AMÉRICA CENTRAL: PRIMEROS HABITANTES DEL PAÍS.--LOS MAYAS.--LOS
QUICHÉS Y CAKCHIQUELES.--FUNDACIÓN DE LA MONARQUÍA QUICHÉ.--LUCHA
ENTRE LOS QUICHÉS Y CAKCHIQUELES: BATALLA DE QUANHTEMALAN.--LUCHA
ENTRE LOS CAKCHIQUELES Y OTROS PUEBLOS VECINOS.--ESTADO INTERIOR
DE GUATEMALA Y RELACIONES EXTERIORES.--PEDRO DE ALVARADO EN
EL PAÍS.--NOTICIA DEL SALVADOR, HONDURAS, NICARAGUA Y COSTA
RICA.--ESTADO SOCIAL DE LOS QUICHÉS.--CULTURA DE LOS HABITANTES
DE HONDURAS, NICARAGUA, PANAMÁ Y COSTA RICA.--LAS ANTILLAS, EN
PARTICULAR HAYTÍ Y CUBA: ARTES E INDUSTRIAS.
[Ilustración: Tipos mayas (actuales).]
Antes de reseñar algunos hechos de las tribus que vivían en la América
Central y muy especialmente en el territorio de la actual Guatemala,
diremos que la familia de los mayas se dividía en mayas propiamente
dichos y en mayas-quichés. Según antiguas tradiciones, llegó a las
costas de Tabasco (México) donde hubo de desembarcar, un personaje
llamado _Votan_, quien fundó una ciudad denominada Nacham (ruinas
de Palenque), población luego muy importante y hoy departamento del
Estado de Chiapas (México). Cuando Votan efectuó su desembarco, el
territorio estaba poblado de tribus salvajes. Numerosas fueron las
tribus que habitaron desde el Istmo de Panamá hasta las orillas del río
Colombia en el Estado de Oregón (Estados Unidos), y desde las costas
del Océano Pacífico hasta el golfo de México. Han venido a mostrar
modernas investigaciones que así como los mayas ocupaban gran parte de
los actuales estados del Yucatán, Campeche y algo del de Chiapas, los
quichés y cakchiqueles se extendieron por el país donde al presente
se hallan las Repúblicas de Guatemala, Salvador, Honduras, Nicaragua,
Panamá y Costa Rica. Unas y otras tribus alcanzaron alguna cultura.
Eran los mayas de color cobrizo, cráneo achatado, baja estatura y muy
fuertes. Vivían principalmente de sus cosechas de maíz; también de la
miel y de la cera de sus abejas. Gozaban fama de hábiles tejedores
y teñían admirablemente lo mismo sus vestiduras de algodón que sus
preciosas plamas. Refieren antiguos cronistas que con sus canoas
llegaron a la isla de Cuba y mantuvieron continuo tráfico con las
tribus meridionales de las costas del golfo. Cultivaban el cacao, el
maguey o aloe, el algodón, la pimienta, las judías y varios árboles
frutales.
Los quichés, según _Popal-Vuch_[183], procedían de un lugar que se
llamaba Tulan-Zuiva. De este lugar, que tenía siete grutas o cuevas,
añade Sahagún, se extendieron por varios puntos, antes que los toltecas
y los pueblos que les acompañaban llegasen a Tulanzingo[184]. Es
de sospechar que los quichés eran uno de los pueblos citados y que
entraron en tierra de Guatemala antes de la fundación de Tula. Entre la
fundación de dicha ciudad y su destrucción tuvieron tiempo de realizar
los hechos que el Popal-Vuch les atribuye.
[183] Véase el Prólogo de este tomo.
[184] _Historia Universal de las cosas de Nueva-España_,
Prólogo y lib. X, cap. XXIII, párrafo 11.
El fundador de la monarquía de los quichés debió ser Balan Quitzé,
al cual sucedió en el trono su hijo Qocabib. El tercer rey se llamó
Balan-Conaché, el cuarto, Cotuha Zttayub, y el quinto, Gucumatz-Cotuha.
