»Para tener una idea de la constitución de la familia en la mayor parte

de aquel mundo, preciso nos sería remontarnos a la época de nuestros

aborígenes, cuando imperaba solo el derecho brutal de la fuerza. En

los países bárbaros, que son la inmensa mayoría, la mujer, víctima del

despotismo, de la violencia y de la esclavitud, no tiene más armas

para su defensa que la hipocresía, mientras que en los demás suele

vivir resignada, pero no satisfecha, con los mermados derechos que le

conceden la legislación y las costumbres.

»La enseñanza se encuentra aún en estado rudimentario. La lozana

inteligencia o inquieta atención de la juventud, entregadas a constante

tortura, necesitan años y años para el estudio y provechoso cultivo

de asignaturas a veces de utilidad discutible, o acaso de lenguas

muertas, ajenas a los fines profesionales; cuando nosotros sometemos

a los escolares al sueño hipnótico para sugerirles en deleitoso y

plácido arrobamiento cuanto requiere la ciencia o arte a que muestran

particular predilección desde su tierna infancia.

»Nos dicen que en la _Tierra_ hay a veces justicia, pero que resulta

lenta y costosa; como si el más primordial de los deberes de un Estado

no consistiera en administrarla pronta y cumplida, y como si no fuese

el colmo de la iniquidad, por parte del fisco, explotar la razón en

tela de juicio. ¿Cuándo alcanzarán los terrícolas nuestra perfección

forense? ¿Cuándo renunciarán a enojosas o interminables escrituras,

y confiando las partes la simple exposición de hechos al teléfono,

esperarán tranquilamente el fallo de los jueces, entregados durante

las horas de audiencia al sueño hipnótico? Si bien parece un tribunal

grave, circunspecto, solemne, estamos más seguros de su acierto al

verle en el estado de reposo que constituye la genuina representación

de la Justicia.

»Allí hasta los hombres más civilizados viven en jaulas, que no otro

nombre merecen para nosotros sus hacinadas, incómodas y pequeñas casas,

toscamente labradas con pesados materiales de hierro, madera, piedra o

tierra cocida. La arquitectura, a la cual le falta el auxilio eficaz

de los adelantos científicos, no puede construir los edificios de

aluminio, ligeros, suntuosos, esbeltos y elegantes, que son el encanto

y ornamento, no solo de nuestras ciudades, sino también de nuestras

aldeas, ni los palacios ambulantes, levantados sobre las plataformas

movedizas de los caminos, que brindan gratuita hospitalidad al viajero

durante sus excursiones a través de los continentes.

»El terrícola ignora en qué consiste la verdadera libertad individual.

Acontece que, cuanto más culto, mayor suele ser la tiranía que sobre

él ejercen los deberes sociales. Víctima del reloj en los actos más

vulgares de la vida, y casi siempre de la impertinencia ajena, solo

hacen soportable el tormento de la comunidad la tolerancia recíproca,

la benevolencia aparente y el convencionalismo perpetuo. En cambio,

¿necesitamos nosotros la asociación, ni siquiera en las horas del

ordinario sustento, cuando una cajita de píldoras puede proporcionarlo

durante veinte días? ¡A qué coches, tranvías, trenes, ni la eterna

esclavitud de la campana, cuando aquí sirven de vehículo las mismas

calles y caminos, cuyo pavimento se mueve sin cesar!

»Disfrutamos de las diversiones públicas sin encerrarnos en estrechos

locales, donde tal vez la incomodidad del cuerpo no compensaría los

placeres del espíritu, pues ¿quién no dispone a su sabor de un megáfono

y de un _telefoteidoscopio_[10] para recrear el oído y la vista con

los maravillosos espectáculos que costea pródiga y liberalmente la

munificencia del Gobierno?

[10] Esta palabra no se encuentra todavía en ningún diccionario, pero

espero que el de la _Real Academia Española_ podrá publicar un día

esta o parecida definición:

TELEFOTEIDOSCOPIO (del gr. τελε, lejos; φῶς, φωτός, luz;

εἶδος, imagen; y σκοπέω, yo veo o yo examino), m. Aparato que por

medio de hilos eléctricos reproduce las imágenes en un espejo,

por grande que sea la distancia entre aquellas y este. — (N. del

A.)

