ESTADO SOCIAL DE LOS INDIOS.--LA ANTROPOFAGIA.--EL EMPERADOR
EN MÉXICO Y EN EL PERÚ: ABSOLUTISMO DE LOS EMPERADORES.--LOS
CACIQUES.--LA POLICÍA.--LOS MERCADOS.--LA HACIENDA.--LA
ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA.--LOS TRIBUTOS.--INCAS, CURACAS Y
AMANTAS.--EL INTERREGNO.--EL CLAN, EL SACHEM Y EL CONSEJO.--NOMEN
Y TOTEM.--LA TRIBU.--CONFEDERACIONES TRIBALES.--EL MATRIMONIO:
MONOGAMIA Y POLIGAMIA.--ADULTERIO.--DIVORCIO.--LOS HIJOS.--LOS
ANCIANOS.--LAS VIVIENDAS.--INSTITUCIONES CIVILES EN AMÉRICA: LA
PROPIEDAD EN MÉXICO Y EN EL PERÚ.--LA SUCESIÓN.--TUTELA, CURATELA Y
ADOPCIÓN.--ESCLAVITUD.--LEYES PENALES Y DE PROCEDIMIENTOS.--LEYES
SOCIALES Y ADMINISTRATIVAS.--LAS POSTAS ENTRE LOS NAHUAS Y ENTRE
LOS PERUANOS.
Acerca del estado social de los indios, podemos afirmar que todos,
aun los mejicanos y peruanos, no llegaron al estado completo de
civilización. Si la antropofagia se hallaba extendida por toda América,
justo es reconocer que no fué tan general en los imperios de México y
Perú, como en el Río de la Plata o a orillas del Mississipí, en las
Antillas e islas Caribes. Los pueblos del Pacífico, donde existía
población numerosa, rica y dedicada a la agricultura y a las artes, no
debían tener por objeto principal la guerra y la antropofagia, como
los citados del Río de la Plata y todos los que ocupaban los extensos
territorios con vertientes hacia el Océano Atlántico.
México y el Perú se hallaban organizados casi feudalmente, estando al
frente de ellos, más bien que un Emperador o Rey, un gran sacerdote,
el cual se hacía temer por los grandes castigos que imponía, y entre
ellos los sacrificios humanos que mandaba hacer en los adoratorios,
adoratorios que tiempo adelante hubo de destruir la espada de Hernán
Cortés y de Francisco Pizarro.
Tanto en México como en el Perú se consideraban sagradas las personas
de los monarcas Moctezuma y Atahualpa.
Fijándonos en el Emperador mejicano, diremos que todos los señores de
Estados particulares tenían su casa en México y eran fieles servidores
de Moctezuma. Demás de estos grandes señores, que constituían la
grandeza, servían a Moctezuma los soberanos de Estados enclavados en
el imperio. Los emperadores de México habitaban en magníficos palacios
y disponían de rica y numerosa servidumbre; tenían suntuosos aposentos
para los monarcas de Tezcuco y Tacuba; pasaban sus ocios en parques
de caza o en hermosos jardines; salían a la calle en andas, con gran
séquito, y a su presencia se postraban los súbditos. Con todo, no
eran tan absolutos como a primera vista pudiera creerse, pues en el
Anahuac había tierras de la corona, beneficiarias y feudales. De las
de la corona disponían directamente en sus respectivos estados los
reyes de Michoacán, la república de Tlaxoala, el cacicazgo de Xalixco
y algunos más; tanto las tierras beneficiarias como las feudales,
quedaban reducidas a feudos vitalicios o sólo a feudos. Otras causas,
también de importancia, moderaban el absolutismo del poder imperial.
No era la menor los diferentes reinos en que el país estaba dividido.
Los caciques, especie de señores feudales, ejercían jurisdicción, que
tiempo adelante consagraron las Leyes de Indias, con la mira de que
conservasen la autoridad para mantener a todos en la obediencia de la
metrópoli. Hallábase organizada numerosa policía en todos los reinos,
cacicazgos o señoríos del imperio y muy especialmente en México. En las
grandes ciudades había diariamente mercados, donde abundaban todas las
cosas; mientras se celebraban, se constituía un Tribunal compuesto de
10 o 12 magistrados. En las poblaciones menos populosas los alguaciles
o encargados de mantener el orden, llevaban las varas levantadas.
Las cuestiones entre vendedores y compradores se resolvían en juicio
verbal con bastante justicia. La hacienda descansaba en principios
algo parecidos a los nuestros. Había verdaderos derechos de consumos.
