AMÉRICA MERIDIONAL: TRIBUS DEL OCÉANO ATLÁNTICO Y DEL OCÉANO
PACÍFICO.--REGIÓN AMAZÓNICA: SU SITUACIÓN.--LOS TUPÍES Y
GUARANÍES.--LOS OMAGUAS, COCAMAS Y CHIRIGUANOS.--LOS TAPUYAS.--LOS
PAYAGÜAES, AGACES, SUBAYAES Y OTRAS TRIBUS.--TRIBUS QUE HABITABAN
EN EL URUGUAY: CONFEDERACIÓN URUGUAYA: LOS CHARRÚAS.--LOS CHANÁS
Y OTRAS TRIBUS. LOS ARAWAK.--LOS CARIBES.--TRIBUS DEL ALTO
ORINOCO Y DEL ALTO AMAZONAS.--TRIBUS DE LAS MESETAS DE BOLIVIA:
LOS CHIQUITOS.--REGIÓN PAMPEANA: TRIBUS DEL GRAN CHACO Y DE LAS
PAMPAS.--LOS ARAUCANOS O MAPUCHES.--TRIBUS PATAGÓNICAS.--LOS
CALCHAQUÍES.
Daremos comienzo a la reseña histórica de las diferentes tribus que
poblaron el Nuevo Mundo antes del descubrimiento de Cristóbal Colón,
no sin decir antes que sólo serán objeto de estudio las que sean más
interesantes o de ellas tengamos más noticias. Consideraremos primero
las de la América Meridional, después las de la Central, y, por último,
las de la Septentrional.
[Ilustración: La primera representación gráfica conocida de los
Aborígenes americanos (Augsburgo 1497 a 1503)]
Las tribus de la América del Sur--según los autores--pueden dividirse
en dos grandes grupos: las del _Océano Atlántico_ y las del _Pacífico_.
El filólogo Brinton distingue en el grupo del Atlántico dos regiones:
la _amazónica_ y la _pampeana_; y en el grupo del Pacífico otras dos:
la _colombiana_ y la _peruana_[161].
[161] Véase Navarro Lamarca, _Historia general de América_,
tomo I, pág. 283 y síguientes.
Comprende la región amazónica los territorios regados por el Amazonas,
el Orinoco y todos sus afluentes, incluyendo los estados de Santa Cruz
y Beni (Bolivia), casi todos los del Brasil, Venezuela y Guayanas;
también las grandes y pequeñas Antillas. De entre las familias
lingüísticas más conocidas de la región amazónica, citaremos la
_tupí-guaraní_, la _tapuya_, la _arawak_ y la _caribe_.
Los tupíes, guaraníes, carios, etc., que habitaban desde las Guayanas
al Paraguay y desde las mesetas del Brasil a las costas de Bolivia,
hablaban una de las lenguas más dulces de América. Dicen unos
historiadores que los guaraníes eran una especie de los tupíes, y otros
sostienen, por el contrario, que los tupíes eran una especie de los
guaraníes; pero todos se hallan conformes en que tupíes y guaraníes
constituyen una sola familia. Según una leyenda, muy corriente en
América, el primer hombre, llamado Tapaicuá, nació en el fondo de un
lago, de donde proviene, según parece, el nombre de Ipacaray, que
quiere decir _hombre de lago_. Tapaicuá tuvo dos hijos, que fueron
Tupí y Guaraní, los cuales, acompañados de sus respectivas familias,
llegaron al Brasil. Otros cronistas sostienen que su primitivo asiento
estuvo en las Antillas y bajaron de Norte a Mediodía.
Tupíes y guaraníes creían en Dios y en el Diablo (_Tupá_ y _Añang_). No
tuvieron sacerdotes, sino médicos y hechiceros. Creían en otra vida,
si bien no admitían la existencia del infierno. Decían que todas las
almas iban al cielo. La tradición que conservaban respecto al diluvio
era que por consejo del profeta Tamandaré algunas familias de tupíes
y guaraníes se refugiaron en elevadas palmeras cargadas de dátiles,
con cuyo fruto se alimentaron hasta la retirada de las aguas. Tiempo
adelante, una disputa entre las mujeres de Tupí y Guaraní hizo que
éstos interviniesen. Decidieron separarse para cortar la cuestión,
quedando Tupí con sus descendientes en el Brasil, y Guaraní con su
dilatada familia en el Paraguay. Luego los guaraníes se extendieron por
extensas regiones, pues se encuentran en el Uruguay, en las provincias
argentinas de Corrientes y Entrerríos, en el Brasil, en las Guayanas y
algo en Bolivia.
Tenían los tupíes cabeza cuadrada, rostro lleno y oval, nariz corta
y achatada, ojos pequeños, barba poca y color desde el rojo hasta el
amarillo; eran robustos, de manos y pies pequeños. Distinguíanse los
guaraníes por su color cetrino, cabello lacio, ojos negros, dientes muy
blancas, buena estatura y facciones finas.
