[186] Ío era hija del río Ínaco. Enamorose de ella Zeus, y

temiendo a la celosa Hera, la convirtió en vaca para ocultar sus

amores. Habiéndosela pedido Hera, y no atreviéndose a negársela,

la dio a guardar a Argos, de cien ojos, que murió a manos de

Hermes. Al fin, después de largas correrías, se detuvo a las

orillas del Nilo, y dio a luz a Épafo, padre de Belo, Agénor y

Fénix. Se cree que era la diosa egipcia Isis, y Épafo, su hijo

Apis. El coro alude a la fundación de Tebas por los fenicios.

[187] La solemnidad inherente a esta clase de espectáculos no

permitía que se hablase en otra lengua que en la griega. El

poeta, sin embargo, supone que el coro habla en fenicio, cuando

su lenguaje es griego castizo. Tal inverosimilitud no debe

extrañarnos habiendo leído obras maestras de los más célebres

poetas dramáticos, que suelen cometerlas a cada paso. Por lo

demás, esta escena es tan tierna y bella, que acaso no se

encuentre otra semejante en todas las tragedias de Eurípides.

[188] Hay tanto y tan profundo sentimiento en estas frases de

Yocasta, y encierran tan triste verdad, que no es posible leerlas

sin melancolía. Tiene razón: ¡pobres madres, que sufren penas

infinitas, convertidas de ordinario en doloroso centro adonde

convergen todos los males y disgustos de las familias!

[189] El texto griego, antes que Jacobs lo corrigiera, aparecía

tan defectuoso, que hemos preferido seguir su opinión, teniendo

en cuenta que la primera condición de cualquier obra literaria

es la claridad. En efecto, desde el verso 395, si adoptamos el

texto vulgar, hallamos tal incongruencia entre las preguntas

y respuestas de Yocasta y Polinices, que es imposible creer

en su autenticidad. Por ejemplo, cuando Yocasta pregunta a

Polinices cómo llegó a Argos y con qué objeto, este contesta que

Adrasto tuvo conocimiento de cierto oráculo de Apolo. Así es

fácil comprender, o que se ha trocado el lugar que estos versos

deben ocupar respectivamente, o que falta algún complemento del

sentido. Hemos creído, pues, que basta conservarlo, alterando

solo la numeración de los versos.

[190] Padre de Adrasto, rey de Argos.

[191] La centuria, en griego λόχος, varió, según los diversos

tiempos, desde 8 hombres hasta 100 entre los atenienses, y 125

entre los lacedemonios.

[192] Estas palabras de Eurípides y las frecuentes alusiones

que hace a los encantos de la oratoria en otras tragedias, son

un monumento histórico de la mayor importancia, que nos inician

en los misterios del ágora y en los graves inconvenientes del

gobierno democrático. Sin profundizar mucho, y solo en vista de

esta y otras frases de Eurípides, se llega a concluir que los

oradores, abusando de su arte y de sus facultades, arrastraban

más de lo justo al pueblo que los escuchaba, las más veces en

daño de su patria.

[193] Schiller en su _Wallenstein_ ha expresado este mismo

pensamiento diciendo: «Gleich heisst ihr alles schändlich oder

würdig. — Bös oder gut; und was die Einbildung — Phantastisch

schleppt in diesem dunkeln Namen — Das bürdet sie den Sachen auf

und Wesen.»

Preferimos, sin embargo, la sencillez de Eurípides a la novedad

de Schiller.

[194] Cicerón en sus _Officiis_, lib. III, cap. XXI, dice que

César repetía continuamente estos versos de LAS FENICIAS, y

en efecto, cuadran al divino Julio y a todos los ambiciosos.