»Los amantes a quienes separa la distancia apelan al

_telefoteidoscopio_ y al teléfono, para verse con el uno y para

transmitirse con el otro las jamás enojosas y nunca inútilmente

reiteradas protestas de amor, cambiando entre sí las corrientes del

fluido vital (que apenas presienten los terrícolas), el cual sumerge a

ambos en deleitoso éxtasis, produciendo en los sujetos el maravilloso

fenómeno de la unidad y simultaneidad de ideas y sensaciones.

»La poesía, amenazada, al parecer, de muerte a medida que lo útil y lo

práctico prevalecía en nuestras costumbres, renace pujante y vigorosa,

hallando inagotable manantial de inspiraciones en los secretos

arrancados a la Naturaleza, en la contemplación de las admirables

leyes que rigen al Universo, en la armonía asombrosa de los espacios

siderales y en el esplendor y magnificencia de las obras del Altísimo.

»¡Y en tanto que la poesía filosófica remonta el vuelo a lo infinito,

existe aquella que vivirá eternamente, mientras la perpetuación de

nuestra especie dependa de la dulce y misteriosa atracción de dos seres

racionales, y mientras el amor maternal subsista sobre la faz de los

mundos!

»¡Benditos vosotros, nobles campeones de la ciencia, que tanto

contribuisteis a nuestro bienestar material, a la independencia

y autonomía del individuo y, sobre todo, a la paz indestructible

cimentada en el derecho y en la unidad política del planeta! ¡Siglo

dichoso este, que ve surgir la edad a la cual los antiguos, en su

sencilla y grosera ignorancia, llamaron dorada, y no porque volvamos al

idilio de los tiempos primitivos soñado por los poetas, sino porque

los adelantos físicos han traído consigo el mejoramiento moral o

intelectual de la familia humana!...»

* * *

Los megáfonos de todos los templos de la capital de Marte anunciaron la

hora de la oración, y descubriéndose la gente con religioso respeto,

alzando los ojos al cielo, repetía esta plegaria, que aquellas máquinas

pronunciaban desde lo alto de las torres con voz grave, reposada y

solemne:

«Padre común de los mortales, Creador y Señor de cuanto existe en

el espacio y del mismo espacio, bendito y alabado sea tu nombre

eternamente.

«Consérvanos, Señor, ante todo la inteligencia, destello solo de la

tuya, a fin de que dominemos la materia y las fuerzas naturales que

para el perfeccionamiento del espíritu en la lucha con ellas pusiste en

torno nuestro.

»Que al perdonar a nuestros deudores encontremos el premio de tu bondad

sin límites, y apártanos de la soberbia, porque nuestras pobres obras

nada son, nada valen, ni nada significan comparadas con la grandeza

inconmensurable de las tuyas.

«Líbranos del mal y concede el bien a nuestros enemigos, y cuando

llegue el término de la vida planetaria, otórganos la eterna con el

goce de tu amor infinito.»

Y las voces de los megáfonos resonaban en plazas y calles, y en medio

de la soledad de los campos y de los mares, infundiendo en todos los

corazones religioso recogimiento, purísimo amor al Omnipotente y la

dulce esperanza del bien futuro e imperecedero.

EL DRAGÓN DE MONTESA

O LOS RECTOS JUICIOS DE LA POSTERIDAD

Al caer de una crudísima y ventosa tarde de enero, un dragón de

Montesa, puesto sobre un caballo tordillo, calado el reluciente casco,

el cuello del capote hasta las sienes, pendiente del cinto el largo

sable y afianzada la tercerola, hacía centinela en la Plaza de Oriente

de Madrid, junto a la estatua de don Sancho el Bravo, cuando de pronto

jinete y cabalgadura quedaron muertos de frío.

En esto comenzó a nevar copiosamente y a descender el termómetro, hasta

el punto de que, algunas horas después, señalaba 55 grados centígrados

bajo cero.

Y sobrevino una noche horrorosa, que se prolongó por espacio de tres

meses.

