repartida en anchas plazas y espaciosas calles tiradas a cordel, se
fue edificando la ciudad moderna. Allí, en las márgenes del Tajo, se
admiran en el día las casas solariegas, propiedad de las más ilustres
familias del país; numerosas y artísticas iglesias del estilo del
Renacimiento; el Palacio Real, situado en la orilla izquierda del
río, que deja atrás al Louvre y a las Tullerías por su extensión y
magnificencia; grandes museos, donde descuellan las obras del genio
ibérico y se estudian los progresos de sus civilizadoras conquistas;
la Universidad y considerables establecimientos de enseñanza, que
ofrecen a la juventud, sin estipendio alguno, el pan del alma, y al
verdadero mérito y al probado saber, justa y liberal recompensa;
vastos cuarteles, albergue de los que en extranjero suelo esgrimen las
armas, jamás manchadas de española sangre; suntuosos Tribunales de
justicia, amparo solícito y diligente de la razón atropellada; la casa
del Ayuntamiento, centro de noble desinterés y cívica perseverancia;
cómodos y elegantes coliseos, palenques solo del arte nacional; los
Ministerios, término glorioso de la reconocida competencia y de la
acrisolada rectitud; la grandiosa Bolsa, mercado universal de valores
y santuario de la probidad y de la buena fe; el Banco, activo servidor
del crédito ajeno y fiel guardián del propio; parques y paseos, con
profusión de estatuas erigidas a los preclaros hijos de Iberia, y en
magnífica abundancia, elegantes fuentes y murmuradoras cascadas; una
campiña poblada de árboles seculares y de pintorescas quintas, donde
el ánimo fatigado halla el dulce reposo del hogar en el seno de la
Naturaleza; numerosas fábricas, cuyas humeantes chimeneas glorifican la
conquista del hombre sobre la materia, y por fin, la soberbia ciudad
de tres millones de almas, digna capital del mayor y más poderoso de
los imperios, que eclipsa con su grandeza a París y a Londres.
A tal prosperidad contribuyó en extremo la canalización del Tajo desde
Aranjuez hasta su desembocadura, en cuya obra colosal, sobre todo para
la época en que se llevó a cabo, invirtiose una parte de los beneficios
de las minas de las colonias, que correspondían al Estado. A fines del
siglo XVI terminaron los trabajos, y desde entonces pueden
remontar el río hasta Toledo buques de 200 toneladas.
La invención de los ferrocarriles, que comenzaron a construirse en
la Península en el segundo tercio de este siglo, fue también poderoso
auxiliar al engrandecimiento de Toledo, y especialmente de su industria
y comercio. El plan de las vías férreas respondió a las necesidades
generales del país: los trazados acomodáronse a ellas y a la economía,
sin tenerse para nada en cuenta las influencias personales o de
localidad, y obtúvose de esta suerte una gran baratura en las tarifas
de transportes. Así es que los carbones de Puerto Llano y Bélmez se
colocan en Toledo a tan bajo precio, que compiten con los ingleses
traídos por la vía fluvial.
Gracias a esta facilidad de comunicaciones, renacieron y se
desarrollaron en el centro de la Península las industrias que de
antiguo existían, las cuales librándose de inminente ruina, evitaron el
empobrecimiento de unas provincias que, poseyendo, en lo general, un
suelo ingrato, necesitan el concurso de la fábrica para no arrastrar
vida trabajosa y miserable.
La elección de capital, aunque parece un simple incidente histórico,
ejerció grande influencia en los destinos de nuestra patria, pues
estableciéndose aquella en un centro donde pudieron desarrollarse en
grande escala el comercio, la industria y la agricultura, infundió a
la gobernación del Estado sentido utilitario y práctico, dio al resto
del país constante ejemplo de amor al trabajo, abrió ancho campo a la
iniciativa individual, y alejó a la ambición, que veía ante sí más
dilatados horizontes, de las estériles luchas de la política y de las
esperanzas burocráticas.
