El principal defecto de que, en nuestro entender, adolecía el siglo

anterior, era que se sacrificaba el individuo a la colectividad. El

ómnibus, el tranvía, el tren, el buque de pasajeros, la mesa redonda,

el taller, la fábrica, constituían una verdadera esclavitud para el

individuo, que debía humillarse ante la inflexible autoridad del

silbato o de la campana. Nuestra época, con sus grandes progresos

materiales, ha contribuido a fundar la verdadera libertad, la que hace

al hombre señor de sí mismo y le emancipa en cuanto cabe dentro del

orden social, en que forzosamente hemos de vivir, del despotismo de la

asociación.

Hasta la cuestión de las clases obreras, pavoroso problema que

embargaba el ánimo de nuestros abuelos, se ha resuelto con el

fraccionamiento y baratura de la fuerza y la subdivisión del trabajo

hasta sus últimos límites, con lo cual las casas de los operarios

se han convertido en verdaderas fábricas, anulando así los grandes

establecimientos industriales.

Como nada contribuye tanto a los adelantos morales de un pueblo como

el progreso material, no deben sorprendernos los que en el espacio de

cincuenta años se han realizado en nuestra España.

La situación de esta, considerada desde el punto de vista político,

era, a los ojos de la severa crítica, harto lamentable en el último

tercio del siglo XIX.

Si se ponía término a las contiendas civiles que fácilmente encendían

el carácter belicoso y aventurero de las masas, la ardiente sed del

ideal en unos, la esperanza de medro personal en otros, seducidos por

perniciosos ejemplos, y siempre el espíritu de rebelión encarnado en

un pueblo víctima de los caprichos del poder, de la lentitud de la

justicia, de la inercia de la administración y de las durísimas cargas

del Estado; imperaba la guerra mansa de las parcialidades políticas,

que se disputaban con ensañamiento el manejo de la cosa pública, sin

reparar en promesas para alcanzarlo.

Y mientras los gobiernos, obligados por el instinto de la propia

conservación y por el interés de bandería, gastaban su actividad y su

fuerza en esas luchas intestinas, otras potencias de Europa marchaban

resueltamente en pos de sus ideales, desenvolviendo una política

internacional con la diplomacia y con las armas, que debía tener por

coronamiento la constitución de grandes nacionalidades fundadas en la

unidad geográfica y en la necesidad estratégica.

Los nobles propósitos con que algunos estadistas ilustres pretendían

sacar a España de su postración, degeneraban en cruel escepticismo:

si tenían fuerza para restablecer el orden material, retrocedían

pusilánimes ante la empresa de volver, sin lastimosas hipocresías, por

los fueros del sentido moral y del sentido jurídico.

Los adversarios del sistema que constituía la base de la organización

del Estado, achacaban a aquel los defectos que acaso no tenían más

origen que las flaquezas de los gobernantes.

Estos a su vez, alardeando siempre de profundo respeto a la legalidad,

apelaban con frecuencia a medidas arbitrarias; y si alguno sentíase

acometido de remordimientos, quizá tranquilizaba fácilmente su

conciencia política considerando lícito extralimitarse en la aplicación

de las leyes y aun falsearlas, suponiendo a los administrados sin

virtudes cívicas y de suyo propensos a eludir y a no respetar aquellas.

Los que aceptaban un mismo principio fundamental y disentían en los

de orden secundario, reñían incesantes batallas, más enconadas cuanto

más afines eran los contendientes, creyendo con dudosa buena fe que

defendían ideas, cuando en el fondo no disputaban más que personas.

En esta época en que se ha realizado un gran progreso en las

costumbres políticas y en la administración pública, no puede menos de

maravillarnos la perversión y falta completa de todo sentimiento de

justicia que presidían a la provisión de los destinos públicos y a las

relaciones entre el Estado y el ciudadano. El valimiento, el favor y

la recomendación eran la fuerza suprema que daba movimiento e impulso

a aquel mecanismo oficial. Aun los espíritus más rectos y justicieros

no podían sustraerse al medio ambiente en que vivían, y acaso sin

darse cuenta de ello muchas veces se hacían cómplices de la iniquidad

cediendo a un falso deber de agradecimiento, a una exigencia de la

amistad o a una atención de la galantería.