Estaba organizada la administración de justicia, como también la
administración pública. Los plebeyos, mediante la guerra, llegaban a
las más altas dignidades del Estado.
Y por lo que a los emperadores del Perú se refiere, tomaban el nombre
de hijos del Sol, y en efecto, así lo parecían, pues en público sólo
salían con vestiduras de fina lana recamadas de oro y pedrería, anchos
discos de oro engarzados en los pulpejos de las orejas, una borla de
color carmesí en la frente y una guirnalda de colores en la cabeza.
Habitaban grandiosos palacios, en los cuales hasta los grandes señores
entraban descalzos, baja la cerviz y con ligera carga en los hombros.
Cuando salían de Palacio, ya para asistir a funciones religiosas dentro
de la ciudad, ya para recorrer el Imperio, iban en andas guarnecidas
de oro y esmeraldas, entre escogida guardia, llevando delante numerosa
hueste de honderos y detrás de lanceros, con heraldos anunciadores y
criados que limpiaban el camino. Presentábanse en todas partes no
como hombres, sino como dioses. Habían logrado captarse el amor de
sus pueblos, con razón seguramente, porque consiguieron desterrar de
su territorio el hambre, unciendo al yugo del trabajo hasta los más
indóciles.
El Imperio se hallaba dividido en cuatro grandes regiones (_Antisuyu_,
_Chinchasuyu_, _Contisuyu_ y _Collasuyu_), unidas al Cuzco por cuatro
grandes caminos. Mandaba cada región un Señor (Cápac), llamado virey
por los españoles. Los cuatro Señores constituían el Consejo de
Estado del Inca, y ellos tenían bajo sus órdenes tres Juntas: la de
Guerra, la de Hacienda y la de Justicia. Las regiones se subdividían
en provincias mandadas por Gobernadores (_hunnus_), los cuales no
podían intervenir en los asuntos de los _curacas_ (antiguos caciques
de tribus o de comarcas independientes antes del Imperio). Los curacas
solamente estaban obligados a adorar al Sol, hablar la lengua del
Cuzco, asistir a la Corte por sí o por sus hijos y pagar tributo en
hombres y cosas. El cargo de Gobernador lo desempeñaban personas de
sangre real. En las capitales de provincia había, además, empleados que
llevaban la cuenta de lo que se recogía por impuestos y se invertía en
gastos públicos; también anotaban los nacimientos y defunciones; en los
primeros días del año llevaban los oficiales sus notas al Cuzco, donde
otros empleados se ocupaban de la estadística del Imperio. Refiere
Garcilaso que en los pueblos las familias estaban divididas en grupos
de 10, de 50, de 100, de 500 y de 1.000, bajo la autoridad de Jefes de
menor a mayor graduación. La misma organización servía seguramente para
la administración de justicia; los delitos eran castigados--según la
menor o mayor gravedad--por los Jefes que acabamos de citar. Para los
pleitos había otros jueces: uno en cada pueblo, otro en cada provincia
y un tercero en cada virreinato. Tanto la organización política como
la económica eran sumamente complicadas. Las minas eran del Inca o
de los _curacas_. Los tributos no pesaban de un modo oneroso sobre
el contingente, pues se tenía en cuenta la riqueza o pobreza de los
pueblos.
Formaban los _incas_--como se dijo en el capítulo V--la primera clase
de la nobleza, los _curacas_ la segunda y los _amantas_ (sabios,
sacerdotes y hábiles artífices) la tercera. Superior, muy superior era
la clase de los incas; incas eran casi siempre los primeros empleados
civiles e incas eran los primeros capitanes.
Entre el fallecimiento de cada Inca (Emperador) y la coronación del
que había de sucederle, esto es, durante el _interregno_, gobernaba
un hombre de gran autoridad y prestigio, perteneciente también a la
primera clase de la nobleza.
El _clan_ o linaje (_gens_) era el factor más importante de las
rudimentarias sociedades indias. El clan, esto es, grupo de parientes
más o menos próximos, paternos o maternos, vivían en lugar determinado,
con obligación de ayudarse mutuamente. El indio se debía al clan antes
que a su propia e íntima familia. Entre el interés de sus próximos
deudos y el del clan, debía preferirse el último. El clan elegía y
destituía sus jefes, los cuales eran civiles (_sachems_) o militares
(_caciques_, _etc._)
En tiempo de guerra, los jefes militares tenían absoluta autoridad
en la tribu. Durante la paz todos quedaban sometidos al _Sachem_, o
lo que es lo mismo, los jefes civiles dirimían las contiendas entre
los individuos del clan o linaje. Cuando no podían resolverlas, las
elevaban al _Consejo_, tribunal superior que también tenía la misión
de resolver las cuestiones de interés general. Estaba formado dicho
Consejo por los principales jefes o delegados de los clanes.
