III

Ella no fue madre. Cuando llegó el momento, arrancaron en pedazos, de

sus entrañas ardientes, aquel infeliz engendro de la embriaguez.

Y tras el feto monstruoso y sin vida, murió la madre ante la mirada

asombrada de _Dimòni_, que, al ver extinguirse aquella vida sin agonía

ni convulsiones, no sabía si su compañera se había ido para siempre o

si acababa de dormirse como cuando rodaba a sus pies la botella vacía.

El suceso tuvo resonancia, y las comadres de Benicófar se agrupaban a

la puerta de la casucha para ver de lejos a _La Borracha_ tendida en

el ataúd de los pobres y a _Dimòni_ en cuclillas junto a la muerta,

voluminoso, lloriqueando y con la cerviz inclinada, como un buey

melancólico.

Nadie del pueblo se dignó entrar en la casa. El duelo se componía de

media docena de amigos de _Dimòni_, haraposos y tan borrachos como

este, que pordioseaban por los caminos, y del sepulturero de Benicófar.

Pasaron la noche velando a la difunta, yendo por turno cada dos horas a

aporrear la puerta de la taberna pidiendo que les llenasen una enorme

bota, y cuando el sol entró por las brechas del tejado, despertaron

todos, tendidos en torno de la difunta, ni más ni menos que los

domingos por la noche cuando en fraternal confianza caían en algún

pajar a la salida de la taberna.

¡Cómo lloraban todos!... Y ahora la pobrecita estaba allí en el cajón

de los pobres, tranquila como si durmiera, y sin poder levantarse a

pedir su parte. ¡Oh, lo que es la vida!... ¡Y en esto hemos de parar

todos!

Y los borrachos lloraron tanto, que al conducir el cadáver al

cementerio todavía les duraba la emoción y la embriaguez.

Todo el vecindario presenció de lejos el entierro. Las buenas almas

reían como locas ante espectáculo tan grotesco.

Los amigotes de _Dimòni_ marchaban con el ataúd al hombro, dando

traspiés que hacían mecerse rudamente la fúnebre caja como un buque

viejo y desarbolado. Y detrás de aquellos mendigos iba _Dimòni_ con su

inseparable instrumento bajo el sobaco, siempre con aquel aspecto de

buey moribundo que acababa de recibir un tremendo golpe en la cerviz.

Los chiquillos gritaban y daban cabriolas ante el ataúd, como si

aquello fuese una fiesta, y la gente reía, asegurando que lo del parto

era una farsa y que _La Borracha_ había muerto de un hartazgo de

aguardiente.

Los lagrimones de _Dimòni_ también hacían reír. ¡Valiente pillo! Aún le

duraba el _cañamón_ de la noche anterior y lloraba lágrimas de vino al

pensar que ya no tendría una compañera en sus borracheras nocturnas.

Todos le vieron volver del cementerio, donde por compasión habían

permitido el entierro de aquella gran perdida, y le vieron también cómo

con sus amigotes, incluso el enterrador, se metía en la taberna para

agarrar el porrón con las manos sucias de la tierra de las tumbas.

Desde aquel día, el cambio fue radical. ¡Adiós, excursiones gloriosas,

triunfos alcanzados en las tabernas, serenatas en las plazas y toques

estruendosos en las procesiones! _Dimòni_ no quería salir de Benicófar,

ni tocar en las fiestas. ¿Trabajar?... eso para los imbéciles. Que no

contasen con él los clavarios; y para afirmarse más en esta resolución,

despidió al último tamborilero, cuya presencia le irritaba.

Tal vez en sus ensueños de borracho melancólico había pensado, mirando

el hinchado vientre de _La Borracha_, en la posibilidad de que con

el tiempo un muchacho panzudo con cara de pillo, un _Dimoniet_,

acompañase golpeando el parche las escalas vibrantes de su dulzaina.

Ahora sí que estaba solo. Había conocido la dicha para que después su

situación fuese más triste. Había sabido lo que era amor para conocer

el desconsuelo; dos cosas cuya existencia ignoraba antes de tropezar

con _La Borracha_.

