CAPÍTULO X

INSTITUCIONES MILITARES.--EL ARCO Y LA FLECHA.--LA LANZA, LOS

DARDOS, LAS JABALINAS, LAS HONDAS Y OTRAS ARMAS.--LAS ARMAS

DEFENSIVAS: EL ESCUDO, EL PETO, LA COTA Y EL CASCO.--DIFERENCIA

ENTRE LAS ARMAS DE LAS RAZAS CULTAS Y DE LAS SALVAJES.--LAS

FORTIFICACIONES.--BANDERAS O ESTANDARTES.--LA MÚSICA

MILITAR.--ORGANIZACIÓN DE LA FUERZA ARMADA.--LA GUERRA: SU

DECLARACIÓN; SUS PREPARATIVOS.--LOS TAMBOS O CUARTELES-PÓSITOS.--LA

TÁCTICA Y LA ESTRATEGIA.--CRUELDAD EN LA GUERRA.--PREMIOS Y

CASTIGOS.--LEYES MILITARES.--MODO DE AFIANZAR LAS CONQUISTAS.--LA

PAZ EN LOS PUEBLOS SALVAJES Y EN LOS CULTOS.

Nos vamos a ocupar de las instituciones militares. Dividíanse las armas

de los indios en ofensivas y defensivas. Ofensivas más importantes eran

el _arco_ y la _flecha_. Los pueblos del Norte solían hacer el arco de

madera de cedro, roble, sauce, pino o tejo; los del Sur, de madera de

palma. Las cuerdas consistían en nervios de animales o tiras de cuero.

Las flechas que usaban los habitantes de la América septentrional

eran de pedernal o cobre; los de la América meridional eran astillas

de caña o de madera y huesos. Las puntas de las flechas, labradas

cuidadosamente, tenían la figura de lengüeta, de cono o de triángulo.

Muchos pueblos envenenaban sus flechas, valiéndose de diferentes

substancias, siendo la principal el _curare_, que se extraía de cierto

bejuco del género _strychnos_, muy abundante en la riberas del Orinoco,

del río Negro y del Amazonas.

Después del arco y la flecha, el arma de más uso era la _lanza_:

blandíanla en la América del Norte los apaches, los californios del

Centro, los shoshonis, los haidahs, los tlinkits, los aleutas, los

koniagas, los chinuks y los esquimales; y en la América del Sur, los

araucanos, los aucas, los puelches, los charrúas, los albayas, los

panches, los pueblos de los Llanos y los omaguas[231]. Variaba lo largo

de las lanzas, ya en unos, ya en otros pueblos.

[231] Véase Pi y Margall, _Hist. general de América_, tomo I,

cuaderno II, págs. 1.294 y 1.295.

También usaban los _dardos_, las _jabalinas_, las _hondas_, las

_macanas_ y las _clavas_. Usaban del dardo, entre otros, el dacota;

de la jabalina, el iroqués; de la honda, el patagón y el apache; de

la macana (verdadera espada de dura madera), el chiquito y otros, y

de la clava, arma bastante parecida a la macana, el caribe. Otras

armas conocieron algunos pueblos, como los _sables_, las _hachas_, los

_cuchillos_, las _bolas_ o los _lazos_.

En Cuba, en la Jamaica, en las islas de Bahama y en la parte

septentrional de Haytí no tenían los indios arcos y flechas, aunque sí

el arma conocida con el nombre de _azagaya_, la cual terminaba en punta

por uno de sus extremos; a veces esta punta se hallaba formada por una

espina de pescado.

Las armas defensivas consistían en escudos, rodelas y máscaras. Los

escudos eran de diferentes formas. Algunos indios llevaban simples

rodelas de cuero, de madera, de piel o de corteza de árbol. Escudos

y rodelas variaban, no sólo de forma y de materia, sino también de

tamaño. Defendíanse, además, con el _peto_, la _cota_ y el _casco_.

Casi iguales eran las armas de las razas cultas y salvajes,

diferenciándose únicamente en la mayor perfección de las primeras

sobre las segundas. Hasta tal punto mostraron su inventiva las

razas salvajes, que llegaron a emplear las flechas incendiarias;

las emplearon los habitantes de la Florida, y entre los tupíes, los

tupinambaes. Como los materiales de que estaban formadas las viviendas

ardían con suma facilidad, los que usaban tales flechas conseguían por

este medio su objeto.

