I
Todos los vecinos de Benimuslín acogieron con extrañeza la noticia.
Se casaba el tío Sènto, uno de los prohombres del pueblo, el primer
contribuyente del distrito, y la novia era Marieta, guapa chica, hija
de un carretero, que no aportaba al matrimonio otros bienes que aquella
cara morena, con su sonrisa de graciosos hoyuelos y los ojazos negros,
que parecían adormecerse tras las largas pestañas entre los dos rodetes
de apretado y brillante cabello que, adornados con pobres horquillas,
cubrían sus sienes.
Por más de una semana esta noticia conmovió al tranquilo pueblecito,
que entre una inmensidad de viñas y olivares alzaba sus negruzcos
tejados, sus tapias de blancura deslumbrante, el campanario con su
montera de verdes tejas y aquella torre cuadrada y roja, recuerdo de
los moros, que destacaba soberbia sobre el intenso azul del cielo su
corona de almenas rotas o desmoronadas como una encía vieja.
El egoísmo rural no salía de su asombro. Muy enamorado debía estar el
tío Sènto para casarse, violando tan escandalosamente las costumbres
tradicionales. ¿Cuándo se había visto a un hombre que era dueño de la
cuarta parte del término, con más de cien botas en la bodega y cinco
mulas en la cuadra, casarse con una chica que de pequeña robaba fruta o
ayudaba en las faenas de las casas ricas para que la diesen de comer?
Todos decían lo mismo. ¡Ah, si levantase la cabeza la _siñá_ Tomasa,
la primera mujer del tío Sènto, y viese que su caserón de la calle
Mayor, sus campos y su _estudi_, con aquella cama monumental de que tan
orgullosa estaba, iban a ser para la mocosuela que en otros tiempos la
pedía una rebanada de pan!
Aquel hombre debía estar loco. No había más que ver el aire de
adoración con que contemplaba a Marieta, la sonrisa boba con que acogía
todas sus palabras y las actitudes de chaval con que se mostraba a los
cincuenta y seis años bien cumplidos. Y las que más protestaban contra
aquel hecho inaudito eran las chicas de las familias acomodadas, que,
siguiendo las egoístas tradiciones, no hubieran tenido inconveniente
en entregar su morena mano a aquel gallo viejo, que se apretaba la
exuberante panza con la faja de seda negra y mostraba sus ojillos
pardos y duros bajo el sombraje de unas cejas salientes y enormes que,
según expresión de sus enemigos, tenían más de media arroba de pelo.
La gente estaba conforme en que el tío Sènto había perdido la razón.
Cuanto poseía antes de casarse y todo lo que había heredado de la
_siñá_ Tomasa, iba a ser de Marieta, de aquella mosca muerta que había
conseguido turbarle de tal modo, que hasta las devotas a la puerta de
la iglesia murmuraban si la chica tendría hecho pacto con el malo y
habría dado al viejo polvos seguidores.
El domingo en que se leyó la primera amonestación, el escándalo fue
grande. Después de la misa mayor, había que oír a los parientes de la
_siñá_ Tomasa. Aquello era un robo, sí señor; la difunta se lo había
dejado todo a su marido, creyendo que no la olvidaría jamás, y ahora el
muy ladrón, a pesar de sus años, buscaba un bocado tierno y le regalaba
lo de la otra. No había justicia en la tierra si aquello se consentía.
¡Pero vaya usted a reclamar en estos tiempos! Bien decía don Vicente,
el _siñor retor_, que ahora todo está perdido. Debía mandar don Carlos,
que es el único que persigue a los pillos.
Así vociferaban en los corrillos de la plaza los que se creían
perjudicados por el futuro matrimonio, ayudándoles en la murmuración
casi todos los vecinos de Benimuslín.
El caso era que tal casamiento no acabaría bien. Aquel vejestorio
atacado de rabia amorosa estaba destinado a llorar su calaverada.
¡Pequeños iban a ser los adornos!... Todo el pueblo sabía que Marieta
tenía un novio, _Tòni el Desgarrat_, un vago que había pasado la niñez
con ella correteando por las viñas, y ahora, al ser mayor, la quería
con buen fin, esperando para casarse que le entrasen ganas de trabajar
y perder la costumbre de beberse en la taberna los cuatro terrones
de su herencia en compañía de su amigo el dulzainero _Dimòni_, otro
perdido que venía a buscarle del inmediato pueblo para tomar juntos
famosas borracheras, que dormían en los pajares.
Los parientes de la _siñá_ Tomasa miraban ahora con simpatía al
_Desgarrat_. Este se encargaría de vengarles.
Y los mismos que antes le despreciaban, los ricachos que volvían la
cara al encontrarle, buscábanle en la taberna el día de la primera
amonestación, plantándose ante el muchachote, que estaba sentado en un
taburete de cuerda con la vistosa manta sobre las rodillas, la colilla
pegada al labio y la mirada fija en el porrón, que herido por un rayo
de sol, reflejaba inquieta mancha roja sobre el cinc de la mesilla.
--_Che, Desgarrat_ --le decían con sorna--, Marieta se casa.
Pero el _Desgarrat_ acogía esta burla levantando los hombros.
Aquello aún había de verse. Hasta el fin nadie es dichoso, y él...
¡_recordóns_! ya sabían todos que era muy hombre para vérselas con el
tío Sènto, que también la echaba de terne.
Así era, y por lo mismo todos esperaban un choque ruidoso.
Allí iba a pasar algo.
Al tío Sènto --según propia afirmación-- nadie le ganaba a bruto.
Levantaba mucho peso en las elecciones, tenía grandes amigos en
Valencia, había sido alcalde varias veces y estaba acostumbrado a
enarbolar en medio de la plaza el grueso _gayato_ de Liria para
sacudirle dos palos con la mayor impunidad al primero que le
incomodaba.