CAPÍTULO VII

AMÉRICA SEPTENTRIONAL.--OBSCURIDAD DE LA HISTORIA DE MÉXICO EN

SUS PRIMEROS TIEMPOS.--LOS QUINAMETZIN.--LOS QUINAMÉS.--LOS

NAHUAS, XICALANCAS Y OLMECAS: SU ORIGEN.--LOS CHICHIMECAS Y

FUNDACIÓN DE SU IMPERIO.--LOS TOLTECAS: SU PEREGRINACIÓN; SU

ASIENTO EN TULA.--TRIBUS MENOS IMPORTANTES.--RELACIONES ENTRE

CHICHIMECAS Y TOLTECAS.--MONARQUÍA TOLTECA EN TULA.--LAS TRES

MONARQUÍAS: SUS REYES.--QUETZALCOATL: SU DOCTRINA.--TETACATLIPOCA

Y NAUHYOT.--XIUHTLATLZIN.--MATLACCOATL Y TLILCOATZIN.--HUEMAC

Y TOPILTZIN.--LOS CHICHIMECAS SE APODERAN DE TULA.--REYES

TOLTECAS DE TULA.--CULTURA DE LOS TOLTECAS.--LOS CHICHIMECAS: SU

SITUACIÓN: SU VIDA.--GOBIERNO DE XOLOTT.--EL FEUDALISMO.--GUERRAS

DE XOLOTT.--TRIBUS QUE INVADEN EL IMPERIO.--NOPALTZIN Y

HUETZIN.--EL REINO DE TEZCUCO.--LOS AZTECAS: SU PROCEDENCIA.--LAS

CASAS GRANDES DE GILA.--LOS AZTECAS ANTES DE ESTABLECERSE EN

MÉXICO Y EN TLATELOLCO.--QUINANTZIN Y TECHOTLALAZIM.--LAS

75 PROVINCIAS.--IXTLILXOCHITL: GUERRA CIVIL.--RIVALIDAD

ENTRE TEZCUCO Y MÉXICO.--NETZAHUALCOYOTL.--LOS REINOS

CONFEDERADOS.--GUERRA CIVIL.--LOS ESPAÑOLES EN TABASCO.--MOCTEZUMA

II: SU GRANDEZA.--LA RELIGIÓN Y LA GUERRA.--EL JEFE DE CLAN, EL

CALPULLI Y EL TLACALECUHLI.--LAS FRATIAS Y LA TRIBU.--CONSEJO

TRIBAL.--LA INDUSTRIA.--EL CALENDARIO.--OBRAS PÚBLICAS.--LA

ESCRITURA.--CREENCIAS RELIGIOSAS.

Consideremos el comienzo de la historia de México. El punto es obscuro

y nada puede asegurarse con certeza. Según recientes estudios, apareció

el hombre en el suelo mejicano al principio de la época cuaternaria.

Dícese del mismo modo que el habitante más antiguo pertenecía a la

raza negra. Dejando la cuestión de si era o no autóctono, sabemos

tradicionalmente que las primeras gentes fueron los _quinametzin_,

hombres de elevada estatura, establecidos en las orillas del Atoyac,

río que corre entre Cholula y Puebla; descendían, como todos los

invasores de América--y así lo dice Veytia--de siete familias que

vinieron de Tartaria. ¿Los quinametzin y quinamés son el mismo pueblo?

La raza que contribuyó más que ninguna a la civilización de la América

del Norte fué la de los nahuas[191]. Estos nahuas, ya xicalancas, ya

olmecas, si estuvieron primeramente subyugados por los quinamés, luego

convidaron a sus señores a un banquete, y después de embriagarles, los

mataron. Dueños del país, lo poseyeron pacíficamente. Acerca de la

procedencia de olmecas y xicalancas, se cree que bajaron del Oriente

en canoas y llegaron primero al río Pánuco, desembarcando después en

las costas y ocupando toda la península del Yucatán con la fracción de

Chiapas y Tabasco.

[191] Los nahuas y los mayas, ¿son razas diferentes? Sostienen

algunos autores que tuvieron el mismo origen y vivieron unidas

mucho tiempo. Puede, sí, asegurarse que los unen grandes

semejanzas y los separan notables diferencias.

Decían los mejicanos del tiempo de la conquista que el mundo había

pasado por cuatro edades: en la segunda ponían a los quinamés, y en

la tercera a los xicalancas y olmecas. En la cuarta hacían venir del

Occidente a los _chichimecas_, conjunto de tribus pertenecientes

al mismo tronco que los xicalancas y olmecas, aunque de diferente

carácter. Estos nahuas acamparon en la parte más septentrional de

México, en las riberas del Gila o del río Colorado. Afirmase que

echaron los cimientos de la ciudad de Huehuetlapallan, y la hicieron

capital de su imperio. Andaban casi desnudos o cubiertos con pieles de

fieras, se alimentaban de la caza y de frutas silvestres, vivían en

cuevas naturales o abiertas en los montes. Aunque tenían su monarca y

organización, dichas tribus gozaban de cierta autonomía y obedecían

a su cacique. Los chichimecas eran monógamos. No se casaban sin el

consentimiento de los padres de la novia; luego, por ligeros motivos,

repudiaban a sus mujeres y contraían otras nupcias. Trataban, sin

embargo, muy bien lo mismo a sus mujeres que a sus hijos. No consentían

los enlaces entre padres é hijos, ni entre hermanos y hermanas; pero sí

entre cercanos deudos.

Entre las tribus chichimecas había una que tenía mayor cultura y

costumbres más suaves, algunos conocimientos de astrología, de

artes y de agricultura. Era la de los _toltecas_, la cual pronto se

declaró independiente de los emperadores de Huehuetlapallan e hizo de

Tlachicatzin la capital de su república. Se ignora el tiempo que los

toltecas permanecieron en Tlachicatzin, como también si gozaron de

completa independencia. Parece probado que andando el tiempo pelearon

con las demás tribus, siendo vencidos y arrojados de su patria.

Emprendieron a últimos del siglo VI de Jesucristo, larga peregrinación

que duró cien años, llevando consigo, según cuentan muchos

historiadores, sus mujeres e hijos, siete capitanes por jefes, un

sacerdote por guía y consejero. Andaban unos días y descansaban otros.

Hacían largas estaciones, dejando en ellas cuando marchaban cierto

número de familias. No se dirigían a punto fijo; unas veces iban por

la costa del mar y otras veces se separaban de ella, ora se dirigían

a Levante y ora a Poniente, ya avanzaban y ya retrocedían[192]. Hacia

el año 697--según cálculos de Veytia--debieron llegar los toltecas

a Tulcantzingo (hoy Tulanzingo), recordando entonces que hacía dos

ciclos, esto es, ciento cuatro años, que habían salido de su país. No

agradándoles su nueva patria, a los diez y seis años, el 713, volvieron

a ponerse en camino con dirección a Occidente. Convidados por la

dulzura del clima y la fertilidad de la tierra, acamparon cerca del

pueblo de Xocotitlan, en las riberas de humilde río, donde fundaron

la ciudad de Tullan (hoy Tula). Decididos a no mudar de asiento,

edificaron sus casas de lodo y piedra, y desde Tula se derramaron por

el valle de México, tal vez teniendo que luchar con varias tribus que

aún quedaban en aquella tierra.

[192] Veytia, _Historia Antigua de México_, caps. XXI y XXII.

¿Se hallaban entre estas tribus los _tarascos_ y _otomíes_, los

_totonecas_, _zapotecas_ y _mixtecas_? De los tarascos de Michoacán

diremos que eran pueblos sedentarios, cuyas casas hacían de piedra y

barro, distinguiéndose en la fabricación de sus objetos de orfebrería,

en sus trabajos de pluma y en sus excelentes armaduras, rodelas, etc.

La lengua de los tarascos tenía cierta armonía, y en ella abundaban las

vocales. Manifestaban cierta obscuridad en sus ritos y ceremonias.

Los otomíes, vecinos de los anteriores, no se distinguían por su

cultura. Cultivaban sus feraces tierras y eran aficionados a la música

y al canto. Apenas había mujeres célibes, pues los padres o los tutores

les buscaban con empeño maridos. Cuando la mujer otomí se hallaba en

cinta se cargaba de amuletos y talismanes; procuraba no encontrarse

con seres o cosas maléficas, como la vista de perros negros. Si el que

nacía era varón, se le colocaba en la frente una pluma, en los hombros

un arco y una aljaba, y en el pecho una herramienta cualquiera; si era

hembra, en la mano derecha un uso, en la izquierda una poca lana y en

el corazón una flor.

Los otomíes, como todas las tribus del Norte, usaban el pulque, la

más estimada bebida alcohólica; el maíz era cultivado generalmente y

formaban con él sabrosas tortas. Debemos hacer notar que los otomíes

eran uno de los pocos pueblos que veían en la muerte la completa

aniquilación del hombre. Volveremos a recordar en este lugar que si las

tribus del Mediodía manifestaban sentimientos religiosos, en cambio,

las del Norte estimaban poco o apenas hacían caso de las relaciones

entre el hombre y Dios.

Los totonecas de Veracruz, tributarios también de los aztecas, aunque

más cultos, debieron ser los constructores de las pirámides y templos

de Teotihuacán. Los antiguos cronistas, al ocuparse de _Cempoalla_, la

principal población de los totonecas, dicen--tal vez con exageración

manifiesta--que parecía un paraíso terrenal.

No tenían menos cultura los zapotecas de Oaxaca y sus vecinos los

mixtecas de la costa del Pacífico. Afirmaban los zapotecas que las

ruinas de Mitla, llamadas en su lengua _Ryo-Ba_ o entrada a la tumba,

con sus soberbios palacios de grandes salones, fueron sepulcro de

sus antepasados. La lengua zapoteca se llamó en el país _tichaza_

(lengua de los nobles). Entre los zapotecas existía la monogamia. Con

frecuencia se unían mancebos de catorce años con doncellas de doce.

