COMUNICACIÓN DE AMÉRICA CON ASIA.--COMUNICACIÓN DE AMÉRICA
CON AFRICA.--CONSIDERACIONES ACERCA DE LA DOCTRINA DE PLATÓN,
TEOPOMPO DE QUIO, ARISTÓTELES, DIODORO SÍCULO, Y SÉNECA.--LOS
INDIOS NO AUCTÓCTONOS, ¿DE DÓNDE PROCEDEN?--LOS EGIPCIOS.--LOS
GRIEGOS.--LOS FENICIOS.--LOS CARTAGINESES.--LOS RELIGIOSOS
BUDHISTAS.--SIGNIFICADO Y SITUACIÓN DE OPHIR.--LOS HEBREOS.--OTRAS
OPINIONES RESPECTO AL ORIGEN DE LOS INDIOS: LOS ROMANOS, LOS
ETIOPES CRISTIANOS, LOS TROYANOS, LOS SCYTHAS Y TÁRTAROS.--ORIGEN
DE LOS INDIOS SEGÚN FR. GARCÍA, EL DR. PATRÓN. HUMBOLDT Y RIAÑO.
Estimamos como cuestión resuelta la comunicación de América con el
Asia por el Estrecho de Behring. Si no hubiese otros hechos que lo
confirmasen, bastaría tener presente que los esquimales, no solamente
se hallan situados en la Groenlandia, en las orillas del Labrador y en
la estrecha faja de la costa Norte, prolongada del uno al otro Océano,
sino también, del otro lado del Estrecho, y pueblan la extremidad
oriental del Asia, desde la bahía Kolintchin, hasta el Golfo de Anadyr.
La existencia, desde tiempos muy remotos, de la raza esquimal, en
determinada parte del Mundo Nuevo y del Antiguo, prueba la comunicación
de América con Asia; además de la raza, lo confirma la lingüística,
pues Maury cree que los dialectos esquimales «pueden ser considerados
como haciendo la soldadura entre los idiomas del extremo Oriente de la
Siberia y los de la parte boreal del Nuevo Mundo».
Acerca del paso de los indios asiáticos al Nuevo Mundo, opinan algunos
escritores que fueron por mar, añadiendo otros, no sólo que fueron por
mar, sino llevados por las tormentas y contra su voluntad. Entre los
escritores que afirman que los primeros pobladores de América pasaron
por lo que después se convirtió en Estrecho de Behring, se halla el
insigne naturalista inglés Wallace (n. en Vsk el 1822). Dice que, a
fines de la edad terciaria, o en el período plioceno, cuando ya pudo
existir el hombre, había comunicación no interrumpida entre Asia y
América, porque el citado Estrecho era de la época cuaternaria. Si
América se halla aislada del resto del globo, no deja de estar unida
por la naturaleza al Antiguo Mundo. La aproximan al Asia el Estrecho de
Behring y la cadena de las islas Aleutianas, y la acerca a Europa la
Groenlandia, que está de la Islandia 615 kilómetros.
El filósofo e historiador alemán Herder (1744-1803), en su _Filosofía
de la Historia de la Humanidad_, no duda en afirmar que los esquimales
de la Groenlandia proceden del Asia, añadiendo también--y en esto se
halla conforme con la doctrina expuesta por el dominico P. Gregorio
García (1560-1627)--, que pueblos de todas las partes del mundo, y en
diferentes épocas, pasaron a América[100].
[100] Véase ob. cit., tomo I, págs. 291-301.
Sobre materia tan interesante, dice el insigne geógrafo francés Eliseo
Reclus (1830-1905), en su _Geografía Universal_: «Históricamente--tales
son sus palabras--América es, cuando menos, en gran parte, continuación
del Asia, y, por lo tanto, debe considerarse como tierra oriental. Los
asiáticos no han necesitado descubrir la América, o los americanos
descubrir el Asia, puesto que desde el uno y el otro continente se
veían las respectivas tierras. Aun sin la flotilla de kayacs[101] que
los transportase, podían los indígenas de las dos regiones alcanzar
las costas opuestas. Al Sur del Estrecho, hasta el Oregón, se abrían
numerosos golfos a los barcos asiáticos: se ha dicho que el continente
americano vuelve la espalda al Asia; y esto, en lo que toca a la parte
septentrional del Nuevo Mundo, no es cierto. Es opinión de muchos
antropólogos--opinión muy combatida por Morton, Rink y otros sabios--,
que las tribus hiperbóreas de América descienden de las emigraciones
del Asia, y en las dos orillas del Estrecho de Behring, la semejanza
de tipos, de costumbres y de lenguaje, es tal, que no admite duda la
identidad de raza de aquellos habitantes[102]. Para los que aceptan
el parentesco de los esquimales con los mogoles siberianos, toda la
mitad de la América del Norte, debió poblarse con gentes de origen
occidental. Por otra parte, se nota la influencia polinesia en las
construcciones, en los trajes y en los adornos de los insulares de
América del Noroeste, desde Alaska al Oregón; y la _corriente negra_
que atraviesa el Pacífico boreal, frecuentemente ha llevado objetos
japoneses: desde comienzos del siglo décimo séptimo, se pueden citar
más de sesenta ejemplos de este hecho[103]. A veces, como en 1875, la
corriente arrastró bajeles que habían naufragado en la otra parte del
mundo, y, según muchos historiadores y arqueólogos[104], la propaganda
budhista y, por consiguiente, la civilización del Asia, durante los
primeros siglos de la Era cristiana, debió influir directamente en
los habitantes de México y de la América Central. En las esculturas de
Copán y de Palenque, se han encontrado imágenes sagradas absolutamente
semejantes a las del Asia oriental y, en particular, el _taiki_,
símbolo muy venerado por los chinos, que representa--dice Hamy--, _la
combinación de la fuerza y de la materia, de la actividad y de la
pasividad, del macho y de la hembra_. Sea o no aceptable la hipótesis
relativa a la influencia budhista, no cabe duda que al Asia, es decir,
al Oeste de los continentes americanos, se refieren las más antiguas
relaciones transoceánicas»[105].
[101] Barco de pesca de Groenlandia, hecho con piel de foca.
[102] A. de Chemisso--Waitz.--Oscar
Peschel,--Petitot.--Whymper.
[103] Brooks, _Comptes rendus de la Société de Geographie_ (2
julio 1886).
[104] De Guignes, _Les navigations des Chinois_, 1761.--M. de
Humboldt, _Vues des cordilléres et des monuments des peuples
indigenes de l'Amerique_.--Kohl, _Geschichte, der Entdecung
Amerika's_. Neumann.--De Quatrefages.--Hamy.--Hervey de Saint
Denis.--Désiré Charnay.
[105] _Geografía Universal._--_América boreal_, etc., págs. 5
y 6.