Si los toltecas, al establecerse en el valle del Anahuac no conocieron

más instrumentos belicosos que el arco, la flecha y la cerbatana, los

aztecas, además de las citadas, usaron lanzas de mucha altura, dardos

de tres puntas, espadas de guayacán o de otras maderas, y algunas más.

Los hierros de las lanzas eran de cobre o de obsidiana; los dardos, o

todos de madera endurecida al fuego o de cobre; las espadas no tenían

menos filo que nuestras cuchillas.

Los nobles, como era natural, solían llevar armas más ricas; los

capacetes eran de oro o plata, o, por lo menos, cubiertos de aquellos

metales; las corazas estaban hechas de láminas de plata u oro; las

cotas adornadas con brillantes plumas, distinguiéndose por su finura

los guanteletes y por su riqueza los brazales. La armadura de los reyes

era todavía mejor, pues además de emplear el oro y la plata con mayor

profusión que los nobles, adornaban con plumas de _guetzalli_ sus

yelmos, cascos y rodelas.

En la América Central las armas ofensivas y defensivas tenían exacto

parecido a las usadas en México y en el Perú.

Pasando a estudiar las _fortificaciones_, diremos, como regla general,

que las razas salvajes, y aun las cultas, buscaban la defensa de sus

pueblos en la naturaleza, así que solían situarlos en lugares altos

y escabrosos o en las márgenes de los ríos. Muchas razas protegían

sus poblaciones con sencillas empalizadas y fosos. Los guaraníes del

Paraguay tenían fortificado el pueblo de Lampere con foso y doble

cerco. Aún eran más fuertes no pocas poblaciones de Guatemala. Lo

mismo podemos decir de muchas poblaciones de Nicaragua y del Ecuador.

En el Perú abundaban los castillos, siendo de notar que muchos de

ellos se comunicaban por galerías subterráneas; el del Cuzco y el de

Pisac, entre otros, eran célebres por su imponente grandeza. Lo mismo

interior que exteriormente, llaman la atención las fortificaciones de

la ciudad de México y las que se encuentran en las opuestas provincias

de Veracruz y Oajaca. Recordamos en la provincia de Veracruz la de

Centla, que está próxima a Huatusco, y la de Tlacotepec, a cuatro

leguas de Folutla. En la provincia de Oajaca, donde las fortificaciones

demuestran mayores adelantos que en ninguna parte, se halla, a tres

cuartos de legua al Oeste de Mitla, una ciudadela sobre escarpada roca,

que bien puede figurar al lado de ciudadelas de Europa posteriores en

siglos. «Tenía esta ciudadela un muro de piedra, grueso de 21 pies,

alto de 18 y largo casi de una legua. Corría el muro por todo el

borde superior de la roca y formaba multitud de ángulos entrantes y

salientes. Unido a él había al Este otro lienzo de muralla curvilíneo

y ondulante, de no menos espesor y de más altura. Las dos entradas de

tan regular fortificación eran oblícuas. Estaban las dos al Oriente; la

una en el primero y la otra en el segundo lienzo. Al Occidente, casi en

la misma línea de la segunda entrada, había una como puerta de salida o

de socorro; en medio de la plaza, grandes edificios, acaso cuarteles y

depósitos de efectos de boca y guerra»[232].

[232] Pi y Margall, Ob., tomo y cuad. citados, pág. 1.307.

Hállanse fortificaciones, más o menos sólidas, en otros puntos de

América, llamando la atención algunas por su semejanza con nuestros

castillos de la Edad Media.

Respecto a _banderas_ o _estandartes_, carecían de ellos las razas

salvajes; sólo de los araucanos se cuenta que usaban estandartes, y

en ellos pintada una estrella. Tenían banderas casi todos los pueblos

cultos. Dice Bernal Díaz del Castillo, que en la costa de Campeche

(Estado de México), vió escuadrones de indígenas con banderas tendidas.

