CAPÍTULO I

UNIDAD Y VARIEDAD DE LA ESPECIE HUMANA.--EL EVOLUCIONISMO. LA

SELECCIÓN.--EL PITHECANTHROPUS.--PROTOHISTORIA AMERICANA.--EL

SALVAJISMO.--ANTIGÜEDAD DE LOS INDIOS.--RAZAS MIXTAS.--EL «HOMO

ASIATICUS» Y EL «HOMO AMERICANUS». DIFERENCIAS Y SEMEJANZAS ENTRE

UNO Y OTRO.--ALGUNOS POBLADORES DE AMÉRICA SON AUTÓCTONOS.--RAZAS

CULTAS Y SALVAJES.

El naturalista Quatrefages (1810-1892) sostuvo la teoría de la

unidad de la especie humana o del _monogenismo_. El hombre, según el

sabio francés, debió ser creado por una voluntad superior o por la

intervención de una fuerza desconocida por nosotros, siendo de notar

que las diferencias que se observan entre las razas se deben únicamente

a condiciones distintas del medio físico.

Otro naturalista, el suizo Luis Agassiz (1807-1873), al mismo tiempo

que admitía una acción suprema, dijo que las especies nacieron

independientes en ocho puntos distintos del globo.

La teoría biológica del evolucionismo intentó explicar el origen de los

diversos seres vivos por derivaciones sucesivas de unos a otros, de tal

manera que cada especie era únicamente la transformación de un tipo

común, que, a través de la evolución del tiempo, había ido generando

las múltiples formas conocidas. Explicó dicha teoría el francés

Lamarck (1744-1829), quien fué atacado por Quatrefages, Agassiz,

Cuvier y otros. No huelga decir que semejante doctrina tuvo no pocos

precursores, mereciendo entre los primeros señalado lugar Aristóteles.

Casi se hallaban olvidadas las obras de Lamarck (_Sistema de los

invertebrados_ y _Filosofía zoológica_) cuando apareció el eminente

naturalista inglés Carlos Roberto Darwin (1809-1882): su obra _Del

origen de las especies_, publicada en 1859, y cuya base es la evolución

universal, vino a hacer una revolución en la ciencia. Doctrina tan

peregrina consistía en afirmar que la lucha por la existencia y la

selección natural eran las dos leyes que regían la multiplicación y

perfeccionamiento de las especies. El estado de guerra que Hobbes

señalaba, solamente entre los hombres primitivos (_Homo homini lupus_)

era, según Darwin, la ley universal de la vida animal. «Vemos--dice--la

naturaleza resplandeciente de hermosura y observamos en ella

abundantemente todo lo que puede servir para alimento de los seres;

pero no miramos u olvidamos que las aves que cantan con tanta dulzura

alrededor de nosotros viven sobre todo de insectos y de otras aves o

se ocupan siempre de destruir. No recordamos que los huevos y nidos de

dichas aves cantoras son destruídos por animales feroces o por aves de

rapiña; no tenemos presente que el alimento que les está destinado y

que hoy es abundante, no lo es en todas las estaciones. Cuando se dice

que los seres luchan para vivir, es preciso entender esta palabra en

el sentido más amplio y más metafórico, comprendiendo las dependencias

mutuas de los seres, y lo que tiene más importancia, las dificultades

que se oponen a su propagación. En tiempos de hambre puede decirse

que los carnívoros están en lucha unos con otros para proporcionarse

el sustento. La planta arrojada a la orilla del desierto lucha para

vivir contra la sequía. Un arbusto que produce anualmente un millar de

granos, lucha en realidad contra las plantas de la misma especie o de

especies diferentes que ya cubren el suelo.»

