El viajero que recorra aquella privilegiada provincia, admirará por

todas partes soberbios monumentos y venerandas ruinas, brillantes

páginas de la gloriosa historia de la Reconquista; risueños valles

circundados por elevadas y caprichosas montañas, en cuyas laderas la

Naturaleza, pródiga y liberal, ha derramado sus variados y magníficos

dones; bullidoras cascadas que se precipitan de las quiebras de las

rocas, formando cristalinos arroyos y pausados ríos que culebrean

por las verdes hondonadas; blancas y extendidas playas que en suave

declive penetran en el mar, casi siempre agitado, flanqueadas por una

costa, ya acantilada, ya compuesta de hacinados y cavernosos peñascos,

contra los cuales se estrellan furiosas las olas; y, salpicados sobre

tan hermoso panorama, ricos pueblos, risueñas aldeas, y pintorescos

caseríos que habitan gente de cariñoso trato, alegre carácter y dulce

lenguaje. Y mientras suspende los sentidos la contemplación de tantas

bellezas, el aire puro del Océano, saturado de las emanaciones de una

flora exuberante, renueva suave la escondida llama de la existencia,

y un cielo rara vez despejado, con sus opacas nubes que se ciernen en

el espacio, y sus flotantes nieblas que cortan el horizonte, convida

blandamente a la concentración del espíritu y a ese apacible bienestar,

a esa vaga transición que separa la vigilia del sueño; reflejo acaso de

la eterna dicha que espera el alma, libre de sus carnales lazos.

¡Oh! ¡cuán triste la ausencia para el que ha nacido en aquella

venturosa tierra, y desde extraño suelo aviva la memoria del bien

perdido, recordando el añoso castaño que sombrea la rústica casita;

el hórreo o la panera sobre toscos pilares de piedra sustentados; la

fuente murmuradora que se desliza por el copioso prado; la enhiesta

torre de la antigua iglesia, por donde trepa la hiedra, asomando por

las grietas el verde helecho; la lejana y escueta cumbre del elevado

monte; la frondosa colina cuajada de manzanos; los oscuros robles de

aterciopeladas hojas, notables por su altura y corpulencia; el fúnebre

ciprés y el poético sauce, que a veces turban la monotonía del bosque;

los cercados maizales que generosamente ofrecen el pan del campesino;

la casi siempre solitaria higuera, el humilde avellano y el altanero

y pomposo nogal, cuyos gustosos y abundantes frutos son el regalo

del rico y el alimento del pobre; la conseja, al amor de la lumbre,

referida por un anciano, mientras chisporrotea el nudoso tronco de una

encina; el familiar regocijo con que sangran allí el tonel repleto de

sazonada sidra; las alegres y animadas ferias y romerías al son de los

tambores, las gaitas y las panderetas; los cadenciosos bailes populares

y el antiquísimo de la Danza prima, acompañado de canto melodioso; los

sencillos goces de la infancia placentera, los tiernos afectos que a su

calor nacieron, y en fin a la patria remota, que la imaginación reviste

de sus más brillantes colores, y que no se aparta jamás del santuario

del pensamiento!

Tan dulces recuerdos contristaban el corazón de Casimiro. Era este

un joven de débil complexión y de enérgico espíritu, hijo de honrados

y pobres labradores de la Riera, en el concejo de Cangas de Onís, el

cual, llevado del propósito de aliviar la mísera condición de sus

ancianos padres, se acogió al remedio a que apelan todos los años

millares de españoles deseosos de mejor fortuna, que es el pasarse a

las repúblicas de la América latina o a la isla de Cuba.

A esta última llegó nuestro asturiano cuando contaba apenas tres

lustros, y a fuerza de trabajos sin cuento, de indomable perseverancia

y de paciente resignación, al frisar con los veinticinco años viose

dueño de 15.000 pesos, mezquino caudal a los ojos del rico y del

ambicioso, y considerable para el pobre que ha pasado una existencia

llena de privaciones, y cifra su ventura en vivir modestamente en

el rincón de una provincia. Mas las fatigas con tan firme voluntad

arrostradas, robando al sueño y al esparcimiento del ánimo sus

naturales fueros, y, sobre todo, la idea fija de la patria lejana,

minaron lentamente aquella naturaleza raquítica y gastada; y a la

nostalgia, dolencia a que tanto propenden los emigrados de nuestras

provincias del Norte, siguió la calentura que resiste a todos los

febrífugos, la calentura terrible de la tisis, casi siempre mensajera

de la muerte.

