UNIDAD Y VARIEDAD DE LA ESPECIE HUMANA.--EL EVOLUCIONISMO. LA
SELECCIÓN.--EL PITHECANTHROPUS.--PROTOHISTORIA AMERICANA.--EL
SALVAJISMO.--ANTIGÜEDAD DE LOS INDIOS.--RAZAS MIXTAS.--EL «HOMO
ASIATICUS» Y EL «HOMO AMERICANUS». DIFERENCIAS Y SEMEJANZAS ENTRE
UNO Y OTRO.--ALGUNOS POBLADORES DE AMÉRICA SON AUTÓCTONOS.--RAZAS
CULTAS Y SALVAJES.
El naturalista Quatrefages (1810-1892) sostuvo la teoría de la
unidad de la especie humana o del _monogenismo_. El hombre, según el
sabio francés, debió ser creado por una voluntad superior o por la
intervención de una fuerza desconocida por nosotros, siendo de notar
que las diferencias que se observan entre las razas se deben únicamente
a condiciones distintas del medio físico.
Otro naturalista, el suizo Luis Agassiz (1807-1873), al mismo tiempo
que admitía una acción suprema, dijo que las especies nacieron
independientes en ocho puntos distintos del globo.
La teoría biológica del evolucionismo intentó explicar el origen de los
diversos seres vivos por derivaciones sucesivas de unos a otros, de tal
manera que cada especie era únicamente la transformación de un tipo
común, que, a través de la evolución del tiempo, había ido generando
las múltiples formas conocidas. Explicó dicha teoría el francés
Lamarck (1744-1829), quien fué atacado por Quatrefages, Agassiz,
Cuvier y otros. No huelga decir que semejante doctrina tuvo no pocos
precursores, mereciendo entre los primeros señalado lugar Aristóteles.
Casi se hallaban olvidadas las obras de Lamarck (_Sistema de los
invertebrados_ y _Filosofía zoológica_) cuando apareció el eminente
naturalista inglés Carlos Roberto Darwin (1809-1882): su obra _Del
origen de las especies_, publicada en 1859, y cuya base es la evolución
universal, vino a hacer una revolución en la ciencia. Doctrina tan
peregrina consistía en afirmar que la lucha por la existencia y la
selección natural eran las dos leyes que regían la multiplicación y
perfeccionamiento de las especies. El estado de guerra que Hobbes
señalaba, solamente entre los hombres primitivos (_Homo homini lupus_)
era, según Darwin, la ley universal de la vida animal. «Vemos--dice--la
naturaleza resplandeciente de hermosura y observamos en ella
abundantemente todo lo que puede servir para alimento de los seres;
pero no miramos u olvidamos que las aves que cantan con tanta dulzura
alrededor de nosotros viven sobre todo de insectos y de otras aves o
se ocupan siempre de destruir. No recordamos que los huevos y nidos de
dichas aves cantoras son destruídos por animales feroces o por aves de
rapiña; no tenemos presente que el alimento que les está destinado y
que hoy es abundante, no lo es en todas las estaciones. Cuando se dice
que los seres luchan para vivir, es preciso entender esta palabra en
el sentido más amplio y más metafórico, comprendiendo las dependencias
mutuas de los seres, y lo que tiene más importancia, las dificultades
que se oponen a su propagación. En tiempos de hambre puede decirse
que los carnívoros están en lucha unos con otros para proporcionarse
el sustento. La planta arrojada a la orilla del desierto lucha para
vivir contra la sequía. Un arbusto que produce anualmente un millar de
granos, lucha en realidad contra las plantas de la misma especie o de
especies diferentes que ya cubren el suelo.»
