AMÉRICA SEPTENTRIONAL (_Continuación_).--TRIBUS MEJICANAS: LOS
SHOSHONEAMUS.--LOS COMANCHES: SUS COSTUMBRES; SU CULTURA.--TRIBUS
SONORAS: LOS PIMAS, LOS ÓPATAS Y LOS TARAHUMARES; SUS COSTUMBRES;
SU CULTURA.--TRIBUS IROQUESAS: SU SITUACIÓN Y SU DESARROLLO
SOCIAL.--CONFEDERACIÓN IROQUESA: RELIGIÓN E INDUSTRIA.--LOS
ESQUIMALES: SU SITUACIÓN; SU CARÁCTER Y COSTUMBRES; SU
RELIGIÓN.--ORGANIZACIÓN SOCIAL.--LOS ALGONQUINOS Y LOS ATHABASCOS:
SU SITUACIÓN.--LOS NAVAJOS Y LOS APACHES.--CULTURA DE LOS NAVAJOS,
APACHES Y ATHABASCOS: RELIGIÓN Y LENGUA.--LOS ALGONQUINOS: SUS
COSTUMBRES; SU INDUSTRIA; SU RELIGIÓN.--LOS SIOUX O DAKOTAS:
SU SITUACIÓN; SUS COSTUMBRES; SU CULTURA.--LOS MUSKOKIS: SU
SITUACIÓN.--LIGA MUSKOKA.--LOS CREEKS.--YUCHIS, TIMAQUANOS Y
NATCHEZ.--LOS CALIFORNIOS: SU SITUACIÓN; SU INDUSTRIA; SU RELIGIÓN
Y LENGUA.--LOS TLINKITS.--LOS PIELES-ROJAS.--REGIÓN DE LOS
PUEBLOS.--LOS CHINUKS: SITUACIÓN, CULTURA, INDUSTRIA Y COSTUMBRES
DE ESTAS TRIBUS.
Los _shoshoneamus_ ocupaban hasta el siglo pasado el territorio que
se extiende desde el río Columbia u Oregón (Estados Unidos) hasta el
Estado de Durango (México). A ellos pertenecen los _comanches_, gente
de alguna cultura y de suaves costumbres[207]. Cuenta la historia que
se distinguían los comanches por el lujo de los vestidos. Los hombres
calzaban mocasines que les subían a las corbas y se ponían delantales
que les bajaban a las rodillas. Al paso que algunos se cubrían el
cuerpo con camisetas de piel de ciervo, otros usaban largos mantos de
búfalo, que se prendían en los hombros. También las mujeres usaban
mocasines y del cuello a las piernas se ceñían especie de vestido de
piel de gamo. Aquéllos y éstas gustaban mucho de adornos, de los cuales
abusaban en sus fiestas civiles y religiosas.
[207] Pi y Margall, que no se separa de la doctrina de
Bancroft en este punto, dice que los comanches formaban parte
de los apaches, primera familia de los nuevo-mejicanos.
_Historia general de América_, vol. II. pág. 1082.--Luego,
los comanches, empujados desde el N. por los apaches, fueron
nómadas al N. de Tejas y por Nuevo México.
Las viviendas de los comanches en verano consistían en galerías y en
ellas solo se podía estar sentado o tendido. Hincaban paralelamente
en tierra ramas de sauce, las doblaban de dos en dos por los vértices
y las cubrían con esteras de junco. Dejaban puertas a Or. y Oc., y
ventanas a N. y S. Diestros cazadores, perseguían a los búfalos, que
al acercarse el invierno invadían el país. Lograban matarlos con solo
el arco y la flecha; a veces únicamente con la lanza. Bebían caliente
la sangre de los que mataban y comían con sumo gusto el hígado.
Importábales poco comer cruda la carne, y cuando querían asarla, la
colocaban en puntas de palo inclinados al fuego. La que no comían
después de muerto el animal, para que no se corrompiese, la cortaban en
delgadas lonjas, la secaban al sol y la molían. Con esta harina, echada
en agua hirviendo, se alimentaban perfectamente. También les servía de
comida las plantas silvestres. No se dedicaban a la agricultura y sólo
las tribus que moraban en las riberas de los ríos se nutrían de pescado.
Antes de realizar sus bárbaras excursiones, más propias de bandidos que
de guerreros, llevaban a sus mujeres e hijos a lugares inaccesibles,
para que no cayesen en poder de los enemigos. Eran muy belicosos,
considerando el valor como la principal virtud y la suerte de la guerra
como la mayor fortuna. Desde niños se habituaban al ejercicio del arco
y de la javalina. Celebraban su danza de guerra antes de salir a sus
expediciones. A los prisioneros respetaban generalmente la vida, y a
pocos les daban muerte. Violaban las mujeres y trataban con cariño
a los niños. Hacían la paz, no sin celebrar la ceremonia de fumar
los guerreros en una sola pipa. Sentían poca afición por el comercio
y nunca empleaban el fraude. De todas las tribus pertenecientes a
la familia de los nuevos mexicanos, sólo los comanches vivían bajo
verdaderas instituciones políticas. Convocaban periódicamente los
comanches asambleas, donde se deliberaban todos los asuntos de
interés para la tribu, y lo dispuesto en aquéllas se cumplía con toda
fidelidad. Creían en un _Ser Supremo_ y adoraban también al _Sol_ y la
_Tierra_. Reconocían la existencia de espíritus malignos, a los que
atribuían sus enfermedades y todas sus desventuras. Honraban, como
pocos pueblos bárbaros, la memoria de sus héroes; hombres y mujeres,
especialmente las mujeres, daban rienda suelta a su dolor. Después de
sepultados, no cesaban de llorarlos durante treinta días, y con harta
frecuencia prorrumpían en lamentos y alaridos. Cortábanse en señal de
luto el cabello, y además se laceraban las carnes. Se tatuaban la piel
en distintos sitios, especialmente en la cara o pecho.
En los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX se confió a
los comanches meridionales, errantes por el _Bolsón de Mapimi_,
el exterminio de los apaches, sus enemigos hereditarios[208].