El caciquismo que imperaba en los pueblos enseñoreándose de los

Ayuntamientos y de las Diputaciones provinciales, a su calor nacidos,

sometía a la dura ley del vencedor al adversario político o personal,

con el encarnizamiento y el encono propios de las luchas locales; y

el representante del poder central en las provincias, que no podía

prescindir de estas fuerzas para el triunfo de los candidatos que

recomendaba el Gobierno, transigía fácilmente con ellas, y las más

veces era en vano reclamar justicia de quien carecía de autoridad moral

para aplicarla.

Los ciudadanos acabaron por perder la fe en la justicia administrativa,

creyendo solo en la eficacia de las influencias, habiéndose impuesto

de tal suerte la costumbre de las recomendaciones, aun con los más

frívolos pretextos, que hubiera parecido notable falta de cortesía

en un hombre urbano no prestarles por lo menos hipócrita atención y

aparente acogida. Y ese afán de apelar al favor lo invadía todo: sus

importunidades ni siquiera respetaban la santidad de los tribunales,

a los que se reclamaba justicia con la imposición de influencias

políticas o sociales, como si aquella pudiera torcerse y quebrantarse,

lo cual en el fondo argüía una grave ofensa a la rectitud de los

magistrados.

Debe, sin embargo, negarse, y dicho sea en honor de la verdad, que los

hombres públicos se convirtiesen en dóciles instrumentos de injustas

pretensiones, cediendo al torpe móvil de la codicia: sus debilidades

nacían del interés político, del espíritu de parcialidad, de una deuda

de gratitud, del amor de familia o de la benevolencia del afecto. Los

caracteres más refractarios a la venalidad del favor, prestaban fácil

oído al soborno del sentimiento.

Y mientras el arte de la política se basaba en las complacencias

personales, la administración arrastraba vida lánguida y perezosa,

siendo la inestabilidad burocrática el más funesto de sus males.

Acrecentábanse de día en día los gastos del Estado, porque no había

ministro con fuerza ni voluntad bastantes para reorganizar de una

manera radical los servicios, ante el temor de enajenarse el apoyo

de los régulos del Parlamento, de herir intereses de localidad, de

lastimar el espíritu de clase, mayormente si se trataba de institutos

armados o de evocar el más pavoroso de los fantasmas: la cuestión de

orden público.

Tal era el miedo que esta inspiraba, que casi todas las iniquidades

cometidas por los Gobiernos y su falta de iniciativa para corregir

ciertos abusos, no reconocían más causa que el recelo de conflictos

acaso más imaginarios que reales.

La autoridad, el prestigio, la fama de hacendista buscábanse, no en el

planteamiento de reformas trascendentales que cambiasen los gastados

organismos, base de una administración anacrónica, indolente y a veces

absurda, sino en los arrebatos y en las audacias, encaminados a vejar

más y más al país, agobiado bajo el peso de tributos superiores a sus

agotadas fuerzas.

La obstinación que engendra la ajena resistencia, el amor propio que se

complace solo en las satisfacciones del orgullo, el falso sentimiento

de la realidad que ciega y perturba las más claras inteligencias,

eran poderosa parte para que, en aquellas batallas continuas entre

gobernantes y gobernados, el poder degenerase en arbitrario, caprichoso

y tiránico, imponiendo su voluntad a las clases contribuyentes, a

despecho de las quejas generales de estas, que pedían en vano ministros

de Hacienda prácticos, equitativos administradores del Estado, y no

agentes ejecutivos, más atentos al éxito del momento, al aplauso de la

especulación bursátil y a la alabanza de la exótica conveniencia que

a las necesidades de lo porvenir y al respeto y consideración de la

inmensa mayoría de los ciudadanos.

Y para conseguir tales triunfos, de los cuales eran ostentoso

trofeo los estados de recaudación en la _Gaceta_, falsos a veces,

amañados otras y artificiosos casi siempre, se apelaba a irritantes

procedimientos, inspirados en las argucias y sutilezas de la mala fe

vergonzante.