Augusto G. Schlegel menciona también y comenta estas palabras de

Cicerón, y acusa a Eurípides de sembrar en sus tragedias máximas

perniciosas. En nuestro juicio, sin embargo, es esta vez injusto,

porque el poeta dramático puede representar malos caracteres

que en sus palabras sean consecuentes consigo mismos. Aquí no

sucede como en el _Hipólito_, cuando se habla del juramento de la

lengua, distinto del que hace el alma, y pretender lo contrario

sería quitar al poeta la facultad de representar todo lo que es,

así lo bueno como lo malo.

[195] Anfión y Zeto, fundadores de Tebas, como Rómulo y Remo de

Roma. Debían tener en la primera de estas ciudades algún templo

suntuoso, además de los santuarios aislados que podían existir.

[196] Polinices quiere decir que, a causa Eteocles, y habiendo

fracasado su reconciliación con él, su conducta en adelante no

será la de un hijo con su madre, perdiendo esta sus derechos

maternales.

[197] Según observa el escoliasta, este Φοῖβος Ἀγυιεύς, semejante

al Jano de Roma, se encontraba a la entrada de las casas,

representado por una columna.

[198] De πόλυς, mucho, y νείκη, combate. Sin embargo, aunque diga

Quintiliano (v. c. 60) que _illud apud Euripidem frigidum sane,

quod nomem Polynicis, ut argumentum morum, frater incessit_, nada

es más natural en estas disputas que asociar la significación del

nombre al carácter que suponemos en quien lo lleva.

[199] De aquí el nombre de Beocia, de βοῦς, buey.

[200] Nombre antiguo de la Beocia.

[201] Sémele, hija de Cadmo y de Harmonía. Sabedora Hera de sus

amores con Zeus, la aconsejó, apareciéndose bajo la forma de Beroe,

su nodriza, que rogase a su amante que se le mostrase en toda su

gloria. Accedió Zeus por haberlo jurado antes, y abrasó su palacio

y a ella también. Dioniso, a quien llevaba en sus entrañas, fue

conservado en un muslo de su padre.

[202] Cadmo llegó a purificarse a la fuente Dircea para

sacrificar la ternerilla que le había indicado el lugar en que

había de edificar a Tebas, y encontró en ella al dragón de que

habla el coro.

[203] El carácter de Eteocles, irreflexivo y fogoso, forma

natural contraste con la serenidad y la prudencia de Creonte.

El primero solo oye la voz de su belicosa impaciencia, y con la

imprevisión propia de sus pocos años, no piensa siquiera en el

éxito de la batalla, y mucho menos en la posibilidad de que sea

funesta. Creonte, al contrario, atento solo a rechazar a los

sitiadores sin peligro, prueba su previsión y su capacidad en las

cosas de la guerra, y da a conocer que ha reflexionado seriamente

en las distintas peripecias que puede ofrecer el combate.

[204] Las malignas alusiones de Eurípides a las tragedias de su

antecesor Esquilo, que debía hacerle no poca sombra, puesto que

sobre ellas versan siempre sus críticas, se refieren ahora a la

prolija enumeración que hace en sus _Siete delante de Tebas_ de

los capitanes enemigos. Naturalmente en las obras de Esquilo

domina el elemento épico, que después va desapareciendo.

[205] Dioniso. En sus fiestas se armaban las bacantes con tirsos;

cubiertas con pieles de manchados cervatillos, cantaban en coro

las alabanzas del dios.

[206] Espartos, de σπαρτός, sembrado, esto es, de los hijos de

los dientes del dragón, que sembró Cadmo.

[207] Dedúcese de estas palabras de Tiresias que los augurios

de los griegos eran semejantes a los de los romanos y etruscos.

Generalmente se elegía un lugar alto y sagrado, fijándose dos

objetos en el horizonte, desde los cuales, y desde otros puntos

intermedios, tiraba el observador hacia sí líneas ideales. El

vuelo de las aves y los fenómenos celestes eran el objeto de

sus observaciones, las cuales se apuntaban con cuidado. Debemos

suponer que estos eran obra de Tiresias y de su hija, porque él

solo, siendo ciego, no podría hacerlos. Las tablillas eran de

madera, cubiertas con una capa de cera.