Respecto de la cría de los animales, se ha verificado hace un siglo

largo el comienzo de una doctrina que se llama _selección_. Según

ella, el individuo que se dedica a dicha cría, cuando sorprende en un

ser cualquiera un carácter especial, le sigue en una familia y escoge

con cuidado los reproductores que pueden transmitirle, obteniendo,

mediante largos esfuerzos, una nueva variedad, una raza. La naturaleza,

dice Darwin, no hace otra cosa; del mismo modo que el hombre forma

razas artificiales, la naturaleza crea razas naturales. La naturaleza

abandona desapiadadamente o arroja todo lo que es débil, impotente y

enfermizo; da vida, en cambio, a los más fuertes, poderosos y sanos. La

variedad, asegurando más y más su preeminencia, se eleva a la categoría

de especie, así como el boceto viene luego a ser cuadro. La nueva

especie vivirá largo tiempo; pero cuando cambien el medio físico y el

medio orgánico, los cambios o variaciones formarán otras especies, que,

a su vez, acabarán con las citadas anteriormente. La naturaleza, pues,

mediante la selección, renovará la faz de la tierra; renovación que

sólo necesita el tiempo, que no tiene límites. En tal estado el asunto,

falta explicar la aparición de las primeras formas orgánicas. ¿Había

en el seno de la naturaleza inorgánica fuerzas dormidas que en ciertas

circunstancias pudieron crear una planta o un animal, de igual manera

que se forma un cristal en virtud de ciertas afinidades químicas? Tal

es la doctrina de la generación espontánea.

Darwin, en su libro intitulado _Descendencia del hombre_, y que

vió la luz en el año 1871, aplicó rigurosamente sus teorías a la

especie humana. Según Darwin y sus discípulos, el hombre, siguiendo

las leyes de la selección natural, desciende de un grupo de seres

antropomórficos, al cual pertenecen el orangután, el gorila y el

chimpancé. El eslabón que une a aquél con los últimos debió existir en

el período terciario, y fué el _pithecanthropus_ del alemán Haeckel o

el _anthropopythecus_ de Mortillet[83]. Los restos encontrados en las

formaciones sedimentarias de Java[84], parecen indicar la existencia

de un ser superior a los antropóides e inferior al hombre. No se da un

salto, pues, del orangután al hombre. _Natura non facit saltum._ El

precursor del hombre debió ser el pithecanthropus.

[83] Deuxiéme session de _L'Asociation francaise pour

l'avancement des sciences_.--Lyon, Aout, 1872. (_Revue

Scientif_, 2.ª ser., 3.^{er} an., núms. 9, 10 y 11).

[84] Isla en el archipiélago de la Sonda (Oceanía Occidental).

Hovelacque dice por su parte: «La única facultad que distingue al

hombre de los animales es la palabra, y por mucho que retrocedamos en

el pasado, el ser que encontramos provisto del lenguaje articulado es

ciertamente el hombre, mas no lo es el que carezca de esta facultad.

No podemos pensar que el lenguaje le fuera dado al hombre de repente,

sin causa, _ex nihilo_, sino más bien que fué el fruto de su desarrollo

progresivo, el producto de su perfeccionamiento orgánico. Y siendo

esto así, antes del ser caracterizado por la facultad del lenguaje

articulado hubo otro que estaba en camino de adquirirla, de llegar a

ser hombre, y este ser es el que debió tallar los silex de Thenay»[85].

[85] _Lettre sur l'homme préhistorique du type le plus

ancien_, etc. París, 1876.

En resumen: el mineral, mediante una serie de transformaciones

sucesivas más o menos largas, pudo llegar y ha llegado a ser planta, la

planta a ser animal y el animal a ser hombre.

Ya en este punto de la investigación científica, la discusión entre

monogenistas y poligenistas carece de todo interés: se reduce a

averiguar si el hombre apareció en diferentes puntos de la tierra,

como creen unos, o en una sola parte, como piensan otros. Mientras

Darwin escribía que «los naturalistas que admiten el principio de

la evolución, no vacilarán en reconocer que todas las razas humanas

descienden de un solo tronco primitivo», el alemán Goethe (1749-1832),

afirmaba, por el contrario--tales son sus palabras--, que «la

naturaleza se muestra siempre generosa y hasta pródiga, estando más

conforme con su espíritu admitiendo que ha hecho aparecer a los hombres

por docenas y aun por centenares, más bien que suponiendo que los ha

hecho aparecer pobremente de una sola y única pareja. Cuando la tierra

hubo llegado a cierto grado de madurez, cuando las aguas se fueron

encauzando y los terrenos secos se cubrieron de verdura, apareció el

hombre en todos los lugares en que la tierra lo permitía.»