«Las tribus criks o muscogis se hallaban divididas en nueve clanes:
el del _Tigre_, el del _Viento_, el del _Oso_, el de la _Zorra_, el
del _Lobo_, el de la _Raíz_, el del _Pájaro_, el del _Ciervo_ y el del
_Cocodrilo_; las iowas, en ocho: el del _Aguila_, el de la _Paloma_,
el del _Lobo_, el del _Alce_, el del _Oso_, el del _Castor_, el del
_Búfalo_ y el de la _Serpiente_; las iroquesas, en tres: el del _Lobo_,
el de la _Tortuga_ y el del _Oso_; las huronas, en otras tres: el de la
_Cuerda_, el del _Oso_ y el de la _Roca_...»[222].
[222] Pi y Margall, _Historia de América_, segundo volumen,
página 1.248.
Más adelante añade: «Tenía generalmente cada uno de los clanes por
_nomen_ el del animal o el de la fuerza que miraba como su origen o
como el _nahual_ o el nombre del fundador de la estirpe: por _totem_,
la representación gráfica de ese mismo animal o de esa misma fuerza.
Sólo entre los iowas el totem estaba en la manera de llevar el
cabello.»[223]
[223] Ibidem.
La unión, pues, de varios clanes formaba la tribu. La nota
característica de la tribu, según todas las señales, consistía
principalmente en tener la misma lengua o dialecto. En general, las
tribus no tenían jefe supremo, sino el Consejo antes citado. A veces,
tribus afines, ante el temor de agresiones de tribus extrañas, se
unían para su protección y defensa. Tal fué seguramente el origen de
las _Confederaciones Tribales_, institución propia y característica de
los aborígenes de América. Las Confederaciones más conocidas fueron la
_azteca_ y la _iroquesa_; también las de los _mokis_ y de los _dakotas_.
El matrimonio entre los indios se celebraba por medio de ciertas
ceremonias religiosas; se consignaba por escrito la dote que aportaba
la mujer. Consideraciones económicas influían en la forma del
matrimonio, pudiendo afirmarse que en los países en que la vida era
ruda y difícil, el indio se contentaba con una sola mujer; en los
climas cálidos y tierras fértiles existía la poligamia. En la América
Septentrional predominaba la monogamia y en la Meridional la poligamia,
siendo de notar que lo mismo en la primera que en la segunda dependía
la duración del matrimonio de la voluntad o del capricho de los
contrayentes. Habremos de advertir que en algunos pueblos predominaba
la monogamia por la escasez de mujeres; admitíase en otros la poligamia
por la abundancia de aquéllas. El esquimal llegó a recurrir a la
poliandria en las grandes carestías de hembras. Lo predominante en
América era la poligamia. El varón solía tomar las mujeres o concubinas
que le consentían sus riquezas o que le exigía el apetito. En general,
la mujer gozaba de alguna estimación en las tribus en que predominaba
la monogamia y el matriarcado, siendo considerada como esclava en
aquellas tribus en que se hallaba establecida la poligamia, como
también entre los salvajes. Lo mismo en los pueblos agricultores, que
en los cazadores y que en los nómadas, la mujer era la bestia de carga
de la familia. Se le hacía trabajar continuamente, y gracias podía
dar si no era objeto de malos tratamientos. El marido la despreciaba,
y con harta frecuencia la ofrecía a sus huéspedes. Gozaba de más
consideración en las razas cultas, aunque no de menos trabajo. Lo mismo
en México que en el Perú, ella hilaba y tejía la lana o el algodón,
ella iba al mercado y cambiaba por las cosas necesarias a la vida los
productos del trabajo de su marido.
Castigábase el adulterio casi en todas las tribus, si bien con más
rigor en unas que en otras. En las razas cultas--y en ello están
conformes todos los escritores--lo mismo entre los aztecas que entre
los incas, no reinaba la blandura ni la justicia. Lo que no se
consentía en modo alguno ni en uno ni en otro pueblo era que el marido
se tomase la justicia por su mano. Aunque cogiese a la adúltera en
flagrante delito, estaba obligado a llevarla ante los tribunales.
