[Ilustración: Señoritas que deseen contraer matrimonio. — Se necesitan

quince de diez y seis a treinta años. — Condiciones craneoscópicas que

se exigen: Circunferencia mínima, 56 centímetros; diámetro, 19; altura,

15; distancia de parietal a parietal, 15.

Para más detalles, dirigirise al DOCTOR OCCIPUCIO. — Isla de Yap

(_Carolinas Occidentales_)]

_Colonia de la Anarquía, 1.º de Agosto de 18..._

En cuanto se alejó el destacamento de esta colonia agrícola, mis

enfermos, tranquilos y al parecer resignados desde su llegada a la

isla, negáronse a trabajar, y poseídos de violento arrebato de locura,

acabaron por declararse en abierta rebelión, saqueando el depósito

de provisiones y destruyendo cuanto les vino a mano. Intentaba

reducirlos a la razón, ya con ruegos, ya con amenazas, cuando de

pronto me echaron sobre una manta, y comenzando a levantarme en alto,

se holgaron conmigo, hasta que, rendidos y cansados ellos, y molido y

estropeado yo, dieron con mi cuerpo en el suelo, y por fin me dejaron

solo en medio de estas soledades. ¿Cabe prueba mayor de su demencia?

¡Abandonarme y tratarme de tal suerte, cuando soy su amigo, su

protector, casi un padre para todos ellos!

Hoy he recibido la visita de fray José, de la misión de San Francisco

de Goror, por cuyo conducto remito esta carta a Tomil. Este santo

varón, que conoce la lengua del país, y que con gran celo apostólico

se dedica a la obra de la conversión, me refiere que los deportados

merodean por el interior de la isla, saqueando y destruyendo las

chozas de los naturales, a quienes llaman burgueses en estado salvaje.

¡Burgueses ellos, que no tienen nada, absolutamente nada, ni siquiera

un pedazo de trapo con que cubrir sus cuerpos!

* * *

_Colonia de la Anarquía, 3 de Agosto de 18..._

Los carolinos, víctimas de los atropellos, persecuciones y crueldades

de los anarquistas, se han levantado en armas contra estos,

obligándoles, mal de su grado, a regresar a la Colonia, donde reina el

mayor desorden y confusión.

Un indígena, converso, que habla con bastante corrección el castellano,

alumno de los Padres Capuchinos, se ha presentado aquí esta mañana:

viene en calidad de parlamentario, y dice que los _pilums_ o régulos

de las tribus vecinas celebraron consejo, acordando dar muerte a los

deportados si estos salen de los límites de la Colonia.

—En esta mano traigo la paz, y en esta la guerra —dijo el

parlamentario, mostrando en la derecha una cruz toscamente labrada y en

la izquierda una flecha—. ¿Qué queréis?

—Convertiros al anarquismo —contestó uno de los deportados.

—¿Qué significa eso?

—Que debéis negar a Dios.

—Pues qué, ¿debemos creer como nuestros padres en los espíritus

malignos?

—Ni en estos ni en Aquel.

—¿Por qué?

—Porque no existen.

—¿En qué os fundáis?

—En que nadie los ha visto.

—Tampoco hemos visto a España, y sin embargo creemos en ella, porque

vemos su fuerza y su poder en los barcos que llegan a Tomil y en los

soldados que la defienden.

—Dios no os envía barcos ni soldados.

—Pero nos presenta pruebas mayores de su grandeza y de su bondad.

¿Quién produce la lluvia, el trueno, el rayo? ¿Quién mueve el mar?

¿Quién hace crecer esos árboles cuyo dulce fruto nos sustenta?

—Todo depende del calor, del viento, de las semillas o de otras causas

naturales que no podéis comprender.

—¿Quién ha hecho el calor, el viento, la primera semilla o esas causas

naturales que, según decís, no entendemos?

—Es preciso además que no seáis burgueses.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que renunciéis a la propiedad.

—Aquí la tierra es de todos.

—Sí; mas cogéis sus frutos y traficáis con ellos.

—Harto nos cuesta alcanzarlos trepando por los árboles, y es justo que

nuestro trabajo obtenga recompensa.

—Guardáis lo sobrante.

—¿Hemos de ser menos previsores que las hormigas?

—Vivís en colectividad formando tribus.

