NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
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convertido a MAYÚSCULAS.
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las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
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ortotipográficos.
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párrafo en que aparece su llamada.
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mejor encaje en el texto circundante.
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CUENTOS ILUSTRADOS
NILO MARÍA FABRA
CUENTOS ILUSTRADOS
DIBUJOS DE
MASRIERA, José, Francisco y Luis
PELLICER, J. Luis
LUCAS VILLAMIL, E. — QUEROL, Agustín — MARQUÉS, J. M.
ERIZ, Pedro — CABRINETY, José
FUSTER, Mariano — ÁLVAREZ MASÓ, Rafael
FABRA, Jorge
BARCELONA — 1895
Imprenta de Henrich y C.ª, en comandita
Pasaje Escudillers, 4
ES PROPIEDAD. — Quedan hechos
los depósitos que marca la ley.
[Ilustración]
DEL CIELO A ESPAÑA
PRIMERA PARTE
I
Dios, Nuestro Señor, daba un día audiencia a los santos que iban a
interceder por sus devotos, por los pueblos que patrocinaban y por
todos los pecadores. La Santísima Virgen, sentada al lado de su querido
y Hijo, recomendaba los múltiples memoriales de los visitantes, a los
cuales acogía el Ser Supremo con la bondad del que es fuente de todas
las misericordias. Fueron entrando en el salón del trono del Altísimo
santos y más santos, basta que le tocó el turno a Santiago el Mayor.
—¡Hola, Jaime! —le dijo el Todopoderoso—: ¿qué te trae por aquí?
¡Cosas de España, tal vez! ¿Qué pasa por aquella tierra? ¿Están en paz
tus clientes?
—Bien sabe Vuestra Divina Majestad, —contestó el Apóstol, haciendo tan
profunda reverencia que el sombrero lleno de conchas y reliquias que
tenía en la mano barrió el suelo—, que aquello anda malillo, y que,
si Dios no pone remedio, yo no sé lo que va a ser de España, de los
españoles y de sus descendientes, que se han establecido en el Nuevo
Mundo, a todos los cuales protejo y amparo en sus cuitas; porque, eso
sí, ni unos ni otros nos han perdido la afición, y si no, aquí está la
excelsa Madre de Vuestra Divina Majestad, patrona de las Españas y de
las Indias, que no me dejará decir una cosa por otra.
—Cierto es —dijo Nuestra Señora—, que en pocas partes del mundo se me
venera tanto como en las tierras de que habla Santiago, y, a decir
verdad, yo quisiera hacer hasta los imposibles a favor de aquellos para
mí muy amados hijos.
—¡Vamos, di lo que solicitas, Diego —exclamó el Eterno dando una
cariñosa palmada en la mejilla del santo—; basta que mi amantísima
Madre sea intercesora, para que yo te conceda cuanto desees, con tal
que no me pidas gollerías.
—Señor —contestó el Apóstol algo perplejo—, yo no sé cómo decírselo a
Vuestra Divina Majestad... El caso es que... Ello es... Vaya, que no me
atrevo.
—¡Ánimo! ¡Habla!
—Como a Vuestra Divina Majestad no se le oculta nada, bien sabe lo que
yo quiero para los españoles.
Sonriose el Todopoderoso, pues Él ya sabía de antaño lo que pensaba
Santiago, porque, ya se ve, ¿qué se le ha de ocultar a quien no ignora
cuanto pasó, pasa y pasará?; y poniendo ambas manos sobre la esclavina
del bienaventurado, le contestó:
—En verdad te digo, querido Jacobo, que lo que pretendes es harto
difícil; pero, en fin, exprésalo en breves palabras.
—Pues bien, Señor, lo que yo quiero para los españoles es lo que se
llama sentido común...
—¡Sentido común! —replicó el Omnipotente—: ¡sentido común! Pues ¿no
sabes tú que lo que los hombres denominan así, es el menos común de los
sentidos?
—Vuestra Divina Majestad me entiende, y no digo más.
—¡Hijo mío! —dijo con voz suplicante la Reina de los Ángeles—; vuelve
tus ojos misericordiosos hacia aquel pueblo desdichado, y concédele lo
que más le convenga.
—¡Bueno! —contestó Nuestro Señor—; voy a hacer por España lo que no
he hecho por nadie, aunque me cueste privarme por algunos días de
la compañía de un hijo predilecto como este. Vuelve a la Península,
Santiago, con amplios poderes míos. Te doy facultades para hacer
milagros, sin que puedas, empero, mover y forzar la voluntad de los
hombres, porque ya sabes que quiero que sea libre su albedrío. Te doy
el don de hacerte invisible y de tomar la forma que quisieres. Ve allí
y haz de nuevo gala de tus dotes oratorias, a ver si tu elocuencia, que
hizo cristianos a los españoles, más o menos pecadores, que sobre esto
hay mucho que hablar, consigue ahora darles el mejor discernimiento en
las cosas terrenales.
Dio el Apóstol gracias a Dios Nuestro Señor y a su Santísima Madre, y
fuese en derechura al vestíbulo del Cielo donde pidió a San Pedro, con
grande admiración de este, que le franquease la salida.
—¡Qué es esto, colega! —exclamó el portero mayor del Paraíso.
—Que me voy otra vez a predicar.
—Mira, aquí entre apóstoles sea dicho, vas a que te crucifiquen como
hacen aquellos bárbaros con todos los que les dicen verdades.
—Estos tiempos no son los nuestros, Perico, gracias a nosotros, que
civilizamos al mundo. Verdad es que por allí hay quien no se acuerda
de esto, y nos pone como chupa de dómine; pero a lo menos ya no le
desuellan a uno vivo sino de boquilla.
—Ciertamente esto se ha ganado, pero ha sido a costa de las tiras
de piel verdadera que hemos dejado por allá; y si no, dígalo nuestro
compañero Bartolomé; pero, ¿qué digo piel?: carne y huesos, que todavía
me parece que me duelen las palmas de las manos de aquellos clavos con
que me crucificaron, cabeza abajo; y todo ¿por qué?: porque sacaba del
error a los hombres. ¡Si serán estúpidos!
—Tienes razón, mala cosa son los hombres; pero algo hay que hacer por
ellos. Allá me vuelvo. ¡Abre, Perico, la puerta, y hasta luego!
—¿Pero vas a pie?
—¡Hombre, sí! ¡Buena idea! Tomaré la jaca. ¡Cómo estará de brava a puro
holgar! Ya se ve, como ahora no necesitan de mí los españoles para
regir sus ejércitos, teniendo tantos generales...