Entregose al aguardiente con el mismo fervor que si rindiera un tributo

fúnebre a la muerta; iba roto, mugriento, y no podía revolverse en su

casucha sin notar la falta de aquellas manos de bruja, secas y afiladas

como garras, que tenían para él cuidados maternales.

Como un búho, permanecía en el fondo de su guarida mientras brillaba

el sol, y a la caída de la tarde salía del pueblo cautelosamente, como

ladrón que va al acecho, y por una brecha del muro se colaba en el

cementerio, un corral de suelo ondulado que la Naturaleza igualaba con

matorrales, en los que pululaban las mariposas.

Y por la noche, cuando los jornaleros retrasados volvían al pueblo

con la azada al hombro, oían una musiquilla dulce e interminable que

parecía salir de las tumbas.

--¡_Dimòni_!... ¿Eres tú?

La musiquilla callaba ante los gritos de aquella gente supersticiosa,

que preguntaba por ahuyentar su miedo.

Y luego, cuando los pasos se alejaban, cuando se restablecía en la

inmensa vega el susurrante silencio de la noche, volvía a sonar la

musiquilla, triste como un lamento, como el lloriqueo lejano de una

criatura llamando a la madre que jamás había de volver.

¡Cosas de hombres!...

Cuando Visentico, el hijo de la _siñá_ Serafina, volvió de Cuba, la

calle de Borrull púsose en conmoción.

En torno de su petaca, siempre repleta de picadura de la Habana,

agrupábase la chavalería del barrio, ansiosa de liar pitillos y

escuchar estupendas historias con credulidad asombrosa.

--En Matanzas tuve yo una mulatita que quería nos casáramos lueguito...

lueguito. Tenía millones, pero yo no quise porque me tira mucho esta

_tierresita_.

Y esto era mentira. Seis años había permanecido fuera de Valencia,

y decía tener olvidado el valenciano, a pesar de lo mucho que _le

tiraba la tierresita_. Había salido de allí con lengua, y volvía con

un merengue derretido, a través del cual las palabras tomaban el tono

empalagoso de una flauta melancólica.

Por su lenguaje y las mentiras de grandiosidad con que asombraba a la

crédula chavalería, Visentico era el soberano de la calle, el motivo de

conversación de todo el barrio. Su casaquilla de hilo rayado con vivos

rojos, el bonete de cuartel, el pañuelo de seda al cuello, la banda

dorada al pecho con el canuto de la licencia, la tez descolorida, el

bigotillo picudo y la media romana de corista italiano, habíanse metido

en el corazón de todas las chavalas y lo hacían latir con un estrépito

solo comparable al _fru-fru_ de sus faldas de percal, almidonadas en

los bajos hasta ser puro cartón.

La _siñá_ Serafina estaba orgullosa de aquel hijo que la llamaba

_mamá_. Ella era la encargada de hacer saber a las vecinas las onzas

de oro que Visentico había traído de allá, y al número que marcaba, ya

bastante exagerado, la gente añadía ceros sin remordimiento. Además, se

hablaba con respeto supersticioso de cierto papelote que el licenciado

guardaba, y en el cual el Estado se comprometía a dar tanto y cuanto...

cuando mudase de fortuna.

No era extraño, pues, que un hombre de tantas prendas, rodeado del

ambiente de la popularidad y poseedor de irresistibles seducciones,

trajese loca a Pepeta (a) _La Buena Mosa_, una vaca brava que por

las mañanas revendía fruta en el Mercado, y con su falda acorazada,

pañuelo de pita, patillas en las sienes y puntas de bandolina en la

frente, pasaba la vida a la puerta de su casa, tan dispuesta a arañarse

con la primera vecina como a conmover toda la calle con alguno de sus

escándalos de muchachota cerril.

La gente consideraba naturales y justas las relaciones cada vez más

íntimas entre Visentico y Pepeta. Eran la pareja más distinguida del

barrio, y además, antes de que él se fuese a Cuba ya se susurraba si

había algo entre ellos.

Lo que ya no le parecía tan claro a la gente es lo que diría el

_Menut_, un chicuelo enteco y vicioso, empleado en el Matadero para

repartir la carne; un pillete con la mirada atravesada y grandes tufos

en las orejas, que siempre iba hecho un asco, y de quien se murmuraba

si en distintas ocasiones había afanado borregos enteros.

