Proponían unos que la riqueza se repartiese a prorrata; pero ¿cómo se

dividía una ciudad, por ejemplo, aunque no fuese más que entre sus

habitantes, dadas las diferentes condiciones de los edificios, ni aun

una casa entre sus inquilinos, variando el valor de cada piso, ni una

comarca, en vista de la discrepancia de los terrenos, ni siquiera una

propiedad rural, cuando las divisiones no podían ser homogéneas?

Pedían otros, entre los cuales predominaba el elemento ministerial, que

el Estado repartiese los bienes según las obras de cada uno; pero ¿qué

orden, qué equidad ni qué justicia presidirían a la distribución en un

país donde la mayor parte de los destinos públicos, los ascensos y las

mercedes venían siendo, más que recompensa del mérito, de la virtud o

de los servicios, producto de la cábala política, del ciego favor o del

nepotismo erigido en sistema? Semejante medio pugnaba con el principio

nivelador votado por las Cortes, pues constituiría, al cabo, el más

irritante de los privilegios: el privilegio del valimiento.

¿Y qué diré de los que querían apelar a la insaculación para el

reparto, creando la aristocracia del azar?

Un partido numeroso inclinábase al comunismo _icario_ de Cabet,

confiando al Estado las funciones de curador de todos los españoles;

pero ¿qué fuera de estos a merced de la omnipotencia administrativa

con todo el lujo de expedientes inacabables, de resoluciones

contradictorias y de leyes y reglamentos arbitrariamente interpretados?

¿Qué de la libertad individual en perpetua tutela de una burocracia

opresora e indolente?

Los _sansimonianos_, que también los había, proclamaban la excelencia

de sus doctrinas; mas ¿qué igualdad era de esperar en un sistema

eminentemente jerárquico?

Los _falansterianos_ pretendían, en vano, levantar cabeza. El pueblo

mostrábase refractario a la vida monacal laica.

Triunfante la negación, que constituía la base del socialismo, ni los

legisladores, ni la prensa, ni el instinto del pueblo presentaban una

afirmación práctica que obtuviese la aquiescencia del mayor número.

Agolpábase la multitud en la plaza de las Cortes, y pedía a voces que

estas diesen inmediata solución al asunto entonces objeto de caluroso

debate, y la fórmula igualadora, con tanto afán buscada, no adelantaba

un paso.

Crecía la inquieta muchedumbre allí reunida; cual río desbordado, las

oleadas de gente invadían el peristilo; desgajábanse los árboles al

peso de la curiosa juventud; el popular tumulto ensordecía el aire, y

todo era confusión, bullicio, despecho y desenfreno en la plaza, y

sobresalto, duda, miedo e incertidumbre, dentro del augusto recinto de

la Cámara.

De pronto rechinaron los goznes de la puerta principal, que permanece

generalmente cerrada, abriéronse de par en par las macizas hojas,

y apareció bajo el dintel un anciano decrépito, de grave aspecto y

reposado continente.

Era un diputado, objeto de universal consideración, aunque no siempre

oído por el Congreso.

A su presencia apaciguáronse algún tanto los ánimos; retrocedieron las

invasoras turbas, dejando libres las gradas del Palacio; poco a poco

se fue apagando el clamoreo, y por fin, al levantar el viejo la mano

en actitud de que iba a hablar, hízose la calma en medio de la apiñada

muchedumbre.

Reinaba profundo silencio, interrumpido tan solo por el aire al azotar

la gloriosa bandera enhiesta en lo más alto del monumental edificio,

cuando el venerable anciano, adelantándose hasta el borde de la meseta,

soltó la voz a semejantes razones:

«Ciudadanos: Las Cortes, doblegándose a vuestra voluntad, votaron la

nivelación de los bienes de fortuna; pero las Cortes, en su elevada

sabiduría, no encuentran ¿a qué negarlo? el medio práctico, ordenado y

pacífico de dar cumplimiento a su acuerdo.

»La propiedad, como la naturaleza, es varia y múltiple en sus

diferentes manifestaciones, y distribuirla por igual entre todos los

españoles, pretensión que no cabe más que en la desordenada fantasía de

los dementes, en la cándida ignorancia de los ilusos, o en la torcida

intención de los malvados.