—Por brava que esté, ¿qué te importa, si no hay mejor jinete que tú en
cielo y tierra, si eres el Santo caballero por excelencia?
—Claro está; ¡como que soy el patrón de los españoles!... pero abre
mientras voy por la jaca.
Soltó San Pedro las cadenas de oro del puente levadizo de la celeste
mansión, el cual vínose abajo con grande estrépito, y al breve espacio
cruzó por él Santiago, caballero en su blanco corcel, echando no
diablos, porque en el Paraíso no los hay, sino rayos y truenos que
estremecieron el aire, azotaron el firmamento y retumbaron por el
espacio infinito.
II
No sé el tiempo que empleó el Apóstol desde la Gloria a la Península,
porque ignoro la distancia que separa a los españoles de la
bienaventuranza, aunque entiendo que debe ser poca, pues aquella misma
tarde apareció Santiago en mitad de un camino real de España.
El cual debía de atravesar la Mancha, porque ni un solo árbol se
descubría en medio de la soledad de una vastísima llanura, que más
semejaba mar desecado que otra cosa alguna.
—¡Qué gentes estas! —exclamaba el Santo para su esclavina—. ¡Están
dejadas de la mano de Dios! ¿Qué mal les han hecho los árboles? ¡No
parece sino que, hartos de destruirse unos a otros, han declarado cruda
guerra a la naturaleza!
Y pensando en esto, iba camino adelante al paso de su caballo, cuando
de pronto vio venir hacia él a dos hombres cubiertos con amplios
sombreros, como los del Padre Eterno, muy ceñidas las vestiduras con
unas correas sobre el pecho, las manos dentro de fundas blancas, y
llevando cada uno al hombro gruesos bastones rematados en punta de
hierro, que el Santo creyó bordones de peregrino de nueva usanza.
—¡Vaya, serán colegas míos —dijo para sí— que irán de romería a algún
santuario! Ya tengo compañía.
Los cuales supuestos peregrinos íbanse acercando fijos los ojos en el
jinete, y apenas llegaron junto a él, diéronle la voz de alto.
Detuvo el Apóstol las riendas a su caballo, y preguntó a la pareja qué
quería.
—La cédula de vecindad —dijo uno.
—¡La cédula! ¿Qué es eso?
—Por lo visto, es usted nuevo aquí...
—Sí, señor, soy forastero.
—Pues bien, aquí nadie viaja sin ese documento.
—No le tengo.
—Entonces dese usted preso.
—De modo que en España ¿se necesita patente de hombre de bien para
andar suelto?
—Y para todo.
—En este caso, no habrá malhechor que carezca de semejante requisito.
—En efecto, señor peregrino, todavía no hemos topado con ningún
criminal que no esté provisto por lo menos de una cédula.
—¿Para qué sirve, pues?
—Yo le diré a usted; es un recurso de la Hacienda como otro cualquiera.
—¡Ah, ya! Es un tributo sobre la libertad personal.
—Sea lo que fuere, nuestra obligación es detener a los indocumentados.
—Pero, hombre de Dios, si yo soy un caminante pacífico y nunca he hecho
mal al prójimo.
—No lo dudamos, mas tenemos que cumplir con la consigna. Quien manda,
manda. Tenga usted, pues, la bondad de venirse con nosotros.
—Por lo menos —dijo el Santo para su sayal— aquí se prende con cortesía.
Y como era muy celoso de la disciplina militar, aunque patrón de
España, añadió, dirigiéndose a la pareja, acortando razones:
—Vamos a donde ustedes quieran.
—Al pueblo que deja usted a retaguardia.
—¡Andando!
Y así diciendo volvió grupas, y seguido de los guardias civiles, que
tales eran los aprehensores, encaminose a un lugar que allí cerca
estaba y en el cual no había parado mientes.
A tiempo que anochecía entraron los tres en el pueblo, donde reinaba
el mayor sosiego a pesar de ser víspera de elecciones municipales. El
alcalde, que iba de ceca en meca muñendo a los electores a casa hita,
en la calle y en la taberna, y no podía, por lo tanto, perder el tiempo
en bagatelas, en cuanto vio a los recién llegados, y sin preguntar a
los guardias por qué traían a aquel hombre, dijo con voz de autoridad:
—¡A la cárcel con él, y el caballo a mi cuadra!
Y dicho y hecho, y he aquí cómo la primera noche de su vuelta a España,
Santiago se la pasó enterita en la cárcel.
III
Aquel siervo de Dios, en lugar de hacer milagros y de salirse del
inmundo aposento donde encerrado estaba, porque con decir que era
cárcel de pueblo, y de pueblo de la Mancha, está dicho todo, púsose
a rezar y a rezar hasta que le sorprendió la vaga claridad del alba
entrando por una rendija o gatera, que en esto no estoy muy seguro,
pero sí de que no tenía más ventilación el calabozo.
En esto oyose ruido de llaves en la premiosa cerradura; rechinaron los
goznes, y abriéndose pausadamente la puerta, apareció bajo el dintel
la majestuosa figura del alguacil, barbero, sangrador y peatón en una
pieza.
—¡Sal! —dijo con ademán imperativo y voz bronca, porque acababa de
matar el gusanillo: y luego añadió que le siguiese.
Hízolo así Santiago, y subiendo una estrecha escalera, fue introducido
en el salón del concejo, que iba a servir además de colegio electoral,
a juzgar por una grande urna que puesta sobre la mesa estaba. Una
silla, tres bancos y el retrato del Rey, pegado con obleas o pan
mascado en la pared, completaban el ajuar de aquel augusto recinto,
al cual prestaba mayor solemnidad en aquel momento la presencia del
Alcalde, muellemente sentado en la silla, extendidas las piernas,
sueltos los brazos, caída la cabeza, terciado el calañés y chupando un
cigarrillo mugriento, apagado y casi deshecho.
—¡Hola, perillán! —exclamó la autoridad popular a guisa de saludo—.
¿Quién te manda ir de romería a caballo? ¿Dónde lo has robado, cuatrero?
—Yo soy un hombre de bien. El caballo es mío —contestó el Santo.
—¡A mí con esas! Ea, a ver la cédula.
—No la tengo.
—¿De dónde eres?
—Nací en Bethsaida.
—¡Saida! Alguacil, ¿dónde está este pueblo?
—Lo que es en la Mancha no está —contestó el interpelado, que, como
cartero, tenía sus ínfulas de perito geógrafo—. Este nombre me huele
así a cosa de África.
—¡África, eh! ¡Bueno! ¿Tu nombre, peregrino?
—Santiago.
—¿Apellido paterno y materno?