[208] Erecteo, rey de Atenas, e hijo de Pandión, sacrificó a

su hija Ctonia por vencer a los habitantes de Eleusis. Mató a

Eumolpo, nieto de Poseidón, y en castigo fue herido por un rayo.

Se le atribuye la institución de los misterios de Eleusis.

[209] Eumolpo, rey de Eleusis, guerrero y poeta religioso,

natural del Ática, según unos, y nieto de Triptólemo, y según

otros, oriundo de Tracia y yerno de Tegirio, su rey. Murió a

manos de Erecteo en la guerra que ambos se hicieron por la

posesión del trono de Atenas. Sus descendientes, por espacio

de mil doscientos años, tuvieron el privilegio de presidir los

misterios de Eleusis.

[210] Recordemos, para apreciar la moralidad de esta fábula,

que todas las desdichas de los Labdácidas provienen de la

inobediencia de Layo al oráculo. Muere a manos de su hijo, y

expía su ligereza incalificable. Edipo espera también eludir los

decretos del destino, y es castigado casándose con su madre,

cegándose y dando la vida a hijos incestuosos e ingratos.

Estos, por último, sufren las tristes consecuencias de su

odio fratricida, y se matan uno al otro cuando creían también

evitar la muerte que les aguardaba. La inmensa superioridad del

destino sobre la frágil voluntad humana, queda, pues, plenamente

confirmada.

[211] Nos agrada por su sencillez este cambio repentino de

Creonte. En general, puede decirse que los personajes del teatro

griego obedecen siempre a sus primeras y naturales impresiones, y

que jamás obran por cálculo ni por refinamiento de la pasión que

sufren. Parécenos que es un dato muy importante para estimar su

mérito, y que los diferencia esencialmente de los personajes del

teatro moderno, como se diferencian también ambas sociedades.

[212] La Tierra, antigua deidad, como los monstruos que encerraba

en su seno, y como los que produjo en un principio, según la

mitología primitiva, era un numen inexorable, que representa aquí

la lucha de los dioses antiguos con los nuevos; y aunque Ares

aparezca en la _Ilíada_ como hijo de Zeus y more en el Olimpo

con los demás dioses, no es simpático al cielo ni a los hombres,

y bajo este aspecto se confunde con los hijos de la Tierra.

Si nos dejáramos llevar de los ensueños de algunos mitólogos,

diríamos que todo esto alude a la resistencia que hace la tierra

a la intrusión en ella del linaje humano para cultivarla y

aprovecharse de sus frutos.

[213] En efecto; no era fácil prever que en Roma existieran L.

Junio Bruto y L. Manlio Torcuato, y en España el inmortal Guzmán

el Bueno.

[214] Región del Epiro occidental al oeste de Ambracia, e

inmediata a la mar. Sus ríos principales eran el Aqueronte y el

Cocito, y sus ciudades Butrinto y Onquesmo.

[215] Ciudad del Epiro, en la Caonia, al pie del Tomaro, rodeada

de espesas selvas, santuario y oráculo pelásgico de Zeus. La

sacerdotisa profetizaba observando la encina fatídica, ya por el

ruido de sus hojas, ya por el de ciertos vasos de cobre que se

suspendían de sus ramas, ya por el canto de las palomas que se

albergaban en ellas.

[216] Equidna, monstruo mitad mujer y mitad serpiente que nació

de Crisaor, engendrado él mismo de la sangre de Medusa. De ella

y de Tifón fueron hijos el Cancerbero, la Hidra de Lerna, la

Quimera, la Esfinge, el León de Nemea y otros muchos monstruos.

[217] Este alcázar fue fundado por Cadmo, y se llamaba Cadmeo.

[218] Teumeso, monte a cuatro leguas de Tebas, a cuya falda

estaba acampado el ejército argivo.

[219] Himno guerrero que precedía y seguía al combate.