La Pepeta estaba loca; solo una caprichosa como ella podía haber

aguantado dos años los celos machacones y las exigencias tiránicas de

un granuja rabiosillo, al que ella con su potente brazo de buena moza

era capaz de deshacer la cara de un solo revés.

Y ahora iba a ocurrir algo. ¡Vaya si ocurriría! Adivinábanlo los

vecinos solo con ver al _Menut_, quien con aspecto de perro abandonado

pasaba el día vagando por la calle, tan pronto en el cafetín de

_Panchabruta_ como frente a la casa de Pepeta, siempre sucio, con

la camiseta listada de azul y la blusa al cuello impregnadas de la

hediondez de la sangre seca.

Ya no repartía carneros a los cortantes de la ciudad; olvidaba su

carrito mugriento, y embrutecido por la sorpresa, queriendo llenar

aquel algo que le faltaba, solo sabía beberse _águilas_ en el cafetín o

ir tras Pepeta, humilde, cobarde, encogido, expresándose con la mirada

más que con la lengua. Pero ella estaba ya despierta. ¿Dónde había

tenido los ojos?... Ahora le parecía imposible que hubiese querido a

aquel bruto, sucio y borrachín. ¡Qué abismo entre él y Visentico!...

una figura de general, un chico muy gracioso en el habla, que cantaba

guajiras y bailaba el tango como un ángel, y que, en fin, si no tenía

millones y una mulata, ya se sabía que era por lo mucho que le _tiraba

la tierresita_.

Indignábase al ver que aquel granujilla, forrado en la mugre de la

carne muerta, aún tenía la pretensión de que continuase lo que solo

había sido un capricho... una condescendencia compasiva... ¡Arre allá!

Cuando no manifestase su cariño con zarpadas y aprendiese a decirla

¡flor de guayaba! y ¡mulatita! como el otro, entonces podría ponerse en

su presencia.

La buena moza fue inflexible, acabó por no escuchar, y desde entonces

la calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fue el _Menut_.

En las noches de verano, cuando el calor arrojaba a las familias en

medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas servidas

sobre mesitas de zapatero, la gente veía pasar al celoso chiquillo

recatándose en la sombra, misterioso y fatídico como un traidor de

melodrama.

La aparición terrorífica pasaba varias veces ante la puerta de Pepeta,

lanzando miradas espeluznantes al coro que hacía la corte a la buena

moza, y después desvanecíase por un escotillón: el cafetín donde el

_Menut_, cual nuevo Prometeo, entregaba sus entrañas a las rampantes

garras de las _águilas_ amílicas.

¡Qué noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta tenían la acera por

escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el acordeón, y ella

recibía honores de reina festejada. A su lado, la madre, una vieja

insignificante que no abría la boca sin recibir un bufido de Pepeta.

La calle, tostada todo el día por el sol, revivía con los primeros

soplos de la noche.

Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecían pintados en la

pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca penumbra; en las puertas

destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores:

chorreaban rítmicamente los balcones con el riego de las plantas; en

cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo oscuro

que parecía un lienzo apollillado transparentando lejana luz, descendía

un soplo húmedo que reanimaba a la tierra, arrancándola suspiros de

vida.

En todas las puertas sonaban el acordeón con su chillona melancolía,

la guitarra con su rasgueo soñador, el canto a coro desentonado y

estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de

aullidos, el estrépito de la lucha cuerpo a cuerpo, y los antipáticos

perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta que el

silletazo de algún vecino de buena voluntad los ponía en dispersión.

Despedazábanse en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en

tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el rojo zumo;

extendíanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y

al fin, la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce

beatitud, escuchando como angélicas melodías los arañazos de los

acordeones.

Y a esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y

estar los corrillos más animados, era cuando a lo lejos la difusa luz

de los faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando

zigzags como una barca sin timón, echando la pesada ancla en cada

esquina.

Era el padre de Pepeta, que con la gorra desmayada y el pañuelo de

hierbas en una mano volvía de la taberna. Saludaba a la reunión con

tres gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por

fin en la oscuridad de su casa, maldiciendo a los avaros caseros que,

para fastidiar a los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.