—Mi padre se llamaba Zebedeo y mi madre Salomé —dijo el Apóstol que no
sabía decir una cosa por otra.
—Bien, pues decreto al canto: Habiendo sido preso por indocumentado
Santiago Zebedeo y Salomé, de profesión romero, con un caballo que
no debe ser suyo, ordeno y mando: primero, que el caballo quede en
mi cuadra a las resultas; y segundo, que el susodicho Santiago sea
conducido por tránsitos de justicia a disposición del señor Gobernador
civil de la provincia de Santander.
—¡De Santander! —exclamó el alguacil—; pues si Santander está al Norte,
y el África, de donde parece este buen hombre, cae hacia el Mediodía.
—Precisamente —contestó el presidente de la corporación municipal dando
un puñetazo en la mesa—; precisamente por eso. Así se trata a los
vagos. O soy o no soy alcalde... ¡No faltaba más! Llévate a ese hombre
y entrégalo a la pareja.
Salieron ambos, y ya en la calle, el alguacil, hablando muy quedito al
oído del Santo, le dijo:
—Mira, nación (en aquel pueblo designan con esta palabra a los
extranjeros), todo se puede arreglar con una friolera. Con que me des
para echar unas copas... En fin, hay que untar el carro... Ya sabes
aquel refrán: «Por bueno o por malo, el escribano de tu mano».
—Sí, y también conozco aquel otro que dice: «Ni hagas cohecho ni
pierdas derecho».
—Pues con tu pan te lo comas —replicó el agente de la autoridad dando
un empellón al Santo y encerrándole en la cárcel—. Aquí te estarás
hasta que pase la pareja.
IV
Entonces el siervo de Dios creyó llegado el momento de hacer un
milagro, pues le apretaba el deseo de dar comienzo a su terrenal
apostolado y devolver bien por mal al lugar a que le trajeron, no sus
pecados, como decirse suele, pues siendo santo ¿qué pecados había de
tener? sino los altos e inescrutables designios de la Providencia; y
así, por un simple acto de su voluntad tornose de pronto invisible, y
saliendo del calabozo por el resquicio de la puerta, se fue a la calle,
recorrió el pueblo, y penetrando en todas partes sin ser de nadie visto
ni oído, escudriñó a su sabor cuanto allí pasaba.
Hacíase cruces a cada paso al descubrir las miserias humanas; pero lo
que mayormente llamó su atención fue el aflictivo y ruinoso estado de
la Hacienda municipal, bajo el poder de aquel cacique de campanario,
que aspiraba a la reelección del cargo concejil. ¡Qué de cabildeos,
qué de amaños, qué de promesas, a costa, por supuesto, de los bienes
comunes, para conjurar las ruines rivalidades de unos cuantos
electores, en medio de la estúpida indiferencia de los demás!
Tocaron en esto a misa, y por ser domingo, los lugareños juntáronse
en la plaza de la iglesia, esperando la última campanada, como si
quisieran tasar el tiempo destinado a las cosas santas, nada piadosa
costumbre, que disgustó al Apóstol que en volandas había acudido al
templo a oír los divinos oficios.
Apenas terminados estos, los hombres volvieron en tropel a la plaza,
mientras las mujeres salían poco a poco de la casa del Señor con la
mantilla muy ceñida, los ojos bajos y el rosario en la mano.
Quedose Santiago algún tiempo en la iglesia, rezando muchos
Padre-nuestros a sus predilectos compañeros de Gloria, y al retirarse,
en el acto de abrir la cancela, le asaltó una idea que llevó en seguida
a efecto, y fue nada menos que tomar la misma figura del boticario
del pueblo, ausente a la sazón, con una semejanza tal, que era el más
perfecto trasunto que imaginarse puede; y de esta suerte se presentó en
la plaza.
Todos los que se hallaban allí cayeron en el engaño, y fueron a él y le
saludaron con mucha cortesía y afectado cariño, porque el farmacéutico,
aunque tenía fama de socarrón, entrometido y mordaz, era, si no bien
quisto, considerado con el respeto que se merece una mala lengua.
Como en semejantes casos suele acontecer, comenzose a hablar de la
salud y del tiempo, de lo cual tomaron pie los labradores, que lo eran
casi todos, para echar su cuarto a espadas sobre la cosecha, siempre
mala, si no detestable, en boca de campesinos.
—¡De esto tenéis la culpa vosotros! —exclamó Santiago.
—¿Nosotros?
—Sí, vosotros.
—¿Por qué? —preguntó uno.
—Vamos a ver, ¿qué es lo que hace buenas las cosechas después del
trabajo del hombre?
—¡Toma! —contestó otro a quien llamaban por apodo el tío Solón o
Salomón—, la buena tierra y el agua.
—Siendo así, ¿por qué os empeñáis en hacer mala la tierra y en alejar
de ella la humedad?
—¡Nosotros! —exclamaron todos con irónica sonrisa, mirándose unos a
otros, como quien dice: este hombre no está en su juicio.
—¡Sí, vosotros, con la insensata guerra que hacéis al arbolado!
Fomentadlo, y la tierra será cada vez mejor, y la lluvia visitará con
más frecuencia los campos, derramando sobre ellos sus inapreciables
dones.
—¡Ah, señor farmacéutico! —exclamó el tío Solón—, ¡qué engañado está
usted! Esto lo rezan los libros, pero nosotros entendemos más de
labranza que esos señoritos de las ciudades que inventan estas cosas, y
que no son más que unos saca-dineros. ¡Árboles, eh!
—¿Qué mal os han hecho?
—Mire usted; cuando yo era mozo —replicó el tío Solón—, había en el
prado de propios hasta seis docenas de pinos: ¿y sabe usted para qué
servían? Para que los muchachos se comiesen los piñones. Semejante
escándalo llamó la atención del concejo, que se reunió para tratar
sobre la materia. Opinaban unos que debía nombrarse un guarda y otros
que era mejor cortar los árboles, y después de maduro examen, por
mayoría de votos se decidió lo último, y así se dio fin al escándalo.
No quiso Santiago refutar tales razones, que no eran para contestadas,
y encarándose con otro Licurgo del lugar que atentamente escuchaba sin
decir esta boca es mía, le preguntó:
—¿Y usted también cree inútil el arbolado?
—¡Qué inútil —contestó el segundo sabio—, perjudicial, y perjudicial
de todo punto! Y si no, vamos a ver: ¿quién se come el grano antes de
la cosecha? Algunos pájaros, como los gorriones, ¿no es verdad? ¿Quién
atrae a los gorriones? El arbolado, ¿no es cierto? Luego destruyendo a
este contribuimos a extinguir aquella plaga.