Estos apaches, que vivían en el espacio comprendido entre el río
_Grande_[209] y la vertiente oriental de _Sierra Madre_, fueron
castigados sin compasión y casi destruídos completamente. «Los que
quedan, dice Reclus, se han hecho pastores, boyeros, chalanes y
hasta guardas de estación en los ferrocarriles que atraviesan ahora
sus antiguos territorios de correrías y de pillaje»[210]. Añade
Reclus que casi todos los indios que habitan la región Noroeste de
México, desde la frontera de Arizona hasta los montes que dominan
el río Lerma, pertenecen a una misma familia de tribus, cercana a
los aztecas por el lenguaje. Dos de sus grupos más considerables se
les conoce con el nombre de los _pimas_ (Norte de la Sonora)[211] y
de los _ópatas_ (Sierra Madre, en los valles altos del río Sonora y
del río Yaqui). Unos y otros se han puesto siempre al lado de los
blancos en las guerras de razas: los autores mejicanos ensalzan su
valor, su sobriedad, su consecuencia, habiéndoles dado el nombre de
_espartanos de América_. Sus poblaciones agrícolas se hallan casi
españolizadas[212].
[208] Reclus, _Nueva Geografia Universal: América_, tomo II,
página 122.
[209] Durante parte de su curso separa a México de los Estados
Unidos.
[210] Ibidem.
[211] _El Estado de Sonora_ (México) se halla frontero a
la parte septentrional de la Península. Entre las ciudades
sonoreñas, la más próxima a la frontera de los Estados Unidos
es Magdalena o Santa Magdalena, Pi y Margall, siguiendo a
Bancroft, comprende en la segunda familia de los nuevos
mejicanos a los _pueblos_, los _moquis_, los _pimas_, los
_maricopas_, los _pápagos_ y otras tribus. _Historia general
de América_, tomo I, volumen II, página 1.096.
[212] _Nueva Geografía Universal_: América Central, tomo II,
páginas 116 y 117.
Los pimas levantaban, para pasar el invierno, chozas de planta circular
o elíptica y forma de cúpula, altas de cinco a siete pies, y de
diámetro o eje de 20 a 50. Sus aberturas estaban reducidas a una puerta
de entrada y a un agujero en el techo, por donde penetrase la luz y
el aire. En los estíos vivían en sus maizales al abrigo de ligeros
sombrajos, desde los cuales vigilaban sus cosechas. Supieron regar
sus campos. Aunque eran poco aficionados a la caza y a la pesca, no
por eso dejaban de comer carne de gamo, de liebre o de conejo, como
también los peces de sus ríos. Gustaban con verdadero deleite de las
bebidas alcohólicas. Eran pacíficos; pero si se les obligaba a hacer
la guerra, la hacían con coraje y aun con crueldad. No perdonaban edad
ni sexo en el calor del combate. Después de la victoria mataban a
los prisioneros varones y guardaban a los niños y a las hembras para
venderlos. Vencedores, entraban por sus pueblos en medio de coros y
danzas; vencidos, se retiraban silenciosos y sólo oían gritos de muerte.
Nótanse muchas analogías entre los pimas y otra tribu--de la cual
habremos de ocuparnos en este mismo capítulo--conocida con el nombre de
los _pueblos_. Tenían los pimas escasa cultura. Ignoraban la escritura
de los jeroglíficos, ni hilaban, ni tejían. En sus construcciones
tampoco usaban la piedra ni el adobe. Como otras tribus vecinas,
celebraban fiestas, señalándose en particular la danza de las flechas,
la del búfalo, la de la tortuga, la del maíz verde y algunas otras.
Casi en todas las fiestas cantaban e iban marcando el compás algunos de
los concurrentes, y en casi todas se tocaba el tambor, la flauta y las
sonajas.
Estimaban de igual manera los ejercicios de fuerza, como el juego de
pelota, el salto, la carrera y el golpear de los escudos. Explicaban
la creación del siguiente modo. La tierra, decían, había sido creada
por Ckiowotmahke. Era al principio como una telaraña que se extendía
por el espacio, mas luego tomó consistencia hasta ser tan sólida como
la vemos. La recorrió Ckiowotmahke volando en forma de mariposa, y,
cuando creyó conveniente, se detuvo y formó al hombre. Tomó arcilla
en sus manos, la amasó con el sudor de su cuerpo y la dió un soplo,
mediante el cual, llena de vida, se movió y convirtió en un hombre y
en una mujer. Hallábase ya bastante poblado el mundo, cuando ocurrió
el siguiente hecho. Vivían en el valle del Gila un gran profeta,
y Szeukha, hijo de Ckiowotmahke. Cierta noche apareció un águila
de gigantescas alas a la puerta del profeta, quien se despertó
sobresaltado al ruido del animal. Levántate--le dijo el águila--tú
que curas a los enfermos y ves lo futuro, porque está muy cerca el
diluvio que ha de inundar la tierra. Sordo el profeta al anuncio del
agorero pájaro, volvió a dormirse. Por segunda vez el águila le anunció
la catástrofe y por segunda vez no hizo caso el profeta. Por última
y tercera vez fué despreciada la reina de las aves, sin embargo de
anunciar que iba a ser invadido y sumergido el valle. Lo fué en efecto
y en el tiempo que dura el aleteo de un pájaro, después de varios
truenos, sonó horrible estallido y en seguida se levantó en la llanura
un monte de agua que, cayendo sobre el valle con pavoroso estruendo,
anegó la choza del profeta, salvándose sólo el hijo de Ckiowotmahke,
que flotaba sobre una pelota de resina. Cuando descendieron las aguas,
desembarcó Szeukha, con todas sus herramientas y utensilios, en la
cima de un cerro contiguo a la embocadura del río Salt. Inmediatamente
se dirigió a vengarse del águila y con este objeto hizo una escala de
cuerda de las fibras de un árbol, subió al nido y mató al fiero animal.
En la cueva o nido encontró una mujer y un niño, la esposa y el hijo
del aborrecido pájaro.
Dejando el mundo de la fábula y entrando en el campo de la historia,
bien será decir que una de las páginas más brillantes de la Compañía
de Jesús en América es la evangelización de las aldeas de los pimas
(Pimería alta y baja) por el P. Kino.
Los _tarahumares_, _ópatas_ (en los Estados de Chihuahua [213] y
Durango[214]) y otras muchas tribus eran sedentarios y laboriosos.
Bancroft sólo habla de las principales tribus establecidas, no sólo en
el citado Estado, sino en los próximos. Seguros de no ser desmentidos,
podemos afirmar que estos nuevos mejicanos del Norte conservan hasta
el presente las creencias, ritos y costumbres que estudiaron como
propias de ellos los misioneros de las centurias XVII y XVIII. Por lo
común dichos mexicanos eran altos, erguidos y de agradable rostro; unos
tenían color moreno claro, otros color moreno obscuro y muchos color
de cobre; todos tenían negro y fuerte cabello. Las mujeres llamaban la
atención por su hermosura y airoso porte. El traje no podía ser más
sencillo y pobre.