Consideremos las opiniones de algunos sabios acerca de la comunicación
de América con Africa, debiendo fijarnos principalmente en lo que dicen
los libros de Platón, Teopompo de Quio, Aristóteles, Diodoro Sículo y
Séneca.
Platón, después de exponer en su famoso tratado de la _República_ el
plan para organizar un Estado de la mejor forma posible, escribió
«comentarios de aquellas mismas ideas y desarrollo de otras más o menos
conexas con ellas?»[106].
[106] Eduardo Saavedra, _Conferencia pronunciada en el Ateneo
de Madrid el 17 de febrero de 1891_, pág. 7.
En el _Timeo_, otro de los libros del filósofo griego, se lee lo
que a continuación copiamos: «Entonces era el mar navegable en esos
parajes, puesto que existía una isla enfrente de la embocadura, que
designamos con el nombre de Columnas de Hércules, y esta isla era mayor
que la Libia y el Asia juntas, y desde ella pasaban a otras islas en
sus viajes los hombres de ese tiempo y desde estas islas al extenso
continente directamente opuesto, que está limitado por el verdadero
mar. El mar, que se halla dentro de la embocadura de que hemos hablado,
es aparentemente un puerto con la entrada estrecha: pero el otro que
está más allá es en realidad un mar, y la tierra que le rodea debía,
con mayor corrección y con absoluta verdad, llamarse continente.»
Mayor importancia tiene para nuestro objeto el libro intitulado
_Critias_. Refiere Critias lo que un ascendiente suyo había oído a
Solón, quien a su vez lo aprendió en Egipto de cierto sacerdote de
Sais, conocedor de los libros históricos guardados en un templo de
la misma ciudad. La doctrina desenvuelta por el sabio legislador en
un poema, iba dirigida a demostrar que nueve mil años antes de aquel
tiempo, el pueblo ateniense, organizado casi igual al plan expuesto
en los libros de la República, llegó a la mayor grandeza, lo mismo
por sus virtudes cívicas que por sus triunfos militares. La misma
ventura--pues las circunstancias eran las mismas--logró la Atlántida;
pero allí y aquí la corrupción de costumbres atrajo el castigo del
cielo y mientras en Grecia grandes inundaciones asolaron la tierra,
dejando apenas rudos montañeses, ignorantes de las leyes y de los
hechos heroicos de sus antepasados, la Atlántida, castigada por
terribles terremotos, se sumergió en el fondo del mar. Tales sucesos--y
por eso pudo decir con razón el sacerdote de Sais que los griegos eran
siempre niños--sólo encontraron cabida en los libros sagrados de los
egipcios. Luego trata Critias del origen de los atenienses, del clima y
gobierno del Atica, como igualmente de los atlantes, según la relación
egipcia. Prescindiendo de sucesos un tanto legendarios, dice que se
encontraba en la isla, entre los metales, el _oricalco_, muy abundante
y después del oro el más precioso. Añade que abundaban los animales
domésticos y salvajes, en particular los elefantes, siendo de notar que
había alimento de sobra lo mismo para los que pastaban en los montes
y llanuras, que para los que vivían en los mares, pantanos y lagunas.
Cultivábanse allí los árboles frutales, las flores y toda clase de
hierbas y de plantas. Causaba admiración el grandioso alcázar de los
Reyes, los puentes y los canales. Por último, eran sumamente curiosas
ciertas leyes y ceremonias de los atlantes.
Al hablar Platón de la Atlántida sólo se propuso que sus conciudadanos
viesen que el sistema político por él presentado tenía honrosos
antecedentes en antiquísimos tiempos. «Metido--como dice Saavedra--en
esa vía, no es de extrañar que fantaseara imperios, naciones, guerras y
cataclismos, pues no escribía historia, sino pura filosofía política.»
Pero, ¿qué hay de verdad en el relato de Critias? Creemos que el fondo
es verdadero, como así lo han mostrado los sabios franceses Gaffarel,
Luis Germain y otros.
Geógrafos e historiadores han estudiado en estos últimos años la
situación que debió ocupar la Atlántida. Ya Fernández de Oviedo hubo
de decir que la isla a que se refería el sacerdote egipcio era el
continente americano, y ya el sueco Olof Rudveck (1630-1702) la situó
en Suecia. Bailly la colocó más al Septentrión, y supuso que estuvo
en las actuales tierras de Groenlandia, Islandia, Spitzberg y Nueva
Zembla. Bael llevó el emplazamiento a la Palestina. Más acertados
estuvieron los que situaron la Atlántida en el mar _Tenebroso_ (Océano
Atlántico), allende del Estrecho de Gibraltar, o sea en la región
oriental del Atlántico, comprendida entre las islas de Cabo Verde, la
de la Madera, las Canarias y las Azores[107].
[107] Véase artículo de D. Vicente Vera, publicado en la
Crónica científica de _El Imparcial_, correspondiente al 10
febrero de 1913.
El citado continente atlántico debió estar unido a América, quedando
allí como resíduos las Antillas, las Bahamas y la península de la
Florida. Que la Atlántida se hundiese bajo las aguas a consecuencia
de violentas conmociones del planeta, no en los últimos tiempos
del período terciario, como afirman algunos escritores, sino en el
cuaternario, o tal vez posteriormente; que los cataclismos fueran dos
mediando bastante tiempo del uno al otro, los sabios no se han puesto
de acuerdo, si bien se hallan conformes en que dichos cataclismos han
dejado como señales aquellas tierras atlántidas, y como huella de la
terrible sacudida volcánica, el humeante pico de Teide en la isla
canaria de Tenerife.
Sostienen algunos, entre ellos Berlioux, Profesor de _Geografía
Histórica_ en Marsella, y Fernández y González, Profesor de _Estética_
en la Universidad de Madrid, que los primitivos libios pertenecían a la
raza atlantea, siendo de igual modo cierto que de dicha raza procede el
bereber, bereber que pasando del Africa a España tomó luego el nombre
de ibero. Fijándonos en las Indias no dudamos de la comunicación de
atlantes y tal vez de europeos con los americanos. Estudios recientes
de geólogos, zoólogos y botánicos han venido, no a resolver, pero sí a
dar luz a cuestión que al presente despierta tanto interés.
Los geólogos que han estudiado los fondos de la región oriental del
Océano atlántico consideran como muy posible que en ella estuviese
situada la Atlántida. Entre ellos citaremos a M. P. Termier, Director
del servicio de la Carta geológica de Francia. Comienza diciendo que
durante el verano de 1898 se hallaba un buque empleado en el tendido
de un cable submarino entre Brest (ciudad de Francia, departamento del
Finisterre) y el Cabo Cod, sobre el Atlántico (Estado de Massachusetts
en los Estados Unidos), y como se rompiese el cable, se trató de
encontrar por medio de garfios.
