—No. Aquellos que allí ves son los justos, que no obran por el estímulo

de la terrenal recompensa, ni aun de la vanagloria. Hacen el bien por

el bien, y remontando su alma a estas tranquilas y serenas regiones,

fundan solo en ellas el término de sus sonrientes esperanzas.

—¡Felices vosotros, oscuros e ignorados héroes del espíritu, que

alcanzáis la mayor de las victorias reservada a los mortales: señorear

la materia y acercaros a Aquel que resume en sí la más sublime y

abstracta de las perfecciones!

—¡Volemos hacia Él, que es grande su clemencia!

—¡Atrás, satélites, planetas, soles, constelaciones, nebulosas, polvo

cósmico, infusorios del vacío! ¡A ti acudimos, Omnipotente Espíritu que

lo llenas todo y ante quien hasta parece pequeño el infinito!...

* * *

Dijeron... y rasgose el velo del supremo arcano.

LA CAJA DE CERILLAS

Rico, viejo, achacoso, sin hijos que le heredasen, y solo con

parientes, lejanos y codiciosos, era Samuel Rodríguez el más infeliz

de los avaros. Ni el afán de acapararlo todo, ni el placer de contar y

recontar el fruto de sus granjerías, ni la necia vanidad de que podía

poseer lo que otros inútilmente ambicionaban, hacíanle llevaderas las

angustias, zozobras y fatigas que producía en su ánimo, naturalmente

pusilánime, el temor de perder el bien alcanzado con tantas privaciones.

* * *

No ha mucho tiempo que Samuel recorría a pie una comarca, donde acababa

de sentar los reales para esquilmarla y empobrecerla con sus negocios

usurarios, cuando le sorprendió la noche junto a un río, a la sazón

infranqueable sin el auxilio de barca, porque repentina avenida había

destruido el puente o inutilizado el vado. Lleno de mortal congoja,

temiendo a cada paso la sorpresa de imaginarios bandoleros, pues

llevaba en el seno un fajo de billetes de Banco, seguía la margen

del río, hasta que la suerte le deparó una barca medio varada en la

arena. Su primer intento fue ponerla a flote; mas faltándole fuerzas,

y coligiendo por varios y manifiestos indicios que aquel debía de

ser lugar frecuentado de pescadores, comenzó a dar voces en demanda

de socorro. Acudió solícito a prestarlo uno de aquellos, dueño de la

barca, a quien Samuel, con lágrimas en los ojos, suplicó que, por

caridad y amor de Dios, le pasase a la orilla opuesta. Era el barquero

muy pobre, y de suyo compasivo para con los menesterosos, y tomando por

tal a Rodríguez, a juzgar por lo roto, raído y mugriento del traje,

accedió, sin estipendio alguno, a lo que pedía, y comenzó a poner en

obra su buena intención.

* * *

Venía muy crecido el río, y a fuerza de remos llegó la barca a la mitad

de aquel; pero de pronto, cogiéndola a través, la volcó, dando en el

agua con el avaro y el barquero. No sin gran trabajo lograron ambos

asirse a la barca, la cual quedó con la quilla al sol, y poniéndose

sobre ella a horcajadas se vieron a merced de la corriente, cada vez

más rápida e impetuosa.

—¡Estamos perdidos —exclamó el barquero—; la presa del molino dista

poco de aquí, y si Dios no hace un milagro, nos estrellaremos contra

las rocas!

Enmudeció de espanto Rodríguez, y pensando en el fajo de billetes que

llevaba cosido al forro del chaleco, dijo para sí:

—¿Qué va a ser de vosotros, amigos del alma, con tantos sudores, ansias

y angustias alcanzados? ¡Si perezco en este horroroso trance, tal vez

halle mi cuerpo algún malvado y descubriendo el fruto de mis desvelos,

se enriquezca a costa mía, y gaste, triunfe y despilfarre! ¡Ah! ¡Si

a lo menos me enterrasen con mi tesoro!... ¿Pero qué digo? En este

caso, el Banco resultaría poseedor de lo que es mío, exclusivamente

mío... No, jamás, jamás. ¡Ah!, ¡si este pobre pescador me salvase, yo

compartiría con él mi hacienda!...

