honderos con sus hondas y rodelas; en la
retaguardia, los piqueros con sus picas de treinta palmos, y en el
centro los soldados de las demás armas con el Inca o el general en jefe
y la guardia del imperio.
* * * * *
Sabían los peruanos atacar de frente y de flanco, fingir retiradas y
también emboscar gentes que en lugar y momento oportunos decidiesen el
combate.
* * * * *
Cuéntase, además, de los peruanos que llevaban en sus expediciones
rebaños de carneros para la manutención de las tropas en país enemigo,
el material necesario para las tiendas de sus campamentos y oficiales
que tomaran razón de los salvados, heridos y muertos»[234].
[234] Pi y Margall, ob. cit., tomo I y cuaderno II, pág. 1.327.
_Crueles_ en las batallas eran las razas de América, como crueles
eran también las naciones europeas. Matar, destruir y llevarlo todo
a sangre y fuego será siempre el fin de la guerra. En diferentes
puntos de América, ya del Norte, ya del Sur, se mataba y se comía a
los prisioneros. Varias tribus se contentaban con reducirlos a la
servidumbre. Tanta crueldad mostraron los aztecas con los prisioneros
como las razas salvajes. Les colocaban en sus templos sobre la piedra
de los sacrificios, les abrían el pecho, les arrancaban el corazón y
rociaban con la sangre el rostro de sus ídolos. A otros prisioneros
les daban otro género de muerte. Los peruanos eran humanos, hasta el
punto de ponerlos en libertad luego que la guerra terminaba. A veces
los desterraban del hogar en que habían nacido; pero permitiéndoles
llevar consigo la familia. Procuraban economizar la agena y la propia
sangre, llegando su humanidad a no extremar el ataque ni la defensa,
aun sabiendo que con semejante conducta prolongaban la guerra. «No
aniquiléis ni destruyáis lo que habéis de vencer y adquirir mañana»,
solían decir los jefes a sus ejércitos. Digna de alabanza fué, por
muchos conceptos, la conducta que seguían los peruanos y que hubiera
debido servir de ejemplo a las naciones más civilizadas de Europa.
En las razas salvajes y en las cultas se premiaba a los valientes y
se castigaba a los cobardes. Para los hombres de reconocida bravura
había ciertas insignias en muchas razas salvajes. Pintarse los brazos,
el pecho o del ojo a la oreja era señal de cierto número de combates;
llevar prendidas en sus cabellos plumas de águila indicaba el valor del
guerrero, pues el número de plumas era igual al de enemigos a quienes
había dado muerte.
También entre los aztecas era insignia de valor las plumas. Sólo podía
usarlas el que hubiese hecho por su mano cinco prisioneros. Semejante
guerrero tenía derecho a llevar vistosos penachos sujetos por hilos de
plata y mantos de diferentes colores o con ricas orlas.
El pueblo más valeroso entre los americanos debió ser el azteca. Nadie
hacía caso del noble si era cobarde, y el soldado más humilde, si
tenía valor, se elevaba a los primeros puestos. Sólo dos cargos se
reservaban a determinadas clases: a la familia del Rey el de Capitán
general de los ejércitos; a la alta nobleza el de General de división
o _de xiquipilli_. Las insignias militares eran muchas. Ordenes de
caballería había una o varias, y para entrar en ella o en ellas debían
hacerse ceremonias graves y solemnes. Del mismo modo en el Perú hubo
una especie de orden de caballería, donde entraban los incas de diez y
seis años que resistieran determinadas pruebas. Alguna semejanza tenía
esta orden con la de los aztecas; en ambos pueblos compartían el ayuno
los deudos del neófito y en ambos pueblos era común el taladro, allí
de las narices y aquí de las orejas. Respecto a las demás ceremonias,
notábase a primera vista la diferencia; dominaba entre los aztecas
el sentimiento religioso sobre el militarismo, y entre los incas el
militarismo sobre la religión; eran aquéllas más fantásticas que
prácticas, y éstas más positivas que ideales.