—¡Bien dicho! —exclamaron todos dando calurosas muestras de
asentimiento, creyendo confundido al supuesto boticario.
El cual, después de breve pausa, replicó:
—Pues yo os pregunto: ¿qué plaga es mayor, la de los insectos o la de
los pájaros?
—¡Toma! —contestó otro labriego—, la de los insectos, porque siendo
innumerables y pequeñísimos, no basta la mano del hombre para
aniquilarlos.
—Entonces —dijo el Santo—, si no os bastáis para combatir a estos
casi invisibles enemigos, justo sería que respetaseis y aun dierais
recompensa a vuestros mejores auxiliares, y si no; decidme: por cada
grano de trigo que os quita un gorrión, ¿de cuántos millares de
insectos no habrá limpiado vuestros campos?
Esperaba el Apóstol que este sencillo razonamiento abriría los ojos de
aquellos labradores; pero lejos de ser así, ninguno dio muestras de
dejarse convencer ni aun por el mismo Dios que bajase en persona, y
como Santiago se sabía muy bien de memoria aquel refrán de que no hay
peor sordo que el que no quiere oír, dio el pleito por perdido; mas
quiso probar si sacaba mejor fruto hablándoles de la cosa pública, y
encaminando la plática en este sentido, les espetó una de verdades que
había que oírle. ¡Qué de cosas salieron de aquellos santos labios, como
de quien sabía los más recónditos secretos de todo el lugar!
—¡Muy bien! —exclamó un mozalbete que había estudiado en Madrid hasta
dos años en la Escuela de Veterinaria, siendo suspenso en el segundo—;
¡muy bien, señor farmacéutico! Me place ver a usted entrar por tan
buen camino y salir de la actitud de expectante benevolencia para con
el Ayuntamiento, en que hasta ahora se había colocado. Cuente usted
conmigo, con mi apoyo incondicional, a fin de coronar el edificio de
la regeneración de nuestra querida patria, digna de mejor suerte y de
los más altos destinos. Unámonos todos en apretado haz para sacudir el
yugo de la opresión y de la tiranía; proclamemos con entusiasmo nuestro
ideal político...
—Pero, ¡hombre de Dios! —exclamó interrumpiéndole Santiago—. ¿Qué
tienen que ver tus ideales políticos con la policía urbana, la hacienda
municipal y los chanchullos de los fielatos?
Y hablándole aparte añadió:
—Calla, si no quieres que cuente tus trapisondas de la época en que
eras secretario del anterior alcalde, por cuya candidatura trabajas
ahora.
Corriose el mozo, y hecho una grana, escurrió el bulto, dirigiéndose a
la Casa de la Villa, donde en aquel momento se constituía solemnemente
la mesa electoral.
Entretanto, el Apóstol no cesaba de exhortar a aquellos rústicos,
que embebidos y suspensos le escuchaban, a que cumpliesen sincera y
honradamente sus deberes de buenos ciudadanos; y cuando creía haberles
persuadido de todo punto, el tío Solón le interrumpió diciendo:
—Yo no quito ni pongo rey.
—Ni mi padre ni mi abuelo —añadió uno—, dieron jamás su voto, y yo no
hago usos nuevos.
—¡Al concejo, ni verlo! —exclamó otro.
—¡Allá ellos! —dijo un cuarto.
—Mire usted, señor boticario —prosiguió el tío Solón—, quien sirve al
común, sirve a ningún. Así, no se canse usted, que ni queremos votar ni
ser votados.
—¿Para qué? —repuso un quinto—; ¿para que nos roan los zancajos y no
hagamos nada de provecho? Y si no, pon lo tuyo en concejo, y unos dirán
que es blanco y otros que es negro.
Y todos por este estilo fueron contestando a Santiago, el cual, sin
querer oír más razones, se marchó del lugar.
Uno de los del corro, empero, tuvo un arranque de valor cívico, y
exclamó:
—¡Pues yo voto! ¡Algo hay que hacer por el pueblo!
Y dirigiéndose al colegio electoral, se votó a sí mismo.
V
La nueva de la actitud tomada por el supuesto farmacéutico, y digo
actitud, porque empleó esta palabra el veterinario en embrión, cayó
como una bomba en medio del campo alcaldesco, que había sentado sus
reales en el salón consistorial y ya se regodeaba con la confianza
de una victoria decisiva, a pesar de que el bando contrario, de que
era firme apoyo y activo paladín el molzalbete de la plaza, había
conseguido intervenir la mesa electoral, circunstancia que no permitía
al presidente de ella trasegar el censo completo a las listas de
votantes, como en otras no menos gloriosas batallas por él libradas.
Mas como el común peligro fue siempre medianero de unión y de concordia
entre los desavenidos, apenas se supo por boca del exsecretario que
en aquellos momentos históricos se estaba formando el partido de
los _independientes_, que con tal nombre bautizaron en el acto a
los del corro de la plaza, el Alcalde, que no se dignaba inclinar
su erguida y majestuosa frente, ni aun en señal de saludo, ante sus
concejiles adversarios, dando rienda suelta al noble y generoso impulso
de su pecho, propuso a la mesa la formación de una candidatura de
transacción y de conciliación, en la cual estuviesen representadas
las dos colectividades que, ya a regañadientes, ya a palo limpio, se
disputaban el gobierno y el pueblo.
Ardua era de suyo la empresa, porque de los siete concejales que debían
elegirse para la renovación del Ayuntamiento, no ofrecía el alcalde más
que tres puestos a los adversarios. Porfiaban estos que querían cinco,
y en este regateo les sorprendió el elector independiente de que he
hablado.
A su presencia turbose el Alcalde, y viendo en su imaginación llover
electores sobre el colegio seguidos del notario para que diese
testimonio del escrutinio, por si no se jugaba limpio, cedió en el acto
a las exigencias del contrario bando y se prestó a todo: que de leves
causas proceden muchas veces las graves resoluciones y los sucesos
trascendentales.
Conciliadas las opuestas parcialidades y convenida la fórmula, seis
hombres de corazón luciéronse fuertes en la estrecha escalera que
daba acceso al colegio electoral, resueltos a defender aquel sagrado
recinto de los ojos profanos, indiscretos o curiosos que pretendiesen
turbar la majestad del escrutinio; arrellanose el Alcalde en la silla
presidencial, repartió cigarrillos a los interventores, y dando un palo
a la mesa con el bastón de autoridad, exclamó:
—¡Que vengan electores!