En el segundo capítulo daremos a conocer cómo salió el reino de
las grandes crisis que surgieron en el mundo, y particularmente de
la producida por la emancipación de los Estados sud-americanos, y
veremos el prodigioso incremento que tomó la riqueza pública en toda
la Península al amparo de la paz interior y de la sabia política de
la dinastía nacional, fiel intérprete de los altos intereses, de las
tradicionales necesidades y de las verdaderas aspiraciones de la
sociedad ibérica.
CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO
CUENTO DE LA EDAD MODERNA
II
El sentimiento religioso, que tendía a la unidad, los odios populares
contra los enemigos de la fe, y acaso la influencia de errores y
preocupaciones económicas, produjeron durante el reinado de Isabel
y Fernando la proscripción de España de la raza hebrea. Expulsados
fueron también, en gran parte, los moriscos de Granada, a pesar de
las capitulaciones de la Vega, violadas primero por aquellos con sus
turbulencias y rebeldías.
No podían ocultarse al claro talento y al buen juicio de don Miguel,
aunque heredó de su madre la aversión a los judíos,[5] los grandes
perjuicios que ocasionaba al comercio y a la riqueza pública el
destierro de aquellos industriosos habitantes, y así no es de extrañar
que, obrando como hábil político, abandonara en este asunto el sistema
de la intransigencia y del rigor, ejemplo seguido más tarde por
Francia, Inglaterra e Italia, que, después de arrojar de su territorio
a los hijos de Israel, volvieron a admitirlos y a tolerarlos.
[5] La princesa Doña Isabel, hija de los Reyes Católicos, antes
de dar su mano al rey don Manuel de Portugal, impuso a este la
condición de que desterraría del reino a los judíos.
Harto más peligrosa era la permanencia en la Península de los
moriscos, porque aquella gente ruda, ignorante y levantisca amenazaba
constantemente el general sosiego; pero el Gran Monarca, sin discordias
intestinas que aplacar, ni guerras europeas que entretener, ni
disputados derechos señoriales que amparar; seguro del poderío que le
daba la concentración de su política eminentemente nacional, no turbada
ni menoscabada por influencias exóticas; armado de sobrados medios
materiales para reducir a la impotencia todo acto de fuerza, inauguró
un procedimiento que con el transcurso de los años había de unir y
confundir aquella raza con la ibérica. A la crueldad opresora opuso la
generosa tolerancia, a la arbitraria persecución, solícita justicia; al
forzoso bautismo, cristiana persuasión; a los planes de exterminio, las
puras máximas del Evangelio; a la espada, la cruz.
Preciso fue crear misioneros especiales, instruirlos en la lengua
de los moriscos, ilustrar a estos, cuyo apego a las groseras
supersticiones nacía de su rústica condición; vencer preocupaciones
populares, extirpar abusos y facilitar los matrimonios mixtos.
Gracias al celo perseverante de la Corona, secundado por muchos
prelados que, enemigos de la expulsión, pedían el empleo de medios
suaves para convertir y catequizar a los descendientes de los moros, se
evitó la ruina de la agricultura y el empobrecimiento y despoblación de
la Península. ¡Notable triunfo del sentido práctico sobre un fanatismo
acaso disculpable después de la lucha religiosa de ocho siglos!
Consecuencia de esta lucha fue el establecimiento del Santo Oficio
en tiempo de los Reyes Católicos; mas don Miguel, aunque no pudo
sustraerse por completo al espíritu de su época, procuró impedir los
rigores de aquella institución, accediendo a las súplicas de las
Cortes, que pedían al Monarca «que mandara proveer de manera que en
el oficio de la Santa Inquisición se hiciese justicia, guardando los
sacros cánones y el derecho común, y que los obispos fuesen los jueces,
conforme a justicia».
También atajó con prudentes medidas el incremento de la amortización
eclesiástica, dando satisfacción a los procuradores de las ciudades,
que se expresaban en estos términos: «Que ninguno pueda mandar bienes
raíces a ninguna iglesia, monasterio, hospital ni cofradía, ni ellos
los puedan heredar ni comprar, porque, si se permitiese, en breve
tiempo sería todo suyo.»