Blandos con los adúlteros fueron los hurones, patagones, charrúas, los
pueblos de los llanos del Orinoco y los nicaraguatecas. Los hurones,
partidarios del amor libre, nada les importaba la infidelidad; los
patagones devolvían la mujer adúltera o la vendían al amante; los
charrúas sólo maltrataban a los criminales de palabra; los indígenas
de los Llanos buscaban la venganza en pagar ofensa con ofensa, y el
nicaraguateca despedía a la culpable y la condenaba a viudez perpétua;
pero entregándole el dote. Los divorcios eran frecuentes. En casi
todas las razas salvajes, no sólo el adulterio se consideraba motivo
de divorcio, sino la diferencia de caracteres, el capricho. Entre las
razas cultas existía también, aunque no con tanta frecuencia. Acerca
de los hijos puede asegurarse que la lactancia era larga. Cuando el
niño llegaba a la pubertad recibía su nombre, hecho que tenía no poca
importancia. Declarado adulto, si en unas tribus seguía el padre
gozando de autoridad absoluta, en otras recobraba el hijo completa
libertad de sus acciones, hasta el punto que nada tenía que ver desde
entonces con sus progenitores.
Los ancianos (exceptuando los _shamanes_, adivinos, etc.), que no
servían para la guerra ni para la caza, eran mirados por su tribu como
pesada carga, siendo muertos con frecuencia violentamente.
Respecto a las viviendas no conocieron algunas tribus más abrigo que
el de los bosques. Otras tribus se contentaban con cubrir la tierra
con verde follaje. Se defendían del sol colocándose a la sombra de
los árboles, de los barrancos y de las rocas, y del viento levantando
parapetos de piedra o de brozas, y también en reductos de fagina.
Cuando arreciaba el frío, se metían en cuevas o en hoyos; si estaban
enfermos, en bajas y miserables chozas. Otros salvajes hacían de paja
sus viviendas; algunos doblaban unas pocas ramas, las cuales metían en
el suelo por los dos cabos y encima de ellas echaban pieles; no pocos
metían en el suelo y a corta distancia palos, sobre los cuales tendían
pieles de huanaco.
Constituían verdadero adelanto otras viviendas. Con gruesos postes o
troncos de árbol se formaban _buhíos_ poliédricos, hasta el arranque
del techo; desde el arranque del techo hasta el remate eran cónicos.
Hallábase formada la armadura del techo por varas o palos delgados que
partían de las soleras de los troncos y convergían a un largo madero
hincado en el centro de la casa, cubriéndose los intersticios por
cañas sobre las que se extendían luengas pajas, hojas de palmera o
de bihao. También algunos buhíos eran cuadrilongos y tenían modestos
zaguanes. Había pocas puertas sin jambas, y ninguna sin dintel. Tribus
más adelantadas labraban los postes de sus paredes y las vigas de sus
techos; entre las vigas y entre los postes colocaban tablas de cedro
que podían levantar y bajar a su capricho. Era cosa corriente que
algunas tribus tuviesen sus viviendas en alto y otras bajo tierra o
subterráneas. Lo que verdaderamente llamó la atención de los europeos,
fué las casas de hielo de los esquimales, de forma semi-esférica.
Muros, ventanas, puerta, muebles, todo era de hielo. Maravilla más
todavía la fábrica de las casas-pueblos, casas de dos, tres, cuatro y
hasta más pisos, cuya elevación no bajaba de 40 pies, de longitud 300
y de anchura 120; muchas con grandes voladizos, y todas, en particular
en los pisos inferiores, tenían una especie de galerías o azoteas, que
cerradas por pretiles, servían de miradores en la paz y de baluarte en
la guerra. Componíanse dichas casas, ya de piedra y barro, ya de adobes
y ya de argamasa, que era una mezcla de carbón, ceniza, junco y tomillo
con tierra y agua[224].
[224] Véase lo que en el capítulo VII se dijo sobre las casas
grandes de Gila.
En México, las casas de la plebe estaban hechas de barro y piedra,
de árboles, de cañas, cubiertas por heno, por hojas del maguey o del
áloe. Las de los hombres principales estaban hechas de piedra y cal y
las techumbres de madera de cedro, ciprés, abeto o pino; en general
se hallaban formadas dichas casas de dos pisos, y en los dos había
jardines; también zaguán, patio, azotea, granero, baño, oratorio,
aposento para las mujeres, aposento para los hombres y una o dos
entradas formadas por un cancel de cañas, pues puertas no se colocaba
ninguna. En el Perú eran de piedra bien labrada las del Cuzco y las de
los pueblos de la serranía; de adobes, las de los Llanos; en general,
sólo tenían un piso y el techo de estera o paja. Muchas habitaciones,
únicamente se encontraban en las casas de les curacas y de los incas.