No la creía cercana Casimiro, porque se despertó en él una confianza

absoluta, una fe ciega en el remedio de sus males: la patria. Allí

estaban la alegría, la salud, la vida.

Volver a ella, abrazar a sus ancianos padres, cobijarse bajo el humilde

techo de la casa solariega; recrear la vista en los seres y en los

objetos inanimados, confidentes y testigos de su infancia; sentir el

dulce calor del propio hogar; respirar el perfumado ambiente de los

aires nativos; ir al cercano santuario de Covadonga, y allí sentarse a

la mesa de piedra, al pie de la gigantesca Cueva, junto a la bullente

cascada, y beber una taza de leche servida, como en sus años juveniles,

por su adorada madre: tal era el ardiente anhelo del pobre enfermo.

¡Inmensa dicha, felicidad suprema para aquel desterrado, consumido por

fiebre lenta e incesante!

En vano el solícito ruego de la amistad y el porfiado consejo de la

ciencia pretendieron librarle de los azares de larga navegación,

mayormente por coincidir con la época del equinoccio: Casimiro tomó

la vuelta de España, y al rayar el alba de uno de los primeros días

del mes de octubre avistaba desde el vapor el promontorio a cuyos pies

se asienta Gijón, el gran centro industrial, marítimo y mercantil de

Asturias.

¿Cómo describir la emoción del viajero al saludar las costas de su

patria después de tan larga ausencia? De pechos sobre la obra muerta,

fija la mirada, llorosos los ojos, anhelante el aliento, suspenso

el ánimo, contemplaba aquella bendita tierra que óptica ilusión iba

acercando poco a poco hacia él, mientras el buque, a impulsos del

comprimido vapor, avanzaba majestuosamente. No parecía sino que los

abruptos y salientes cabos de Torres y de San Lorenzo, que flanquean

la ancha y espaciosa concha, en cuyo centro se alza la península de

Santa Catalina, eran dos gigantescos brazos que se extendían en medio

de la inmensidad del Océano para dar la bienvenida al recién llegado,

y que el Sol, al asomarse por los balcones orientales, rasgando las

blancas brumas que invadían el horizonte, señalaba, allende los montes

cubiertos de espléndida verdura que a la izquierda mano se mostraban,

el venturoso y suspirado término del viaje.

Mas ¡cuán lenta es la marcha del tiempo a medida que nos aproxima al

bien que ansiamos! ¡Qué distancia no separa al fervoroso deseo de su

próxima y segura satisfacción! Soporta resignado el navegante largas y

mortales horas de mar, pero no puede resistir sin impaciencia la última.

Rechinó por fin el cabrestante del ancla, la cual, desprendiéndose

de proa, sumergiose con grande estrépito en el mar, estremeciendo la

flotante mole con el rápido rodar de la pesada cadena.

Casimiro lanzó un grito de inefable gozo. Allí, en el muelle, con los

brazos extendidos hacia él, preñados los ojos de lágrimas, temblando

de emoción, enajenados de alegría, le aguardaban sus ancianos padres.

Quiso gritar pronunciando este dulce nombre, y no pudo; pretendió

arrojarse a la escala, y una fuerza irresistible paralizó sus miembros;

intentó respirar, y parecía que hasta el aire le negaba el vital

aliento, y sin ser poderoso a otra cosa, cayó de golpe desmayado sobre

la cubierta del buque.

La noche que sobrevino a aquel día, con tanto afán esperado, sorprendió

al mísero enfermo tendido en el lecho en una modesta casa de la villa.

Sus padres, dominados por medrosa ansiedad, llenos de tierna solicitud,

clavada la vista en aquel cuerpo exánime, aguardaban anhelantes y

suspensos que volviera a la vida.