Dominaban los hombres a las mujeres; pero no por la fuerza, sino por el

cariño y la dulzura. Si gustaban de los placeres carnales, no llevaban

sus relaciones amorosas hasta la lujuria.

De los mixtecas se dice que perpetuaron en jeroglíficos la memoria de

sus mitológicas leyendas. Cuéntase de ellos que tenían en cada pueblo

personas anualmente elegidas para que todos los días señalasen trabajo

a sus convecinos. Al amanecer, las citadas personas, desde lo alto de

sus casas, llamaban a los convecinos y les señalaban tarea. Aquellos

que no cumplían el encargo, porque perezosos no realizaron la obra o

la hicieron mal, sufrían severo castigo. Tales hechos hacen pensar con

algún fundamento si los mixtecas se hallaban regidos bajo principios

comunistas.

Dejando ya el estudio de las últimas tribus, cuya importancia es

escasa, recordaremos que durante la peregrinación de los de Tula, los

chichimecas invadieron el Anahuac[193], que tomaron por la fuerza.

[193] Unos autores entienden que el antiguo Anahuac comprendía

toda la tierra que se halla entre los dos Océanos, y otros

dicen que sólo abrazaba lo que denominamos hoy Nueva España.

Nosotros entendemos por Anahuac el territorio ocupado al

presente por los Estados de Querétaro, México, Veracruz,

Tlaxcala y Puebla.

Los toltecas, residentes en Tula, deseosos de reconciliarse con los

chichimecas, abandonaron el gobierno de los siete capitanes, que

los mandaban alternativamente, eligieron un Rey y establecieron

la monarquía hereditaria. El primer Rey--según Veytia--era

hijo de Icauhtzin, emperador de los chichimecas, y se llamaba

Chalchiuthlanetzin. Las leyes de sucesión disponían que ninguno pudiera

ser Rey más de un ciclo; el que viviera más, entregaría la corona

a su heredero, y el que muriese antes se encargarían de ella los

ancianos. La monarquía había gozado gran ventura, engrandeciéndose por

la influencia de la civilización más que por las armas. Brasseur de

Bourbourg, apoyándose en nuevos códices, sostiene que Nauhyotzin fué el

primer Rey de los toltecas y que no hubo las citadas leyes de sucesión;

añade que pasó toda su vida en lucha con las tribus extranjeras o

indígenas establecidas en aquel suelo.

Por entonces se fundaron tres monarquías: una en Colhuacan, cuyo primer

Rey fué Nauhyotzin; otra en Guauhtitlan, dirigida por Chicon-Tonatiuh;

y la tercera en Tula, de la cual Mixcohuatl Mazatzin fué a la vez Rey

y Pontífice. Prestábanse apoyo las tres monarquías y los tres Reyes en

sus respectivos Estados emplearon sus armas, en el interior, contra

la aristocracia que se negaba a reconocerlos, y en el exterior contra

las tribus que venían del Norte. Los caudillos más bravos fueron

considerados luego como dioses, lo cual indicaba que todavía se hallaba

América en los tiempos heróicos y no en los históricos.

A tal punto llegó la unión de las tres monarquías, que a la muerte de

Nauhyotzin en Colhuacan le sucedió Mixcohuatl Camaxtli, hijo del Rey de

Tula, y al morir Mixcohuatl Mazatzin en Tula, ocupó el trono Huetzin,

cuyo origen se desconoce. Según el _Códice Chimalpopoca_, la monarquía

menos venturosa fué la de Quanhtitlan, cuyo segundo Rey, llamado

Xiuhel, acabó sus días de muerte airada: tal vez hubiera perecido

este reino, si no se hubiese nombrado Rey a Huactli, joven de valor

y simpático. En su apoyo llegaron de Chapala número considerable de

chichimecas.

El Rey de Colhuacan, Mixcohuatl Camaxtli, tomó a Cuitlahuac, ciudad

donde se estrelló su padre, y se dirigió al Mediodía de Popocatepetl y

al territorio de Tlaxcala y Huexotzingo, ciudades que él fundó, según

algunos escritores. Los nobles, enemigos de la monarquía, mataron a

Camaxtli, teniendo que bajar Huetzin desde Tula, el cual impidió la

disolución del reino. Ocurrió entonces un suceso que no acertamos a

explicar, y fué que Huetzin pasó a ser Rey de Colhuacan, quedando como

monarca de Tula un tal Ihuitimal.

Por aquellos tiempos, esto es, en el año 856, se confederaron

los monarcas de Tula, de Colhuacan y de Otompan, reino el último

cuya situación se desconoce, y que tal vez--como opina algún

historiador--sus dominios constituyeron después el de Tezcuco. Dícese

que Reyes y ancianos de las tres monarquías, reunidos en asamblea,

acordaron dar al soberano de Colhuacan el título de _Tiatocat-Achcauh_,

que quiere decir Emperador o el primero de los Reyes. Cada Rey

continuaría siendo, lo mismo en lo religioso que en lo civil, la

autoridad suprema de su Estado. Las leyes de sucesión habían de ser

iguales en los tres pueblos: el primer sucesor sería el primogénito,

el segundo el segundogénito, el tercero el hijo del primogénito y el

cuarto el hijo del segundogénito, y así sucesivamente. El heredero

de la corona, cuando llegaba a la mayor edad, ejercía el cargo de

generalísimo; pero, si lo desempeñaba mal, no podía subir al trono. En

los intereses comunes a los tres Estados, deliberaban los tres Reyes,

resolviéndose todos los asuntos por mayoría.

A la sazón--y seguimos al pie de la letra el Códice

Chimalpopoca--apareció un hombre extraordinario: llamábase Quetzalcoatl

o Quetzalcohuatl. Debió pertenecer a la tribu tolteca, si bien algunos

escritores le consideran olmeca o xicalanca. Ven en él, unos, al

mismo apóstol Santo Tomás, que apareció en América (siglo primero

de la Iglesia); otros dicen que era Dios; quién le hace Santo,

Pontífice o Rey; quién hechicero o un hombre cualquiera. Convienen

casi todos en que era un ser superior, digno de eterna fama en la

historia del Nuevo Mundo. «Quetzalcoatl, se dice unánimemente, les

enseñó a mejorar el cultivo de la tierra, fundir el oro y la plata,

tallar las piedras preciosas, tejer el algodón y la pluma, curtir y

adobar las pieles, construir puentes y calzadas, y levantar los más

suntuosos monumentos; los exhortó a moderar las pasiones, domar la

carne por el ayuno, purificarse por la penitencia y hacerse propicia

la divinidad por la oración y el sacrificio de la propia sangre; los

apartó de inmolar a Dios víctimas humanas, y los inclinó a no darle

en ofrenda sino perfumes, flores, frutos, pan de maíz, mariposas, y,

cuando más, serpientes y gamos; les ablandó, por fin, el corazón y

les suavizó las costumbres»[194]. Es de advertir que en la mitología

tolteca había un Quetzalcoatl, dios de los vientos; también se llamaba

Quetzalcoatl el sacerdote de aquella divinidad. ¿Contribuiría esto a

las contradicciones de los cronistas?

[194] Pi y Margall, _Hist. gral. de América_, tom. y vol. I,

pág. 27.

Cuentan algunos historiadores que había en Tula una virgen llamada

Chimalman, que tenía dos hermanos de nombre Tzochitlique y Conatlique.

Hallándose los tres solos en su casa, se les apareció de repente un

enviado del Cielo. Tzochitlique y Conatlique, murieron de terror,

oyendo entonces Chimalman de boca del ángel, que concibiría un hijo sin

obra de varón. Aquel hijo fué Quetzalcoatl.

De diferente manera refiere el caso el _Códice Chimalpopoca_. Según

él, Chimalman fué una princesa que defendió valerosamente sus Estados

contra Mixcohuatl Camaxtli, Rey de Colhuacan, el mismo que murió

en Cuitlahuac a manos de los nobles. Vencida Chimalman, casó con

el vencedor, y tuvo a Quetzalcoatl. De muy joven, añade el Códice,

acompañó Quetzalcoatl a su padre en todas las expediciones belicosas.

Cuando Quetzalcoatl supo que el autor de sus días había sido asesinado,

reunió a sus parciales, se dirigió a Cuitlahuac y la tomó, llevando a

cabo terrible venganza. Desapareció luego, ignorándose donde estuvo.

A los quince años, el 870, apareció en Pánuco, rodeado de brillante

pléyade de sabios y artistas. El vengativo guerrero se había convertido

en profeta. Aquel hombre, de negros y largos cabellos, blanco rostro

y buenas facciones, de espesa barba y gallarda estatura, vestido con

una túnica y calzando sandalias, se atrajo y cautivó a las gentes.

Ganoso de extender la civilización por el país, comenzó su apostolado

en Tulanzingo. Pasó a Teotihuacan, de cuya ciudad salió irritadísimo

porque allí se levantaban los templos del Sol y la Luna, y allí se

inmolaban cautivos y criminales en el altar de los dioses. Recomendaba

que cada uno vertiera su sangre punzándose con espinas el cuerpo,

y él mismo se lo picaba con agujas de esmeralda después de haberse

bañado a media noche en las fuentes de Atecpan Amocheo. A la muerte

de Ihuitimal, fué proclamado Rey. Lo primero que hizo fué abolir los

cruentos ritos de los chichimecas y ordenar que se purificasen los

templos, medidas que le atrajeron el odio de los sacerdotes. Arreció

la enemiga contra él cuando introdujo las siguientes reformas: el

bautismo, el ayuno, la confesión, la castidad para los Ministros

de Dios, y la fundación de colegios sacerdotales sujetos a severa

disciplina. En cambio, se ganó el corazón de la muchedumbre por la

santidad de sus actos, el esplendor del culto, el fausto de la corte,

la grandeza de los monumentos que hizo levantar en Tula, la protección

que dispensó a la industria y a las artes, los caminos con que enlazó

los tres reinos. Como tuviese noticia que secretamente se inmolaban

cautivos en aras de los dioses, castigó sin piedad a los que tales

cosas hacían. Tetzcatlipoca, individuo de una familia que se creía con

derechos a la corona, al frente de algunos partidarios de la antigua

religión, y con la ayuda de los reyes de Colhuacan y de Otompan,

encendió la guerra contra Quetzalcoatl, quien, no queriendo derramar

sangre, abandonó el trono y partió de la ciudad, seguido de muchos de

los suyos. Dejaba el trono el 895. Hacía veinticinco años que llegó a

Pánuco y veintidós que era Rey.