»Mas aunque fuese obra fácil y hacedera esa distribución de bienes,

¿olvidáis acaso que, apenas conseguida, produciría forzosamente una

reacción, dando al traste con la igualdad, el trabajo sobreponiéndose a

la pereza, la inteligencia a la ignorancia, la economía al despilfarro,

y el espíritu esforzado e iniciador al instinto pusilánime y rutinario?

»No os queda, pues, más recurso que apelar al Estado, para que este

distribuya equitativamente el producto del capital y del trabajo entre

todos los españoles.

»Pues bien: quiero admitir en ellos una perfección ajena a la

naturaleza humana. Supongamos que seguirán trabajando en provecho de

la comunidad con el mismo ardor y constancia con que se sacrifican

por el propio interés, por el de sus familias y por el porvenir de

sus hijos; supongamos una organización administrativa superior a todo

encarecimiento en el Estado, y supongamos, en fin, que este recaude

íntegramente cuantos beneficios obtengan los españoles de ambos

hemisferios en concepto de rentas, sueldos, jornales, honorarios, etc.,

y que después distribuya el total por partes iguales: ¿sabéis cuánto

corresponde a cada individuo?

»Voy a demostrároslo con la elocuente lógica de las cifras.

»No hay en España datos oficiales bastantes para poder apreciar con

exactitud los beneficios del capital y del trabajo; pero tomando

por punto de partida el presupuesto, no será aventurado suponer que

ascienden aquellos a una cantidad diez veces mayor que la recaudación

obtenida por el Estado.

»Los presupuestos de la Península y Ultramar se elevan a las siguientes

cifras:

Pesetas

Península. 802.876.886

Cuba. 179.301.248

Filipinas. 81.079.367

Puerto Rico. 19.323.072

Fernando Poo. 373.420

TOTAL. 1.082.453.993

»Si esta es la décima parte de las utilidades de todos los españoles,

resulta que aquellas ascienden a la cifra anual de 10.824.589.930

pesetas.

»Y tened en cuenta que si de algo peco en este cálculo, es de

exageración; pues en Francia, con un presupuesto de 3.561.978.092

francos, los beneficios por todos conceptos obtenidos por los

habitantes de aquella República se evalúan solo en unos 20.000

millones.

»Admitamos, sin embargo, la cifra de 10.824.539.980 pesetas. Esto es en

último caso (y suponiendo que todos sigan trabajando como hasta ahora)

lo que puede repartirse anualmente entre los españoles.»

La muchedumbre, que durante el discurso del orador había dado varias

veces muestras de impaciencia, al oír la enorme cifra de diez mil

ochocientos y pico de millones anuales a repartir, prorrumpió en

frenéticos aplausos.

«¡Ya tenemos la solución! —decían las gentes—; ¡ya está resuelto el

problema! ¡Que se incaute el Estado de cuanto perciban los españoles

por el capital y por el trabajo en todas sus manifestaciones, y que lo

distribuya por igual entre los ciudadanos! ¡Esta sí que es la verdadera

nivelación!»

Los aplausos atronaban el aire; los espectadores abrazábanse unos a

otros; los periódicos preparaban suplementos; la oficiosidad novelera

corría desaforada, anunciando por doquier la forma niveladora; el

telégrafo no se daba punto de reposo, transmitiendo a las provincias y

a los remotos dominios españoles la buena nueva; todo era algazara y

regocijo, y fiestas, y entusiasmo indescriptible.

El anciano, entretanto, indiferente al general alborozo, de pie en el

peristilo del Congreso, cruzados los brazos, miraba con irónica sonrisa

al agitado auditorio que invadía la plaza y sus avenidas.

Al cabo de buen espacio de tiempo restableciose la calma y el orador

prosiguió su discurso.

«Vamos a ver, dijo, el número de españoles que existen, según los

últimos datos estadísticos oficiales, y la cantidad que a cada uno

corresponde.

»Debo advertir que incluyo a todos, pues ante la igualdad, lo mismo

debemos considerar al prócer que al humilde indio que en las apartadas

regiones del extremo Oriente contribuye con su sangre y con el sudor de

su frente a la defensa y a la prosperidad de la patria común.

