El tren se puso en movimiento, y la oscuridad exterior y un ruido

sordo y prolongado me advirtieron que en aquel momento penetrábamos

por el túnel submarino de 15 kilómetros que pone en comunicación la

red de aluminio-carriles de Europa con la de África. Minutos después

avistábamos a nuestra derecha a Tánger, iluminado también como

Gibraltar y Algeciras, y sin detenernos proseguimos nuestra rápida

marcha a través del antiguo imperio de Marruecos, hoy floreciente

provincia española.

A las once de la mañana del siguiente día, después de salvar la

cordillera del Atlas por el túnel de Afifen, hacíamos alto en Cabo

Juby. Los viajeros de Canarias se embarcaron allí en el buque

eléctrico que debía trasladarlos a aquel Archipiélago. A la sazón

no estaba terminado el puente de aluminio entre las islas Canarias y

el continente africano. Los estudios hechos por los ingenieros para

unirlos por medio de túneles submarinos fueron abandonados a causa de

las grandes perturbaciones volcánicas que ofrece el fondo del mar en

aquella parte.

Nos encontrábamos en pleno desierto. La temperatura era sofocante en

lo exterior, pero deliciosa dentro del tren, hasta el punto de que

el termómetro seguía invariable. A través de los tubos que sirvieron

de caloríferos a la salida de Madrid, circulaba entonces aire frío

producido por una máquina heladora.

En la madrugada del día 11 nos encontrábamos en Dakar (Senegal),

habiendo recorrido desde Madrid 3.622 kilómetros de aluminio-carril.

Detúvose el tren cinco minutos, y púsose luego lentamente en marcha por

un muelle metálico, al extremo del cual estaba atracado por la popa

un buque eléctrico submarino de 60.000 toneladas. Sobresalía este 15

metros sobre el nivel del mar, y en su parte posterior, a manera de la

entrada de un túnel, tenía una inmensa abertura por la cual penetró

todo el tren. Apenas quedó dentro, púsose en movimiento una poderosa

máquina hidráulica que cerró herméticamente la comunicación exterior.

Al cabo de algunos minutos un estremecimiento general nos anunció que

el barco soltaba las amarras y se ponía en marcha.

Dos días mortales empleamos en la travesía entre Dakar y el cabo de San

Roque, o sea la parte de la costa del Brasil que más se aproxima al

Continente africano; y digo mortales, porque a pesar de los progresos

de la industria naval, el hombre no ha podido domeñar la fuerza

impetuosa de las olas, ni los adelantos de la medicina han encontrado

remedio a las angustias del mareo. Así se explica que ínterin se

tienden puentes metálicos de 1.500 metros de luz sobre el Océano, se

procure limitar todo lo posible las travesías marítimas. Navegaba

nuestro buque unas veces sobre la superficie de las olas y otras a

cierta profundidad, según el estado del mar; pero los balances y las

cabezadas eran verdaderamente insoportables.

Por fin, a los cuatro días y medio de nuestra salida de Madrid

atracamos en el espacioso puerto que la _Compañía universal de trenes

expresos_ ha construido en el cabo de San Roque. Fondear el submarino,

abrirse la compuerta que cerraba la abertura de la proa, a semejanza de

la del lado opuesto, salir el tren y lanzarse este a toda electricidad

por la vía americana, fue obra de un momento.

Inútil es advertir que no tuvimos registro de equipajes, ni

reconocimiento de pasaportes, ni ninguna de aquellas infinitas trabas,

eterna pesadilla de nuestros bisabuelos, víctimas de la transición

industrial y política del siglo XIX, cuando la defensa de

la propia producción y el interés del orden público obligaban a las

naciones a poner cortapisas al comercio y a la libertad humana.

En la mañana del día 14 de mayo de 2003 hacíamos alto en la hermosa

ciudad de Río Janeiro, cuya población excede actualmente de 2 millones

de almas.

De Río Janeiro salen dos líneas con dirección al Río de la Plata:

la de la costa, que se dirige a Montevideo, uno de los puertos más

florecientes de la América latina, que cuenta ya con 3 millones de

habitantes, y la del interior, que va a buscar la confluencia del

Uruguay y el Panamá. Nuestro tren siguió la última, y antes de rayar

el día 15 atravesábamos los indicados ríos, un poco más arriba de su

confluencia, por dos soberbios túneles subfluviales.