Ni tupíes ni guaraníes reconocieron gobierno alguno. Pacíficos
por naturaleza, no estaban sujetos a fuertes pasiones. Existía la
poligamia, en particular entre la gente rica. Educaban a sus hijos
enseñándoles el manejo del arco y otros rudos ejercicios; obligaban
a las mujeres, no sólo a ocuparse en los trabajos domésticos, sino
en los agrícolas. Vivían, generalmente, en rancherías de 50 a 100
familias, gobernadas por un cacique, autoridad inferior a la asamblea
de padres de familia. Acostumbraban reunirse al anochecer, y sentados
en el suelo deliberaban sobre los asuntos de la ranchería. Sólo en
caso de guerra elegían un caudillo; sus armas eran las flechas y la
macana. Al dios Tupá no le construían templos. Los sacerdotes, médicos
y hechiceros curaban las enfermedades, chupando la parte enferma y
arrojando luego de su boca, según decían, el germen del mal. Escritura,
geroglíficos, quippus, medios objetivos de transmitir los pensamientos,
no los conocían. Apenas tenían vagas noticias de cronología. Los
ranchos o chozas eran de madera y paja; varios ranchos o chozas
formaban aldeas (_tabas_). Con madera y paja fabricaban sus únicos
muebles. Por lo que a agricultura respecta, cultivaban bastante bien el
maíz, la mandioca, el algodón y el tabaco, que fumaban en pipa.
Los _omaguas_ y _cocamas_ trabajaron los metales y enseñaron a
los europeos el uso del _caout-chout_, del que hacían vestidos,
zapatos, etc. Las demás tribus de la familia tupí-guaraní, aunque
completamente bárbaras, se distinguieron por sus excelentes trabajos
de alfarería. Por lo que atañe a su organización social, el jefe
militar (_morubixaba_) tenía absoluta autoridad en tiempo de guerra,
hallándose limitada en época de paz por las disposiciones del Consejo
(_nheemougaba_). Eran antropófagos y polígamos. Construían fuertes
canoas y enterraban sus provisiones en _silos hondos_ o _cuevas_.
Reconocían un poder superior y muchos espíritus activos y malignos.
Andaban desnudos, siendo aficionados a los adornos, a las músicas, a
las danzas y muy especialmente a la embriaguez. Los _chiriguanos_ se
distinguían sobre todos por su fiereza y salvajismo.
Habitaban los _tapuyas_ (_enemigos_) desde los 5° a los 20° de latitud
sur, y desde el Océano Atlántico al río Xingú. Se les llamaba también
_Crens_ o _Guerens_ (antiguos), pues se creía que antes de los tupíes
fueron ellos dueños de la costa del Atlántico. Los _botocudos_,
tribus de la familia de los tapuyas, acostumbraban a adornar su labio
inferior con _botoques_ o pedazos de piedra o madera. Los tapuyas y sus
tribus eran salvajes, andaban desnudos, habitaban en los bosques y no
practicaron industria alguna. Fueron cazadores habilísimos. De si eran
o no antropófagos bastará decir que vivos todavía los prisioneros, les
cortaban pedazos de carne y se la comían. El tipo de los tapuyas estaba
en los _aymorés_ (hoy botocudos), y tapuyas eran los _potentues_, los
_guaytacaes_, los _guaramomíes_, los _goaregoares_, los _yecarusues_
y los _amanipaques_. Constituían los tapuyas una familia especial y
su lengua era diferente a la de los tupíes. Por cama tenían el suelo
cubierto con hojas de árboles, por techumbre, el cielo; por armas, el
arco y la flecha. Atravesaban los ríos, ya a nado, ya a pie, por los
sitios donde la profundidad era poca.
Refieren algunos escritores que, en la época del descubrimiento,
dominaban casi toda la costa del Brasil los tupíes o guaraníes, los
cuales habían vencido a los tapuyas, apoderándose del territorio. Los
tupíes hablaban una misma lengua, al paso que los tapuyas hablaban
lenguas diferentes; los primeros eran menos bárbaros que los segundos;
aquéllos tenían organización social más perfecta que los últimos; ambos
eran antropófagos, distinguiéndose en que entre los tupíes era sólo
tratándose de prisioneros de guerra, y entre los tapuyas era general.
Si los tapuyas, cuando llegaron los tupíes, se dividían en 76 tribus,
los tupíes, cuando llegaron los portugueses, formaban 16 naciones, las
cuales conservaban como radical de su nombre el del tronco común, y así
decían tupi-nambás, tupi-niquinos y tupi-aes.
Muy poco, pues, se sabe de la historia primitiva del Paraguay. No se
han hallado en aquellas regiones vestigios que revelasen la existencia
de muy remotas civilizaciones, como se encontraron en México y Perú.
Son, sin embargo, datos curiosos la gruta del cerro de Santo Tomás en
Paraguarí, y la gran losa de Yariguaá, sobre la que se ven geroglíficos
y caracteres grabados a cincel y no descifrados todavía. Además de los
tupíes y guaraníes, existían a orillas del Paraguay los _payagüaes_ y
los _agaces_. En la parte Norte del Pilcomayo vivían los _subayaes_,
y en las fronteras del Brasil otras tribus que todavía no han sido
clasificadas. De las citadas tribus, unas fueron destruidas por los
conquistadores españoles, y otras existen aún en estado salvaje[162].