De Fritsch son las palabras que copiamos: «Es evidentemente absurdo que

estas condiciones favorables (refiriéndose a las necesarias para la

aparición del hombre), sólo se han presentado en una sola localidad;

que un lugar de la tierra haya sido el preferido para la aparición del

hombre, y, por último, que una sola pareja haya tenido la dicha, para

asombro de la posteridad, de ser la originaria del género humano.»

Humboldt, Gumplowitz y otros sabios, niegan del mismo modo que todos

los hombres se deriven de una pareja única.

Después de la teoría general que acabamos de reseñar, procede que nos

ocupemos de la aparición del hombre en América. Aunque se anunció como

cosa cierta y positiva que los Sres. Witney y Blaque, ingenieros de

los Estados Unidos, habían descubierto un cráneo que se hallaba debajo

de materiales volcánicos, edad terciaria y período plioceno[86], se

supo luego que aquellos naturalistas habían sido engañados por mineros

de poca conciencia. Aun admitiendo que dicho cráneo fuese auténtico

y no moderno, con señales bien hechas, nos asaltaría la duda de si

el terreno es terciario, pues todo indica que pertenece a la edad

cuaternaria.

[86] Desor, _L'homme pliocene de la California_. Nice, 1879.

Mayor importancia--como escribe D. Juan Vilanova--revisten los huesos

humanos descubiertos recientemente en el sitio, no lejos de México,

llamado el _Peñón de los Baños_. Bárcena y Castilla, profesores de

Geología, dicen «que, por los caracteres que ostentan los huesos, el

esqueleto pertenece a la raza indígena pura de Anahuac, añadiendo, por

último, que lo consideran como prehistórico, o sea muy anterior a las

noticias que sobre dicha raza presentan la tradición y la historia,

señalándole como antigüedad menor la de 800 años, y como horizonte

geológico, la división superior de la era cuaternaria»[87]. En la

cuenca del río Delaware, no lejos de la ciudad de Trenton (Estados

Unidos), en una formación glacial, halló el Dr. Abbott «más de un

cráneo humano que, si son contemporáneos de los instrumentos tallados

descubiertos en la misma localidad, deben ser tan antiguos como éstos,

que representan por su forma y por lo tosco de su labor el período

europeo de Chelles y Taubach»[88]. Llamó la atención que algunos de

los cráneos fuesen braquicéfalos y no dolicocéfalos, esto es, que

correspondiesen a una raza superior, como superior se considera la

braquicefalia a la dolicocefalia.

[87] _Protohistoria Americana_, Conferencia de D. Juan

Vilanova en el Ateneo de Madrid el 21 de Abril de 1891, págs.

30 y 31.

[88] Ibidem.

Hace notar el Marqués de Nadaillac a propósito de los cráneos

americanos, que no se halla probado que predominen los braquicéfalos o

los dolicocéfalos, habiendo verdadera mezcla de unos y otros, si bien

debe notarse que en todos está muy reducida la cavidad cefálica, sin

querer esto decir que signifique tal condición inferioridad intelectual

en aquellas gentes. Encierra verdadera importancia el siguiente hecho.

Los cráneos encontrados cerca de Merom (Indiana), los de Chicago, el

procedente del Stimpson's-Mound y los del Kennicott-Mound ofrecen

caracteres de inferioridad, hasta el punto que la depresión frontal

es casi igual a la del chimpancé. De la misma manera son de escasa

capacidad cefálica los cráneos encontrados en los paraderos del litoral

de California y del Oregón, como también los de la isla de Santa

Catalina, donde con los restos humanos aparecieron pequeñas vasijas de

esteatita, objetos de silex y de hueso, y alguna esculturita de piedra

dura.