Al despuntar el alba hicimos nuestra entrada en la gran capital de la

República Argentina, término de nuestro viaje.

Describir la floreciente ciudad de Buenos Aires, emporio del

comercio y de las artes, con sus magníficos monumentos, sus ricos

museos de pinturas, sus bibliotecas, que cuentan por centenares los

_libros-fonógrafos_; sus calles, terrestres y aéreas, tiradas a cordel;

su magnífico puerto poblado de buques submarinos, con muelles que

comienzan cerca de la antigua estación de Rivadavia y terminan más

abajo de Riachuelo; su magnificencia y grandiosidad, pues su actual

superficie excede a la del antiguo distrito federal, no es empresa para

mi pluma, ni la permiten las dimensiones de este artículo. Baste decir

que San José de Flores es hoy el centro de la ciudad y que de allí

radian los aluminio-carriles subterráneos y los tranvías electro-aéreos

que llevan con rapidez vertiginosa la exuberante vida social y

mercantil a todas partes. El aumento incesante de la inmigración

europea y el natural desarrollo de la población, han elevado la de

Buenos Aires a 4.122.307 almas, según la estadística del mes de abril

de 2003.

* * *

Antes de poner término a este artículo, fuerza es que diga siquiera

breves palabras acerca de los notables cambios que en el orden político

se han operado en el Nuevo Mundo.

Los Estados Unidos del Norte adquirieron durante la pasada centuria

enorme crecimiento, hasta el punto de que su inmenso territorio apenas

bastaba para contener la población, y amenazaban con un desbordamiento

a costa de los países de origen latino.

México, las repúblicas del Centro y Colombia, como más directamente

interesadas, la primera porque veía en peligro sus fronteras

septentrionales, y las restantes porque so pretexto de los canales

interoceánicos, el Gobierno de Washington pretendía someterlas a una

tutela, que rechazaba la dignidad nacional, dieron la voz de alerta y

reclamaron el auxilio de los demás Estados americanos.

Las notas diplomáticas que los representantes de aquellas repúblicas

dirigieron a sus hermanas, fueron acogidas al principio con marcada

tibieza, porque nadie creía el riesgo cercano; pero la noticia de que

los anglo-americanos habían violado el territorio de México, y de que

pretendían enviar un ejército de ocupación a Nicaragua, Costa Rica y

Panamá, produjo un grito unánime de indignación desde Río Grande del

Norte hasta el Cabo de Hornos. Todos los gobiernos, impulsados por el

generoso y espontáneo movimiento de la opinión pública, pactaron una

alianza ofensiva y defensiva, y aprestaron sus formidables huestes y

sus escuadras submarinas para salvar la independencia de la América

latina y la exclusiva preponderancia en ella de la raza ibérica.

España, que no podía permanecer indiferente a una lucha gigantesca en

la cual se ponía en tela de juicio el principio de raza, de lengua y

de costumbres que eran las suyas propias, prestó desinteresado y noble

concurso a sus hijas americanas, y de Cádiz salió la escuadra submarina

que, en unión de las demás aliadas, contribuyó al desastre de la

poderosa armada de los Estados Unidos.

Entretanto, las márgenes de Río Grande del Norte eran teatro de las

más encarnizadas batallas que vieron los siglos. Todos los medios de

destrucción que el moderno arte de la guerra arrancó a la ciencia

y a la industria, se juntaron allí: cañones de 300 toneladas;

proyectiles explosivos con substancias hasta entonces desconocidas;

máquinas eléctricas arrastrando las piezas; verdaderas fortificaciones

ambulantes que marchaban sobre rieles, a medida que lo exigía el

ataque o la defensa; reductos cubiertos que se ocultaban y a voluntad

salían a flor de tierra para disparar su artillería; trincheras que

parecían montañas, y montañas que allanaba el asiduo trabajo de zapa

y el incesante reventar de las minas. La guerra cuerpo a cuerpo no

puede existir en manera alguna; la infantería y la caballería han

desaparecido, pero no el recuerdo de sus bizarras empresas, en que

en tan alto grado campeaba el valor individual. La lucha ya no es de

hombres contra hombres, sino de máquinas contra máquinas. Imposibles

las batallas a campo raso y sobre la superficie de los mares; la

guerra, según una frase del general ruso Arbaff, se convierte en

subterránea y submarina.