Entretanto los secretarios procedían a la redacción del acta, en la
cual aparecían como votantes cuantos electores arrojaba el censo,
incluso los difuntos; que aquella gente no reparaba en cosas de poca
monta cuando tenía las manos en la masa.
VI
Cantaba el gallo de San Pedro, claro indicio de que rayaba el día,
cuando Santiago, puesto sobre su caballo blanco, que había recuperado
sin ser de nadie visto, llegó al glacis del Alcázar celeste, defendido
por una legión de ángeles que revoloteaban de aquí para allí gritando:
¡centinela alerta! y el lejano eco repetía: ¡centinela alerta!
—¿Quién vive? —gritó una voz, en cuanto el Apóstol se acercó al puente
levadizo.
—El Paraíso —contestó aquel.
—¿Qué gente?
—Santiago el Mayor.
—¡Alto! ¡Cabo de guardia!
Y salió la ronda menor, compuesta del cabo y de dos números, que eran
gentiles mancebos resplandecientes de hermosura con unas alas muy
anchas y extendidas, vestidos de blanco y finísimo ropaje, y blandiendo
en la diestra sendas espadas que, a pesar de la tenue claridad del
naciente día, brillaban como inextinguibles centellas.
El cabo pidió el santo, seña y contraseña, y rindiolas el recién
llegado, diciendo: «_Santo Espíritu, Espacio Eterno._»
Previas estas formalidades que prescribe la celestial ordenanza, se
fue el cabo a prevenir al oficial de guardia, y este a San Pedro, que
a fuer de madrugador, merced a su gallo, en la muralla del venturoso
Alcázar se estaba solazando.
Acudió solícito el príncipe de los Apóstoles a abrir a su compañero, y
exclamó:
—¿Ya de vuelta, querido Santiago?
—Aquí me tienes, Perico, —contestó este, apeándose del caballo y
estrechando entre sus brazos al portero mayor de la Gloria.
—Vamos, cuenta: ¿cómo te ha ido por allá?
—Llegué, y me prendieron.
—¿Y tú qué hiciste?
—Salirme de la cárcel por milagro. En España se suele salir así de
semejante sitio.
—¿Y después?
—Traté de inculcar las nociones más rudimentarias de agricultura a
gentes que no viven más que de ella.
—¿Y se convencieron?
—Se encogieron de hombros.
—¿Y te volviste?
—No. Tropecé con un rebaño conducido por lobos y quise persuadir a las
ovejas de que eligiesen otros pastores.
—¿Y bien?
—Nada, que prefirieron seguir siendo comidas.
—Ya sabes que nunca he tenido fe en el sentido práctico de tus
clientes; pero jamás creí que llegase hasta tal punto la insensatez
humana.
—Más que insensatez descubrí en el fondo de todo grande apatía
intelectual. Gentes son las que encontré, que por ahorrarse el trabajo
de pensar, dieran de buen grado al maestro de escuela que tenían, y aun
todas las universidades de añadidura.
—Conozco el género. Son los hombres más difíciles de convertir: los
holgazanes contumaces del entendimiento.
DEL CIELO A ESPAÑA
SEGUNDA PARTE
I
Santiago, por conducto del Arcángel San Miguel, jefe del cuarto militar
de Dios Nuestro Señor, pidió una audiencia a su Divina Majestad, y al
día siguiente recibió un B. L. M., en el cual se le anunciaba que a las
tres de la tarde sería introducido ante el trono del Altísimo.
—¡Ya de vuelta, Jaime! —exclamó el Todopoderoso, al ver entrar al
Apóstol. —¡Bien venido! —dijo la Santísima Virgen, muy contenta del
regreso de su predilecto devoto—. ¿Cómo dejas a mis hijos los españoles?
—En cuanto a religiosos, que es lo principal, no hay nada que decir.
Bien puedo asegurar a Vuestra Divina Majestad y a su excelsa Madre
que, a despecho de las maquinaciones del enemigo malo, la veneración,
el amor y la popularidad de que somos objeto en aquella bendita tierra
no menguan ni se debilitan, antes más bien parece que se afianzan y
robustecen de día en día.
—¿Y en cuanto a lo demás? —preguntó el Omnipotente.
—Señor —contestó el Santo, algo turbado, porque siendo tan amante de
España no se atrevía a decir nada en su menoscabo—, confieso que en mi
patria adoptiva quedan algunas cosillas por arreglar, y que los poderes
que obtuve de Vuestra Divina Majestad no dieron el resultado apetecido.
—Si Yo pudiese dudar de algo —dijo el Eterno—, nunca hubiera tenido
confianza en el éxito de tu empresa. Ya lo has visto por tus propios
ojos. Aquella es gente incorregible en las cosas terrenas, y por lo
tanto hablemos de asuntos menos enojosos...
—Señor, implorando la misericordia de Vuestra Divina Majestad, le ruego
encarecidamente que se sirva oírme, porque no he perdido del todo la
esperanza...
—¿Qué esperanza, Jaime? ¡Por Mí, ponte en razón! ¿Crees posible que
aquellas gentes se corrijan? Ni por milagro.
—¡Ah, Señor! Si yo pudiese siquiera hacer uno, moviendo y forzando la
voluntad del Gobierno que rige a mis clientes, ¡cuán felices no serían
estos!
—Ya sabes que no quiero en manera alguna que se tuerza el libre
albedrío de los hombres.
—¡Por una vez! —exclamó la Virgen María.
—Pues bueno; sea. Basta que me lo pida mi adorada Madre. Vuelve a
España, Jaime; hazte invisible, estudia a los españoles, infórmate
de sus deseos, líbrales de lo que más censuren y otórgales lo que
ambicionen. Al efecto doyte la facultad de rendir a tu antojo, mas
por una sola vez, la voluntad del poder supremo de la nación, y si te
arrepintieres del resultado de tu propia obra, concédote el don de
anularla por completo.
—¡Señor! —exclamó Santiago, con grandes muestras de regocijo—; ¡se lo
agradeceré toda mi eternidad! Gracias, gracias, Dios mío.
Y dirigiéndose a Nuestra Señora, añadió:
—¡Gracias, oh tú, la más bendita de las mujeres!
—Ve conmigo, y hasta la vuelta.
—Adiós, Santiago —dijo la Reina de los Ángeles.
Y el Apóstol, haciendo genuflexiones, salió del salón del Trono,
acompañado del Arcángel San Rafael, Grande del Paraíso, de primera
clase, ayudante de campo de su Divina Majestad e introductor de Santos.