Respecto de la cría de los animales, se ha verificado hace un siglo
largo el comienzo de una doctrina que se llama _selección_. Según
ella, el individuo que se dedica a dicha cría, cuando sorprende en un
ser cualquiera un carácter especial, le sigue en una familia y escoge
con cuidado los reproductores que pueden transmitirle, obteniendo,
mediante largos esfuerzos, una nueva variedad, una raza. La naturaleza,
dice Darwin, no hace otra cosa; del mismo modo que el hombre forma
razas artificiales, la naturaleza crea razas naturales. La naturaleza
abandona desapiadadamente o arroja todo lo que es débil, impotente y
enfermizo; da vida, en cambio, a los más fuertes, poderosos y sanos. La
variedad, asegurando más y más su preeminencia, se eleva a la categoría
de especie, así como el boceto viene luego a ser cuadro. La nueva
especie vivirá largo tiempo; pero cuando cambien el medio físico y el
medio orgánico, los cambios o variaciones formarán otras especies, que,
a su vez, acabarán con las citadas anteriormente. La naturaleza, pues,
mediante la selección, renovará la faz de la tierra; renovación que
sólo necesita el tiempo, que no tiene límites. En tal estado el asunto,
falta explicar la aparición de las primeras formas orgánicas. ¿Había
en el seno de la naturaleza inorgánica fuerzas dormidas que en ciertas
circunstancias pudieron crear una planta o un animal, de igual manera
que se forma un cristal en virtud de ciertas afinidades químicas? Tal
es la doctrina de la generación espontánea.
Darwin, en su libro intitulado _Descendencia del hombre_, y que
vió la luz en el año 1871, aplicó rigurosamente sus teorías a la
especie humana. Según Darwin y sus discípulos, el hombre, siguiendo
las leyes de la selección natural, desciende de un grupo de seres
antropomórficos, al cual pertenecen el orangután, el gorila y el
chimpancé. El eslabón que une a aquél con los últimos debió existir en
el período terciario, y fué el _pithecanthropus_ del alemán Haeckel o
el _anthropopythecus_ de Mortillet[83]. Los restos encontrados en las
formaciones sedimentarias de Java[84], parecen indicar la existencia
de un ser superior a los antropóides e inferior al hombre. No se da un
salto, pues, del orangután al hombre. _Natura non facit saltum._ El
precursor del hombre debió ser el pithecanthropus.
[83] Deuxiéme session de _L'Asociation francaise pour
l'avancement des sciences_.--Lyon, Aout, 1872. (_Revue
Scientif_, 2.ª ser., 3.^{er} an., núms. 9, 10 y 11).
[84] Isla en el archipiélago de la Sonda (Oceanía Occidental).
Hovelacque dice por su parte: «La única facultad que distingue al
hombre de los animales es la palabra, y por mucho que retrocedamos en
el pasado, el ser que encontramos provisto del lenguaje articulado es
ciertamente el hombre, mas no lo es el que carezca de esta facultad.
No podemos pensar que el lenguaje le fuera dado al hombre de repente,
sin causa, _ex nihilo_, sino más bien que fué el fruto de su desarrollo
progresivo, el producto de su perfeccionamiento orgánico. Y siendo
esto así, antes del ser caracterizado por la facultad del lenguaje
articulado hubo otro que estaba en camino de adquirirla, de llegar a
ser hombre, y este ser es el que debió tallar los silex de Thenay»[85].
[85] _Lettre sur l'homme préhistorique du type le plus
ancien_, etc. París, 1876.
En resumen: el mineral, mediante una serie de transformaciones
sucesivas más o menos largas, pudo llegar y ha llegado a ser planta, la
planta a ser animal y el animal a ser hombre.
Ya en este punto de la investigación científica, la discusión entre
monogenistas y poligenistas carece de todo interés: se reduce a
averiguar si el hombre apareció en diferentes puntos de la tierra,
como creen unos, o en una sola parte, como piensan otros. Mientras
Darwin escribía que «los naturalistas que admiten el principio de
la evolución, no vacilarán en reconocer que todas las razas humanas
descienden de un solo tronco primitivo», el alemán Goethe (1749-1832),
afirmaba, por el contrario--tales son sus palabras--, que «la
naturaleza se muestra siempre generosa y hasta pródiga, estando más
conforme con su espíritu admitiendo que ha hecho aparecer a los hombres
por docenas y aun por centenares, más bien que suponiendo que los ha
hecho aparecer pobremente de una sola y única pareja. Cuando la tierra
hubo llegado a cierto grado de madurez, cuando las aguas se fueron
encauzando y los terrenos secos se cubrieron de verdura, apareció el
hombre en todos los lugares en que la tierra lo permitía.»