Vencidos los Estados Unidos en esta memorable campaña, viéronse

obligados a firmar un tratado de paz, comprometiéndose al pago de una

indemnización de diez mil millones de pesos, que se repartieron los

aliados; a limitar sus fuerzas navales y terrestres, y a devolver

a México los territorios que inicuamente le usurparon en el siglo

XIX.

Entonces los Estados de la América latina, para afianzar su

independencia y oponer inquebrantable valladar a la invasión de la raza

anglo-sajona, pactaron la confederación sin el predominio de ninguno, y

conservando todos sus leyes o instituciones particulares.

Bajo estos auspicios se abre una nueva era de paz y prosperidad; y

como si los progresos en el orden material, obtenidos durante los

siglos XIX y XX, no fueran bastantes a satisfacer las aspiraciones de

la humanidad, en los albores del XXI se descubre al fin, con éxito

completo y admirable, la dirección de los aeróstatos, con lo cual

resultan inútiles los aluminio-carriles para el transporte de viajeros.

LA VERDAD DESNUDA

RELACIÓN DE UN TRAPERO

Primero fui bachiller, lo cual basta y sobra para ser hombre político,

empleado después, que es lo mismo que decir español; pero le salió un

sobrino a un subsecretario amante de su familia, y entonces la mano

despiadada del destino me privó del mío.

Aburrido y cansado de pretender; con el hambre de media España, es

decir, hambre de cesante; perdida por completo la esperanza de recoger

una nueva credencial, vine a parar al bajo y humilde oficio de trapero:

al fin todo es recoger.

Discurría por mi barrio noches pasadas, tartamudo en el andar, como

quien va a pie por las enguijarradas calles de Madrid, fija la vista en

el suelo como doncella de antaño, con más pensamientos y cavilaciones

que un Ministro de Hacienda al preparar los presupuestos, con un

gancho en la mano a guisa de fundador de sociedades de crédito, y con

una carga al hombro más pesada que la de un marido con hijos muchos,

esperanzas pocas y un empleo pretérito.

—¿Será posible —decía para mí— que la suerte no me depare algún

venturoso hallazgo como el que tanto alegró el corazón de Sancho

Panza en el de Sierra Morena? ¿Acaso ya no hay quien pierda el seso

por mal de amores, hasta el punto de abandonar una maleta con un

buen montoncillo de escudos de oro? ¡Oh felicísimo Sancho, que tras

repetidos palos y aporreamientos, viniste a dar, si no con el verdadero

fin de tus esperanzas, con algo que las hacía más llevaderas!

Pero ya que lo limitado de mis pensamientos no despierta en mí el

deseo del gobierno de una ínsula, pretensión, por otra parte, fácil y

hacedera en los benditos tiempos que corremos, otórgame al menos, ¡oh

destino!, si es que tengo alguno, cosa que alivie la escasez que estoy

sufriendo.

Años ha que, imagen verdadera del que va en pos de la constancia de una

mujer, de la fidelidad de un amigo, de la gratitud de un deudor y de la

baratura de un Gobierno, recorro las calles de la corte buscando lo que

no encuentro. En mal hora y en menguados tiempos vine al mundo.

Rendido por el cansancio solté el cesto que sustentaban mis hombros, y

ocultándome a las recelosas miradas del sereno, que con sus ronquidos

daba claros indicios de la vigilancia urbana, senteme en el batiente

de una puerta, y alargando el gancho comencé a revolver los varios y

diversos objetos que en el cesto traía.