En tiempo de Gucumatz estallaron graves discordias entre las
principales familias que tenían asiento en el territorio. El sexto
monarca debió ser Tepepal y el séptimo Caquicab.
Entre los quichés y los cakchiqueles se originó tiempo adelante guerra
sangrienta. En ella llevaron la mejor parte los cakchiqueles, pues lo
mismo el pueblo que los Reyes eran arrojados y belicosos. La batalla
de _Quanhtemalan_ fué timbre de gloria para los cakchiqueles. «Desde
que la aurora--dice el cronista cakchiquel--comenzó a aparecer en el
horizonte y a iluminar las cumbres de las montañas, empezaron a oirse
los gritos de guerra; las banderas se desplegaron, resonaron los
tambores y caracoles, y en medio de este confuso estruendo, se vió
descender a los quichés, cuyas largas filas se movían con asombrosa
velocidad, bajando en todas direcciones de la montaña.» Llegaron a la
orilla del río que corría cerca de la ciudad, y ocuparon algunas casas
y se formaron en batalla, bajo el mando de los reyes Tepepul e Ixtayul.
«El encuentro--añade el mencionado cronista--fué terrible y espantoso.
Los gritos de guerra y el ruido de los instrumentos bélicos aturdían a
los combatientes, y los héroes de uno y otro ejército _hacían uso de
todos sus encantos_.» Fácilmente fueron vencidos los quichés, hasta
el punto que unos huyeron y otros murieron en el campo de batalla.
Entre los primeros se hallaban los reyes Tepepul e Iztayul y muchos
más, que fueron pasados al filo de la espada. «Tales fueron--así
termina el cronista--los hechos heróicos con que los reyes Oxlahuhtzi y
Cablahuh-Tihax, como también Roimox y Rokelbatzin hicieron para siempre
famosa la montaña de Iximché.»
Desde la batalla de Quanhtemalan el poder de los quichés pasó a los
cakchiqueles, quienes orgullosos con su victoria, aspiraron a dominar
todo el territorio. Alarmados entonces los Estados vecinos, formaron
una liga para defender su independencia; mas fueron también vencidos
por los soberanos cakchiqueles. «Tal era la situación de estos países
en los últimos años del siglo XV y cuando ya Cristóbal Colón había
abordado a las playas del Nuevo Mundo»[185].
[185] Milla, _Hist. de la América Central_, tom. I, pág. XXII.
En el interior del reino estalló, año de 1497, una insurrección. A
la cabeza de los tukuchés, de la misma familia de los cakchiqueles,
se puso Cay-Hunahpú, príncipe tan rico como ambicioso, quien se
propuso arrojar del trono a Oxlahuhtzi y Cablahuh-Tihax. Dióse un
combate, siendo vencidos los tukuchés, y Cay-Hunahpú pagó con la vida
sus instintos revolucionarios. Sin embargo, el fraccionamiento del
reino fué mayor cada día y la tribu de los zacatepequez consiguió
nombrar Rey a uno de los suyos, estableciendo la capital del reino en
Yampuk. Trece años después, esto es, el 1510, murió el rey cakchiquel
Oxlahuhtzi, y el 1511 el príncipe Cablahuh-Tihax, que gobernaba con
aquél; sucediéronles sus hijos Hunig y Lahuh-Noh. En el primer año
del reinado de éstos, vino numerosa embajada mejicana que mandó,
según unos autores, Moctezuma, y según otros, Ahuizotl, octavo rey de
México. Visitaron los embajadores a los reyes quichés, cakchiqueles y
algún otro; pero volvieron a su país sin haber adelantado nada. Es de
advertir que en el año 1512 Colón había realizado sus cuatro viajes,
la Isla Española estaba sometida, Puerto Rico y Cuba conquistadas, el
Golfo de Honduras y otras tierras exploradas por Yáñez Pinzón y Díaz
de Solís, Cartagena y países más lejanos habían sido reconocidos por
Ojeda, Enciso, Núñez de Balboa y otros expedicionarios. ¿La embajada
de Moctezuma tuvo por objeto la celebración de tratados para oponerse
a los españoles? No lo sabemos, aunque es posible. Discuten también
los historiadores modernos Fuentes, Juarros y Milla, si el reino de
Guatemala estuvo sujeto alguna vez al imperio mejicano. Niéganlo con
razones más o menos poderosas.