En aquellas horas de regocijo público, en medio de la calle,

acariciados por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el

licenciado y Pepeta; él, dulzón y empalagoso, hablándole al oído;

ella, grave, estirada y seria, apretando los labios como si estuviera

ofendida, porque una chavala que se respete debe poner siempre al

novio cara de perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan a

comprender que una está chiflada por ellos... ya, ya.

Y mientras tanto, la pobre alma en pena a la puerta del cafetín, con

la garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño, oyendo

de cerca las bromitas de sus amigachos y a lo lejos las canciones del

corro de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía

abrumadora.

Pero ¡qué cargantes eran los amigos del cafetín! ¿Que Pepeta no le

quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un chiquillo y le

faltaba esto y lo de más allá? Conformes; pero aún no había muerto,

y tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto, a Pepeta y al

_Cubano_ se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una _carasera_ y

él un mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les

arreglaría las cuentas.... A ver, tío _Panchabruta_: otra águila de

petróleo refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel

que ha enviado al cementerio tres generaciones de borrachos.

Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la

puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del

cafetín, cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.

Ahora cantaban a coro en casa de Pepeta:

Vente conmigo y no temas

estos parajes dejar...

Adivinaba la voz de ella, rígida y fría como siempre, y la otra aguda

y mimosa, la del cubano, que decía: _Vente conmigo_, con una intención

que al _Menut_ parecía arañarle en el pecho. Conque _vente conmigo_,

¿eh?... ¡Cristo! Aquella noche iba a arder todo en la calle de Borrull.

Y se lanzó fuera del cafetín sin llamar la atención de los bebedores,

acostumbrados a tan nerviosas salidas.

Ya no era el alma en pena; iba rectamente a su sitio, a aquel corro

maldito que tantas noches había sido su tormento.

--Tú, Cubano, _ascolta._

Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el organillo, cesó el

coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería aquel pillete?

¿Había por allí algún borrego que robar?...

Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba

estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.

--Me _paese_... me _paese_ que ese muchachito se la va a cargar por

torpe.

Y salió del corro, a pesar de las protestas y consejos de todos.

Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos; ella lo aseguraba.

No llegaría la sangre al río. El _Menut_ era un chillón que no valía un

papel de fumar, y si se atrevía a hacer pinitos ya le limpiaría los

mocos el otro. Vaya... a cantar. No debía turbarse la buena armonía por

un bicho así.

Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala gana, mirando todos

con el rabillo del ojo a los dos que estaban plantados en el arroyo,

frente a frente.

Que la que aquí es prima donna,

reina en mi casa será...á...á

Pero al hacer una pausa se oyó la voz del _Menut_, que decía

lentamente, con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:

--Tú eres un morral... sí señor; un morral.

Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó el acordeón al

suelo, lanzando un quejido, pero... ¡quiá! por pronto que acudieron ya

era tarde.

Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose las uñas en el

cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y lanzando

sucias blasfemias.

Y el _Cubano_ de pronto se bamboleó para caer como un talego de ropa, y

en aquel momento desvaneciose la melosidad antillana, y el lenguaje de

la niñez reapareció junto con la desgracia.

--¡Ay, _mare mehua_!... ¡_Mare mehua_!

Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos,

agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de la

navaja, comprimiendo instintivamente el bárbaro rasgón, al que asomaban

los intestinos cortados, rezumando sangre e inmundicia.

Corría la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en

torno del caído; sonaban pitos a lo lejos, poblándose instantáneamente

los balcones, y en uno de ellos la _siñá_ Serafina, en camisa,

desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo,

daba alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de

su desgracia.

Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de

varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo

llegar hasta el _Menut_, le escupía a la cara siempre los mismos

insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba a todo el

barrio:

--¡_Lladre_!... ¡Granuja!...

Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y

desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho

teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída a sus pies. Tan

tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al

sentir en sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que

plegaba ligeramente los extremos de su boca.

Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda, y la blusa

encima, la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de

municipales, satisfecho, en el fondo, de que la gente se agolpase a su

paso, como en la entrada de un personaje.

Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez a sus amigotes que,

asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban

qué había hecho.

--_Res; còses d’hòmens._

Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de

la cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la

prosopopeya de la estupidez satisfecha.

Cuentos valencianos · 第 10 / 46 题