—¿Cómo nos ayudaríamos, si no, unos a otros?

—Reconocéis a jefes o _pilums_.

—¡Alguien nos ha de guiar; alguien ha de dirimir nuestras contiendas!

—Tenéis mujeres propias.

—¡Si ellas quieren así a sus maridos!

—Dais oídos a los misioneros.

—Porque nos enseñan el bien y saben más que el _Matsé-Mats_,[9] que no

ha salido nunca de las espesuras de estas selvas.

[9] Especie de anacoreta, que pretende evocar los espíritus,

objeto de general veneración por parte de los indígenas de Yap no

convertidos al catolicismo.

—Pues nosotros queremos que no creáis en Dios, y que renunciéis a la

propiedad, a la familia y a la tribu, y que neguéis la obediencia a

vuestros _pilums_ y al gobernador español, y sobre todo que despreciéis

a los misioneros.

[Ilustración]

—¿Y cómo vais a conseguirlo?

—Con la fuerza; derribando vuestras chozas, incendiando los bosques

de cocoteros, arrasándolo todo y pasando a cuchillo cuantos hombres,

mujeres y niños caigan en nuestras manos.

—¿Es así como convertís a las gentes? ¡Con el fuego, la devastación y

el asesinato, destruyendo el bien que recibimos del cielo y derramando

sangre inocente!

—Así y solo así, si os oponéis a vuestra regeneración.

—Entonces nos defenderemos hasta convertiros en polvo. Tenemos la razón

de nuestra parte, y somos más que vosotros.

—Pero ha de poder más el terror, arma suprema que amedrenta a nuestros

enemigos y hasta a nuestros jueces.

—¡El terror! Aquí no lo sienten más que débiles mujeres, y estas

no combaten ni hacen justicia. ¿De qué sirve la flecha en mano que

tiembla? ¿Quién da en el blanco con lágrimas en los ojos? En nuestras

tribus pueden los hombres ceder a la fuerza, pero nunca al miedo.

Dichas estas palabras, el indígena arrojó al suelo la flecha que

llevaba en la mano izquierda, y besando la cruz se alejó de la Colonia.

* * *

CARTA DE MI CORRESPONSAL EN MANILA

Un vapor de guerra, procedente de Carolinas, trae noticias de los

anarquistas deportados a la isla de Yap. En vista de los excesos

cometidos por estos en el interior del país contra las personas,

las chozas y los bosques de los indígenas, apelando al incendio y

al asesinato, el gobernador de las Carolinas occidentales organizó

una pequeña columna, la cual con el auxilio de los naturales, logró

prender a los desalmados que vagaban dispersos por las selvas,

conduciéndolos a Tomil. El mismo día de su llegada se constituyó el

Consejo de guerra. Seis de los reos fueron condenados a muerte, y los

restantes a cadena perpetua.

Los médicos de la isla reconocieron unánimemente que entre los

deportados no había más loco que el loquero. Titúlase este doctor,

aunque carece de título, y ha dado en llamarse Occipucio, siendo su

verdadero nombre Juan Fernández. Ayer llegó a Manila, y por orden

superior está recluido en el manicomio.

Padece el infeliz una monomanía incurable; cree en la infalibilidad de

la ciencia frenológica.

Llevado de tan extraña locura, sostiene que debe aplicarse la

frenología, no solo para probar la irresponsabilidad de los acusados

ante los tribunales, sino también para la recusación de los jueces.

¿Por qué los médicos forenses, dice, no han de declarar previamente

que los individuos que componen un tribunal tienen una organización

cerebral idónea? ¿Acaso el órgano decimonono, de los 39 que admiten

ahora los frenólogos, el cual produce el sentimiento de la justicia,

el respeto al derecho, la conciencia del deber y el amor a la verdad,

está tan desarrollado en nuestros cerebros? ¿No puede suceder, además,

que entre los honrados vecinos, llamados a formar parte del Jurado,

haya muchos que por exceso en el órgano decimocuarto, donde reside la

circunspección, pequen de irresolutos, pusilánimes y hasta de cobardes,

y falten a la justicia, pactando con el miedo y cediendo al temor de la

venganza?

Se advierte también en el titulado doctor Occipucio tenaz resistencia a

citar por sus nombres a los anarquistas.