La aparición de la Reforma en Alemania y las pavorosas guerras
religiosas que trajo consigo la plaga de las herejías, no dejaron de
inspirar profunda inquietud al soberano que regía los destinos de
Iberia; mas pronto la experiencia le demostró que, sin necesidad de
encender las hogueras inquisitoriales, no echaría raíces en nuestro
suelo el principio del libre examen, doctrina que no ha encontrado
jamás verdadera resonancia en los pueblos meridionales.
Los príncipes católicos solicitaron la alianza peninsular para
combatir a los rebeldes sectarios, y aunque encontraron siempre
decidido apoyo moral, no obtuvieron jamás auxilios materiales de la
dinastía miguelina, fiel a su política de abstención en las contiendas
europeas. ¿Acaso no ofrecía más provechoso campo a su actividad, y más
conforme con las tradiciones nacionales, la guerra incesante contra
el mahometismo? ¿No debía absorber toda su fuerza y virilidad la
conversión y conquista de los vastos territorios del extremo Oriente,
cuya vía marítima hallaron los portugueses, y del Mundo Occidental,
descubierto por los españoles en medio de las soledades del Océano?
La rivalidad entre Iberia e Inglaterra, siendo ambas potencias
colonizadoras, no pudo menos de dar por fruto repetidas y encarnizadas
luchas en el mar y en las colonias; pero, como la primera aventajaba
en fuerzas navales a las demás naciones, merced a la superioridad de
recursos vio siempre coronadas por el éxito sus campañas, haciendo
vanos los esfuerzos de la soberbia Albión, que codiciaba el rico
Imperio indostánico. El resultado fue que esta, reconociendo al fin su
impotencia, limitárase a la colonización de la América del Norte.
Celosa también Francia de nuestro engrandecimiento, invocando sus
ilusorios derechos sobre el Rosellón y sobre Navarra, intentó,
en distintas ocasiones, invadir aquellos territorios, sin que
jamás consiguiese salvar la frontera; la cual se encontraba tan
bien defendida por un sistema de fortificaciones constantemente
perfeccionado según los adelantos del arte militar, que hacía
invulnerable la sagrada tierra de la patria.
Estos ataques infructuosos, unidos a los reveses que, tomando la
ofensiva, hicieron sufrir nuestras armas a las de la nación vecina en
las vertientes septentrionales del Pirineo, acabaron por convencer al
Gobierno de París de cuánto le importaba la amistad de un Estado tan
poderoso, el cual, por otra parte, ni se inmiscuía en asuntos ajenos,
ni atizaba la tea de la discordia en Europa, ni reivindicaba para sí
derechos en la Península itálica, donde Alemania, Francia y Venecia
desangrábanse en perpetuas luchas.
Mientras las demás naciones, confundiendo lastimosamente los derechos
señoriales de los soberanos con la conveniencia de los pueblos,
disputábanse la posesión de territorios, muchas veces sin valor
intrínseco ni estratégico; mientras declinaba rápidamente a su ocaso la
República comercial de Venecia, porque los descubrimientos marítimos
habían producido una revolución en el tráfico, el Imperio ibérico
proseguía con ardor la guerra contra la Media Luna, la colonización de
sus vastas y dilatadas provincias ultramarinas, y, a la sombra de una
paz interior jamás turbada, el fomento de sus intereses materiales.
Si la emigración a las Indias arrebataba brazos a las artes, el
Gobierno, siguiendo la senda trazada por los Reyes Católicos,
estimulaba la naturalización de los extranjeros, y si la experiencia
ponía de manifiesto errores económicos y abusos administrativos, con
solícito celo acudía al pronto remedio el poder Real, ajeno a la
cortesana molicie, sordo a las influencias personales, refractario al
yugo de los validos, y atento solo a las necesidades de los pueblos,
fielmente reflejadas en las representaciones de las Cortes.