Veamos cómo dicen los historiadores que Quetzalcoatl hizo el viaje a

Cholula. Delante van los músicos tañendo la flauta, al lado pajes que

le cubren la cabeza con el parasol de plumas, detrás los ciudadanos

más distinguidos y por los aires pájaros de brillantes colores que

abandonan la población rebelde. Si vuelve los ojos y llora al ver a

Tula, sus lágrimas horadan los peñascos; si pone las manos en una roca,

en ella se señalan las huellas; si tira una piedra a un árbol, las

señales duran siglos; si se sienta en la loma de una sierra, el monte

se hunde. Escondió en el lecho de un río las joyas que no ocultó antes

de salir de Tula, y a instancias de sus antiguos vasallos, dejó en el

reino los maestros de las artes y las herramientas[195].

[195] Véase Sahagún. lib. III, caps. XII, XIII y XIV.

Torquemada, lib. VI, cap. XIV.

Inmensa alegría causó su presencia en Cholula, donde continuó la obra

que había realizado en Tula. Enseñó a los hombres la moral y las artes;

extendió la civilización y cultura a toda la comarca. Convirtió a

Cholula en hermosa ciudad, pues antes sólo era pobre villa. Se atrajo

a los olmecas, que se hallaban situados al Este y Sur de Popocatepetl,

formando con ellos un segundo reino. Fundó ciudades, levantó templos,

abrió caminos, estableció colegios de sacerdotes y comunidades

religiosas de mujeres.

Tetzcatlipoca, bajo el nombre de Huemac, logró ceñir la corona de Tula,

y luego, temiendo el ascendiente del reino de Cholula, al frente de

poderoso ejército, cayó sobre los dominios de Quetzalcoatl, quien,

como en Tula, se negó a pelear, aunque sus súbditos le manifestaron

su decisión de combatir hasta derramar la última gota de su sangre.

No lo consintió Quetzalcoatl, y, después de darles algunos sanos

consejos y esperanzas, abandonó la ciudad, acompañado sólo de cuatro

distinguidos jóvenes, emprendiendo su tercera retirada. Cuando llegó a

la embocadura del Guazacoalco, despidió a sus compañeros, anunciándoles

que en los futuros tiempos vendrían a dominar el país unos hombres de

Oriente, como él blancos y de espesas barbas. Dirigióse en seguida por

las aguas del río, ignorándose el camino que tomó, ni dónde acabó sus

días. Por mucho tiempo recordaron aquellas tribus el nombre inmortal de

Quetzalcoatl.

Posteriormente el tirano Tetzcatlipoca, fué castigado como merecía.

Creíase invencible, cuando Nauyotl, por cuyas venas corría sangre

de los chichimecas, se sublevó en Tula, derrotó completamente a

Tetzcatlipoca y se apoderó del reino. El nuevo monarca, si permaneció

fiel a las antiguas creencias, no persiguió el nuevo culto. Tula fué

el centro de la religión tradicional y Cholula la ciudad santa de las

doctrinas de Quetzalcoatl. Nauyotl hizo construir en Tula magnífico

y soberbio templo. Aunque continuaron los sacrificios humanos y el

horrible culto de Tlaloc, no decayó el cultivo de las ciencias, de las

artes y de la industria. Si Tula había sido en tiempo de Quetzalcoatl y

aun durante el reinado de Tetzcatlipoca la capital del Imperio, Nauhyot

hizo a Coluhacan la verdadera metrópoli. Perdió Tula la superioridad

política, ganando en cambio la cultura científica, pues en ella se

crearon escuelas, y ella fué la morada de sabios y de artistas. Muerto

Nauhyot, en 945, su mujer Xiuhtlatlzin, querida de los súbditos, ciñó,

contra las leyes de sucesión del reino, la corona de Tula. A los

cuatro años murió reina tan excelente, dejando por heredero a su hijo

Matlaccoatl, de quien nada sabemos. Tampoco tenemos noticia alguna de

Tlilcoatzin, que comenzó su reinado el 973.

Al llegar al año 994 se ve que Huemac Atecpanecatl, de la familia

de los reyes de Colhuacan, fué elegido rey de Tula[196]. Enamorado

de una mujer bellísima, la cual hubo de conocer porque se presentó

ofreciéndole miel o vino de maguey, tuvo de ella un hijo; y cuando

falleció su esposa, elevó al trono a la adúltera y designó por sucesor

a Topiltzin Acxitl, fruto de su adulterio. La nobleza y el pueblo

tomaron muy a mal lo hecho por Huemac Atecpanecatl. Venían a hacer más

difícil la situación del Rey las amenazas de los chichimecas, bárbaros

del Norte. Hallábanse en las fronteras del Anahuac, decididos a caer

sobre el reino de Tula.

[196] Veytia designa a este Rey con el nombre de

Tecpancaltzin. _Hist. antigua de México_, capítulo XXIX.

Viéndose perdido Huemac, no encontró otro medio para salir de su

apuro que abdicar en favor de su hijo Topiltzin Acxitl. Comenzó

bien Topiltzin; luego se entregó a las liviandades más repugnantes,

siguiéndole en su conducta depravada sacerdotes y sacerdotisas.

Cuéntase que Hueman, sacerdote que dirigió a los toltecas en larga

peregrinación, profetizó que perecería el reino cuando ocupase el

trono un hombre de cabello erguido, y naciesen conejos con cuernos y

colibríes con espolones. Creyó Topiltzin reconocer estos prodigios en

un conejo y en un colibrí que había cazado en sus jardines, cambiando

entonces, lleno de terror, de costumbres y ordenando sacrificios a

los dioses. Sin embargo, los dioses, irritados contra el monarca y su

pueblo, hicieron que las aguas inundasen el país y lo devastaran, que

los huracanes derribaran edificios y árboles; sucediéronse grandes

sequías, secándose las fuentes y arroyos; luego sofocante calor; en

seguida horrorosos fríos que helaban hasta los magueyes; después plaga

de gusanos que roían las plantas en los campos, y de gorgojos que

comían el trigo en los graneros; últimamente, un hambre que diezmaba

las poblaciones. Como consecuencia del hambre, por todas partes había

cuadrillas de ladrones e incendiarios. Tal estado de cosas, llegó hasta

los mismos tiempos de Hernán Cortés[197].

[197] Esta hambre--según Kinsborough--puso fin entre los

mejicanos a la cuarta edad del mundo. _Antiquities of Mexico_,

vol. VI, pág. 175.

No estalló la guerra entre Topiltzin y los príncipes rebeldes del

Norte; pero aquél no pudo resistir la acometida de los chichimecas,

los cuales se extendieron por los valles de México. Es de advertir que

los reyes de Colhuacan y de Otompan no ayudaron en esta ocasión al

de Tula. Los chichimecas saquearon a Otompan y Tezcuco, como también

a Colhuacan. En la corte de Tula se prepararon a la lucha hasta los

ancianos padres de Topiltzin y hasta las mujeres acaudilladas por la

Reina madre. La victoria fué de los chichimecas; la madre de Topiltzin

murió en un combate y Tula cayó en poder de Huehuetzin, uno de los

jefes de las tribus victoriosas. Cuando Huemac, padre de Topiltzin,

perdió toda esperanza, se encerró en una gruta y se colgó. Así terminó

el imperio de los toltecas, que se extendía de mar a mar, entre los

grados 16 y 21 de latitud Norte. Brasseur dice que concluyó del 1060 al

1070; Veytia, el 1116, y Ixtlilxochitl, el 958.

Los Reyes de Tula, según Brasseur, fueron:

1. Mixcohuatl-Mazatzin, Rey en 752.

2. Huetzin, en 817.

3. Ihuitimal, en 845.

4. Quetzalcoatl, en 873.

5. Tetzcatlipoca-Huemac, en 895.

6. Nauhyotl, en 930.

7. Hiuhtlaltzin, en 945.

8. Matlalccoatl, en 949.

9. Tlilcoatzin, en 973.

10. Huemac II, en 994.

11. Topiltzin Acxitl, en 1029.

12. Huemac III, en 1062.

Según Veytia:

1. Chalchiuhtlanetzin, Rey en 719.

2. Ixtlilcucchanac, en 771.

3. Huetzin, en 823.

4. Totepeuh, en 875.

5. Naxacoc, en 927.

6. Mitl-Nauhyotl, en 979.

7. Xiuhtlatzin, Reina, en 1035.

8. Tecpancaltzin, en 1039.

9. Topiltzin, en 1091.

Según Ixtlilxochitl:

1. Chalchiuhtlanetzin subió al trono en 510.

2. Ixtliquechanac, en 572.

3. Huetzin, en 613.

4. Topeuh, en 664.

5. Xiuquentzin, Reina, en 826.

6. Iztacquanhtzin, en 830.

7. Topiltzin, en 882.

Los Reyes de Colhuacan, según Brasseur, fueron:

1. Nauhyotl, Rey en 717.

2. Nonohualcatl, en 767.

3. Yohuallatonac, en 815.

4. Quetzalacxoyatl, en 904.

5. Chalchin-Tlatonac, en 953.

6. Totepeuh, en 985.

7. Nauhyotl, en 1026.

Físicamente considerados, los toltecas eran de alta estatura, de bellas

formas, más blancos y de barba más espesa que los demás chichimecas.