Ya se vulneraba el espíritu y la letra de las leyes votadas en Cortes,

con reglamentos dando torcida interpretación a aquellas; ya se

encarecía a los empleados del fisco la necesidad de que desplegasen

exagerado e inicuo celo en sus funciones; ya se aplazaba, sin

miramiento a la justicia, la resolución o el pago de créditos contra

el Tesoro; o ya se entorpecían, en fin, con manifiesta malicia, las

reclamaciones de las víctimas de la burocracia fiscal o acaso del odio

de los adversarios políticos.

Parecía natural que las leyes tributarias fuesen redactadas con la

mayor claridad; pero de intento, al parecer, los mismos ministros que

debían reglamentarlas, llevados del afán de favorecer los intereses de

la Hacienda, procuraban sembrar la confusión en su propia obra, para

dejar abierto y expedito el camino de las más caprichosas y exageradas

interpretaciones.

Los preámbulos y exposiciones de las leyes y decretos se repetían con

la misma monotonía, los mismos lugares comunes y la misma vaguedad

en los conceptos. Si aquellos documentos, en los cuales se ofrecía

a manos llenas la felicidad al país o el perfeccionamiento de la

administración, carecían generalmente de sinceridad, en cambio

faltaba en los lectores el propósito de dejarse convencer. ¡Estéril

convencionalismo! ¡Conjunto de frases, sin el encanto siquiera de la

forma, arrojadas al universal escepticismo! ¡Tal era casi siempre la

literatura oficial!

La oratoria de las Cortes españolas no tenía rival en el mundo

civilizado; pero si rayaba a la mayor altura en el grandioso concepto

del arte, jamás fue más sospechosa su utilidad en los asuntos

económicos. Si se discutían los presupuestos, para lo cual el tiempo

apremiaba siempre, los oradores eminentes mostraban viva repulsión a

descender al árido terreno de la aritmética.

¡Y sin embargo, el sentido utilitario y práctico debía imponerse al fin

en los destinos de España!

No en vano era esta una nación europea, y por lo tanto estaba condenada

a perecer, o a seguir la suerte y las vicisitudes del resto del

Continente.

Al socialismo de Estado, consecuencia lógica y natural de los grandes

armamentos, sucedió la miseria inevitable de los pueblos; y el ejemplo,

el pernicioso ejemplo de arriba, trascendiendo a las clases obreras,

conmovió los cimientos sobre los cuales descansa la obra secular de

las sociedades civilizadas. Somos el Estado, dijeron la política,

la milicia y la burocracia, y queremos ser el Estado, repitió el

proletariado; pero cuando este, fiando en el número, se proclamaba

vencedor, la discordia puso de manifiesto la inestabilidad de las

agrupaciones humanas que no se fundan en el principio del orden y de la

disciplina.

Vencida la causa que tantos temores y sobresaltos inspiraba a fines

del siglo XIX; el progreso de las ciencias; la facilidad,

rapidez y baratura de las comunicaciones; la subdivisión del trabajo,

que recobró el carácter doméstico en las industrias que lo permitían;

la depreciación creciente del capital con el aumento del ahorro y de

la riqueza; el desarrollo considerable de la instrucción pública; el

sentimiento del deber y de la propia conciencia inculcado en el corazón

del pueblo, y sobre todo el sentido práctico y el espíritu de rectitud,

de justicia y de equidad que lograron imponerse en las esferas del

poder, contribuyeron en gran manera a la regeneración de nuestra

patria; verificándose entonces el consorcio admirable y armónico,

gloria de la edad presente, del Estado, representación sincera y

genuina de todas las clases, de todos los intereses y de las generales

aspiraciones, con la libertad individual, en su concepto más elevado,

dentro del derecho.

UN VIAJE A LA REPÚBLICA ARGENTINA

EN EL SIGLO XXI

Residía en Madrid. El reloj eléctrico y a la vez calendario perpetuo

de mi despacho señalaba y anunciaba las 5 de la tarde del 9 de mayo

de 2003. Me acerqué al teléfono y pedí comunicación telefónica y

_neumática_ con la _Compañía del expreso hispano-argentino_.

—¿Qué quiere? —murmuró el reóforo a mi oído.