II
A pie salió esta vez de la celeste mansión el abogado de España,
y emprendiendo el camino del sistema solar, echó una ojeada a los
diferentes planetas que giran en torno del astro del día. Pronto
distinguió al nuestro por la luz azulada que despide, y dirigiendo
a él sus pasos, detúvose a cosa de 20.000 kilómetros de buen andar,
del término de su cósmico viaje. A distancia semejante, parecía el
globo terrestre tan grande como la bóveda del cielo vista desde una
eminencia de la Tierra. En aquella sazón, puesto el Santo de espaldas
al sol, vio ante sí el hemisferio del Nuevo Continente, que destacábase
brillante en medio de las manchas oscuras formadas por los Océanos
Atlántico y Pacífico. América parecía un inmenso pie, cuya punta
amenazaba al Mundo Antiguo, el cual asomó después por la izquierda.
Aparecieron primero: hacia el Norte la Rusia asiática, al Sur la
Australia y Nueva Guinea en el Ecuador, luego el Japón y las islas
Filipinas, y sucesivamente China, Borneo, los Estrechos, la Indo-China,
el Indostán, la Arabia y la costa oriental de África.
De pronto, púsose el Apóstol de rodillas en medio de la inmensidad del
espacio, extendió los brazos y dobló la frente en señal de profundísima
veneración: en aquel momento presentábase a su vista la Tierra Santa.
Rusia, Turquía, Austria, Alemania, el África Central, Italia, Francia,
mostráronse después, y por fin, la Península Ibérica a manera de una
gran piel de toro. Destacábase en medio de ella un punto apenas
perceptible junto a una línea oscura formada por los valles de la
Cordillera Carpetana: aquel punto era Madrid.
Entonces Santiago quedó invisible, y siguiendo su viaje, no paró hasta
hacer pie en la Puerta del Sol.
III
A decir verdad, lector benévolo que has llegado hasta este punto de
la narración de mi cuento, desesperé de darle fin, pues si bien me
hallaba en la corte de España cuando estuvo en ella nuestro Santo
Patrón, no parecía sino que mi memoria, de suyo flaca y endeble, ni
aun reminiscencias conservaba de los sucesos a que dio lugar tan
extraordinario acontecimiento.
En vano con diligente solicitud traté de buscar y adquirir informes; en
vano consulté las colecciones de los periódicos, que en estos tiempos
son la crónica más o menos concienzuda y verídica de los sucesos; en
vano apelé al testimonio de mis convecinos: los primeros guardaban
profundo silencio, y los últimos juzgábanme fuera de juicio cuando les
preguntaba:
—¿Presenciaron ustedes lo que pasó en Madrid cuando vino Santiago?
Resuelto estaba ya a no escribir la segunda parte de este cuento,
conseja o pasatiempo infantil, como quieras llamarlo, porque no hallaba
medio de darle remate, cuando una noche, olvidado ya este asunto, soñé
lo que a continuación vas a leer. Si tienes la paciencia de llegar
hasta el fin, sabrás la causa de que nadie recuerde el peregrino suceso
que voy a referirte, a pesar de que acaeció en época muy reciente.
Parece ser que Santiago estuvo varios días en Madrid y en otras
poblaciones de la Península, y conservando el riguroso incógnito
de su invisibilidad, dedicose con especial cuidado a averiguar los
pensamientos y deseos de la mayoría de los españoles en los asuntos
concernientes a la cosa pública.
«¿De qué se quejan estas gentes? —decía para sí después de maduro
examen—. Del Ministerio, sea el que fuere, y de cuanto de él depende.
»¿Qué ambicionan? Vivir a costa del presupuesto, gozando del mayor
sueldo y del menor trabajo posibles.
»Pues suprimamos lo primero y demos la mayor extensión imaginable
a las clases pasivas. Si faltan recursos pecuniarios, yo puedo
proporcionarlos inagotables.»
Hecho este razonamiento, llevó a efecto el milagro más sorprendente que
imaginarse puede.
Facultado por Dios Nuestro Señor para realizar uno, forzando y
moviendo la voluntad del Gobierno, una noche en que se celebraba
Consejo de Ministros presidido por el Rey don Alfonso XII, entrose
bonitamente en la Cámara real, y disponiendo del albedrío de cuantos
allí estaban, hizo que aquellos sometieran al Monarca, y este aprobase,
el siguiente
«REAL DECRETO
»De acuerdo con el Consejo de Ministros,
»Vengo en jubilar, con el haber de 30.000 pesetas anuales, a todos los
funcionarios que cobran del Estado y de las Corporaciones populares, y
en conceder la licencia absoluta, el retiro y la situación de reserva
respectivamente a los soldados, oficiales, jefes y generales de todas
las armas e institutos, con el mismo haber de 30.000 pesetas.
»Vengo en conceder una pensión vitalicia anual de 30.000 pesetas a
todos los españoles de ambos sexos no comprendidos en el párrafo
anterior.
»Dado en Palacio a 29 de febrero de 1881. — ALFONSO. — El Presidente
del Consejo de Ministros, _Práxedes Mateo Sagasta_.»
IV
Este decreto, firmado por el Rey a la una de la madrugada del 29 de
febrero, apareció en la Gaceta de Madrid repartida al amanecer del
mismo día.
La nueva de la disposición oficial cundió por la corte con la rapidez
del rayo. Los barrenderos de la Villa, ebrios de gozo, abandonaron
al punto su matutina faena para entregarse a copiosas libaciones
a cuenta de la jubilación; las placeras, arrojando las mercancías
al arroyo, desgañitábanse dando desaforados vivas al Gobierno por
la merced recibida; las criadas de servir tiraban los cestos de la
compra, y las más acudían presurosas a los alrededores de los cuarteles
para cerciorarse de que la gracia era extensiva al elemento militar;
los soldados, licenciados por sus jefes, dejaban los fusiles para
fraternizar con aquellas; los cocheros de plaza despedían a los
viajeros, y confiando los vehículos al instinto de los caballos,
se declaraban en huelga; retirábanse los alguaciles y agentes de
orden público, considerándose jubilados; muchos de los habituales
concurrentes a los garitos no corrían, volaban en busca de usureros
que les prestaran algunas sumas con retención de la paga; aparecían
en las puertas de las tiendas rótulos diciendo: _Cerrada por cesación
de comercio_; parábanse las fábricas y los talleres; quedábanse las
casas sin criados ni porteros; los Ministerios, huérfanos de empleados
y hasta de pretendientes; detenidos los trenes en las estaciones por
falta de personal; y solitarias la Universidad y las escuelas; en fin,
nadie quería dedicarse al trabajo, creyendo su subsistencia asegurada
con las 30.000 pesetas anuales.