En el imperio de Moctezuma--según el Oficial Anónimo--cada compañía

de cuatrocientos hombros llevaba su estandarte. En el Peón--añade

Jérez--los soldados estaban repartidos por escuadras y banderas. Los

aztecas los hacían de plumas que unían con hilos o cintas de oro o

plata, los peruanos los fabricaban de lana y los tlaxcaltecas los

componían de plumas de colores.

¿Fueron siempre signo de guerra las banderas? Escribe Cortés que, en

su segunda expedición a México, salieron de Tezcuco cuatro indios con

una bandera en una vara de oro, lo que indicaba que venían de paz,

añadiendo Bernal Díaz, que en señal de paz abajaron, humillaron y

entregaron dicha bandera[233].

[233] Pi y Margall, ob., tomo y cuad. citados, pág. 1.312.

Por lo que a instrumentos de _música militar_ se refiere, la diferencia

entre algunas razas salvajes y cultas era poca, y decimos algunas,

porque la mayor parte de ellas se enardecían en los combates dando sólo

voces y gritos. El instrumento principal usado por las cultas y algunas

salvajes era el tambor, construído con troncos huecos de árboles y

cubiertos los extremos de dichos troncos con piel de venado o de cabra

montés. De muy diferentes clases y tamaños eran los tambores, ya en

unos, ya en otros pueblos. Cítanse de igual manera los cuernos de caza,

los cuernos marinos y los silbatos. También debía ser instrumento de

guerra la flauta o _fututo_ que usaban los indígenas de la América

Meridional.

No estaba organizada la guerra armada en las razas salvajes. Se servían

del arco y de la flecha lo mismo en sus guerras que en sus cacerías.

Cuando iba a comenzar la guerra, se nombraba el jefe. Entre los

araucanos, los tupíes y algunos más, el servicio debió ser obligatorio;

entre todos era obligatorio en las guerras defensivas, no en las

ofensivas.

Respecto a la _organización del ejército_ entre los araucanos, se

sabe que estaba dividido en batallones de mil plazas y compañías de

ciento. Mandábalo un _thoqui_ o general en jefe, y bajo sus órdenes

había un _vicethoqui_ o lugarteniente; debajo de los dos, capitanes

de diferente graduación. Los aztecas habían dividido sus ejércitos en

batallones de 400 hombres y cuerpos de 8.000 o _xiquipillis_. Unos

batallones se distinguían por el color de las plumas de que llevaban

cubiertos jubón y calzas; otros--según el Oficial Anónimo--por las

plumas bermejas y blancas; algunos por las amarillas y azules; varios

por otra clase de colores. Unos iban provistos de arcos, otros de

hondas, algunos de espadas. Cada batallón tenía su capitán, y cada

ejército su _tlacochcalcatl_ o general en jefe. Los peruanos dividían

su ejército en grupos de diez, cincuenta, ciento, mil, cinco mil y

diez mil hombres; todos estos grupos se hallaban mandados por jefes de

diferente categoría. Un grupo manejaba la honda, otro el arco, aquél

la porra o el hacha y éste el lanzón o la pica. Existía, además, en el

Perú un cuerpo de dos mil incas destinado a la guardia y defensa de los

emperadores. Distinguíanse de todos los demás soldados porque llevaban

engarzados en las orejas rodetes de oro.

La _guerra_ era casi el estado habitual de los pueblos americanos.

La hacían los cultos y los salvajes. Si guiaba a los primeros de vez

en cuando algún fin noble o humanitario, los segundos la promovían

por espíritu de venganza, por adquirir cautivas, por codicia, por

cuestiones de límites, por feroz canibalismo. Procede decir que los

cultos aztecas no sólo peleaban por engrandecer el Imperio y castigar

a sus enemigos, sino también con el deseo de coger prisioneros y

sacrificarlos a sus dioses. Sentimientos más nobles tenían los chibchas

y peruanos: los primeros no emprendían guerra alguna sin consultar al

Pontífice de Sogamoso, y los incas se proponían un fin civilizador,

cual era apartar a los salvajes de todo culto sangriento e instruirlos

en las artes industriales y en la agricultura.