Sin detenernos en asunto tan poco interesante, haremos notar que,
sin embargo de noticias o presentimientos acerca de llegada de los
españoles, quichés y cakchiqueles volvieron a pelear entre sí en el año
1513. Aunque la guerra fué favorable como antes a los cakchiqueles,
la naturaleza les castigaba mandándoles toda clase de calamidades:
langostas, incendios y pestes, de la que murieron Hunig y Lahuh-Noh,
sucediéndoles Belché-Qat y Cahí-Imox, quienes, al saber que los
extranjeros se habían apoderado de México, les pidieron auxilio, según
una carta de Cortés a Carlos V, fecha en México el 15 de Octubre de
1524[186]. Continuó la guerra civil en la América Central hasta que
llegó Pedro de Alvarado.
[186] Véase Milla, Ob. cit. tomo I. pág. XXIX, nota.
Respecto a los primeros pobladores establecidos en lo restante de la
América Central sólo hay vagas noticias y a veces contradictorias. Lo
mismo decimos de los habitantes de las islas de Haití, Puerto Rico,
Cuba, Jamaica, Lucayas y otras. Además de los mayas de Guatemala, el
país que al presente es la República del Salvador, estaba poblado
por los _chontales_ y por los _pipiles_, siendo su ciudad principal
Cuscatlán. Estuvo el Salvador unido a Guatemala durante los siglos
XVI, XVII y XVIII. Honduras estuvo habitada por los _chortises_,
pertenecientes a la familia de los mayas, y por los _lencas_
(chontales). Cuando los nicaraguatecas fueron conquistados por los
españoles se hallaban divididos en cuatro grupos principales: los
_niquiranos_, que habitaban desde el golfo de Fonseca al de Nicoya;
los _chorotegas_, que vivían al Sur del lago de Managua y al Noroeste
del de Nicaragua; los _chontales_, que ocupaban las vertientes de la
cordillera central y se corrían a Honduras; y los _caribisis_, tal vez
aborígenes de aquella parte de América, bajaban desde el pie de la
citada cordillera hasta las playas del Atlántico. Fieros los indios
_chorotegas_, _cotos_ y _güetares_ de Costa Rica, vivían en contínuas
guerras.
Pasamos a estudiar el estado social de las tribus que habitaban los
territorios de Guatemala y el Salvador, de Honduras, de Nicaragua,
Panamá, Costa Rica y Antillas, fijándonos particularmente en la de los
quichés.
Acerca de la creación del Universo, la doctrina del _Popal-Vuch_
de los quichés, tiene--según la opinión de algunos autores--mucha
analogía con la del _Génesis_ de los hebreos. También el _Tepan Atilan_
de los cakchiqueles conviene substancialmente con el Popal-Vuch.