Varios prestamistas, sin embargo, de suyo codiciosos, creyeron que
aquella era la ocasión propicia de estrujar al prójimo, y pusieron
grandes carteles, escritos a mano, porque no había ninguna imprenta
abierta, anunciando que daban dinero sobre pensiones. Al punto sus
casas fueron un jubileo, y a medida que la demanda aumentaba, por la
ley natural de las transacciones, el interés del dinero fue subiendo
hasta llegar a 5.000 por 100.
Trataron los periódicos de dar un suplemento; pero ¿cómo, si no se
encontraba un cajista por un ojo de la cara? Por favor especial un
diario popular consiguió reunir tres de aquellos y dos marcadores, pero
tuvo que pagar a duro la línea y a peseta cada ejemplar de la tirada.
Seguían entretanto sin lumbre los hogares, y eran pocos los madrileños
que habían conseguido desayunarse. En vano acudían muchos a las fondas,
cafés y tabernas; los dueños se habían visto obligados a cerrar sus
establecimientos hallándose sin camareros y con las provisiones
agotadas.
A todo esto dieron las dos de la tarde, y Madrid tenía hambre, pero
hambre de rico, y para satisfacerla no quedaba más recurso que apelar
a la violencia. «¡A saquear las tahonas y las lonjas de ultramarinos!»
gritaban algunos, y la cuestión de orden público se presentaba
imponente y aterradora. Mas el pueblo, contenido aún por la gratitud,
siendo tan reciente el beneficio que debía al Poder, oponíase a todo
procedimiento de fuerza. ¿Qué hacer? No había autoridades; todas
estaban jubiladas.
«¡Acudamos al Rey!» dijeron algunos; y la muchedumbre que recorría las
calles encaminose a la Plaza de Oriente.
El Monarca se asomó al balcón que cae sobre la puerta del Príncipe, y
la mirante turba prorrumpió en atronadoras aclamaciones.
Una Comisión representando al pueblo allí congregado subió a las reales
habitaciones para pedir al Soberano que nombrase autoridades; pero
había surgido un conflicto constitucional irresoluble. En virtud del
Código fundamental, los mandatos del Rey no pueden llevarse a efecto
si no están refrendados por un Ministro. No existía ninguno desde que
el Gabinete Sagasta había sido jubilado, como los demás funcionarios
públicos, y por lo tanto no había medio de que la Corona hiciera uso de
su libérrima prerrogativa.
Mas como sucede en estos casos de justicias populares, en el asalto de
las tahonas, lonjas y tabernas fueron más los productos alimenticios
y el vino que se perdieron lastimosamente, que los que llegaron a la
boca de la mayoría de los madrileños, la cual ya entrada la noche,
seguía desfallecida de hambre, mientras que los más fuertes y atrevidos
desperezábanse de puro hartos.
Y a todo esto, Madrid estaba sepultado en la oscuridad más profunda,
porque aquella no era noche de luna,[1] y los empleados del gas se
habían declarado en huelga.
[1] El día anterior a las 11 y 18 minutos de la mañana había sido
luna nueva. Quien dude de la veracidad de este detalle, puede
consultar el calendario de dicho año.
Recorrían las gentes las calles a tientas, dando y recibiendo fuertes
tropezones, y las más de aquellas, deseando ver el término de
situación tan crítica y angustiosa, encaminábanse a la Plaza de Oriente
para hacer una manifestación respetuosa contra el párrafo segundo
del art. 49 de la Constitución del Estado,[2] y suplicar al Rey que
convocase Cortes, y en unión y de acuerdo con estas, decretase y
sancionase una adición a la Constitución para poder suspender siquiera
por una vez los efectos de dicho artículo.
[2] Dice así: «Ningún mandato del Rey puede llevarse a efecto si
no está refrendado por un Ministro, que por solo este hecho se
hace responsable.»
Mas ¿cómo se expedía el decreto de convocatoria sin faltar al precepto
constitucional, no existiendo Ministro que lo refrendase?
La situación no podía, pues, resolverse por los trámites legales.
Los presidentes de las Cámaras, a la sazón suspendidas, fueron llamados
a Palacio para que emitiesen su opinión.
Ambos, empleando una frase de un célebre exministro, se encogían de
hombros y se limitaban a decir: «Las cosas se resuelven por sí mismas.»
Así fue; porque Santiago, autorizado por Dios para anular su
milagro, deseoso de que no se infringiese una vez más un precepto
constitucional, y persuadido de que la felicidad de los españoles
no dependía del presupuesto, ni aun disponiendo este de recursos
inagotables, hizo que al dar la primera campanada de las doce de la
noche, todo el mundo olvidase lo que había sucedido durante el 29 de
febrero y que volviesen las cosas al mismo ser y estado que tenían al
terminar el día anterior.
En prueba de ello, si tú, lector, que has llegado hasta el final de
este cuento, te tomas la molestia de ojear la colección de la Gaceta de
Madrid, verás que falta el número de dicho día, del cual no ha quedado
ninguna huella en los anales de la Historia.
UN DIÁLOGO EN EL ESPACIO
¡Espíritu extraño a mi familia planetaria, que, como yo, vagas por la
inmensidad buscando el término del pavoroso viaje de las almas, detén
un momento el raudo vuelo y fija tu penetrante vista, ajena a las
imperfecciones de los carnales sentidos, en aquel astro que frontero
a nosotros se presenta, girando pausado al rededor de uno de los
innumerables soles de la Vía Láctea!
—¡Sombra a la par que yo desvanecida de la materia, cuya cósmica unidad
descubro claramente!, di, ¿por qué apartas mi atención, absorta ante
las grandiosas maravillas del Universo, fijándola en cuerpo celeste
tan raquítico, pobre y diminuto, sol extinguido, esqueleto de una
estrella, pigmeo que pasea su mortaja por los insondables abismos del
espacio?
—¡Ah! Aquel planeta fue mi patria.
—¿Tu patria? ¿Patria del espíritu un átomo?
—¡La patria del cuerpo que animé!
—Di mejor tu destierro.
—Treinta años vi correr en ella, ¡un instante apenas!, y siento el
dolor de la partida.
—¡Cuán apacible deslizarase la vida del polvo animado en esa esfera,
anónima para mí, cuando de tal suerte lloras su ausencia!
—La dicha, el placer, la bienandanza son allí risueñas ficciones:
nombres, como la oscuridad, que afirman una negación.
—¿Que te aqueja, pues?
—El grato recuerdo de un ser amado.
—¿Luego existe la dicha?
—Existe el más dulce y cruel de los dolores.
—Me asalta el deseo de conocer mundo semejante. ¿Qué hiciste en tu
sepulcro carnal? ¿A qué frívolos pasatiempos se entregaron tus iguales?