Esta institución debía necesariamente adquirir notable desarrollo y
perfeccionamiento después de varios siglos de práctica no interrumpida
ni falseada, y por lo tanto, no es de extrañar que los principios de
la Revolución francesa, que perturbaron a Europa y a América, apenas
encontrasen eco en Iberia, pues aquí se habían implantado, por medio de
una serie de evoluciones lentas y progresivas, derechos y libertades
que en otras partes solo pudieron ser conquistados por la violencia.
Mas, si en la esfera de las ideas no ejerció aquel acontecimiento
considerable influencia en la Península, túvola, y grande, en la
política exterior de la corte de Toledo. En vano intentó esta
perseverar en su constante propósito de vivir alejada de las contiendas
europeas. Cuando vio amenazadas sus colonias por una propaganda
cosmopolita que no había afectado a la Metrópoli, cuando persuadiose
de las arterías de la vecina nación y de los manejos de los Estados de
la América del Norte, que acababan de emanciparse de Inglaterra, para
producir un levantamiento en el Sur contra la madre patria, entonces y
solo entonces, echó su espada en la balanza de los destinos de Europa,
y su entrada en la Santa Alianza bastó para aniquilar y destruir aquel
genio de la guerra, que asombraba al mundo con sus proezas.
Gracias a esta intervención material, la Monarquía ibérica ensanchó
sus fronteras hasta el Garona; pero, en cambio, tuvo que resignarse a
perder sus extensas provincias del continente americano, donde el fuego
de la insurrección se había propagado de una manera formidable durante
la guerra con Francia.
La campaña fue encarnizada, aunque corta, pues pronto el Gobierno se
convenció de la inutilidad de prolongar una lucha que comprometía sus
futuros intereses en la América latina. Entonces, en vez de avivar los
odios y rencores con insensatas intransigencias entre las colonias
emancipadas y la antigua Metrópoli, propúsose con hábil política
suavizar asperezas, vencer obstáculos o infundir a las nacientes
repúblicas sentimientos de paz y de concordia.
Animado de este espíritu de conciliación, apresurose a reconocer la
independencia de aquellas, alentándolas en los primeros pasos de la
vida política, uniéndolas a la Península con tratados de comercio y
de alianza ofensiva y defensiva, juntándolas en una confederación
sud-americana, y solo reservando para sí algunas islas en el Golfo
Mexicano, a fin de que sirviesen de perpetuo vínculo de una misma raza
entre el Nuevo y Viejo Mundo.
Esta política, basada en el principio del amparo común y de la defensa
recíproca, dio por resultado impedir que los Estados Unidos del Norte,
cuando llegaron a verse fuertes y poderosos, lograran dilatar sus
límites, como codiciaban, a costa de los ricos territorios de la Alta
California y de Tejas; y así la rapacidad de la raza anglo-sajona
estrellose ante la unión inquebrantable de la ibérica de ambos
hemisferios.
Al amparo maternal de Iberia, las nuevas repúblicas americanas
crecieron y se desarrollaron sin discordias intestinas y sin las
convulsiones inherentes a los Estados donde no se han arraigado las
costumbres políticas; y en el espacio de breves lustros, merced a
la riqueza de su suelo, a la inmigración estimulada por la paz, al
perfeccionamiento del sistema económico y a los progresos de la
civilización, llegaron al más alto grado de prosperidad y de grandeza
en el orden moral y material. Así vemos hoy día cruzada la América del
Sur por una vasta red de ferrocarriles; explotados los inagotables
tesoros de las ricas, vastas y diferentes regiones que se extienden
desde el río Sacramento y las Antillas hasta el Cabo de Hornos;
surcados los mares por numerosas escuadras mercantiles que enarbolan
la estrellada bandera de la gran Confederación meridional; respetada
esta por todas las naciones, y viviendo a cubierto de las impertinentes
reclamaciones y enojosas oficiosidades de Inglaterra, de Francia o de
los Estados Unidos: establecidas industrias para el consumo interior,
que han anulado la exportación de las manufacturas extranjeras; abierta
la cordillera de los Andes, siguiendo el desfiladero de Bariloche, por
medio de la vía férrea que une las florecientes repúblicas del Plata
con su hermana la culta y civilizada Chile; y, finalmente, roto a la
navegación interoceánica el istmo de Panamá, merced a la iniciativa
ibero-americana, sin necesidad de ajeno concurso ni de protección
extraña.