—¿Por qué obra usted así? —le preguntó hoy el director del manicomio—.

¿Teme usted tal vez comprometer a sus antiguos amigos?

—No, señor —contestó Occipucio—, porque estoy en el secreto. Los

anarquistas tienen la locura de la notoriedad. En aras de ella lo

sacrifican todo, hasta la propia vida. Destruid el ídolo, condenad a

perpetuo silencio los nombres de sus fanáticos y ciegos adoradores, y

estos volverán a la razón. El anarquismo es una demencia contagiosa que

se empeñan en propagar los cuerdos.

LAS TIJERAS

A fines del siglo XIX eran inquilinos de una misma casa en

Madrid dos jóvenes de veinte años: Pedro y Fortunato.

Vivía aquel en la buhardilla, sin más bienes de fortuna que el oficio

de sastre, y este en el cuarto principal, disfrutando de una renta de

cuarenta mil pesetas anuales que le legó un tío suyo; pero solo en

usufructo, en títulos del cuatro por ciento interior perpetuo, o sea un

capital nominal de un millón de pesetas.

La necesidad, eterno acicate del pobre, el temor de los azares y

contingencia de lo porvenir y la propia satisfacción de la recompensa,

eran poderosa parte para que Pedro, sin desfallecer un punto no se lo

diese de reposo en su honrado oficio: mientras que Fortunato, sin el

apremio de la lucha por la existencia, seguro de su renta, con ciega

fe en la solvencia del Estado, ajeno a toda inquietud y zozobra, se

entregaba a los frívolos placeres de una vida regalada y elegante,

mirando con menosprecio al trabajo en sus múltiples manifestaciones.

* * *

Y pasaron cinco años y no estalló ninguna revolución, ni siquiera un

pronunciamiento; las cosechas fueron abundantísimas; la exportación

adquirió considerable incremento, se nivelaron los cambios, la

circulación fiduciaria quedó reducida a sus naturales límites, y por

primera vez gozó la nación de un buen gobierno.

El 4 por 100 interior subió sobre la par, y el Estado, siguiendo el

ejemplo de Inglaterra, Francia y otros países prósperos, ofreció a sus

acreedores el reintegro del capital o reducir la deuda del 4 a 3 por

100, y se llevó a cabo la conversión, dentro del derecho perfecto y con

beneplácito general.

La renta de que Fortunato disponía en usufructo, quedó reducida a

treinta mil pesetas. Cuando todo prosperaba, él, acreedor del Estado,

venía a menos y veíase obligado a suprimir el coche.

Entretanto, por una ley natural que se observa en las naciones ricas,

aumentaba el precio de la mano de obra, y Pedro conseguía lo que

Enrique IV de Francia ambicionó para sus súbditos: la gallina una vez

por semana en el puchero.

* * *

Al terminar el primer quinquenio del siglo XX, el 3 por 100

interior perpetuo se cotizaba a 115 y las Cortes aprobaron un proyecto

de ley convirtiendo dicho valor en 2 por 100.

Fortunato cobró entonces veinte mil pesetas de renta y no tuvo más

remedio que mudarse al piso segundo, mientras que Pedro, gracias al

aumento creciente de su jornal, pudo trasladarse al cuarto.

* * *

Cinco años después una gran transformación social se había producido en

el mundo civilizado, transformación debida a un movimiento evolutivo,

que no se escapó a la perspicacia y previsión de muchos sociólogos

y estadistas del siglo anterior. Las asociaciones de trabajadores,

cada vez más perfeccionadas; la propaganda en las comarcas agrícolas,

que permanecieron al principio ajenas al clamoreo de las clases

proletarias; las manifestaciones del 1.º de Mayo, que trascendían a las

aldeas más apartadas; las huelgas frecuentes que imponían la voluntad

del trabajo sobre el capital; el creciente triunfo de los candidatos

obreros en las elecciones legislativas; el Estado, por la fuerza de las

cosas y por la imposición del mayor número arrojándose en brazos del

socialismo, habían modificado lentamente la legislación secular y los

antiguos organismos; pero, ¡cosa rara en la historia de los pueblos!,

sin disturbios ni violencias y respetando el principio del derecho a la

posesión legítima.

