IV

A las diez de la noche quedaba ya poca gente en casa de los novios.

Desde el anochecer que comenzaron a salir del establo los carritos y

las caballerías enjaezadas. La mayoría de los convidados emprendían el

regreso a sus pueblos, cantando a grito pelado y deseando a los novios

una noche feliz.

Los de Benimuslín se retiraban también, y en las oscuras calles veíase

a más de una mujer tirando trabajosamente del vacilante marido, que

era incapaz de excesos en los días normales, pero que en una fiesta se

ponía alegre como cualquier hombre.

La vieja tartana del notario saltaba sobre los baches del camino,

dormitando don Julián con las gafas en la punta de la nariz y

dejando que guiase su escribiente, a pesar de que este se sentía tan

trastornado como su principal.

Ya no quedaban en la casa más que los padres de Marieta y algunos

parientes.

El tío Sènto mostraba impaciencia. Cada mochuelo a su olivo. Después

de un día tan agitado, ya era hora de dormir. Y bajo las enormes cejas

brillábanle los ojuelos con expresión ansiosa.

--¡Adiós, _filla mehua_! --gritaba la madre de Marieta--. ¡Adiós!...

Y lloraba abrazándose a su hija, como si la viera en peligro de muerte.

Pero el padre, el viejo carretero, que llevaba media bodega en la

panza, protestaba con lengua torpe y socarrona indignación: ¡_Redéu_!

No parecía sino que a la chica la habían sentenciado y la llevaran al

_carafalet_. Vamos, hombre, que era cosa de caerse de risa. ¿Tan mal le

había ido a la madre cuando se casó?

Y empujaba a su vieja para desasirla de Marieta, que también derramaba

lágrimas; y entre suspiros y gimoteos fueron hasta la puerta, que cerró

el tío Sènto, pasando después los cerrojos y la cadena.

Ya estaban solos. Arriba, en el granero, dormía la tía Pascuala; en

la cuadra se acostaban los criados; pero en el piso bajo, en la parte

principal de la casa, solo estaban ellos entre los desordenados restos

del banquete y a la luz vacilante de un velón monumental.

Por fin ya la tenía: allí estaba sentada en una poltrona de esparto,

encogiéndose como si quisiera achicarse hasta desaparecer.

El tío Sènto estaba intranquilo, y en la vehemencia de su pasión senil

no sabía qué decir. ¡_Recordóns_! no le había ocurrido lo mismo cuando

se casó con Tomasa. Lo que hace la edad.

Por algo tenía que empezar, y rogó a Marieta que entrase al _estudi_.

¡Pero bonita era la chica! ¡Criatura más terca y arisca no la había

visto el tío Sènto!

No; ella no se meneaba, no entraba en el _estudi_ aunque la matasen;

quería pasar la noche en aquel sillón.

Y cuando el novio intentaba acercarse, replegábase medrosica como un

caracol, faltándole poco para hacerse un ovillo sobre el asiento de

cuerda.

El tío Sènto se cansó de tanto rogar. Bueno; ya que ese era su

capricho, que pasase buena noche.

Y agarrando rudamente el velón se metió en el _estudi_.

Marieta tenía un horror instintivo a la oscuridad. Aquella casa grande

y desconocida, la causaba miedo; creyó ver en la sombra la cara ancha

y pecosa de la _siñá_ Tomasa, y trémula, con paso precipitado, creyendo

que alguien la tiraba de la falda, se metió en el _estudi_ siguiendo a

su marido.

Ahora se fijaba en aquella habitación, la mejor de la casa, con su

sillería de Vitoria, las paredes cubiertas de cromos religiosos con

apagadas lamparillas al frente y sus colosales armarios de pino para la

ropa.

Sobre la ventruda cómoda, con agarraderas de bronce, elevábase una

enorme urna llena de santos y de flores ajadas; rodeábanla candelabros

de cristal con velas amarillas, torcidas por el viento y moteadas

por las moscas; cerca de la cama la pililla de agua bendita, con la

palma del domingo de Ramos, y junto a ellas, colgando de un clavo, la

escopeta del tío Sènto; un mosquetón con dos cañones como trabucos,

cargados siempre de perdigón gordo por lo que pudiera ocurrir.

Y como suprema muestra de magnificencia, como complemento del mueblaje,

aquella cama famosa de la _siñá_ Tomasa, complicada fábrica de madera

tallada y pintada, ostentando en la cabecera media corte celestial, y

con un monte de colchones, cuya cima cubría el rojo damasco.