¿Deben maravillarnos tales prodigios, si la madre patria, acostumbrada
al gobierno de sí misma, legó a la América latina el sentido práctico,
la iniciativa individual, la libertad del trabajo, la emancipación
del comercio y las costumbres políticas, producto de una serie no
interrumpida de sabias y prudentes reformas, que habían convertido a la
sociedad ibérica en la más perfecta de Europa, por sus adelantos desde
el punto de vista moral y de sus progresos materiales?
Mas, apartando los ojos de las naciones de allende el Atlántico, que
son ser de nuestro ser y sangre de nuestra sangre, y rindiéndoles
de pasada el tributo de nuestra eterna simpatía, volvámoslos a este
pequeño mar Mediterráneo, cuna de la civilización, que, con el
transcurso del tiempo y por la fuerza incontrastable de las cosas,
nuestra patria, fiel a su tradicional política, estaba llamada a
redimir de la barbarie del islamismo.
Mientras adelantaba la conquista y colonización de la costa
septentrional africana, la necesidad de la defensa exigió la ocupación
de varias islas de Levante, que fueron a manera de fuertes destacados
sobre el Imperio Otomano. Como base de operaciones sirvió en gran parte
Sicilia, que ya pertenecía a la corona aragonesa antes de la unión de
los reinos peninsulares. Las islas Jónicas, de Creta, de Rodas y otras
del Archipiélago, y, por fin, la de Chipre, constituyeron el premio de
las victorias navales de Iberia, cuyas escuadras acabaron por destruir
el poder marítimo de la Sublime Puerta.
Y cuando Turquía, carcomido tronco de árbol plantado en tierra estéril,
dio manifiestos indicios de su total ruina; cuando se alzaron los
oprimidos vasallos cristianos al grito de independencia, a nuestro
auxilio debieron la libertad Grecia, Servia, Bulgaria y aquel noble
pueblo rumano, que blasona con legítimo orgullo de su antigua alcurnia
española.
Si estas conquistas al Este del Mediterráneo eran de escaso valor
mercantil, como puntos de escala, mientras el enemigo impedía el
libre tráfico con el extremo Oriente por el mar Rojo, adquirieron una
importancia de primer orden desde que se abrió esta vía al comercio, y
sobre todo cuando el canal de Suez puso a la Península a veinte días de
navegación directa de sus posesiones indostánicas.
La constante protección dispensada por los gobiernos ibéricos a las
empresas de general utilidad y conveniencia, produjo la canalización
del Tajo, de que hablamos en el capítulo precedente; la del
Guadalquivir hasta Córdoba, la del Ebro hasta Zaragoza, y la de muchos
otros ríos, ya para la navegación, ya para el riego.
Conforme venían reclamando las Cortes desde el siglo XVI,
pidiendo «que se plantasen montes por todo el reino y se guardaran las
ordenanzas de los que había», se fomentó en grande escala el arbolado;
previsora medida que redundó en provecho de la agricultura, cada vez
más próspera y floreciente, incluso en las extensas llanuras de la
Mancha y de Castilla la Vieja, donde con el transcurso de los años,
gracias a la influencia de aquel, mejoraron las condiciones productivas
del suelo. Innumerables carreteras y caminos en perfecto estado de
conservación facilitaron el tráfico por todas partes, y cuando se
inventaron los ferrocarriles, Iberia fue una de las primeras naciones
en adoptarlos, construyendo en el espacio de cinco lustros muchos miles
de kilómetros, sin necesidad de ajeno auxilio; tal era la masa de
capitales que encerraba en su seno, y tal el espíritu emprendedor de
sus hijos.
