¿Y qué recurso me queda? ¿Casarme con otro y hacerte traición?

JASÓN

Proferir impías maldiciones contra los reyes.

ΜEDEA

Y a mí me maldicen también en tu palacio.

JASÓN

No pasaré más adelante. Si para ti o para tus hijos quieres aceptar

algún socorro mío, dilo; pronto estoy a darte con generosidad lo que

desees y encargar a los que te den hospitalidad[410] que te traten

bien. Y si lo rehúsas, ¡oh mujer!, obrarás neciamente; si aplacas tu

ira, ganarás mucho más.

MEDEA

Ni me hospedarán tus amigos, ni recibiré nada, ni nada me darás, que

los dones de hombre malvado nunca aprovechan.

JASÓN

Pues yo pongo a los dioses por testigos de que soy capaz de hacer todo

linaje de sacrificios por ti y por tus hijos; pero sin duda no te

agradan los bienes, sino que, contumaz, rechazas a los que te aman, de

lo cual has de arrepentirte.

MEDEA

Vete, que ya no puedes vivir separado de tu nueva esposa, ni estar

tanto tiempo lejos de su palacio. Cásate con ella; quizás, si los

dioses lo permiten, celebrarás un himeneo que rechazarías más adelante.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Cuando el Amor domina a los hombres, ni es buena su

fama, ni tampoco merecen alabanza; al contrario, cuando Afrodita se

acerca a nosotros con modestia, no hay diosa tan grata. Nunca, ¡oh

señora!, vibres contra mí tu arco de oro, ni me hiera con tus deseos tu

inevitable saeta.

_Antístrofa 1.ª_ — Sea mi galardón la continencia, el más hermoso

presente de los dioses; que jamás me obligue la poderosa Afrodita a

tomar parte en luchas de éxito dudoso, ni en insaciables combates que

trastornen el alma con envidia de ajeno lecho, sino que me conceda

vivir en pacífico consorcio y distinguir con claridad los tálamos de

las demás esposas.

_Estrofa 2.ª_ — ¡Oh patria y familia mía!; que jamás sea desterrada,

teniendo que pasar la vida en la indigencia, víctima de los más

miserables trabajos. Que la muerte, que la muerte me arrebate antes que

llegue ese día. No hay mayor mal que habitar lejos de la patria.

_Antístrofa 2.ª_ — Lo vemos con nuestros ojos; no hablamos por lo

que otros nos dijeron. Ni tu ciudad ni ninguno de tus amigos se ha

compadecido de tus gravísimos infortunios. Perezca el miserable, sea el

que fuere, que no honre a sus amigos y no les entregue la llave de su

puro corazón. Nunca lo será para mí.

EGEO[411]

Salve, Medea; no hay más bello exordio para hablar a los que amamos.

MEDEA

Salve tú también, Egeo, hijo del prudente Pandión; ¿de dónde vienes?

EGEO

De visitar el antiguo oráculo de Febo.

MEDEA

¿A qué has ido al fatídico centro de la tierra?

EGEO

Llevado de mi deseo de tener hijos.

MEDEA

Por los dioses, ¿todavía arrastras sin ellos la vida?

EGEO

Sin hijos seguimos por decreto de algún dios.

MEDEA

¿Y estando casado vives sin tu esposa?

EGEO

No carecemos de tálamo conyugal.

MEDEA

¿Y qué te ha dicho Febo?

EGEO

Palabras demasiado sublimes para que un hombre las entienda.

MEDEA

¿Podría yo conocer el oráculo del dios?

EGEO

Sin duda, y con tanta más razón cuanto que se necesita para

comprenderlo ingenio sagaz.

MEDEA

¿Qué respondió, pues? Dilo, si es que puedo oírlo.

EGEO

Que no saque mi pie de los odres.[412]

MEDEA

¿Antes que hicieres alguna otra cosa, o que llegues a algún país?

EGEO

Antes de volver al hogar patrio.

MEDEA

¿Y por qué causa has navegado a este país?

EGEO

Hay aquí un cierto Piteo, rey de Trecén.[413]

MEDEA

Según dicen, el más piadoso de los hijos de Pélope.

EGEO

Quiero comunicarle el oráculo del dios.

MEDEA

Es un varón sabio, y muy perito en tales interpretaciones.

EGEO

Y el más amado de todos mis huéspedes.

MEDEA

Que seas feliz, y que consigas lo que deseas.

EGEO

¿Qué ha nublado tus ojos y consumido tu cuerpo?

MEDEA

¡Oh Egeo, mi esposo es el más malvado de todos los hombres!

EGEO

¿Qué dices? Cuéntame con franqueza tus penas.

MEDEA

Jasón me ha cubierto de oprobio sin sufrir de mí mal alguno.

EGEO

¿Cuál es su crimen? Dímelo más claramente.

MEDEA

Ha tomado otra esposa para que gobierne su casa.

EGEO

¿Y cómo se ha atrevido a cometer tan vergonzosa maldad?

MEDEA

Pero no deja de ser cierta: llena estoy de ignominia, cuando antes me

amaba.

EGEO

¿Enamorado de ella, o harto ya de tu lecho?

MEDEA

Cediendo a su amor vehemente: no era leal con sus amigos.

EGEO

Váyale, pues, bien si, como dices, es un malvado.

MEDEA

Quiso casarse con hijas de reyes.

EGEO

¿Quién se la da en matrimonio? Acaba de decírmelo.

MEDEA

Creonte, que reina en Corinto.

EGEO

Disculpable era sin duda tu dolor, ¡oh mujer!

MEDEA

No puedo sufrirlo, y además me destierran de este país.

EGEO

¿Quién? Ese es otro nuevo mal.