El marido sonreía satisfecho de su triunfo.

¿No veía ella cómo por fin entraba? Debía obedecerle siempre y no ser

tonta. Él solo deseaba su bien, por lo mismo que la quería mucho.

El viejo, a pesar de su rudeza, decía esto con expresión dulzona, como

si aún tuviera en su boca algún confite de la comida, y extendiendo las

manos con audacia.

--_Estigas quiet_ --decía Marieta con voz sofocada por el miedo--. _No

s’acòste._

Y mudaba de sitio, huyendo de su marido. Iba de una parte a otra

mirando con ansiedad las paredes, como si esperara ver en ellas un

agujero, algo por donde poder escapar.

Si no sintiera tanto miedo en la oscuridad, pronto hubiera abierto la

puerta del _estudi_, huyendo de aquella lucha insostenible.

El tío Sènto la concedía una tregua e iba desnudándose con resignada

calma.

--¡Pero qué tonta eres! --decía con entonación filosófica.

Y repetía la frase un sinnúmero de veces, mientras se quitaba las

alpargatas y los pantalones de pana, desliándose la negra faja para que

el vientre recobrase su hinchada elasticidad.

Oyose a lo lejos el reloj de la iglesia dando las once.

Era ya hora de acabar aquella situación ridícula; ¿se acostaba Marieta,

sí o no?

Y el tío Sènto hizo con tal imperio la pregunta, que la novia levantose

como un autómata, volvió su rostro a la pared y comenzó a desnudarse

con lentitud.

Quitose el pañuelo del cuello, y después, tras largas vacilaciones, el

corpiño fue a caer sobre una silla.

Quedó al descubierto el ceñido corsé de deslumbrante blancura, con

arabescos rojos; y más arriba la morena espalda de tonos calientes,

como el ámbar, cubierta de una suave película de melocotón sazonado

y rematada por la cerviz de adorable redondez, erizada de rizados

pelillos.

Aproximábase el tío Sènto cautelosamente, moviéndose al compás de sus

pasos el blanducho y enorme abdomen. No debía ser tonta: él la ayudaría

a desnudarse.

E intentaba meterse entre ella y la pared para verla de frente y

apartar aquellos brazos cruzados con fuerza sobre el exuberante y firme

pecho, oprimido por las ballenas del corsé.

--_¡No vullc! ¡no vullc!_ --gritaba con angustia la muchacha--.

_¡Apartes d’ahí!... ¡Fuxca!_

Con fuerza inesperada empujó aquella audaz panza que la cerraba el

paso, y siempre ocultando su pecho, fue a refugiarse entre la cama y

la pared.

El tío Sènto se amoscaba. Aquello ya pasaba de broma, y él no se sentía

capaz de contemplaciones. Fue a seguir a Marieta en su escondrijo, pero

apenas se movió, ¡_redéu_! parecía que el pueblo se venía abajo, que

la casa era asaltada por todos los demonios del infierno, o que había

llegado el juicio final.

¡Vaya un estrépito! Eran latas de petróleo golpeadas a garrotazo

limpio; cabezones agitando sus innumerables cascabeles, enormes

matracas y grandes cencerros sonando todos a un tiempo, y al poco rato

disparáronse cohetes que silbaban y estallaban junto a la reja del

_estudi_. Por las rendijillas de las maderas penetraba un resplandor

rojizo de incendio.

Adivinaba él lo que era aquello y a quién lo debía. Si la pena fuera

un _sòu_, si no hubiese presidio para los hombres, ya arreglaría él a

aquella pillería.

Y juraba y pateaba, despojado ya de su fiebre amorosa, sin acordarse de

Marieta, que asustada al principio por el infernal estrépito, lloraba

ahora, creyendo que sus lágrimas podían arreglarlo todo.

Ya se lo habían dicho sus amigas. Se casaba con un viudo y tendría

cencerrada.

¡Pero qué cencerrada, señores! Era en toda regla, con coplas alusivas

que la gente celebraba con carcajadas y relinchos, y cuando cesaba

momentáneamente el estrépito de latas y cencerros, sonaba la dulzaina

con sus gangueos burlones, y una voz acatarrada que conocía Marieta

(¡vaya si la conocía!) hablaba de la vejez del novio, de lo _carasera_

que había sido la novia y del peligro en que estaba el tío Sènto de ir

al día siguiente al cementerio si quería cumplir su obligación.