[220] Estas yeguas Potniades eran de Glauco. Habiendo perdido el

instinto, devoraron a su dueño en Potnia, ciudad de la Beocia.

Acaso por esta furia de que se hallaban poseídas llame Eurípides

a las Furias propiamente dichas ποτνιάδες en el verso 305 de

_Orestes_, cuando dice:

δρομάδες ὦ πτεροφόροι ποτνιάδες θεαί...

[221] Porque había otro Partenopeo argivo, hijo de Tálao y

hermano de Adrasto.

[222] Llamada así del Ménalo, monte situado en el centro de

la Arcadia, continuación del Hipionte y del Falanto. Estaba

consagrado a Pan.

[223] Ixión, rey de los lápitas, asesinó traidoramente a su

suegro Deyoneo, y fue desterrado por este crimen. No encontrando

quien le diese hospitalidad, Zeus se compadeció de él y lo

admitió en su corte; pero le pagó tan mal este beneficio, que

quiso seducir a Hera. Zeus, para no errar, dio a una nube la

forma de su esposa, y ya sin escrúpulo, lo condenó en el infierno

a dar vueltas en una rueda. Fue padre de Pirítoo y de los

Centauros.

[224] Cuando leemos la descripción de este asalto, no podemos

menos de convenir con J. B. Vico en la perfecta identidad que

se observa entre las edades heroicas de los distintos pueblos.

Parécenos que vemos un combate de la Edad Media. Eurípides ha

imitado mucho de Esquilo en sus _Siete delante de Tebas_.

[225] Se ve que Yocasta, acariciando una consoladora esperanza,

se cree ya libre de una parte de sus males, puesto que se

compadece de la suerte de Creonte. Al fin, sin embargo, y

aleccionada por triste experiencia, vuelve a recelar de su

suerte, y no sin razón.

[226] Estas armaduras protegían las espaldas, el pecho, el

vientre y los costados hasta más abajo de la cintura, y eran de

cuero o de metal. Las hubo de diferentes especies, ya compuestas

de dos láminas juntas o separadas (θώραξ σιάδιος, γυαλοθώραξ), ya

formando escamas (θώραξ λεπιδωτός φολιδωτός). (V. Antonio Richy,

_Antigüedades griegas y romanas_).

[227] Las vírgenes heroínas de Eurípides manifiestan siempre en

iguales casos la misma vergüenza, sin duda a causa de la vida

retirada que hacían en sus gineceos.

[228] Llamábase Aqueronte un lago del Egipto al sur de Menfis,

en el cual había una isla con su necrópoli. Antes de enterrar en

ella a los muertos sufrían el famoso juicio de su vida, de que

hablan todos los historiadores. De aquí el considerarlo después

los griegos y romanos como un río que corría en el infierno. En

el Epiro había también otro del mismo nombre.

[229] La verdad es que los personajes de Eurípides lloran y se

quejan tanto, y repiten sus plegarias y lamentos en tonos tan

distintos, que no faltaba razón a Aristófanes para criticarlo.

[230] No sabemos por qué razón se ha de suprimir el verso δισσὼ

στρατηγὼ καὶ διπλὼ στρατηλάτα, cuando no repugna al sentido

ni mucho menos, y hallándose en los códices más antiguos

y fidedignos. Valckenaer los ha conservado, y su juicio y

autoridad es de gran peso en tales cuestiones. Hermann, quizá

por su prurito de rebajar el mérito de aquel, fue el primero en

borrarlo, dando razones nada convincentes.

[231] Patrona de Argos.

[232] No es nada fácil percibir la relación que puede haber entre

la trompeta y la antorcha.

[233] Extemporáneo es en demasía este recuerdo de Antígona ante

sus hermanos moribundos y su desconsolada madre.

[234] Esta redecilla era una cinta o cordón con que las griegas

se sujetaban graciosamente los cabellos.

[235] La estola era una especie de faja que servía de ordinario

para ceñir la túnica, y caía después por detrás hasta los pies a

manera de cola.

