Llegó el momento de las cartas dotales. El tío Sènto no hacía las cosas
a medias, y además, buena era Marieta y su familia para despreciar la
ocasión.
En trescientas onzas la dotaba el novio, sin contar la ropa y las
alhajas pertenecientes a su primera mujer.
La casa de Marieta, aquella casucha de las afueras sin más adorno que
el carro a la puerta y dos o tres caballerías flacas en el establo, fue
visitada por todas las chicas del pueblo.
Aquello era un jubileo. Todas formando grupo, cogidas de la cintura
o de las manos, pasaban ante el largo tablado cubierto por blancas
colchas, sobre el cual los regalos y la ropa de la novia ostentábanse
con tal magnificencia, que arrancaban exclamaciones de asombro:
--¡Reina y santísima! ¡Qué cosas tan preciosas!
La ropa blanca clasificada por tamaños, apilada en altas columnas que
casi llegaban al techo, cuidadosamente doblada, algo morena, como
tejido fuerte, pero con un olor a limpieza y lejía que daba gloria;
todo a docenas de docenas, desde las camisas hasta los trapos de
cocina, con iniciales de colores chillones y guarnecidas con profusión
de randas las ropas de uso interior: los vestidos de seda, gruesos
y crujientes, con vivos reflejos metálicos; las faldas de rameado
percal mostrando una fresca florescencia de primavera; las mantillas
con sus sutiles y complicados arabescos; los corsés blancos y negros
pespunteados de rojo, delatando con impudencia en sus rígidos contornos
el cuerpo de la novia; y encerrados en sus marcos de cartón, los
pañolones de Manila, con aves fantásticas volando en un cielo de seda
blanca, y grupos de chinos, unos bigotudos y fieros, otros pelones
y bobos, admirando con sus caritas de porcelana a las sencillas
muchachas, que soñaban despiertas en aquellos misteriosos países donde
los hombres gastan faldas y tienen ojitos de cerdo. Después venían los
regalos de los amigos, en su mayoría pilillas de agua bendita para la
alcoba, con sus ángeles de porcelana; cajas con cuchillos y cubiertos
de plata, y dos grandes candelabros que descollaban majestuosamente.
Eran el regalo del marqués, del cacique de la comarca, el hombre más
eminente de España, según el tío Sènto, el cual, siempre que se
trataba de sacarle diputado por el distrito, estaba tan dispuesto a
empuñar el garrote como a echarse la escopeta a la cara.
Y como digno final de aquella exposición, en lugar preferente
ostentábanse las joyas chispeando sobre la almohadilla granate de los
estuches: las uvas de perlas para las orejas, los alfileres de pecho
con sus complicados colgajos, las grandes horquillas de oro para los
caracoles de las sienes, las tres agujas con cabezas de apretadas
perlas que habían de atravesar el airoso rodete y aquel aderezo, famoso
en Benimuslín, que la _siñá_ Tomasa había comprado en catorce onzas de
la calle de las Platerías.
¡Vaya una suerte la de Marieta! Ella se hacía la modesta, enrojeciendo
cada vez que ponderaban su futura felicidad, pero había que ver
los lagrimones de la madre, una mujercilla flaca, arrugada e
insignificante, y la emoción del carretero, que iba como un criado tras
su futuro yerno, guardándole todas las consideraciones debidas a un ser
superior.
Por la noche fue la lectura de las cartas. Llegó don Julián el notario
en su vieja tartana acompañado de su acólito, un infeliz de cara
hambrienta con el tintero de cuerno asomado a un bolsillo y el papel
sellado bajo el brazo.
Don Julián fue entrado casi en triunfo en la cocina, donde ya estaba
preparada una mesilla para el escribiente con velón de cuatro brazos.
¡Qué hombre tan sabio aquel! Leía las escrituras en valenciano e
intercalaba en el árido texto chistes de su cosecha... Vamos, que no
había palurdo que pudiera estar serio en presencia de aquel señor
siempre grave, que tenía cierto aire eclesiástico, con su largo
paletó negro semejante a una sotana, el rostro carrilludo y frescote,
cuidadosamente afeitado, y las recias gafas montadas en la frente, lo
que era para los vecinos de Benimuslín un capricho inexplicable propio
de los grandes talentos.
