Ella no fue madre. Cuando llegó el momento, arrancaron en pedazos, de
sus entrañas ardientes, aquel infeliz engendro de la embriaguez.
Y tras el feto monstruoso y sin vida, murió la madre ante la mirada
asombrada de _Dimòni_, que, al ver extinguirse aquella vida sin agonía
ni convulsiones, no sabía si su compañera se había ido para siempre o
si acababa de dormirse como cuando rodaba a sus pies la botella vacía.
El suceso tuvo resonancia, y las comadres de Benicófar se agrupaban a
la puerta de la casucha para ver de lejos a _La Borracha_ tendida en
el ataúd de los pobres y a _Dimòni_ en cuclillas junto a la muerta,
voluminoso, lloriqueando y con la cerviz inclinada, como un buey
melancólico.
Nadie del pueblo se dignó entrar en la casa. El duelo se componía de
media docena de amigos de _Dimòni_, haraposos y tan borrachos como
este, que pordioseaban por los caminos, y del sepulturero de Benicófar.
Pasaron la noche velando a la difunta, yendo por turno cada dos horas a
aporrear la puerta de la taberna pidiendo que les llenasen una enorme
bota, y cuando el sol entró por las brechas del tejado, despertaron
todos, tendidos en torno de la difunta, ni más ni menos que los
domingos por la noche cuando en fraternal confianza caían en algún
pajar a la salida de la taberna.
¡Cómo lloraban todos!... Y ahora la pobrecita estaba allí en el cajón
de los pobres, tranquila como si durmiera, y sin poder levantarse a
pedir su parte. ¡Oh, lo que es la vida!... ¡Y en esto hemos de parar
todos!
Y los borrachos lloraron tanto, que al conducir el cadáver al
cementerio todavía les duraba la emoción y la embriaguez.
Todo el vecindario presenció de lejos el entierro. Las buenas almas
reían como locas ante espectáculo tan grotesco.
Los amigotes de _Dimòni_ marchaban con el ataúd al hombro, dando
traspiés que hacían mecerse rudamente la fúnebre caja como un buque
viejo y desarbolado. Y detrás de aquellos mendigos iba _Dimòni_ con su
inseparable instrumento bajo el sobaco, siempre con aquel aspecto de
buey moribundo que acababa de recibir un tremendo golpe en la cerviz.
Los chiquillos gritaban y daban cabriolas ante el ataúd, como si
aquello fuese una fiesta, y la gente reía, asegurando que lo del parto
era una farsa y que _La Borracha_ había muerto de un hartazgo de
aguardiente.
Los lagrimones de _Dimòni_ también hacían reír. ¡Valiente pillo! Aún le
duraba el _cañamón_ de la noche anterior y lloraba lágrimas de vino al
pensar que ya no tendría una compañera en sus borracheras nocturnas.
Todos le vieron volver del cementerio, donde por compasión habían
permitido el entierro de aquella gran perdida, y le vieron también cómo
con sus amigotes, incluso el enterrador, se metía en la taberna para
agarrar el porrón con las manos sucias de la tierra de las tumbas.
Desde aquel día, el cambio fue radical. ¡Adiós, excursiones gloriosas,
triunfos alcanzados en las tabernas, serenatas en las plazas y toques
estruendosos en las procesiones! _Dimòni_ no quería salir de Benicófar,
ni tocar en las fiestas. ¿Trabajar?... eso para los imbéciles. Que no
contasen con él los clavarios; y para afirmarse más en esta resolución,
despidió al último tamborilero, cuya presencia le irritaba.
Tal vez en sus ensueños de borracho melancólico había pensado, mirando
el hinchado vientre de _La Borracha_, en la posibilidad de que con
el tiempo un muchacho panzudo con cara de pillo, un _Dimoniet_,
acompañase golpeando el parche las escalas vibrantes de su dulzaina.
Ahora sí que estaba solo. Había conocido la dicha para que después su
situación fuese más triste. Había sabido lo que era amor para conocer
el desconsuelo; dos cosas cuya existencia ignoraba antes de tropezar
con _La Borracha_.