[236] La única Furia primitiva de los griegos. Más tarde fueron

tres: Tisífone, Alecto y Megera.

[237] Lo dice por sus cabellos.

[238] El hijo de Creonte.

[239] La edición de Eurípides de Théob. Fix, la más conocida en

España, escribe este verso así:

Οὐκοῦν ἔδωκε τῇ τυχῇ τὸν δαιμώνα.

«Ha dado, pues, el destino a la fortuna», lo cual ni entendemos

nosotros ni podrá nunca entender nadie. Δαίμων y τύχη significan

la suerte, con la diferencia de que la primera es obra de los

dioses y la segunda de la casualidad, como lo prueban estas

palabras de Polinices, verso 403: ὁ δαίμων μ᾽ ἐκάλεσεν πρὸς

τὴν τύχην. Sin embargo, con el verbo ἔδωκε no nos es posible

traducir el verso, y como ἔτισε de τίω, resuelve la cuestión

satisfactoriamente, no hemos vacilado en aceptarlo, siguiendo la

opinión de Hartung. (_Comm. a Las Fen._, páginas 262-263).

[240] Creonte y Eteocles defienden en esta cuestión las leyes

y costumbres griegas, con arreglo a las cuales el que venía

armado con un ejército extranjero a hacer la guerra al suelo y

a los dioses patrios, no podía ser sepultado en su territorio.

Autígona, al contrario, personifica nuevas ideas, más filosóficas

y humanitarias, más propias de nuestro tiempo, las cuales, como

sucede de ordinario, están en abierta contradicción con las

antiguas.

[241] Creonte recuerda la amenaza de Antígona de matar a Hemón,

cual otra Danaide, en la noche de sus bodas.

[242] Colono, aldea inmediata a Atenas, con un bosque consagrado

a las Euménides, en donde murió Edipo. Había allí también un

templo de Poseidón, dios que creó el caballo al golpe de su

tridente, cuando Atenea hizo brotar el olivo.

[243] Es de presumir que esta tragedia en su conclusión ha

sufrido la misma suerte que la _Ifigenia en Áulide_. Es probable

que los últimos folios del códice más antiguo fueran arrancados,

o que se llenaran las márgenes con citas y versos de la Antígona,

del mismo Eurípides, y del _Edipo_, de Sófocles. Los primeros

comentaristas hubieron de embrollarlo más, deseando corregirlo; y

como Valckenaer, el erudito más capaz de enmendar estos errores,

cansado ya al fin de su trabajo, los dejó como los encontrara,

nada tiene de extraño que su autoridad haya sido tal que ninguno

osase tocarles. Nosotros seguimos el texto de Hartung por

parecernos el más auténtico.

[244] Nada dice Eurípides en este prólogo de los demás tormentos

de Tántalo, conocidos hoy hasta por los menos versados en la

mitología griega. Fue castigado, como Ovidio por Augusto, por

haber revelado lo que debió callar. Algunos mitólogos aseguran

que el secreto era relativo a Zeus y Ganimedes.

[245] Pélope, según la fábula, murió a manos de su padre

Tántalo, que lo sirvió a los dioses a la mesa para probar su

naturaleza divina; pero Zeus conoció el engaño y le devolvió la

vida. Después pasó a la Élide y se casó con Hipodamía, hija de

Enómao, y engendró a Atreo, Tiestes, Piteo y Trecén, llamados los

Pelópidas.

[246] Cloto, una de las tres Parcas.

[247] Tiestes, por reinar, sedujo a su cuñada Aérope la cretense,

mujer de Atreo, y tuvo de su adúltero comercio varios hijos;

pero Atreo lo descubrió, y para vengarse los mató, fingió

reconciliarse con él y se los sirvió en este festín fraternal,

revelándoselo después de comidos.

[248] Para asesinarlo sin riesgo. (V. el _Agamenón_ de Esquilo).