No pasaremos en silencio «la indicación de la singular forma que

ofrece la tibia de muchos esqueletos, a la que se aplica el nombre de

platignemia, común en muchos monos, así como el agujero natural que

ofrece la cavidad olecraniana del húmero, rasgos que los transformistas

invocan en pro de la descendencia simia del hombre.»[89]. Casi

idénticos caracteres se ven en los huesos encontrados en diferentes

puntos (Buenos Aires, Patagonia, Venezuela, Florida, etc.). Por cierto

que discurriendo el Sr. Tenkate, escritor distinguido, acerca de los

caracteres generales de las razas humanas encontradas en América,

ha venido a sostener que dichas razas corresponden a las llamadas

mogolas o amarillas. Haremos notar en este lugar que es un hecho el

predominio de la raza braquicéfala o de cráneo redondo en el Norte, así

como el de la dolicocéfala o de cráneo elíptico en el Sur; y siendo

inferiores--como generalmente se cree--las razas de cráneo largo,

debió poblarse el continente americano de Sur a Norte, y no--según la

opinión corriente--de Norte a Sur. En Europa los hombres más antiguos

son los dolicocéfalos, y en América--si damos crédito a investigaciones

recientes--los braquicéfalos.

[89] Vilanova, ob. cit., pág. 32.

[Ilustración: Cráneo neolítico (California).]

Sintetizando la doctrina que acabamos de exponer, diremos que algunos

cráneos hallados en América tienen más parecido al del chimpancé que al

del hombre de nuestros días, siendo también objeto de estudio la forma

de ciertas partes de los esqueletos que son como un paso del mono al

hombre.

Manifiéstase con toda claridad que los caracteres de otros esqueletos,

tal vez más modernos que los anteriormente citados, revelan el

salvajismo, pudiéndose sostener que ciertas señales acreditan la

antropofagia. ¿Indica más salvajismo el hombre primitivo de América

que el encontrado en el valle del Neckar, cerca de Suttgard, y que

Quatrefages y Hamy han hecho del citado ejemplar el tipo de la

raza más antigua que habitó el continente europeo en los tiempos

cuaternarios, distinguiéndola con el nombre de Canstadt? Creemos poder

afirmar que el continente americano ha pasado por los mismos cambios

y mudanzas que el Mundo Antiguo (Asia, Africa y Europa); ha seguido

las mismas vicisitudes y en él se ha desarrollado la vida del mismo

modo. Muéstrase la antigüedad de los indios con sólo atender, entre

otras cosas, al número considerable de lenguas y la perfección en que

éstas se hallaban al descubrir Cristóbal Colón el Nuevo Mundo. De

igual manera se manifiesta la antigüedad considerando los edificios

esparcidos por todo el continente americano. Opina el historiador

Bernal Díaz del Castillo que el templo de Huitzilipuctli se edificó mil

años antes de la llegada de los españoles a América.

No obstante lo dicho, Bacón de Verulamio sostuvo que los indios eran

gente más nueva que los habitantes del Antiguo Mundo, y Herrera

entendía que nuestro hemisferio se hallaba habitado cuando comenzaron

a poblarse las Indias[90]. Cuenta Lescarbot que Noé llegó en un navío

al Estrecho de Gibraltar, pasando al Canadá y Brasil, y últimamente a

Paria y a otras tierras[91]. Algunos tienen como cosa cierta, que Tubal

envió gentes a poblar las Indias[92], y Acosta se contenta con decir

que se poblaron antes de Abraham[93]. Fulero consideró a los hijos de

Cus como los primeros que se establecieron en las Indias; Vasconcelos

supuso que los indios procedían de los dispersos al tiempo de la

confusión de las lenguas, o de los hijos de dichos dispersos; Hornio y

Laet creían que se pobló América al mismo tiempo que Africa y Europa,

y Torquemada sostuvo que la población se verificó cerca del tiempo del

diluvio[94].