Abierto el canal de Suez, las transacciones de la Península con nuestro
imperio del Indostán y el extremo Oriente convirtieron a Barcelona
en el primer puerto del mundo, por el gran número de buques que lo
visitaban, y en el centro industrial más importante, llegando su
engrandecimiento al punto de componerse hoy la población de aquella
célebre ciudad de dos millones y medio de habitantes. A la vez
prosperaron Tarragona, Valencia, Alicante, Cartagena y los demás
puertos del litoral mediterráneo, enriquecidos principalmente con el
comercio de Levante, mientras que Cádiz, Sevilla, Lisboa, Oporto,
Vigo y toda la costa cantábrica entretenían activísimo tráfico con
los Estados de la América latina y con nuestras colonias del África
occidental.
En las altas esferas del poder domina un sentido político superior
a todo encarecimiento, y no se presenta o propone reforma útil y de
prácticos resultados, que no se lleve a cabo sin especiosos pretextos,
ni negligente abandono, ni parlamentarios entorpecimientos, ni livianos
y ridículos temores.
La incompatibilidad de todo cargo público con el de diputado a Cortes
ha venido rigiendo desde el siglo XVI, conforme con los
deseos expresados por las mismas, a las cuales atendió siempre la
Corona con solícito celo.[6] También procuró esta que las elecciones
se verificasen con la mayor libertad, sin influir ni directa ni
indirectamente en el nombramiento de representantes.
[6] Las peticiones de las Cortes a que alude el autor son
hechos históricos, aunque no los resultados de aquellas. Los
procuradores de las Cortes de Castilla se expresaban así en 1573:
«Otrosí, porque de venir por procuradores de Cortes algunos
criados de V. M. y ministros de justicia y otras personas que
llevan sus gajes, se sigue que les parezca que tienen poca
libertad para proponer y votar lo que conviene al bien del Reino,
y aun otro gran inconveniente, que es que siempre son tenidos
entre los demás procuradores por sospechosos, y causan entre
ellos desconformidad, a V. M. suplicamos mande que los susodichos
no puedan ser ni sean elegidos para el dicho oficio.»
Así es que las Cortes vivieron siempre rodeadas del prestigio que les
daba su autoridad e independencia, porque el pueblo veía en ellas
el fiel reflejo de las aspiraciones de la opinión pública y de las
necesidades o intereses del país.
Mas si tales progresos políticos y materiales se han realizado en
nuestra patria en el transcurso de cuatro siglos, ¡cuán grandes
infortunios no lloraríamos ahora si la muerte, arrebatando en flor
a don Miguel I, último vástago varón de las dinastías nacionales,
hubiese elevado al trono español a la casa de Austria, convirtiendo
a la nación, señora de tantos pueblos, en feudo de una familia ajena
a nuestras costumbres, de distinta raza, enemiga de las libertades
populares, obligada a amparar derechos patrimoniales en Europa que
ni directa ni indirectamente afectaban a la Península, encarnación
del despotismo que inmolaba la razón de Estado a un derecho personal,
blanco de los odios y rencores de príncipes poderosos, obligada a
defender los disgregados territorios de su herencia, y en fin, sin
abnegación ni alteza de miras bastantes para deponer el interés
privado en aras del vital principio de la nacionalidad ibérica y del
afianzamiento de su unidad política y geográfica!
Acaso entonces no se hubiera podido completar definitivamente la fusión
de los antiguos reinos, ni se hubiera constituido esta gran potencia
europeo-africana, que la locomotora recorre hoy desde las verdes
campiñas girondinas hasta las abrasadas regiones del Sahara, salvando
el Estrecho de Gibraltar merced a un túnel submarino de veinte
kilómetros de longitud.
¡Obra gigantesca reservada solo al genio ibérico, como perpetuo
testimonio de su elevada y civilizadora misión en el continente
africano!
LA TAZA DE LECHE
Asturias es una de las comarcas de la Península ibérica más dignas de
ser visitadas.