[213] Ciudad del Norte mejicano en la vertiente oriental de
_Sierra Madre_.
[214] Abraza por el Oeste las cadenas paralelas de _Sierra
Madre_.
Tenían decidida afición por los adornos, los cuales se ponían en la
nariz, en las orejas, en la garganta, en los brazos, en las muñecas y
hasta en los tobillos. Pintábanse de diferentes colores, ya la cara,
ya el pecho, ya todo el cuerpo. En el cabello, tanto los hombres como
las mujeres, se colocaban plumas y a veces perlas. Si los ópatas vivían
en casas de adobes y vigas, los tarahumares buscaban abrigo en las
cuevas de las montañas pedregosas. Eran cazadores y pescadores; pero
en particular se alimentaban de frutas, semillas y raíces que daba
espontáneamente la naturaleza. Se dedicaban poco a la agricultura y los
ópatas tejían el algodón y la pita. En la guerra, harto frecuente entre
aquellas tribus, usaban los soldados el arco, la flecha y la clava, y
los jefes pequeña lanza y rodela o escudo. Unos y otros llevaban un
cuchillo de pedernal. Los infelices prisioneros, después de sufrir
las más terribles torturas, eran sacrificados de una manera cruel y
bárbara. A veces, algunas tribus los cocían y comían. Al volver de la
expedición, si era venturosa, salía todo el pueblo a recibir a los
combatientes. Las mujeres bailaban en corro, cantaban, jesticulaban
y prorrumpían en grandes alaridos. El botín se distribuía siempre a
los ancianos y a las mujeres. Malas, muy malas eran las instituciones
sociales. La poligamia dominaba generalmente en todas aquellas tribus
y se hacían grandes fiestas en honor de la mujer que se consagraba
al celibato o a la prostitución. La sodomía se hallaba extendida de
un modo considerable. Después del nacimiento de un hijo, el padre no
salía de la cama, ni comía pescado ni carne en seis o más días. Rara
costumbre que era común en varios pueblos de América. En casi todas
sus fiestas, la embriaguez y la obscenidad no tenían límites. Sin
embargo, entre los ópatas eran, no ya decentes, sino decorosas, la
fiesta de primero de año y la conocida con el nombre de _torom raquí_.
Consistía la primera en meter en el suelo por un extremo parte de un
palo de bastante altura y del cual colgaban cintas de cuero de varios
colores. Jóvenes bellas vestidas caprichosamente tomaban cada una del
cabo determinada cinta y danzaban alrededor del palo, formando varias y
caprichosas figuras. En la segunda, cuyo objeto era implorar la lluvia
para que la cosecha próxima fuera abundante, bailaban alegremente
cuatro grupos de jóvenes desde el amanecer hasta la noche.
La industria apenas existía y las bellas artes se hallaban por completo
desconocidas. Si algunas tribus fabricaron casas, y si los españoles
vieron pinturas en las paredes, ni las primeras revelaban conocimientos
arquitectónicos, ni las segundas sentimiento estético. La ciencia
estaba reducida a observar atentamente los astros y los cambios de
la atmósfera. Fueron de los más crédulos y supersticiosos de toda la
América. Si para los habitantes de la Sonora vagaban los espíritus de
los muertos por las rocas de los precipicios y sus voces constituían
los ecos, para los de Nayarit había diferentes cielos, a los cuales se
iba según la edad y según la clase de muerte: un cielo estaba destinado
a los niños y a los adultos que muriesen buena y pacíficamente; otro,
situado en la región de los aires, donde pasaban a ser brillantes
estrellas, los que perecían luchando con los extranjeros; y un tercero
que se hallaba en la misma tierra, y tenía el nombre de _mucchita_,
destinado al vulgo, y, por lo tanto, a la mayor parte de las almas. De
la mucchita pudieron salir y aun volverse a encarnar en sus antiguos
cuerpos, hasta que lo hizo imposible un hombre imprudente. Este hombre
hizo un pequeño viaje, dejando la casa al cuidado de su mujer. A su
vuelta desapareció su consorte, penetrando en la mucchita. Allí fué
el desconsolado marido, logrando conmover con sus lágrimas y suspiros
el corazón del guarda de aquella región de las sombras. «Mira, le
dijo el guarda, ven aquí de noche, busca con los ojos a la que fué tu
compañera, y cuando la veas danzando, dispárala una de tus flechas. Te
reconocerá y volverá a tu casa; pero guárdate bien de prorrumpir en
gritos ni alaridos, porque si tal haces, la perderás para siempre y
tú serás entonces la causa de su muerte.» Hizo el hombre lo que se le
dijo. Al verse con su mujer, quiso celebrar tanta ventura y dió gran
fiesta llamando a músicos y cantores. Loco de alegría, olvidando por
un momento el aviso del guarda, exhaló un grito. Inmediatamente cayó
cadáver su compañera y entró de nuevo en la mucchita. Desde entonces no
volvió alma alguna a unirse con su cuerpo. Pudieron, sí, como pudieron
antes, convertirse de día en mariposas, salir en busca de alimentos y
andar entre los vivos. De noche recobraban sus naturales formas y la
pasaban danzando.
En nuestros días, los _tarahumares_, en número de unos cuarenta mil,
viven exclusivamente en los valles de _Sierra Madre_, en las dos
vertientes del Atlántico y del Pacífico. Hállanse esparcidas sus
aldeas en las montañas de los tres Estados de _Chihuahua_, _Sonora_ y
_Sinaloa_, y aun, según Pimentel, penetran en Durango. Todavía algunas
familias pasan su vida en grutas, y se ven muchas cuevas que estuvieron
habitadas antiguamente. Los tarahumares que viven en las ciudades de
los blancos, hablan la lengua de los conquistadores; los habitantes
de la sierra conservan su antiguo idioma y no pocas de sus costumbres
primitivas. Practican, según se dice, su antigua religión. Se les
supone tristes; pero a veces manifiestan su alegría y _bailan con sus
dioses_. Son aficionados a las justas y a la carrera[215].
[215] Reclus, _Geografía Universal: América_, tom. II, págs.
118 y 119.