Adoraban los quichés a sus dioses y celebraban solemnes festividades,
no sin sacrificar seres humanos, que eran regularmente esclavos,
hechos en la guerra. Los dioses tenían santuarios, santuarios que
estaban servidos por sacerdotes y sacrificadores. Dícese con algún
fundamento que existía la confesión entre los quichés. La monarquía
quiché era hereditaria y la corte estaba formada de las familias
reales. La justicia se hallaba administrada por jueces y tribunales
pertenecientes a la aristocracia. Las leyes eran severas para los
criminales contra el Rey y la República. Los que atentaban contra el
Monarca sufrían la muerte; y los plebeyos o nobles que se pasaban
al enemigo o descubrían los secretos de la guerra, eran condenados
a muerte, y sus mujeres e hijos reducidos a la esclavitud, pasando
también al fisco sus bienes. Al ladrón de objetos sagrados, si éstos
eran de valía, se le condenaba a muerte; si tenían poco valor, se le
hacía esclavo. Los delitos contra la propiedad se castigaban con multas
y devolución de lo robado; aun al ladrón de oficio no se le ahorcaba,
si algún deudo suyo satisfacía el importe de la condena. De los delitos
contra la honestidad, se castigaba con la muerte la violencia consumada
y la frustrada nada más que con la servidumbre. El simple estupro no
llevaba consigo pena aflictiva, como no reclamasen por la mujer sus
padres o hermanos, en cuyo caso se declaraba esclavo al delincuente
y alguna vez se le condenaba a muerte. No consideraban delito la
prostitución. La mujer casada, mediando justo motivo, podía abandonar
la casa conyugal, quedando disuelto el matrimonio. Mujer y marido
en este caso tenían derecho a contraer con quien quisieran segundo
matrimonio. Era costumbre, muerto el marido, que la viuda casara con el
cuñado o con el más próximo deudo del marido.
Después de ocuparse detenidamente Pi y Margall del idioma de los
quichés y del cual eran dialectos el cakchiquel y el tzutuhil,
de la literatura y en particular de un drama-baile de los que se
representaban en el patio de los templos o en la plaza pública, de la
arquitectura y de la numeración aritmética igual o parecida a la de los
mejicanos, escribe lo siguiente: «Algo más podría decir de los quichés;
pero muy aventuradamente. Harto a la ventura voy en mucho de lo que
escribo»[187].
[187] _Historia general de América_, tomo y cuaderno primeros,
pág. 257.
Fijándonos en Honduras o Cerquín, que linda con tierras de Yucatán y
Guatemala, sus habitantes distaban mucho de tener la civilización de
los quichés y yucatecas. Los hombres iban ordinariamente desnudos; en
la guerra a veces usaban _maxtles_ y mantas. Las mujeres llevaban unos
pañuelos que les cubrían pecho y espalda; también unas enaguas que les
llegaba al tobillo. No se ataban el cabello; siempre le tenían suelto y
tendido. Comían todo género de animales, hasta los más inmundos; bebían
aguamiel en gran cantidad. En todo manifestaban su barbarie y vivían
en continua guerra. Peleaban a veces cubiertos con pieles de león y de
tigre. Adoraban el _Sol_, la _Luna_ y las _Estrellas_; rendían culto a
muchos ídolos. Los sacrificios eran frecuentes, los ayunos muchos, y en
sus grandes fiestas bailaban, al mismo tiempo que referían cantando
sus triunfos y derrotas. Consultaban a sus sacerdotes, no sólo en
materias religiosas, sino en asuntos belicosos. Sabemos que en la época
de la conquista, entre sus ídolos, tenían en mucha estima al gran Dios
y la gran Madre, tal vez personificación del Sol y de la Luna. Creían
en agoreros, en adivinos y en magos. Estaban reducidos sus templos
a unas casillas largas y estrechas: sus ídolos tenían espantable
rostro. Eran muy lujuriosos. Aunque se casaban solamente con una mujer
legítima, tenían además mancebas. Apenas cuidaban de sus mujeres y
de sus hijos; no hacían caso alguno de los enfermos. Sus ocupaciones
principales eran la caza y la pesca. Cazaban cercando primero y
quemando después grandes extensiones de monte: mataban a palos las
despavoridas reses. Pescaban atajando con rama y tierra los arroyos
y poniendo en la salida, siempre pequeña, zarzos de caña. Estaban
atrasadísimos en la industria y más en las bellas artes. Removían la
tierra con altas pértigas armadas de un garfio: apoyaban el brazo en la
parte superior del palo y la planta en la parte de abajo a donde iba
el garfio. Fabricaban mantas de cuatro hilos. Hacían el comercio de
plumas. Entre las tribus o gentes que se hallaban establecidos en el
país prevalecían los _chontales_.