Llevaban sombreros de paja o de hojas de palmera, se cubrían con

mantas y se calzaban con sandalias. Para ir a la guerra se ponían en

la cabeza vistosos penachos, se colocaban una banda de plumas, se

pintaban el cuerpo y se adornaban con sus mejores joyas. Los soldados,

en general, iban desnudos; sólo usaban el maxtle, para ocultar lo que

el pudor exige. La única arma de defensa que tenían era el escudo. Unos

empleaban el arco y llevaban las flechas en la aljaba; otros la honda y

guardaban las piedras en bolsas colgadas del cinto; estos blandían la

javalina o la maza con puntas de pedernal. Los jefes usaban el casco de

oro o de cobre y la cota de algodón. Los toltecas eran ágiles y aptos

para el trabajo. Beneficiaron las minas, construyeron varios monumentos

y eran inteligentes en varias industrias. Labraban el oro, la plata, el

cobre y el ámbar. Hacían toda clase de alhajas. Trabajaban con mucha

destreza y habilidad el barro. Por lo que a la cultura intelectual

respecta, conocían los jeroglíficos y mediante ellos transmitían a

sus sucesores los hechos más importantes. Poseían en dicha clase de

escritura el _Teo-Amoxtli_, compuesto, según se cree, por el sacerdote

Huemar en los primeros años del reino de Tula, y era como una síntesis

de las ciencias, instituciones y vida nacional del pueblo tolteca.

Cuando los españoles se apoderaron del país, ya no existía el citado

libro. También perpetuaban los hechos en unos poemas, que en sus

grandes festividades cantaban al son de la música. Cultivaban la

Medicina y la Astrología con algún aprovechamiento. Eran morales y

tenían establecida la monogamia. Rendían ferviente culto a sus dioses.

Las cuestiones religiosas y las luchas interiores, contribuyeron a la

decadencia y ruina de los toltecas.

Los chichimecas suceden a los toltecas. Hallábanse aquellos

establecidos en las márgenes del Gila y bajaban por el mediodía hasta

las fronteras del reino de Tula. Estaban gobernados por consejos de

ancianos y por sacerdotes que les recordaban sus deberes. Vivían en

casas de mampostería, que tenían hasta cuatro pisos. Hilaban y tejían,

adobaban las pieles, eran hábiles alfareros, cultivaban la tierra y

recogían mucha cantidad de maíz. Hombres y mujeres iban vestidos; sólo

las solteras no podían cubrirse ni aun en los más rigurosos fríos.

La mujer, dedicada en absoluto a los negocios domésticos, era muy

considerada del marido. Los hombres se distinguían por su laboriosidad.

Miraban la Cruz como un símbolo de paz. Las tribus chichimecas bajaron

al Anahuac, empujándose las unas a las otras, como sucedió en el siglo

V en Europa con los bárbaros del Norte. Debieron venir los chichimecas

huyendo de los _teyas_, _querechos_, _apaches_ y otros.

La caza era la ocupación principal de los chichimecas. Siempre llevaban

un arco y un carcaj. Comían y se vestían con lo que cazaban; en efectos

de caza pagaban sus tributos, y la res o pieza que primeramente cogían

la sacrificaban al Sol. Además de la caza, se alimentaban con los

frutos de la tierra. Poseían conocimientos de medicina, y no ignoraban

las virtudes curativas de muchas hierbas; pero si los remedios eran

ineficaces, lo mismo a los enfermos graves que a los viejos los mataban

introduciendo una flecha por la garganta. Hombres y mujeres iban

vestidos de pieles; sólo el Emperador podía usar la piel del león.

El hombre y la mujer casados se guardaban fidelidad hasta la muerte.

Juntos iban a las fiestas y a la guerra. Juntos pasaban toda la vida.

Creían en un Dios creador del universo. Sólo rendían culto al _Sol_ y a

la _Luna_.

En política vivían bajo el inmediato poder de sus nobles, si bien

reconociendo en el Emperador la autoridad suprema. Xolotl, hermano del

emperador Achcauhtzin, conquistó el Anahuac; luego fundó a Tanayocan

(Tenayuca) en la margen occidental del lago de México, siendo desde

entonces residencia de la corte. Todo lo que constituyó el imperio

tolteca, pasó a formar parte del chichimeca. El gobierno de Xolotl fué

justo; dispuso que se dejase a los toltecas en posesión de sus ciudades

y villas, siempre que le reconociesen como señor y le pagasen tributo.

Llegó hasta permitirles que se gobernaran por sus antiguas leyes y

costumbres.

El engrandecimiento de los toltecas llegó a inspirar recelos a los

chichimecas. Nauhyotl se declaró rey de Colhuacan, se negó a pagar el

feudo a Xolotl, y se dispuso a la guerra. Vencido y muerto Nauhyotl

en una batalla que se dió en las orillas de los lagos, habría podido

Xolotl acabar con el nuevo reino. Lejos de ello, continuó su política

de atracción, hasta el punto que, vacante el trono de Colhuacan--pues

sólo tres hijas del último Rey eran las herederas--el citado Xolotl

casó a su hijo Nopaltzin con una de ellas.

A la sazón, de las opuestas playas del golfo de California vinieron

otras tribus, muy parecidas a los toltecas por el idioma y la cultura.

Adoraban a un dios que llamaban Cocopitl, y tenían conocimientos

de la agricultura y de otras industrias. Capitaneaba Tzortecomatl

a los _aculhuas_, Chiconquauhtli a los _otomíes_ y Aculhua a los

_tecpanecas_. Bien acogidos por Xolotl, se establecieron los primeros

en Coatlichan, los segundos en Xalcotan y los terceros en Azcapotzalco.

Mediante matrimonios de Tzortecomatl con una hija del tolteca

Chalchinhlatonac, cacique de la provincia de Chalco, y de los otros dos

jefes con dos hijas de Xolotl, se aseguraron las relaciones entre las

nuevas y antiguas tribus. Xolotl repartió tierras a los maridos de sus

hijas y luego a sus nietos; también a seis capitanes que habían venido

del Norte. Los nuevos jefes tenían la obligación de acudir con sus

soldados a defender al Emperador en tiempo de guerra, y a pagar ciertos

tributos para el sostenimiento del imperio. Feudal fué la constitución

de aquella vasta monarquía, pues de ninguna otra manera hubieran podido

vivir juntas tantas y tan extrañas gentes. Xolotl y sus chichimecas

se penetraron de las ideas de los toltecas y de los aculhuas, antes

sus enemigos, y levantaron un templo al _Sol_; conocieron la pintura

jeroglífica e hicieron palacios y jardines.

Sin embargo, no son para olvidadas ciertas desavenencias y guerras

entre las nuevas tribus y aun contra el mismo Xolotl. Unidos toltecas y

otras tribus, decidieron deshacerse del Emperador del modo siguiente:

Tenía costumbre de dormir la siesta a la sombra de unos grandes

árboles de sus jardines. De repente inundarían con una gran cantidad

de agua el lugar donde dormía el Emperador. Sabido esto por Xolotl,

en el día destinado a su muerte, subióse a dormir a lo más alto de

una colina. De muerte natural acabó Xolotl sus días al poco tiempo.

Reinó--según Veytia--ciento quince años; según Ixtlilxochitl, ciento

doce. ¿Sería--como pretende Brasseur--no un nombre, sino un título,

confundiéndose por esta razón en un Emperador dos o más príncipes?

Hállase averiguado que en la historia antigua de América es cosa

corriente hallar personajes que su vida excedía en mucho a la ordinaria

del hombre. Veytia dice que vivió del año 1117 al 1232, Ixtlilxochitl

del 964 al 1075 y Brasseur del 1064 al 1160.

Nopaltzin sucedió a Xolotl, reinando pacíficamente, si hacemos caso de

Veytia y de Ixtlilxochitl, y en completa anarquía, si damos crédito a

Brasseur. Conformes nosotros con los dos primeros, afirmamos, además,

que bajo su gobierno continuó la civilización de los chichimecas.

A Nopaltzin sucedió su hijo Tlotzin-Pochotl, conocido también con el

nombre de Huetzin, el cual era chichimeca por su padre y tolteca por

su madre. Continuó la obra civilizadora de sus antepasados y fomentó

de un modo extraordinario la agricultura. Progresaron también las

artes. Tenían grandes y hermosas ciudades. Dentro del imperio se

hallaban siete Estados grandes y muchos pequeños; los grandes eran:

_Coatlichan_, _Azcapotzalco_, _Xaltocan_, _Quauhtitlan_, _Colhuacan_ y

_Xuexotla_. Bajo el imperio de Tlotzin tuvo origen el reino de Tezcuco;

también tuvieron comienzo los señoríos de Tlaxcala y de Huexotzingo.

Pasamos a estudiar el imperio de los aztecas, que, como los toltecas,

pertenecían a la raza de los nahuas. Llamamos tribus aztecas, nahuatl

o mexicanas las de la familia utoazteca, que hablaban la lengua

nahuatl[198]. Hallábanse establecidas en la cuenca del Océano Pacífico

y regiones montañosas próximas, desde el río del Fuerte, en Sinaloa

(26° lat. Norte), a las actuales fronteras de Guatemala, exceptuando

pequeña parte del istmo de Tehuantepec. La mayor y más granada parte de

la citada familia formó poderoso reino en la meseta del Anahuac.

[198] «En esta tierra de la Nueva España hay tres maneras

o linajes de gentes, que son chichimecas, los de Chulhúa e

mexicanos: todos estos están mezclados, emparentados por

casamientos; desde muchos años acá, antes que fuese México se

emparentaron los dos primeros linajes, que son los chichimecas

e los de Chulhúa, en los terceros se emparentaron después

de encomenzado México, que ellos edificaron e fundaron de

principio...» Pomar y Zurita, _Nueva colección de documentos

para la historia de México_, tom. III, págs. 283 y 284.