De pronto, dando un profundo suspiro, abriendo los ojos como atónito

y embelesado, y cogiendo con crispada mano la que su madre le tendía,

comenzó a hablar de esta suerte:

«—¡Madre!... ¡Me ahogo!... ¡Siento las ansias de la muerte... pero

todavía puedo sanar!... ¡Partamos, partamos en seguida!... ¡Tú puedes

devolverme la vida!... ¡Tú puedes renovar la llama de esta existencia

que se extingue!... ¿Te acuerdas de Covadonga?... ¿Recuerdas las

placenteras horas que pasaba en tu regazo a la sombra de aquella cueva

altísima?... ¿Se han borrado de tu memoria los besos que te prodigaba

cuando tú, al verme jugar al borde de la oscura poza, cuna del Deva,

me llamabas sobresaltada y yo corría a arrojarme a tus brazos?... ¿Has

olvidado aquel día en que mi padre compró cerca del santuario la vaca

blanca, y tú quisiste que yo fuera el primero en gustar del sabroso

licor de sus henchidas ubres?... ¡Ah! ¡Me parece que lo estoy viendo

con los ojos del alma! Allí, en el fondo del anfiteatro que forman

los montes al cerrar estrecha cañada, destácase la gigantesca cueva

en las entrañas de elevado peñasco que le sirve de cúpula colosal, y

suspendida en mitad de aquella, como el nido de la mística paloma,

la capilla de la Virgen milagrosa. De la inmensa cavidad, en cuyas

grietas crecen innumerables arbustos y hierbas que con su diversa

verdura y varias formas contrastan con los tonos de las rocas ya

peladas y escuetas, ya cubiertas de húmedo musgo, salta el agua pura y

transparente, que, formando bullidoras cascadas y escalonados remansos,

se precipita al hondo valle, llevando la vida, la fertilidad y la

abundancia a la tierra, y la admiración y el asombro a los sentidos...

Yo estaba allí sentado en duro banco, blando y mullido para el cansado

peregrino que va a apagar la sed en el santo manantial que brota

copioso; bañaba el Sol los agrestes contornos del sagrado recinto; el

sordo y cavernoso ruido del agua despeñada juntábase con el pausado

son de la campana de la iglesia, y a lo lejos y a intervalos oíase

el lastimero balido de descarriada ovejuela; por la ladera del monte

frontero trepaba una robusta aldeana con paso pausado, arqueados los

brazos, la cabeza erguida, y sobre ella, sosteniendo en equilibrio

la cónica ferrada; en un sotillo de la revuelta del río, el toro y

el caballo partían fraternalmente, sin recelo alguno, la abundante

hierba que liberal les ofrecía el suelo; conducía una rapaza por un

verde sendero un hato de tiernos novillos, que triscaban alegres y

juguetones; un anciano, encorvado bajo el peso de los años, vestido de

groseras pieles, subía, apoyándose en tosco cayado, el áspero camino

del vecino puerto; un romero, con el bordón en la mano y el sombrero

y la esclavina cuajados de conchas, dirigíase con grave y mesurado

andar a la venerada mansión que la piedad de los fieles ha consagrado a

Nuestra Señora: todo era paz, todo ventura, todo apacible bienestar y

dulce recogimiento.

»Convaleciente de grave dolencia; fatigado de la penosa cuesta que,

bordeando el riachuelo, conduce al santuario; débil y desmayado el

cuerpo y atento el ánimo contemplando el magnífico panorama que se

ofrecía a mi vista, acometiome profundo y deleitoso sueño, del que me

sacó tu voz, tu dulce voz, madre querida, y el suave aliento de tus

puros labios al depositar un ardoroso beso en mi mejilla helada.

»—¡Pobre hijo mío! —exclamaste—. ¡Estás yerto! Espera un instante y

devolveré el calor a tu cuerpo frío. — Y solícita y diligente, me

trajiste la escudilla de leche de la vaca blanca. ¡Delicioso instante

aquel! ¡Cómo apuré el tibio y espumoso licor por tus manos servido!

¡Cómo confortó mis fuerzas con su virtud reparadora y su calor suave!

¡Cómo sentí restaurar en mí el vital sostén, pujante y vigoroso!...

Mas también ahora lo recobraré... ¡Partamos, partamos a Covadonga! Vea

yo aquellos santos lugares, aspire las balsámicas auras de nuestro

escondido valle, sacie mi sed en la rica leche de las vacas que se

apacientan en sus fértiles y accidentadas praderas, y volverán la dicha

y el placer a mi contristado espíritu, y la salud y la vida a mi cuerpo

enfermo y desfallecido!»

