Nadie supo cómo fue el encuentro; pero era forzoso que ocurriera, y
ocurrió. _Dimòni_ y _La Borracha_ se juntaron y se confundieron.
Siguiendo su curso por el cielo de la borrachera, rozáronse para
marchar siempre unidos el astro rojizo de color de vino y aquella
estrella errante, lívida como la luz del alcohol.
La fraternidad de borrachos acabó en amor, y fuéronse a sus dominios de
Benicófar a ocultar su felicidad en aquella casucha vieja, donde por
las noches, tendidos en el suelo del mismo cuarto donde había nacido
_Dimòni_, veían las estrellas que parpadeaban maliciosamente a través
de los grandes boquetes del tejado, adornados con largas cabelleras
de inquietas plantas. Aquella casa era una muela vieja y cariada que
se caía en pedazos. Las noches de tempestad tenían que huir como si
estuvieran a campo raso, perseguidos por la lluvia, de habitación en
habitación, hasta que por fin encontraban en el abandonado establo
un rinconcito donde entre polvo y telarañas florecía su extravagante
primavera de amor.
¡Casarse!... ¿para qué? ¡Valiente cosa les importaba lo que dijera
la gente! Para ellos no se habían fabricado las leyes ni los
convencionalismos sociales. Les bastaba el amarse mucho, tener un
mendrugo de pan a mediodía, y sobre todo algún crédito en la taberna.
_Dimòni_ mostrábase absorto, como si ante su vista se hubiese abierto
ignorada puerta mostrándole una felicidad tan inmensa como desconocida.
Desde la niñez, el vino y la dulzaina habían absorbido todas sus
pasiones; y ahora, a los veintiocho años, perdía su pudor de borracho
insensible, y como uno de aquellos cirios de fina cera que llameaban
en las procesiones, derretíase en brazos de _La Borracha_, sabandija
escuálida, fea, miserable, ennegrecida por el fuego alcohólico que
ardía en su interior, apasionada hasta vibrar como una cuerda tirante,
y que a él le parecía el prototipo de la belleza.
Su felicidad era tan grande, que se desbordaba fuera de la casucha.
Acariciábanse en medio de las calles con el impudor inocente de una
pareja canina, y muchas veces, camino de los pueblos donde se celebraba
fiesta, huían a campo traviesa, sorprendidos en lo mejor de su pasión
por los gritos de los carreteros, que celebraban con risotadas el
descubrimiento. El vino y el amor engordaban a _Dimòni_; echaba
panza, iba de ropa más bien cuidado que nunca y sentíase tranquilo y
satisfecho al lado de _La Borracha_, aquella mujer cada vez más seca
y negruzca que, pensando únicamente en cuidarle, no se ocupaba en
remendar las sucias faldillas que se escurrían de sus hundidas caderas.
No le abandonaba. Un buen mozo como él estaba expuesto a peligros; y
no satisfecha con acompañarle en sus viajes de artista, marchaba a su
lado al frente de la procesión, sin miedo a los cohetes y mirando con
cierta hostilidad a todas las mujeres.
Cuando _La Borracha_ quedó embarazada, la gente se moría de risa,
comprometiéndose con ello la solemnidad de las procesiones.
En medio él, erguido, con expresión triunfante, con la dulzaina hacia
arriba como si fuese una descomunal nariz que olía al cielo; a un lado
el pillete, haciendo sonar el tamboril, y al opuesto _La Borracha_,
exhibiendo con satisfacción, como un segundo tambor, aquel vientre que
se hinchaba cual globo próximo a estallar, que la hacía ir con paso
tardo y vacilante y que en su insolente redondez subía escandalosamente
el delantero de la falda, dejando al descubierto los hinchados pies
bailoteando en viejos zapatos y aquellas piernas negras, secas y sucias
como los palillos que movía el tamborilero.
Aquello era un escándalo, una profanación, y los curas de los pueblos
sermoneaban al dulzainero:
--Pero ¡gran demonio! Cásate al menos, ya que esa perdida se empeña en
no dejarte ni aun en la procesión. Yo me encargaré de arreglaros los
papeles.
Pero aunque él decía a todo que sí, maldito lo que le seducía la
proposición. ¡Casarse ellos! ¡Bueno va!... ¡cómo se burlaría la gente!
Mejor estaban así las cosas.
Y en vista de su tozuda resistencia, si no le quitaron las fiestas, por
ser el más barato y mejor de los dulzaineros, despojáronle de todos
los honores anexos a su cargo, y ya no comió más en la mesa de los
clavarios, ni se le dio el pan bendito, ni se permitió que entrasen en
la iglesia el día de la fiesta semejante par de herejazos.