Entre las tribus que habitaban al Sur del Canadá (América
Septentrional), se hallan las _iroquesas_. Dichas tribus deben
estudiarse con algún detenimiento, y es de justicia que figuren a la
cabeza de las del Norte americano. Si en la cultura general no se
diferenciaban mucho de sus vecinos, en su desarrollo social podían
compararse a las tribus de la familia _Uto-Azteca_. Ocupaban muy
especialmente las orillas del río San Lorenzo y el actual Estado de
Nueva York, las llamadas _Cinco Naciones_ (Mohawk, Onondaga, Oneida,
Cayuga y Séneca). Suma importancia tuvo, en los comienzos del siglo
XV, la _Confederación_ o _Liga_ que para hechos defensivos y ofensivos
formaron los iroqueses.
Esta Confederación desempeñó papel importante en la conquista y
colonización de la América del Norte. Fué formada por las cinco tribus
o naciones citadas, a las que se unió corriendo el año 1715 la de los
tuscaroras; el fundador, según la tradición, fué Hiawata, ayudado del
jefe de los onandagas. En asuntos de gobierno interior cada nación
permaneció autónoma, delegando toda su autoridad en un _Consejo
Federal_ o _Senado de Sachems_, elegido por las seis tribus, cuando
asuntos de interés general lo reclamaban o exigían. Además existía el
_Consejo Tribal_, de autoridad absoluta en los asuntos peculiares de la
tribu. El Consejo Federal sólo podía convocarse a instancia de alguno
de los Consejos Tribales y las decisiones de aquél habían de ser por
unanimidad, en cuyo caso se cumplían sin discusión. La Confederación no
tenía jefe o poder ejecutivo. En las guerras contra las tribus vecinas
o contra el europeo, el Consejo Federal nombraba dos jefes militares,
que habían de ser ayudados por los jefes secundarios de cada tribu.
Sólo el Consejo Federal tenía atribuciones para firmar tratados de paz.
Como dice perfectamente un historiador contemporáneo «los iroqueses,
arrojados por los algonquinos de las márgenes del San Lorenzo,
consiguieron paulatinamente vencer a sus enemigos del Norte y Sur,
convirtiéndose, merced a su confederación, en dueños virtuales del
territorio comprendido entre la bahía de Hudson y la Carolina del
Norte»[216]. En religión se notaba--como en las demás tribus del
Norte de América--la influencia de los shamanes y hechiceros y los
sacrificios humanos. El canibalismo se hallaba también entre las
bárbaras costumbres de los iroqueses. Los mitos de los iroqueses
personificaban siempre de una manera o de otra la lucha constante entre
la luz y las tinieblas.
[216] Navarro Lamarca, ob. cit., tom. I, pág. 219
Por lo que a la industria respecta, fabricaban alfarerías, cultivaban
entre otras cosas, el maíz y el tabaco, fortificaban sus aldeas
levantando en las calles empalizadas y otras defensas, construían
buenas canoas y sepultaban a sus muertos en grandes montículos
(_mounds_). Los iroqueses actuales (con excepción de los cherokees)
reducidos a unos 12.000, habitan en el Canadá y en las reservas indias
de Nueva York, Wisconsin y Ontario; los _cherokees_ forman parte de las
tribus civilizadas de los _Indian Territories_ (territorios indios) de
los Estados Unidos del Norte América.
Los _esquimales_, tribus situadas alrededor del polo, se extendían
por la Groenlandia y por la región comprendida entre la bahía Hudson
y el Estrecho de Behring. Es probable que algunos de sus grupos
llegaran y hasta cruzasen en épocas remotas el Estrecho citado. Algunos
etnógrafos, dando como cierto lo que nosotros juzgamos probable,
consideran como esquimales a los chukchas de la Siberia.
Ignoramos el origen del nombre esquimal. Charlevoix cree posible que
proceda de la voz abenaqui _esquimantsic_, comedor de carne cruda; pero
lo cierto es que no se llamaban a sí mismo esquimales, sino _innuits_,
palabra que significa el _pueblo_, de _inuk_, hombre.
[Ilustración: Mujer esquimal.]
Digna de estudio, por muchos conceptos, es la raza esquimal.
Confundíanse a primera vista las mujeres con los hombres, no sólo
porque el traje era igual, sino por la fisonomía. Tenían sucia y
desgreñada cabellera, grandes ojos, ancho rostro, negruzco color y
feo aspecto. Comían toda clase de carne y pescado, muy especialmente
la grasa de la foca, de la ballena y del manatí. Las viviendas
consistían, durante el verano, en poner de punta en el suelo tres o
más palos, los cuales cubrían por la parte superior con pieles de foca
o de chivo. En el invierno construían chozas a la manera de tinnehs,
esto es, cuevas debajo de tierra con agujeros en la techumbre para la
luz y el humo. La ocupación principal de los esquimales consistía en
la caza y la pesca. Las armas eran el arco, la flecha, el dardo, la
lanza, el hacha y la honda. Llamaba la atención en aquellas gentes
sus grandes canoas, los trineos y los patines. De los trineos tiraban
perros dóciles y fuertes. Encendían fuego por el frote de las maderas.
Desconocían en absoluto los conocimientos científicos y su literatura
estaba reducida a algunas lamentaciones fúnebres.
Eran sumamente aficionados a los banquetes, al canto y al baile. Los
danzarines, al son del tamboril y el coro, remedaban mediante gestos a
muchos animales.
Por lo que a la religión respecta, los esquimales profesaban el
_animismo_. Creían no sólo que el hombre tenía alma, sino también
los demás animales. Los sacerdotes (_angakoks_) eran legisladores,
jueces y médicos, hallándose dotados además de cualidades superiores.
Se les respetaba principalmente porque se les creía en relación con
los espíritus. Se comunicaban con Tornarsuk, ser supremo y fuente de
toda ciencia. Los hechiceros, que usaban los mismos procedimientos que
nuestras brujas, ejercían ministerios mágicos y no pocas veces se les
atribuía todas las calamidades que afligían al pueblo, en particular
las pestes.
En lo tocante a la organización social de los esquimales puede
asegurarse que se basaba en la familia y no en el clan. También se
halla fuera de duda que entre ellos predominaba el patriarcado y
la monogamia. La propiedad era comunal o cuando más familiar; la
individual sólo existía al referirse a bienes muebles. Aun en nuestros
días los esquimales viven en aldeas pequeñas (de 10 a 20 chozas),
separadas por grandes distancias, siendo de notar, que apenas difieren
en el lenguaje unas tribus de otras. A causa de la poca fecundidad de
las mujeres y de la mucha mortandad de los niños, las tribus esquimales
tienden a extinguirse.