—¡Queda una esperanza de salvación! —repuso el barquero.

—¡Una esperanza! —contestó Samuel, dando un grito de júbilo.

—Sí, que la corriente, en lugar de despeñarnos por el salto de la

presa, nos conduzca al canal del molino.

—Pero, ¡desdichados de nosotros!, siendo así, la barca se hará pedazos

entre las ruedas...

—No, porque el molino es de turbina, y el agua penetra en ella a través

de enrejados.

Respiró Samuel, y continuó razonando así:

—¿He dicho la mitad de mi hacienda? ¡Qué disparate! Basta la mitad

de los billetes de Banco que traigo aquí... Pero suman una fortuna...

cinco mil pesetas nada menos... Le daré la mitad de la mitad, o sea la

cuarta parte: mil doscientas cincuenta pesetas...

—¡Vamos bien! —añadió el pescador.

—Pero no quedarán para mí más que tres mil setecientas cincuenta

pesetas —observó el avaro—; con el pico, con las doscientas cincuenta

pesetas, será feliz ese pobre hombre.

—¡Pronto embocaremos el canal! —exclamó el barquero.

—¡Qué necio soy! —prosiguió Samuel—. ¿Regalar yo doscientas cincuenta

pesetas? ¿Y todo por qué? Porque ese prójimo ha expuesto su vida por

prestarme un servicio.... Como si todos los días no arrostrara mayores

peligros... Si le doy cincuenta pesetas, queda más que recompensado.

—¡Nos hemos salvado! —gritó el pescador.

—¡Cincuenta pesetas! ¡Diez duros! ¡Doscientos reales! ¡Sería el colmo

de la generosidad! —pensó el avaro—. ¿Y todo por qué? Por el barcaje.

El precio corriente son cinco céntimos: si doy diez, pago el doble de

lo que debo; pero ¿vamos a cuentas? La obligación del barquero era

dejarme sano y salvo en la orilla opuesta. Por su torpeza he caído al

agua. Mis vestidos se han deteriorado y he perdido tiempo. No, no,

nada le debo... Ni siquiera agradecimiento... Más bien él me debe una

indemnización. Yo soy acreedor, él deudor.

* * *

La barca choca con la compuerta del canal, a medio cerrar, y caen los

náufragos otra vez al agua. El barquero, buen nadador, conoce el río en

aquel paraje, y puede fácilmente ponerse en salvo; mas Samuel, a quien

los años debilitaran las fuerzas, se va al fondo, agitando los brazos

con la desesperación del que lucha entre la vida y la muerte. Ya la

cree inevitable, pero tropieza con un peñasco, y poniéndose sobre él de

puntillas, queda con el agua al cuello.

—¡Socorro! —grita con lastimeras voces—. ¡Socorro! ¡Socorro!...

¡Ampárame, Virgen Santa del Monte, que yo daré cuanto tengo, cuanto

poseo, a la persona que me salve, y alumbraré con cien luces tu

venerada imagen!

Y sus gritos desgarradores se pierden y confunden en medio del

incesante y estrepitoso golpear del agua, que rebosa del dique, y cae,

y rueda, y se despeña formando bullidoras cascadas.

De pronto, Rodríguez divisa una sombra confusa que, flotando sobre la

superficie del río, se acerca lentamente. Quiere abalanzarse a ella, es

su salvación sin duda, y perdiendo pie, cae arrollado al fondo.

El barquero conduce al molino el cuerpo exánime del avaro, y lo coloca

junto al hogar, donde chisporrotea el nudoso tronco de una encina.

A los rojizos y vacilantes resplandores que despide la hoguera, el

pescador, fijos los ojos en los cerrados párpados del usurero, las

manos cogidas en las suyas, el oído atento y el ánimo confuso y

suspenso, aguarda con viva solicitud que aquel dé señales de vida

mientras que el molinero y su familia rodean a ambos. De pronto abre

Samuel los ojos, mira al que cree su salvador, aparta la diestra, y

llevándosela al seno, tienta el escondido tesoro, lo aprieta convulso

contra su pecho, se convence de que está allí, intacto y oculto, y

lanza un suspiro.