No dejaba de ser curiosa la vida de los habitantes de Honduras desde su
nacimiento hasta la muerte. Cuando las madres sentían los dolores del
parto, marchaban al campo y allí daban a luz. Al recién nacido se le
bañaba en el río más próximo y se le criaba con bollos de yuca. Antes
de cumplir el año les llevaban sus padres al templo, donde pasaban
una noche velados por sus parientes. De los sueños del que se dormía
sacaban el horóscopo. La única instrucción que recibían era la de las
armas. Los primogénitos, muertos sus padres, entraban de lleno en todo
el patrimonio; si eran señores, en el señorío. No partían en ningún
caso los bienes con sus hermanos. Cuando iban a casarse con mujer
legítima practicaban algunas ceremonias parecidas a las que se usaban
en México. Un anciano, llevando obsequios de mayor o menor valor, se
presentaba en la casa de la novia y la pedía. Si aceptaba la petición,
se celebraba un gran banquete y era recibida envuelta en una manta
de brillantes colores. Uno la conducía en hombros a casa del novio,
acompañada de deudos y amigos que cantaban y bailaban. De cuando en
cuando se paraba la comitiva y repetía sus cánticos y bailes. La novia
llevaba cubierto el rostro. Inmediatamente que llegaban a la casa
del novio, las amigas descubrían el rostro de la novia, y después de
bañarla en agua de flores, la encerraban en una habitación en tanto
que seguían las fiestas y diversiones. A los tres días pasaba a poder
del novio. Terminaba completamente el matrimonio luego que dormían
tres noches en la casa del novio y otras tres en la casa de la novia,
repitiéndose siempre la bulla y los banquetes. Como puede imaginarse,
semejantes bodas eran de la gente rica o noble; las de la plebe, si
pobres y humildes, venían a ser en el fondo lo mismo. Constituían los
casados--añade el citado historiador--hogar y tenían hacienda propia.
La hacienda a la verdad era bien pobre. Estaba generalmente reducida a
unas malas sementeras de maíz y unos cuadros de legumbres; a una azuela
para rozar y unos palos para arar la tierra; al metate en que molían el
grano, la artesa en que hacían el pan y las calabazas en que bebían;
a unos molinillos de mano y unas cestas forradas de cuero que servían
de cofres; a una cama de estera sobre cuatro estacas en que había por
almohada, ya un palo, ya una piedra. Con estos bienes y este ajuar
encontraron los españoles a los habitantes de aquella comarca[188].
[188] Ob. cit. pág. 281.
Las tintas negras del cuadro casi se convierten en blancas si
pasamos de Honduras a Nicaragua. En Nicaragua se veían reflejos de
la civilización mejicana. Se hablaba por muchos moradores de aquella
tierra la lengua nahuatl y se tenía noticia del tiempo. Se escribían
libros cuyas hojas eran tiras de cuero de venado, en los cuales se
pintaban las heredades, los caminos, los montes, los ríos, los bosques
y las costas, anotándose también los ritos, las ceremonias, las leyes,
los trastornos de la naturaleza, los cambios y mudanzas de los pueblos.
Usaban la tinta, ya negra, ya roja. Doblábanse los libros de igual
manera que entre los aztecas.
Había cierta semejanza lo mismo en los templos que en las creencias
religiosas de los nicaraguatecas y los mejicanos. Unos y otros creían
que los dioses gustaban de la sangre y del corazón de los prisioneros
de guerra, siendo de advertir que hasta los nombres de algunas
divinidades de Nicaragua eran mejicanos. Existían también semejanzas
entre los nicaraguatecas y los yucatecas. Ambos se sajaban el cuerpo
con cuchillos de pedernal y se echaban polvos de carbón en todo el
trayecto de la herida, teniendo para estas labores oficiales diestros y
entendidos. Unos y otros, al decir de Oviedo, usaban en la escritura,
no sólo de imágenes, sino de caracteres, y leían en sus libros como
nosotros en los nuestros.