—Un billete de ida y vuelta a Buenos Aires. ¿Cuánto es?

—Mil quinientas pesetas.

—Quiero además una carta de crédito de veinte mil.

—Corriente.

—Por el tubo neumático remitiré un talón contra el Banco y mi equipaje.

—Está bien. ¿Se le ofrece algo más?

—Nada, gracias.

—A la orden de usted.

Al cuarto de hora el tubo neumático, que pone en comunicación mi casa

con todos los abonados de Madrid, me traía una medalla de níquel

señalada con el número 5, letra _M_.

Esta medalla me daba derecho a un viaje redondo a Buenos Aires, y a un

crédito de cuatro mil pesos oro en todas las estaciones de la línea.

A las siete menos diez minutos subí por el ascensor a la azotea de mi

casa y esperé el paso del tranvía electro-aéreo. Ocho minutos después

me hallaba en la estación central de los _aluminio-carriles_, y me

instalaba en el tren expreso hispano-argentino.

Componíase este de seis soberbios vagones-palacios, precedidos de

una potente máquina eléctrica. Estaba el primero destinado a cocinas

y dependencias, a comedor el segundo, a salón y biblioteca los dos

inmediatos, y a camarotes los restantes.

El ancho de la vía era de seis metros y el de los coches de nueve. Los

carriles de aluminio asentábanse sobre largueros de madera revestida

de una materia elástica que amortiguaba el ruido y la trepidación del

tren en movimiento. Seguía casi siempre el trayecto la línea recta,

sin grandes desmontes ni terraplenes y con cortos túneles, porque las

perfeccionadas máquinas de tracción salvaban con facilidad las más

agrias pendientes.

Lujo artístico y comodidad refinada reinaban en aquel suntuoso recinto.

Ricas y exóticas maderas talladas, obra de célebres escultores,

ostentaba en sus muebles el comedor; del techo pendían riquísimas

lámparas de cristal de roca que reflejaban los rayos de centenares

de luces eléctricas; el servicio de mesa era de Sèvres con elegantes

pinturas, representando los principales paisajes de la línea; los

asientos y respaldos de las sillas, de fino tafilete maqueado; los

manjares y los vinos, delicados aquellos y exquisitos estos; las

fuentes y las botellas, movidas por misterioso artificio, circulaban

profusamente por la mesa, deslizándose sobre carriles de plata; las

dulces notas de los cantores y de la orquesta de una ópera que en aquel

momento se representaba en el teatro de Apolo de Roma, reproducidas

por un _megáfono_, recreaban el oído de los viajeros durante la hora

de la comida; la aguja de un cuadrante colocado en la pared señalaba

los kilómetros recorridos y las estaciones por donde pasaba el tren;

un termómetro automático, combinado con caloríferos y frigoríferos,

mantenía siempre la misma temperatura dentro de los coches; un reloj

señalaba la hora del meridiano de Madrid en una esfera, y en otra, por

ingenioso mecanismo, la que correspondía al punto donde nos hallábamos;

en fin, cuanto pudo imaginar el espíritu utilitario, el gusto artístico

y el genio de la invención para comodidad, deleite y regalo del

viajero, estaba encerrado en el palacio ambulante que con rapidez

vertiginosa recorría llanuras, cruzaba valles, vadeaba ríos y salvaba

montañas, sin notarse apenas el acompasado ruido de las ruedas, ni la

estridente vibración de los rieles, ni los vaivenes de las curvas,

ni los saltos del paso de agujas, ni ninguna de aquellas innumerables

molestias de los primitivos y rudimentarios ferrocarriles.

El salón que seguía al comedor superaba a este en magnificencia.