Quiere hablar y no puede, e iluminándose poco a poco su memoria como

si despertase de profundo sueño, recuerda sus últimos ofrecimientos, y

comienza a razonar así:

—¿He de dar cuanto tengo, cuanto poseo? ¡No, no, en mi vida! Lo he

jurado... ¿pero sabía acaso lo que juraba en aquel trance mortal? Debo,

sin embargo, gratitud a ese hombre. Ciertamente y le recompensaré

con esplendidez. Le regalaré un billete, sí, un billete... ¿pero de

cuánto?... ¿De mil pesetas?... ¡Locura sería!... ¡Jamás ha visto ese

infeliz tanto dinero! ¡No sabría en qué emplearlo! ¿De quinientas?...

¡Tal vez sería su perdición! ¿De doscientas cincuenta?... Para que

lo gaste en la taberna... ¿De cien? Todavía me parece mucho... ¿De

cincuenta? No deja de ser una gruesa suma, diez monedas de cinco

pesetas: cinco mil céntimos de peseta... ¿De veinticinco entonces?...

No habrá más remedio. Dije un billete: cumpliré mi promesa... ¿Por qué

no emite el Banco billetes de una peseta?...

—De buena te has librado, buen hombre —dice el pescador al advertir que

Samuel recobra el conocimiento.

—Gracias —contesta el usurero.

—Hice cuanto pude para salvarte —prosigue aquel—; pero no me permitían

verte ni oírte la oscuridad y el ruido del agua, y a no ser por el

perro que te sacó de ella, no podrías contarlo.

—¡Un perro!

—Sí, un perro de Terranova que anda perdido por esta ribera.

Y Rodríguez respira, se considera libre de toda deuda para con los

hombres, y pensando en el perro, exclama:

—¡Generoso animal, corresponderé con largueza a tu noble acción! Yo

te recojo, amparo y protejo. Durante el día gozarás a tus anchas del

bien inapreciable de la libertad, para que tengas ocasión de buscar el

natural sustento, y por las noches guardarás mi huerta.

* * *

Poco tiempo después, de vuelta a su casa, repuesto del pasado

accidente, satisfecho de haber salido de él con el bolsillo intacto,

pasaba el avaro las noches en vela acometido de terrible pensamiento:

había hecho voto de poner cien luces a la Virgen del Monte, cuya

milagrosa efigie se venera en una ermita; pero el cerero no quería

vender menos de a real las velas más pequeñas.

—¡Cien reales en cera! —exclamaba Rodríguez—. ¡Qué despilfarro!...

¡pero no hay más remedio! ¿Por qué no ofrecí cien salves o cien

padrenuestros, aunque hubiesen sido cien rosarios?...

Al levantarse cada mañana, después de prolongado insomnio, se proponía

comprar las velas; pero pudiendo más su sórdida avaricia que la piadosa

obligación, en cuanto divisaba la casa del cerero, retrocedía espantado

a la suya.

Y pasaban días y días y no descansaba un punto, poniendo en tortura su

entendimiento a fin de encontrar una razón que le permitiese eludir

su ofrenda; pero ninguna de las argucias que le sugería el deseo era

bastante poderosa para convencerle, a pesar de la buena voluntad y

egoísta complacencia con que buscaba el propio engaño.

Al cabo creyó descubrir el medio de aquietar su conciencia a poca

costa, y tuvo un arranque de generosidad.

Compró una caja de cerillas y las dedicó a la Virgen.

Diariamente, aprovechando la ausencia de los fieles, encendía una ante

la sagrada imagen.

Consumida la centésima cerilla, guardó la caja. ¿Había de perder el

cartón?

Y aun se acusaba a sí propio de derrochador.

¡Desperdició los cabos de las cerillas! Con ellos, apurándolos menos,

y unas ruedecitas de cartón, hubiera podido hacer cien mariposas de

lamparilla.

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO

CUENTO DE LA EDAD MODERNA

I

El príncipe don Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, bajó

al sepulcro el 4 de octubre de 1497, y su hermana mayor, Doña Isabel,

reina de Portugal, sucediole en el derecho de heredar el trono de

Castilla, según las leyes de este reino; lo cual no impidió que Felipe

_el Hermoso_, casado con Doña Juana, hija segunda de aquellos monarcas,

reclamara para sí y para su esposa el título de Príncipes de Asturias.