No vaya a creerse por todo lo dicho que los nicaraguatecas carecían
de fisonomía especial, de propias instituciones y costumbres. La
cultura estaba reducida, si cultura puede llamarse, a la que tenían los
pueblos que habitaban entre el Pacífico y los lagos, esto es, a los
_niquiranos_ y _chorotegas_. Chontales y caribises no eran tan bárbaros
como los que poblaban a Honduras. Los chorotegas, que se dividían
en _nagrandanos_ y _dirianes_, y los niquiranos en _orotinatecas_
y _cholucatecas_, debieron tener cierto parentesco con las razas
pobladoras del Anahuac. Chorotegas y niquiranos iban vestidos, usando
hombres y mujeres pendientes en las orejas. Se distinguían por su
hermosura las mujeres de Nicoya. Diferenciábanse mucho físicamente
los hombres y las mujeres de Nicaragua. El hombre trabajaba en la
agricultura y en la industria, y era cazador y pescador; la mujer
vendía lo que el hombre ganaba. El hombre barría la casa y encendía
la lumbre; pero el comercio estaba reservado a la mujer. Guardaba el
hombre pocas consideraciones a su compañera; no le permitía ir al
templo, ni asistir a ningún acto religioso. Con harta frecuencia la
despreciaba y envilecía. Conducta semejante debió influir para que
la mujer se prostituyese, siendo considerable el número de rameras,
las cuales vendían sus gracias por diez almendras de cacao. Había
burdeles públicos y al lado de las rameras no faltaban los rufianes.
La poligamia se practicaba por los señores y por todos los ricos; la
monogamia existía para los pobres. La sodomía estaba tolerada por los
Gobiernos.
Respecto al carácter de los Gobiernos, unos pueblos estaban regidos
monárquicamente o por señores o caciques; otros democráticamente o por
consejos de ancianos. Los primeros eran hereditarios, y los segundos
electivos. Donde gobernaban señores, había Asambleas (_monexicos_),
que deliberaban sobre todos los asuntos árduos del país. Estos árduos
asuntos, lo mismo en las monarquías que en las repúblicas, fueron
las guerras. Preparaba y dirigía la guerra un general que gozaba de
extraordinarias facultades, imponiéndose a veces a los caciques, a los
monexicos y a los consejos de ancianos. Pero el poder de los caciques
era en todo tiempo absoluto, y más que absoluto, tirano.
Si de las bellas artes se trata, cabe suponer que la arquitectura no
careció de belleza. Algunas industrias, como el tejido de algodón y
la loza, estuvieron muy adelantadas. El comercio, tanto interior como
exterior, tuvo tanta o más importancia que la industria. En las plazas
tenían sus mercados, sirviéndoles el cacao de moneda.
Consideremos la religión entre los nicaraguatecas. Parece ser que
hacían derivar todos los seres de _Tamagastad_ y de _Cipattoval_, varón
el primero y hembra la segunda, que habitaban en el Cielo. A ellos se
les invocaba en caso de guerra y en ellos tenían los nicaraguatecas
toda su confianza. Habían otros muchos dioses: _Quiateot_ era el Dios
de la lluvia, y _Mixcoa_ el de los mercaderes. Tenían igualmente dioses
para el amor, para la caza y la pesca, etc. Creía el nicaraguateco
que el bueno en la tierra, a su muerte, subía al cielo, y el malo,
por el contrario, descendía a un lugar profundo; el primero era
recibido por los dioses Tamagastad y Cipattoval, el segundo por
el dios _Miqtanteot_. Entre los nicaraguatecas existía también la
confesión y el confesor era un viejo célibe; los pecados consistían
en haber hablado mal de los dioses o en haber quebrantado las fiestas
religiosas. La penitencia consistía en deponer en los altares de los
dioses ofrendas, barrer o llevar leña al templo y otras de la misma
clase. Para todos los dioses había templos y oratorios, y en honor de
ellos celebraban los nicaraguatecos alegres y brillantes fiestas, como
también ofrecían sacrificios humanos, cuya carne comían sacerdotes y
caciques. Acerca del diluvio tenían ideas determinadas. Creían que todo
ser viviente había perecido. Después vinieron a la tierra Tamagastad y
Cipattoval y crearon todos los animales: hombres, pájaros y reptiles.