Sin embargo de la pobreza, las viviendas de muchas razas salvajes
presentaban pintoresco conjunto. Estaba casi siempre el hogar en medio
de la casa, debajo del agujero que se dejaba en el techo para la salida
del humo; alrededor de las paredes corrían las camas, que consistían
en sencillos petates o en zarzos y tarimas. Colgaban del techo carne
o pescado hechos cecina o mazorcas de maíz; de los muros, aquí armas,
allí adornos o galas de hombres y mujeres; en el sitio más visible
de la casa cabezas de ciervos o de búfalos. La suciedad más grande,
lo mismo en las personas que en las cosas, era frecuente en el hogar
salvaje.
Tiene excepcional importancia el estudio de las _instituciones civiles_
en América antes de la conquista. Comenzando por la propiedad,
consignaremos que los individuos de las tribus, lo mismo de las
salvajes que de las cultas, tenían dominio sobre las cosas muebles;
pero no sobre los bienes raíces, con la sola excepción de las chozas
que habitaban. La propiedad no era individual, sino de la tribu o de
la nación. La propiedad colectiva gozaba de absoluta importancia,
siendo, no obstante, raro el verdadero comunismo. Parécenos exagerada
la pintura que hace Pedro Mártir de Anglería acerca del comunismo
en Cuba: «Todas las mañanas--escribe el autor citado--mientras a la
sombra de los árboles deliberaban los ancianos sobre los negocios de
la República, iban los mozos, según los tiempos, a sembrar, escardar
o segar los campos. Todo pertenecía a todos, nada a nadie, y se vivía
en paz y ventura sin cercados, leyes, tribunales ni suplicios.» No
negaremos que, tanto en las razas salvajes como en las cultas, latía
el comunismo en el fondo de las instituciones civiles. Recuérdese a
este propósito que cuando los trabajadores tenían noticia de la vuelta
de sus compañeros del campo, o del regreso de los cazadores, o de la
llegada de las barcas pescadoras, se encaminaban a las puertas de sus
jefes, donde recibían la parte de cereales, caza o pescado, en relación
con el número de los hijos que cada cual tuviera. Entre los nahuas, ni
la nobleza, ni el sacerdocio, ni el pueblo podían enajenar sus tierras;
eran más bien usufructuarios que propietarios. Llama la atención que
sólo los barones podían, a par de los Reyes, ceder sus campos y montes
a quien quisieran. En las tierras de la comunidad cada familia tenía
un lote que transmitía a sus herederos; pero si dejaba de cultivarlo
o cambiaba de domicilio, lo perdía. Los lotes vacantes servían para
la dotación de nuevas familias o para la mejora de otros lotes poco
fecundos o escasos. El jefe del barrio o _calpulli_ tenía en todos
los casos no pocos derechos y deberes. Entre los mayas debía haber,
no verdadera propiedad, sino mera posesión, que duraba mientras no se
dejase de cultivar la tierra, pudiéndose, sin embargo, transmitir por
herencia. Respecto al trabajo sí pudiera asegurarse que hubo comunismo.
Landa escribe lo siguiente: «En tiempo de sus sementeras, los que no
tienen gente suya para las hacer, júntanse de veinte en veinte, o más
o menos, y hacen todos juntos por su medida o tasa la labor de todos,
sin dejarla mientras no la cumplan.» El mismo carácter que entre los
mayas tuvo la propiedad entre los quichés y los cakchiqueles. Respecto
a los nicaraguatecas, es de notar que no podían vender su propiedad,
que pasaba a sus próximos deudos, y si no los había, al varón o al
municipio. Si de los peruanos se trata, la tierra entre ellos estaba
dividida en tres partes: una para el Sol o el Sacerdocio, otra para
el Inca o el Estado, y la tercera para el Pueblo o el Municipio. El
Municipio repartía anualmente a cada familia sin hijos dos _tupus_
(unas tres fanegas de sembradura): uno para maíz y otro para legumbres.
A cada familia con hijos solteros se le daba dos _tupus_ más por
varón y uno más por hembra. De modo que las familias eran simples
usufructuarias de la tierra, no pudiendo cederla ni a título oneroso,
ni a título gratuíto. Las tierras del Sol y las del Inca aumentaban o
disminuían, según las necesidades de los Municipios. Los labradores
de la comarca cultivaban unas y otras tierras en determinada época.
Las tierras de las viudas, de los huérfanos, de los enfermos y de los
ausentes por causa de la República, se cuidaban por los agricultores
del Municipio respectivo. Del mismo modo que había comunidad en el
trabajo, había también en determinados bienes. Eran comunes la sal, los
peces de los ríos, los arroyos y los árboles silvestres. Considerábanse
como propiedad del Inca los ganados y las minas; disponían de
llamas, de objetos de oro y plata caciques nobles y aun plebeyos.