De Fritsch son las palabras que copiamos: «Es evidentemente absurdo que
estas condiciones favorables (refiriéndose a las necesarias para la
aparición del hombre), sólo se han presentado en una sola localidad;
que un lugar de la tierra haya sido el preferido para la aparición del
hombre, y, por último, que una sola pareja haya tenido la dicha, para
asombro de la posteridad, de ser la originaria del género humano.»
Humboldt, Gumplowitz y otros sabios, niegan del mismo modo que todos
los hombres se deriven de una pareja única.
Después de la teoría general que acabamos de reseñar, procede que nos
ocupemos de la aparición del hombre en América. Aunque se anunció como
cosa cierta y positiva que los Sres. Witney y Blaque, ingenieros de
los Estados Unidos, habían descubierto un cráneo que se hallaba debajo
de materiales volcánicos, edad terciaria y período plioceno[86], se
supo luego que aquellos naturalistas habían sido engañados por mineros
de poca conciencia. Aun admitiendo que dicho cráneo fuese auténtico
y no moderno, con señales bien hechas, nos asaltaría la duda de si
el terreno es terciario, pues todo indica que pertenece a la edad
cuaternaria.
[86] Desor, _L'homme pliocene de la California_. Nice, 1879.
Mayor importancia--como escribe D. Juan Vilanova--revisten los huesos
humanos descubiertos recientemente en el sitio, no lejos de México,
llamado el _Peñón de los Baños_. Bárcena y Castilla, profesores de
Geología, dicen «que, por los caracteres que ostentan los huesos, el
esqueleto pertenece a la raza indígena pura de Anahuac, añadiendo, por
último, que lo consideran como prehistórico, o sea muy anterior a las
noticias que sobre dicha raza presentan la tradición y la historia,
señalándole como antigüedad menor la de 800 años, y como horizonte
geológico, la división superior de la era cuaternaria»[87]. En la
cuenca del río Delaware, no lejos de la ciudad de Trenton (Estados
Unidos), en una formación glacial, halló el Dr. Abbott «más de un
cráneo humano que, si son contemporáneos de los instrumentos tallados
descubiertos en la misma localidad, deben ser tan antiguos como éstos,
que representan por su forma y por lo tosco de su labor el período
europeo de Chelles y Taubach»[88]. Llamó la atención que algunos de
los cráneos fuesen braquicéfalos y no dolicocéfalos, esto es, que
correspondiesen a una raza superior, como superior se considera la
braquicefalia a la dolicocefalia.
[87] _Protohistoria Americana_, Conferencia de D. Juan
Vilanova en el Ateneo de Madrid el 21 de Abril de 1891, págs.
30 y 31.
[88] Ibidem.
Hace notar el Marqués de Nadaillac a propósito de los cráneos
americanos, que no se halla probado que predominen los braquicéfalos o
los dolicocéfalos, habiendo verdadera mezcla de unos y otros, si bien
debe notarse que en todos está muy reducida la cavidad cefálica, sin
querer esto decir que signifique tal condición inferioridad intelectual
en aquellas gentes. Encierra verdadera importancia el siguiente hecho.
Los cráneos encontrados cerca de Merom (Indiana), los de Chicago, el
procedente del Stimpson's-Mound y los del Kennicott-Mound ofrecen
caracteres de inferioridad, hasta el punto que la depresión frontal
es casi igual a la del chimpancé. De la misma manera son de escasa
capacidad cefálica los cráneos encontrados en los paraderos del litoral
de California y del Oregón, como también los de la isla de Santa
Catalina, donde con los restos humanos aparecieron pequeñas vasijas de
esteatita, objetos de silex y de hueso, y alguna esculturita de piedra
dura.