[162] Véase Pereira, _Geografía e Historia del Paraguay_.
Pasamos a considerar las razas que habitaron en el Uruguay. Cuando
Juan Díaz de Solís descubrió, en 1512, las costas del Uruguay, se
encontró con una raza no aborigen, pues antes habían habitado razas
más atrasadas, cuyos groseros monumentos denunciaban su prioridad.
Exploraciones verificadas en los territorios de San Luis, departamento
de Rocha, dieron por resultado el hallazgo de construcciones, cuya
altura es de 8 a 10 metros y el diámetro de 15 a 25. «La capa
superficial de los pocos montículos excavados hasta ahora, es de
tierra dura y compacta, generalmente cubierta de talas, coronillas
o palmeras, siguiéndose luego el relleno de tierra negra en polvo,
con interpolaciones de tierra roja quemada, a manera de ladrillos o
adobes. Entre el relleno y la capa exterior hay una zona, que podrá
llamarse de esqueletos, de donde se han extraído varios, íntegramente
conservados: estaban en cuclillas y tenían a su alrededor restos
de armas y alimentos, como también fragmentos de una cerámica muy
primitiva. Mientras esto acontecía hacia el Este, algo análogo ha
revelado en el Oeste una excavación accidental. Sobre la costa del río
Negro, a veinte cuadras[163] del pueblo de Soriano, se extrajo del
montículo denominado _Cerrito_, un esqueleto sepultado boca arriba,
con los brazos en cruz y rodeado de sus armas de combate. El _Cerrito_
estaba cubierto de una capa de tierra plomiza, luego otra de escamas,
al parecer de pescado, y entre esta última y el esqueleto extraído,
existía una tercera de conchas marinas. Al contrario de lo que
aconteció en _San Luis_, los fósiles del _Cerrito_ se pulverizaron al
contacto del aire»[164].
[163] Medida itineraria de 100 metros o de 100 o 150 varas,
según los países.
[164] Francisco Bauzá, _Historia de la dominación española en
el Uruguay_, tomo I, páginas 133 y 134.
Es evidente que anterior a la civilización que encontraron los
conquistadores españoles, hubo otra u otras. Acerca de donde procedían
los primitivos habitantes, es asunto no resuelto todavía. Lo que parece
hallarse fuera de duda, pues en ello están conformes los cronistas,
es que las tribus asentadas en el territorio uruguayo formaban una
confederación que se extendía desde las riberas del Atlántico hasta
donde se reunen los ríos Uruguay y Panamá, derramándose por las costas
de ambos ríos. No encontraron los españoles un gobierno central, sino
tribus con sus jefes respectivos que se unían en tiempo de guerra,
separándose en época de paz. Dichas tribus eran felices y dóciles,
siempre que no se quisiera sujetarlas por las amenazas o por la
violencia. Del mismo modo que se dió el nombre de Confederación del
Río de la Plata a todos los países bañados por el mencionado río,
así del nombre del río Uruguay se llamó aquella tierra Uruguay.
Trasladábanse las tribus de un punto a otro buscando alimento que les
proporcionaba la caza o los árboles frutales. Hablaban un idioma cuya
matriz era el guaraní mezclado con voces extrañas; pero un guaraní
bastante rudo. Prescindían de locuciones poéticas que otros empleaban
en cantares y fiestas, a las cuales ellos nunca se entregaban. Las
armas que usaban eran arrojadizas (dardo y flecha) y de esgrima (chuzo
y maza). La cerámica era pobre. Los colores más usados eran el rojo,
el azul y el amarillo. La casa la constituían cuatro estacas y la
techumbre cueros curtidos. Obtenían el fuego frotando dos maderos.
El hombre andaba generalmente desnudo, y la mujer se cubría desde la
cintura a las rodillas. No adoraban ídolos ni ofrecían sacrificios
humanos. Fabricaban manteca con la grasa del pescado, y hacían licores
fermentando con agua la miel de las abejas silvestres. El gobierno se
remontaba al sistema patriarcal. Los jefes de las familias constituían
la asamblea de la tribu.
La tierra era fértil, las aguas abundantes y el arbolado escaso,
pues sólo se encontraban algunas especies de frutales, tintóreas y
maderables. No se conocían caballos, ni vacas, ni otra clase de
ganado. La caza estaba reducida al avestrúz, al venado y al apereá,
como también a la perdiz, al pavo del monte, a la nutria, al carpincho,
al zorro, al lagarto y a la mulita. Había carniceros, como el tigre y
el puma, y reptiles venenosos, como varias clases de víboras. Los ríos
y arroyos tenían abundancia de peces y de moluscos.