»La población de España y de sus dominios de Ultramar es la siguiente:

Habitantes

Península, islas adyacentes y posesiones

de la costa septentrional de África. 16.625.860

Filipinas. 5.561.232

Cuba. 1.449.182

Puerto Rico. 754.313

Posesiones del Golfo de Guinea. 35.000

TOTAL HABITANTES. 24.425.587

»Hay que dividir, pues, las 10.824.539.993 pesetas que obtienen de

beneficio los habitantes de España y de sus Indias, por 24.425.587 a

que ascienden estos, lo cual nos da un cociente de 443 pesetas 163

milésimas.

»Esto es lo que correspondería a cada español al año si no tuviésemos

deudas sagradas, contraídas con extranjeros, las cuales nuestra

honradez y nuestra hidalguía nos obligan a satisfacer.

»Dichas deudas representan los siguientes intereses anuales:

Pesetas

Intereses de la renta al 3 por 100, reconocida

al Gobierno de Dinamarca. 97.500

Idem de la deuda perpetua al 4 por 100

exterior. 78.846.040

Idem del 2 por 100 exterior. 6.529.135

Anualidad del empréstito Rothschild. 3.750.000

Idem del anticipo Fould. 2.575.000

3 por 100 exterior no convertido. 900.000

TOTAL. 92.697.675

»Si dividimos estas 92.697.675 pesetas por los 24.425.587 habitantes de

España y de sus provincias ultramarinas, resulta que cada uno debería

contribuir para el pago de las deudas exteriores con 4 pesetas 122

milésimas.

»Deduciendo esta cantidad de las 443 pesetas y 163 milésimas, quedan

439 pesetas y 40 milésimas.

»Tal es la asignación anual, dentro del criterio más optimista, a que

tendríais derecho, en la suposición quimérica de que no variasen las

condiciones del trabajo desde el momento en que el producto de este

fuese propiedad del Estado.

»A lo sumo, pues, corresponderían a cada español 439 pesetas y 40

milésimas al año, o sea UNA PESETA Y VEINTE CÉNTIMOS próximamente al

día.

»¡Tal es la verdad! ¿Os conformáis con este jornal?...»

—¡Jamás! ¡Jamás! ¡Abajo la verdad! ¡Fuera! ¡Fuera! —gritó la

muchedumbre indignada, arrojándose sobre el indefenso y venerable

anciano...

* * *

Y desperté cuando la Verdad, investida con el carácter de legislador,

era atacada por las ciegas pasiones de la plebe; y al encontrarme otra

vez en el mundo real, seguía el atropello.

EL HOMBRE ÚNICO

En una isla de la Polinesia, que por su pequeñez ni siquiera consta

en los mapas, reinaba, sin oposición ni émulos platónicos, un jefe

de tribu, que, en las alocuciones y mensajes dirigidos a sus fieles

súbditos, dábase a sí propio el dictado de Emperador del mundo.

Un navegante europeo que por acaso abordó aquellas playas, trató

de disuadir a Su Majestad Universal de sus errores geográficos;

mas este se limitó a contestarle: «No existe ni puede existir otro

mundo fuera de mi isla, porque sé de muy buena tinta que el Sol, mi

ilustre antecesor, fundó aquí su única casa solariega, y no tiene más

descendientes que yo y mis vasallos: por lo tanto, los que venís en el

buque debéis ser espectros en figura humana.»

La persona que te voy a presentar, lector benévolo, sin los

conocimientos genealógicos de aquel monarca de antiquísima alcurnia, ni

pretender compartir con él tan claro linaje, fue más allá en su opinión

sobre sus semejantes.

Poseído de extraña aberración mental, que no reveló jamás, porque

fue loco vergonzante, antojósele que en el mundo no existía más

personalidad corpórea que la suya, y que los hombres y los demás seres

animados eran vanos fantasmas hechos para su servicio, mortificación o

entretenimiento.

Algunas veces extremaba su extravagante hipótesis, juzgando quiméricos

cuantos objetos herían sus sentidos, de lo cual deducía que él

monopolizaba el mundo de las ilusiones. A decir verdad, no tuvo sobre

este punto opinión constante, fija y concreta, pero sí sobre lo

primero, que llegó a ser para él verdad inconcusa.

No conoció a sus padres, porque los había perdido siendo muy niño;

circunstancia que le libró de la dura necesidad de no creer en ellos y

de sacrificarlos al principio fundamental de sus convicciones.