No pasaremos en silencio «la indicación de la singular forma que
ofrece la tibia de muchos esqueletos, a la que se aplica el nombre de
platignemia, común en muchos monos, así como el agujero natural que
ofrece la cavidad olecraniana del húmero, rasgos que los transformistas
invocan en pro de la descendencia simia del hombre.»[89]. Casi
idénticos caracteres se ven en los huesos encontrados en diferentes
puntos (Buenos Aires, Patagonia, Venezuela, Florida, etc.). Por cierto
que discurriendo el Sr. Tenkate, escritor distinguido, acerca de los
caracteres generales de las razas humanas encontradas en América,
ha venido a sostener que dichas razas corresponden a las llamadas
mogolas o amarillas. Haremos notar en este lugar que es un hecho el
predominio de la raza braquicéfala o de cráneo redondo en el Norte, así
como el de la dolicocéfala o de cráneo elíptico en el Sur; y siendo
inferiores--como generalmente se cree--las razas de cráneo largo,
debió poblarse el continente americano de Sur a Norte, y no--según la
opinión corriente--de Norte a Sur. En Europa los hombres más antiguos
son los dolicocéfalos, y en América--si damos crédito a investigaciones
recientes--los braquicéfalos.
[89] Vilanova, ob. cit., pág. 32.
[Ilustración: Cráneo neolítico (California).]
Sintetizando la doctrina que acabamos de exponer, diremos que algunos
cráneos hallados en América tienen más parecido al del chimpancé que al
del hombre de nuestros días, siendo también objeto de estudio la forma
de ciertas partes de los esqueletos que son como un paso del mono al
hombre.
Manifiéstase con toda claridad que los caracteres de otros esqueletos,
tal vez más modernos que los anteriormente citados, revelan el
salvajismo, pudiéndose sostener que ciertas señales acreditan la
antropofagia. ¿Indica más salvajismo el hombre primitivo de América
que el encontrado en el valle del Neckar, cerca de Suttgard, y que
Quatrefages y Hamy han hecho del citado ejemplar el tipo de la
raza más antigua que habitó el continente europeo en los tiempos
cuaternarios, distinguiéndola con el nombre de Canstadt? Creemos poder
afirmar que el continente americano ha pasado por los mismos cambios
y mudanzas que el Mundo Antiguo (Asia, Africa y Europa); ha seguido
las mismas vicisitudes y en él se ha desarrollado la vida del mismo
modo. Muéstrase la antigüedad de los indios con sólo atender, entre
otras cosas, al número considerable de lenguas y la perfección en que
éstas se hallaban al descubrir Cristóbal Colón el Nuevo Mundo. De
igual manera se manifiesta la antigüedad considerando los edificios
esparcidos por todo el continente americano. Opina el historiador
Bernal Díaz del Castillo que el templo de Huitzilipuctli se edificó mil
años antes de la llegada de los españoles a América.
No obstante lo dicho, Bacón de Verulamio sostuvo que los indios eran
gente más nueva que los habitantes del Antiguo Mundo, y Herrera
entendía que nuestro hemisferio se hallaba habitado cuando comenzaron
a poblarse las Indias[90]. Cuenta Lescarbot que Noé llegó en un navío
al Estrecho de Gibraltar, pasando al Canadá y Brasil, y últimamente a
Paria y a otras tierras[91]. Algunos tienen como cosa cierta, que Tubal
envió gentes a poblar las Indias[92], y Acosta se contenta con decir
que se poblaron antes de Abraham[93]. Fulero consideró a los hijos de
Cus como los primeros que se establecieron en las Indias; Vasconcelos
supuso que los indios procedían de los dispersos al tiempo de la
confusión de las lenguas, o de los hijos de dichos dispersos; Hornio y
Laet creían que se pobló América al mismo tiempo que Africa y Europa,
y Torquemada sostuvo que la población se verificó cerca del tiempo del
diluvio[94].