Nada quedó de las primitivas razas. El castigo fué terrible; pero
merecido. La humanidad, viciosa, pecadora y corrompida, había incurrido
en la ira de los dioses.
Manifestaban singular atraso en algunas cosas. Apenas nacían sus
hijos, los padres deformaban la cabeza deprimiéndoles el hueso coronal
y abollándoles los parietales. La potestad de los padres sobre los
hijos era casi absoluta, pues, en caso de necesidad, hasta podían
venderlos como esclavos. Habremos de recordar el siguiente hecho: era
costumbre que la mujer durmiese la primera noche de su casamiento con
el sacerdote mayor. Por cierto, que con dicho sacerdote mayor confesaba
sus pecados, los cuales él sólo podía perdonarlos.
Del siguiente modo describe y diseña Oviedo la morada del cacique de
Tecoatega, a quien visitó en Enero de 1528. Así podremos conocer la
vida de aquel cacique y de aquel pueblo. Dice el laborioso escritor en
su _Historia General y Natural de las Indias_, que vivía el gran señor
de Tecoaga en una gran plaza cuadrilonga rodeada de frondosos árboles.
Allí tenía casa, donde moraban sus mujeres y sus hijos; pórtico, donde
él pasaba las horas más calurosas del día acompañado de sus fieles
capitanes; lugar destinado a la fabricación del pan y hasta cementerio
para su familia. Allí, como señal de su poder y bravura, tenía puestas
en altas cañas las cabezas de los ciervos muertos por su mano. El
cacique estaba recostado de día en una cama a tres pies del suelo, alta
la cabeza, casi desnudas o mal cubiertas las carnes por una manta de
blanco algodón; sus capitanes se hallaban también sobre esteras que
cubrían el pavimento. Si llamaba el señor, se levantaba uno o varios
de los capitanes y ejecutaban las órdenes de aquél recibidas. Do noche
dichos jefes velaban el sueño del cacique y guardaban la plaza.
Las casas eran grandes chozas terminadas en ángulo agudo, de cuyo
vértice bajaba el tejado hasta casi dar con los aleros en el suelo;
los pórticos consistían en tinglados sostenidos por troncos de árboles
y cubiertos con ramas, y las camas se componían de zarzos de gruesas
cañas, por colchón esteras y por almohada banquillos de madera. El
bambú, el bejuco, la madera y la paja, constituían los materiales de
esos edificios.
Vagas y de segunda mano son las noticias que tenemos de los pueblos
que hoy constituyen las Repúblicas de Panamá y de Costa Rica. Dice
Torquemada que no había idólatras en los citados pueblos. Adoraban a
un solo Dios o _Chicuhna_, que moraba en el cielo. Chicuhna significa
principio de todas las cosas. A dicho Dios dirigían sus plegarias y
hacían sus sacrificios. Los europeos, cuando llegaron al país, no
encontraron imágenes de Chicuhna ni de otros dioses. Herrera, por el
contrario, sostiene que en Panamá rendían culto a una divinidad que
llamaban _Tabira_, y cuya imagen estaba hecha de oro. Algunos, no
todos, creían en la vida futura, y por esta razón enterraban con el
cadáver todo aquello que había sido más de su agrado durante la vida.
Los habitantes de Panamá, añade Herrera, tenían mucho parecido a los de
las islas de Santo Domingo y Cuba. Distinguíanse, en particular, como
pintores y entalladores.
Por último, afirma Torquemada que del Darién a Nicaragua sólo existía
el gobierno monárquico, y al Rey heredaba el hermano, y a falta de
hermanos sucedían los sobrinos. Los sobrinos debían de ser, no por
línea de varón, sino de hembra.