¿Cómo vive la materia en acción?
—¿Quieres saberlo? Sígueme y tus ojos te darán testimonio de ello.
Trasladémonos sin tiempo alguno a la estrella Polar, y, merced a la
lentitud de la luz, verás los reflejos de mi mundo, la Tierra, durante
los treinta años que di vida a deleznable arcilla.[3]
[3] La luz recorre 300.000 kilómetros por segundo, y si fuese
posible observar la Tierra desde la estrella Polar, dada la
distancia que nos separa de esta, la luz del sol reflejada por
nuestro planeta sería vista allí treinta años y medio después.
—Sea.
—Ya estamos. Nos hemos adelantado treinta años y medio a la marcha de
la luz, y desde aquí, si te place, puedes presenciar el espectáculo
de mi vida corpórea. Cuando te enoje aquel y quieras acelerarlo, nos
bastará movernos en dirección a la Tierra.
—Detengámonos un momento aquí, desde donde observo perfectamente el
hemisferio boreal. Noto en el centro una mancha blanquecina.
—Fórmanla los hielos acumulados en el Polo: el calor desaparece
paulatinamente de aquellas regiones como de las extremidades de un
moribundo.
—A esta mancha siguen alrededor otras más oscuras, de color azulado,
interrumpidas por espacios brillantes.
—Aquellas son mares, enormes masas líquidas condenadas en breve a la
rigidez de la muerte, y estos, continentes e islas, mansión de la
materia, pasajeramente vivificada por los espíritus inmortales.
—Quiero presenciar la aparición de la tuya sobre el planeta.
Detengámonos a 30 años de distancia de él, tomando por medida la
velocidad de la luz.
—Mira: en este momento los que fueron mis ojos terrenales se abren por
vez primera. ¡Ah! ¡Si llegase hasta aquí el sonido, cómo oirías las
tristes quejas del que despierta en una cárcel! ¿No ves a mi madre? ¿No
observas la palidez en sus mejillas, la fatiga en su agitado pecho,
el desfallecimiento en sus entreabiertos ojos, la expresión de acerbo
dolor en su cuerpo inerte? ¡Cuánto sufrió!... ¡Cuán a punto estuvo de
perder la existencia por dármela a mí! ¡No parece sino que una vida ha
de surgir a costa de otra!
—¡La humanidad es hija del dolor!
—¡Cuán grande, terrible e incesante lucha me espera! La lucha de la
vida por la vida, a costa de otras existencias o de los gérmenes de
estas.
—¡El más fuerte está condenado a crueldad perpetua!
—¡Cuántos peligros me rodean por todas partes! ¡El aire, mezcla de
fluidos sutiles, lleva en su seno el principio vital y la muerte; el
agua, compuesto líquido de dos gases tenues, sustenta invisibles y
formidables adversarios; la tierra, conjunto de elementos limitados
y de combinaciones infinitas, da de sí, en pródiga abundancia, el
maternal sustento de sus fecundas entrañas y la alevosa ponzoña!
—¡La eterna contradicción de la materia!
—¿No observas cómo me defiendo en esta guerra continua, silenciosa e
inexorable? Parece que unas veces desfallezco y caigo; pero recobro
fuerzas y me levanto y crezco, y cada vez con más vigor desafío los
ocultos ministros de la muerte que me acechan, acosan y persiguen sin
tregua ni descanso.
—Sigamos adelante, y abreviemos el término de la representación de tu
efímera estancia en aquella partícula de polvo cósmico.
—Ya se ilumina mi inteligencia, y apenas da señales de sí, pónenla en
tortura, y surge un nuevo combate en el cual batallan la inercia de
la materia o la frivolidad de la pueril imaginación contra el estudio
arduo y escabroso de la ciencia humana.
—¡Ciencia humana; rudimentaria sabiduría!
—Despiertan las calladas pasiones, enciéndense inquietos deseos,
vértigo inefable se apodera de todo mi ser: nace el amor, y comienza
una guerra cruenta y despiadada, que tiene por campeón el fuego y por
botín la indiferencia.
—¡Mísera humanidad! ¡Tus luchas son el infinito; tus triunfos el
vacío!... Pero ¿qué nubes blanquecinas y rastreras asombran ahora las
tierras y aun los mares?
—Se están riñendo batallas. No le basta al hombre la perenne guerra
contra la naturaleza y consigo mismo a que está condenado: necesita
satisfacer su ciego instinto a costa de sus semejantes, y la lucha que
comenzó siendo individual, ha degenerado en colectiva. ¿No observas
cómo aplican allí al arte de la destrucción la imperfecta ciencia
reservada a los mortales? El estado más poderoso es el que supera a los
demás en instrumentos de ruina.
—Mas ya se disipan las nubes, y las apretadas falanges, que se
arrojaban con furor unas contra otras, retroceden y se disuelven.
—Cierto. Hase convenido lo que los hombres llaman una paz definitiva
y perpetua. ¡Breve armisticio! ¡En cuanto la Tierra dé algunas
revoluciones sobre su eje, renacerá el combate, y siempre con más
encarnizamiento y más perfección en la ciencia de la muerte!
—¿Los hombres, por lo visto, tienen una idea errónea del tiempo, cuando
soportan penalidades tantas en pos de ilusorias recompensas?
—Unos cierran los ojos de la razón, de miedo de ver el corto camino que
tienen delante; otros fundan la inmortalidad en la perpetuación del
nombre con que les han designado en la tierra. Se contentan con poco:
les basta dejar tras sí un sonido articulado.
—¡Pueril vanidad, cuando la misma Tierra ha de perecer en breve!
—Esta a lo menos es la más disculpable de las vanidades. ¡Cuán
irrisorias las que se fundan en un supuesto bien presente! ¡Los
menguados que atesoran para gozar de la envidia ajena! ¡Los insensatos
que buscan la propia satisfacción en la servil obediencia de sus
semejantes! ¡Cuánta demencia en unos, y cuántas humillaciones para los
otros, que han de convertirse en esclavos de un tercero, siéndolo este
a su vez de las colectividades: la mayor de las servidumbres!
—¡Mísera humanidad, en tus manos se empequeñece hasta la soberbia!...
La vista de tu Tierra se va haciendo enojosa.
—¡Adiós, seres amados! ¡Un instante no más y os juntaréis conmigo!
—Antes de alejarnos de aquí desearía saber quiénes son esos hombres
que dirigen constantemente los ojos hacia nosotros. ¡Qué de peligros
arrostran algunos en medio de aquellas regiones salvajes! ¿Buscan
también oro?