--¡_Morrals_! ¡_Indeséns_! --rugía el novio, e iba loco por el _estudi_

manoteando como si quisiera exterminar en el aire aquellas coplas que

venían de fuera.

Pero una malsana curiosidad le dominaba. Quería ver quiénes eran los

guapos que se atrevían con él, y de un bufido apagó el velón, abriendo

después un ventanillo de la reja.

La calle entera estaba ocupada por el gentío. Algunos haces de cáñamo

seco ardían con rojiza llama, y su resplandor de incendio abarcaba el

corro principal de la cencerrada, dejando en la oscuridad el resto de

la muchedumbre.

Allí estaban los autores. El _Desgarrat_ al frente y toda la parentela

de la _siñá_ Tomasa. Pero lo que más indignaba al tío Sènto era que

estuviese allí _Dimòni_ acompañando con su dulzaina las indecentes

coplas, cuando el muy ladrón había recibido dos horas antes dos duros

como dos soles por su trabajo en la boda. ¡Y cómo se reía aquel hereje

cada vez que su amigo el _Desgarrat_ cantaba una desvergüenza!

Había para hacer un disparate.

Lo que más alteraba al tío Sènto, aunque él lo callase, era ver que

aquel insulto a su persona lo presenciaba medio pueblo, los mismos

que antes le temían o le buscaban humildes e imploraban su favor.

Su estrella se eclipsaba. Todos le perdían el respeto después de su

calaverada casándose con una chica.

Despertábase su soberbia de hombre rudo acostumbrado a imponer su

voluntad, y temblaba de pies a cabeza ante los feroces insultos.

Conformábase con el ruido: que golpeasen cuanto quisieran, pero que no

cantase aquel perdido, pues sus coplas le aglomeraban la sangre a los

ojos.

Pero el _Desgarrat_ era infatigable, la gente acogía las coplas con

aullidos de entusiasmo, y el viejo, ya trastornado, se hacía atrás como

si en la oscuridad del _estudi_ fuese a buscar algo.

Aún permaneció en el ventanillo viendo cómo la multitud abría paso a

algunos amigos del _Desgarrat_ que conducían en hombros un objeto largo

y negro.

--¡Gori, gori, gori! --aullaba la multitud, parodiando el canto de los

entierros.

Y el novio vio pasar en la punta de un palo, a guisa de un guión, unos

cuernos, enormes, leñosos y retorcidos, y después un ataúd, en cuyo

fondo descansaba un monigote con dos grandes marañas de pelo en lugar

de las cejas.

¡Cristo, aquello era para él! Ya se atrevían a lanzarle en el rostro

aquel apodo de _Sellut_ que nadie había osado proferir en su presencia.

Rugió apartándose del ventanillo, buscó a lo largo de la pared, a

tientas en la oscuridad, algo apoyó en su rostro contraído por la rabia

y sonaron dos truenos que hicieron parar en seco la ruidosa cencerrada.

Había tirado a ciegas, pero tal era su deseo de matar, que hasta estaba

seguro de haber acertado.

Se apagaron las rojas antorchas, oyose el rumor de la gente que huía

apresurada y algunas gritaban desde la calle:

--¡Pillo... asesino! El _Sellut_ es. _Asómat_, granuja.

Pero el tío Sènto nada oía. Estaba plantado en medio del _estudi_ como

asombrado de lo que había hecho, con la caliente escopeta quemándole

las manos.

Marieta, poseída de pasmo, gimoteaba en el suelo. Su estertor ansioso

era lo único que oía él, y dirigiendo su furia a lo que más cerca

tenía, murmuraba con ferocidad:

--_¡Calla... cordóns!... ¡Calla o te mate a tú!..._

El tío Sènto no salió de su estupor hasta que golpearon rudamente la

puerta de la calle.

--¡Abran a la Guardia Civil!

Debían estar levantados los criados desde mucho antes, pues la puerta

se abrió, acercándose al _estudi_ el ruido de culatas y zapatos

claveteados.

Cuando el tío Sènto salió a la calle entre los dos guardias, vio

el cadáver del _Desgarrat_ hecho una criba. No se había perdido un

perdigón.

Los compañeros del muerto amenazáronle de lejos con sus navajas; hasta

_Dimòni_, tambaleando por el vino y la emoción, le apuntaba fieramente

con su dulzaina, pero él nada veía, y se alejó cabizbajo, murmurando

con amargura:

--¡_Bonica nit de novios_!

Cuentos valencianos · 第 14 / 46 题