* * *

Casimiro consiguió ver el estrecho y sonriente valle que sin cesar se

representaba en su memoria, y la casita humilde donde abrió los ojos

a la luz del día, y el encendido hogar, piadoso asilo en las largas

horas de invierno, y el hórreo pintoresco suspendido en el aire como

arca santa que guarda el fruto de la madre tierra, y las corrientes y

cristalinas aguas del encauzado Deva, y las agrestes montañas, testigos

mudos y poderosos auxiliares de la primera victoria de la restauración

cristiana y de la independencia de un pueblo, y la célebre y sagrada

Cueva, amparo de los débiles y oprimidos, refugio de la fe, asombro de

la Historia y veneración del mundo.

Extenuado por la terrible dolencia, sin vigor en los flacos miembros,

ni brillo en los ojos desencajados, ni color en las mejillas enjutas

y hundidas, trepó, con la ayuda de los temblorosos brazos de sus

padres, la larga escalera de piedra, que, flanqueando aquella rocosa

e imponente cavidad, conduce a la capilla, suspendida sobre el abismo.

Detúvose un instante en el balcón que precede al pequeño templo,

bajó la vista al fondo, y sintió el horror del vacío que seduce y

atrae y turba los sentidos; admiró las maravillas debidas al ardiente

o incansable celo de un prelado,[7] reparando las injusticias de los

tiempos, la indolencia del poder y el olvido de los españoles; y puesto

de hinojos ante el sagrado altar, elevó tierna plegaria al cielo, lleno

de fervor, de unción y de místico recogimiento.

[7] El Excmo. Sr. don Benito Sanz y Forés, obispo que fue de Oviedo,

y actualmente cardenal y arzobispo de Sevilla, a quien se debe

principalmente la restauración del santuario de Covadonga.

En tanto, las cóncavas peñas repercutían el eco de la campana herida,

y el sol coronaba la alta cumbre del frontero monte; y el hondo valle

inundábase de luz radiante y de extendidas sombras; y retumbaban las

cascadas del naciente río; y los operarios de la basílica que se está

alzando en una eminencia cercana, entregábanse al trabajo hormigueando

por las tortuosas veredas; y el viento, ligeramente alterado,

estremecía las ramas y las hojas de una vegetación espléndida; por

todas partes, en el cielo, en el aire, en la tierra, el movimiento y la

vida, menos en el sin ventura Casimiro.

—¡Dadme una taza de leche!... —exclamó, sintiéndose desvanecer—. ¡Aún

es tiempo!... ¡Aún puedo recobrar la salud!

Y le bajaron a la entrada de la Cueva, y sentado a la mesa de piedra,

cogiendo con ambas manos la taza que su madre le presentaba, apurola

con avidez y delicia, y exhaló un profundo suspiro, que fue el

postrero. ¡Grata emoción que aceleró las contadas horas del apasionado

amante de su patria, quien vivió bien ajeno de que en el placer de

recobrarla hallaría la verdadera!

EL PADRE CARMELO

En el convento de Carmelitas Descalzos de Madrid, sobre cuyo solar se

levanta ahora el teatro de Apolo, había a principios de este siglo un

fraile de los de más campanillas que vieron los pasados tiempos.

Era, según el vulgo, un pozo de ciencia; los padres graves le llamaban

la lumbrera de la orden, y los legos y novicios, en sus arrebatos de

fervor doméstico y de espíritu de corporación, solían darle el dictado

de asombro de las gentes y pasmo del mundo.

Y sin embargo, el padre Carmelo, que así se llamaba aquel prodigio

enclaustrado, ni en la cátedra del Espíritu Santo, que no ocupó jamás,

ni en la sala capitular, donde guardaba absoluto silencio, ni aun en el

trato familiar, en el cual, con aparente modestia, parecía conformarse

siempre con la opinión ajena, sin revelar la propia, tuvo ocasión de

poner de manifiesto el claro entendimiento, la vasta erudición y la

profunda sabiduría que le atribuían sus hermanos de religión y el

concepto público.

El padre Carmelo debía su fama y la dispensa que le relevaba de asistir

al coro de madrugada, a la fecundidad de su pluma.

Verdad es que nadie había leído sus escritos; pero las largas horas

de reclusión en la celda, las resmas de papel de barba consumidas y

los estantes llenos de voluminosos tomos, cuidadosamente numerados,

que aumentaban de día en día, ofrecían vehementes indicios de la

laboriosidad incansable de aquel siervo de Dios, que, humilde entre los

humildes, hizo voto de no gozar en vida de las dulzuras de la gloria

científica y literaria.