Era español, y llamábase Tomás Solitario.

Como el mundo había sido hecho para su uso exclusivo, propendía

naturalmente a la vanidad, al orgullo y a la soberbia; llegando a

tanto su locura, que se creyó inmortal, sospechando que sus ilusorios

prójimos simulaban la muerte solo para engañarle sobre la caducidad de

la vida.

Sin miedo ni temor alguno a seres que se disipaban apenas volvía

las espaldas o cerraba los ojos, nada era capaz de oponerse a los

arrebatados ímpetus de su valor temerario.

Cauteloso y taimado como quien temía siempre ser víctima del dolo

de fantasmas astutos creados para molestarle, revelaba un carácter

prudente, mesurado y taciturno; hablaba poco, se reía menos, aquilataba

las palabras y medía su significación, y aun así, muchas noches antes

de dormirse se arrepentía de algunas indiscreciones; tal es la funesta

propensión humana a la locuacidad, que aun los más precavidos, el tipo

más acabado de la prudencia, han de confesarse con la almohada y expiar

la culpa a costa del sueño.

Muy pronto dio claros indicios de sus felices disposiciones para el

mando; pues en los juegos infantiles representaba siempre el principio

de autoridad entre sus tiernos compañeros, ora a guisa de cochero, ora

con la investidura de capitán, si no de general.

Consideraba como la peor de las malas sombras hechas para su tormento

a un tío suyo, y tutor a la vez, el cual, harto de semejante sobrino,

no tuvo punto de reposo hasta que lo vio en el colegio de cadetes de

Toledo.

Los antiguos pusieron a duras pruebas la paciencia del _apóstol_, como

llamaban allí a los nuevos; pero Tomás Solitario opuso tal resistencia

a las novatadas, que a los pocos días de su ingreso en el colegio era

considerado como el prototipo del valor y del arrojo. Verdad es que

esta fama la obtuvo a costa de sus costillas; pero como era hombre de

suyo sufrido y resignado, hubiera preferido perder la inmortalidad a

expresar una queja. Con todo, alguna vez flaqueó su ánimo, abrumado

por el dolor, y acaso entonces le asaltaba la duda de si los golpes

que había recibido su humanidad unipersonal procedían de espíritus

deletéreos o de hombres como él, de carne y hueso; aunque nada he

hallado que confirme esta suposición mía, fundada en la poderosa virtud

del palo, ese don del Cielo, como le llamaban los antiguos, para poner

en razón a los cuerdos y amansar a los locos rematados.

La declaración de la guerra de Marruecos en 1859 coincidió con la

promoción a subteniente de nuestro personaje, por lo cual deducirá el

lector que se trata de un contemporáneo. Incorporado a un batallón

de cazadores, dirigiose a Málaga, donde vio por vez primera el mar.

Al contemplar aquella inmensa y líquida llanura, llevado de su rara

demencia, decía para sí: «¿Es esto verdad, o mis mentidos semejantes me

presentan una decoración de teatro para hacerme creer que los mapas no

discrepan un punto de lo que me enseñaron en el colegio?»

Embarcose en aquel puerto, y con los brazos sobre la obra muerta

del buque, y los ojos fijos en las ondulantes aguas, pasó la noche

reflexionando acerca de las causas que producen aquel movimiento;

y perturbado tal vez por el mareo, antojósele que entre las

fosforescentes olas veía vagar las sombras de los que consideraba

como enemigos suyos, que se entretenían en mover el mar con objeto de

mortificarle y para que la ilusión del viaje fuese completa.

«¡Pronto —decía para su poncho— harán salir al Sol con la regularidad

de todos los días, y me presentarán una tierra, a la cual debo llamar

Continente africano, y en ella comparsas de fantasmas con el nombre

de moros, con los cuales debo batirme! ¡Necios, si creéis que vais a

amedrentarme! ¡Conozco vuestro juego, hombres en apariencia, espíritus

burlones, vanas sombras, que me juzgáis condenado a perpetuo engaño!

¿Quién es más fuerte aquí? ¿Los que me consideran víctima de sus

maquinaciones, o yo, que las adiviné desde que tuve uso de razón?»

