Las campanas de Benimuslín iban al vuelo desde el amanecer.
Se casaba el tío Sènto, noticia que había circulado por todo el
distrito, y de los pueblos inmediatos iban llegando amigos y parientes,
unos a caballo en sus bestias de labranza con el sobrelomo cubierto
con vistosas mantas, y otros en sus carros con sillas de cuerda atadas
a los varales, en las que iba sentada toda la familia, desde la mujer
con el pelo reluciente de aceite y la mantilla de terciopelo, hasta los
chicos que lloriqueaban por las maternales bofetadas recibidas cada vez
que atentaban a la limpieza de sus trajes de fiesta.
La casa del tío Sènto era un verdadero infierno. ¡Qué movimiento! Desde
el día anterior que allí no se descansaba. Las vecinas que gozaban
justa fama de guisanderas, iban por el corral con los brazos remangados
y el vestido prendido atrás con alfileres, mostrando las blancas
enaguas, mientras que cerca de la gran higuera algunos muchachos
atizaban las hogueras de secos sarmientos.
Aquello era un matadero. El cortante del pueblo, cuchillo en mano,
les abría el gañote a las gallinas; los chicuelos dedicábanse con el
mayor entusiasmo a pelar los cadáveres; revoloteaban nubes de plumas,
pegándose al suelo manchado de sangre, y en las vacilantes llamas
tostábase la flácida piel, todavía erizada de cañones, pasando después
las víctimas a ser colgadas de una rama de la higuera, donde la tía
Pascuala, vieja criada de la casa, con delicadezas de cirujano experto,
abríalas en canal, sacando los higadillos y los ovarios, bocados
exquisitos para el almuerzo de todos los ayudantes de cocina.
Daba gloria ver tan alegre agitación. Aquellas gentes, que en el resto
del año vivían condenadas a manejar la azada de sol a sol, sin más
consuelo que el tomate crudo, la sardina mohosa y el áspero bacalao,
se embriagaban de grasa en la gigantesca inundación de comida. ¡Lo que
hace tener dinero! Bien se estaba en una casa como aquella con todo lo
que Dios cría de bueno.
Las _paellas_ mostrábanse con la panza hollinada y las entrañas
brillantes como plata, esperando el momento de chillar sobre las
llamas: el arroz en sacos; los caracoles de montaña en enormes cazuelas
orladas de sal, saliendo del agua para enseñar sus movibles cuernos al
sol naciente; en un rincón toda una hornada de _rollos_, esparciendo en
aquel ambiente de sangre y grasa el perfume fragante del pan caliente
y tierno; las especias a libras en una caja de latón; y de la bodega
salían pellejos y más pellejos, que caían temblorosos en el suelo
como cuerpos palpitantes; unos enormes, conteniendo el vino rojo para
la comida, y otros más pequeños, guardando el néctar de la _bota del
rincón_, aquel patriarca del que se hablaba en el pueblo con respeto y
que con su colorcillo claro y su corona de brillantes hacía caer al más
valiente.
¿Y de dulces?... ¡Ave María! El tío Sènto se había traído toda una
confitería de Valencia. En sacos estaban los confites para tirar,
las almendras roñosas, los canelados, todos aquellos proyectiles de
azúcar y almidón, duros como balas, que habían de cubrir de chichones
las cabezas de la pedigüeña chiquillería; y dentro, en el _estudi_,
guardábanse las cosas finas: las tortadas cubiertas de flores de
caramelo y rematadas por mariposas que temblaban sobre un alambre; los
tiernos pasteles de espuma, las bandejas monumentales henchidas de
frutas confitadas, todos aquellos primores que desde la puerta, pálidos
de emoción y chupándose el dedo con avaricia, contemplaban los chicos
de los convidados.
La fiesta prometía. El gozo reflejábase en los rostros rubicundos;
en el corral se desataban los pellejos para hacer cataduras y tomar
fuerzas, y por si algo faltaba, allá en la calle sonó la alegre
dulzaina con escalas que parecían cabriolas. Hasta _Dimòni_ estaba en
la fiesta; bien decían que el novio no reparaba en gastos. Había que
darle vino para que tocase mejor, y el enorme vaso iba de mano en mano
desde el corral hasta la puerta de la calle, donde _Dimòni_ empinaba el
codo con gravedad, dejando el sobrante a su pelado tamborilero.