«En las vastísimas comarcas donde esos hombres vivían, mar y tierra
están lo más del año cubiertas de espesas capas de hielo, que no se
derriten nunca en las cumbres de los altos montes. Huyen las aves a
más templados climas, busca la res abrigo en las cavernas o en los
apartados bosques, y reinan en toda la naturaleza la soledad y el
silencio. Escasea tanto la vegetación, que en muchas partes no hay
leña con que encender lumbre. Para colmo de mal, abandona el sol el
horizonte y no vuelve a brillar sobre tan árido suelo hasta después
de tres meses de noche y seis de crepúsculo. No interrumpe de vez en
cuando tan largas tinieblas sino la aurora boreal con sus ya tenues,
ya fúlgidos resplandores, que no parece sino que al extinguirse
aumentan la obscuridad del espacio. Sólo entre mayo y agosto brilla
sin interrupción la luz del día; libres de hielos las aguas, bajan al
Océano con alegre estruendo; se cubren de musgo las rocas y de hierba y
flores los espaciosos llanos. Sólo entonces pueblan el aire numerosas
bandadas de pájaros que volvieron del Mediodía en busca de sus antiguos
nidos; salen de sus cuevas o vienen de las lejanas selvas multitud
de rangíferos, de ciervos-mosas, de almirílados ovibos, y con ellos
inmensas greyes de búfalos. Durante el triste y prolongado invierno,
sólo en el crepúsculo que precede al día resuena a lo largo de las
playas el ladrar de las focas y el resoplar de las ballenas.»[217].
[217] Pi y Margall, _Historia de América_, volumen 1.º página
921.
En suma: los esquimales «moraban y moran todavía, en número de 4.000,
en el litoral Artico, desde el Labrador hasta el mar de Berhing; pero
nunca penetraron en el interior del Continente»[218].
[218] _Enciclopedia Universal Ilustrada_, tomo X, pág. 1.353.
Al Sur de los esquimales, el Canadá se dividía entre dos grandes
razas, a saber, la de los _algonquinos_ y la de los _athabascos_.
Constituían la dilatada familia de los algonquinos muchos pueblos, y se
extendían--según la autorizada opinión de Bancroff--desde el golfo de
San Lorenzo hasta las montañas rocosas. Cuando los europeos llegaron al
país, el principal asiento de dicho grupo eran las tierras al Norte del
San Lorenzo. Otros autores dicen que ocupaban la costa del Norte del
Atlántico, desde el mar de Hudson al cabo Hatteras, exceptuando sólo
los territorios de los dakotas o sioux.
Los athabascos poblaron las regiones comprendidas entre el mar Artico
y las fronteras de Durango (México), desde la bahía de Hudson al mar
Pacífico. A la familia de los athabascos pertenecen, entre otros, los
salvajes _navajos_ y _apaches_[219].
[219] El grupo de nuevo-mexicanos se divide--según
Bancroff--en cuatro grandes familias: los _apaches_, los
_pueblos_, los _indios de la península de California_, y
los _del septentrión de México_. Los apaches se subdividen
en las siguientes naciones: 1.ª, la de los _comanches_;
2.ª, la de los _apaches_ o _shies_; 3.ª, la de los
_navajos_ o _tenuayos_; 4.ª, la de los _mojaves_; 5.ª, la
de los _hualapayos_; 6.ª, la de los _yumas_; 7.ª, la de
los _kosninos_; 8.ª, la de los _yampayos_; 9.ª, la de los
_yalchedunes_; 10, la de los _yamajabes_; 11, la de los
_cochis_; 12, la de los _cruzados_, y 13, la de los _nijoras_.
Adquirieron los navajos fama de hábiles plateros y tejedores; pero se
cree, con algún fundamento, que dichas industrias se debían a tribus
más cultas sujetas a dichos navajos. Los telares en que tejían el
algodón consistían en dos vigas, una sujeta al suelo y otra que colgaba
del techo, en las cuales se extendía perpendicularmente la urdimbre;
además dos tablillas de pizarra que la mantenían en doble cruz y
abrían paso a la lanzadera; ésta consistía en un palo corto a que
arrollaban el hilo.
[Ilustración: Apache.]
Mostrábanse atrasadísimos en la construcción de sus viviendas los
apaches, lo cual no es de extrañar, puesto que eran nómadas y vivían
del pillaje, no pasando a veces ocho días sin cambiar de asiento.
Levantaban postes, ya vertical, ya oblicua, ya semicircularmente,
cubriendo el espacio formado por dichos postes con pieles, broza,
hierbas o piedras. Daban de anchura a las casas de 12 a 18 pies, y
de altura de cuatro a ocho. Sin embargo de su vida errante, labraban
la tierra casi todas las tribus apaches, y cultivaban el maíz y
algunas legumbres. Apenas comían la carne y tampoco eran aficionados
al pescado. Adelantaron más en la construcción de armas que en
herramientas para cultivar el campo, pues disponían de arcos y flechas,
de lanzas, de hondas, de escudos y de macanas. Tenaces y crueles
bandidos, casi hasta nuestros días, no han cesado de causar grandes
daños a los norteamericanos y mexicanos. Al presente, el único resto de
los apaches es el de los _janos_ o _janeros_ de Chihuahua (México).
Predominaba el matriarcado entre los navajos y apaches. Distinguiéronse
los navajos porque cultivaron la tierra con fruto y no debemos pasar
en silencio que cuando por primera vez (1541) se encontraron a los
españoles, vivían en chozas fijas, construían graneros, eran labradores
y regaban con acequias sus campos.
Menos cultos los athabascos que sus vecinos los esquimales, eran
también más desconfiados, taciturnos y astutos. La religión de los
athabascos era animista, con no pocas supersticiones mágicas. Los
shamanes y hechiceros, que gozaban de mucha estima, presidían los
Consejos Tribales. Caracterizábanse sus muchos dialectos por su dureza
y dificultad.
Afirman algunos escritores que los algonquinos representaban el
verdadero tipo del indio norteamericano. Distinguíanse por su alta
talla, buenas formas, labios finos, manos y pies pequeños, color
cobrizo, pelo negro y recio, gran fortaleza y bastante longevidad.
Dominaban entre ellos el matriarcado y el _totemismo_. Vivían en chozas
redondas cubiertas con hojas de maíz y cercadas de empalizadas. Sus
jefes, lo mismo en tiempo de paz que de guerra, se elegían de un clan
determinado. Cultivaban el maíz, tabaco, etc.; curtían pieles, hacían
ollas y fabricaban objetos de cobre (no por medio de la fundición,
sino a golpe). Activos comerciantes, llevaron sus industrias a grandes
distancias, llegando hasta las costas del mar Atlántico. Adoraban al
Sol, al fuego, a los cuatro vientos como productores de lluvias, a los
espíritus y a ciertos animales.