Europa, el Norte de África, la Australia y una parte de Asia y América

fueron sepultadas bajo un sudario de nieve de muchos metros de espesor;

el Atlántico, el Pacífico, el Océano Índico y el mar de la China se

precipitaron furiosos sobre islas y continentes, dejando solo al

descubierto las cumbres del Himalaya, y los 1.400 millones de seres

humanos que poblaban la Tierra quedaron reducidos a unas cuantas

tribus nómadas semisalvajes e ignorantes de la civilización europea,

que habitaban las elevadas mesetas de la gran cordillera asiática.

La aproximación de un cometa perturbando el movimiento rotativo de la

Tierra había variado de súbito su eje.

La Península ibérica pasó a ser una región del polo boreal.

Madrid se encontraba a los 85 grados y 27 minutos de latitud Norte.

* * *

Transcurren años y años y siglos y siglos; los mares se retiran a sus

antiguos límites; las tierras anegadas reaparecen y los polos vuelven a

su primer estado.

La acción solar recobra su perdido imperio en la desierta España, y

comienzan a liquidarse las enormes masas de nieve helada aglomeradas en

los valles.

De las cordilleras de la Península se desprenden aludes como montañas,

que bajan despeñados para sumergirse en las turbulentas aguas que

cubren las hondonadas, y aparecer luego sobre la superficie de aquellas

a manera de grandes islas flotantes.

El exuberante raudal, siguiendo las antiguas cuencas, ora formando

inmensos lagos, ora anchurosos y dilatados ríos, se precipita entre

abruptas y colosales moles de brillantes facetas cubiertas de

cristalinos carámbanos.

Por todas partes el hielo ofrece en magnífica abundancia y grandiosa

perspectiva las múltiples obras y variados estilos que pudo inventar

el genio de la arquitectura. Aquí la pagoda india de sobrepuestos

pisos, el esbelto minarete árabe, la severa columna dórica, la afilada

aguja del obelisco, el imponente torreón del castillo feudal, el

gótico campanario coronado de afiligranadas torrecillas, la cúpula

majestuosa del Renacimiento y la bóveda atrevida del arte ojival, y

allí el corvo espolón de un buque blindado, la proa lanzada de un barco

de vela, el hondo foso y la empinada contraescarpa de una fortaleza.

Más allá masas confusas, aglomeraciones ciclópeas, cerros cortados

a pico, inclinados, que se juntan por las cimas, dejando entre sí

espaciosas y profundísimas cavernas donde penetran lejanos rayos de

luz, reflejándose y descomponiéndose con todos los colores del iris.

Doquiera el incesante estrépito de témpanos que resbalan por las

laderas de los montes y en progresivo movimiento ruedan al fondo, de

rugientes cataratas que se desprenden de considerable altura, y de

informes bloques de hielo que se dislocan y rajan y al propio peso se

desploman.

El Atlántico invade la desembocadura del Tajo, y juntando sus aguas

con las de la gran arteria fluvial que dilata las orillas hasta las

altas sierras, recibe en su seno enormes bancos de hielo, los cuales,

a impulsos del viento, surcan las olas del mar espacioso, hasta

liquidarse en las calientes zonas.

Un barco ballenero aborda acaso la errante isla, cuyas entrañas

encierran todavía vestigios de la que fue capital de España. La acción

del frío ha conservado momificados, a través de los siglos, al dragón

de Montesa y el caballo sorprendidos por la ventisca a la puerta del

Real Palacio.[11] Junto a ellos yacen hacinados los restos de la garita

de caballería, el puesto de agua y fragmentos de la estatua de don

Sancho el Bravo. Encuentran los pescadores estas reliquias de una época

que se pierde en la noche de los tiempos, y solícitos las recogen, y

con la preciosa carga se hacen a la vela con rumbo a la antigua costa

del Senegal.

[11] A fines del siglo XVIII se encontró en Siberia

entre el hielo, conservada por la acción del frío, la momia de un

_mamuth_, cuya especie ha desaparecido.

Existe allí un pueblo, descendiente como el resto de la humanidad, de

las hordas que se salvaron del nuevo diluvio en las altas mesetas del

Himalaya, pueblo tan de suyo pacífico, que apenas conserva nociones

del arte militar, aunque cuenta con una legión de sabios pletóricos de

erudición, devorados por la sed de las investigaciones.