Desembarcó en Ceuta, y a los pocos días tomó parte en las primeras

acciones de guerra de aquella gloriosísima campaña, distinguiéndose

de tal suerte, que obtuvo cruces, grados y ascensos, y renombre de

bizarro, siendo proverbial su valor en todo el ejército. ¿Era acaso de

extrañar tanto denuedo en quien no creía en la muerte y juzgaba en su

extravagante desvarío cadáveres o heridos simulados a cuantos caían en

la pelea?

Tanto pudo su locura, que una noche, estando de servicio en las

avanzadas, echose junto a un montón de cadáveres insepultos, y

fingiéndose dormido, miraba con el rabillo del ojo a aquellos

fantásticos muertos para ver si, creyéndole desprevenido, variaban de

postura; mas como no daban la menor señal de vida, exclamaba para sí:

«¡Qué taimados! ¡Capaces son de no moverse hasta la consumación de los

siglos, y hacer que se pudren y se convierten en polvo si saben que he

de volver a pasar por este sitio! ¡Qué admirable tenacidad! ¿Qué poder

sobrenatural rige y gobierna esa aparente humanidad, esa ilusión que

me persigue por todas partes, ese espejismo maravilloso que miente sin

cesar en medio del árido desierto de mi vida?»

Donde tuvo empero uno de los mayores raptos de enajenación mental fue

en el campamento del Hambre. Una cena opípara que siguió a tres días

de privaciones y de insomnio, perturbó de tal manera su cerebro que,

saliendo de la tienda a tomar el aire, veía todos los objetos dobles,

y meditando sobre el caso se decía: «¡Yo siempre he creído en un mundo

ilusorio, pero no en dos! Ahora me parece que coexisten. ¡Si tendrá el

mundo el don de la ubicuidad!»

Con tan raros pensamientos echose a dormir, y a la mañana siguiente,

reflexionando sobre lo que le aconteció por la noche, discurría de esta

manera disparatada: «La embriaguez me hizo ver los objetos dobles;

ordinariamente los veo sencillos; luego en estado normal soy víctima de

una alucinación a medias.»

En fin, sus heroicos hechos, y jamás el bajo valimiento, eleváronle

a los primeros puestos de la milicia. Terminada la guerra, era ya

comandante, y las contiendas civiles que sobrevinieron algunos años

después a nuestra patria sin ventura, fueron grande parte para que

tuviese ocasión de completar su merecido encumbramiento.

Cuando yo le conocí en el _Casino de Madrid_, ceñía la faja de general.

Hasta entonces no comenzó a figurar en la política.

Antojósele ser diputado, y no faltaron electores fantásticos que le

votasen.

Como hablaba poco y su continente era grave, todo el mundo le tenía por

político ducho y de talla, y cierto periódico habló de él como de un

hombre providencial, llamándole «rayo de luz en medio de las tinieblas

que envolvían los destinos de la nación», y «áncora salvadora con que

íbamos a dar fondo en el seguro puerto de la felicidad de la patria».

Estas figuras retóricas produjeron su efecto, porque el Ministerio que

había logrado antes aquel puerto entendió que hombre tan extraordinario

era muy a propósito para dar lustre al nombre español en extranjeras

tierras; y así, antes de que se formase el partido de los _solitarios_,

proyecto que estaba ya en gestación, propuso a nuestro héroe un

cargo diplomático en una de las principales cortes de Europa. El cual

fue aceptado sin modestas resistencias. ¿Quién era superior a él?

¡Los grandes hombres de Estado, los reyes, los emperadores, se le

representaban a sus ojos como espíritus aventajados, como eminentes

artistas, como primeros actores del teatro en que se consideraba único

espectador!

Desempeñó su embajada, y fue tenido por el primer diplomático de su

tiempo. Había resuelto el gran problema: no decir más que lo que

quería. Nadie pudo competir con él en arte tan de suyo difícil.

En la corte donde estaba acreditado, conoció a una gentil doncella, la

más hermosa entre las beldades de aquel reino. Sin amarla quiso casarse

con ella: aspiraba a la envidia universal, si aquellos duendes podían

envidiarle.

Consiguió su objeto; pero no contaba con el huésped en forma de suegra,

el más horroroso de los fantasmas, el _spirito folletto_, la pesadilla

de la humanidad-yerno.