Durante el día la luz cenital y durante la noche potentes focos

eléctricos, velados por cristales opacos ligeramente sonrosados,

prestaban a todos los objetos un aspecto mágico y sorprendente. En

las paredes alternaban los tapices antiguos, venerables restos de las

pasadas grandezas de la sangre, hoy al servicio de la aristocracia del

capital, con los cuadros de los más célebres pintores contemporáneos,

llenos de riqueza de detalles, sentidos de color y rebosando vida y

movimiento. El piso, compuesto de la reunión de pequeños fragmentos de

madera de diversas clases y múltiples y brillantes colores, constituía

uno de los más notables mosaicos que vieron jamás los afamados talleres

de Roma. Anchas y cómodas butacas articuladas, de dorado cuero cordobés

unas, de seda suave o de terciopelo finísimo otras, convidaban al

descanso del cuerpo y a la plácida y reparadora somnolencia del

espíritu. Ocultos resortes que cedían al menor esfuerzo daban a

estos muebles la inclinación o la postura que de ellos solicitaba el

viajero. Destacábase en el centro un gran velador de malaquita con

incrustaciones de oro, representando las armas de los zares, despojo

que arrojó al mercado la revolución de Rusia del siglo XX

y mudo testigo del incendio y el saqueo del palacio de Invierno por

la enfurecida plebe. ¡Inestable fortuna! Todo cambia de destino,

todo obedece a la eterna ley de la evolución. ¡De las ricas joyas y

preciados ornamentos de la corte imperial no queda más que lo útil al

servicio tal vez del primer advenedizo!

Inmediata al salón, hallábase la biblioteca, iluminada como aquel por

luz cenital. Llenaban los estantes centenares de volúmenes colocados

por orden de materias, manuales casi todos, de esmerada y clara

impresión y con numerosos grabados intercalados en el texto. En sitio

preferente veíanse las Enciclopedias y el _Diccionario ilustrado de la

Academia Española_, notable por las viñetas y cromos que daban clara

idea de los vocablos que permitían su representación gráfica. En dos

de los ángulos de la biblioteca veíanse dos globos, terráqueo el uno y

celeste el otro, ambos de metro y medio de diámetro y transparentes;

luces eléctricas interiores permitían durante la noche observar

los menores detalles. Un mecanismo también eléctrico hacía girar

al celeste, dando una revolución cada veinticuatro horas. Al mismo

tiempo producía un movimiento de inclinación en correspondencia con la

latitud geográfica del tren. La otra esfera tenía también movimiento de

inclinación y traslación, presentando en su parte superior el punto de

la tierra en que se encontraba el viajero. Atriles mecánicos destinados

a los lectores, sin más trabajo para estos que oprimir un pedal,

doblaban automáticamente las hojas de los libros. Lo más peregrino

empero era el _Diccionario-fonógrafo_. Tenía este aparato un teclado

con todas las letras del alfabeto, y bastaba oprimir la correspondiente

a una palabra para que el fonógrafo recitase en el acto la definición

del vocablo. Sobre una mesa estaba puesto otro fonógrafo en relación

con los alambres exteriores, merced a los cuales el tren comunicaba

con la red universal telefónica. En dicho aparato, que hacía las veces

de periódico, se imprimían silenciosamente noticias del mundo entero,

y a voluntad del viajero funcionaba para reproducirlas. Me acerqué al

_Noticiero parlante_, que así se llamaba aquella ingeniosa máquina, y

vi que tenía una serie de botoncitos, junto a cada uno de los cuales

se leía en letras de metal: _Europa_, _Asia_, _África_, _América_,

_Oceanía_, _Bolsas_, _Mercados_, _Miscelánea_. Oprimí el primer botón,

y el fonógrafo habló de esta manera:

«_Madrid_, 8 noche. — La _Academia Española_ abre un certamen para

premiar el mejor discurso parlamentario. Se preferirá el de estilo más

lacónico. No se admiten solecismos.»

«_París_, 8,35 noche. — La Cámara de Diputados ha aprobado una

proposición eximiendo a sus individuos del deber de asistir a las

sesiones. Podrán hablar desde sus casas por medio del fonógrafo

parlamentario. Habrá aparatos especiales para uso de los diputados que

quieran interrumpir al orador.»

«_Londres_, 8,15 noche. — Se está desguazando el último blindado de

vapor que conservaba como reliquia la Marina inglesa. Era un pequeño

buque de 18.000 toneladas, que solo podía navegar a flote.»

«_Roma_, 9 noche. — La Sociedad Universal de Teléfonos y Fonógrafos

abre un abono a audiciones perpetuas de ópera. La diferencia de

meridiano de las diferentes ciudades del mundo donde se representan

esta clase de espectáculos, permite a la Compañía ofrecer esta ventaja

al público.»