Entregose al aguardiente con el mismo fervor que si rindiera un tributo
fúnebre a la muerta; iba roto, mugriento, y no podía revolverse en su
casucha sin notar la falta de aquellas manos de bruja, secas y afiladas
como garras, que tenían para él cuidados maternales.
Como un búho, permanecía en el fondo de su guarida mientras brillaba
el sol, y a la caída de la tarde salía del pueblo cautelosamente, como
ladrón que va al acecho, y por una brecha del muro se colaba en el
cementerio, un corral de suelo ondulado que la Naturaleza igualaba con
matorrales, en los que pululaban las mariposas.
Y por la noche, cuando los jornaleros retrasados volvían al pueblo
con la azada al hombro, oían una musiquilla dulce e interminable que
parecía salir de las tumbas.
--¡_Dimòni_!... ¿Eres tú?
La musiquilla callaba ante los gritos de aquella gente supersticiosa,
que preguntaba por ahuyentar su miedo.
Y luego, cuando los pasos se alejaban, cuando se restablecía en la
inmensa vega el susurrante silencio de la noche, volvía a sonar la
musiquilla, triste como un lamento, como el lloriqueo lejano de una
criatura llamando a la madre que jamás había de volver.
¡Cosas de hombres!...
Cuando Visentico, el hijo de la _siñá_ Serafina, volvió de Cuba, la
calle de Borrull púsose en conmoción.
En torno de su petaca, siempre repleta de picadura de la Habana,
agrupábase la chavalería del barrio, ansiosa de liar pitillos y
escuchar estupendas historias con credulidad asombrosa.
--En Matanzas tuve yo una mulatita que quería nos casáramos lueguito...
lueguito. Tenía millones, pero yo no quise porque me tira mucho esta
_tierresita_.
Y esto era mentira. Seis años había permanecido fuera de Valencia,
y decía tener olvidado el valenciano, a pesar de lo mucho que _le
tiraba la tierresita_. Había salido de allí con lengua, y volvía con
un merengue derretido, a través del cual las palabras tomaban el tono
empalagoso de una flauta melancólica.
Por su lenguaje y las mentiras de grandiosidad con que asombraba a la
crédula chavalería, Visentico era el soberano de la calle, el motivo de
conversación de todo el barrio. Su casaquilla de hilo rayado con vivos
rojos, el bonete de cuartel, el pañuelo de seda al cuello, la banda
dorada al pecho con el canuto de la licencia, la tez descolorida, el
bigotillo picudo y la media romana de corista italiano, habíanse metido
en el corazón de todas las chavalas y lo hacían latir con un estrépito
solo comparable al _fru-fru_ de sus faldas de percal, almidonadas en
los bajos hasta ser puro cartón.
La _siñá_ Serafina estaba orgullosa de aquel hijo que la llamaba
_mamá_. Ella era la encargada de hacer saber a las vecinas las onzas
de oro que Visentico había traído de allá, y al número que marcaba, ya
bastante exagerado, la gente añadía ceros sin remordimiento. Además, se
hablaba con respeto supersticioso de cierto papelote que el licenciado
guardaba, y en el cual el Estado se comprometía a dar tanto y cuanto...
cuando mudase de fortuna.
No era extraño, pues, que un hombre de tantas prendas, rodeado del
ambiente de la popularidad y poseedor de irresistibles seducciones,
trajese loca a Pepeta (a) _La Buena Mosa_, una vaca brava que por
las mañanas revendía fruta en el Mercado, y con su falda acorazada,
pañuelo de pita, patillas en las sienes y puntas de bandolina en la
frente, pasaba la vida a la puerta de su casa, tan dispuesta a arañarse
con la primera vecina como a conmover toda la calle con alguno de sus
escándalos de muchachota cerril.
La gente consideraba naturales y justas las relaciones cada vez más
íntimas entre Visentico y Pepeta. Eran la pareja más distinguida del
barrio, y además, antes de que él se fuese a Cuba ya se susurraba si
había algo entre ellos.
Lo que ya no le parecía tan claro a la gente es lo que diría el
_Menut_, un chicuelo enteco y vicioso, empleado en el Matadero para
repartir la carne; un pillete con la mirada atravesada y grandes tufos
en las orejas, que siempre iba hecho un asco, y de quien se murmuraba
si en distintas ocasiones había afanado borregos enteros.