—¡Oh, si hablaran —exclamé fijando en ellos mis ojos—, qué de cosas

dirían! ¿Qué sería escuchar esta faja de Gobernador, condenada al

desprecio por el uso? ¿Qué este pedazo de sable, probablemente en cien

pronunciamientos desenvainado? ¿Qué esta pluma, vendida tal vez al

mejor postor? ¿Qué esta charretera, quizás por no muy gloriosos caminos

alcanzada? ¿Qué esta espuela, acaso testigo mudo y auxiliar poderoso

de fugas vergonzosas? ¿Qué dirían tantos despojos aquí aglomerados,

revueltos y confundidos?... ¡Ah, si la verdad no anduviese tan

escondida o con tanto artificio disfrazada! . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mis párpados se fueron cerrando insensiblemente. El ayuno prolongado,

que avivaba en mi memoria el dulce recuerdo del bien perdido, y

la frescura precursora de la mañana, que yo, enemigo de la luz,

veía acercarse como la nube preñada de granizo el labriego, como

al recaudador de impuestos el propietario o el industrial, como el

vencimiento del cupón el Ministro de Hacienda, fueron parte para que me

asaltase un sueño profundísimo.

Acababa de cerrar los ojos, cuando imaginé que se alzaba del fondo

de mi cesto una figura de humanas formas. Mortal palidez cubría su

semblante, una sonrisa helada vagaba en sus labios, sus ojos brillaban

con la claridad de los astros, y su continente era tranquilo y mesurado.

Dirigiome una mirada grave y compasiva, y con voz clara y sonora se

expresó de esta suerte:

—Yo soy la Verdad, por muchos pretendida, pero por pocos buscada con

amor. Nací libre, pero la mano del hombre me sujeta a dura opresión y

martirio. Ora al despótico yugo me sujetan, ora me disfrazan hasta

confundirme con la mentira. Me viste con el traje de la virtud la

mujer infiel; con afeites me acicala la entrada en años; me oculta

con la máscara del patriotismo el mercader político, y con la de la

libertad el ambicioso que quiere encumbrarse por torcidos caminos.

Con fiera crueldad me sacrifican pomposos anuncios que ofrecen oro a

manos llenas; palabras deleitosas que arrullan el oído cortesano, y

pensamientos que al calor de la ardiente imaginación se fraguan.

Soy poderosa y bella; pero pocos se avasallan a mi imperio y rinden

culto a mi hermosura deslumbradora. Muchos me siguen cuando alzo el

vuelo a altísimas regiones y dejo en pos de mí los lindes terrenales;

pero ¿quién puede gloriarse de conocerme siempre?

¿Pretendiste oír mi voz? ¿Has querido que salga del fondo de tu cesto

miserable? Aquí me tienes. Yo te diré cuanto saber deseas. ¡La escoria

social presentaré a tu vista: el ladrón que roba y es ensalzado; el

que aleve mata y en medio de la opulencia vive; el perjuro que inspira

confianza con el testimonio divino; el que con sangre humana comercia;

el que seduce a la virtud y trafica con el vicio: cuantas miserias

echan raíces a la sombra de la ambición y de la codicia!

Antes, empero, ya que quieres conocer historias ajenas, debes comenzar

por recordar la propia.

Pobres y honrados padres diéronte al mundo, y por no ser lo primero,

tuviste a menos la virtud que te legaron. El ejemplo de locas

ambiciones satisfechas y de rápidos o inmerecidos encumbramientos,

fueron grande parte para que la envidia, por la ruindad de tus

pensamientos concebida, hiciera remontar el vuelo de tu vana presunción

y estúpida arrogancia. Diste oídos a los seductores halagos del

interés, y a él sacrificaste el pundonor; codiciaste el bien ajeno y

perdiste el propio al azar; contrajiste deudas sagradas, profanando la

palabra con el torpe propósito de no cumplirla; atento solo al logro

del deseo inmoderado, renunciaste el apacible goce de la paz del alma,

y al verte ahora abandonado de la fortuna, miserable y harapiento,

condenado a una existencia triste y errante, sueñas aún en la dicha.

¡Vana quimera! ¡Consuelo que engendra la desesperación! ¡Inútil porfía!

—¡Basta, basta! —exclamé intentando apartar de mí aquella visión—. ¡Más

me valiera no haberte conocido!...

Los primeros rayos del sol, dando de lleno en mi rostro, me despertaron.

Recogí el cesto, y retirándome a mi buhardilla, decía para mí:

—Mis ilusiones se parecen a las de muchos españoles, que comen a medias

y huelgan por entero: hasta tal punto les preocupa la esperanza de un

destino, o de un premio de la lotería.

¡Si sueñan alguna vez en el desengaño, no despiertan nunca con el

sentimiento de la realidad!