[90] Fr. Gregorio García, Ob. cit., libro IV, párrafo XV,

págs. 312 y 313.

[91] Pág. 308.

[92] Pág. 308.

[93] Pág. 309.

[94] Págs. 309 y 310.

Mostrado está que los americanos constituyen un grupo de razas mixtas,

como escriben Molina y D'Orbing. Dice el primero: «Las naciones

americanas son tan diferentes unas de otras como lo son las diversas

naciones de Europa: un chileno no se diferencia menos de un araucano,

que un italiano de un tudesco»; y el segundo añade: «Un peruano es más

diferente de un patagón, y un patagón de un guaraní, que un griego

de un etiope o de un mogol». Por el contrario, nuestro Herrera se

expresa del siguiente modo: «Es cosa notable que todas las gentes de

las Indias, del Norte y del Mediodía, son de una misma inclinación

y calidad, porque, según la mejor opinión, procedieron de una misma

parte; y asímismo los de las islas, a las cuales pasaron de la tierra

firme de Florida»; y Ulloa (Antonio) escribe lo que copiamos a

continuación: «Visto un indio de cualquier región se puede decir que

se han visto todos»[95]. Del mismo modo han opinado Robertson, Herder,

Blumenbach, Humboldt y otros.

[95] _Noticias americanas._--Entretenimiento XXII, pág.

253.--1792.

El _homo asiaticus_, que comprende las poblaciones extendidas desde

el Caspio y el Eufrates hasta el mar Amarillo y el Japón, y desde la

Manchuria a Siam tiene por caracteres físicos «la cabeza de forma

prolongada y relativamente corta, braquicefálica, cuneiforme sobre

todo, y platicefálica; la faz en relación, la estatura variable,

el color de la piel amarillento como los chinos o atezado como los

japoneses; escaso o pobremente velludo, de barbas ralas y menguadas y

rígidos cabellos negros. Los ojos muestran inclinación oblícua hacia

el ángulo interno, mientras que el externo está levantado; la nariz

es corta y deprimida, los pómulos abultados y salientes, la faz en su

totalidad aplastada y los ojos obscuros»[96].

[96] G. Sergui, _La evolución humana individual y social_,

tomo I, pág. 65.--Barcelona, 1905.

Los caracteres principales del _homo americanus_ son los siguientes:

«una frente chica y baja; hundidos, pequeños y obscuros los ojos;

grande la boca; dilatada la nariz por las ventanas y honda en su raíz;

largo, laso, grueso y negro el cabello; escasa la barba y depilada

la piel; la color, obscura con variedad de tonos, las más veces como

la del membrillo cocido; la contextura física, robusta y fuerte;

el temperamento bilioso y sobrio; y en la constitución social, la

costumbre es el régimen ordinario»[97].

[97] Antón, Ob. cit., pág. 11.

Las diferencias, pues, entre el _homo asiaticus_ y el _homo americanus_

no son radicales; antes por el contrario, la semejanza es manifiesta.

Lo mismo pudiéramos decir de las costumbres y creencias. Los mejicanos,

como los mongoles, quemaban los cadáveres, recogían las cenizas y

las encerraban en urnas con una piedra preciosa. Los peruanos, como

los judíos, guardaban a sus muertos y los enterraban, ya en pie, ya

sentados, con parte de los utensilios, y a veces con los tesoros

que tuvieron en vida. Los peruanos, como los chinos, daban capital

importancia a la agricultura y conservaban los hechos históricos en

anudadas cuerdecillas. Por sus creencias, los americanos, como los

asiáticos, reconocían la existencia de un Espíritu, creador del Mundo,

para el cual no había representación posible ni era bastante ancho el

recinto de un templo. Unos y otros tenían noticia por tradición del

diluvio, y afirmaban que muy pocos se habían salvado de la catástrofe.