[249] Para vengarse de los amores de su esposo con Casandra, y

por afecto a Egisto, su adúltero amante.

[250] Nauplia, antiguo golfo de Argos, en el cual, y en una

lengua de tierra a 40 kilómetros al sur de Corinto, se halla la

antigua ciudad del mismo nombre.

[251] Hija de Menelao y de Helena.

[252] Estas palabras de Helena, verdaderos insultos a Electra,

son incomprensibles, cuando lo natural era que intentara ganarse

su corazón, según se comprende de la súplica que le hace en

seguida.

[253] Micenas, al norte de Argos y a corta distancia de ella, en

la Argólida; fue fundada por Ínaco. Una y otra, sin duda por su

proximidad, se confunden frecuentemente por los poetas.

[254] Ordinariamente las libaciones destinadas a los muertos se

componían de leche y miel mezcladas, que se llamaba μελίκρατον,

otras veces eran de vino dulce o de agua. _Odis._, X, 619. En

la _Ifig._, v. 618, se habla también de aceite. Además de los

cabellos se les ofrecían flores.

[255] El sueño de Orestes.

[256] Es costumbre de Eurípides indicar, así a los actores como

a los músicos, la manera particular con que han de declamar y

acompañar sus versos. El acompañamiento musical y el canto han de

ser aquí en un tono elevado, pero suave, como el de una flauta

de caña. Según dice Arist., _Probl._ XI, 16, el tono débil ό la

voz débil (v. gr., de niños o de mujeres) es claro (ἡ λεπτὴ φωνὴ

ὀξεῖά ἐστιν). Y aunque este tono sea penetrante, debe sonar aquí

suave y oscuro (ἀτρεμαῖος καὶ ὑπόφορος), como si solo se oyese

entre cuatro paredes, según indica la voz ὑπόφορος. Este tono

tan dulce favorece el sueño, como dice Estacio en la _Theb._,

I, 585, _suadetque leves cava fistula somnos_. Y como prueba de

que la composición musical de este canto alternado ha de ser

como decimos, ateniéndonos a las palabras de Eurípides, añade

el escoliasta al verso 170: «Este canto era acompañado por las

cuerdas más graves (ταῖς λεγομέναις νήταις ἄδεται) y es del tono

más alto (ἔστιν ὀξύτατον). Porque es inverosímil que Electra

cante con voz clara e imponga silencio al coro, y lo más natural

parece que usara del tono elevado, pero tan débil y concentrado

como era posible». Para mayor ilustración, véase la nota de

Hartung al verso 144. Adviértase, además, que Eurípides habla de

la σύριγξ, flauta compuesta de varios trozos de caña desiguales,

y distinta de la llamada ὄροφος, de una sola caña. Es la misma

a que alude Virg. en su _Egl._ II, 36, cuando dice: _Et mihi

disparibus septem, compacta cicutis fistula_.

[257] Este verso, que en muchos códices y traducciones pronuncia

Electra, no puede ser suyo, como acertadamente han pensado

Hartung, Hermann y Diesdorf. En efecto; no solo conviene con

esta opinión la cita que hacen de él Diógenes Laerc., IX, 60,

y Plut. Simp., IX, pág. 737, a., sino que también se colige de

los antecedentes y consiguientes. Orestes, en medio de su furor,

la ha tomado por una de las Furias, y no es natural que ella,

viéndolo en este estado aflictivo, le hiciese esa reflexión

absurda, que para nada había de servir, y que era impropia en sus

labios, aquejada por un espectáculo tan doloroso como el que su

hermano le ofrecía. Por esto mismo extrañamos mucho encontrarlo

en M. Artaud, cuya traducción, en lo demás, es inmejorable.