Los aztecas que se sitúan en el Anahuac y fundan poderoso imperio,

¿de dónde proceden? Dícese que de una tierra llamada Aztlan; pero se

ignora su situación. Según Ixtlilxochitl procedían de Xalisco y eran

descendientes de aquellos toltecas que fueron arrojados de Chapultepec

después de la ruina de Tula; Aubín cree que de la península de

California; Veytia sostiene que de más allá de Cinaloa y la Sonora;

Brasseur opina que del territorio comprendido entre las orillas del

Colorado y las del Yaqui.

Los aztecas aventajaban en cultura a los chichimecas de las márgenes

del Gila y a los toltecas. Eran pueblos agrícolas, industriales y

artistas. Ellos fueron los constructores de las dos _Casas Grandes_ que

se admiran en las riberas del Gila; y más abajo, en Chihuahua, entre el

río del Norte y los montes donde nace el Yaqui, se hallan otras, con la

misma denominación de _Casas Grandes_, fábrica también de las citadas

tribus[199]. Lo mismo unas casas que otras están situadas cerca de un

río, en lugar ameno y no lejos de ciudades. Tanto las primeras como las

segundas son cuadrilongas y se encuentran a los cuatro vientos. De las

Casas Grandes del Gila diremos que estaban defendidas por una muralla

en cuyos ángulos había una especie de torres o baluartes. Las citadas

dos casas tenían tres pisos y además un sótano; las paredes eran de

tapia, gruesas y fuertes, sin más abertura, fuera de las de entrada,

que dos agujeros redondos bastante pequeños. Invasores del Norte a Sur

debieron construirlas, los cuales debían ser excelentes arquitectos

y hábiles alfareros. En efecto, excelentes arquitectos y hábiles

alfareros fueron los pueblos de más allá del Gila. Citamos la industria

de alfarería porque en los alrededores de aquellos palacios se hallaron

multitud de ollas y jarras, de diferentes formas y de varios colores

(blancas, encarnadas y azules). El Aztlan, pues, de donde se supone

vinieron los aztecas, debió estar más allá del Gila, como lo creía

Veytia y lo afirmaba el cardenal Lorenzana en sus _Comentarios a las

Cartas de Hernán Cortés_. Salieron de Aztlan en la segunda mitad del

siglo XI, y siguiendo la conducta de los toltecas, comenzaron larga

peregrinación que duró más de doscientos años[200]. Iban buscando

siempre mejores y más productivas tierras. El que les guió por más

tiempo fué un hombre prestigioso llamado Huitziton, tal vez muerto

a mano airada en las riberas del lago de Patzcuaro. Los sacerdotes

dijeron al pueblo que Huitziton era Dios, siendo desde entonces

adorado bajo el nombre de Huitzilopochtli. Los huesos del nuevo Dios,

guardados en una cesta de junco, fueron conducidos en hombros de

cuatro ancianos. Los aztecas no emprendieron ningún negocio sin ser

consultado con el Dios, encargándose de la consulta los sacerdotes.

De esta manera vinieron a ser regidos por el sacerdocio. Recorrieron

diferentes lugares hasta que llegaron a Zumpango, cuyo señor se llamaba

Techpanecatl.

[199] Véase Pi y Margall, _Historia general de América_, tom.

I, volúmen I. págs. 64 y 65.

[200] Recuérdese lo que en este mismo capítulo se dijo del

viaje de los toltecas.

De tal modo quedó prendado Techpanecatl de sus huéspedes, que les pidió

mujer para su hijo Ilhuicatl, les dió una de sus hijas para que casara

con un azteca y les facilitó toda clase de auxilios. Tan grande fué su

amistad que consintió en que se llevasen a su hijo Ilhuicatl cuando

acordaron continuar el viaje.

Ilhuicatl tuvo un hijo llamado Huitzilihuitl, a quien se considera como

el primer rey de los mexicanos. Persiguió la desgracia después y por

algún tiempo a los aztecas, hasta que llegaron a Chapultepec, donde se

repusieron de sus quebrantos. Luego, muerto Huitzilihuitl, se unieron

con unos pueblos vecinos o con otros; pero siempre como conquistadores

o señores del país. Se establecieron últimamente, la mayor parte, en

lo que es hoy la ciudad de México, y la menor parte, en Tlatelolco.

Creían los aztecas, por su dios Huitzilopochtli, que no debían poner

término a su viaje hasta que viesen sobre un nogal un águila devorando

una culebra. Los que, impacientes, no quisieron esperar que tal hecho

sucediese, ocuparon la pequeña isla de Tlatelolco; los que continuaron

su camino y creyeron haber visto la profecía divina, hicieron asiento

en México.

En seguida se dispusieron a tomar parte activa en las guerras de las

tribus vecinas, ayudando con extremado valor a Quinantzin, emperador

de los chichimecas. Por ello, con la benevolencia de Quinantzin,

se dedicaron a edificar, además de la ciudad de _Tlatelolco_, la

de _Tenochtitlan_ (por ser Tenuhczin o Tenuhc el caudillo de sus

fundadores), o _México_ (por llamarse mexicas los aztecas)[201].

Quinantzin dejó por sucesor en el Imperio a su hijo menor Techotlalazin

o Techotlala, excelente político. Procuró la fusión de chichimecas

y de toltecas, montó su palacio y su corte a la costumbre tolteca,

desplegó magnificencia y lujo extraordinarios, subordinó la nobleza

y dividió el Imperio en 75 provincias, al frente de las cuales puso

otros tantos gobernadores. Al mismo tiempo había 73 señoríos, que el

Emperador no suprimió, pues eran sólo de nombre. Los reyes vecinos,

unos se engrandecieron durante el largo imperio de Techotlalatzin,

y otros decayeron y aun vinieron a la ruina; en el primer caso, se

encuentran los de Azcapotzalco, y en el segundo, los de Colhuacan.

Techotlalatzin, hombre verdaderamente superior, en su afán de fusionar

más los pueblos, hubo de consentir en sus dominios la idolatría.

Sin embargo, no permitió que entrase en su palacio, ni que en los

templos se vertiera sangre humana. «Para mí--decía--no hay sino un

Dios que todas las mañanas saludo en el Sol que nace. Como no es

cuerpo, me parecen innecesarias las ofrendas. Ni puedo convencerme

de que, habiendo creado los animales, se complazca en verlos impía

y estérilmente sacrificados. Menos he de creer aún que le agrade el

holocausto del hombre, horror de la naturaleza.» Techotlalatzin no se

dejó arrastrar al vicio. Ni tuvo amores ilícitos, ni solicitó más de

una mujer, ni se entregó a los placeres de la mesa, ni al lujo de su

persona. Como monarca trató con el mismo cariño a sus subordinados

y procuró establecer la igualdad en los tributos. Exigió exacto

cumplimiento de las leyes y castigó severamente los delitos.

[201] Tenochtitlan se fundó, según Brasseur, en 1325: según

Veytia, en 1327, y según Torquemada, en 1341.

A Techotlalatzin sucedió en el imperio su hijo Ixtlilxochitl. De las

manos robustas del gran Emperador pasa el país a las menos fuertes de

su hijo.

A la sazón, los aztecas se hallaban encariñados con Tezozomoc, rey

de Azcapotzalco. Tezozomoc, con la ayuda de ellos, se decidió a

pelear con Ixtlilxochitl, pues éste se había atrevido a repudiar

una hija del mismo rey de Azcapotzalco. Además, el citado Emperador

era un libertino. Procuró Tezozomoc atraerse a todos los príncipes

que recibían algún agravio de Ixtlilxochitl. Cuando lo consiguió,

los convocó secretamente a una junta, exponiéndoles la necesidad de

recobrar la independencia--porque de otro modo no era posible--mediante

las armas. Obtuvo el general asentimiento de sus camaradas, buscando

desde entonces ocasión propicia para la rebelión. Noticioso de todo el

Emperador, se contentó con reconvenir a Tezozomoc.

Comenzó la lucha entre el rey de Azcapotzalco y otros contra

Ixtlilxochitl. La fortuna acompañó al Emperador en todas ocasiones,

llegando por último a la misma corte de Tezozomoc. Cuando la capital

iba a rendirse por hambre, presentáronse embajadores a Ixtlilxochitl,

pidiéndole la paz y ofreciéndole que Tezozomoc sería en adelante fiel

vasallo. El Emperador accedió a los ruegos del enemigo, y se obligó a

restituir lo que le había quitado en lucha tan larga. Poco después, el

rey de Azcapotzalco, ingrato a los beneficios recibidos, y olvidándose

de sus promesas, volvió a buscar el apoyo de los descontentos, y al

frente de poderosas fuerzas se dirigió contra el Emperador, quien hubo

de abandonar a Tezcuco, y algún tiempo más adelante, sólo con unos

pocos hombres, luchó como un león hasta que perdió la vida. Tezozomoc

se dispuso, en unión de sus aliados, a apoderarse del Imperio, sin

hacer caso de Netzahualcoyotl, hijo de Ixtlilxochitl, y joven de

unos diez y seis años. Convencido Tezozomoc de la impotencia de

Netzahualcoyotl, le permitió vivir en México y después en Tezcuco. En

los comienzos del año 1427 murió el rey de Azcapotzalco, dejando por

heredero, no a su primogénito Maxtla, pues hubo de decir: «No quiero en

el trono un carácter orgulloso y áspero.» Le sucedió Teyauhzin, su hijo

segundo.