Verificóse la operación entre los 47° de latitud Norte y 29° 40
longitud Oeste de París, a unas 500 millas al Norte de las Azores.
En aquellos sitios la profundidad media del mar era de unos 3.100
metros. Hallóse el cable; pero no sin grandes dificultades y después de
recorrer con los garfios el fondo marino. Pudo apreciarse entonces que
dicho fondo presentaba los caracteres de un país montañoso con altas
cúspides, pendientes escarpadas y valles profundos, llamando también
la atención las pequeñas porciones minerales con fracturas recientes
que sacaron los garfios entre las uñas. Dichos minerales son partes
de una lava vítrea que tiene la composición química de los basaltos,
llamada _taquilita_ por los petrógrafos. Del estudio de ciertos
vidrios basálticos de las islas Hawai o Sandwich que se hallan en el
archipiélago de Polinesia u Oceanía Oriental, y de las observaciones de
M. Lacroix acerca de las lavas del Monte Pelado, en la Martinica (una
de las Antillas meñores francesas) se deduce--según el Sr. Vera--«que
las lavas encontradas en el fondo del Atlántico, en los parajes
indicados, se hallaban recubriendo el suelo cuando éste no estaba aún
sumergido. Este terreno se hundió después, descendiendo unos 3.000
metros, y como la superficie de las rocas ha conservado la disposición
escabrosa, las rudas asperezas y las aristas vivas correspondientes a
erupciones lávicas muy recientes, es preciso admitir que el hundimiento
fué muy brusco y se verificó muy poco después de la emisión de las
lavas; de no ser así, la erosión atmosférica y la acción de las olas
hubieran suavizado las asperezas, nivelado las desigualdades y allanado
en gran parte la superficie del suelo.
Así, pues, según los datos que suministra la Geología, se advierte una
extrema movilidad en la región atlántica, sobre todo en la porción
correspondiente al encuentro de la depresión mediterránea con la gran
zona volcánica de tres mil kilómetros de anchura que corre de Norte a
Sur en la mitad oriental del Atlántico. Se tiene, asimismo, la certeza
de haber ocurrido en dicha zona grandes hundimientos de terreno, en
los que islas y aun continentes han desaparecido. Se puede asegurar,
además, que estos hundimientos han sido muy rápidos y algunos de
ellos acaecidos en la época cuaternaria, habiendo, por lo tanto,
posibilidad de que el hombre haya sido testigo de ellos. Geológicamente
hablando, resulta, por consiguiente, que la historia de la Atlántida es
perfectamente verosímil, refiriéndose a un país situado en la región
atlántica a que se viene haciendo referencia.
Veamos ahora lo que dicen zoólogos y botánicos: M. L. Germain,
naturalista francés, habiendo examinado detenidamente la fauna y la
flora actuales de las islas Azores, Canarias, Madera y Cabo Verde,
deduce que necesariamente los cuatro archipiélagos citados han estado
unidos al continente africano hasta una época muy próxima a la
nuestra, por lo menos hasta el fin del terciario. Añade también que
el continente que abrazaba los cuatro archipiélagos nombrados estuvo
unido a la Península Ibérica hasta los tiempos pliocenos, cortándose la
comunicación en el transcurso de dichos tiempos pliocénicos.
Es verdaderamente singular que los moluscos pulmonados llamados
pleacinidos sólo se encuentran en las citadas islas y en la América
Central.
Bien merece que traslademos a este lugar la última parte del artículo
del Sr. Vera. «Finalmente, deben ser citados otros dos hechos,
relativos a los animales marinos, que no pueden explicarse sino por
la persistencia hasta tiempos muy próximos a los actuales de una
costa marítima que corriese desde las Antillas al Senegal y que
uniera la Florida, las Bermudas y el Golfo de Guinea. Estos hechos
son los siguientes. Existen quince especies de moluscos marinos que
viven tanto en las Antillas como en las costas del Senegal, y estas
quince especies no se encuentran en ninguna otra parte del mundo, no
pudiéndose explicar su existencia en regiones tan distantes como las
referidas por el transporte de los embriones. Por otra parte, la fauna
madrepórica de la isla de Santo Tomé comprende seis especies, una de
ellas, fuera de Santo Tomé, no se encuentra más que en la Florida, y
cuatro de las restantes no se hallan más que en las Bermudas. Como la
vida pelágica de las larvas de las madréporas dura solamente muy pocos
días, es imposible atribuir a la acción de las corrientes marinas esta
distribución geográfica tan extraordinaria.»
Teniendo todos estos hechos en cuenta, M. Germain se ve inducido a
admitir la existencia de un continente atlántico que estuvo unido a la
Península Ibérica y a la Mauritania y que se prolongaba a considerable
distancia hasta el Sur, de modo que podía contener algunas regiones
correspondientes al clima de los desiertos que hoy se presentan en
el continente africano. En la época miocena, este continente llegaba
hasta las Antillas. Partióse después, primeramente por el lado de las
referidas Antillas; luego, hacia el Sur, dejando una costa que iba
hasta el Senegal y hasta el fondo del Golfo de Guinea, y, por último,
fragmentándose por el Este, durante la época pliocénica, a lo largo de
la costa de Africa. El último resto de este gran continente, sumergido
finalmente y no dejando más vestigios que los cuatro archipiélagos de
las Canarias, Madera, Cabo Verde y Azores, pudo ser la Atlántida de
Platón.
«Todos estos hechos son interesantísimos, y prueban indudablemente
las grandes variaciones geográficas que ha debido experimentar la
superficie del planeta en la vasta región hoy ocupada por el Océano
Atlántico. Pero muy bien pueden haber ocurrido todas estas variaciones
sin que a ellas se refiera lo que Platón relata con respecto a la
Atlántida. Esta cuestión tiene otro aspecto que los geógrafos hasta
ahora y naturalistas actuales no han estudiado, y que puede variar por
completo el aspecto del problema.»
Sobre el particular creemos importantes las siguientes observaciones
de D. Lucas Fernández Navarro, Catedrático de la Universidad Central.
Al decir Platón que la Atlántida estaba enfrente de las Columnas
de Hércules, «sólo a Madera o las Azores puede referirse. Las
Canarias eran bien conocidas de los griegos, y si a ellas hubiera
querido aludir, no habría dejado de señalar su situación mucho más
meridional»[108]. Más adelante añade: ... lo cierto es que los rasgos
topográficos parecen acusar para las Azores origen distinto del de los
demás Archipiélagos. Aquél, emplazado sobre la línea mediana de altos
fondos parece verdadera y originariamente atlántico, mientras que
los otros se relacionan con el continente europeo (Madera) o con el
africano (Salvajes, Canarias, Cabo Verde)[109].
[108] _Estado actual del problema de la
Atlantis._--_Conferencia leída en sesión pública de la Real
Sociedad Geográfica el 3 de abril de 1916_, pág. 32.