Comenzó el notario a dictar en voz baja; garrapateaba el escribiente en
los pliegos de papel sellado, y mientras tanto iban llegando los amigos
de casa con el cura y el alcalde, y desaparecían del largo tablado los
regalos de boda para dejar sitio a los macizos bizcochos espolvoreados
de azúcar, los platos de _amargos_ y las tortas _finas_ secas como
cartón, a más de una docena de botellas de rosa y marrasquino.
Tosió varias veces don Julián, púsose en pie tirando de las solapas
de su paletó, y todos quedaron en silencio, mientras él agarraba los
pliegos escritos con la tinta todavía fresca y comenzaba a leer en
valenciano.
¡Qué hombre tan chistoso! Al nombrar al novio hizo una mueca grotesca,
y el tío Sènto fue el primero en celebrarlo con una ruidosa carcajada;
al mentar a la novia saludó a Marieta con una reverencia de baile y
volvió a repetirse la risa; pero cuando llegaron las condiciones del
contrato, todos se pusieron graves: un viento de egoísmo y de avaricia
parecía soplar en aquella cocina, y hasta la novia levantaba la cabeza
con los ojos brillantes y las alillas de la nariz dilatadas por la
emoción al oír hablar de onzas, de la viña de la Ermita y del olivar
del Camino Hondo: todo lo que iba a ser suyo. El tío Sènto era el único
que sonreía satisfecho de que tan honorable concurso apreciara hasta
dónde llegaba su generosidad.
Así se hacían las cosas. Los padres de Marieta lloraban y las vecinas
movían la cabeza con expresión de asentimiento. A un hombre así se le
podía entregar una hija sin remordimiento alguno.
Cuando el papelote quedó firmado, comenzaron a circular los dulces
y las copas. El notario lucía su ingenio, mientras el famélico
escribiente se atracaba en representación propia y de su principal.
Aquel don Julián era el encanto de su rudo auditorio. Ya verían de lo
que era capaz el día de la boda. Don Vicente el cura y él se habían de
emborrachar, brindando por la felicidad de los novios: palabra de honor.
A las once terminó la fiesta de las cartas. El cura acababa de
retirarse escandalizado de estar en pie a aquellas horas teniendo que
decir la misa primera; el alcalde le había acompañado, y salió por fin
el tío Sènto con el notario y el escribiente, los que llevaba a dormir
a su casa.
Las calles estaban oscuras. Más allá de la casa de Marieta estaba la
densa lobreguez de los campos, de la que salían rumores de follaje y
cantos de grillos. Sobre los tejados parpadeaban las estrellas en un
cielo de intenso azul. Ladraban los perros en los corrales, contestando
a los relinchos de las bestias de labor. El pueblo dormía, y el notario
y su ayudante andaban con precaución, temiendo tropezar con algún
pedrusco de aquellas calles desconocidas.
--¡Ave María purísima! --gritaba a lo lejos una voz acatarrada--; las
_onse_... sereno.
Y don Julián sentíase algo intranquilo en aquella lobreguez. Le
parecía ver bultos sospechosos, y en la esquina de la calle, espiando
la puerta de Marieta, creyó distinguir gente en acecho...
¡Allá va! Y sonó un terrible chasquido, como si se rasgara a un tiempo
toda la ropa blanca de la novia, y de la esquina surgió una gruesa
línea de fuego que avanzó rápida y serpenteante con un silbido atroz,
que puso los pelos de punta al buen notario.
Era un enorme cohete. ¡Vaya una broma! El notario se arrimó tembloroso
a una puerta, mientras el escribiente casi caía a sus pies, y allí
estuvieron los dos durante unos segundos, que les parecieron siglos,
viendo con angustia cómo el petardo iba de una pared a otra como fiera
enjaulada, agitando su rabo de chispas, conteniendo por tres o cuatro
veces su silbante estertor, hasta que por fin estalló en horrendo
trueno.
El tío Sènto había permanecido valientemente en medio de la calle...
¡_Redéu_! ya sabía él de dónde venía aquello.
--¡_Chentòla indesent_! --gritó con voz ronca por la rabia.
Y agitando su enorme _gayato_ avanzó amenazante, como si tras la
esquina fuese a encontrar al _Desgarrat_ con toda la parentela de la
_siñá_ Tomasa.