Los soberanos españoles apresuráronse a protestar contra tan

injustificada pretensión, y resueltos a destruirla por completo,

llamaron a sus hijos, los de Portugal, y en 29 de abril de 1498

hicieron reconocer y jurar por las Cortes, reunidas en Toledo, a Doña

Isabel, esposa del rey don Manuel, por sucesora legítima de la corona

de Castilla; mientras don Fernando convocaba, para el 2 de junio del

mismo año, las Cortes aragonesas, a fin de que estas, por la parte

referente a aquel reino, tomaran el mismo acuerdo.

Graves dificultades opusieron las de Zaragoza a los deseos de la

familia Real, que de propósito había ido a dicha ciudad, pues la mayor

parte de los representantes, invocando las leyes de Aragón, a pesar de

ejemplos contrarios, profesaban el principio de que las hembras eran

excluidas en la sucesión del trono. Después de prolija controversia,

decidiose diferir la resolución hasta que ocurriese el alumbramiento de

la hija mayor de los Reyes, que se hallaba encinta; con objeto, en el

caso de nacer un niño, de proclamar a este por heredero de la corona,

en virtud de la disposición testamentaria de don Juan II, según la cual

a falta de hijos varones se reconocía el derecho de sucesión a los

descendientes varones de las hijas del monarca.

Conciliados sobre este punto los opuestos pareceres, no suscitó

oposición alguna el reconocimiento del príncipe don Miguel, a quien dio

a luz, a costa de su vida, la virtuosa princesa Doña Isabel el 23 de

agosto de 1498, en la misma ciudad de Zaragoza. Los cuatro brazos del

reino de Aragón, reunidos el 22 de septiembre, confirmaron su acuerdo

con la jura solemne del tierno nieto de los Reyes Católicos o hijo

primogénito de los de Portugal.

En los primeros días del siguiente año, las Cortes de Castilla,

congregadas en Ocaña, y en 17 de marzo las de Portugal en Lisboa,

declararon a don Miguel legítimo heredero de los respectivos reinos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Don Miguel I[4] fue proclamado rey de Castilla en 1504, por muerte de

Doña Isabel _la Católica_; de Aragón en 1516, al expirar don Fernando,

y de Portugal, en 1521, en cuya época ocurrió el fallecimiento de don

Manuel _el Grande_.

[4] El príncipe don Miguel, a quien hace reinar el autor de esta

pseudohistoria, murió en Granada el día 20 de julio de 1500, a la

temprana edad de dos años, por desgracia de España, que cifraba

en aquel niño las más halagüeñas esperanzas.

Frisaba con los veinticuatro años el ilustre nieto de los Reyes

Católicos, cuando juntó las coronas de Castilla, Aragón, Portugal y

Navarra, en la Península, y fuera de ella, las de Nápoles y Sicilia;

con las colonias de las Indias Orientales y Occidentales, que a la

sazón acrecentaban con pasmosa rapidez los navegantes españoles y

portugueses.

Era don Miguel un monarca de ánimo esforzado, de actividad incansable

y de reflexivo y cultivado entendimiento. De su abuelo don Fernando

heredó aquella sagacidad y diplomacia que hicieron de él uno de los

más hábiles políticos de su tiempo; de su abuela, la Reina Católica,

los generosos impulsos y la tenaz perseverancia que dieron un mundo a

España y completaron la obra de la Reconquista; de su madre la piadosa

Doña Isabel, los más puros sentimientos religiosos, aunque ajenos de

superstición y fanatismo, y por fin, de su padre el rey don Manuel,

aquel incesante deseo y noble ardimiento con que protegía y estimulaba

las atrevidas empresas encaminadas a coronar la obra iniciada en

Occidente por el genio portentoso de Cristóbal Colón, y en Oriente por

la constancia indomable de Vasco de Gama.

Mas sobre tan relevantes cualidades descollaban en el joven soberano

otras superiores a ellas, en una época en que las tendencias de un

orden sentimental ahogaban la voz de la razón y de la conveniencia,

y eran el sentido práctico, el claro y recto juicio y el espíritu

eminentemente utilitario que presidían a todos los actos de su política.

