está en condiciones de reportar productos! ¡Papel sellado, derechos de
transmisión de dominio, tira de cuerdas, licencias de edificación, de
valla y de acometida a la alcantarilla, arbitrio sobre materiales de
construcción, permiso para alquilar y timbre de contratos y recibos!
¡Y esto prescindiendo de otros gastos naturales, como el notario y
registrador de la propiedad!
—¡Pero hombre, —exclamaba don Santiago, hablando con don Frutos—: el
Estado y el Ayuntamiento me saquean cuando yo no gano todavía nada!
—No te quejes —contestaba el diputado concejal—. El Estado y el
Ayuntamiento son previsores: si te imponen estos gravámenes en
la construcción de la casa, en cambio te eximirán del pago de la
contribución durante el primer año.
—Sí; pero mi capital no produce interés durante los dos años de las
obras.
—No hay más remedio —replicaba don Frutos—, es preciso vigorizar la
Hacienda pública. ¿Cómo se satisfacen si no las crecientes atenciones
municipales, y las enormes obligaciones del Estado? Hay que buscar
el dinero donde se encuentra de una manera manifiesta y tangible,
donde no pueda escapar a los ojos del fisco, como por ejemplo, en la
propiedad y en la industria, y prescindir de ciertas teorías sobre
la equidad en el reparto de los impuestos, muy buenas sin duda para
leídas, pero sin resultado en el terreno de la experiencia, mayormente
en este desdichado país donde no existe el sentido moral por parte del
contribuyente en sus relaciones con la Administración.
—¡Pero no te parece a ti que sería mejor que esta comenzase dando
el ejemplo, mostrándose justa, equitativa y paternal para con los
administrados!
* * *
Durante el verano de 1873 quedó completamente terminada la casa de don
Santiago, quien se trasladó a ella, ocupando la más modesta de sus
habitaciones, en compañía de un hijo, la esposa de este, tres sobrinos
(que constituían toda la familia), y una criada.
La obra, a pesar de que fue preciso renunciar a las vigas de hierro, a
la madera nueva de Cuenca y al ladrillo fino, y sustituir las primeras
con materiales procedentes de derribos, importó noventa mil pesetas,
que unidas a las diez mil del solar, hicieron ascender el valor de la
casa a cien mil pesetas.
El producto neto de la renta anual, calculada al principio en cinco mil
quinientas pesetas, quedó reducido a cuatro mil quinientas.
* * *
A los seis años bajó al sepulcro el extendero, víctima de la tisis,
azote de su familia, y en el espacio de catorce fueron heredando
sucesivamente la finca, el hijo, la nuera, los tres sobrinos y la
criada.
Poco ha que falleció esta, habiendo testado en favor de su alma.
Don Frutos, constante amigo de la casa y habitual concurrente a
ella, fue el paño de lágrimas de todos, desempeñando en las diversas
testamentarías las funciones de albacea y llevando su generosidad hasta
el punto de prestar a módico interés las cantidades que devengó la
Hacienda por diferentes conceptos.
Al proceder a la liquidación general para saldar su cuenta, resultó que
don Frutos había entregado al fisco las siguientes cantidades:
Derechos reales por la compra del solar, que costó
10.000 pesetas (3 por 100) 300
Transmisiones de dominio de la casa, tasada en
100.000 pesetas: Al heredar el hijo (1 por 100) 1.000
Idem la esposa de este (3 por 100) 3.000
Idem el hermano de la anterior, que era además sobrina
de don Santiago (4 por 100) 4.000
Idem un sobrino carnal del último testador (5 por 100) 5.000
Idem un primo hermano del precedente (6 por 100) 6.000
Idem la criada (9 por 100, entre extraños) 9.000
Idem el alma de la criada (8 por 100, según la ley de
5 de agosto de 1893) 8.000
_Total._ 36.300
Además el 1½ de premio de liquidación de las diferentes
transmisiones (que percibe el Estado en las capitales
de provincia) 544
_Total por derechos reales._ 36.844
Contribución territorial, con el gravamen correspondiente
y el recargo del Ensanche, durante el tiempo que don
Santiago y su familia disfrutaron de la casa 24.096
_Total devengado por la Hacienda._ 60.940
Agregando a esta cifra los arbitrios municipales que afectan
directamente a la propiedad, don Frutos dedujo que el Estado y el
Municipio consumieron en el espacio de veinte años dos terceras partes
del valor de la finca.
* * *
Proudhon pedía solo para el Estado la sexta parte de los alquileres y
arrendamientos (sesión de la Asamblea Constituyente francesa de 31 de
Julio de 1848); pero don Frutos deja muy atrás al padre de la anarquía
contemporánea al votar todos los años los presupuestos en las Cortes
y en el Ayuntamiento de Madrid. A semejanza del personaje de Molière,
que hablaba en prosa, sin saberlo, todavía ignora que el deseo de dar
pasto a la voracidad insaciable de la Hacienda, le ha convertido en
entusiasta campeón del socialismo de Estado.