El _Michabo_ o _Manibozho_, dios y héroe de los algonquinos, redentor y
maestro de las tribus, inauguró la edad de oro de la obscura historia
de los citados indios. Aunque horticultoras las tribus algonquinas, se
alimentaban de la caza, de la pesca y de las abundantes cosechas de
arroz silvestre. Los individuos de la de los _lennapés_, situada en las
orillas del río Delaware (riega a Filadelfia), se llamaban ellos mismos
los _genuinos_ (progenitores de la raza), y así eran considerados por
las demás tribus. El dialecto de los lennapés era relativamente dulce
y armonioso. Merecen especial mención por su energía y habilidad en
la lucha con sus dominadores, los algonquinos Pontiac, King-Philip y
Tecumseh.
Los restos de las tribus algonquinas o de la familia _álgica_ (unos
40.000) se encuentran repartidos a la sazón en algunas provincias del
Canadá (Manitoba y otras), y en pequeña región de los Estados Unidos
(Estado de Wisconsin).
Después de los iroqueses, esquimales, athabascos y algonquinos,
se presentan los _sioux_ o _dakotas_, los cuales--según los
etnólogos--eran ejemplares típicos de la raza india. Vivían al Oeste
del Mississipí, desde el río Saskatchewan, en el Norte, al Arkansas,
en el Sur, extendiéndose hasta Virginia y tal vez hasta el golfo de
México. Estaban divididos en varios grupos, subdivididos en bandas
y sub-bandas locales. El Gobierno era casi patriarcal. Los jefes
eran electivos, y tenían su autoridad limitada por los Consejos
de las bandas o sub-bandas. Si en tiempos de paz gozaban de gran
respeto los ancianos, durante la guerra sólo eran respetados los
jefes militares. Prevalecía entre ellos la poligamia. Los sioux
ajustaron su vida en absoluto a la _caza del bisonte_, ocupación que
aumentó considerablemente con la llegada del caballo en la época del
descubrimiento de América. Antes de conocer el caballo, se valían los
sioux del perro en sus expediciones de caza; también se servían de él
para su alimento, arrastres, etc. Curtían pieles de bisonte, trabajaban
rudamente la alfarería y fabricaban armas y útiles de piedra, madera,
cuerno y hueso. La casa del sioux, igual a la de los comanches, etc.,
era la movible tienda (_tipi_) formada sobre postes colocados en filas
paralelas o circularmente y cubiertos dichos postes con pieles de
bisonte, etc. Las tribus _mandanes_, pertenecientes a la familia de
los dakotas, fueron las constructoras de las casas comunales en forma
circular (_circular-house_) rodeadas de empalizadas.
Para estudiar algunos puntos relativos a la evolución del arte
americano no carecen de interés las pictografías de los sioux, en
pieles de bisonte, sus pipas de arcilla roja y tubo largo adornado de
plumas y sus abigarradas aljabas. Predominaban los cultos de carácter
mágico, mereciendo especial mención las fiestas anuales de invocación
al Sol (_sun-dance_).
Varias veces los sioux han hecho frente a los ejércitos
norteamericanos, y, últimamente, en el año 1862, llevaron a cabo la
sublevación de Minnesota, dirigida por el cruel _Little Crow_, en la
cual perdieron la vida más de 100 soldados y 700 colonos. A la sazón
los sioux o dakotas viven sin lazo alguno que les una en varios puntos
de los Estados Unidos, llegando su número en el año 1904 a 29.000, si
bien tienden poco a poco a extinguirse.
Estaban situados los _muskokis_ en los valles que se extienden desde
las estribaciones de las montañas Apalaches hasta el golfo de México,
y desde las márgenes del Mississipí hasta el Océano Atlántico[220].
Otros escritores sólo dicen que lindaban con la Florida por el Norte y
Oeste[221]. Entre los muskokis se distinguían por su valor las tribus
_creeks_. Vivían los muskokis en aldeas o poblados, y cada linaje tenía
su propio territorio y su montículo (_mound_) para depositar los restos
de sus muertos.
[220] Navarro Lamarca, ob. cit., tomo I, pág. 222.
[221] Pi y Margall, ob. cit., tomo y volúmen I, pág. 730.
Aunque predominaba el matriarcado, la posición de la mujer, lo mismo
en la familia que en el clan, era inferior a la que tenía entre los
iroqueses. Los jefes civiles eran vitalicios y a veces hereditarios;
los militares se nombraban de acuerdo con los Consejos de las tribus.
Rodeados de enemigos por todas partes, colmaron de distinciones a
sus guerreros. No carecían de importancia sus Casas del Consejo
(Casa Grande) y muy especialmente la formación de una liga (_Creek
Confederacy_), parecida a la de los iroqueses, aunque solamente
defensiva. Los creeks y sus desmembraciones los _seminolas_ (Florida)
hicieron tenaz resistencia (1830-1842) a las tropas de los Estados
Unidos, siendo al fin trasladados a los _Territorios Indios_, donde
viven al presente con cierta independencia y aun prosperidad. Creían
que el Cielo era sólido y semicircular; que el Sol, la Luna y algunos
planetas giraban alrededor del mundo, entendiendo que los demás astros
estaban inmóviles y suspendidos del firmamento. Suponían la tierra
plana y fija en medio de vastos mares. Eran supersticiosos en medicina
y sólo en la aritmética conocían un sistema de numeración bastante
regular. No conocieron ningún género de escritura, ni ninguna de las
bellas artes. Cultivaban extensos campos, extraían el oro de las arenas
de sus ríos y se hallaban adelantados en la alfarería.
Los _yuchis_, _timaguanos_ y _natchez_, tribus que habitaban en el
territorio de los muskokis, tenían lenguas y dialectos completamente
diferentes. Los yuchis (Río Savanah) se llamaban ellos mismos _hijos
del Sol_. Profesaban gran estima a las mujeres. Debemos notar que
cuando Hernando de Soto les vió por primera vez «la cacica, señora
de aquella tierra... moza y de buen gusto» le recibió con señaladas
muestras de alegría y le festejó (1540). Los timaguanos, que ocupan
las orillas del río San Juan (Florida) y la costa del Océano Atlántico
hasta el río Santa María, se extinguieron completamente hace más de
una centuria. Los natchez estaban situados en la orilla izquierda del
Mississipí, debajo de la confluencia del Yazoo. Créese que procedían
del Sudoeste. Emigraron de la primitiva patria y se fijaron en el
Anahuac. «Nuestros antepasados--decían--favorecieron a Cortés en la
guerra con Moctezuma, y sólo cuando se convencieron de la tiranía
de los españoles, levantaron de nuevo el campo y vinieron a estas
llanuras: quinientos soles habían ya reinado entonces sobre nosotros.»