[109] _Estado actual del problema de la
Atlantis._--_Conferencia leída en sesión pública de la Real
Sociedad Geográfica el 3 de abril de 1916_, pág. 33.
Terminaremos asunto de tanto interés con esta pregunta: La existencia
de la Atlántida, ¿pertenece a la novela o a la historia? La autoridad
del _divino_ Platón por una parte, el recuerdo de otros antiguos
relatos análogos, y los estudios recientes de naturalistas y geólogos,
hacen sospechar--no a sostener como si lo viésemos--que la verdad
resplandece en el fondo poético de la narración contada por Critias.
Del mismo modo, antes de pasar a otra materia, haremos constar que, si
el filósofo más grande de la antigüedad se ocupó de la Atlántida en sus
_Diálogos_, el inspiradísimo vate catalán, Mosén Jacinto Verdaguer (n.
en Folgarolas, cerca de Vich, el 1845 y m. en Barcelona el 1902) tomó
también la Atlántida como tema de su inmortal epopeya.
Poco antes o después que Platón, otro escritor griego, Teopompo de
Quío, hubo de citar una tierra llamada _Merópida_, más allá de las
Columnas de Hércules, que se sumergió en tiempos remotos bajo las
aguas. Aunque nada dice Teopompo de los poderosos Reyes ni de las
victorias con que el filósofo de la Academia adornó su poema, afirma,
sin embargo, que poblaban la isla animales corpulentos, los cuales
morían siempre por herida de piedra o golpe de maza, pues los hombres
de aquellas tierras no conocían el uso del hierro, disfrutando, en
cambio, del oro y de la plata. Los que dictaron la narración de
Teopompo, debieron visitar, según Saavedra, «una isla cuaternaria con
sus grandes mamíferos, con sus hombres armados de hachas de piedra
y mazas de madera, forjadores del oro y la plata y desconocedores
del hierro y del bronce. Las familias salvadas del naufragio de la
grande isla y las de las tierras inmediatas que lo presenciaron,
transmitieron, a mi ver, la memoria del suceso de padres a hijos,
de tribu a tribu, de nación a nación; y así llegó a oídos de los
sacerdotes egipcios, y tal vez por algún otro conducto a noticia de los
rapsodas atenienses, quedando fundada una tradición mítica cuyo sólido
cimiento pone al descubierto la ciencia moderna»[110].
[110] Ibidem, pág. 12.
Aristóteles, en su libro _De Mirabilibus_, se expresa de esta manera:
«Se refiere que en el mar que hay más allá de las Columnas de Hércules
descubrieron los cartagineses una isla desierta, distante muchos días
de navegación, la cual contenía toda clase de árboles, ríos navegables,
y era notable por la diversidad de frutos. Los cartagineses acudían
allí las más de las veces con motivo de tales recursos, yendo y
estableciéndose en ella; por cuya causa, el Senado cartaginés prohibió
semejantes viajes bajo pena de muerte, y desterró a los que se habían
establecido allí, de miedo de que, informándose del hecho, otros se
preparasen a luchar contra ellos por la posesión de la isla y decayera
la prosperidad de los cartagineses.»[111]
[111] _Aristotelis Stagiritæ Opera_, págs.
1640-1656.--Lugdvni, MDXLII.
Diodoro de Sicilia, en el cap. II del libro 3.º, refiere lo siguiente:
«Después de haber tratado de las islas que caen al Oriente, dentro de
esta parte de las Columnas de Hércules, nos lanzaremos a la sazón al
gran Océano para ocuparnos de aquéllas situadas más allá de él; porque
enfrente de Africa existe una isla muy grande en el vasto Océano, de
muchos días de navegación, desde la Libia, en dirección a Occidente.
Es allí el terreno muy fructífero, aun cuando sea montañoso en gran
parte; pero muy parecido a tierra de vega, que es lo más placentero
y agradable de todo lo demás; porque está regado por varios ríos
navegables, embellecido con muchos y alegres jardines, plantado con
diferentes clases de árboles y abundancia de frutales, todo ello
atravesado de corrientes de agua dulce. Los pueblos están decorados
con majestuosos edificios, pabellones para celebrar banquetes aquí
y allí, agradablemente situados en sus jardines y huertas. En ellos
se recrean durante la estación de verano como en lugares a propósito
para el placer y la alegría. La parte montañosa del país está formada
por muchos y grandes bosques, y por toda clase de frutales, y para
mayor deleite y diversión de los que habitan en estas montañas,
resulta que siempre, y a cortas distancias, se abren los bosques en
valles placenteros, regados con frescas fuentes y manantiales. Y,
verdaderamente, toda la isla abunda de nacimientos de agua dulce;
de donde los pobladores, no sólo reciben gusto y alegría, sino que
mejoran de salud y de fuerzas corporales. Allí encontraréis caza mayor
abundante de toda clase de animales silvestres, de los cuales hay
tantos que nunca faltan en sus suntuosas y alegres fiestas. El mar
inmediato los provee de mucha pesca, porque el Océano abunda allí en
toda clase de pescado. El aire y clima de esta isla son templados y
saludables, hasta el punto que los árboles producen frutos (y se hallan
también frescas y hermosas otras producciones de aquella tierra) la
mayor parte del año, de manera que dicha isla, por su magnificencia en
todas las cosas, parece más bien la residencia de alguno de los dioses,
que de los hombres...»
Creen algunos autores que Séneca, en su tragedia _Medea_, anuncia o
predice el descubrimiento del Nuevo Mundo[112]. Tales son sus palabras:
_Venient annis_
_Sæcula seris, quibus Oceanus_
_Vincula rerum laxet; et ingens_
_Pateat tellus, Tiphysque novos_
_Detegat orbes, nec sit terris_
_Ultima Thule._
[112] Acto II, versos 375 a 379 y final del coro.
«Día vendrá, en el curso de los siglos, en que el Océano cortará los
lazos con que aprisiona al mundo, la tierra inmensa se abrirá para
todos, el mar pondrá de manifiesto nuevos mundos, y Thula no será ya la
última región de la tierra.»
No es absurdo suponer que en los albores de la edad cuaternaria
llegasen, por un lado, las razas braquicéfalas del Oriente de Asia, y,
por otro, las razas dolicocéfalas del Occidente de Europa, encerradas
en el continente americano, cuando se formó el Estrecho de Behring y
cuando se sumergieron las tierras que se extendían de Africa a América.
Confundiéronse entonces las razas braquicéfalas y dolicocéfalas,
y formaron toda esa variedad de razas mixtas, predominando los
occidentales en los patagones e iroqueses, por ejemplo, razas
dolicocéfalas y de elevada estatura, y los orientales en los peruanos y
pueblenses, razas braquicéfalas, de talla menos que mediana[113].