Tiempo adelante, Netzahualcoyotl, poniéndose a la cabeza de muchos

y valerosos partidarios, peleó con constancia un día y otro día,

recuperó el trono de sus mayores y cayó sobre Azcapotzalco deseoso

de castigar a Maxtla, quien no sólo se había apoderado del trono,

sino que había dado muerte a su hermano Teyauhzin. Netzahualcoyotl

entregó la ciudad al saqueo, arrasó los templos y las principales

casas, mató a los habitantes sin respetar edad ni sexo, y habiendo

encontrado a Maxtla escondido en un baño, le hizo llevar a la plaza

pública, donde sufrió cruel muerte (junio de 1428). Sin darse punto

de reposo, tomó a Cuyoacan y Tlacopan, residencia de los fugitivos,

luego a Tenayocan, y dirigiéndose al Norte, llegó hasta Xaltocan,

de cuya ciudad también se hizo dueño (diciembre del citado año). Se

retiró a México a descansar de guerra tan desastrosa. Celebráronse

toda clase de fiestas y se sacrificaron muchos prisioneros en los

altares de Huitzilopochtli. Justo será consignar que Netzahualcoyotl

aborrecía los sacrificios de seres racionales, si bien no tuvo valor

para oponerse a la religión de sus aliados. Las creencias religiosas

de soberano tan ilustre estaban reducidas a adorar a un Dios creador

de todo el universo. En Tenochtitlan no levantó templos; pero sí un

palacio, un parque y obras de utilidad pública. A él se atribuyen las

albercas de Chapultepec y la elevada atarjea por donde corren las

aguas de la ciudad citada a México. En la primavera de 1429 volvió a

ponerse sobre las armas, ayudándole en esta empresa sus veteranos y los

Reyes y tropas de los aztecas. Se puso sobre Tezcuco que cayó bajo su

poder después de tenaz resistencia, y en seguida Xuexotla, Coatlichan,

Quauhtepec e Iztapalocan, no siguiendo adelante por el cansancio que

creyó notar en los aztecas. Retiróse a México y en el citado año

redujo la ciudad de Xochimilco, situada en la misma margen del lago.

Volvió a emprender nueva campaña en el año 1430, logrando la sumisión

de Cuitlahuac, de Acolman (hoy Oculma) y de otras ciudades. Había

conquistado Netzahualcoyotl la mayor y mejor parte del imperio de los

chichimecas, pudiendo ceñirse con orgullo la corona de sus mayores.

Entonces, cuando había llegado a la cima de la gloria, se hizo jurar

Emperador en Tenochtitlan (México); pero compartiendo generosamente el

imperio con Totoquiyauhtin, señor de Tlacopan, y con Itzcohuatl, Rey

del citado México. Se concibe que Netzahualcoyotl hubiese compartido

el poder con Itzcohuatl, a quien debía en gran parte la conquista de

Azcapotzalco y la sumisión de los rebeldes al Occidente de las lagunas;

mas, ¿qué debía a Totoquiyauhtin? Del siguiente modo lo explica el

historiador Veytia: «Entre las muchas concubinas que tenía el príncipe

Netzahualcoyotl, había una de singular hermosura, cuyo nombre no nos

dicen, sino sólo que era hija de Totoquiyauhtin, señor de Tlacopan,

que corrupta la voz por los españoles, llaman hoy Tacuba. Esta, pues,

juntaba al buen parecer la destreza y el artificio para hacerse amar

del Príncipe, cuyo afecto poseía en más alto grado que todas las otras,

y quien tenía ya en ella varios hijos. Su privanza, su alta nobleza

y su natural ambicioso, le hicieron concebir el deseo de exaltar

su casa... y logró hacer entrar al Príncipe en su proyecto, que se

reducía, no sólo a que no se despojase a su padre de los estados de

Tlacopan, sino a que se le aumentasen... y lo que es más, se le diese

en el gobierno del Imperio igual parte que al Rey de México, de suerte

que fuese éste un triunvirato de que dependiese el gobierno de todo el

Imperio»[202].

[202] Torquemada y Clavigero afirman que la hija del señor

de México se llamaba Matlatzihuatzin y era, no querida, sino

mujer legítima de Netzahualcoyotl.

Sin embargo de que Itzcohuatl, de México, por su edad y experiencia

se creía con derecho a ser el jefe del triunvirato o de la liga o

confederación azteca (conocida después con el nombre de Imperio de

Moctezuma o mexicano), Netzahualcoyotl procuró desarmarle con blandas

razones, y cuando se convenció que nada adelantaba con ello, le hizo

la guerra y le venció completamente. Determinóse la nueva constitución

política. Se deslindaron ante todo los límites de los citados tres

reinos. El asiento del Gobierno o la capital de la Confederación estaba

en México, población situada en el centro de uno de los lagos (Tezcuco)

del valle de México, lagos que rodean las elevadas y volcánicas cumbres

del Popocatepetl (montaña que arroja humo) y de Ixtaccihuatl (mujer

que duerme). La Confederación había de conocer de todos los asuntos

comunes a los tres reinos, y cada Rey confederado de los propios de sus

pueblos. En las guerras se hallaban obligados a ayudarse mutuamente,

repartiéndose el botín del siguiente modo: de cinco partes, dos serían

para el de México, dos para el de Tezcuco y una para el de Tlacopan.

Se dispuso, después de largas discusiones, el restablecimiento de los

feudos, acordándose restablecer hasta 30; 14 en el de Tezcuco, 9 en el

de México y 7 en el de Tlacopan. Debería exigirse a los nuevos señores

que prestaran homenaje a los tres Reyes y sirviesen, además, con tropas

en tiempo de guerra. Tanta importancia se dió a la declaración de

guerra, que no bastaba el acuerdo de los triunviros, sino la reunión

de los pro-hombres de las tres monarquías. Netzahualcoyotl, por su

parte, hermoseó la ciudad de Tezcuco con soberbios edificios, y para

sí hizo magnífico alcázar, que era la admiración de todos. Organizó la

administración y justicia, protegió las ciencias y artes y promulgó

numerosas leyes civiles, políticas, penales y militares. Ocupáronle

mucho las guerras, ya sólo, ya con los reyes de México y de Tlacopan.

Refieren los cronistas que en los ratos de ocio Netzahualcoyotl

escribía versos, conservándose todavía algunos de sus cantos. Sin

embargo del idealismo que se nota en sus poesías, acostumbraba a decir

lo siguiente: «Ya que son pasajeros los bienes del mundo, apresurémonos

a disfrutar del bien que pasa; anhelemos y busquemos los del Cielo,

sin menospreciar los de la Tierra.» Con harta frecuencia sus acciones

no estaban en relación con sus ideas. Si quemaba templos en odio a la

idolatría y aborrecía los sacrificios humanos, levantó otros templos

y consintió que se pusiera la piedra destinada a recibir las víctimas

consagradas a los dioses Tlaloc y Huitzilopochtli, pues de este modo,

según algunos, transigía con las preocupaciones de su pueblo.

Respecto al reino de México, a la muerte de Itzcohuatl, ocupó el

trono el general Moctezuma I, ya conocido por sus hechos militares. A

Moctezuma I sucedió Axayacatl.

Llegó también la última hora a Netzahualcoyotl, rey de Tezcuco, que

sólo dejó un hijo legítimo de corta edad. El día de su fallecimiento,

llamó a los presidentes de los cuatro consejos y les habló de este

modo: «Aquí tenéis a vuestro Rey y señor; aunque niño es cuerdo y

prudente, y hará que reinen entre vosotros la concordia y la justicia.

Si le obedecéis como leales vasallos, os conservará los señoríos y las

dignidades. Siento cercano mi fin. Cuando muera, en vez de tristes

lamentos, entonad cánticos de alegría, para que déis muestras de

gran corazón, y lejos de consideraros abatidos, crean las naciones

que sometí que el último de vosotros es capaz de mantenerlas bajo

el yugo.» Volviéndose al príncipe Acapioltz, uno de sus más fieles

amigos, añadió: «Acapioltz, sé desde este momento el padre de este

niño. Enséñale a vivir y procura que por tus consejos gobierne bien el

imperio. Sé su guía mientras no esté en edad de marchar por sí mismo.»

Era el año 1470.

Comenzó verdadera rivalidad entre Tezcuco y México. Axayacatl, rey

de México, se apoderó de extensos territorios a costa de los grandes

señores sus vecinos. En tanto, Netzahuilpilli se encargó del gobierno

de Tezcuco, dando señaladas muestras de prudencia. En seguida se

preparó a la guerra y se dirigió hacia el Oriente, volviendo cargado de

laureles. Mostró después que, como su padre, era aficionado al fausto y

a la magnificencia. Hizo construir un palacio de más bella arquitectura

que el del autor de sus días y dió a su corte un esplendor nunca visto.

No se durmió, sin embargo, en los brazos del deleite. Mientras que

por muerte de Axayacatl de México, ocupaba el trono su hermano Tizoc,

Netzahuilpilli reunió un ejército y marchó sobre Nauhtla, situada en

las playas del Golfo, al Nordeste de Tezcuco, logrando en poco tiempo

someter toda la provincia hasta la desembocadura del Pánuco.

A la sazón murió Tizoc, sucediéndole su hermano Ahuitzotl, hombre

enérgico, de duro corazón y aficionado a la guerra. Inmediatamente

que se encargó del gobierno, excitó a los otros dos Reyes a atrevidas

expediciones; unidos los tres dominaron el país de Tlappan, las dos

Mixtecas, el Tapotecapan, y avanzando al Sur, llegaron hasta Chiapas

y Xoconuchco. El imperio recobraba--según los citados hechos--sus

antiguos términos.

Netzahuilpilli no dejó las armas de la mano. Castigó la provincia de

Tizauhcoac, que se había rebelado contra el imperio y luego cayó sobre

Atlixco, a cuyo independiente señor le castigó con dureza. Lo mismo

hizo con el señor de Huexotzingo.

De un acontecimiento verdaderamente singular vamos a dar noticia.

Ahuitzotl de México iba a inaugurar el templo o templos que acababa de

terminar. Asistieron al acto los reyes de Tlacopan y de Tezcuco, como

también los grandes del imperio. Unos cuarenta templos, rodeados de

un alto muro, se consagraron a todos los dioses del Olimpo mexicano.