Decretaban la guerra, en los pueblos salvajes, los caciques poderosos,

las Juntas de jefes de familia o las Asambleas de guerreros. Los incas

tampoco declaraban formalmente la guerra, sino cuando contaban con

probabilidades del triunfo. Antes de lanzarse a la lucha, tomaban

posiciones y se guarecían tras estacadas en altos cerros, procurando

cortar el paso a los que pudiesen socorrer al enemigo. Más formalidades

guardaban los mejicanos, quienes enviaban embajadores a la capital

enemiga, esperando algunos días la respuesta. No se contentaban con una

embajada, sino repetían dichas embajadas antes de comenzar la guerra.

Eran diferentes los _preparativos de guerra_ entre las razas salvajes

y las cultas. Lo primero que hacían los salvajes era buscar soldados,

y para ello se reunían los hombres más valerosos en banquetes y daban

cuenta de sus proyectos belicosos. Si encontraban acogida los tales

proyectos, se abría la campaña; en caso contrario, se desistía de ella.

Antes se celebraban ciertas fiestas, ya religiosas ya profanas. Los

dacotas acostumbraban a elegir por caudillo un sacerdote o un guerrero.

Al paso que algunos pueblos se preparaban a la guerra mediante

ridículos procedimientos, otros, aunque tan rudos como aquéllos, se

disponían más convenientemente. Tanto los pimas como los salvajes de

algunos puntos de México, buscaban el apoyo de los pueblos vecinos para

lanzarse a la lucha. También antes habían adquirido armas, víveres,

tiendas y todo lo que necesitaban en tales circunstancias. Tenían del

mismo modo sus exploradores.

Los preparativos en las razas cultas eran diferentes. Los reyes aztecas

encargaban a gente sagaz y entendida que examinase la naturaleza del

terreno enemigo y la condición de los pobladores. No abrían la campaña

sino después de conocer los pasos fáciles y los peligrosos, el lado

vulnerable de las fortalezas, las armas, el número de los enemigos.

Discutido todo en consejo de guerra, se llamaba a los capitanes de

mayor categoría y se les decía el camino que habían de seguir, las

jornadas que debían hacer y el sitio más a propósito para lograr la

victoria. Mandaban a la vez que los demás jefes de las provincias se

incorporasen con tropas al ejército, y también que otras autoridades

aprestasen armas, víveres, mantas y tiendas de campaña. Los incas

tenían dichos abastecimientos en _tambas_ o cuarteles-pósitos; los

últimos se hallaban en determinados puntos de los caminos que de Norte

a Mediodía y de Oriente a Occidente cruzaban el imperio. Allí en los

citados _tambos_ podían las tropas alojarse, surtirse de víveres, de

armas y de vestidos.

Eran casi nulas la _táctica_ y la _estrategia_. No las tenían las razas

salvajes; apenas las cultas. Empezada la refriega, los combatientes,

sin orden o en tumulto, y dando feroces alaridos, avanzaban disparando

flechas, hasta llegar a las manos con el enemigo. Peleaban cuerpo a

cuerpo, y abandonaban el campo si perdían al jefe o veían muertos

a muchos de sus hombres. La estrategia estaba reducida a partir

secretamente, escoger ocultas veredas, llegar de noche al campamento

enemigo, emboscarse, y al romper del alba caer y lograr la victoria.

Los araucanos se distinguían por su _estrategia_. Eran diestros para

organizar en secreto expediciones, caer de improviso y de noche sobre

el enemigo, fingir falsas retiradas, simular ataques, triunfar por el

engaño. Metidos en las asperezas de los montes, eran invencibles. Los

mismos españoles tiempo adelante se vieron muchas veces engañados y

sorprendidos en las diferentes guerras que con ellos sostuvieron. Bien

puede asegurarse que los indios, en general, eran traidores en las

guerras. Combates en el mar no los había; pero sí en los lagos y en los

ríos.

Los aztecas y los incas mostraron algunas veces ligeros conocimientos

de táctica y de estrategia, en particular los segundos: «Marchaban

los ejércitos peruanos divididos en vanguardia, centro y retaguardia.