La tribu más importante que habitó el país fué la _charrúa_, cuyo
asiento principal estaba en el litoral que bañan el Océano, el Plata
y el Uruguay, extendiéndose de allí hacia el interior del país. Eran
los charrúas altos, bien conformados los cuerpos, cabello negro, color
moreno tirando a rojo, negros y brillantes los ojos, blancos y fuertes
los dientes. De voz débil y parcos en palabras, sólo daban grandes
voces cuando entraban en batalla. Tenían vista y oído excelentes.
Sufrían el hambre y la sed; eran ágiles, astutos y emprendedores.
Gustábanles los lances caballerescos. Guerrear y cazar, a esto se
hallaba reducida la vida del charrúa. Era feliz en esa vida libre,
independiente, sin relaciones y sin oposición alguna. Habitaban bajo
toldos, los que mudaban a las costas en invierno, a los montes y
frescos valles en verano. No cultivaban la tierra, ni labraban el
barro, ni tejían, ni hilaban. Tampoco navegaban. Eran tan graves y
taciturnos que no conocían el baile, ni el canto, ni ninguna clase de
juegos. Ni en la guerra tenían jefes, ni en la paz obedecían a gobierno
alguno. La condición de las mujeres era la misma en todos los pueblos
bárbaros. Criaban los hijos, cuidaban al marido, guisaban, armaban
y desarmaban los toldos, servían de bestias de carga. Los charrúas
tal vez no profesaban religión determinada, aunque es indudable que
no conocían ni ídolos ni templos. Creían en la vida futura, según
ciertos ritos que observaban en los entierros. Enterraban a los
muertos con sus armas y con los objetos que más usaban en su vida. No
fueron antropófagos, antes por el contrario, se distinguían por su
hospitalidad. Si algunos escritores dicen que existió la antropofagia,
no están en lo cierto.
Los hombres traían el cabello atado y las mujeres suelto,
distinguiéndose también los primeros en que llevaban el labio inferior
atravesado de parte a parte. En señal de duelo las esposas, hijas o
hermanas del difunto se cortaban una articulación de algunos de los
dedos; empleaban, además, ayunos y mortificaciones. La poligamia era
permitida, aunque no tan extendida como en otros pueblos, y por lo
que respecta a los divorcios eran raros si los matrimonios tenían
hijos. Castigaban el adulterio descargando algunas bofetadas sobre los
cómplices.
Aunque no tan extendido en el país como en la tribu de los charrúas,
no carecía de prestigio la de los _chanás_, que residía en las
islas del _Vizcaíno_, sobre el río _Hum_ (negro); gozaban de menos
consideración la de los _yaros_, hacia San Salvador, sobre las orillas
del Uruguay, la de los _bohanes_ y la de los _chayos_. La tribu
_guenoa_, que no sabemos si era la misma de los charrúas, apareció
la última en el territorio uruguayo. Bien será hacer presente que
los indígenas brasileños, cuyo idioma era también el _guaraní_, se
distinguían por su fiereza, hipocresía, falsedad, y lo que era peor,
por su afición a comer carne humana. Puede del mismo modo afirmarse
que el indígena del Uruguay, cuando los españoles llegaron al país,
estaba en la época que la geología denomina _neolítica_ o _de la piedra
pulimentada_. «Todos los datos concurren, escribe Bauzá, a confirmar
esta aseveración; las armas de que se servían, los utensilios con que
las trabajaban, los talleres donde esos trabajos se llevaban a cabo,
son indicios seguros de que habían entrado ya al segundo período de
la Edad de piedra, en la cual los rudimentos de una industria menos
grosera, comenzó a abrir horizontes más vastos al espíritu humano.
Sin embargo, sea por el aumento de las necesidades, sea por el hecho
fatal de que la civilización se cimenta con sangre, la época en que
entraban los indígenas era la verdadera época de la guerra universal.
Así la han designado con mucha propiedad algunos maestros de la ciencia
geológica»[165].
[165] Ob. cit., tomo I, págs. 185 y 186.
Los _arawak_ o _maipures_ que ocupaban el alto Paraguay y las mesetas
de Bolivia, llegando hasta las grandes y pequeñas Antillas y también
las Lucayas o de Bahama, fueron--según opinan algunos cronistas--los
primeros aborígenes americanos conocidos por los españoles. Las
palabras indias que oyeron Colón y sus compañeros en Haití, Cuba,
etcétera, pertenecían a la familia lingüística de los arawak. Eran
más cultos los arawak que los tupíes y tapuyas; sabían labrar el
oro, tallaban ídolos y construían canoas; hacían finos paños de
algodón y pulimentaban sus armas de piedra; cultivaban el maíz, la
mandioca y el tabaco. Algunas tribus habitaban en casas de regular
construcción, provistas de hamacas, esteras y objetos de alfarería;
tenían ritos religiosos definidos y destinaban para cementerio sitio
determinado. Las tribus _antis_ o _campas_ (ríos Ucayali, Pachitea,
etc.) domesticaban monos, cotorras y otros animales, y los _guanas_
(alto Paraguay) eran inteligentes y pacíficos; había otras tribus menos
importantes.