[90] Fr. Gregorio García, Ob. cit., libro IV, párrafo XV,
págs. 312 y 313.
[91] Pág. 308.
[92] Pág. 308.
[93] Pág. 309.
[94] Págs. 309 y 310.
Mostrado está que los americanos constituyen un grupo de razas mixtas,
como escriben Molina y D'Orbing. Dice el primero: «Las naciones
americanas son tan diferentes unas de otras como lo son las diversas
naciones de Europa: un chileno no se diferencia menos de un araucano,
que un italiano de un tudesco»; y el segundo añade: «Un peruano es más
diferente de un patagón, y un patagón de un guaraní, que un griego
de un etiope o de un mogol». Por el contrario, nuestro Herrera se
expresa del siguiente modo: «Es cosa notable que todas las gentes de
las Indias, del Norte y del Mediodía, son de una misma inclinación
y calidad, porque, según la mejor opinión, procedieron de una misma
parte; y asímismo los de las islas, a las cuales pasaron de la tierra
firme de Florida»; y Ulloa (Antonio) escribe lo que copiamos a
continuación: «Visto un indio de cualquier región se puede decir que
se han visto todos»[95]. Del mismo modo han opinado Robertson, Herder,
Blumenbach, Humboldt y otros.
[95] _Noticias americanas._--Entretenimiento XXII, pág.
253.--1792.
El _homo asiaticus_, que comprende las poblaciones extendidas desde
el Caspio y el Eufrates hasta el mar Amarillo y el Japón, y desde la
Manchuria a Siam tiene por caracteres físicos «la cabeza de forma
prolongada y relativamente corta, braquicefálica, cuneiforme sobre
todo, y platicefálica; la faz en relación, la estatura variable,
el color de la piel amarillento como los chinos o atezado como los
japoneses; escaso o pobremente velludo, de barbas ralas y menguadas y
rígidos cabellos negros. Los ojos muestran inclinación oblícua hacia
el ángulo interno, mientras que el externo está levantado; la nariz
es corta y deprimida, los pómulos abultados y salientes, la faz en su
totalidad aplastada y los ojos obscuros»[96].
[96] G. Sergui, _La evolución humana individual y social_,
tomo I, pág. 65.--Barcelona, 1905.
Los caracteres principales del _homo americanus_ son los siguientes:
«una frente chica y baja; hundidos, pequeños y obscuros los ojos;
grande la boca; dilatada la nariz por las ventanas y honda en su raíz;
largo, laso, grueso y negro el cabello; escasa la barba y depilada
la piel; la color, obscura con variedad de tonos, las más veces como
la del membrillo cocido; la contextura física, robusta y fuerte;
el temperamento bilioso y sobrio; y en la constitución social, la
costumbre es el régimen ordinario»[97].
[97] Antón, Ob. cit., pág. 11.
Las diferencias, pues, entre el _homo asiaticus_ y el _homo americanus_
no son radicales; antes por el contrario, la semejanza es manifiesta.
Lo mismo pudiéramos decir de las costumbres y creencias. Los mejicanos,
como los mongoles, quemaban los cadáveres, recogían las cenizas y
las encerraban en urnas con una piedra preciosa. Los peruanos, como
los judíos, guardaban a sus muertos y los enterraban, ya en pie, ya
sentados, con parte de los utensilios, y a veces con los tesoros
que tuvieron en vida. Los peruanos, como los chinos, daban capital
importancia a la agricultura y conservaban los hechos históricos en
anudadas cuerdecillas. Por sus creencias, los americanos, como los
asiáticos, reconocían la existencia de un Espíritu, creador del Mundo,
para el cual no había representación posible ni era bastante ancho el
recinto de un templo. Unos y otros tenían noticia por tradición del
diluvio, y afirmaban que muy pocos se habían salvado de la catástrofe.