Semejante organización de la propiedad produjo en el Perú excelentes
frutos. «Vinculadas las tierras de los nobles--escribe Fernando de
Santillán--repartidas año por año las de los plebeyos, señor de casi
todo el país el Estado, la generalidad del pueblo en una medianía
rayana de la pobreza, no podía la sucesión tener en el Perú mucha
importancia.» Afirma el mismo Santillán que, cuando moría un cacique,
el sucesor se hacía dueño de las fincas y bienes, y con el producto
de ellos, subvenía a las necesidades de la mujer y de los hijos del
difunto.
Por lo que a la _caza_ respecta, pertenecía al que la mataba. En
algunos pueblos al que hiriera las reses y aun al que las ojeara se les
reconocía el derecho a la piel y a cierta porción de carne. Si formaban
partida los cazadores, las piezas que se cogían se repartían entre
todos.
De la _tutela_ y _curatela_ habremos de decir que existía en el Perú
y en algunas otras tribus. La _adopción_ adquirió caracter principal
entre los algonquinos e iroqueses. Los primeros sólo adoptaban
prisioneros de guerra, y los segundos a toda clase de hombres, amigos o
enemigos.
La _esclavitud_ existía en América, pues sólo en el Perú, entre
los esquimales, dacotas y shushwaps no se hallaba establecida.
Nacía principalmente de la guerra, y según Pi y Margall--con cuya
opinión no estamos conformes--no era tan dura como en Europa. «No
mediaban--dice--allí tampoco entre los esclavos y los señores los
abismos que aquí en Europa. Acontecía más de una vez que tomase el
señor a una de sus esclavas por esposa y admitiese la señora a uno de
sus esclavos por marido; más de una vez también que niños esclavos se
sentasen a la mesa de sus dueños. Llegaban a establecerse entre las
dos clases hasta vínculos de cariño; viendo pobres a sus antiguos amos
trabajaban con ahinco por socorrerlos esclavos que ya no lo eran o
estaban en otras manos. Que ya no lo eran, digo, porque allí como en
Roma cabía emanciparlos y con frecuencia se los emancipaba. Lo que no
podía nunca el esclavo era obtener cargos públicos.»[225].
[225] _Historia de América_, vol. 2.º, pág. 1.353.
Poco numerosas eran las _leyes penales_ entre las razas cultas,
escasas en las razas salvajes. Los salvajes no se contentaban con
aplicar la pena del talión (vida por vida, honra por honra y propiedad
por propiedad), sino que llevaban el castigo más allá del agravio.
En algunas razas el marido burlado tenía derecho a cohabitar con la
mujer o hermana del adúltero: en otras se destruía casa por casa, se
devastaba campo por campo y se arrasaba maizal por maizal. Para algunos
delitos no había pena alguna. No se castigaba ni al que mataba en
duelo ni al sodomita. Tampoco casi se castigaban los delitos contra la
honestidad, a excepción del adulterio, pues en general los adúlteros
sufrían la pena de muerte. Así sucedía entre los caribes, los criks,
los musos y los colimas. Se imponía la pena de muerte a los homicidas;
sólo los californios del Norte se limitaban a exigir precio por
cada muerte, y pedían por la de una mujer la mitad de la que por un
hombre. Se imponía la pena de muerte a los homicidas, debiéndose de
contar que, entre los tupinaes, si huía el matador, se extrangulaba a
cualquiera de sus hijos; si no los tenía, a cualquiera de sus hermanos,
y si tampoco los tenía, se obligaba a su pariente más próximo a ponerse
bajo la servidumbre del más próximo de la víctima.
Los nahuas, entre las razas cultas, eran los que tenían más leyes
penales (Apéndice F). A los sediciosos, a los homicidas, a los
calumniadores, a los testigos falsos, a los adúlteros, a los sodomitas
y a los alcahuetes los condenaban a grandes penas o los mataban.
Castigaban con la muerte al hijo que levantaba la mano contra su padre
o su madre, y privaban de la herencia de sus abuelos a los hijos del
delincuente. No eran menos duros con los que se embriagaban y más
todavía con los imprudentes que se atrevían a dirigir palabras amorosas
a algunas de las concubinas del monarca. No se distinguían por su
blandura los castigos que imponían a los que no respetaban la propiedad
inmueble o mueble. El que entraba por las huertas y maizales robando
frutas o mazorcas, o el que arrancaba el maíz antes que granara, era
condenado a muerte; pero el viajero que pasaba por las orillas de los
bancales, si tenía hambre o sed, se le permitía coger algunas mazorcas.