En las discusiones políticas, empero, se revuelve airado contra
los enemigos del orden social, que amenazan destruir la libertad
individual, la propiedad, la familia, el santuario de las conciencias y
la paz de los espíritus.
* * *
La casa que edificó don Santiago fue puesta a subasta por el juzgado.
A falta de postores, don Frutos tuvo que resignarse a ser propietario,
para reintegrarse así de las cantidades por él anticipadas y los
intereses correspondientes.
De la familia del modesto industrial de la calle del Lobo (hoy
Echegaray), ni siquiera queda el recuerdo. El microbio de la tisis
acabó con aquella, y el monstruo del Estado, después de devorar el
modesto patrimonio, adquirido a costa de tantos trabajos y privaciones,
hasta se ensañó con el alma de la criada.
EL FIN DE BARCELONA
Gozaba el Dr. Puff fama universal por sus profundos conocimientos
geológicos, meteorológicos y astronómicos, y nadie le aventajó en la
ciencia de predecir los trastornos de la naturaleza. Era el verdadero
Zaragozano de la lluvia y del buen tiempo, y el único Zaragozano para
profetizar los fenómenos sísmicos y las erupciones volcánicas.
El terremoto de Krakatoa, que sepultó en el mar una parte de aquella
isla, causa de tantas muertes, males y ruinas y objeto general de
conmiseración y espanto, era considerado por el eminente sabio
como el primero de sus triunfos, pues él y solo él, a despecho de
la incredulidad de las academias y de la indiferencia del público,
pronosticó y hasta consiguió fijar con precisión matemática el día, la
hora, el minuto y el lugar de la catástrofe.
Desde entonces, la autoridad y el prestigio del Dr. Puff fueron
indiscutibles: había descubierto el secreto de las sacudidas
geogénicas, las leyes a que obedecen y las causas que en determinadas
circunstancias las producen.
Consagrado única y exclusivamente a la ciencia por él creada, ajeno
a las pompas y vanidades del mundo, recluido en su observatorio, en
medio de las asperezas y soledades de Monte Gray en los Estados Unidos,
atento solo al bien de sus semejantes, no se daba punto de reposo
en sus difíciles e intrincados cálculos para anunciar con exactitud
los terremotos y poner así a cubierto de todo riesgo las vidas de
innumerables seres humanos.
Una noche, después de largo y laborioso estudio, invertido
principalmente en una serie inacabable de operaciones aritméticas y
algebraicas, extendió sobre la mesa de su despacho una gran carta de
la cuenca del Mediterráneo, midió con el compás algunas distancias,
y fijándose de pronto en un punto que correspondía al meridiano de
Barcelona, a tres millas al Sur de aquel puerto, exclamó dándose una
palmada en la frente:
—¡No hay duda, aquí va a ser! ¡Pobre ciudad! ¡Infelices habitantes!
Pero yo puedo salvarlos... es mi deber profesional... corramos... aún
es tiempo...
Y en el acto se puso delante del aparato telefónico, levantó los
auriculares, oprimió el botón, sonó el timbre, pidió comunicación con
el periódico _El Heraldo_, de Nueva York, y gritó:
—¡Heraldo! ¡Heraldo! Anuncie usted para mañana viernes, a la una y
seis minutos de la tarde, un espantoso temblor de tierra en la costa
de Cataluña. Máximum de intensidad: en el mar a tres millas al Sur
de Barcelona. — Duración: seis segundos. — Como en la catástrofe del
Callao de 1746, una ola, cuya altura no ha de bajar de veintisiete
metros, invadirá momentáneamente la población, arrasándola toda. Los
pueblos del litoral, desde Blanes a Tarragona, están amenazados. ¡Que
se pongan en salvo sus habitantes!
El _Heraldo_ de Nueva York publicó el viernes por la mañana este
_telefonema_, el cual fue reexpedido por telégrafo a Europa, pudiendo
aparecer en todos los periódicos del antiguo mundo el mismo día,
gracias a la diferencia de meridiano.
¿Cuál no sería el estupor de los habitantes de Barcelona al leer esta
noticia en la sección telegráfica de los diarios locales? Tomáronla
algunos a broma, dudaron otros; pero los más dieron crédito al
pronóstico, porque recordaban la profecía de San Vicente Ferrer, y por
la autoridad inconcusa de que disfrutaba sobre la redondez de la tierra
el eminente sabio americano, desde que los resultados experimentales
elevaron la ciencia por él descubierta a la categoría de infalible.
Al estupor, primer impulso de resistencia que oponemos a la sorpresa,
sucedió el pánico, el terrible pánico que se manifiesta de pronto en
los espíritus débiles, hace vacilar los fuertes, y perturbando la
razón, cunde y se propaga por todas partes con la rapidez del rayo.
Eran las diez de la mañana, y la pluma se resiste a describir el
conmovedor o imponente espectáculo que ofrecía la ciudad condal.