Pasando ya a otro asunto, habremos de notar que desde Panamá hasta
México, incluyendo también las islas de Santo Domingo y Cuba, se
parecían los habitantes en usos y costumbres; también tenían cierto
parecido o semejanza sus instituciones políticas y administrativas.
Nada nuevo añadiremos al decir que las numerosas tribus que ocupaban
la mayor parte de las islas de Haití o Santo Domingo (Isla Española),
Cuba, Puerto Rico, Jamáica, las islas Lucayas y otras, diferían mucho
de los caribes, lo mismo física que moralmente. Si físicamente eran
de buena talla, de color más claro, de hermosas facciones, esbeltos
y bien formados, bajo el punto de vista moral se distinguían por su
dulzura, candidez y generosos sentimientos. Aunque se conoce poco de
la vida social de los habitantes de aquellas islas, se sabe que hasta
la veneración llevaban el respeto a sus caciques. Sobresalieron en
la industria agrícola, labraban la madera y trabajaban hábilmente el
barro. Hacían joyas de oro, estátuas, etc. Estaban muy atrasados en
las ciencias. Creían en la otra vida; adoraban el _Sol_, la _Luna_
y otros dioses. Se permitía la poligamia y el repudio. No eran más
humanos con los enfermos que los patagones y los tapuyas. Tenían tanto
miedo a los caribes, que, cuando se les hablaba de ellos, se ponían
trémulos. Colón se los atraía sólo con decirles que había ido allí
para librarlos de enemigos tan fieros. Los caribes, como los tupíes,
se hallaban interpolados con otros muchos pueblos[189]. Caribes y
tupíes debían tener casi las mismas cualidades. «Iban--escribe Pi y
Margall--sin temor de isla en isla, y de las islas a Tierra Firme.
Hacían tan aventuradas expediciones con el sólo fin de asaltar pueblos
y procurarse cautivas. Bravos, no temían la lucha en campo abierto;
pero la evitaban siempre que podían, cayendo de noche sobre las plazas
objeto de su codicia o su venganza, tomándolas sigilosamente las
salidas, atacándolas de rebato, incendiándolas y para mayor confusión
aturdiéndolas con espantosos alaridos. Como los demás bárbaros, no
dejaban con vida sino a los niños y las mujeres; mataban y aun comían
a los adultos, y eran el terror de las gentes. Aterradas tenían a
todas las naciones de la cuenca del Orinoco, si se exceptúa la de los
cabres, aterradas las costas, aterradas las Antillas, y verdaderamente
aterrados tuvieron después a los mismos europeos»[190]. Untaban sus
flechas con veneno. Desde Pedro Mártir de Anglería, hasta el último de
los cronistas que, como testigos presenciales, escribieron, ora de las
Antillas, ora de Tierra Firme, los presentan comiéndose a sus enemigos
en repugnantes banquetes.
[189] Recuérdese lo que se dijo de los tupíes y caribes en el
capítulo IV.
[190] _Historia general de América_, tomo y volumen I, págs.
695 y 696.
Pondremos remate a nuestras consideraciones y por lo que a Cuba se
refiere, considerando que en estos últimos años (1909-1910). D.
Federico Rasco, coronel de la Guardia Rural, ha encontrado objetos
precolombinos en una cueva en Jauco, término de Bayamo (provincia
de Oriente), que tienen verdadero valor histórico. Consisten dichos
objetos en un dujo o asiento indio, de madera y de una sola pieza, con
dibujos en tallado, dos ídolos de piedra, tres hachas de piedra dorita
pulimentadas, varias figuras o mascarillas de arcilla endurecidas al
sol y que formaban parte de las vasijas de los indios, etc. Además,
se hallaron dos cráneos, uno de un hombre y otro de una mujer, y por
ciertas señales debieron ser de caribes. Indícanos el estudio de los
objetos citados que la civilización de los primeros habitantes de Cuba
no fué nula, pero inferior, bastante inferior a la del Yucatán, México
y América Central.