Por último, los _caribes_ o _karinas_, tal vez de la familia
tupi-guaraní, pasaron desde las Guayanas a las Antillas y Lucayas,
siendo de notar que en la época del descubrimiento de Colón se
hablaban los dialectos de aquellas gentes en las citadas islas y
en el continente, desde la boca del río Esequibo hasta el golfo de
Maracaibo. Tenían los caribes alguna cultura, pues supieron tejer
hamacas de algodón o pita, fabricaron objetos de alfarería, cultivaron
la tierra e hicieron grandes y marineras canoas. Respetaban a sus magos
(_piayes_) y _fetiches_. Alimentábanse de la caza; también del pescado,
de los plátanos y del cazabe. Acostumbraban a pintarse el cuerpo y se
horadaban las orejas y ternillas de la nariz. Distinguían los meses por
las lunas, y eran muy aficionados a la música y al canto.
[Ilustración: Caribe (Guayanas).]
Los caribes sólo consideraban hombres a los de su raza, y creían que
todos los demás debían ser reducidos a la servidumbre. Decían con
arrogancia: sólo nosotros somos gente (_Ana cariná rote_) y todas las
demás gentes son nuestros esclavos (_Amucon papororo itoto nantó_).
En cambio, los demás pueblos odiaban a los caribes. «Allá en lejanos
tiempos--tales son las palabras de los salivas--infestaba las regiones
del Orinoco horrible serpiente que todo lo destruía: hombres y cosas.
Bajó del cielo para matarla el hijo de Puru, y muerta la dejó sobre la
tierra. Grande fué el regocijo de todos los pueblos, regocijo que se
convirtió pronto en duelo. Pudrióse la serpiente, y de cada gusano que
en ella se formó salieron una hembra y un varón caribes.» Los achaguas
afirmaban que los caribes eran hijos de los tigres, y les llamaban por
esta razón _chavinavies_. Lo mismo después que antes de la conquista,
los caribes mostraron siempre feroces instintos. A la crueldad,
añadían la doblez y la perfidia. «Sentían las mujeres todas--escribe
Pi y Margall--que se les cayeran los pechos, y para evitarlo eran con
harta frecuencia madres sin entrañas. De ahí que provocaran, como las
de otros tantos pueblos, el aborto y sepultaran recién nacidos a sus
propios hijos, sobre todo si eran gemelos. Livianas, querían y buscaban
el placer: vanidosas, temían los efectos que produce, y almas sin
moralidad, ahogaban los más dulces sentimientos de la naturaleza»[166].
Acerca de las bronchas de oro usadas por las hijas de los caciques para
levantar sus pechos, escribe Gonzalo Fernández de Oviedo, capítulo X
del sumario de la _Natural Historia de las Indias_ lo siguiente: «Las
mujeres principales a quienes se va cayendo las tetas, las levantan con
una barra de oro, de palmo y medio de luengo, y bien labrada. Pesan
algunas (las barras) más de doscientos castellanos. Están horadadas
en los cabos y por allí atados sendos cordones de algodón. El un cabo
va sobre el hombro y el otro debajo del sobaco, donde lo añudan en
ambas partes.» Por su parte los caciques solían viajar tendidos en
hamacas que llevaban en hombros los esclavos o criados. La mujer,
como inferior al hombre, según ellos, cuidaba del hogar, labraba los
campos y recogía las cosechas. Iba a la guerra para rematar a los
enemigos. En suma, los caribes eran valerosos, intrépidos, navegantes,
invasores, vengativos, crueles, amigos de su libertad y antropófagos.
Supone Washington Irving que no eran tan antropófagos como se les creía
y Humboldt dice que fueron quizá los menos antropófagos del Nuevo
Continente.
[166] _Hist. general de América_, tomo y volumen I. pág. 697.
Entre las tribus del Alto Orinoco y del Alto Amazonas citaremos
los _guahibos_ (de Casanare), los _otomacos_ (del río Meta) y los
_cashibos_ (del Aguaitía). Eran nómadas los _guahibos_; andaban de
una parte a otra, no parando en parte alguna más de dos noches. Aquí
cazaban, allí pescaban, en tanto que sus mujeres cavaban la tierra y
desenterraban raíces que les servían de alimento. Lo mismo cazaban y
devoraban a los tigres que a los venados. La guerra era para ellos la
ocupación principal. Los _otomacos_ era tribu numerosa y de no poca
importancia. Antes de rayar el alba conmovían el aire con tristes
alaridos. Se bañaban en seguida en el río o en el arroyo más próximo.
A la salida del Sol acudían a las puertas de su respectivo jefe, el
cual, según la época, les mandaba cazar jabalíes, coger tortugas o
pescar en canoa, como también desbrozar los campos o sembrarlos o segar
la cosecha. Como no todos los otomacos habían de estar diariamente
sujetos al trabajo, los ociosos iban al trinquete a jugar a la pelota.
Tanto los jugadores como los espectadores se dividían en dos bandos.