El célebre e inédito escritor carmelita, era, pues, un pozo de ciencia,

cerrado a cal y canto; una lumbrera que, como las linternas sordas,

alumbraba solo por dentro; la representación viviente de la sabiduría

oculta y subjetiva.

Las gentes creían, sin embargo, en ella de la misma suerte que tienen

fe ciega en otras muchas cosas que están fuera del orden natural o del

verdadero sentimiento religioso, siempre respetable; es decir, por un

acto de la voluntad o por costumbre fuertemente arraigada, de todo

punto ajenos a la reflexión o al raciocinio.

—¡Oh, el padre Carmelo! —exclamaban los frailes del convento de la

calle de Alcalá, esquina a la del Barquillo—. ¡Oh, el padre Carmelo!

—repetía el vulgo de Madrid. Y esta frase ganó las tapias de la

capital de España, y propagándose por la Península e islas adyacentes,

acabó por adquirir carta de naturaleza, no solo en nuestros dominios

ultramarinos, sino también en cuantos países del Nuevo Mundo conservan

el mermado tesoro de la lengua castellana.

¡Qué gloria para las letras patrias, y sobre todo para la excelsa Orden

a que pertenecía su autor, cuando saliesen a luz las magistrales obras

del gran Carmelo, émulo del celebérrimo Tostado! ¿Eclipsaríase la fama

de este insigne obispo? ¿Substituiríase la frase vulgar de «ha escrito

más que el Tostado» por la de «ha escrito más que Carmelo»? ¡Problema

de la acción reformadora del tiempo!

Por fin, después de larga vida consagrada, al parecer, a la meditación,

al estudio y sobre todo a escribir, gastando resmas y más resmas de

papel de barba, el padre Carmelo prolongó un día, más que de ordinario,

las horas de siesta, porque no volvió a despertar.

La noticia de su muerte produjo universal expectación; iban a conocerse

las obras del nuevo Bossuet, del águila de la calle de Alcalá.

Celebráronse con pompa extraordinaria los funerales, y después la

comunidad se trasladó procesionalmente a la celda del difunto, para

proceder al inventario de sus numerosos manuscritos. Rotas las

cerraduras de los estantes, por no encontrarse la llave, se sacaron

de aquellos hasta quinientos veintisiete tomos, numerados y puestos

con el mayor orden, los cuales fueron conducidos en triunfo a la sala

capitular, donde el padre prior anunció que iba a leer el primer

volumen.

La ansiedad pintada en todos los semblantes; fijos los ojos del

venerable cónclave en las rugosas manos del superior del convento,

quien temblaba de emoción y al peso de los años; su hábito blanco y

castaño oscuro, iluminado por un polvoriento rayo de sol que descendía

a través de ojival ventana, y en la pared frontera un lienzo al óleo

representando a San Elías, que, con su actitud y la inmovilidad de sus

pupilas parecía fascinar al monacal concurso: tal era el cuadro.

El prior sacó de la manga un pañuelo de hierbas, limpiose el copioso

sudor de la calva, se puso los anteojos, tosió, y señalando los tomos

colocados sobre varias mesas, dijo:

—Vamos a recoger la herencia, fruto de la labor infatigable, de los

desvelos y vigilias, del claro entendimiento y de la profunda sabiduría

de aquel eminente varón que fue nuestro hermano, y que goza ahora de la

bienaventuranza eterna.

—Amén —contestó la comunidad.

—Como la lectura ha de durar algunos meses, procedamos con orden;

leeremos un volumen cada día. He aquí el primero. Sentaos.

Y todos se sentaron.

Y el padre prior asió un monumental infolio, y doblando la primera

hoja, leyó:

«OBRAS COMPLETAS DEL PADRE CARMELO, DE LA ORDEN DEL CARMEN. — TOMO

PRIMERO. — CAPÍTULO PRIMERO Y ÚNICO. — _De la extraña facilidad

con que se engañan los hombres._»

El resto del volumen y los otros quinientos veintiséis, estaban en

blanco.

Y los frailes, no pudiendo tener la risa, salieron a la desbandada de

la sala capitular, exclamando:

—¡Qué padre Carmelo!

* * *

Tal es el origen, alterada por un metaplasmo (síncopa), de la voz

CAMELO.