Iban en la vanguardia los honderos con sus hondas y rodelas; en la

retaguardia, los piqueros con sus picas de treinta palmos, y en el

centro los soldados de las demás armas con el Inca o el general en jefe

y la guardia del imperio.

* * * * *

Sabían los peruanos atacar de frente y de flanco, fingir retiradas y

también emboscar gentes que en lugar y momento oportunos decidiesen el

combate.

* * * * *

Cuéntase, además, de los peruanos que llevaban en sus expediciones

rebaños de carneros para la manutención de las tropas en país enemigo,

el material necesario para las tiendas de sus campamentos y oficiales

que tomaran razón de los salvados, heridos y muertos»[234].

[234] Pi y Margall, ob. cit., tomo I y cuaderno II, pág. 1.327.

_Crueles_ en las batallas eran las razas de América, como crueles

eran también las naciones europeas. Matar, destruir y llevarlo todo

a sangre y fuego será siempre el fin de la guerra. En diferentes

puntos de América, ya del Norte, ya del Sur, se mataba y se comía a

los prisioneros. Varias tribus se contentaban con reducirlos a la

servidumbre. Tanta crueldad mostraron los aztecas con los prisioneros

como las razas salvajes. Les colocaban en sus templos sobre la piedra

de los sacrificios, les abrían el pecho, les arrancaban el corazón y

rociaban con la sangre el rostro de sus ídolos. A otros prisioneros

les daban otro género de muerte. Los peruanos eran humanos, hasta el

punto de ponerlos en libertad luego que la guerra terminaba. A veces

los desterraban del hogar en que habían nacido; pero permitiéndoles

llevar consigo la familia. Procuraban economizar la agena y la propia

sangre, llegando su humanidad a no extremar el ataque ni la defensa,

aun sabiendo que con semejante conducta prolongaban la guerra. «No

aniquiléis ni destruyáis lo que habéis de vencer y adquirir mañana»,

solían decir los jefes a sus ejércitos. Digna de alabanza fué, por

muchos conceptos, la conducta que seguían los peruanos y que hubiera

debido servir de ejemplo a las naciones más civilizadas de Europa.

En las razas salvajes y en las cultas se premiaba a los valientes y

se castigaba a los cobardes. Para los hombres de reconocida bravura

había ciertas insignias en muchas razas salvajes. Pintarse los brazos,

el pecho o del ojo a la oreja era señal de cierto número de combates;

llevar prendidas en sus cabellos plumas de águila indicaba el valor del

guerrero, pues el número de plumas era igual al de enemigos a quienes

había dado muerte.

También entre los aztecas era insignia de valor las plumas. Sólo podía

usarlas el que hubiese hecho por su mano cinco prisioneros. Semejante

guerrero tenía derecho a llevar vistosos penachos sujetos por hilos de

plata y mantos de diferentes colores o con ricas orlas.

El pueblo más valeroso entre los americanos debió ser el azteca. Nadie

hacía caso del noble si era cobarde, y el soldado más humilde, si

tenía valor, se elevaba a los primeros puestos. Sólo dos cargos se

reservaban a determinadas clases: a la familia del Rey el de Capitán

general de los ejércitos; a la alta nobleza el de General de división

o _de xiquipilli_. Las insignias militares eran muchas. Ordenes de

caballería había una o varias, y para entrar en ella o en ellas debían

hacerse ceremonias graves y solemnes. Del mismo modo en el Perú hubo

una especie de orden de caballería, donde entraban los incas de diez y

seis años que resistieran determinadas pruebas. Alguna semejanza tenía

esta orden con la de los aztecas; en ambos pueblos compartían el ayuno

los deudos del neófito y en ambos pueblos era común el taladro, allí

de las narices y aquí de las orejas. Respecto a las demás ceremonias,

notábase a primera vista la diferencia; dominaba entre los aztecas

el sentimiento religioso sobre el militarismo, y entre los incas el

militarismo sobre la religión; eran aquéllas más fantásticas que

prácticas, y éstas más positivas que ideales.

No dejan de ser curiosas y de no poco interés las _leyes militares_ de

los aztecas, que a continuación copiaremos:

I. Todo General u Oficial que salga con el Rey a campaña y le

abandone o le deje en poder del enemigo, faltando a la obligación

que tiene de traerlo vivo o muerto, será decapitado.