Merced a este espíritu de justicia que prevaleció en los altos poderes,

se reconocieron en toda su integridad los derechos de los acreedores

del Estado; pero el valor del capital mermaba de día en día, y el 2 por

100 interior obtuvo cambios superiores a la par; entonces se decretó la

conversión voluntaria en el 1 por 100.

La renta usufructuaria de Fortunato bajó a 10.000 pesetas, y como al

propio tiempo se encarecían los salarios, aquel tuvo que renunciar

al servicio de su criado, mientras que Pedro ganaba un jornal de 12

pesetas.

* * *

En 1915 el 1 por 100 interior era convertido en ½ por 100, y

Fortunato, con sus 5.000 pesetas de renta, alquiló el piso tercero de

la derecha, y Pedro pudo ocupar el inmediato de la izquierda, pues su

salario ascendía ya a 15 pesetas diarias, o sea 5.000 pesetas anuales

próximamente, descontando los días festivos.

* * *

El ½ por 100 se redujo en la misma forma y por idénticas

circunstancias en ¼ por 100 al expirar la segunda década del siglo

XX. Fortunato vio mermada su renta a la mitad, bastando apenas

para cubrir las necesidades más apremiantes de la vida: tal era el

incremento del precio de las cosas, producto del trabajo. En tanto que

él, usufructuario de un millón de pesetas, tenía que apelar al Rastro

para vestirse, Pedro, con el sueldo de cortador de sastrería, pudo

permitirse el lujo en invierno de un gabán de pieles.

* * *

El interés del millón de pesetas quedó limitado a 1.250 pesetas en el

año 1925 por la reducción del ¼ en ⅛ por 100, y Fortunato pasó a

ocupar el piso cuarto, cuando el sastre bajaba al segundo.

* * *

Por fin, en 1930 se llevó a cabo la última conversión del ⅛ por 100

en ¹⁄₁₆, gracias a la depreciación progresiva del capital.

Fortunato el millonario disponía solo de 625 pesetas de renta al año.

Era casi un pobre de solemnidad y se resignó a subir a la buhardilla y

a trabajar cuando frisaba con los 55 años. No había querido estudiar

profesión alguna ni aprender oficio, y tuvo que acogerse a la escoba

municipal.

Pedro, aprovechando los progresos de la subdivisión del trabajo,

había llegado a ser un especialista en el corte de chalecos, y los

principales sastres de Madrid acudían a él para la preparación de

aquellas prendas. Ganaba 40.000 pesetas al año, y en el espacio de

treinta y cinco logró bajar de la buhardilla al principal.

* * *

Las tijeras del sastre, cortando paño, habían vencido a las tijeras del

rentista, cortando cupones.

EN EL PLANETA MARTE

Periódicos parlantes. — Supresión por inútil de la enseñanza del

arte de leer y escribir. — Medios de locomoción. — Unidad política,

lingüistica y religiosa. — Artículo de un periódico. — Noticias de la

Tierra. — Parangón entre esta y Marte. — Prodigios de las ciencias. —

Oración de los martícolas.

_RESONANCIA UNIVERSAL_ es el nombre del periódico más oído del

planeta Marte.

Para los suscriptores hay fonógrafos a casa hita, que, sin más trabajo

que oprimir un botoncito, repiten los telefonemas impresos o grabados

en el peregrino confidente.

Al público en general, para enterarse de las diarias noticias, le

basta depositar una moneda en aparatos que abundan en calles, plazas y

caminos. Apenas cae la moneda dentro del ingenioso fonógrafo, habla

este en voz baja, a través de reducida abertura, de modo que solo pueda

valerse de él una persona, y no resulten defraudados los intereses de

la empresa.

Los decretos, órdenes, reglamentos y bandos de las autoridades son

pregonados en todas partes por megáfonos, que sustituyen las campanas

en las torres de los templos, y los relojes dan la hora imitando la voz

humana.

Tanta perfección han alcanzado allí el fonógrafo y el teléfono, que

el arte de leer y escribir está en desuso. El Supremo Consejo de

Instrucción Pública acaba de suprimirlo de las escuelas, limitando su

enseñanza a la Diplomática.