Los mejicanos suponían fabricada su pirámide de Cholula por unos

gigantes que habían intentado elevarla hasta las nubes, atrayéndose por

su insensato orgullo la cólera celeste: los hebreos decían lo mismo de

su torre de Babel. Tenían su Eva los indígenas en la diosa Cioacoatl,

la primera mujer que pecó, parió y legó a su sexo los dolores del

parto. Por ella instituyeron el Bautismo, que empleaban, como los

cristianos, para limpiar a los recién nacidos del pecado original

y traerlos a nueva vida. Muy parecida era también la organización

religiosa. En América y en Oriente el sacerdocio gozaba de grandes

prestigios y de mucho poder; en uno y en otro punto se celebraban

suntuosas fiestas y sangrientos sacrificios. No es, pues, de extrañar

que Guignes y Paravez, por los años de 1844, como también Humboldt,

Preschel y otros, intentasen probar que la cultura peruana procedía del

Asia.

Consideremos las principales tribus americanas. Según Molina, los

boroanos, en las provincias de Chile, «son blancos y tan bien formados

como los europeos del Norte»; cree Quatrefages que los koluchos,

habitantes en la parte Norte de la costa del Pacífico, pertenecen a

la raza blanca; Bartram considera algunas jóvenes de los cherokises

«tan blancas y bellas como las jóvenes de Europa»; y Humboldt escribe

que también tienen el mismo color blanco los guanariboes, guanaros,

guayacas y maquiritarés, que él vió en las orillas del alto Orinoco.

Si en general es ralo y escaso el pelo del cuerpo y de la barba en los

americanos, los yuracarés, si damos crédito a D'Orbigny, tienen la

barba cerrada como los europeos; Laperouse, y también Molina dicen que

en algunos chilenos no es menos espesa la barba que en los españoles.

Acerca de la estatura, si son altos los patagones, algunos pieles-rojas

y los muscogíes, en cambio los peruanos son bajos, y más bajos todavía

los esquimales. Por lo que respecta a las proporciones de la cabeza, si

la forma del cráneo es en general la braquicéfala, también se encuentra

la dolicocefalia.

Dejando otros caracteres físicos menos importantes que los anteriores,

pasamos a estudiar los intelectuales. Se ha discutido si la raza

americana es inferior para la civilización y cultura que las otras

razas del Antiguo Mundo, cuestión que no tiene valor alguno. Si en

la época del descubrimiento, algunos pueblos del nuevo continente

(mexicanos y peruanos) presentaban todas las formas sociales conocidas

en el Antiguo Mundo, no llegaron, sin embargo, al principio de la

civilización en toda su fuerza. Acostúmbrase a decir que en América se

hallaba el hombre en los estados siguientes: salvaje, bárbaro, nómada o

sedentario y civilizado. A la llegada de Cortés y Pizarro, el primero

a México y el segundo al Perú, encontraron Gobiernos regulares, artes,

industria y agricultura.

Debemos fijar nuestra atención en las opiniones principales acerca

del origen de los primeros pobladores de las Indias. Creen algunos

escritores que los primeros habitantes han nacido en el mismo suelo

americano, esto es, que son _autóctonos_; según otros, proceden del

Africa; algunos dicen que de Europa, y muchos, tal vez la mayor parte,

les hacen venir del Asia. El primero que sostuvo, allá por el año

1520, que los americanos eran autóctonos, fué el naturalista suizo

Teofrasto Paracelso, el cual hubo de negarles clara y terminantemente

la descendencia de Adán, anticipándose con esto muchos años a la

escuela de antropólogos americanos. En un anónimo publicado en Londres,

en 1695, y que se intitula _Two essays, sent in a letter from Oxford

to a nobleman in London, by L. P. M. A._, se sostiene el autoctonismo

americano. Morton, profesor de Filadelfia y fundador de la citada

escuela de antropólogos, intentó probar, con razones de bastante peso,

el origen genuínamente americano de los indios, raza distinta de todas

las conocidas en el Viejo Mundo. Nott y Glidon, discípulos de Morton,

popularizaron en los Estados Unidos de Norte América la doctrina del

maestro. _The native americans are possessed of certain physical

traits that serve to identify them in localities the most remote from

each other: nor to they as a general rule assimilate less in their

moral character and usages._ Dicha doctrina tiene al presente no pocos

defensores.