Los mejicanos suponían fabricada su pirámide de Cholula por unos
gigantes que habían intentado elevarla hasta las nubes, atrayéndose por
su insensato orgullo la cólera celeste: los hebreos decían lo mismo de
su torre de Babel. Tenían su Eva los indígenas en la diosa Cioacoatl,
la primera mujer que pecó, parió y legó a su sexo los dolores del
parto. Por ella instituyeron el Bautismo, que empleaban, como los
cristianos, para limpiar a los recién nacidos del pecado original
y traerlos a nueva vida. Muy parecida era también la organización
religiosa. En América y en Oriente el sacerdocio gozaba de grandes
prestigios y de mucho poder; en uno y en otro punto se celebraban
suntuosas fiestas y sangrientos sacrificios. No es, pues, de extrañar
que Guignes y Paravez, por los años de 1844, como también Humboldt,
Preschel y otros, intentasen probar que la cultura peruana procedía del
Asia.
Consideremos las principales tribus americanas. Según Molina, los
boroanos, en las provincias de Chile, «son blancos y tan bien formados
como los europeos del Norte»; cree Quatrefages que los koluchos,
habitantes en la parte Norte de la costa del Pacífico, pertenecen a
la raza blanca; Bartram considera algunas jóvenes de los cherokises
«tan blancas y bellas como las jóvenes de Europa»; y Humboldt escribe
que también tienen el mismo color blanco los guanariboes, guanaros,
guayacas y maquiritarés, que él vió en las orillas del alto Orinoco.
Si en general es ralo y escaso el pelo del cuerpo y de la barba en los
americanos, los yuracarés, si damos crédito a D'Orbigny, tienen la
barba cerrada como los europeos; Laperouse, y también Molina dicen que
en algunos chilenos no es menos espesa la barba que en los españoles.
Acerca de la estatura, si son altos los patagones, algunos pieles-rojas
y los muscogíes, en cambio los peruanos son bajos, y más bajos todavía
los esquimales. Por lo que respecta a las proporciones de la cabeza, si
la forma del cráneo es en general la braquicéfala, también se encuentra
la dolicocefalia.
Dejando otros caracteres físicos menos importantes que los anteriores,
pasamos a estudiar los intelectuales. Se ha discutido si la raza
americana es inferior para la civilización y cultura que las otras
razas del Antiguo Mundo, cuestión que no tiene valor alguno. Si en
la época del descubrimiento, algunos pueblos del nuevo continente
(mexicanos y peruanos) presentaban todas las formas sociales conocidas
en el Antiguo Mundo, no llegaron, sin embargo, al principio de la
civilización en toda su fuerza. Acostúmbrase a decir que en América se
hallaba el hombre en los estados siguientes: salvaje, bárbaro, nómada o
sedentario y civilizado. A la llegada de Cortés y Pizarro, el primero
a México y el segundo al Perú, encontraron Gobiernos regulares, artes,
industria y agricultura.
Debemos fijar nuestra atención en las opiniones principales acerca
del origen de los primeros pobladores de las Indias. Creen algunos
escritores que los primeros habitantes han nacido en el mismo suelo
americano, esto es, que son _autóctonos_; según otros, proceden del
Africa; algunos dicen que de Europa, y muchos, tal vez la mayor parte,
les hacen venir del Asia. El primero que sostuvo, allá por el año
1520, que los americanos eran autóctonos, fué el naturalista suizo
Teofrasto Paracelso, el cual hubo de negarles clara y terminantemente
la descendencia de Adán, anticipándose con esto muchos años a la
escuela de antropólogos americanos. En un anónimo publicado en Londres,
en 1695, y que se intitula _Two essays, sent in a letter from Oxford
to a nobleman in London, by L. P. M. A._, se sostiene el autoctonismo
americano. Morton, profesor de Filadelfia y fundador de la citada
escuela de antropólogos, intentó probar, con razones de bastante peso,
el origen genuínamente americano de los indios, raza distinta de todas
las conocidas en el Viejo Mundo. Nott y Glidon, discípulos de Morton,
popularizaron en los Estados Unidos de Norte América la doctrina del
maestro. _The native americans are possessed of certain physical
traits that serve to identify them in localities the most remote from
each other: nor to they as a general rule assimilate less in their
moral character and usages._ Dicha doctrina tiene al presente no pocos
defensores.