La destreza de los primeros era grande. También las mujeres tomaban
parte en el mencionado juego[167]. Sólo hacían una comida y ésta al
ponerse el sol; algunos se permitían durante las veinticuatro horas
comer algunas frutas y también algún puñado de arcilla, que digerían,
según algunos autores, gracias a la mucha grasa de tortuga o caimán que
tomaban, ya sola, ya con maíz y yuca. Después de la comida comenzaba
el baile, que duraba hasta media noche. Los varones, cogidos de las
manos, formaban un corro; otro las mujeres alrededor de los hombres;
y un tercero de los pequeños alrededor de las mujeres. El maestro o
director de la fiesta daba el tono, comenzando a la vez el canto y la
danza. Apenas dormían. Los vigorosos otomacos rechazaron siempre a los
caribes, con los cuales pelearon a menudo cuerpo a cuerpo. «Cuenta--se
decían a sí mismos--que si no eres valiente, comerte han los caribes.»
Eran monógamos. De ordinario, los mancebos se casaban con las viudas y
los viudos con las doncellas. Entregábanse a la embriaguez, como las
demás tribus bárbaras. Hicieron notables adelantos en la agricultura
y en la pesca. Ya se ha dicho que eran alfareros, añadiendo ahora que
sólo tenían esta industria y la fabricación de armas. Existía el
comercio, pues cambiaban sus artefactos con los de los pueblos vecinos.
Respecto a los _cashibos_, menos conocidos que los otomacos y guahibos,
tenemos pocas noticias. Sin embargo, puede afirmarse que eran más
bárbaros que los anteriores.
[167] De este asunto nos ocuparemos con más extensión en el
capítulo XV.
Pasando a estudiar las tribus de las mesetas de Bolivia, se presentan
a nuestra consideración y estudio los _chiquitos_, incluyendo en ellos
sus afines. El territorio donde habitaban estas tribus confinaba al
Norte con las tierras de Matto Grosso y las orillas del Iténes, al
Este por el Paraguay, al Sur por el Gran Chaco y al Oeste por las
orillas del Río Grande y las del Parapiti. «El gobierno y subdelegación
de chiquitos ocupa un espacioso terreno de doscientas leguas de
largo Norte Sur a la parte oriental de la provincia de Santa Cruz,
limitándose por el Oriente con el río Paraguay que lo divide de la
provincia de este nombre, y al Oeste por el Guapay o Grande que le
separa del de Santa Cruz. Los pueblos que ocupan este extenso país se
llaman de chiquitos, porque cuando la primera vez se llegaron a él los
españoles observaron que las puertas de las chozas de los indios eran
muy bajas, y no viendo a los naturales que se habían huído y escondido
en los bosques, los creyeron de reducida estatura y le dieron el
predicho nombre que conservan hasta el día...»[168]. A la llegada de
los españoles, ya no eran nómadas los chiquitos. Vivían a la sombra
del bosque o en la falda de la sierra donde habitaron sus antepasados.
Eran poco aficionados a la guerra; pero, si la hacían, se portaban
valerosamente. Por naturaleza eran dóciles, joviales, amigos de fiestas
y banquetes. Nada encontraban tan grato como beber su vino de maíz
con varios convidados. A sus huéspedes guardaban las atenciones más
delicadas. No eran rencorosos ni vengativos. Dicen algunos cronistas
que los chiquitos no profesaban religión alguna; creían, sin embargo,
en la otra vida. Cada tribu reconocía un caudillo, elegido generalmente
por los ancianos. Gustaban varones y hembras de las galas, adornándose
con esmeraldas y rubíes el cuello y piernas, con plumas la cabeza y la
cintura. Aborrecían a las hechiceras y creían en los sortilegios. Del
canto del ave, del aullido de la fiera, del ruido del viento, de la
espuma de los torrentes, etc., inferían los sucesos futuros. No creían
en Dios, aunque es posible que creyesen en el Diablo. Sólo tenían una
mujer, exceptuando los caciques que reunían hasta tres: tener más de
tres, era cosa rara. No descuidaban la agricultura y cuando recogían la
cosecha del maíz, marchaban a los bosques donde pasaban meses enteros
dedicados a la caza. Asegura D'Orbigny que la lengua de los chiquitos
era de las más perfectas y ricas de América. También en la provincia
boliviana de chiquitos vivían los _etilinas_.
[168] _Arch. de la Direc. de Navegación y pesca marítima,
Perú, Chile y Buenos Aires_, tomo V, b 4.ª
Pasamos a estudiar la región _pampeana_, cuyos límites son al Este el
Océano Atlántico y al Oeste la cordillera de los Andes. Comprende los
territorios del _Gran Chaco_, las Pampas, desde el río Salado al río
Negro, los desiertos de Patagonia y las soledades antárticas[169].
[169] Del Gran Chaco nos ocuparemos detenidamente en el tomo
III.