Abatida la grandeza turbulenta en el anterior reinado; reducidos a

la impotencia aquellos soberbios magnates que ultrajaban la majestad

del solio; respetado en todas partes el poder Real; reformadas las

órdenes religiosas, merced al cristiano celo de Isabel, secundado por

la austera energía de Cisneros, que durante la menor edad del Rey

intervino en la gobernación de Castilla; organizada la Santa Hermandad,

milicia creada para la defensa del orden social, que convirtiose en

vigoroso campeón del trono contra las demasías de la nobleza, el gran

rey don Miguel comprendió que el reposo, la prosperidad y la ventura

de su dilatada monarquía estribaban en el respeto de las venerandas

instituciones populares y en el paulatino desenvolvimiento de estas,

unidas en estrecho o indisoluble vínculo con la Corona.

Era al propio tiempo forzoso dar cierta unidad a aquellos Estados

peninsulares, que discrepaban entre sí por sus leyes, usos,

costumbres, y hasta por su lengua, y al efecto, con prudentes medidas,

sin lastimar las preocupaciones locales, fue preparando el camino del

sistema que alcanza tan alto grado de perfección en nuestros días,

gracias al unánime concurso del cuerpo electoral, al desinterés de los

representantes del país, y a la sinceridad y rectitud de los gobiernos:

lógica consecuencia de los progresos de las costumbres políticas,

después de tantos siglos, sin solución de continuidad, de un régimen

encarnado en el espíritu de la nación ibérica.

En medio del caos en que estaban sumidas entonces las ciencias

económicas, dio don Miguel un raro ejemplo de previsión, facilitando

el libre tráfico entre todos los reinos europeos sometidos a su cetro,

haciendo extensivos a los puertos de los mismos el privilegio, de que

disfrutaban Sevilla y Lisboa, de contratar con las Indias, y por fin,

autorizando, aunque con algunas restricciones, el comercio exterior.

Si bien rindiendo tributo a las ideas proteccionistas de la época, o

acaso impulsado por un móvil de alta política, prohibió en absoluto

toda comunicación entre las colonias y los puertos extranjeros,

permitió, en cambio, la extracción del oro y de la plata de la

Metrópoli; metales que, abundando con exceso desde el descubrimiento

del Nuevo Mundo, encarecían las mercancías y la mano de obra. Los

resultados de esta sabia medida fueron tan inmediatos como eficaces:

derramándose el numerario sobrante por Europa, abrió vastísimo

mercado a las transacciones, acrecentose en extremo con los retornos

la riqueza pública, y restableciose el perdido equilibrio de la

balanza mercantil, librándose la nación de verse pobre en medio de la

superabundancia de aquellos metales preciosos estancados.

La supresión de las trabas impuestas al comercio colonial, y la

concesión a todos los puertos de la Monarquía, de las franquicias

que gozaban solo Sevilla y Lisboa, contribuyeron en gran parte al

afianzamiento de la unidad nacional; porque eran tan pingües los

beneficios que reportaba el tráfico con los países ultramarinos a

la industria y a la agricultura, que los diferentes reinos quedaron

ligados entre sí en inquebrantable lazo por el derecho recíproco,

la utilitaria conveniencia y la asociación de intereses materiales:

vínculos más estrechos y poderosos que los creados por las

combinaciones políticas, el espíritu regional o la fuerza de las armas.

Además, con esta reforma acelerose el desarrollo y la prosperidad de

las colonias, porque la emulación y la competencia, que nacieron al

amparo del libre comercio, confirmaron pronto la bondad de una ley

económica revelada palpablemente por la experiencia.

Tal fue en resumen la política interior del rey don Miguel.

En cuanto a la exterior, tuvo por constante objetivo los altos

intereses del cristianismo y de la civilización, la defensa de la

unidad nacional, el bienestar de sus súbditos y la seguridad del

tráfico. Atento sobre todo a la situación geográfica de la Península,

que constituía el núcleo de sus vastos dominios; con sobradas tierras,

en los extremos Oriente y Occidente, por colonizar: con un enemigo en

la costa opuesta del Mediterráneo a quien someter, comprendió que

Iberia debía vivir, en lo posible, alejada de toda injerencia en el

resto de Europa, prescindiendo de aquellos derechos señoriales que

no afectasen de un modo directo al porvenir de la patria. Así es que

no mostró empeño en conservar el reino de Nápoles, eterna causa de

discordias con Francia, seguro de que la posesión de aquel territorio

pudiérale distraer de empresas más provechosas. En cambio retuvo y

fortificó a Sicilia, que por su carácter insular era más fácil poner

a cubierto de los ataques enemigos, y que por su posición estratégica

constituía uno de los fuertes destacados para proseguir la guerra

contra el islamismo.