La mucha antigüedad del hombre en América se halla mostrada por
recientes descubrimientos. Lo mismo del Norte que del Sur, se han
extraído de terrenos cuaternarios armas y utensilios de piedra al
lado de restos de animales cuya especie se extinguió hace siglos.
«En California, en el condado de Tuolumne, en las galerías mineras
de Table Mountain, a trescientos cuarenta pies de profundidad, de
los cuales más de ciento eran de lava, se encontró el año 1862 con
huesos fósiles de mastodonte y otros paquidermos, un almirez de
granito, un adorno de pizarra silícea, puntas de lanza de pedernal y
una cuchara de esteatita. Han ocurrido después análogos y no menos
interesantes hallazgos en distintos lugares, sitos entre los Grandes
Lagos y el Golfo de México»[98]. En la América meridional, según Lund,
que reconoció el Brasil, se han encontrado muchas cuevas donde se
hallaban cráneos y aun esqueletos humanos confundidos con osamentas
de animales de razas muertas. No es de extrañar que se afirme la
existencia del hombre en América durante el período _diluvial_, cuando
los ventisqueros desprendidos del Polo transformaron completamente la
superficie del planeta. Como consecuencia de todo ello, tampoco es de
extrañar que no pocas tribus americanas se considerasen autóctonas.
Sostenían los navajos que todas las tribus habían salido del fondo de
sus cavernas; los peruanos afirmaban que los Incas tuvieron su cuna en
el lago de Titicaca; los iowas se creían descendientes del hombre y de
la mujer creados por el Grande Espíritu; los quichés se consideraban
originarios del Oriente de América.
[98] Pi y Margall, _Historia general de América_, tomo I, vol.
II, pág. 1.158.
Dado que en ninguna de las tribus americanas se recordaba el nombre
de pueblo ni de comarca del Antiguo Mundo; ni se conocía el arado, ni
el cultivo de la vid y el trigo, ni el uso del hierro, ni el carro de
guerra, ni el transporte, ni otras embarcaciones que el haz de juncos
y la canoa; ni en ninguna se había llegado a la escritura fonética,
considerando todo eso, deducía Pi y Margall que si el hombre americano
no había tenido su origen en el Nuevo Mundo, debía ser, por lo menos,
tan antiguo en él como el europeo en Europa, y hubo de vivir siglos
y siglos en el mayor aislamiento[99]. Creemos como cosa cierta que
no procedían del antiguo continente ni los _mound builders_, ni las
razas que unas después de otras invadieron el Anahuac, ni las que
se encaminaron desde el istmo de Tehuantepec al de Panamá, ni las
que civilizaron el Perú mucho antes que los Incas, ni los autores de
ninguna de las revoluciones porque debió pasar la América durante
tantos siglos. Tales razas debieron ser americanas y lejos de dejarse
dominar por extrañas gentes, ellas dominaron a los que desembarcaron en
sus costas. A los autores que no se explican cómo de una sola especie
se hayan derivado la multitud de gentes que encontramos establecidas
desde el Océano Glacial del Norte al Cabo de Hornos, les contestaremos
que tampoco debieran explicarse cómo nacieron de la sola especie
indo-europea tantas nacionalidades situadas entre el Estrecho de
Gibraltar y las orillas del Ganges.
[99] Ob. cit., vol. II, pág. 1.159.