Ya era hora. Don Vicente esperaba en la iglesia, las campanas habían
enmudecido y toda la comitiva nupcial salió en busca de la novia:
ellas con su vestido hueco y la mantilla a los ojos, y los hombres
arrastrando sus recias capas azules de larga esclavina y alto cuello,
que les ponía rojas las orejas. Todo el pueblo esperaba a la puerta de
la iglesia. Algunos parientes de la _siñá_ Tomasa, violando la consigna
de familia, estaban allí en última fila, y no pudiendo resistir la
curiosidad, se empinaban pies en punta para ver mejor.
Primero, una turba de muchachos dando cabriolas en torno de _Dimòni_,
que soplaba con la cabeza atrás y la dulzaina en alto, como si esta
fuese una gran nariz con la que husmeaba el cielo, y después venían los
novios; él con su sombrerón de terciopelo, su capa con mangas que le
congestionaban el sudoroso rostro, y por bajo de la cual asomaban los
pies con calcetines bordados y alpargatas finas.
¿Y ella? Las mujeres no se cansaban de admirarla. ¡Reina y _siñora_!
Parecía una de Valencia con la mantilla de blonda, el pañolón de Manila
que con el largo fleco barría el polvo; la falda de seda hinchada por
innumerables zagalejos, el rosario de nácar al puño, un bloque de oro
y diamantes como alfiler de pecho y las orejas estiradas y rojas por
el peso de aquellas enormes _polcas_ de perlas que tantas veces había
ostentado la otra.
Esto sublevaba a los parientes de la difunta.
--_¡Lladre! ¡més que lladre!_ --rugían mirando al tío Sènto.
Pero este se metió en la iglesia con expresión satisfecha, chispeándole
los ojuelos bajo las enormes cejas; y tras él desfilaron los padrinos,
el alcalde con su ronda, escopeta al hombro, y todos los convidados
sudando la gota gorda bajo el peso de las ceremoniosas capas, con
grandes pañuelos de atadas puntas pasados por el brazo y henchidos de
confites que habían de tirar a la salida de la iglesia.
Los curiosos que quedaron en la puerta miraban a la taberna de
la plaza. Hacia ella se fue el dulzainero, como si le molestasen
los sonidos del órgano, y allí se encontró con el _Desgarrat_ y
sus amigotes, lo peorcito del pueblo, gente sospechosa que bebía
silenciosamente, cambiando guiños y sonrisas con los enemigos del tío
Sènto.
Algo se tramaba; las mujeres comentaban el caso con voz misteriosa,
como si temieran que el pueblo fuese a arder por los cuatro costados.
Ya iba a salir la comitiva. ¡Gran Dios, qué batahola! Del polvo parecía
surgir toda aquella chiquillería desgreñada y sucia que se arremolinaba
en la puerta gritando ¡_Armeles, confits_!... mientras que _Dimòni_ se
aproximaba rompiendo a tocar la Marcha Real.
¡Allá va! Y el mismo tío Sènto soltó como un metrallazo el primer
puñado de confites que, rebotando sobre las duras testas, se hundieron
en el polvo, donde los buscaba a gatas la gente menuda, mostrando al
aire las sucias posaderas.
Y desde allí hasta casa de los novios, fue aquello un bombardeo:
la comitiva sin cansarse de tirar confites y la ronda del alcalde
teniendo que abrir paso a patadas y palos.
Al pasar frente a la taberna, Marieta bajó la cabeza y palideció,
viendo cómo sonreía burlonamente su marido mirando al _Desgarrat_,
el cual contestó a la sonrisa con un ademán indecente. ¡Ay! Aquel
condenado se había propuesto amargar su boda.
El chocolate esperaba. ¡Cuidado con atracarse! Era don Julián el
notario quien lo aconsejaba: había que pensar en que dentro de dos
horas sería la gran comida. Pero a pesar de tan prudentes consejos, la
gente arremetió con los refrescos, los cestos de bizcochos, los platos
de dulce, y en poco tiempo quedó rasa como la palma de la mano aquella
mesa, que tenía alrededor más de cien sillas.
La novia mudábase de traje en el _estudi_, quedando en fresco percal,
los morenos brazos casi desnudos y brillándole sobre el luciente
peinado las perlas de sus agujas de oro.