La Pepeta estaba loca; solo una caprichosa como ella podía haber
aguantado dos años los celos machacones y las exigencias tiránicas de
un granuja rabiosillo, al que ella con su potente brazo de buena moza
era capaz de deshacer la cara de un solo revés.
Y ahora iba a ocurrir algo. ¡Vaya si ocurriría! Adivinábanlo los
vecinos solo con ver al _Menut_, quien con aspecto de perro abandonado
pasaba el día vagando por la calle, tan pronto en el cafetín de
_Panchabruta_ como frente a la casa de Pepeta, siempre sucio, con
la camiseta listada de azul y la blusa al cuello impregnadas de la
hediondez de la sangre seca.
Ya no repartía carneros a los cortantes de la ciudad; olvidaba su
carrito mugriento, y embrutecido por la sorpresa, queriendo llenar
aquel algo que le faltaba, solo sabía beberse _águilas_ en el cafetín o
ir tras Pepeta, humilde, cobarde, encogido, expresándose con la mirada
más que con la lengua. Pero ella estaba ya despierta. ¿Dónde había
tenido los ojos?... Ahora le parecía imposible que hubiese querido a
aquel bruto, sucio y borrachín. ¡Qué abismo entre él y Visentico!...
una figura de general, un chico muy gracioso en el habla, que cantaba
guajiras y bailaba el tango como un ángel, y que, en fin, si no tenía
millones y una mulata, ya se sabía que era por lo mucho que le _tiraba
la tierresita_.
Indignábase al ver que aquel granujilla, forrado en la mugre de la
carne muerta, aún tenía la pretensión de que continuase lo que solo
había sido un capricho... una condescendencia compasiva... ¡Arre allá!
Cuando no manifestase su cariño con zarpadas y aprendiese a decirla
¡flor de guayaba! y ¡mulatita! como el otro, entonces podría ponerse en
su presencia.
La buena moza fue inflexible, acabó por no escuchar, y desde entonces
la calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fue el _Menut_.
En las noches de verano, cuando el calor arrojaba a las familias en
medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas servidas
sobre mesitas de zapatero, la gente veía pasar al celoso chiquillo
recatándose en la sombra, misterioso y fatídico como un traidor de
melodrama.
La aparición terrorífica pasaba varias veces ante la puerta de Pepeta,
lanzando miradas espeluznantes al coro que hacía la corte a la buena
moza, y después desvanecíase por un escotillón: el cafetín donde el
_Menut_, cual nuevo Prometeo, entregaba sus entrañas a las rampantes
garras de las _águilas_ amílicas.
¡Qué noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta tenían la acera por
escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el acordeón, y ella
recibía honores de reina festejada. A su lado, la madre, una vieja
insignificante que no abría la boca sin recibir un bufido de Pepeta.
La calle, tostada todo el día por el sol, revivía con los primeros
soplos de la noche.
Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecían pintados en la
pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca penumbra; en las puertas
destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores:
chorreaban rítmicamente los balcones con el riego de las plantas; en
cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo oscuro
que parecía un lienzo apollillado transparentando lejana luz, descendía
un soplo húmedo que reanimaba a la tierra, arrancándola suspiros de
vida.
En todas las puertas sonaban el acordeón con su chillona melancolía,
la guitarra con su rasgueo soñador, el canto a coro desentonado y
estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de
aullidos, el estrépito de la lucha cuerpo a cuerpo, y los antipáticos
perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta que el
silletazo de algún vecino de buena voluntad los ponía en dispersión.
Despedazábanse en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en
tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el rojo zumo;
extendíanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y
al fin, la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce
beatitud, escuchando como angélicas melodías los arañazos de los
acordeones.
Y a esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y
estar los corrillos más animados, era cuando a lo lejos la difusa luz
de los faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando
zigzags como una barca sin timón, echando la pesada ancla en cada
esquina.
Era el padre de Pepeta, que con la gorra desmayada y el pañuelo de
hierbas en una mano volvía de la taberna. Saludaba a la reunión con
tres gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por
fin en la oscuridad de su casa, maldiciendo a los avaros caseros que,
para fastidiar a los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.