Vencer a este y conquistar aquellos países, separados de España por

un brazo de mar, fue el propósito de toda su existencia, y a esta

política, con perseverancia seguida en los siglos posteriores, débese

la formación del grande estado ibero-africano, que tiene por linderos,

al Norte, el Garona; al Sur, el Atlas, y al Este, el desierto de la

Libia.

Para el logro de tan altos fines, y sobre todo para la defensa de

las apartadas colonias, dedicose, con particular predilección, al

fomento de la armada y a la creación de ejércitos permanentes, obra

patriótica que con el mismo ardor continuaron sus sucesores, y así,

ni los venecianos y turcos primero, ni los holandeses e ingleses

después, pudieron hacer frente al poder marítimo de Iberia, la cual

consiguió de esta suerte, no solo dar feliz remate a la obra de la

conquista de África, sino también salvar de la rapacidad extranjera

las dilatadas colonias de la América del Sur, y sobre todo, el rico

imperio indostánico, donde los portugueses habían fundado las primeras

factorías.

Sobre tales cimientos asentada la política de la nación; sinceramente

unida la dinastía tradicional con las instituciones populares;

hermanado el trono con las libertades públicas, que el espíritu de

los tiempos ha venido perfeccionando sin revoluciones ni violencias;

inspirados los altos poderes en los grandes intereses del país; seguida

sin interrupción, en el espacio de cuatro siglos, la senda trazada por

don Miguel I, ¿debe sorprendernos acaso que Iberia, a pesar de sus

vicisitudes, de sus crisis y de los grandes conflictos surgidos en

Europa y América, sea todavía la primera potencia del mundo?

Aquel gran Monarca, imitando a sus ilustres abuelos los Reyes

Católicos, no tuvo residencia fija en ninguna de las ciudades de la

Península; pero en el reinado siguiente tratose de designar la capital

definitiva de la Monarquía. Era este punto motivo de rivalidades y

de discordias entre varias poblaciones de los antiguos reinos, y el

Soberano no quiso tomar resolución alguna sin el concurso de las

Cortes. Con este motivo convocó por primera vez, en un solo Cuerpo, las

de los diferentes reinos, dando además voto a las ciudades y pueblos

importantes que carecían de él. Esta novedad, recibida con universal

beneplácito, fue un gran paso hacia el perfeccionamiento del sistema

parlamentario.

Congregáronse las Cortes en Toledo, y después de animados debates

prevaleció el dictamen de la conveniencia pública, sustentado

especialmente por los procuradores de los pueblos que por primera vez

hacían uso del derecho de representación.

Toledo fue declarada capital de Iberia.

Las Cortes, no obstante, al proponer al Rey esta medida, le suplicaron

encarecidamente que visitase con mucha frecuencia las grandes

poblaciones de los antiguos reinos, para ver de cerca sus necesidades.

Situada Toledo en la margen de un río caudaloso, en el centro de la

Península, con una extensa vega, numeroso vecindario, florecientes

industrias y activo comercio, abundante de buenos materiales de

construcción, próxima al delicioso sitio de Aranjuez, llena de

monumentos que atestiguaban sus antiguas glorias, y residencia del

primado de España, parecía el punto destinado a ser el corazón de una

gran potencia.

Acordose que en lo sucesivo se reunirían en Toledo los procuradores de

todos los reinos, cuando fuesen convocados por el Monarca para tratar

de asuntos de interés general, sin perjuicio de las juntas parciales

de cada uno de ellos en las cuestiones de carácter regional; y después

las Cortes votaron un impuesto destinado a la construcción en la vega

del soberbio edificio, asombro de propios y extraños, donde todavía

celebran sus sesiones las Cámaras del reino.

Cuentos ilustrados · 第 2 / 10 段