El notario charlaba con el cura, que acababa de llegar con gorrito de
terciopelo y el balandrán a puntas. Los convidados huroneaban por el
corral, enterándose de los preparativos de la comida; las mujeres se
habían puesto frescas y formaban corrillos charlando de sus asuntos de
familia; correteaban los chicos en las cercanías del _estudi_, atraídos
por el tesoro que encerraba, y en la puerta de la calle sonaba la
incansable dulzaina de _Dimòni_ mientras que la granujería se empujaba
dándose cachetes, o rodaba en el polvo por alcanzar los puñados de
confites que venían de dentro.
Llegó el instante solemne, y las _paellas_ burbujeantes y despidiendo
azulado humo fueron colocadas sobre la mesa.
Los convidados se apresuraron a ocupar sus asientos: ¡vaya un golpe de
vista! Lo que decía el cura con asombro: ¡ni en el festín de Baltasar!
Y el notario, por no ser menos, hablaba de las bodas de un tal Camacho,
que había leído en no recordaba qué libro.
La gente menuda comía en el corral.
Y allí también, en una mesita como de zapatero, estaba _Dimòni_, el
cual a cada instante enviaba el acólito adonde estaban los pellejos
para que llenara el porrón.
¡Cuerpo de Dios, y qué bien lo hacía toda aquella gente! Las
dentaduras, fortalecidas por la diaria comida de salazón, chocaban
alegremente y los ojos miraban con ternura aquellas _paellas_ como
circos, en las cuales los pedazos de pollo eran casi tantos como los
granos de arroz, hinchados por el substancioso caldo.
Con el pañuelo al pecho a guisa de servilleta, había bigardón que
tragaba como un ogro, mientras las mujeres hacían dengues, llevándose
a la boca la puntita de la cuchara con dos granos de arroz, mostrando
esa preocupación de la mujer campesina que considera como una falta de
pudor el comer mucho en público.
Aquello era un banquete de señores; no se comía en la misma _paella_,
sino en platos, y bebíase en vasos, lo que embarazaba a muchos de los
comensales, acostumbrados a arrojar un mendrugo sobre el arroz como
señal de que era llegado el momento de pasar el porrón de mano a mano.
La cortesía labriega mostrábase con toda su pegajosidad y falta de
limpieza. Ofrecíanse de un extremo a otro del banquete un muslo tierno
y jugoso, y de unos dedos a otros llegaba a su destino. Todo eran
obsequios, como si cada uno no tuviese en su plato lo mismo que le
ofrecían.
Marieta apenas si comía. Estaba al lado de su marido con la cabeza
baja. Palidecía, contraíase su frente reflejando penosos pensamientos
y miraba con alarma a la puerta de la calle, como si temiera alguna
aparición del _Desgarrat_.
Aquel maldito era capaz de todo. Aún le parecía oír las últimas
palabras de la noche en que se despidieron para siempre. Se acordaría
de él, ya que por avaricia quería casarse con el tío Sènto; y ella
sabía que aquel bruto con su cara de hereje era capaz de hacer algo
que fuese sonado. Lo más raro era que a pesar de sus temores, el furor
del _Desgarrat_ le producía cierta inexplicable satisfacción. No había
remedio; aquel maldito le _tiraba_ mucho. No en balde se habían criado
juntos.
La comida se animaba. Estaban ya limpias las _paellas_; ahora entraban
los primores de la tía Pascuala y la gente acometía los pollos asados
y rellenos, las fuentes enormes de lomo con tomate, toda la cocina
indígena, sólida y pesada, que desaparecía en las fauces siempre
abiertas de aquellos glotones.
Los graciosos alegraban la comida. El cura declaraba que ya no podía
más, y el notario pellizcábale el tirante abdomen, buscando un
huequecito para convencerle de que debía llenarlo. Algunos comenzaban
a estar alumbrados, y con lengua estropajosa les decían a los novios
cosas que hacían guiñar los ojillos al tío Sènto y enrojecer a Marieta.
Llegaron los postres con el famoso vino de la bota del rincón, y se
sacaron del _estudi_ las tortadas, los pasteles y las tortas finas.
Como moscas salieron del corral todos los chicuelos, con el pecho y la
cara embadurnados de arroz y grasa, yendo a meterse entre las rodillas
de sus madres, sin quitar ojo de los postres tentadores.
Marieta púsose en pie con un plato en la mano, y comenzó a dar vueltas
a la mesa. Había que regalar algo a la novia para alfileres; era la
costumbre. Y los parientes del novio, a quienes convenía estar en
buenas relaciones, dejaban caer sobre el redondel de loza la media
onza o la dobleta fernandina, monedas relucientes y frotadas con
anticipación para que perdiesen la negra pátina adquirida en largo
encierro.