Todos ellos acogen con júbilo aquel tesoro de la edad prehistórica, y a

porfía tratan de reconstituir los valiosos objetos que han de figurar

en preferente sitio en el Museo Arqueológico. Algunos están hechos

pedazos, deteriorados otros, incompletos los demás; pero no faltarán

hábiles restauradores que los compongan, dando a los remiendos hasta la

pátina antediluviana.

Por fin llega el deseado día en que los representantes de la sabiduría

oficial dan a luz el luminoso informe confiado a su reconocida

competencia o indiscutible autoridad, y presentan, reconstituidos y

restaurados ante el más selecto de los auditorios, los preciosos y sin

par ejemplares de un hombre, un caballo y diversos objetos de la más

remota antigüedad.

«En primer lugar —dice el ponente de la comisión informadora—, han

llamado nuestra atención la cabeza y el brazo derecho de una estatua

de piedra. La expresión majestuosa de aquella, la actitud enérgica del

segundo, extendido hacia el cielo, han confirmado plenamente nuestra

primera impresión, de que nos encontrábamos en presencia de un ídolo. Y

si no, juzgad vosotros.»

(Enseña los dos fragmentos de la estatua de don Sancho. El auditorio da

muestras de aprobación.)

«Siendo este un ídolo —prosigue— hay motivos para creer que ese mueble

pintado de blanco, símbolo de la pureza, y con rayas azules, color del

cielo, es el altar.»

(Y señala el puesto de agua restaurado.)

«Y que era altar destinado a los sacrificios, lo atestigua esta

plancha de metal blanco, que cubre el ara, para recoger la sangre de

las víctimas con pulcritud y sin detrimento de la madera.»

(Y pone la mano sobre el cinc de la mesa.)

«Tenemos, pues, el ídolo, el altar y el ara de los sacrificios;

pero estos ejemplares de la época anterior al diluvio, nada valen

comparados con los notables objetos que vamos a exponeros. El hallazgo

ha sido tal, que hasta nos ha permitido reconstituir parte del

santuario del ídolo. Vedlo.»

(Y muestra con orgullo la garita de caballería, convertida en pagoda

por obra y arte de los restauradores.)

«En cuanto al caballo, la comisión opina que era la víctima destinada

al sacrificio, pues la costumbre de inmolar estos animales se pierde en

la oscuridad de los tiempos más remotos. En prueba de ello recordaréis

que, según la tradición transmitida por las tribus indias que se

salvaron en los valles superiores del Himalaya del casi universal

diluvio, y de las cuales descendemos todos, Vichnu, segundo término

de la trinidad bráhmica, en una de sus primeras encarnaciones tomó la

forma de enano para confundir a Balí, quien _había sacrificado cien

caballos_ para tener derecho al trono de Indra.

»Hay además otro indicio que no podemos menos de someter a vuestra

consideración. El caballo es tordo claro, casi blanco, y nadie ignora

que este último era el color propicio a los dioses.

»Reconocido el caballo como la víctima que iba a ser inmolada en aras

del ídolo, hemos deducido naturalmente que este hombre de tan extraña

manera vestido, cubierto con largo ropaje, tal vez el de ceremonias,

era el sacerdote sacrificador.»

(Y presenta la momia del dragón de Montesa.)

«Como si no fuera bastante lo expuesto, a los pies del sacerdote se

encontró un pedazo de la cuchilla de los sacrificios.»

(Y blande un fragmento del sable.)

«Por cierto que esta cuchilla tiene junto a la empuñadura una

inscripción con caracteres para nosotros desconocidos, la cual debe ser

una invocación a la Divinidad.»

(La inscripción dice: FÁBRICA DE TOLEDO.)

«En uno de los bolsillos del sacerdote hemos encontrado un documento

importante. Va encabezado con caracteres parecidos a los de la

cuchilla, que tampoco hemos podido descifrar por no tener ninguna

analogía con las escrituras conocidas; pero siguen a ellos columnas de

números iguales a los que nuestros antepasados aprendieron de una tribu

musulmana. ¿Qué significa este documento prehistórico? ¿Será aventurado

suponer que nos encontramos en presencia de la _Tabla cabalística

de los augures_, o tal vez de la _Clave de los sagrados misterios_,

reservada solo a una casta sacerdotal?»