II. Todo Oficial que forme parte de la guardia del Príncipe y

abandone su puesto de confianza, será decapitado.

III. Todo soldado que desobedezca a su jefe inmediato, o deje su

puesto, o vuelva la espalda al enemigo, o de cualquier modo le

auxilie, será decapitado.

IV. Todo Oficial o soldado que usurpe, que robe el cautivo o el

botín de otro, o ceda a otro el prisionero que por su mano hizo,

sufrirá pena de horca.

V. Todo soldado que en guerra dañe al enemigo sin la venia de su

Jefe, o le ataque sin haberse dado la señal de combate, o abandone

la bandera, o deserte del campamento, o quebrante o viole las

órdenes del Capitán de su compañía, será decapitado.

VI. Todo traidor que revele al enemigo los secretos del ejército

o las órdenes encaminadas para llevarle a la victoria, será

descuartizado. Se le confiscarán los bienes y se reducirán sus

hijos y deudos a perpetua servidumbre.

VII. Toda persona que en tiempo de guerra oculte o proteja al

enemigo, noble o plebeyo, será descuartizada en medio de la plaza

pública. Se arrojarán sus miembros a la muchedumbre para que los

haga objeto de escarnio.

VIII. Todo noble o toda persona de distinción que en acciones de

guerra, en danzas o en otras fiestas ostente insignias de los

reyes de México, Tezcuco o Tamba, sufrirá pena de muerte y serán

confiscados sus bienes.

IX. Todo noble que habiendo caído prisionero en poder del enemigo,

se escape y vuelva al país, será decapitado. Se dejará, por lo

contrario, libre y se premiará como bravo al que vuelva después

de haber vencido en la piedra gladiatorial a siete adversarios.

Si el que huyera de la cárcel del enemigo fuese simple soldado y

volviese al país, será bien recibido.

X. Todo embajador que en cumplimiento de su mensaje no se atenga a

las órdenes é instrucciones que haya recibido o vuelva falseando la

contestación, será decapitado.

* * * * *

Con el objeto de _afianzar las conquistas_, los vencedores dejaban a

la cabeza de las tribus sometidas, al jefe vencido o a su sucesor,

exigiéndole únicamente ciertos tributos y determinadas obligaciones.

De todos los monarcas de América, los de Perú mostraron más deseos

que ningún otro de civilizar a los pueblos conquistados, ya mediante

la persuasión, ya por la fuerza. A los jefes les regalaban hermosas

mujeres y joyas de oro; a los demás, lana y algodón para que se

vistieran, ganados para criarlos, maíz y legumbres para que comiesen.

A veces les instruían en la agricultura y les abrían acequias para el

riego de los campos.

Respecto a la _paz_, solicitábanla lo mismo los pueblos salvajes que

los cultos por medio de embajadores. Entre los salvajes, el símbolo

de la paz era la pipa; en una pipa generalmente esculpida o pintada,

fumaban los embajadores o los jefes de los pueblos que ponían fin a

sus discordias. Si los embajadores se presentaban al Rey, lo primero

que hacían era ofrecerle una pipa. Luego cada uno de aquéllos encendía

la suya y fumaban todos, echando la primera bocanada de humo al Sol,

la segunda a la tierra y la tercera al horizonte. En seguida pasaban

sus pipas a la comitiva regia, y exponían su mensaje. Expuesto y

contestado, el Rey usaba de la pipa, significando de este modo paz y

concordia. Hacía encender una pipa y la circulaba a los mensajeros; con

esto terminaba la embajada.

Los embajadores aztecas llevaban una especie de dalmática verde, de

cuyos extremos pendían borlas de colores, manta finísima revuelta al

cuerpo y recogida por dos de sus puntas en los hombros, ricas plumas en

el cabello, una flecha con la punta al suelo en una mano y un escudo en

la otra; pendiente del brazo una red con víveres para el camino. Acerca

de los incas, ellos enviaron pocas o ninguna embajadas; pero recibieron

muchas de las naciones fronterizas.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 47 / 152 题