Por lo que toca a los bienes muebles, aplastaban con la clava a los que
salían a robar en los caminos reales y mataban a palos al que hurtaba
la cosa más pequeña en los mercados públicos. También era largo, aunque
no tanto, el código penal de los mayas. Eran condenados a muerte los
traidores, los que se negaban a pagar los tributos, los homicidas y
los hechiceros. También los que provocaban alzamientos o los que de
algún modo ponían en peligro la salud del Estado. Contra los delitos
sensuales había diferentes penas, lo mismo respecto a los adúlteros
que a los seductores. Si en Guatemala y el Salvador, el raptor era
castigado con la muerte, en Nicaragua sólo tenía que pagar una
indemnización a los padres o parientes de la robada. Blandura extremada
había contra el adulterio en Guatemala, Nicaragua y Vera Paz. Acerca de
los delitos contra la propiedad, los mayas no fueron tan severos como
los nahuas. Los mayas únicamente mataban a los ladrones incorregibles.
Las pocas leyes penales que conocemos de los muiscas pueden calificarse
de muy severas. El código de los peruanos medía con la misma vara al
inca que al hombre del pueblo. Imponía la muerte al que mataba al Rey,
a la Reina o al Príncipe, al ministro del Rey, sacerdote o virgen
consagrada al astro del día y al cacique: también al que se pasaba al
enemigo en la guerra. Hacía cuartos al parricida, despeñaba o apedreaba
al matador de niños, ahorcaba o descuartizaba al marido que matase
a la mujer, como no fuera por causa de adulterio. Azotaba y ponía a
la vergüenza al estuprador y estuprada; de igual modo castigaba el
incesto entre sobrinos y tíos, primos de segundo grado y afines de
primero; con lapidación u horca el coito entre hermanos germanos; con
lapidación entre hermanos de padre; con despeñamiento entre padres e
hijos. Adúltero y adúltera pagaban con la vida su delito. Los reos
de sodomía eran arrastrados, ahorcados y quemados; a los alcahuetes
favorecedores de incestos o estupros se les ahorcaba. Los delitos
contra la propiedad dieron origen a pocas leyes. El hombre laborioso
que hurtase para satisfacer el hambre o adquirir vestido para él, su
mujer o sus hijos, no era castigado; pero lo era el jefe, que, debiendo
proveerle de víveres para satisfacer el hambre o de lana o de algodón
para vestidos, no lo había hecho. El que por haragán o vicioso hurtase
más de cierta cuantía, si era hijo de señor se le degollaba en la
cárcel, y si plebeyo, se le ahorcaba.
No había _leyes de procedimientos_ en las razas salvajes. Donde más un
consejo de ancianos fallaba, procediendo en seguida a la ejecución de
la sentencia. Ni siquiera había cárceles donde encerrar a los reos.
Tampoco verdugos de oficio, pues de dar muerte a los reos se encargaba
el pueblo todo. En las razas cultas, lo mismo entre los peruanos que
entre los mayas y nahuas, sí había leyes de procedimientos. En estas
tribus los procedimientos eran verbales. Se sabe que tuvieron cárceles,
pudiéndose citar una del Cuzco, que estaba llena de osos, tigres,
culebras y víboras; era--según Cieza--como un lugar de prueba, donde
las fieras devoraban a los culpables y respetaban a los inocentes.
Debieron haber Jueces, tal vez Abogados, Procuradores y Amanuenses o
Notarios. Los juicios eran rápidos.
En diferentes pueblos de América, y especialmente en el Perú, se
encuentran leyes, ya del _orden social_, ya del _administrativo_, no
faltando notables disposiciones acerca de la _agricultura_. No carecen
de curiosidad ciertos usos y costumbres de los incas (Apéndice G).
Opinan algunos cronistas que las postas sólo se hallaban establecidas
entre los nahuas y los peruanos. Como ni unos ni otros disponían de
caballos ni de otra clase de animales que los supliese, empleaban
peatones (_chasquis_) que corrían con velocidad pasmosa[226]. Entre
los nahuas había postas de seis en seis millas, y entre los peruanos
de cinco millas era la mayor distancia[227]. Los despachos de los
nahuas eran verbales o escritos en jeroglíficos; los de los peruanos
en forma oral o por escrito (_quipus_). Los chasquis, vestidos de un
traje particular, partían a la carrera para transmitir las noticias
o entregar los objetos que llevasen para la Corte a la posta
siguiente, y así a las restantes hasta llegar a su término. «Es muy
notable--escribe Prescott--que esta importante institución fuese
conocida en México y en el Perú al mismo tiempo, sin que hubiese
comunicación entre ambos países y que se haya encontrado establecida en
dos naciones bárbaras del Nuevo Mundo antes que se adoptase entre las
naciones civilizadas de Europa.»[228]. Lo mismo en México que el Perú
gozaban dichos peatones de mucha consideración, hasta el punto de que
nadie podía inferirles la menor ofensa sin incurrir en pena de muerte.