(Y ante el atónito auditorio exhibe un _Suplemento a El Tío Jindama_,

con la lista de los números premiados en un sorteo de la lotería de

Madrid.)

«¿A qué religión pertenecía este sacerdote? Pregunta es esta a la cual

no nos atrevemos a contestar de una manera categórica; pero desde luego

afirmamos que hemos encontrado algunas reminiscencias del brahmanismo.

Sabido es, por ejemplo, que los _vichnu-baktas_, o sectarios de Vichnu,

llevaban sobre el pecho una especie de medalla de cobre en la cual

estaba grabada la imagen del mono Anumanta. Pues bien, junto a los

restos del altar se encontró este pedazo de vidrio, con un papel a él

adherido representando al mismo animal.»

(Mientras habla así, somete al examen del auditorio un fragmento de

botella de _Anís del Mono_ procedente del puesto de agua.)

«Este feliz hallazgo dará ocasión a uno de nuestros más ilustres

colegas para escribir un interesante libro con el título de _Influencia

del brahmanismo en las religiones de los pueblos antediluvianos de

Occidente_.

»Vamos a exponeros otros objetos de inapreciable mérito arqueológico.

He aquí una lámpara votiva.»

(Y enseña con algunos remiendos y añadiduras de los restauradores, el

casco invertido del soldado de caballería.)

«Que era aquel un pueblo adelantado en el orden científico, lo

demuestra este fragmento del pararrayos del santuario.»

(Alude a un trozo del cañón de la tercerola.)

«Aquí tenéis el cepillo de las ofrendas. Ofrece una particularidad:

es de cristal para que aquellas fuesen públicas. Así se estimulaba

la largueza de los fieles, se ponía de manifiesto la ruindad de los

avaros, y se fiscalizaba a los servidores del culto. ¡Elocuente

testimonio de la previsión prehistórica!»

(Saca la caja de vidrio y hoja de lata donde la aguadora guardaba los

azucarillos.)

«En el seno de la comisión investigadora han surgido dudas respecto de

la procedencia de esta momia humana. Algunos dignísimos individuos, en

vista del color negro del pelo y de la barba, sostenían que aquella

era originaria de un clima caliente, o por lo menos templado. Otros,

no menos respetables por su saber y acreditada competencia en materias

antropológicas, objetaban, fundándose en las prendas de vestir y en el

sitio donde fue hallada, que procedía de un país septentrional. Varios

conciliaban las opuestas opiniones con este razonamiento: “Esta momia

perteneció a una casta sacerdotal; las clases sacerdotales residían en

las zonas templadas más civilizadas, donde debieron tener su origen,

y acaso enviaban misioneros a los pueblos menos cultos del Norte.

¿No podría ser por lo tanto un hombre meridional que se encontrase

accidentalmente ejerciendo sus funciones sagradas en una comarca

extraordinariamente fría?” Cuando era más acalorada la controversia,

vino a darle término un feliz hallazgo, poniendo de acuerdo los

contrarios pareceres. La momia tuvo el pelo y la barba rubios, como

suelen tenerlo los hijos del Norte, pero se teñía de negro. Sí,

señores, se teñía de negro, y llevaba consigo una bolsa con varios

artículos de tocador. Helos aquí: un peine, un cepillo, y en una cajita

el cosmético. ¡Señores, qué adquisición! ¡El cosmético fósil!»

(Y presenta la caja de betún hallada en la bolsa de _trastes_ del

exdragón de Montesa.)

«Pero como si no bastaran tantas riquezas, la suerte nos deparaba un

objeto de más valor: un ejemplar numismático. ¡El único, prehistórico,

que existe en el mundo! Es una medalla de cobre. En el anverso hay

una matrona sentada, con el brazo extendido en actitud enérgica, y

en el reverso un arrogante león con las manos levantadas haciendo

equilibrios, apoyándose en un aro. Todos vosotros habréis adivinado

el objeto y significación de esta preciosa y sin igual reliquia

arqueológica, que hemos clasificado así: _Medalla conmemorativa de una

domadora de leones._»

(Y el docto auditorio admira aquel prodigio numismático, y el Museo

Arqueológico se enriquece con el último perro chico de la pobre

España.)