Consideraban a sus caciques como hijos del Sol y adoraban a dicho
astro, sacrificándole cautivos. Los natchez eran muy sensuales, dándose
el caso que la mujer más prostituta gozaba de más estimación. Los
templos se distinguían por su humildad. Construían con habilidad suma
toda clase de objetos de alfarería y llegaron a la perfección en los
tejidos que hacían con fibras vegetales.
Los _californios_ habitaban de Norte a Sur desde los montes Umpqua
hasta la boca del río Colorado, y de Oeste a Este desde las costas
del Pacífico hasta las sierras que limitan a Poniente la gran cuenca
(_the Great Bássin_). Divídense, según Bancroft, en californios del
Norte (desde las márgenes del río Rogue hasta las del Eel (Anguila)),
del Centro (desde las del Eel hasta cerca de las del Guyamas) y del
Mediodía (desde las del Guyamas hasta las islas Montague y Goree,
que se hallan en el interior del golfo de California. Vivían y viven
los californios del Norte en tierras algo productivas a causa de sus
muchos lagos, ríos, arroyos y bosques. Eran los californios de gallarda
presencia, y algunas mujeres estaban dotadas de singular belleza.
Hombres y mujeres apenas se cubrían algunas partes de su cuerpo. Vivían
en casas formadas por toscos maderos que descansaban en pies derechos,
cubiertas con esteras, helechos o ramaje. Alimentábanse de caza y
pesca, de raíces y de semillas; tenían pan que hacían de bellotas.
Sobresalían en el curtido de las pieles y fabricaban con no mucha
destreza las canoas. Justo será recordar la habilidad en trenzar las
raíces de sauce, con las cuales hacían sombreros, esteras, cestas y
cintas de colores para recogerse la cabellera. También de juncos y de
mimbres construían platos, fuentes, tazas, calderos y hasta los sacos
que acostumbraban a llevar las mujeres cuando iban en busca de bulbos
y bayas. Acerca de sus armas, estaban reducidas al arco y la flecha.
Declaraban la guerra, a veces encarnizada y sangrienta, a otras tribus,
ya por el rapto de mujeres, ya por motivos supersticiosos, ya para
obligarlas a pagar tributo. Pero lo verdaderamente repugnante era la
costumbre de cazar con trampa a los hombres como si fuesen fieras.
Hacían de la mujer objeto de venta y eran polígamos sólo los ricos.
Existía la esclavitud entre aquellas tribus. Divertían sus penas en
danzas y fiestas. Creían en un _Supremo Espíritu_, autor de lo creado,
en muchos diablos y en la vida futura.
Por lo que respecta a los californios del Centro y del Sur, ni unos ni
otros diferían mucho de los del Norte. Réstanos decir que las muchas
lenguas habladas entre los californios eran generalmente dulces y
sonoras; pero las que se hablaban en las márgenes del río Smith y
unas 40 millas a lo largo de la costa se distinguían por lo duras y
guturales.
Los _tlinkits_ (Alaska y costas adyacentes), los _haydahs_ y similares
(Islas _Queencharlotte_, Columbia Británica, etc.), y los _yumas_
(península de California hasta los valles del río Colorado, colindantes
con el Estado de Arizona y el Norte de México), se diferenciaban de
las tribus de las costas del mar Atlántico. Procede recordar que
los tlinkits tenían ideas exactas acerca del _derecho de propiedad
privada_, desconocido en la mayor parte de las tribus salvajes. Tanto
estimaban la propiedad privada, que los más ricos eran los designados
para ocupar los puestos más elevados, completando esta plutocracia el
matriarcado y los linajes exogámicos. Los haidahs estimaban como los
tlinkits la riqueza individual, la que consideraban como fin único de
la vida.
Prevalecía entre ellos el patriarcado y honraban a las mujeres por
su castidad e industria. Vivían en casas sólidas de madera, en cuyas
puertas levantaban altos postes cuajados de esculturas totémicas.
Fabricaban adornos de plata y cobre, lámparas, morteros y utensilios
de piedra, como también excelentes canoas de cedro rojo. Los primeros
navegantes que los visitaron (1741), dicen que tenían cuchillos de
hierro, adquiridos tal vez en sus expediciones al Sur. Eran activos
comerciantes y compraban esclavos a las tribus vecinas. Servíanse de
las conchas como moneda. Los _yumas_ fueron tribus salvajes, si bien
algunas de ellas debieron dedicarse a la horticultura y construyeron
sólidos edificios de adobe y piedra.
Debajo de los esquimales, en el dilatado territorio que desde el Yukón
y la bahía de Hudson se alarga hasta la punta de la Florida y el Río
Grande de México, y desde el Atlántico se ensancha hasta el Pacífico,
permanecen, ya en estado nómada, ya algo sedentario, numerosas tribus
conocidas con el nombre de _pieles-rojas_, señalándose entre ellas
dos tipos bien distintos, uno dolicocéfalo y otro braquicéfalo. Estas
pieles-rojas descienden de varias tribus, entre ellas de la de los
comanches.
[Ilustración: Indio del Río San Juan (Región Pueblos).]