En aquellas horas de regocijo público, en medio de la calle,
acariciados por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el
licenciado y Pepeta; él, dulzón y empalagoso, hablándole al oído;
ella, grave, estirada y seria, apretando los labios como si estuviera
ofendida, porque una chavala que se respete debe poner siempre al
novio cara de perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan a
comprender que una está chiflada por ellos... ya, ya.
Y mientras tanto, la pobre alma en pena a la puerta del cafetín, con
la garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño, oyendo
de cerca las bromitas de sus amigachos y a lo lejos las canciones del
corro de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía
abrumadora.
Pero ¡qué cargantes eran los amigos del cafetín! ¿Que Pepeta no le
quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un chiquillo y le
faltaba esto y lo de más allá? Conformes; pero aún no había muerto,
y tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto, a Pepeta y al
_Cubano_ se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una _carasera_ y
él un mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les
arreglaría las cuentas.... A ver, tío _Panchabruta_: otra águila de
petróleo refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel
que ha enviado al cementerio tres generaciones de borrachos.
Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la
puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del
cafetín, cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.
Ahora cantaban a coro en casa de Pepeta:
Vente conmigo y no temas
estos parajes dejar...
Adivinaba la voz de ella, rígida y fría como siempre, y la otra aguda
y mimosa, la del cubano, que decía: _Vente conmigo_, con una intención
que al _Menut_ parecía arañarle en el pecho. Conque _vente conmigo_,
¿eh?... ¡Cristo! Aquella noche iba a arder todo en la calle de Borrull.
Y se lanzó fuera del cafetín sin llamar la atención de los bebedores,
acostumbrados a tan nerviosas salidas.
Ya no era el alma en pena; iba rectamente a su sitio, a aquel corro
maldito que tantas noches había sido su tormento.
--Tú, Cubano, _ascolta._
Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el organillo, cesó el
coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería aquel pillete?
¿Había por allí algún borrego que robar?...
Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba
estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.
--Me _paese_... me _paese_ que ese muchachito se la va a cargar por
torpe.
Y salió del corro, a pesar de las protestas y consejos de todos.
Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos; ella lo aseguraba.
No llegaría la sangre al río. El _Menut_ era un chillón que no valía un
papel de fumar, y si se atrevía a hacer pinitos ya le limpiaría los
mocos el otro. Vaya... a cantar. No debía turbarse la buena armonía por
un bicho así.
Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala gana, mirando todos
con el rabillo del ojo a los dos que estaban plantados en el arroyo,
frente a frente.
Que la que aquí es prima donna,
reina en mi casa será...á...á
Pero al hacer una pausa se oyó la voz del _Menut_, que decía
lentamente, con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:
--Tú eres un morral... sí señor; un morral.
Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó el acordeón al
suelo, lanzando un quejido, pero... ¡quiá! por pronto que acudieron ya
era tarde.
Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose las uñas en el
cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y lanzando
sucias blasfemias.
Y el _Cubano_ de pronto se bamboleó para caer como un talego de ropa, y
en aquel momento desvaneciose la melosidad antillana, y el lenguaje de
la niñez reapareció junto con la desgracia.
--¡Ay, _mare mehua_!... ¡_Mare mehua_!
Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos,
agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de la
navaja, comprimiendo instintivamente el bárbaro rasgón, al que asomaban
los intestinos cortados, rezumando sangre e inmundicia.
Corría la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en
torno del caído; sonaban pitos a lo lejos, poblándose instantáneamente
los balcones, y en uno de ellos la _siñá_ Serafina, en camisa,
desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo,
daba alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de
su desgracia.
Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de
varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo
llegar hasta el _Menut_, le escupía a la cara siempre los mismos
insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba a todo el
barrio:
--¡_Lladre_!... ¡Granuja!...
Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y
desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho
teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída a sus pies. Tan
tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al
sentir en sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que
plegaba ligeramente los extremos de su boca.
Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda, y la blusa
encima, la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de
municipales, satisfecho, en el fondo, de que la gente se agolpase a su
paso, como en la entrada de un personaje.
Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez a sus amigotes que,
asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban
qué había hecho.
--_Res; còses d’hòmens._
Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de
la cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la
prosopopeya de la estupidez satisfecha.