La mucha antigüedad del hombre en América se halla mostrada por

recientes descubrimientos. Lo mismo del Norte que del Sur, se han

extraído de terrenos cuaternarios armas y utensilios de piedra al

lado de restos de animales cuya especie se extinguió hace siglos.

«En California, en el condado de Tuolumne, en las galerías mineras

de Table Mountain, a trescientos cuarenta pies de profundidad, de

los cuales más de ciento eran de lava, se encontró el año 1862 con

huesos fósiles de mastodonte y otros paquidermos, un almirez de

granito, un adorno de pizarra silícea, puntas de lanza de pedernal y

una cuchara de esteatita. Han ocurrido después análogos y no menos

interesantes hallazgos en distintos lugares, sitos entre los Grandes

Lagos y el Golfo de México»[98]. En la América meridional, según Lund,

que reconoció el Brasil, se han encontrado muchas cuevas donde se

hallaban cráneos y aun esqueletos humanos confundidos con osamentas

de animales de razas muertas. No es de extrañar que se afirme la

existencia del hombre en América durante el período _diluvial_, cuando

los ventisqueros desprendidos del Polo transformaron completamente la

superficie del planeta. Como consecuencia de todo ello, tampoco es de

extrañar que no pocas tribus americanas se considerasen autóctonas.

Sostenían los navajos que todas las tribus habían salido del fondo de

sus cavernas; los peruanos afirmaban que los Incas tuvieron su cuna en

el lago de Titicaca; los iowas se creían descendientes del hombre y de

la mujer creados por el Grande Espíritu; los quichés se consideraban

originarios del Oriente de América.

[98] Pi y Margall, _Historia general de América_, tomo I, vol.

II, pág. 1.158.

Dado que en ninguna de las tribus americanas se recordaba el nombre

de pueblo ni de comarca del Antiguo Mundo; ni se conocía el arado, ni

el cultivo de la vid y el trigo, ni el uso del hierro, ni el carro de

guerra, ni el transporte, ni otras embarcaciones que el haz de juncos

y la canoa; ni en ninguna se había llegado a la escritura fonética,

considerando todo eso, deducía Pi y Margall que si el hombre americano

no había tenido su origen en el Nuevo Mundo, debía ser, por lo menos,

tan antiguo en él como el europeo en Europa, y hubo de vivir siglos

y siglos en el mayor aislamiento[99]. Creemos como cosa cierta que

no procedían del antiguo continente ni los _mound builders_, ni las

razas que unas después de otras invadieron el Anahuac, ni las que

se encaminaron desde el istmo de Tehuantepec al de Panamá, ni las

que civilizaron el Perú mucho antes que los Incas, ni los autores de

ninguna de las revoluciones porque debió pasar la América durante

tantos siglos. Tales razas debieron ser americanas y lejos de dejarse

dominar por extrañas gentes, ellas dominaron a los que desembarcaron en

sus costas. A los autores que no se explican cómo de una sola especie

se hayan derivado la multitud de gentes que encontramos establecidas

desde el Océano Glacial del Norte al Cabo de Hornos, les contestaremos

que tampoco debieran explicarse cómo nacieron de la sola especie

indo-europea tantas nacionalidades situadas entre el Estrecho de

Gibraltar y las orillas del Ganges.

[99] Ob. cit., vol. II, pág. 1.159.