Cada templo tenía su colegio de sacerdotes, sus braseros donde debía

arder perpetuamente el fuego sagrado y su piedra para los sacrificios.

En estos cuarenta templos fueron sacrificados miles de prisioneros de

guerra durante los cuatro días de fiestas (1486).

A la muerte de Chimalpopoca, rey de Tlacopan, le sucedió

Totoquilinatzin, segundo de este nombre. Unidos los tres Reyes,

pelearon un día y otro día con las tribus vecinas, consiguiendo grandes

triunfos. Por su parte, Netzahuilpilli peleó después por su cuenta,

llevando aún más allá sus guerras y conquistas.

Por lo que respecta al gobierno interior de Netzahuilpilli, era severo,

severísimo en el cumplimiento de las leyes. Porque un día su hijo

primogénito Huexotzincatl se atrevió a requebrar, o, según algunos, a

tener relaciones con una de las favoritas imperiales, Netzahuilpilli,

respetando la sentencia de los jueces, le hizo condenar a muerte.

A muerte hizo condenar, por causas más pequeñas, a otros dos hijos

y a una hija. A una de sus esposas, cogida en adulterio, la hizo

estrangular en la plaza pública, y no solamente a ella, sino a sus

amantes y cómplices. En cambio, a él se deben reformas que enaltecen

su nombre. Los hijos de los esclavos que había en el imperio, seguían,

como en la vieja Europa, la condición de los padres. Netzahuilpilli

dispuso que en lo futuro gozasen de la libertad que les concedía

naturaleza. Regularizó los procedimientos judiciales, estableciendo

que los negocios más graves sólo pudiesen durar ochenta días. Castigó

severamente las faltas de los jueces. Era tan bueno para los pobres,

huérfanos, ancianos y enfermos, como duro para los criminales.

Cultivó la poesía, y pasaba mucho tiempo contemplando el curso de los

astros. En religión creía en un sólo Dios creador del Universo, mas

no se atrevió a negar los dioses de los aztecas. Como se acercasen

los tiempos de la llegada de los españoles al Anahuac, recordaremos

que poco antes, esto es, en los primeros meses del 1500, nació a

Netzahuilpilli un hijo, llamado Ixtlixochitl, que será uno de los

primeros amigos de Hernán Cortés y del cual predijeron los astrólogos

que, partidario de un pueblo extraño y enemigo del suyo, sería la ruina

de su patria. Los augurios eran cada vez mayores y más constantes al

paso que los españoles se aproximaban al golfo de México.

Sentábase en el trono de México a la sazón Moctezuma II, sucesor de

Alhuitzotl, é hijo de Axayacatl. No era Moctezuma II el mayor de sus

hermanos; pero había dado pruebas de valor y de arrojo. Siguiendo la

costumbre de sus antecesores, salió a campaña y venció. Generoso con

los hijos del pueblo, fué duro con los aristócratas. Debían hablarle

con la frente inclinada y los ojos bajos. Los súbditos habían de

postrarse cuando le veían en la calle. Era extraordinario el lujo de su

palacio, como era extraordinario el número de sus concubinas. Acerca

de la industria, se labraban los metales (oro, plata, plomo, latón,

estaño y cobre), y se hacían primorosos objetos de piedra, barro, hueso

y conchas de mar. Se trabajaba admirablemente la madera; se construían,

vidriaban y pintaban vasijas de exquisito gusto; se tejían finas

telas de algodón, y se curtían pieles y se las teñía de mil colores.

Calzadas y acueductos, palacios y casas particulares, todo era digno

de admiración y de alabanza. Moctezuma, con la eficaz ayuda de los

reyes de Tezcuco y Tlacopan, intentó acabar con la independencia de

Tlaxcala. La lucha fué tenaz, larga y sangrienta, resultando, al fin,

que los tres Reyes fueron vencidos y rotos sus ejércitos. Entonces se

resignaron a tener enclavada en el corazón del Imperio una república

libre e independiente. Refieren algunos autores que Moctezuma, con

la intención de quebrantar las fuerzas de Tezcuco, insistió tiempo

adelante con sus colegas a llevar de nuevo la guerra contra Tlaxcala.

Netzahualpilli fué el primero en reunir la flor de sus ejércitos que

mandó a la frontera bajo las órdenes de dos de sus hijos. Acudió

también Moctezuma; pero avisando secretamente a los tlaxcaltecas de

la marcha de los de Tezcuco y comprometiéndose a no tomar parte en la

contienda. En efecto, cayeron los tlaxcaltecas sobre los de Tezcuco,

derrotándolos completamente y matando a los hijos de Netzahualpilli.

Moctezuma presenció la matanza desde las faldas de Xacoltepetl. Lo

cierto es que, durante el reinado de Moctezuma, adquirió México no poca

preponderancia sobre Tezcuco. Debemos también referir que terrible

hambre afligió el imperio durante los años 1504 y 1505. Los tres Reyes

continuaron peleando con sus enemigos en los años sucesivos, llegando

por Chiapas y Guatemala, y no parando hasta los confines de la América

del Mediodía. Ganaron a Honduras por la fuerza y a Nicaragua por la

astucia. «No pudo ya el Imperio--escribe Pi y Margall--llevar más allá

sus armas. Sonó pronto para él la hora, no ya de conquistar, sino de

ser conquistado. Hace ya veinte años que los españoles pisan el suelo

de América, y en este momento acaban de descubrir la Florida. Están ya

en una de las extremidades del Anahuac los hombres barbudos y blancos,

de quienes dijo Quetzalcoatl que vendrían de Levante. No tardarán en

salir de Cuba para explorar el Occidente del golfo y penetrar por las

márgenes del Tabasco en tierra de México... Para colmo de mal, muere

a poco Netzahualpilli sin dejar elegido sucesor, y entra la discordia

en el palacio de los aculhuas. Ha llegado el imperio a la cumbre de la

grandeza, sólo para que fuese mayor su caída»[203].

[203] Vol. I, pág. 132.

Cuando los españoles llegaron a México, tendría de extensión el imperio

de _Moctezuma II_ como la tercera parte de la actual República. Debía

ocupar, además del distrito federal de México, los Estados de Veracruz,

Tabasco, Chiapas, Oajaca, Guerrero, Puebla y Querétaro. Dentro de la

citada superficie había ciudades y aun provincias independientes:

lo era Cholula, Huexotzingo, Tlaxcala, Acatapec, Acapulco y otras.

La población del imperio era bastante numerosa. Los demás reinos y

señoríos casi debían su independencia a complacencias del Emperador.

Murió por entonces el rey de Tezcuco, a cuya corona se creían con

derecho tres de sus hijos, llamados Coanacochtzin, Ixtlixochitl y

Cacamatzin. Aunque logró ser proclamado Cacamatzin, con la ayuda de

Moctezuma, al fin se vino a un acuerdo, dividiéndose el reino en tres

partes y quedando para Cacamatzin y Coanacochtzin las provincias del

Mediodía y para Ixtlixochitl las del Norte. Cacamatzin conservó el

título, nada más que el título. Moctezuma era el verdadero dueño del

país, y en el Anahuac, a la llegada de los españoles, sólo sonaba el

Emperador de México.

Habremos de repetir--si de religión se trata--que el _Sol_, la

_Luna_ y las _estrellas_ fueron adorados por los habitantes del

Anahuac, a quienes les levantaron templos. Además eran adorados otros

muchos dioses. Se decía que todos eran descendientes de Citlatonac

y Citlalycue. Quetzalcoatl, Huitzilopochtli y otros formaban el

Olimpo azteca. La religión del Imperio era, no sólo bárbara en los

sacrificios, sino en la manera de presentar a sus dioses. Pintábase

a los dioses de diferentes colores y se les cubría de joyas y

adornos, no faltando las plumas de papagayo; resultaban verdaderos

monstruos. No pocos dioses velaban por la agricultura. La fiesta que

se celebraba el primer día del cuarto mes del año estaba consagrada a

_Tzinteotl_, el dios de los maizares, y a _Chicomecoatl_, la diosa de

los mantenimientos. También hacían fiestas a los hermanos _Tlaloc_,

los dioses de las lluvias; a _Quetzalcoatl_, el dios de los vientos;

a _Xiuhtecutli_, el dios del fuego; a _Izquitecatl_ y sus compañeros,

los dioses del vino, y _Macuilxochitl_, el dios de las flores. Aunque

los mexicanos gustaban de la vida sedentaria, su ocupación principal

no era la agricultura, sino la guerra. Como otros pueblos americanos,

no tenían ejércitos permanentes. Desde la niñez se les educaba para

la guerra, y guerreros eran todos los hombres hábiles de la tribu.

Entre los jefes había categorías y grados, pues podían ser modestos

jefes de clan o linaje, o jefes distinguidos de las cuatro secciones

(_calpulli_) en que estaba dividido México. Sobre todos estos jefes

estaba el _tlacalecuhli_ o _jefe de hombres_, llamado Emperador o

Rey por los cronistas españoles. Su autoridad estaba limitada por

el _Consejo Supremo_ (Tlacopan) y por el _jefe civil_ superior

(_Cihuacohuautl_), que con él alternaba en el mando. El cargo era

electivo dentro de determinado clan o linaje y vitalicio; además

ejercía el poder supremo sacerdotal. Podía ser relevado del cargo.

Tanto el tlacalecuhli como el cihuacohuatl, podían llevar aquellas

«calaveras de plumería con sus penachos verdes y rodelas de lo mismo» y

aquellas «ajorcas y pulseras de oro y plumas en la nariz, los brazos y

los tobillos», de que nos dan idea los relieves de la llamada _Cruz de

Palenque_.