[113] Véase Antón, Conferencia pronunciada el 19 de mayo de
1891 en el Ateneo de Madrid acerca de la _Antropología de los
pueblos de América anteriores al descubrimiento_, págs. 46 y
47.
Los indios no autóctonos, ¿de dónde proceden? No ha faltado quien
sostenga que los egipcios de Africa, valiéndose de la Atlántida,
llegaron y poblaron a América. Dice Castelnau que los matrimonios entre
hermanos, la poligamia real, la adoración al Sol, la creencia en la
transmigración de las almas y en la vida futura, las ruinas de los
monumentos, etc., señales son que indican la fraternidad de egipcios
y peruanos. Egipcios e indios--según ha podido observarse--tenían
igualmente grueso y duro el casco de la cabeza. Además de esta calidad
exterior entre los dos pueblos, no tiene menos importancia otra
interior, la cual consiste en que unos y otros son vivos e inteligentes
cuando son mozos, y necios y torpes conforme van entrando en años. Otra
de las razones consiste en que los mejicanos, los de Yucatán y otros
indios dividían el año casi lo mismo que los egipcios. En la escritura
tampoco se diferenciaban mucho indios y egipcios. Los primeros usaban
figuras de animales, hierbas e instrumentos de diferentes clases, y
los últimos de geroglíficos. Por lo que a la arquitectura respecta,
las pirámides de Egipto tenían mucha semejanza a las de los indios.
Egipcios e indios eran supersticiosos e idólatras; unos y otros
adoraban al Sol, a la Luna, a las estrellas y a los animales. Tanto
los egipcios como los indios se casaban con sus hermanas; entre los
últimos citaremos el Inca: también debemos notar que los Monarcas de
una y otra parte tenían muchas mujeres; aquéllos y éstos guardaban
profundo respeto a los viejos; los primeros y los segundos usaban mucho
los baños. De modo que los egipcios, de todos los pueblos del Mundo
Antiguo, son los más parecidos a los indios, pudiéndose afirmar que los
pueblos americanos descienden del antiguo Egipto[114].
[114] Véase Fr. Gregorio García, ob. cit., lib. IV. párrafo I,
págs. 218-234.
Sostienen algunos autores que los indios proceden de los griegos; estos
griegos debieron ir a las Indias antes del florecimiento de Cartago
y antes que los poderosos cartagineses cerrasen el Estrecho a sus
enemigos del mediodía de Europa. Semejante opinión puede fundarse en
lo siguiente: dice el dominico Fr. Gregorio García, que hallándose él
en el Perú oyó decir a un español, que cerca de las minas de Zamora,
entre Zambieta y Paracuza, en una peña alta estaban esculpidos cuatro
renglones, cada uno de vara y media de largo, cuyas letras parecían
griegas. Del mismo modo, junto a la ciudad de Guamanga, a la orilla
del río Vinaque--según refiere Cieza--se encontró una losa, en la que
se destacaban ciertas letras que parecían también griegas. Hace notar,
por último, el P. García, que un mestizo de Nueva España le refirió que
en la provincia de Chiapas había algunos pueblos y en ellos edificios
labrados de cal y canto, con sus correspondientes pilares, en los
cuales estaba un letrero, que a dicho mestizo le pareció escrito en
griego. Además, si los muchachos, como dice Platón, solían en Grecia
contar las historias de cosas antiguas, en Nueva España, escribe el
Padre Acosta, los ancianos enseñaban a los mozos, para que éstos los
aprendiesen de memoria, los discursos de los oradores y muchos cantos
de los poetas más favoritos. Como observa San Isidoro, era costumbre de
los griegos llevar oradadas las orejas y con pendientes las mujeres,
y los indios, especialmente los incas del Perú, solían, en señal de
nobleza, agujerearse también las orejas.
Debe, además, tenerse en cuenta que los atenienses en sus guerras
con los de la Isla Atlántida adquirirían noticias de las Islas de
Barlovento y de la Tierra Firme de las Indias. Aparte de otras razones,
ciertas analogías entre la lengua griega con las de Nueva España y el
Perú, indican claramente las relaciones entre dicho pueblo europeo y
los mencionados de las Indias.
Por último, en Nueva España, los de la provincia de Chiapas, conocían
las tres personas de la Santísima Trinidad y denominaban al Padre
_Hicona_, palabra griega que quiere decir _Imagen_. En algunas
provincias llamaban a Dios _Theos_, debiéndose advertir que muchos
vocablos de la lengua mejicana se componen del dicho nombre, como
_Theotopile_, alguacil de Dios; _Theuxiuitl_, fiesta de Dios, etc.[115].
[115] Véase ob. cit., libro IV, cap. XXI, págs. 189-192.
¿Proceden los indios de los fenicios? Refiere Aristóteles en un libro
que escribió _De las cosas maravillosas_ existentes en la naturaleza,
que unos fenicios habitantes de Cádiz navegaron cuatro días hacia el
Occidente, con el viento _appelliotes_ (solano o levante), llegando
a unos lugares incultos, ya descubiertos o ya cubiertos por el mar.
Cuando el mar los dejaba en seco se veían muchos atunes de mayor tamaño
que los que se encuentran en nuestros mares. Los fenicios, después
de salar los atunes, los trajeron para venderlos. Como estos peces
se hallan a la sazón en la isla de Madera, y también en la llamada
Fayal o de la Nueva Flandia, que es una de las Azores. En la noticia
dada por el filósofo griego se han fundado algunos escritores, entre
ellos Vanegas, para sostener que los americanos eran originarios de
los fenicios. Es de creer que los fenicios, luego que descubrieron la
citada Fayal, continuarían navegando hacia las demás de las Azores; no
se olvide que desde la primera, pues tan corta es la distancia, se ven
las últimas. Además, la curiosidad, tan natural en el hombre, les haría
llegar a las islas llamadas de Barlovento, y acaso a la Tierra Firme.
Sirven de fundamento a algunos escritores para sostener la citada
tesis las inscripciones fenicias--pues la invención de las letras fué
posterior--descubiertas en Guatemala, Venezuela y Brasil. Igualmente
se cita a este propósito que el fenicio Melkart y el Inca Manco-Capac
fundaron muchas ciudades y dieron a sus respectivos pueblos la unidad
política de que antes carecían. Unos y otros, fenicios e indios, hacían
dioses a los héroes de sus respectivos pueblos. También ambos pueblos
se entregaron y dieron crédito a agüeros, supersticiones y hechicerías.
Han dicho otros escritores que los indios proceden de los cartagineses.