Dáse el nombre de _Gran Chaco_, a la región que se extiende del río
Salado hacia el Norte, hasta los 18°, próximamente, de latitud Sur;
confina al Este con los ríos Paraguay y Panamá, y al Oeste por la
cordillera de los Andes. El Gran Chaco es un país de grandes llanuras y
espesos bosques, regado por tres grandes ríos (el Pilcomayo, el Salado
y el Vermejo), que lo dividen de Noroeste a Suroeste, en tres fajas
casi paralelas (Chaco Boreal, Central y Austral). Lo dulce de su clima,
la fertilidad de su suelo, la abundancia de caza de sus selvas y la
sabrosa pesca de sus ríos y lagos, hicieron agradable la vida de las
numerosas tribus indígenas que lo poblaron. Los _matacos_, situados
en las riberas del Vermejo, eran algo flojos, salvajes y refractarios
a toda civilización. Hoy, reducidos a corto número, prefieren la vida
nómada a la sedentaria. Los _lules_, que habitaban en las márgenes del
Salado y el Tabiriri, se encerraron en sus bosques cuando llegaron los
misioneros. A la numerosa familia de los _guaycurus_, pertenecían,
entre otras tribus, los _abipones_, los _tobas_, los _vilelas_ y
los _querandíes_. Prescindiendo de los _payaguás_ (río Paraguay),
tribus marineras, los indígenas del Chaco fueron excelentes ginetes.
Habiéndose propagado seguidamente el caballo en América, ellos,
caballeros en briosos corceles y armados con sus lanzas, se defendieron
un día y otro día del europeo. No salieron del estado de salvajes los
indios del _Gran Chaco_. Eran fetichistas y obedecían ciegamente a sus
magos y hechiceros.
Hacia los 35° de latitud y al Sur del Gran Chaco, comienza la región
llamada de las _pampas_. Encantan aquellas llanuras tan extensas,
aquella riqueza de pastos y aquellos sitios tan pintorescos. Sólo la
familia lingüística _auca_ o _aucaniana_ encontramos en las pampas. A
dicha familia pertenecían los _pampas_, propiamente tales (_guarpes_,
_moluches_, etcétera) de la República Argentina, y también los
_araucanos_ o _mapuches_ del Sur de Chile. Refractarios los pampas a
toda cultura, ladrones y borrachos, servíales el caballo ya para ir
de una parte a otra, ya como elemento de guerra. Prestaban obediencia
a sus caciques, a sus hechiceros y brujos; de todas las tribus de
los pampas únicamente los _moluches_ o manzaneros (río Limay, etc.),
fueron sedentarios y agricultores. Conservaron su independencia y
ferocidad los pampas hasta últimos del siglo XIX. «Las últimas huestes
salvajes..., acosadas en sus propios aduares..., hanse visto obligadas
a clavar en tierra la tradicional lanza y presentarse sumisos al
gobierno», decía el General Winter (9 Febrero 1885), al comunicar al
gobierno argentino la sumisión del famoso cacique Saihueque.
Los _indomables araucanos_, como los llamó Ercilla, ocupaban en la
centuria XVI la comarca llamada al presente _Araucania_ (Chile),
situada entre los Andes y el Océano. «Los araucanos del Norte de
Maule--escribe Reclus--se llamaban _picun-chen_; los del Centro eran
los _pehuenche_ o gente de la tierra de los _pehuen_, es decir, de
las araucarias, aventajados a los demás en número, y antepasados de
los araucanos de hoy; los _huilli-che_ moraban al Sur, ocupando el
resto de la parte continental de Chile; los _puel-che_ (de allende
las montañas). También en Chile había araucanos, a los que llamaban
_cunchos_ y _payos_, nombre que sus descendientes, después de
mezclada la raza con la de los españoles, han cambiado por el de
_chilotas_»[170]. Otras tribus situadas en el citado territorio de la
República no tuvieron la importancia de la de los araucanos. «El tipo
araucano, dice un escritor moderno, es el siguiente: estatura mediana y
miembros bien proporcionados; cabeza abultada; cara redonda con frente
estrecha y ojos pequeños, comúnmente negros; nariz corta y achatada;
boca grande con labios gruesos y dientes blancos; barba rala y escasa;
pómulos pronunciados y orejas regulares; y completando el conjunto, un
aire grave, sombrío y a veces desconfiado; pero que impone respeto. Su
color ha variado del mulato al blanco; pero ordinariamente es cobrizo».
Suave, armoniosa y flexible la lengua araucana, se habla al presente
por cerca de 100.000 individuos de raza indígena pura, que habitan en
Arauco. Adquirieron los _mapuches_ o araucanos fama inmortal por sus
luchas con los conquistadores incásicos (Huayna Capac, Tupac-Yupanqui,
etc.), y después por sus épicas hazañas con los españoles. Vivían los
mapuches cerca de la orilla de los ríos y arroyos, en chozas (_rucas_)
de madera o paja, formando aldeas (_lov_). Cultivaban las mujeres la
tierra, y de ella cogían, entre otras cosas, maíz y patatas, fabricaban
ollas, hacían cestos y tejían mantas, en tanto que sus maridos, hijos y
hermanos cazaban, pescaban o se preparaban para la guerra. Lo mismo en
la paz que en la guerra tenían los araucanos sus jefes, cuya autoridad
estaba limitada por el Consejo. Además, eran consultados con harta
frecuencia los brujos y los curanderos. Creían un deber religioso
sacrificar hombres y animales a los manes u a otros espíritus. Tenían
mucha afición a toda clase de fiestas y de juegos, como también se
hallaban dominados por la embriaguez y otros repugnantes vicios.