EL TRIUNFO DE LA IGUALDAD

La insensata tiranía de las masas inconscientes, ciegas y fanáticas,

amenazaba a Europa en el orden económico. Los hijos de la industria

miraban con recelo la perfección de la máquina, destinada a substituir

o a simplificar la fuerza humana. La oposición que en los talleres de

la fabril Cataluña despertaba cada adelanto en los medios de producción

trascendía a los ricos campos jerezanos, donde proferíanse amenazas

de muerte contra el trabajador que emplease en las faenas agrícolas

aquellos instrumentos manuales de uso más fácil y expedito.

A la utilidad egoísta, acaso momentánea, intentábase sacrificar

el porvenir de la industria; al temor irreflexivo de un exceso de

producción, la baratura del género, y a las asociaciones opresoras,

fraguadas tal vez en el misterio, merced a la intimidación, la

libertad individual y el espíritu de iniciativa, inagotables fuentes de

riqueza y de progreso.

La propia voluntad y generosos impulsos del obrero supeditábanse al

capricho de las colectividades veleidosas, y ante ellas enmudecía el

sentimiento de justicia, y ante ellas, la razón, el sentido práctico, y

hasta el personal interés, no se atrevían a levantar voces de protesta;

que a tal obcecación conduce el espíritu de clase en las perturbadas

inteligencias.

A los delirios de los fundadores de las escuelas socialistas de

este siglo sucedieron las extravagancias del vulgo ignorante; a las

atrevidas concepciones de la imaginación creadora, el bajo instinto

de la torpe envidia; a las brillantes teorías del visionario, hijas

quizá de un sentimiento generoso, la pasión desenfrenada, ávida tan

solo del botín; a la revolución social, basada en sistemas quiméricos,

las concupiscencias de la plebe, el vértigo de lo desconocido, la

fascinación de la anarquía, la atracción del caos.

Entregado una noche a tales reflexiones, y meditando sobre las

consecuencias que podría tener el reparto de la riqueza pública que

acaricia la imaginación del vulgo, lentamente desvaneciéronse las ideas

en mi cerebro, y tomando formas vagas, incoloras y difusas, no sé si

de pronto o al cabo de un buen espacio —porque es imposible medir la

misteriosa cadena que enlaza la vigilia con el sueño— me hallé en ese

mundo lleno de claridades en medio de las tinieblas, de olvidados

recuerdos que despiertan, de obstáculos que se allanan, de marchitas

esperanzas que reverdecen, de acontecimientos que surgen sin lugar ni

tiempo, de conceptos lógicamente enlazados o de pronto interrumpidos

con extravagantes ideas; en ese estado, en fin, en que descansa la

razón y vela la locura.

Imaginé que me hallaba en una tribuna del Congreso. Las Cortes

españolas acababan de votar la nivelación social. No más ricos, ni

pobres, ni propiedad: todos los españoles de ambos hemisferios debíamos

ser iguales ante la fortuna: la demencia del equilibrio de la suerte

era señora del mundo.

Mas ¿cómo hacer el reparto? He aquí el difícil, arduo y pavoroso

problema que absorbía por entero la atención de los legisladores y del

pueblo.

Elocuentes discursos resonaban en el augusto recinto; frenéticos

aplausos recompensaban los arranques oratorios de la gloriosa tribuna

española, sin rival por la majestad y la grandeza; las pesadas máquinas

tipográficas, a las cuales aligera el tenue vapor, giraban incesantes

despidiendo la palabra escrita; el pueblo se apoderaba con ansia del

delgado papel mensajero de la buena nueva; la plaza pública convertíase

en palenque de controversia, y con aquella emulaban la cátedra, el

palacio, el círculo y la humilde vivienda del jornalero; cantaba el

poeta, en inspiradas estrofas, el triunfo de la igualdad; el estadista

ponía en tortura su inteligencia, buscando una fórmula de todo punto

niveladora; meditaban los sabios; la osada presunción daba a los

vientos de la publicidad las más peregrinas soluciones; conmovíase

el país desde sus cimientos; la nación en masa deliberaba; pero la

resolución del problema, el procedimiento verdaderamente igualador

seguía en pie.

Los altos poderes, en los cuales reside la facultad de hacer las leyes,

acordaron que el Estado se incautase de todo, obra hacedera en quien

disponía de la fuerza; pero el Estado, a su vez, debía repartir la

masa común entre los españoles, en proporciones completamente iguales;

empresa ante la cual mostrábanse perplejas las Cortes, indeciso el

Gobierno, impaciente la plebe y suspensos los ánimos de todos.

Cuentos ilustrados · 第 4 / 10 段