Las casas de postas se hallaban siempre en alto, y las unas a la vista
de las otras. Es de advertir que los chasquis estaban únicamente
al servicio del Estado; pero a veces transportaban objetos para el
servicio de la Corte, y aun cosas de comer para el consumo de la Casa
Real. Por este medio la Corte recibía pescado del distante Océano,
caza de lejanos montes y frutas de las cálidas regiones de la costa.
Con semejante sistema de correos se tenía en seguida noticia en la
capital, ya de la insurrección de una provincia, ya de la invasión de
extranjeros enemigos por la frontera más remota. «Tan admirables eran
las disposiciones adoptadas por los déspotas americanos para mantener
la tranquilidad en toda la extensión de sus dominios. Esto nos recuerda
las instituciones análogas de la antigua Roma, cuando bajo el imperio
de los Césares eran señores de medio mundo.»[229].
[226] Dice Garcilaso que chasquis significaba _uno que hace un
cambio_. _Com. Real_, parte I, libro VI, cap. VIII.
[227] Respecto al Perú casi todos los autores dicen que no
pasaba de _tres cuartos de legua_.
[228] _Historia del descubrimiento y conquista del Perú_, tomo
I, pág. 82.
[229] Prescott, Ibidem, pág. 83.
Por último, terminaremos con las mismas palabras con que Herder dió fin
al capítulo que intituló _Organización de los americanos_[230]. ¿Qué
puede deducirse--preguntaba el filósofo alemán--de todo lo expuesto?
[230] _Philosophie de L' Histoire de L' humanité_, tom. I,
págs. 300 y 301.
Primero: que no se debe hablar de una manera general de los pueblos
de un continente que está enclavado en todas las zonas. El que dice:
América es cálida, sana, húmeda, baja, fértil, tiene razón; el que diga
lo contrario, también tiene razón, si considera estaciones y lugares
diferentes. La misma observación se aplica a las naciones, pues se
encuentran hombres de un hemisferio bajo todas las zonas. Al Norte y
al Sur hay enanos, y al lado de ellos se hallan gigantes. En el centro
se ven hombres de talla regular, más o menos bien formados, pacíficos,
belicosos, perezosos y vivos, en una palabra, todos los géneros de vida
y todos los caracteres.
En segundo lugar, nada, sin embargo, prueba que tantas ramificaciones
no procedan de la misma raíz, y que la unidad de origen se manifieste
también por la semejanza de los frutos. Eso es lo que oímos decir
del carácter dominante, lo mismo en la figura que en la organización
física de los americanos. Ulloa observa en las comarcas centrales, que
los individuos tienen la frente pequeña cubierta de cabellos, naríz
afilada que se encorba hacia el labio superior, ancha cara, grandes
orejas, piernas bien formadas, pies pequeños y cuerpo rechoncho; y sus
caracteres se encuentran más allá de México. Pinto añade que la naríz
es algo chata, la cara redonda, los ojos negros o castaños, obscuros,
pequeños y vivos y las orejas un poco separadas de la cabeza: esto
mismo se halla en los pueblos degenerados que viven lejos de aquéllos.
Esta fisonomía general, que se transforma más o menos, según los
pueblos o los climas, parece como un rasgo de familia y se reconoce en
pueblos diversos, atestiguando perfectamente la unidad de origen. Si
fuese cierto que pueblos de todas las partes del mundo, en diferentes
épocas se habían fijado en América, ya mezclados o ya separados, la
diferencia con los anteriormente citados debía ser mayor. Los cabellos
blondos y los ojos azules no se ven en las gentes de esta parte del
mundo: los cessers de los ojos azules de Chile, y los akansas de la
Florida han desaparecido recientemente.
En tercer lugar, ¿se puede, después de todo ello, señalar a los
americanos un carácter general? Parece que sí, y éste es una bondad
e inocencia casi infantil, de las que se encuentran señales en todas
sus formas, aptitudes y poca astucia y, sobre todo, por la manera como
ellos han recibido a los primeros europeos. Nacidos en un país bárbaro,
sin ninguna ayuda del mundo civilizado, realizaron los progresos por sí
solos, y por esa razón, presentan en sus comienzos un aspecto rico e
instructivo de la humanidad».