[170] Nueva Geografía Universal, tomo III. _América del Sur_,
págs. 688 y 689.
En lo militar habían hecho sus mayores adelantos. Maravilla lo bien
que escogían el sitio para sus combates, la facilidad con que abrían
fosos, levantaban muros y trincheras. Estaban sujetos a rigurosa
disciplina y rivalizaban en bravura porque sólo a fuerza de valor se
ganaban los altos puestos. Marchaban al son de atabales y trompetas,
llevando delante exploradores y detrás sus mujeres e hijos. Aunque los
araucanos hacían la guerra con crueldad, no sacrificaban al prisionero,
contentándose sólo con reducirlo a cautiverio y canjeándole después.
Desde niños se acostumbraban a la vida de los campamentos, teniendo
a gala arrostrar las privaciones y las fatigas. Luchaban por ser los
primeros en llegar a la cima de escarpado monte o en bajar hasta el
fondo de pedregoso valle. Procuraban, pues, no sólo ser sufridos, sino
ágiles. A la guerra iban al son de atabales y trompetas; llevaban
banderas en las que se veía una estrella.
En religión, Ercilla supone que eran ateos; lo cierto es que no
rendían a Dios culto alguno. No se encontraron en el país ni templos
ni ídolos; jamás se les vió hacer sacrificios al Creador del Universo.
Representaban al diablo, a quien daban diversas formas y nombres:
llamaban _Pillan_ al autor del rayo; _Epuhamun_, al espíritu del mal
que consultaban antes de dar una batalla; _Huecuvu_ estaba considerado
como la causa de las enfermedades y la muerte, e _Ivunche_ era un
oráculo, por cuya boca hablaba el mismo diablo. Aun para el diablo
las ofrendas eran pocas y sin importancia. Creían en la inmortalidad
del alma y hablaban de un diluvio universal. Estaban atrasadísimos
en las ciencias, letras, artes e industria. Orgullosos, consideraban
inferiores a los demás hombres; ni aun reconocieron superioridad en los
europeos, a los cuales combatieron hasta conseguir su independencia.
En las costas patagónicas del Océano Pacífico vivían las tribus de
los _chonos_ o _concones_, enemigos mortales de sus vecinos los
_huiliches_, y en las inmediaciones del Estrecho de Magallanes
estaban los _patagones_, _chonek_ o _inaken_ (hombres) célebres por
su alta estatura (1,73 metros a 1,83). Se alimentaban principalmente
de mariscos y de la grasa que sacaban de los lobos marinos y de las
toninas. Fabricaban canoas. Andaban desnudos o cubiertos con pieles no
curtidas. Respetaban a sus magos. Tenían una lengua áspera. Preferían
perder la vida a vivir en la servidumbre. En esto se parecían a los
araucanos, de quienes sólo les separaban los Andes. Como todos los
pueblos salvajes, tenían verdadera pasión por la guerra. Más crueles
que los araucanos, no dejaban con vida a sus prisioneros. Cuando no se
ocupaban de la guerra se dedicaban a la caza. Llama la atención que
si bien el patagón poseía dilatadas costas, no sabía construir ni una
canoa ni una balsa.
Haremos del mismo modo notar que el patagón era poco dado a la
embriaguez, hecho verdaderamente singular, pues apenas había pueblo
bárbaro que no hubiese encontrado en el fruto o en las raíces de algún
árbol medio de procurarse bebidas más o menos alcohólicas.
Creían los patagones en una divinidad, origen a la vez del bien y del
mal. No rendían a esa divinidad culto alguno. Como los araucanos,
carecían de templos y de ídolos. Eran supersticiosos y sacaban agüeros
del ave que cruzaba el espacio, del agua que corría, del viento que
soplaba y del humo que salía por el techo de su toldo. Por lo que
atañe a su cultura, los patagones se hallaban más atrasados que los
araucanos. Todas las tribus que habitaban en las inhospitalarias costas
de la Tierra del Fuego tenían los mismos caracteres y costumbres que
los patagones.
Terminaremos este capítulo dando a conocer la civilización _calchaqui_,
anterior a la incásica y propia de la Argentina. Vivían los calchaquíes
en los territorios actuales de Catamarca, Tucumán y Salta. Supieron
tejer finas telas y fabricaban bonitas cerámicas. Construyeron murallas
de piedra e hicieron casas cómodas y bien acondicionadas. Adornábanse
con plumas de diferentes colores. Casi nada sabemos del estado social
de las tribus calchaquíes. Por último, aceptaron a mediados de centuria
XV la dominación incásica, resistiendo después valerosamente a los
españoles hasta que trasladados los últimos restos de las mencionadas
tribus al actual _Quilmes_ (1670), allí se extinguieron poco a poco.