Y huyendo de aquel azote, renunció el destino y vínose a Madrid.

Y el Ministerio tembló, y los periodistas no dieron paz a la pluma.

Pero aquel hombre era muy otro. No quería nada. El tedio, esa crónica

dolencia de los hombres extraordinarios, minaba su alma. La idea de la

inmortalidad le infundía espanto.

Deseaba tener sucesión, y la esterilidad de su espiritual consorte

causábale profunda pesadumbre.

«¡Es claro —decía para sí—, los seres producen otros seres a ellos

semejantes! ¿Qué ha de nacer de un hombre y de un espectro? Sería un

producto híbrido no previsto por la naturaleza, si existe algo que

merezca este nombre.»

Una noche, al volver más temprano que de costumbre a casa, sorprendió a

su esposa de tertulia con un apuesto joven. Aquella se turbó al pronto;

pero repuesta del sobresalto, con la sonrisa en los labios, exclamó:

—¡Tomás, te presento a mi primo Rafael!

Y Solitario no dudó de aquel vínculo de familia.

Mas como para esto le era forzoso admitir la posibilidad de parentesco

entre los espíritus, inventó, en consonancia con su disparatada

hipótesis, una teoría sobre la afinidad de determinados fluidos

psíquicos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vivió hasta el fin de sus días sospechando de todo, menos de la virtud

de su mujer.

¡Estaba predestinado a tener fe ciega en lo que nadie creía!

* * *

¡Cuántos como Tomás Solitario son externos de los manicomios porque

sienten el rubor de sus íntimos desvaríos!

¡Si saliese a luz toda la demencia latente en los cerebros humanos, tal

vez sería imposible encontrar loqueros!...

LO PRESENTE

JUZGADO POR LO PORVENIR

EN EL SIGLO XX

El vapor con sus múltiples aplicaciones constituyó la principal gloria

del siglo XIX. La aplicación de la electricidad como fuerza

motriz es, sin duda alguna, la verdadera causa del progreso que, en el

orden material, hemos alcanzado en el siglo XX.

A los ferrocarriles, obras costosísimas y largas, particularmente

en los terrenos quebrados, han sucedido las vías férreas aéreas,

sostenidas por esbeltas columnas, sobre las cuales, salvando agrias

pendientes que hacen innecesarios los túneles y las curvas, deslízanse

coches colgantes arrastrados por aparatos eléctricos, con velocidad

vertiginosa. Los buques de vapor, que requerían grandes depósitos de

carbón y máquinas pesadísimas, han cedido el puesto a las ligeras

naves que hoy surcan todos los mares, impulsadas por la electricidad

acumulada, merced a un sencillo artificio que ocupa poco espacio

y desarrolla considerable fuerza. Utilizada esta por todas las

industrias y la agricultura, perfeccionados los procedimientos de

la fabricación, reducidos en extremo los precios de transporte, los

productos manufacturados y naturales han disminuido de tal suerte de su

valor, que muchos de ellos calificados de lujo en el siglo precedente,

se han puesto en el nuestro al alcance de las más modestas fortunas,

demostrando así que artículos o mejoras que en una época se juzgan como

exceso y demasía en el regalo, los convierte después la baratura en

objeto de general consumo.

Nuestros abuelos habían creído realizar un gran progreso con los

ferrocarriles. Lo eran en efecto, si se comparan aquellos medios de

locomoción con las diligencias, que a su vez habían sido un notable

adelanto comparadas con las galeras aceleradas; pero ¿qué dirían los

hombres del siglo XIX si resucitasen ahora, a mediados del

XX, y viesen en la práctica las varias y múltiples invenciones

basadas en el motor eléctrico? En aquella época se empleaban, por

ejemplo, treinta y tres horas mortales en recorrer la distancia que

separa a Madrid de París, y para hacer el viaje era preciso sujetarse

al reglamentarismo de las Compañías, a la tiranía de sus itinerarios

y a todas las incomodidades que trae consigo vivir o viajar en

colectividad, siquiera sea por breve espacio de tiempo, cuando hoy se

toma un vagón _a la hora_, como antiguamente se tomaban los coches de

plaza, y de sol a sol se puede hacer una excursión de ida y vuelta

entre las capitales de España y Francia.

Cuentos ilustrados · 第 5 / 10 段