Compónense las calles, las carreteras, y aun los caminos vecinales,

de dos series de plataformas que se deslizan en opuesto sentido; cada

una de las últimas tiene velocidad diferente; de modo que cuando los

martícolas quieren trasladarse de un punto a otro, se colocan sobre la

más lenta, y si desean acelerar la marcha, pueden pasar sucesivamente a

la más rápida, que tiene un movimiento de 250 kilómetros por hora.

Centenares de canales, cuyo principal objeto es evitar los estragos

de las inundaciones periódicas producidas por la fusión de los hielos

aglomerados en los polos, cruzan los continentes en todos sentidos,

facilitando al mismo tiempo la navegación de buques eléctricos, que

surcan las aguas con rapidez vertiginosa.

Esta facilidad de comunicaciones ha producido con el transcurso del

tiempo, como no podía menos de acontecer, no solo la unidad política,

sino también la lingüística y hasta la religiosa. Allí no hay más que

un Estado, un idioma y una creencia. De tal suerte se arraigó esta en

el corazón de los marcianos con el cultivo de las ciencias, que la

palabra ateísmo y las de ella derivadas no existen en los diccionarios

fonográficos de aquel feliz y venturoso mundo.

Y cuenta que su idioma es tan rico por la variedad y abundancia de sus

voces, que las personas instruidas hablan con claridad y concisión

admirables. No tienen que perder el tiempo en el estudio de otras

lenguas muertas o vivas, y ni siquiera de la ortografía del propio

idioma, por la razón que antes he indicado.

* * *

Y sin más preámbulos digo que _Resonancia Universal_, diario parlante

del planeta Marte, sorprendió ha pocos días a sus oyentes con este

estupendo artículo:

«Sabido es por todo el mundo (allí también hay un mundo tan grande como

un planeta y un planeta de los de menor cuantía del sistema solar), que

los observatorios astronómicos costeados liberalmente por el Estado en

interés de la noble causa de la ciencia, descubrieron, a principios

del siglo, que estaba habitado nuestro vecino y colega el astro opaco

número tres, conocido vulgarmente con el nombre de _Azul_. Desde

entonces se organizó, merced a la generosidad de los poderes públicos,

un sistema de señales luminosas, por medio de inmensos focos eléctricos

situados a grandes distancias, a fin de ver si aquellos telescópicos

seres querían ponerse en relación con nuestros sabios. Pues bien; al

cabo de muchos años de tentativas infructuosas, según un telefonema

que acabamos de recibir, los astrónomos de aquí han logrado tener

un diálogo con sus colegas del otro mundo, los cuales, advirtiendo

nuestras señales, adoptaron un sistema análogo para contestarnos. Al

efecto establecieron un telégrafo óptico compuesto de tres inmensos

focos de luz eléctrica formando un triángulo equilátero, de un décimo

de meridiano cada lado, de manera que aquellos proyectaran destellos a

intervalos y constituyesen una especie de alfabeto. La interpretación

fue al principio dificultosa; pero algunos arqueólogos versados en el

conocimiento de las escrituras antiguas cayeron en la cuenta de que

los signos de los habitantes del _Azul_ para representar las letras

tenían muchos puntos de semejanza con los que emplearon ha bastantes

siglos nuestros antepasados, cuando el telégrafo estaba en la infancia.

Más ardua fue la empresa de adoptar un lenguaje convencional; pero

cuando tanto se ha progresado en los procedimientos inductivos, ¿puede

sorprender a nadie que los sabios de ambos cuerpos celestes llegaran a

entenderse hasta el punto de sostener conversaciones interplanetarias?

»Gracias a ellas se ha descorrido el velo del astro misterioso, objeto

durante tantos siglos de las cavilaciones de los astrónomos. Ya

sabemos que al planeta que nosotros designamos con el nombre de _Azul_

le llaman sus naturales _Tierra_, y que el habitado por nosotros es

conocido por ellos con la denominación de _Marte_.

»Pueblan aquel globo 1.400 millones de seres humanos, según la opinión

de varios geógrafos, aunque otros reducen esta cifra, de lo cual se

infiere lo atrasada que anda allí la estadística.

»La inmensa mayoría de sus habitantes vive sumida en la más vergonzosa

barbarie, y el resto, que blasona de civilizado, se encuentra, a lo

sumo, en el grado de perfección y adelantamiento que teníamos hace diez

siglos, en aquella era histórica que calificamos de semiculta.