Los cartagineses, aprovechando las noticias que recibieron de sus
progenitores los fenicios, emigraron a América. Varias son las
analogías que hay entre cartagineses y americanos: ambos usaban
geroglíficos en lugar de letras, empleaban el mismo sistema en sus
construcciones, se horadaban las orejas, tenían el mismo vicio de la
bebida, eran iguales las prácticas antes de hacer la guerra y adoraban
al Sol y a la Luna, ofreciéndoles análogos sacrificios[116]. Moraes
y Bocharto suponen que llegaron primero al Brasil, en tanto que el
maestro Vanegas afirma que fueron a la Isla Española, marchando
después a la de Cuba y a las demás islas de aquellos lugares, y de allí
hasta la Tierra Firme (Nombre de Dios, Panamá, Nueva España y Perú) y
finalmente hasta la parte de Oriente, donde están las islas de Java
Mayor y Menor[117].
[116] Juan de Torquemada, _Monarquía Indiana_, tomo I, libro
1, cap. X.
[117] Fr. Gregorio García, ob. cit., libro II, cap. I, pág. 42.
Refiere el historiador chino Li-yu-tcheu--y la noticia la reputamos
sólo como probable--que en el año 458 de nuestra Era, cinco religiosos
budhistas salieron de Samarkanda con la idea de difundir la doctrina de
Budha o Sakya-muni, la cual llevaron hasta el país de Fu-sang. Hánse
suscitado cuestiones acerca de si Fu-sang es tierra americana; los que
tal afirman no carecen de algún fundamento.
Léese en la Sagrada Escritura que Salomón recibió de Hirán, Rey de
Tiro, pilotos y maestros muy diestros en la mar, y que con ellos y sus
criados envió la flota, que había hecho en Asiongaber, a Ophir. Según
el historiador Josefo, Ophir era cierta región que en su tiempo se
llamaba _Terra Aurea_, palabras que traducidas al romance quieren decir
_Tierra del Oro_. ¿Qué se entendía por Ophir? Según la interpretación
de Vatablo, la Isla Española, y según Genebrardo y Arias Montano, con
otros autores, el Perú[118]. En el _Paralipomenon_ se dice que Salomón
cubrió el templo con láminas de oro muy fino, _Aurum Paruaim_, oro del
Perú. Téngase en cuenta que la terminación _aim_ es número dual en la
gramática hebrea, y conviene a las dos regiones Perú y Nueva España; de
modo que sería oro procedente de las citadas ambas regiones[119]. Todo
lo cual no tiene valor alguno, hallándose fuera de duda--como mostraron
varios escritores, entre ellos, el P. Acosta--que Ophir se refería a
las Indias Orientales.
[118] Véase Fr. Gregorio García, _Origen de los indios
del Nuevo Mundo_, libro I, cap. II, párrafo III, págs.
15-17.--Madrid, 1729.
[119] Véase Fr. Gregorio García, ob. cit., lib. IV, párrafo
III, pág. 140.
Y en este lugar cabe preguntar: ¿Proceden los indios de las diez tribus
israelitas que Salmanasar IV (Sargoún), rey de Asiria, llevó cautivas
a Nínive con su rey Oseas? Consideremos ante todo las semejanzas que
hay entre hebreos é indios. En el libro cuarto de Esdras se lee lo
siguiente[120]: «Y porque la viste que recogía así otra muchedumbre
pacífica, sabrás, que estas son las diez tribus que fueron llevadas en
cautiverio, en tiempo del rey Oseas, al cual llevó cautivo Salmanasar,
rey de los asirios, y a estos los pasó a la otra parte del río, y
fueron trasladados a otra tierra. Ellos tuvieron entre sí acuerdo
y determinación de dejar la multitud de los gentiles, y de pasarse
a otra región más apartada, donde nunca habitó el género humano,
para guardar siquiera allí su ley, la cual no habían guardado en su
tierra. Entraron, pues, por unas entradas angostas del río Eufrates,
porque hizo el Altísimo entonces con ellos sus maravillas, y detuvo
las corrientes del río hasta que pasasen, porque por aquella región
era el camino muy largo de año y medio, y llámase aquella región
Arsareth. Entonces habitaron allí hasta el último tiempo; y ahora,
cuando comenzaren a venir, tornará el Altísimo a detener las corrientes
del río para que puedan pasar. Por esto viste aquella muchedumbre con
paz.» Del anterior texto sacan algunos autores que las diez tribus
fueron a Nueva España y al Perú, extendiéndose luego por los lugares
comarcanos, lo mismo por Tierra Firme que por las islas, _donde hasta
entonces no había habitado el género humano_. El Padre Gregorio García,
después de preguntar cómo podrían aquellas tribus llegar a las Indias
Occidentales, teniendo que pasar tanta inmensidad de agua y tanta
infinidad de tierra, contesta diciendo que pudieron ir poco a poco
por tierra a la gran Tartaria y luego a Mongul, en seguida pasar el
Estrecho «e ir al reino de Aunian, que es ya tierra firme de Nueva
España, aunque desierta, y parte de ella muy frígida, porque está en 75
grados de latitud al Norte. Desde este reino se pudieron venir hacia el
de Quivira y poblar la Nueva España, Panamá y las demás provincias y
reinos de las Indias Occidentales.» Cree Genebrardo que tal vez pasaran
al Nuevo Mundo por otros caminos semejantes al anterior, opinión
robustecida por la muy respetable y autorizada del P. Maluenda. Acaso
emprenderían otro camino las diez tribus y fué ir a la China, pasando
por mar a la tierra de Nueva España, cuya navegación no es muy larga.
Pudiera objetarse que cualquiera de los caminos que siguiesen las diez
tribus, tuvieron que recorrer mucha tierra, siendo de extrañar que no
hiciesen asiento en viaje tan largo o fueran muertos por gentes de
diferentes leyes, usos y costumbres.
[120] Debe advertirse que hay cuatro libros con el nombre de
Esdras; pero los dos últimos se consideran como apócrifos o no
son reconocidos por canónicos en la Iglesia Latina.
Surge otra dificultad que consiste en que la Glosa Ordinaria y algunos
Doctores dicen terminantemente que las diez tribus trasladadas a
la Media _perseveraron siempre allí y perseveran hoy día_. A esto
se contestará que probado se halla por la misma Escritura que los
sacerdotes y levitas que había en las diez tribus, dejando a Jeroboán,
se pasaron a la tribu de Judá. Entre otras autoridades que se hallan
conformes con lo anteriormente expuesto, citaremos la del _Tostado_,
quien afirma que no todos los israelitas de las diez tribus fueron
trasladados a Asiria, sino que algunos marcharon a la tierra de Judá,
en particular de las tribus de Efrain, Manasés, Zabulón y Neftalín. De
modo que gente de las diez tribus, no las diez tribus, pudieron salir
de la Media y marchar a un país _donde nunca habitó el género humano_.