LA LOCURA DEL ANARQUISMO

Cartas del doctor Occipucio al abogado Verboso

_Manila, 28 de Mayo de 18..._

Al dar fondo en este puerto, tomo la pluma, mi querido amigo, para

reiterarle el testimonio de la gratitud más sincera y de la admiración

más entusiasta por el grande y nunca, como se debe, bastante alabado

servicio que la elocuencia arrebatadora de usted prestó a la noble

causa de la ciencia y de la humanidad doliente.

Todavía resuenan en mi oído aquellos conmovedores y magistrales

discursos, en los cuales de manera tan admirable supo usted hermanar la

dialéctica irrefutable con la fuerza de expresión persuasiva, probando

la irresponsabilidad de los anarquistas autores y cómplices de la

espantosa catástrofe de Blandebuena. ¡Con qué claridad y precisión,

y al alcance de la indocta multitud, expuso usted las teorías de la

moderna ciencia frenológica! ¡Oh! ¡Cómo puso usted de manifiesto, con

el compás en la mano, la configuración craneal de los acusados, y el

desequilibrio completo que en ellos se advierte! «¡Circunferencia

máxima, 54 centímetros; diámetro máximo, 18; altura, 15; distancia

máxima de parietal a parietal, 15; tales son los caracteres distintivos

de la mayor parte de los desdichados que se sientan en ese banquillo!»

exclamaba usted, y luego proseguía: «Veamos en cambio los datos

conocidos de una de nuestras cabezas más perfectas, la de don Emilio

Castelar. Circunferencia máxima, 59 centímetros; diámetro máximo,

21,50; altura, 16; distancia máxima de parietal a parietal, 16.[8]

¡Qué enorme diferencia entre la parte más noble del cuerpo de aquel

eminente tribuno, gloria de España y admiración del mundo, y esos

cráneos raquíticos, pobres, sin las ordinarias proporciones, ni el

auxilio siquiera del temperamento! Bajo el primero, reside señora,

grande y portentosa la inteligencia, y en los que tenéis delante, tan

solo se cobija la locura. Sí; la locura he dicho, porque mis defendidos

pertenecen al grupo que la ciencia frenopática designa con el nombre de

locos conscientes. Y si no basta la configuración craneal, el proceso

arroja evidentes testimonios de las excitaciones inmotivadas, los

vértigos, los estigmas físicos, y otros caracteres patológicos de los

acusados.» ¡Qué período tan asombroso el del epílogo, cuando usted,

dirigiéndose al Jurado, habló de los tremendos crímenes jurídicos

perpetrados por el desconocimiento, el olvido o el desprecio de la

ciencia!

[8] Estas cifras son exactas, según me asegura un entusiasta

partidario de la frenología. — _N. del A._

¡Subyugar y mover a piedad al auditorio, que había aplaudido

estrepitosamente la acusación fiscal; convencer y persuadir al Jurado y

arrancar de manos del verdugo a veinte seres humanos! ¡Jamás la palabra

alcanzó mayor triunfo!

Reconocida la irresponsabilidad de los reos, el tribunal, como usted

sabe, dispuso que fuesen encerrados en un manicomio; pero el Gobierno,

usando de facultades extraordinarias, ordenó su deportación a las islas

Carolinas, donde se fundará una colonia con destino a los anarquistas

declarados locos por veredicto del Jurado.

El ministro de la Gobernación, accediendo a mis reiteradas instancias,

me autorizó a acompañar a los deportados y a prestarles los auxilios de

la ciencia.

Todos hemos llegado sin novedad a Manila a bordo de un crucero de

guerra; y después de proveernos de víveres y carbón y de recibir

órdenes del capitán general de Filipinas, proseguiremos nuestro viaje a

Tomil, en la isla de Yap, capital de las Carolinas Occidentales.

Durante la travesía de Barcelona a Manila, intentaron amotinarse varios

deportados, y el comandante del crucero, que es un señor que rehúye

toda conversación conmigo, pero que suele sonreírse al verme, mandó

que aquellos infelices dementes fuesen puestos a la barra. Yo quise

protestar en nombre de la ciencia; pero mi colega, el médico de a

bordo, me disuadió de ello diciéndome:

—¡Cuidado, compañero, que las ordenanzas de la Armada son muy severas;

no se ponga usted en el caso de que le apliquen el mismo castigo que a

sus clientes! Además, debe usted saber que la barra es un medicamento

sedativo muy eficaz y muy recomendado para calmar las excitaciones

cerebrales en la terapéutica oficial de las sociedades _flotantes_.