Consideremos, por último, los indios _pueblos_. Llamáronles así
nuestros capitanes del siglo XVI porque los encontraron distribuídos
en pueblos formados por una sola casa. Estos pueblos o casas estaban
construídos a la manera de las celdas de una colmena. Extendíase la
comarca o región de los indios pueblos desde los límites occidentales
del Estado de Tejas hasta California, y desde el centro del Estado de
Utah hasta el de Zacatecas (México). A mediados del siglo XVI poblaban
el territorio los _hopis_, _zuñis_, _querés_ y _tehuas_, quienes cada
uno de ellos hablaba lengua diferente. Vivían en 65 aldeas que distaban
entre sí de 30 a 100 kilómetros; las casas de dichas aldeas eran de
la misma forma y tenían tres o cuatro pisos, habiendo algunas de
siete, las cuales servían de fortalezas y tenían sus correspondientes
troneras y saeteras para defenderse en caso de ataque. Dichas casas
estaban construídas de una manera original. Una sola casa a veces
constituía un pueblo, componiéndose aquélla de un cuerpo central y
dos alas, que comúnmente enlazaba y cerraba un muro de piedra. Otras
veces el cuerpo central y las alas se hallaban separados por estrechas
calles; pero aun en este caso parecían formar una sola casa, dado que
todos estos cuerpos de obra estaban unidos por puentes o los acercaban
grandes voladizos. Variaba la forma de las casas, hallándose algunas
completamente circulares. En los patios había siempre estufas y en la
parte superior azoteas. Tenían un sólo piso, aunque las había también
de dos, tres o cuatro. En todas se entraba por la chimenea y a todas
se descendía por escaleras. Estaban situadas dichas casas en las
cumbres de empinados cerros o en los bordes de espantosos precipicios;
algunas, pero en escaso número, en mesetas, en estrechos valles o en
las orillas de los arroyos. Véase cómo describe Castañeda la situación
de Acuco, hoy Acoma. «Está Acuco--dice--en la cima de una roca a que
con dificultad llegarían las balas de nuestros arcabuces. Para llegar
a lo alto hay trescientos escalones cortados en la peña; doscientos de
bastante anchura, ciento mucho más angostos. Concluída la escalera, hay
que ganar tres toesas de altura, poniendo en un agujero la punta del
pie y en otro los dedos de la mano.» No sería aventurado decir en vista
de semejantes construcciones, que los pueblos no carecían de ciertos
conocimientos de arquitectura, indicándolo también las fuertes murallas
con sus correspondientes aspilleras, las profundas cisternas y las
largas acequias que utilizaban para el riego de sus tierras.
Las mujeres trabajaban lo mismo que los hombres, siendo obligación
exclusiva de ellas la fábrica de aquellas ollas, y, en general, de
aquellos objetos de loza, vidriados, de diferentes hechuras y de
delicadas labores, que tanto llamaron la atención a los conquistadores
españoles y que dieron tanta fama a las alfarerías de la región de
los pueblos. Los habitantes de los pueblos eran monogamos y sólo
contraían matrimonio cuando lo disponía el Consejo de ancianos. Los
hijos pertenecían al clan o linaje de la madre (matriarcado). Los
linajes no estaban reunidos por tribus, sino por aldeas. En cada una
de dichas aldeas había un jefe de paz, que se asesoraba del Consejo de
ancianos, y un jefe militar, elevado a tan alto cargo por sus valerosos
hechos. No se conocía la propiedad privada de la tierra, si bien era
muy respetada la ocupación que por determinado tiempo tenían individuos
o familias de terrenos cultivables. Dedicábanse al cultivo del maíz,
de las judías, del algodón, del tabaco, etc., y regaban los campos
con acequias perfectamente construídas. Los sacerdotes y hechiceros
estaban muy estimados por aquellas tribus excesivamente religiosas, y
tenían a su cargo la celebración de los largos y complicados cultos.
Las ceremonias religiosas constaban de dos partes: una secreta y otra
pública. Terminaba la última exhibiendo los juglares sus habilidades
dramáticas y lanzando a veces frases intencionadas y maliciosas. El
principal y casi único objeto de todos los ritos religiosos consistía
en _atraer la lluvia_ para obtener buenas cosechas. En aquellas
tierras pobres y áridas la lluvia era la vida o muerte de estas tribus
pacíficas y laboriosas, que no estaban manchadas del canibalismo.
Al presente, las tribus de los Pueblos, reducidas a 10.000 habitantes,
viven en el mismo territorio, repartidas en 27 aldeas, de las cuales
únicamente Acoma y algunas hopis ocupan los mismos sitios que antes de
la época de la conquista.
Los _chinuks_ vivían al occidente de las orillas del río Columbia y
los montes Umpqua. El clima era dulce, la tierra fecunda, la caza
abundante en sus bosques, siendo también abundante la pesca en su mar
y en sus ríos. Distinguiéronse los chinuks por su pequeña estatura y
por su fealdad. Los hombres iban casi desnudos y las mujeres llevaban
una falda que apenas les alcanzaba a las rodillas. Vivían en casas
construídas sobre seis postes, cuatro en los ángulos y dos en el
centro de los dos extremos del cuadrilátero; lo mismo las paredes
que los techos estaban formados de tablas. Es de notar que no tenían
ventanas ni chimeneas, pues cuando les ahogaba el humo, levantaban
una de las tablas del techo. En la caza y en la pesca--salmones,
esturiones--encontraban sus principales elementos de vida. No dejaban
de ser industriosos los chinuks: fabricaban esteras de juncos o
espadañas, cestas de hierba o de fibras de cedro, artesas de cedro
o de otras maderas, cucharas de cuerno, agujas de ala de grulla,
canoas de varias clases y también de varias clases armas. Los chinuks
consideraban la tierra como propiedad de la tribu y no individual.
Existía la esclavitud que tenía origen, como en otros pueblos, en la
guerra y en el robo. Aunque se permitía la poligamia, pocos hacían uso
de ella. Hembras y varones pasaban gran parte del tiempo en fiestas
(banquetes y bailes), y en juegos de azar, habilidad o fuerza. En
religión creían que _Ikánam_ había creado el Universo; pero antes
o después de él vino a la tierra Itapalapas, creador del hombre.
Afirmaban que el hombre creado por _Itapalapas_ tenía los ojos y los
oídos cerrados, las manos y los pies sin movimiento. Ikánam abrió
al hombre los ojos y oídos haciéndole también incisiones en manos
y pies. Mostró todavía su generosidad el dios Ikánam enseñándole a
fabricar todo género de utensilios. Parece ser que los chinuks tenían
un espíritu del Bien que llamaban _Econé_, y un espíritu del Mal
denominado _Ecutoch_. Debían rendir culto a los dioses citados y tal
vez a algunos más. Hacíanles sacrificios humanos. Guardaban profundo
respeto a los muertos y miraban como el mayor de los sacrilegios la
violación de los sepulcros. Los cadáveres, envueltos en ricas mantas,
eran llevados a lugar tranquilo y apartado. Al dejarlos allí rompían
en tristes lamentos, y en señal de luto los parientes se cortaban la
cabellera y algunos se desgarraban el cuerpo.
Nada diremos de los indios que vivían más adentro del Columbia, pues
todas estas tribus presentan casi los mismos caracteres.