No dejan de ser curiosas y de no poco interés las _leyes militares_ de
los aztecas, que a continuación copiaremos:
I. Todo General u Oficial que salga con el Rey a campaña y le
abandone o le deje en poder del enemigo, faltando a la obligación
que tiene de traerlo vivo o muerto, será decapitado.
II. Todo Oficial que forme parte de la guardia del Príncipe y
abandone su puesto de confianza, será decapitado.
III. Todo soldado que desobedezca a su jefe inmediato, o deje su
puesto, o vuelva la espalda al enemigo, o de cualquier modo le
auxilie, será decapitado.
IV. Todo Oficial o soldado que usurpe, que robe el cautivo o el
botín de otro, o ceda a otro el prisionero que por su mano hizo,
sufrirá pena de horca.
V. Todo soldado que en guerra dañe al enemigo sin la venia de su
Jefe, o le ataque sin haberse dado la señal de combate, o abandone
la bandera, o deserte del campamento, o quebrante o viole las
órdenes del Capitán de su compañía, será decapitado.
VI. Todo traidor que revele al enemigo los secretos del ejército
o las órdenes encaminadas para llevarle a la victoria, será
descuartizado. Se le confiscarán los bienes y se reducirán sus
hijos y deudos a perpetua servidumbre.
VII. Toda persona que en tiempo de guerra oculte o proteja al
enemigo, noble o plebeyo, será descuartizada en medio de la plaza
pública. Se arrojarán sus miembros a la muchedumbre para que los
haga objeto de escarnio.
VIII. Todo noble o toda persona de distinción que en acciones de
guerra, en danzas o en otras fiestas ostente insignias de los
reyes de México, Tezcuco o Tamba, sufrirá pena de muerte y serán
confiscados sus bienes.
IX. Todo noble que habiendo caído prisionero en poder del enemigo,
se escape y vuelva al país, será decapitado. Se dejará, por lo
contrario, libre y se premiará como bravo al que vuelva después
de haber vencido en la piedra gladiatorial a siete adversarios.
Si el que huyera de la cárcel del enemigo fuese simple soldado y
volviese al país, será bien recibido.
X. Todo embajador que en cumplimiento de su mensaje no se atenga a
las órdenes é instrucciones que haya recibido o vuelva falseando la
contestación, será decapitado.
* * * * *
Con el objeto de _afianzar las conquistas_, los vencedores dejaban a
la cabeza de las tribus sometidas, al jefe vencido o a su sucesor,
exigiéndole únicamente ciertos tributos y determinadas obligaciones.
De todos los monarcas de América, los de Perú mostraron más deseos
que ningún otro de civilizar a los pueblos conquistados, ya mediante
la persuasión, ya por la fuerza. A los jefes les regalaban hermosas
mujeres y joyas de oro; a los demás, lana y algodón para que se
vistieran, ganados para criarlos, maíz y legumbres para que comiesen.
A veces les instruían en la agricultura y les abrían acequias para el
riego de los campos.
Respecto a la _paz_, solicitábanla lo mismo los pueblos salvajes que
los cultos por medio de embajadores. Entre los salvajes, el símbolo
de la paz era la pipa; en una pipa generalmente esculpida o pintada,
fumaban los embajadores o los jefes de los pueblos que ponían fin a
sus discordias. Si los embajadores se presentaban al Rey, lo primero
que hacían era ofrecerle una pipa. Luego cada uno de aquéllos encendía
la suya y fumaban todos, echando la primera bocanada de humo al Sol,
la segunda a la tierra y la tercera al horizonte. En seguida pasaban
sus pipas a la comitiva regia, y exponían su mensaje. Expuesto y
contestado, el Rey usaba de la pipa, significando de este modo paz y
concordia. Hacía encender una pipa y la circulaba a los mensajeros; con
esto terminaba la embajada.
Los embajadores aztecas llevaban una especie de dalmática verde, de
cuyos extremos pendían borlas de colores, manta finísima revuelta al
cuerpo y recogida por dos de sus puntas en los hombros, ricas plumas en
el cabello, una flecha con la punta al suelo en una mano y un escudo en
la otra; pendiente del brazo una red con víveres para el camino. Acerca
de los incas, ellos enviaron pocas o ninguna embajadas; pero recibieron
muchas de las naciones fronterizas.