Además, téngase presente que muchos años antes había dicho Dios al
pueblo israelita las palabras que copiamos: _Derramarte ha el Señor por
todos los pueblos desde el principio de la tierra hasta sus términos
y fines_, dándose a entender con ello que no sólo habían de dirigirse
al Asia, al Africa y a Europa, sino también a las Indias. La profecía
no deja rincón del Mundo Viejo y Nuevo que no comprenda. Respecto a
la semejanza de los hebreos con los indios, consignaremos que los dos
pueblos son tímidos, medrosos, ceremoniáticos, agudos, mentirosos e
inclinados a la idolatría. Pruébase todo ello con ejemplos sacados
de la Sagrada Escritura. De igual manera se parecen los judíos y los
indios en muchas de sus costumbres, como también en sus leyes, ritos y
ceremonias. Por último, guardaban los indios las leyes del Decálogo,
habiendo no pocas analogías entre la lengua de los hebreos y la de los
mejicanos y peruanos[121].
[121] Véase Fr. Gregorio García, ob. cit., libro III, págs.
80-128.
Antes que dar por terminado asunto de tanto valor histórico, no huelga
exponer o relatar otras opiniones acerca de los orígenes de los
indios. Tal vez carecen de fundamento alguno, tal vez no tienen valor
científico; pero no deben ser relegadas al olvido o desconocidas.
La primera de dichas opiniones se refiere a si los romanos pueden
ser progenitores de los americanos, y los argumentos empleados para
confirmarla son los siguientes: Es tanta la semejanza entre el quechua
y el latín, que uno de los primeros obispos de la Orden de los
predicadores que vino al Perú, pudo componer una gramática quechua,
valiéndose de las raíces de la lengua del Lacio. Indios y antiguos
romanos tenían la costumbre de teñirse el rostro con bermellón. También
son pruebas de alguna importancia la existencia de los hechiceros, de
los sacrificios, de las casas religiosas de doncellas, etc. «No pasaré
en silencio--dice Marineo Sículo--en este lugar una cosa, que es muy
memorable y digna de que se sepa, mayormente por haber sido, según
pienso, pasada por alto de otros que han escrito. En cierta parte, que
se dice ser de la Tierra Firme de América, de do era obispo Fr. Juan
Quevedo, de la Orden de San Francisco, hallaron unos hombres mineros,
estando cavando y desmontando una mina de oro, una moneda con la imagen
y nombre de César Augusto; la cual, habiendo venido a manos de D. Juan
Rufo, arzobispo Consentino, fué enviada, como cosa admirable, al Sumo
Pontífice. Cosa es ésta que quitó la gloria y honra a los que navegan
en nuestro tiempo, los cuales se gloriaban haber ido al Nuevo Mundo
primero que otros, pues con el argumento de esta moneda parece claro
que fueron a las Indias mucho tiempo ha los romanos»[122]. Dicen, por
último, algunos escritores que debieron ser romanos los que aportaron
a Chile, por cuanto se han hallado en la imperial ciudad del reino
citado, águilas con dos cabezas, águilas que fueron siempre insignias
de los ejércitos del Lacio.
[122] _Rex. Hispan._, lib. 19. cap. 16--Fr. Gregorio García,
ob. cit., lib. IV, cap. XIX, pág. 174.
Asegura Hugo Grocio en sus _Disertaciones del origen de los Indios_,
que éstos descienden de los etiopes cristianos. En algún viaje por
la mar, dejándose gobernar por la furia de los vientos, llegaron
casualmente a Yucatán. Acompañaban sus mujeres a los etiopes, como
era costumbre entre aquellas gentes, no siendo tampoco de extrañar
que llevasen abundantes víveres, temiendo sucesos desagradables, tan
frecuentes en los viajes marítimos. Si las costumbres de los indios del
Yucatán eran iguales o parecidas a las de los etiopes cristianos, como
escribe Grocio, o eran diferentes y aun opuestas, como dice Laet, la
cuestión se halla sin resolver.
Dícese también que los troyanos, _más ilustres por su ruina que por
la majestad de su imperio_, pasaron a las Indias. Del P. Simón de
Vasconcelos son las siguientes palabras: «Otros dijeron que estos
primeros pobladores (de las Indias) fueron de nación troyanos y
compañeros de Eneas, porque después de desbaratados éstos por los
griegos en la famosa destrucción de Troya, se dividieron entre sí,
buscando nuevas tierras en que habitasen, como hombres avergonzados
del mundo y del suceso de las armas, algunos de los cuales dicen se
engolfaron en el largo Océano y pasaron a las partes de América.» Y
prosigue: «Que según esta opinión, los moradores de esta tierra pasaron
a ella por los años de 2806 de la Creación, 1156 antes del nacimiento
de Christo S.N.»[123].
[123] Fr. Gregorio García, lib. IV. párrafo VIII, págs.
263-265.
Los scythas, pueblos situados entre el Don y el Danubio, o sus
descendientes, pasaron a las Indias Occidentales, si damos crédito
a algunos escritores. Sostiene el P. Fr. Gregorio García que las
costumbres de los indios, cotejadas con las de los tártaros y otras
naciones scythicas, parecen las mismas, y aun las desemejantes, si
se estudian con detenimiento, se ve que son hijas de las que usaron
primeramente. El citado historiador refiere que los sacerdotes egipcios
tenían cierto parecido a los de los tártaros y turcos, añadiendo lo que
sigue: «Y últimamente, las ceremonias de Christianos, que se hallaron
desfiguradas entre los Indios, no es difícil las llevasen los Tártaros,
si, como se ha dicho, predicó en Tartaria Santo Tomás, antes que el
malvado Mahoma compusiese de retazos del Judaísmo y Nestorianismo, su
Alcorán; pues se ha de entender que los Tártaros y Scythas pasaron
antes que infamase el género humano Mahoma; porque si no fuera así,
se conservara entre los Indios la abominable memoria de su secta, la
cual ignoraron los indios, aunque en el Río de la Plata hay unos que,
por dichas causas, tuvieron su nombre, de que hace mención Barco:
_Mahomas_, _Epuaes_ y _Galchines_, etc.[124]. Es de notar que los
tártaros e indios sacrificaban hombres para celebrar sus victorias; que
los scythas e indios se sangraban de las orejas, y tanto los primeros
como los segundos fueron hechiceros; que los hunos eran inconstantes,
infieles, vengativos, furiosos y ligeros, igualmente que los indios;
que los lapones creían en sueños y se caracterizaban por su melancolía,
lo mismo que los indios; que los tártaros comenzaban el año en febrero
y contaban por lunas, igualmente que los de Nueva España y otros; que
los tibarenos y los cinguis, que habitaban lo último de Tartaria, se
metían en la cama cuando parían sus mujeres, como se cuenta de los
caribes, de los brasileños y de otros pueblos de las Indias; que la
medicina entre los scythas y tártaros apenas se diferenciaba de la de
los indios; que los turcos y tártaros mataban a los malhechores en
un palo, lo mismo que los indígenas de la Española y de la Florida.