* * *

_Tomil (isla de Yap), 20 de Junio de 18..._

¡Qué viaje el de Manila a esta isla! ¡No lo olvidaré jamás! En la

mañana del 12 del corriente mis pobres enfermos, a causa tal vez de

la influencia del clima, dieron muestras de verdaderos arrebatos de

demencia, rompiendo varias tablas del sollado donde estaban encerrados,

y arrojándose de improviso sobre los centinelas. Por fortuna tuvieron

estos tiempo de hacer fuego, y tomando las armas la tripulación, que

estaba sobre cubierta ocupada en el baldeo, logró sofocar el motín y

reducir a los revoltosos.

En el acto se formó sumaria, resultando de ella el descubrimiento de

una conspiración entre algunos deportados para volar el crucero. Se

probó también que abrigaban el propósito de apoderarse de los botes y

ponerse a salvo. ¡A pesar de su locura, no habían perdido el instinto

de conservación!

Reuniose poco después el Consejo de guerra, actuando de presidente el

comandante del barco, de fiscal un teniente de navío, y de defensor un

alférez, siendo condenados a muerte cinco de los reos, oído el dictamen

del médico de a bordo, quien sostuvo que todos gozaban de cabal juicio.

Al conocer la sentencia, dirigí una carta al comandante exponiéndole

las opiniones incontrovertibles del doctor Lombroso en su notable

estudio antropológico y médico legal _El criminal_, y protestando en

formas corteses y muy respetuosas contra el fallo, que, en mi concepto,

recaía en personas reconocidamente faltas de juicio, no pudiéndose

suponer en ellas el libre albedrío, so pena de incurrir en grave error

metafísico.

El comandante contestó a mi carta imponiéndome tres días de barra, y

los cinco reos, sujetos con fuertes ligaduras a las serviolas, fueron

pasados por las armas.

Los otros deportados, testigos de aquel terrible espectáculo, lejos de

excitarse más y más, como yo temía, sobrecogidos de espanto, dieron

manifiestos indicios de lucidez durante el resto del viaje, lo cual me

ha sugerido la publicación de un opúsculo con el título de _Influencia

del miedo en los enajenados o La razón al alcance de los dementes, por

temor al castigo_.

* * *

_Colonia de la Anarquía (isla de Yap), 21 de Junio de 18..._

Hoy queda instalada esta colonia en el centro de la isla, sobre una

eminencia, rodeada de magníficos cocoteros, donde se levanta un

edificio de madera con destino a los deportados. El destacamento de

tropa que nos acompañó hasta aquí, regresa a Tomil, dejándonos víveres

abundantes, aperos de labranza y semillas para el cultivo.

Tengo un vasto proyecto de colonización, pero me faltan mujeres: todos

los deportados son solteros. He estudiado frenológicamente a las

indígenas, y me he persuadido de que no deben en manera alguna unirse

con los deportados: resultaría una prole monstruosa de dementes. Yo

creo y entiendo que la primera obligación de la ciencia es impedirlo

y procurar el perfeccionamiento de la especie humana y que la razón

se perpetúe sobre la tierra por medio de matrimonios fundados en la

organización cerebral de los contrayentes. ¡Ah! ¡De otra suerte andaría

la humanidad, si las autoridades que intervienen en la celebración

de aquellos, exigiesen previamente a los novios certificados de los

peritos frenólogos; pero nuestros legisladores no se ocupan mas que

en política, y no han caído aún en la cuenta de los funestos efectos

del atavismo! — ¡Si deseáis mejorar la sociedad, les diría yo: si

queréis impedir los tremendos crímenes que llenan de espanto al mundo

civilizado, no debéis pensar en leyes represivas, sino en corregir la

configuración de los futuros cráneos!

Creo, por lo tanto, que convendría la inserción en varios periódicos

del siguiente anuncio:

Cuentos ilustrados · 第 7 / 10 段