Confusa, revuelta y varia multitud de gentes a las cuales el común
peligro contagiaba el espanto, corría desolada y despavorida buscando
en los vecinos montes momentáneo refugio a la próxima o inevitable
catástrofe.
Aquí una madre, indiferente al propio y general peligro y solo atenta
a la salvación del tierno fruto de sus entrañas, lo apretaba en sus
brazos y huía jadeante a todo el correr de sus débiles fuerzas. Allí
un enfermo demacrado, a quien se las prestaba el supremo instinto de
conservación, pugnaba con vacilante paso por seguir a la muchedumbre
fugitiva. Más allá un fuerte mancebo cargaba sobre sus robustos hombros
el cuerpo inerte de decrépito y paralítico anciano, y con la pesada
carga se esforzaba en vano en aligerar los pies. Un viejo devorado por
la avaricia se encerraba en su casa atrancando la puerta, resuelto a
perder la vida antes que abandonar el escondido tesoro; que a tales
aberraciones conduce la senil pasión de la riqueza. En la puerta de un
cuartel permanecía firme en su puesto el centinela, más temeroso de la
ordenanza que de la muerte. Numerosas personas, juzgándola inevitable,
caían de rodillas en mitad de la calle, y elevando sus suplicantes
ojos al cielo imploraban su postrer auxilio. Acudían otras presurosas
a los templos buscando bajo sus sagradas bóvedas el supremo refugio
de la esperanza. Atronaban el espacio los gritos de desesperación
lanzados por millares de mujeres, en tanto que los hombres, silenciosos
y cabizbajos, pretendían inútilmente oponer la viril energía a las
ruidosas expansiones del dolor. Las autoridades, sorprendidas por el
inesperado suceso, cruzábanse de brazos luchando con la perplejidad y
la impotencia. A toda prisa los buques zarpaban en el puerto haciendo
rumbo a alta mar, porque, a semejanza de lo que sucedió en el Callao,
corrían peligro de ser arrojados por la enorme ola a dos o tres
kilómetros tierra adentro. Desordenadas masas atropellábanse en agitado
remolino para tomar al asalto trenes, tranvías, ómnibus y cuantos
medios de transporte facilitasen la fuga. Por todas partes movimiento,
confusión, desenfreno, voces ensordecedoras, la lucha brutal y egoísta
por la existencia y el paroxismo de la locura del pánico.
A la una de la tarde la mayoría de los habitantes de Barcelona y de
su llano coronaban los montes que, formando grandioso anfiteatro, lo
circundan, ciñen y rodean desde Montjuich hasta Moncada.
Faltaban cinco minutos; se acercaba el momento supremo; los corazones
latían con violencia; los ojos, como fascinados por el mar, fijábanse
en su tersa y tranquila superficie, sobre la cual rielaban los
brillantes rayos del sol, y profundo, imponente y aterrador silencio
reinaba en medio de la atónita y suspensa muchedumbre.
Era un hermoso y espléndido día de primavera. Ni una nube en el
transparente y claro azul del cielo, ni un soplo de aire moviendo
blandamente las hojas de los árboles. Todo reposo y calma en la
apacible e indiferente naturaleza; todo zozobra, inquietud y miedo en
los atribulados espíritus.
Mas cuando la aterrada multitud esperaba sentir de pronto temblar
el suelo y conmoverse el firmamento; oír el formidable estampido
del trueno en el abismo, y el prolongado fragor de edificios que
repentinamente vacilan sobre sus cimientos, se desploman, caen y
derrumban; y ver la tierra convertida en trágico teatro de desolación
y ruina, y el mar, rompiendo sus naturales lindes, envolver, sumergir
y arrasar con el flujo y reflujo de sus turbulentas olas la gran
ciudad, orgullo de sus hijos, gloria de España y admiración del mundo,
estremecieron el aire voces infantiles, que en diversos puntos sin
cesar gritaban:
«¡_El Extraordinario_, con el último parte del doctor Puff!»
La gente arrebataba de manos de los vendedores el delgado papel, y
leía el siguiente despacho telegráfico:
«Observatorio de Monte Gray, 4 mañana. (Debe tenerse en cuenta la
diferencia de meridiano.) — He pasado la noche rectificando mis
cálculos. — La catástrofe de Barcelona es, por desgracia, segura; pero,
por error de suma, anticipé la fecha cien mil años. — _Puff._»
ÍNDICE
PÁGINAS
Del Cielo a España. 7
Un diálogo en el espacio. 53
La caja de cerillas. 61
Cuatro siglos de buen gobierno. 75
La taza de leche. 105
El Padre Carmelo. 123
El triunfo de la Igualdad. 129
El hombre único. 143
Lo presente juzgado por lo porvenir. 157
Un viaje a la República Argentina. 169
La Verdad desnuda. 187
La locura del anarquismo. 195
Las tijeras. 211
En el planeta Marte. 217
El dragón de Montesa, o los rectos juicios
de la posteridad. 231
El Monstruo. 245
El fin de Barcelona. 255