--¡_Pera agulletes_! --decía Marieta con vocecita mimosa.
Y era un gozo ver la lluvia de oro que caía sobre el plato. Todos
dieron, hasta el notario, que soltó cinco duros pensando en que ya
se la vengaría al presentar la cuenta de honorarios, y el cura, con
gesto de dolor, sacó dos pesetas alegando como excusa la pobreza de la
Iglesia por culpa del liberalismo. ¡Ah, si mandasen los suyos!...
Marieta, abriendo el amplio bolsillo de su falda, vació el plato con
un alegre retintín que regocijaba el oído.
La cosa marchaba. Hablaban todos a un tiempo, y la gente deteníase en
la calle para admirar la alegría de los convidados.
Aquel vinillo claro, coronado de brillantes, surtía efecto. Todos
querían brindar.
--¡Bomba... bombaa! --aullaban los más alegres.
Y se ponía en pie un socarrón, vaso en mano, y después de mirar a todos
lados con sonrisa maliciosa que prometía mucho, rompía así:
Brindo y bebo
y quedo convidao para aluego.
Todos, a pesar de que este chiste le oyeron ya a sus abuelos, acogíanle
con grandes risotadas, y gritaban palmoteando:
--¡Vítor... vítooor!
Y tras esta muestra de ingenio venían otras, todas ellas tan rancias,
no faltando quien se lanzaba a improvisar cuartetas rabudas en honor de
los novios.
El notario estaba en su elemento. Aseguraba que el tío Sènto acababa
de pellizcarle por debajo de la mesa creyendo que sus piernas eran las
de Marieta; hablaba de la próxima noche de un modo que hacía ruborizar
a las jóvenes y sonreír a las madres, y el cura, alegrillo y con
los ojos húmedos y brillantes, intentaba ponerse serio, murmurando
bonachonamente:
--¡Vamos, don Julián! Orden, que estoy aquí.
El vino hacía revivir la brutalidad de los comensales. Gritaban puestos
en pie, derribando con sus furiosos manoteos botellas y vasos; cantaban
acompañados por la dulzaina de _Dimòni_, a cuyo son saltaban en el
corral algunas parejas, y al fin, instintivamente, dividiéronse en dos
bandos y de un extremo a otro de la mesa comenzaron a arrojarse puñados
de confites con toda la fuerza de sus poderosos brazos, acostumbrados a
luchar con la ingrata tierra y las tozudas bestias de carga.
¡Qué divertido era aquello! El tío Sènto reía muy complacido, pero el
cura huyó con las mujeres a refugiarse en el _estudi_, y el notario se
ocultó debajo de la mesa.
Caían los cristales de las alacenas hechos añicos; quebrábanse los
vasos; un ruido de tiestos sonaba continuamente, y los campeones se
enardecían hasta el punto de que, no encontrando confites a mano, se
arrojaban los restos de bizcochos y los fragmentos de platos.
--_Pròu; ya teníu pròu_ --gritaba el tío Sènto cansado de sufrir
golpes.
Y en vista de que le desobedecían púsose en pie y a empellones los
echó al corral, donde los enardecidos mozos continuaron la fiesta
arrojándose proyectiles menos limpios.
Entonces fue cuando las mujeres volvieron al banquete con el asustado
cura. ¡Reina y _siñora_! aquello no estaba bien. Era un juego de
brutos. Y se dedicaron a auxiliar a los descalabrados, que se limpiaban
la sangre sonriendo, sin cesar de decir que se habían divertido mucho.
Volvieron a sentarse todos a la revuelta mesa, en la cual el vino
derramado y los residuos de la comida formaban repugnantes manchas.
Pero allí no se ganaba para sustos, y algunas respetables matronas
saltaron de sus asientos, afirmando entre chillidos medrosos que algo
iba por debajo de la mesa que las pellizcaba las abultadas pantorrillas.
Eran los chicos que, no ahítos de confites, buscaban a gatas los
residuos de la batalla.
--¡Qué granujería tan endemoniada! _¡Pachets... fòra fòra!_
Y a coscorrones fue expulsada aquella invasión de desvergonzados
buscadores.
Pues señor, bien iba la boda. Había que reconocer que la gente se
divertía.
Y fuera gangueaba la dulzaina, haciendo locas cabriolas, como si
estuviera contagiada de aquel regocijo tan brutal como ingenuo.