Las revoluciones de que antes hicimos mención no fueron realizadas por
las razas salvajes, sino por las cultas. La raza de los nahuas fué la
que más hubo de contribuir a la civilización de la América del Norte,
y a ella pertenecían los olmecas, xicalancas, toltecas, chichimecas y
aztecas. Por quererse imponer unas tribus sobre otras engendraron las
revoluciones a que sirvió de teatro el valle de México. Considérase
como otra raza civilizadora la de los mayas, extendida por Chiapas,
Guatemala, Yucatán y Honduras. Además de los verdaderos mayas, existían
tribus con los mismos rasgos característicos, y todos formaron un
imperio; imperio que tiempo adelante se dividió en tres Estados. Además
de nahuas y mayas había otras razas civilizadoras. Entre ellas se
encuentran los zapotecas, que no hablaban ni el maya ni el nahuatl;
pero que tenían culto propio y levantaban monumentos como los de
Mitla. Lo mismo decimos de los pueblos de Palenque y de los autores de
los templos de Copán. En la América del Sur deben mirarse como razas
civilizadoras la de los muiscas o chibchas, la de los quechuas, y tal
vez la de los chimus. Los quechuas, chimus y aymarás, constituían
principalmente a la llegada de los españoles el imperio de los Incas.
Cuando los españoles llegaron a América, ¿habían desaparecido algunas
de las razas cultas? Muchos autores creen que sí y citan en su apoyo
los monumentos cuyo origen desconocían los indígenas del tiempo de
la conquista. Hasta el año 1576 en que las descubrió D. Diego García
de Palacio, oidor de la Audiencia de Guatemala, se desconocieron las
ruinas de Copán; y hasta el 1746, en que las vió D. Antonio de Solís,
cura de Tumbalá, nada se sabía de las ruinas de Palenque. Y por lo que
al Perú respecta, nadie sabía quiénes habían sido los artistas del
templo de Pachacamac, los del mirador de Huanuco el Viejo, ni los de
los monolitos de Tiahuanaco.
En la América del Norte se han descubierto extensos recintos de
cascajo y piedra e innumerables túmulos en el valle del Mississipí, a
los cuales, por ignorarse el nombre de las razas que los levantaron,
se les llama _mound-builders_. En las costas de los dos Océanos y en
las riberas de algunos ríos se encuentran inmensos bancos de conchas
de moluscos, llamados por los dinamarqueses _Kjökkenmoddings_, y por
los habitantes de los Estados Unidos _shell-heaps_ o _shell-mounds_,
que cubren 30 y hasta 60 hectáreas de terreno, y tienen de altura de
10 a 12 metros, hallándose en todos ellos utensilios y armas. ¿Qué
significan aquellas obras y estos utensilios y armas? Los indígenas
contestaban que ya existían cuando sus padres se establecieron en el
país.
Por lo que a las razas salvajes se refiere, su historia queda reducida
a las creencias, usos y costumbres que las distinguían, como también
por las luchas que han debido tener con las civilizadoras para sostener
su independencia. A la sazón, los hombres cultos, unos las compadecen,
otros las envidian y algunos las odian. Las compadecen aquellos que
las ven privadas del beneficio de la civilización, las envidian los
que consideran los vicios de la sociedad culta, y las odian los que
las creen incapaces de progreso. Nosotros, ni las compadecemos,
ni las envidiamos, ni las odiamos. Diremos, sí, que preferimos la
civilización, sin embargo de los males que corroen la sociedad presente
y aun de las locuras de las naciones más civilizadas en este momento
histórico. Catlin opina que es más excelente la vida salvaje que la
culta; Bancroft deplora el paso de los europeos por las comarcas del
Pacífico, y algunos discípulos de Augusto Comte no quieren que a los
pacíficos y felices salvajes se les lleve al infierno en que viven
los pueblos europeos. No estamos--repetimos--conformes con semejante
teoría, aunque reconocemos que los vicios de los indios procedían
más bien de ignorancia y fiereza que de perversidad y malicia. En lo
sucesivo abrigamos la esperanza que las sociedades cultas se atraerán
los restos de las razas salvajes, no por la fuerza, sino por el cariño;
no destruyendo, sino civilizando.