Hacíase la guerra con cualquier pretexto, casi siempre _para adquirir

subsistencias_ y, a veces, para _conseguir víctimas humanas_ y

satisfacer las exigencias del culto. Las armas se guardaban en

almacenes públicos (_tlacochalco_), próximos al templo principal

(_teo-calli_), y pertenecían a la comunidad, repartiéndose cuando

lo ordenaba el Consejo. Por el Consejo se decidían las campañas y

se proclamaba la declaración de guerra en los _teo-callis_ al son

del tañido de grandes atambores. Repartíanse armas y provisiones,

dirigiéndose hacia el territorio enemigo lanzando gritos de guerra.

Si los enemigos eran derrotados, los mexicanos entraban a sangre y

fuego en sus aldeas, hasta que aquéllos pedían la paz y pagaban un

tributo. Consistían los tributos, generalmente, en _maíz_; también eran

a veces objetos de alfarería, tejidos, esclavos, mujeres, etc. En los

comienzos del siglo XVI, el pueblo de México estaba dividido en cuatro

barrios o partes, en los que vivían los individuos de cada clase,

linaje o grupo de parientes (_calpulli_), con derecho de usufructo del

territorio que ocupaban (_calpullalli_). Los calpullallis se hallaban

divididos en parcelas cultivables (_tlalmilli_), que se repartían por

las autoridades del clan o _calpulli_ a los jefes de familia del mismo

(_patriarcado_), para que los cultivasen en beneficio de los suyos.

Si dejaban de cultivarlos dos años seguidos, o si la familia que lo

usufructuaba moría o salía del _calpulli_, se daba la parcela a otra

familia del linaje. Cuando moría el jefe de la familia, heredaba la

parcela el mayor de sus hijos, y a falta de éste el hermano que le

seguía en edad o los tíos del muerto. El mayorazgo estaba obligado

a cultivar la parcela heredada y sostener a sus hermanos y hermanas

hasta que contraían matrimonio, obteniendo a su vez los varones otra

porción de tierra cultivable. Si alguno de los hijos estaba inválido,

el _calpulli_ cuidaba de su subsistencia, y si alguna de las hijas

permanecía soltera a causa de su vocación religiosa, era mantenida por

el templo. Es de advertir que la sociedad mexicana fué una especie

de democracia militar. Los _calpullis_ o los veinte linajes formaban

cuatro _fratrias_ y las cuatro fratrias la _tribu_, cuyo gobierno

supremo residía en el _Consejo Tribal_ (_tlatocan_), compuesto de

varios individuos, uno por cada _calpulli_. Reuníase este Consejo--el

cual tenía facultades absolutas--cada diez días, o antes en casos

extraordinarios. De cuando en cuando se reunía el Consejo en sesión

magna y pública (juntas tribales extraordinarias), concurriendo a

ella los veinte _hermanos mayores de los calpulli_, los jerarcas

sacerdotales, los capitanes de las fratrias, etc.; en estas juntas

podía pedirse la reforma o derogación de anteriores disposiciones del

Consejo Tribal.

Existió la esclavitud entre los mexicanos, aunque en estado

rudimentario. Eran esclavos los que dejaban dos años sin cultivar

la parcela de tierra que les había sido asignada, como también los

arrojados de los _calpullis_ por su mala conducta. Si el esclavo

persistía en su poco amor al trabajo o no enmendaba su conducta, era

castigado con penas infamantes. Si continuaba lo mismo, a pesar del

castigo, era entregado a los sacerdotes para los sacrificios.

La _familia_ azteca tenía su fundamento en el patriarcado. Los

_calpullis_ observaban la ley de exogamia. La mujer, aunque estaba

considerada como propiedad individual y exclusiva del marido, era

tenida en más estima. El _calpulli_ arreglaba los matrimonios y

castigaba severamente a los adúlteros, quienes se convertían en

esclavos. Como las leyes sociales del _calpulli_ disponían el

matrimonio de todos sus individuos, los que se negaban a cumplirlas,

salvo votos religiosos, tenían la misma pena que los adúlteros. Esto

no impidió impedir el concubinato, ni modificar en las tribus aztecas

los repugnantes vicios contra natura[204]. Por lo que respecta al

comercio--del cual se tratará más extensamente en el capítulo décimo

cuarto--haremos notar que en las poblaciones principales los mercados

se celebraban cada cinco días, siendo muy activo el tráfico de granos,

cacao, alimentos, bebidas, vestidos, armas, alfarerías y demás objetos

necesarios para la vida material y para el adorno del indígena. No se

usaban en los mercados pesas ni medidas. Consistían las transacciones

en permutas y en compras, haciendo el papel de moneda los _zontlis_ y

_xiquipiles_ de cacao, los cañutillos de ansarones llenos de granitos

de oro y los pedacitos de estaño o cobre en forma de T[205]. También,

de cuando en cuando, había ferias.

[204] Bernal Díaz del Castillo, _Conq. Nueva Esp._, cap.

CCVIII, pág. 309.

[205] Véase Bernal Díaz del Castillo, ob. cit. pág. 89.

Cuando penetraron los españoles en el país, encontraron la agricultura

y otras industrias muy adelantadas. Producía la tierra toda clase de

legumbres. No dejó de llamar la atención la inteligencia que mostraban

en acueductos, canales, acequias, etc. De muy lejos, y por sitios

escabrosos, se traían a veces las aguas. Se talaban los bosques y se

allanaba la tierra. Para el fomento de la agricultura no se perdonaba

medio. En general, los cultivos más estimados eran el maíz, el maguey,

el cacao, el plátano, la vainilla, el algodón. Con mucho esmero se

cultivaban las flores, pues de ellas eran aficionados los mexicanos.

Por lo que respecta al calendario mejicano, se consideraba el año de

trescientos sesenta y cinco días, dividido en diez y ocho meses de

veinte días cada mes, y los cinco días restantes se añadían al fin del

año para igualar el curso del Sol. En estos cinco días se daban todos

los mejicanos a la ociosidad, como preparándose a entrar en las tareas

del año siguiente. Las semanas tenían trece días y los siglos cuatro

semanas de años.

Los puentes eran de diferentes clases. Consistía una clase en levantar

fronteros dos pilares: uno en cada orilla. De pilar a pilar se ataba

gruesa cuerda de cuero, de la cual pendía un aro del que se colgaba un

banasto. De este banasto caían dos cuerdas que se ataban por sus cabos

a las dos riberas. Metíase en el banasto el hombre o bestia que había

de pasar el río y se le llevaba de una orilla a la otra tirando de la

respectiva cuerda. También se hacían puentes de paja, enea y juncia.

Del mismo modo los mejicanos construían puentes de madera. Así eran

todos los de la capital, que, como sabemos, ocupaba el centro de un

lago. A la ciudad se llegaba por cuatro calzadas, las cuales estaban

defendidas por torres y fosos cubiertos de vigas. Por puentes de vigas

construídos de trecho en trecho se comunicaban también las casas de las

dos aceras. Estos puentes, levadizos todos, tenían vigas grandes y bien

labradas, y era tanta la anchura de ellos que podían pasar de frente

diez caballos. Creemos que de cantería no los hubo en México; pero

cerca de Palenque y en el Perú se encuentran algunos. Caminos había en

México, en el Perú y aun en los pueblos salvajes.

Tampoco faltaban acueductos en diferentes puntos, especialmente en el

país de los aztecas; la mayor parte de las calles de México estaban

surcadas de canales, sobre los cuales, a trechos, había puentes de

madera. Procedía el agua de Chapultepec. Acequias para el riego de los

campos se encontraban en la mayor parte de los pueblos de América.

Si estudiamos la _escritura_, no sería aventurado decir que los aztecas

no pasaron del sistema de escritura _jeroglífica_; los mayas, quichés y

cakchiquels, en sus pictografías simbólicas se aproximaron al sistema

de escritura _fonética_. Unas y otras pictografías, lo mismo las

nahuatl que las mayas-quichés, eran de colores brillantes y se hacían

en pieles preparadas para ello, en telas de algodón, en fibras de áloe

y en las columnas, muros, etc. Es de sentir que el tiempo, las guerras,

y muy especialmente la ignorancia del clero de pasados siglos, hayan

destruído casi todos los ejemplares pictográficos.

De las creencias religioso-mágicas de los _uto-aztecas_ y _mayas_,

nada añadiremos a lo que hemos dicho sobre la materia al estudiar

otras tribus aborígenes. Hombres superiores (Quetzatcoatl, entre los

aztecas, y Votan, entre los mayas), no consiguieron moderar la crueldad

de aquellos sacerdotes y de aquellas muchedumbres que sacrificaban

tantas víctimas en las aras de sus divinidades guerreras. Y ya que

de la religión nos ocupamos, deberemos consignar que los sacerdotes

se sobrepusieron en México a los guerreros, logrando adquirir tal

influencia, que una especie de anatema pareció caer sobre los aztecas

y mayas. El vulgo, alentado a veces por el sacerdocio, era crédulo

y supersticioso. Sacaban presagios del aullido de las fieras, del

canto de la lechuza, del repentino encuentro de una raposa o de una

sabandija. Con mucho acierto escribe Pi y Margall lo que a continuación

copiamos: «¿Se deberá por esto considerar escasa la cultura del

Imperio? Conviene recordar que durante los siglos XV y XVI no privaban

menos en Europa que en América los agoreros y los astrólogos. Importa

poco que los adivinos de aquí pretendiesen leer lo futuro en el

firmamento, y los de allí en meros signos del calendario: tan mudos

estaban los cielos como los signos, y tan injustificados eran, por

consiguiente, unos como otros pronósticos»[206].

[206] _Hist. general de América_, vol. I, pág. 167.

Sería injusto negar que la civilización del Imperio mexicano tenía un

carácter de originalidad que la distinguía de todas. Era una mezcla de

cultura y barbarie, de pequeñez y grandeza, de fiereza y dulzura de

sentimientos. Hernán Cortés se fijó, principalmente, en que aquellos

indios se comían a los prisioneros; eran caníbales. Sólo por esta

costumbre habían de parecer bárbaros a los ojos de los europeos.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 44 / 152 题