[258] Varios fueron los lugares de la antigüedad célebres por

sus oráculos, como los de Dodona, Delfos, Trofonio, Cumas,

Preneste, y el de Zeus Amón en la Libia. Las respuestas se daban

de distintas maneras. En Delfos, la pitonisa desde el trípode

sagrado; en Dodona, ciertas mujeres o la deducían del vuelo

de las palomas o de las hojas de los árboles; en la cueva de

Trofonio, de los sueños; otras veces se interpretaba como oráculo

la primera palabra que se oía al salir del templo, el más leve

ruido, el menor movimiento de cualquier ser objeto perteneciente

al dios. Ordinariamente estaban en verso, o se escribían en hojas

de cañas, siempre en términos oscuros o ambiguos.

[259] Malea, promontorio del Peloponeso, entre los golfos

Lacónico y Argólico.

[260] Glauco, dios marino, fue en un principio un pescador de

Antedón, en la Beocia, que habiendo comido cierta hierba se

precipitó en el mar, fue convertido en dios y recibió el don de

profetizar.

[261] Estas hojas eran de oliva o de laurel, y las usaban los

suplicantes. Orestes no había tenido tiempo de prepararse.

[262] Esta pregunta de Menelao no tiene nada de oscura, ni en

nuestro concepto merecía los comentarios que se le han hecho.

Como pregunta a Orestes cuál es su enfermedad, esto es, su mal

físico, extraña naturalmente la contestación, que no es directa,

y en efecto, la conciencia no es enfermedad, sino todo lo más

causa de ella, y esto es lo que pregunta Menelao.

[263] No se encontrarán en Sófocles ni en Esquilo estas frases

irreligiosas y escépticas, que justifican las acerbas censuras

que bajo este aspecto se han hecho de Eurípides. La impiedad y

las doctrinas de los sofistas se reflejan en ellas claramente.

[264] Sin duda alude Orestes a Agamenón y a Menelao: al primero,

porque lo vengó sin vacilar ni calcular las consecuencias de su

delito; al segundo, porque le ha descubierto la verdad desnuda,

sin disfraz ni ambages.

[265] Este Éax y su hermano Palamedes eran hijos de Nauplio,

rey de Eubea. Dícese que Palamedes inventó los pesos y medidas,

el juego de ajedrez, las cuatro letras ξ, θ, φ, χ, y varias

maniobras militares. Descubrió la astucia de Odiseo, que se

fingió loco para no ir a Troya, y él en venganza lo acusó de

traidor a los griegos, y lo hizo apedrear. Agamenón, padre de

Orestes, no se opuso a este suplicio.

[266] Por la enemistad que reinaba entre las dos familias de

Atreo y de Tiestes. Orestes era nieto del primero, y Egisto hijo

del segundo.

[267] Tindáreo, hijo de Ébalo, rey de Esparta, debió suceder a

su padre en el trono; pero su hermano Hipocoonte lo usurpó y se

retiró a la Mesenia, hasta que Heracles le devolvió el cetro. Se

casó con Leda, y tuvo de ella a Cástor y Pólux (los Dioscuros),

Helena y Clitemnestra.

[268] Leda, hija de Testio, rey de Etolia, seducida por Zeus bajo

la forma de un blanco cisne. A los nueve meses puso dos huevos:

del primero nacieron Pólux y Helena, y del segundo Cástor y

Clitemnestra.

[269] Creían los griegos que el macho de una serpiente llamada

ἔχις o ἔχιδνα moría en la cópula a manos de la hembra, y que esta

sufría la misma suerte de los hijos que concebía.

[270] Extrañan algunos que Eurípides, celoso defensor de

la justicia en este discurso de Tindáreo, no justifique la

contradicción que se observa entre sus dichos y sus hechos,

puesto que nada intentó contra Clitemnestra después que asesinó

a su esposo Agamenón. Adviértase, sin embargo, que Tindáreo no

mandaba en Argos, y que sus esfuerzos hubieran sido inútiles; que

era al fin su padre, y que, de ordinario, vemos la paja en el ojo

del vecino y no la viga en el nuestro.

[271] Esquilo en _Las Euménides_, verso 656-664, dice también:

Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3) · 第 22 / 25 段