»Aunque de pocos años a esta parte se han realizado algunos progresos,

los medios de comunicación son toscos e imperfectos. Los terrícolas

emplean todavía el vapor de agua, lo cual exige máquinas complicadas,

y, sobre todo, pesadísimas y costosas. La ciencia eléctrica está en

la infancia. No han encontrado el procedimiento práctico y económico

de utilizar la electricidad como única fuerza motriz. Desconocen

en absoluto el fluido _vital_ y el que llamamos _innominado_, cuyo

descubrimiento tan gran revolución produjo en la mecánica.

»Las dificultades de la locomoción, inherentes al atraso de la Física,

unidas a la extraña organización de sociedades que no reconocen en

el individuo el derecho de viajar gratuitamente, como sucede aquí,

en transportes que constituyen un servicio público, obligan a la

generalidad de dichos seres a vivir adheridos a la tierra que los vio

nacer, y de aquí que el medio ambiente ejerza tanta influencia sobre

ellos, hasta el punto de que para muchos el concepto de la patria se

limita a la reunión de unos cuantos edificios, y, a lo sumo, a un

accidente geográfico o histórico.

»Esta forzada vida sedentaria da lugar a que subsistan aún en la

_Tierra_ numerosas nacionalidades con sendas lenguas, variedad de

costumbres y diversos Estados.

»¡Cuán imperfecta la organización de estos!

»Los más bárbaros están regidos por el capricho de un individuo, y los

más adelantados por las pasiones de unos cuantos; pero en todos los

países siempre son los gobiernos los que viven a costa de los pueblos:

les falta descubrir el sistema de que sea el pueblo el que viva a costa

de su gobierno.

»Las rivalidades de los Estados, hijas casi siempre de la codicia del

bien ajeno, engendran frecuentes y desastrosas guerras, que acaban

con la ruina del vencido; pero aún hay una cosa peor que la guerra: el

miedo de ella, que aniquila a todos a fuerza de aprestos militares.

»Nada más primitivo que la indumentaria. Se visten de telas, toscamente

tejidas, producto de filamentos de tallos de plantas, de los gérmenes

de estas, de los capullos de un gusano o de la tonsura de cuadrúpedos,

a los cuales se despoja del abrigo que les dio la Naturaleza para su

propio y no ajeno uso.

»Viven en tal atraso, que no han inventado, como nosotros, el sistema

de caldear la atmósfera en la estación del frío, y de aquí que el

vestido, acaso más caprichoso que racional, responda a la necesidad de

defenderse de las inclemencias del cielo, cuando en nosotros no obedece

más que a las leyes del decoro. Inútil es añadir que los terrícolas

no han descubierto las finísimas telas que fabricamos, producto de

microscópicos y flexibles hilos de diversos metales.

»Tan escasos son los progresos realizados por la síntesis química en

la Tierra, que sus habitantes, para sustentarse, no tienen más remedio

que destruir millones de millones de semillas de plantas, y sacrificar

inmenso número de animales. No han encontrado, como nosotros, la manera

de formar los compuestos necesarios a la nutrición, y reducir su

principio activo a cantidades que, en pequeñas dosis, basten no solo

para el sostén, sino hasta para el regalo del individuo.

»La organización social es, si cabe, más deficiente que la del Estado.

La forzosa ley de la desigualdad que la Naturaleza impone a los

individuos, lejos de atenuarse con sabias y previsoras medidas, y,

sobre todo, con los nobles y levantados fines de la sublime caridad,

adquiere cada vez mayor incremento, y de aquí que los odios, rencores y

rivalidades, engendrados por la envidia y la miseria, amenacen la paz

interior de las naciones. Existe además una causa que agrava de día

en día estos males, llamada a producir la más tremenda de las crisis,

y es que el aumento de la producción de los artículos necesarios a la

existencia de los habitantes de la Tierra, no está en relación con el

progresivo desarrollo de la población. Añádase a esto que los notables

adelantos de la Medicina y de la Higiene, que tienden a aumentar el

término medio de la vida humana, no están tampoco en relación con los

de las demás ciencias, encaminados a que los alimentos y el bienestar

material resulten fáciles y económicos.

Cuentos ilustrados · 第 8 / 10 段