«_Viena_, 9,30 noche. — La cuestión de los Balkanes...»

—Basta —dije para mí, y puse el dedo en el último botón.

«_Madrid_, 8,5 noche (continuó el eco). — El crimen de la calle de...»

—¡Todavía! —exclamé, oprimiendo el cuarto botón.

«_Lima_, 3,5 tarde (dijo la voz del fonógrafo). — Se han presentado

los presupuestos en la Cámara de Representantes con un _superávit_ de

98 millones de soles. El último plazo de la indemnización de guerra

pagada por los Estados Unidos, se aplicará a la completa extinción de

la deuda del Perú.»

«_Santiago de Chile_, 3,12 tarde. — Los viajeros del tren relámpago

procedente de Montevideo han sido indemnizados con 150 pesos cada uno

por haber llegado aquel con un retraso de 15 minutos. El Supremo Jurado

sienta la jurisprudencia de que la indemnización sea a razón de 10

pesos por minuto perdido en la marcha.»

«_Buenos Aires_, 5,15 tarde. — Ha fallecido esta tarde el célebre

almirante argentino López, que mandando la escuadra submarina de los

aliados de la América latina, aniquiló en el golfo de México el poder

marítimo de los Estados Unidos. Por disposición del finado, la familia

no recibirá comunicaciones telefónicas de pésame.»

«_Bogotá_, 6,24 tarde. — El Gobierno ha resuelto sustituir los antiguos

cañones de 250 toneladas que defendían el canal de Panamá, con máquinas

eléctricas lanzarrayos.»

«_México_, 3 tarde. — El general mexicano Victoria telefonea que hoy ha

ocupado San Francisco de California en virtud del tratado de paz con

los Estados Unidos. La noticia produce aquí entusiasmo indescriptible.

Esta noche se iluminará la ciudad con quinientos poderosos focos

eléctricos suspendidos por globos cautivos. Hoy se firmará el pacto de

la confederación latino-americana...»

Iba a proseguir interrogando al misterioso confidente, cuando noté que

el tren reducía su marcha. Fijé la vista en la esfera que señalaba

nuestra situación geográfica, y vi que nos encontrábamos cerca de

Gibraltar, hermosa ciudad que España recobró después de la guerra

de la coalición continental contra los ingleses. Detúvose el tren,

y asomándome al mirador situado en el testero del último coche, se

presentó a mis ojos uno de los espectáculos más sorprendentes que

imaginarse pueden.

El enorme peñón, a cuyos pies se asienta la gran ciudad de Gibraltar,

y los demás montes que ciñen la anchurosa bahía de Algeciras, parecían

ríos de lava de un volcán en ignición. Focos eléctricos de diversos

colores, artísticamente combinados, llenaban el espacio comprendido

entre Punta de Europa y Punta Carnero. En cada una de estas destacábase

una gigantesca columna luminosa con la inscripción _Plus ultra_. Sobre

la ladera del Peñón se leía con enormes caracteres de fuego: ¡_Viva

la raza latina_! ¡_Viva la Confederación latino-americana_! y debajo

veíanse como entrelazadas la bandera española y las de todos los

Estados de América de origen ibérico.

Así la madre patria celebraba la fausta nueva que la electricidad

había transmitido a todos los ámbitos de la tierra. La raza ibérica,

representada en el Nuevo Mundo por 300 millones de almas, sellaba con

el pacto fraternal de la «Unidad en la variedad» su inquebrantable

propósito de vivir confundida en un solo sentimiento y en una sola

aspiración y robustecer sus fuerzas ante el coloso del Norte, que

intentó, aunque en vano, extender sus dilatados dominios por el resto

de América o someterlo a vergonzosa tutela. La venerable España, que

veía renacer en sus hijos emancipados de allende los mares las glorias

de su raza imperecedera, declaraba aquel día fiesta nacional, y la

fecha del 9 de mayo de 2003 se inscribía en letras de oro en el salón

de sesiones de las Cortes.

Cuentos ilustrados · 第 6 / 10 段