EL MONSTRUO

Don Santiago, el tendero de ultramarinos de la calle del Lobo, a

fuerza de economías, sin defraudar en el peso ni en la calidad de los

artículos, porque era hombre muy de bien, logró, al cabo de veinticinco

años de trabajo y perseverancia, retirarse por completo de los

negocios, reuniendo un caudal de cien mil pesetas.

¿En qué iba a emplear el laborioso fruto de sus afanes? — ¿En qué

colocaré mi dinero? —se preguntaba todas las noches al acostarse, y

esta idea fija en su imaginación no le permitía conciliar el sueño—.

¿En acciones del Banco de España? — ¡Se cotizan ya tan altas! — ¿En

papel del Estado? — ¡Si todo se lo ha de llevar la trampa! — ¿En

empresas particulares? — ¡Buenos están el comercio y la industria!

—¿En acciones u obligaciones de ferrocarriles? — ¡Quién viaja en este

desdichado país! — Cuando las transacciones mercantiles vienen a menos,

¡cómo ha de haber tráfico!

Por fin tomó una resolución y fue apelar al consejo de su amigo don

Frutos, concejal, diputado a Cortes y hombre ducho en los negocios.

—Si no fueses tan caviloso y pusilánime —le contestó don Frutos—, mi

opinión sería que adquirieses papel del Estado, y hasta que doblases

la renta por medio del sistema de las pignoraciones o haciendo alguna

jugadita de Bolsa; pero para esto se necesita corazón, o por lo menos,

desconocimiento del peligro. Como careces de estas circunstancias, y

además deseas ante todo la tranquilidad y no te ciega la ambición,

creo que lo menos malo que puedes hacer es fincarte en Madrid. Los

terrenos del Ensanche ganan de día en día; compra un solar, labra una

casita económica y resérvate un cuartito a tu gusto, y así tú y la

familia tendréis albergue y una renta, aunque modestísima, suficiente

a vuestras limitadas necesidades, sin veros obligados a acudir al

préstamo o a mermar el capital, para atender a las exigencias de la

vida.

El consejo sedujo a don Santiago. ¡Qué feliz iba a ser con su casita!

¡Haría los planos a su gusto, y dirigiría las obras! ¡Nada de

contratistas! ¡Todo por administración! ¡A él no le engañaba nadie!

¡Mucha economía y al mismo tiempo perfecta solidez! En los cimientos

emplearíanse el pedernal de Vicálvaro, el mejor ladrillo santo y buen

mortero: todo a fuerza de pisón. Después se asentaría la fábrica de

ladrillo recocho, muy cocido, hasta enrasar con la calle. En la fachada

dos hiladas de granito de Colmenar, y ladrillo fino y prensado en el

paramento para evitar así los gastos de revoque. ¡Será una fachada

_irrevocable_! —decía el extendero—. En las crujías y medianerías,

entramados de excelente madera de Cuenca, tabicados de ladrillo pintón.

Nada de cascote en las medianerías: esto ya no se usa. Los pisos habían

de ser de hierro en la planta baja, pintados de minio, a prueba de

humedades, y de bovedilla, con entarimado. Los demás, de viguetas de

madera de Cuenca, forjados y solados con baldosín fino de Ariza. ¿Y

la distribución de la casa? Ya la tenía trazada en su imaginación el

futuro casero, antes de conocer la figura geométrica del solar.

Hechas estas prevenciones, aunque hombre de suyo prudente y reflexivo,

adquirió a diez reales el pie el primer terreno que le ofrecieron en el

barrio de Salamanca: tal le apretaba el deseo de verse propietario.

Era un solar situado en una de esas calles sin servicios municipales,

que no figuran más que en los planos; solo medía cuatro mil pies

cuadrados, y sobre él levantó don Santiago el suntuoso alcázar de sus

ilusiones.

Pero pronto comenzaron estas a desvanecerse.

El novel propietario vio defraudados sus inexpertos cálculos sobre la

construcción de la obra, y no tuvo en cuenta la paternal solicitud que

el Estado y el Ayuntamiento de Madrid dispensan a los que, si bien

movidos por un interés particular, contribuyen al aumento de la riqueza

imponible, proporcionando vida a muchas industrias, el pan a numerosos

obreros, la higiene a la población y comodidad a sus habitantes.

Cuentos ilustrados · 第 9 / 10 段