Las revoluciones de que antes hicimos mención no fueron realizadas por

las razas salvajes, sino por las cultas. La raza de los nahuas fué la

que más hubo de contribuir a la civilización de la América del Norte,

y a ella pertenecían los olmecas, xicalancas, toltecas, chichimecas y

aztecas. Por quererse imponer unas tribus sobre otras engendraron las

revoluciones a que sirvió de teatro el valle de México. Considérase

como otra raza civilizadora la de los mayas, extendida por Chiapas,

Guatemala, Yucatán y Honduras. Además de los verdaderos mayas, existían

tribus con los mismos rasgos característicos, y todos formaron un

imperio; imperio que tiempo adelante se dividió en tres Estados. Además

de nahuas y mayas había otras razas civilizadoras. Entre ellas se

encuentran los zapotecas, que no hablaban ni el maya ni el nahuatl;

pero que tenían culto propio y levantaban monumentos como los de

Mitla. Lo mismo decimos de los pueblos de Palenque y de los autores de

los templos de Copán. En la América del Sur deben mirarse como razas

civilizadoras la de los muiscas o chibchas, la de los quechuas, y tal

vez la de los chimus. Los quechuas, chimus y aymarás, constituían

principalmente a la llegada de los españoles el imperio de los Incas.

Cuando los españoles llegaron a América, ¿habían desaparecido algunas

de las razas cultas? Muchos autores creen que sí y citan en su apoyo

los monumentos cuyo origen desconocían los indígenas del tiempo de

la conquista. Hasta el año 1576 en que las descubrió D. Diego García

de Palacio, oidor de la Audiencia de Guatemala, se desconocieron las

ruinas de Copán; y hasta el 1746, en que las vió D. Antonio de Solís,

cura de Tumbalá, nada se sabía de las ruinas de Palenque. Y por lo que

al Perú respecta, nadie sabía quiénes habían sido los artistas del

templo de Pachacamac, los del mirador de Huanuco el Viejo, ni los de

los monolitos de Tiahuanaco.

En la América del Norte se han descubierto extensos recintos de

cascajo y piedra e innumerables túmulos en el valle del Mississipí, a

los cuales, por ignorarse el nombre de las razas que los levantaron,

se les llama _mound-builders_. En las costas de los dos Océanos y en

las riberas de algunos ríos se encuentran inmensos bancos de conchas

de moluscos, llamados por los dinamarqueses _Kjökkenmoddings_, y por

los habitantes de los Estados Unidos _shell-heaps_ o _shell-mounds_,

que cubren 30 y hasta 60 hectáreas de terreno, y tienen de altura de

10 a 12 metros, hallándose en todos ellos utensilios y armas. ¿Qué

significan aquellas obras y estos utensilios y armas? Los indígenas

contestaban que ya existían cuando sus padres se establecieron en el

país.

Por lo que a las razas salvajes se refiere, su historia queda reducida

a las creencias, usos y costumbres que las distinguían, como también

por las luchas que han debido tener con las civilizadoras para sostener

su independencia. A la sazón, los hombres cultos, unos las compadecen,

otros las envidian y algunos las odian. Las compadecen aquellos que

las ven privadas del beneficio de la civilización, las envidian los

que consideran los vicios de la sociedad culta, y las odian los que

las creen incapaces de progreso. Nosotros, ni las compadecemos,

ni las envidiamos, ni las odiamos. Diremos, sí, que preferimos la

civilización, sin embargo de los males que corroen la sociedad presente

y aun de las locuras de las naciones más civilizadas en este momento

histórico. Catlin opina que es más excelente la vida salvaje que la

culta; Bancroft deplora el paso de los europeos por las comarcas del

Pacífico, y algunos discípulos de Augusto Comte no quieren que a los

pacíficos y felices salvajes se les lleve al infierno en que viven

los pueblos europeos. No estamos--repetimos--conformes con semejante

teoría, aunque reconocemos que los vicios de los indios procedían

más bien de ignorancia y fiereza que de perversidad y malicia. En lo

sucesivo abrigamos la esperanza que las sociedades cultas se atraerán

los restos de las razas salvajes, no por la fuerza, sino por el cariño;

no destruyendo, sino civilizando.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 36 / 152 题