Prescindiendo de otras semejanzas menos importantes, recordaremos que
los entierros entre los scythas o entre los mejicanos y peruanos tenían
mucho parecido, y las sepulturas del Chim de los tártaros y las del
Inca estaban formadas de la misma manera. Hugo Grocio tiene como cosa
cierta que ni los hunos, tártaros, turcos, ni otros scythas pudieron
pasar a las Indias, porque no hay noticia de que tuviesen navíos, ni de
que navegasen en la antigüedad por el Ponto Euxino, Mar Caspio ni por
la laguna Meotis. Niega, del mismo modo, que las trazas y costumbres de
los indios correspondiesen a las de los scythas, hunos y demás naciones
referidas...[125]. No tienen, pues, el mismo origen. Dado que tuviesen
algunas semejanzas, dice, nada importa, porque en todas las naciones
bárbaras e idólatras se manifiestan ciertas cualidades comunes.
[124] Fr. Gregorio García, lib. IV, párrafo XII, págs. 300 y
301.
[125] Ibidem, libro IV, párrafo XIII. págs. 303 y 304.
El padre Fr. Gregorio García, tantas veces citado en esta obra, creyó
resolver cuestión tan complicada, diciendo que los indios que hay en
las Indias Occidentales y Nuevo Mundo no proceden de la misma nación y
gente, ni los del Viejo Mundo fueron de una sola vez, ni los primeros
pobladores caminaron o navegaron por el mismo camino y viaje, ni en un
mismo tiempo, ni de una misma manera, sino que realmente proceden de
diversas naciones, viniendo unos por mar y arrojados por las tormentas,
otros navegando tranquilamente y buscando aquellas tierras de que
tenían alguna noticia. Unos caminaron por tierra, otros compelidos por
el hambre o huyendo de enemigos circunvecinos.
Acerca de la procedencia de la gente que llegó al Nuevo Mundo, unos son
originarios de los cartagineses; otros de las diez tribus israelitas,
que fueron llevadas cautivas a Nínive; algunos de la gente que pobló o
mandó poblar Ophir (hijo de Iectan y nieto de Heber) en México y Perú;
no pocos de los que vivieron en la isla Atlántida, y los habitantes
de las islas de Barlovento, proceden de España, pasando antes por la
citada Atlántida. No faltan autores que les consideren originarios de
los fenicios o de los griegos o de los romanos. Tampoco dejaremos de
nombrar a los que sostienen, con mayor o menor fundamento, que proceden
de religiosos budhistas, de chinos, de tártaros o de otros pueblos.
En una palabra, la raza indígena de América es resultado de la unión
de todos los elementos étnicos dichos, pudiéndose citar, entre otras
razones, la diversidad de lenguas, de leyes, de ceremonias, de ritos,
de costumbres y de trajes, ya de cartagineses, hebreos, atlánticos,
españoles, fenicios, griegos, romanos, indios, chinos y tártaros.
En aquellos remotos tiempos debió suceder lo que al presente acontece
en nuestras Indias, donde hay españoles (castellanos, gallegos,
vizcaínos, catalanes, valencianos, etc.), portugueses, franceses,
italianos, ingleses y griegos, judíos y moriscos, gitanos y negros;
todos los cuales, viviendo en unas mismas provincias, naturalmente se
han de mezclar mediante casamientos, o mediante ilícita conjunción o
cópula[126].
[126] Véase _Origen de los indios del Nuevo Mundo_, lib. IV,
cap XXV, págs. 314-316.
Merecen atención profunda los estudios que ha hecho el Dr. Pablo
Patrón. Sostiene con razones de algún peso que los americanos proceden
de la Mesopotamia y que la lengua súmera tiene raíces que explican
el origen y significado de muchas voces de los varios idiomas que se
hablan en las dos Américas.
De una de las obras del insigne alemán barón de Humboldt copiamos
el siguiente e importante párrafo: «La comunicación entre los dos
mundos se manifiesta de una manera indudable en las cosmogonías,
los monumentos, los geroglíficos y las instituciones de los pueblos
de América y del Asia... Algunos sabios han creído reconocer en
estos extraños civilizadores de la América a náufragos europeos o
descendientes de los escandinavos, que después del siglo XI visitaron
la Groenlandia, Tierra Nova y puede ser que hasta la misma Nueva
Escocia; pero poco a poco que se reflexione sobre la época de las
primeras emigraciones toltecas, sobre las instituciones monásticas,
los símbolos del culto, el Calendario y la forma de los monumentos
de Cholula, Sogamoso y del Cuzco, se comprenderá que no es del Norte
de la Europa de donde Quetzalcoatl, Bochica y Manco-Capac han tomado
sus Códigos y sus leyes. Todo nos hace mirar hacia el Asia Oriental,
hacia los pueblos que han estado en contacto con los thibetanos, los
tártaros, schamanitas y los ainos barbudos de las islas de Jesso y de
Sachalín»[127].
[127] _Vistas de las cordilleras y de los monumentos indígenas
de América_, tomo I.
Con razones más o menos poderosas, no pocos autores escriben que otros
pueblos, además de los citados, pasaron a las Indias y se establecieron
en aquel país.
Después de ocuparse D. Juan Facundo Riaño de las semejanzas artísticas
entre el Nuevo y Viejo Continente, añade lo que a continuación
copiamos: «Demuestran fácilmente las anteriores observaciones, que
hubo en algún tiempo comunicación y relaciones entre la América y
los antiguos pueblos del Mediterráneo y del Oriente; pero se aducen
argumentos en contra que tienen importancia, hasta el punto de que hay
alguno que no encuentro manera de rebatir, dado el estado rudimentario
en que se encuentran todavía esta clase de estudios. Serán, si se
quiere, cuestiones de menor transcendencia; pero el pro y el contra se
debe estimar en toda discusión de buena fe; y así entiendo que merece
consignarse el principal argumento en contrario, que es el siguiente:
los americanos, a la llegada de los españoles, desconocían el uso
del hierro, la escritura alfabética, los animales domésticos y los
cereales; todo lo cual era perfectamente conocido de los pueblos que
les comunican las formas arquitectónicas que dejo indicadas. ¿Cómo
se justifica la deficiencia? Ya he significado que no encuentro hoy
medio de hacerlo, aunque posible será que el día menos pensado se
aclare la duda; mientras tanto, no pueden perder fuerza ninguna los
argumentos favorables a la importación de formas monumentales en aquel
país, porque se prueba con hechos tangibles, y porque el campo de los
testimonios auténticos se ensancha al compás de los estudios»[128].
[128] _Discurso pronunciado en el Ateneo de Madrid_ el 26 de
mayo de 1891, págs. 14 y 15.