MEDEA

Creonte me destierra de Corinto.

EGEO

¿Y Jasón lo consiente? No alabo su conducta.

MEDEA

Si le oyes, no es así; pero en su corazón lo desea. Imploro, pues, tu

ayuda; por estas barbas y por estas rodillas te suplico; compadécete,

compadécete de mi desventura, no me veas desterrada y sin amigos; dame

un asilo en tu reino y hospitalidad en tu palacio. Que los dioses te

concedan descendencia, como se lo has pedido, y que feliz mueras. No

sabes lo que puedes ganar conmigo; no solo no carecerás de hijos, sino

que tendrás muchos; tales remedios conozco.

EGEO

Por muchas razones, ¡oh mujer!, estoy dispuesto a otorgarte ese favor,

ya por honrar a los dioses, ya por tener los hijos que me prometes,

perdida ya por completo la esperanza de engendrarlos. Siendo este mi

mayor anhelo, si vas a mi reino te hospedaré, porque soy justo. Solo

te advierto, ¡oh mujer!, que no quiero llevarte de aquí; pero si te

refugias en mi palacio estarás allí segura, y a nadie te entregaré. Sal

de este territorio, que no quiero faltar a los que me dan hospitalidad.

MEDEA

Así lo haré; jura cumplir lo que has prometido y me colmarás de júbilo.

EGEO

¿No tienes en mi palabra confianza? ¿Qué temes?

MEDEA

No desconfío de ella; pero la familia de Pelias y Creonte son mis

enemigas. No consentirás, pues, si te obligas con juramento, que

estos, cuando quieran, me arranquen de tu reino: pero si solo me das

tu palabra y no me lo juras por los dioses, podrás hacerte amigo de

los que me odian, y acaso cedas a los ruegos de sus heraldos; yo tengo

poco, ellos riquezas y reales palacios.

EGEO

Gran previsión revelan tus palabras, ¡oh mujer!; así no rehusaré

complacerte. Será para mí lo más seguro que pueda dar alguna excusa a

tus enemigos, y nada tendrás que temer. ¿Por qué dioses he de jurar?

MEDEA

Jura por la Tierra, que pisamos, y por el Sol, padre de mi padre, y al

mismo tiempo por todos los dioses.

EGEO

¿Qué he de hacer o no he de hacer? Dilo.

MEDEA

Que nunca me expulsarás de tu territorio, y que si alguno de mis

enemigos quiere arrancarme de él, tú, mientras vivas, no lo consentirás.

EGEO

Juro por la Tierra, por la brillante luz del Sol y por todos los dioses

que haré lo que dices.

MEDEA

Basta; ¿qué males sufrirás si no cumplieres tu juramento?

EGEO

Los que merecen los mortales impíos.

MEDEA

Vete contento; todo va bien; pronto iré a tu ciudad, así que ejecute lo

que medito y consiga lo que deseo.

EL CORO

Que te acompañe a tu palacio el hijo de Maya,[414] regio guía, y logres

lo que ahora te preocupa, porque tú, Egeo, eres conmigo generoso.

MEDEA

¡Oh Zeus, oh Justicia, hija de Zeus y del Sol! Ahora, ¡oh amigas!,

venceremos con gloria a nuestros adversarios y entraremos en el camino

recto; ahora espero que mis enemigos serán castigados. Egeo se nos ha

aparecido en medio de nuestros trabajos como puerto en donde podremos

realizar nuestros proyectos; en él ataré los cables de mí nave cuando

vaya a la ciudad y al alcázar de Atenea. Ahora ya te descubriré mi

propósito: oye, pues, mis palabras, no ordenadas para deleitar. Rogaré

a Jasón, enviando uno de mis siervos, que venga a verme, y cuando

llegue, le recibiré con frases halagüeñas y le diré que me agrada

cuanto ha hecho (su regio enlace y vil traición), y que es útil y está

bien pensado; y le suplicaré que me deje aquí con mis hijos, no con

objeto de abandonarlos en este campamento enemigo y que sirvan en él

de ludibrio, sino para matar dolosamente a la hija del rey. Llevarán

presentes a la esposa, le pedirán que no los expulse de aquí, y le

ofrecerán un finísimo vestido y una corona de oro. Y cuando se ponga

estas galas, perecerá miserablemente y todos los que la tocaren: tan

poderoso y eficaz será el veneno que ha de bañarla. Nada aquí me obliga

ahora a disfrazar mis pensamientos; pero gimo cuando reflexiono en

la atroz maldad que he de cometer: mataré a mis hijos, nadie me los

arrebatará, y después que arruine el palacio de Jasón, me iré de aquí

y expiaré en el destierro la muerte de seres tan queridos, ya que he

de atreverme a consumar el más impío de los crímenes. No es tolerable,

¡oh amigas!, servir de escarnio a nuestros enemigos. Sea, pues, así;

¿qué gano yo con vivir? Ni tengo patria ni hogar, ni refugio alguno en

mis males. Falté en abandonar el hogar paterno dejándome seducir de un

griego, que nos pagará lo que nos debe si los dioses lo permiten. Jamás

verá vivos después a los hijos que en mí ha procreado, ni los tendrá

de su nueva esposa, porque es menester que esa infame perezca antes

envenenada por mí. Nadie pensará entonces que yo soy débil o impotente,

ni que sufro mi daño tranquila, sino, al contrario, que soy terrible

contra mis enemigos y benévola con los que me aman. Solo de esta manera

se adquiere mayor gloria.

EL CORO

Ya que nos has participado tus proyectos, queremos servirte y defender

las leyes a que obedecen los mortales, y te exhortamos, por tanto, a

que no los realices.

MEDEA

No es posible hacer otra cosa; pero te perdono tus palabras, ya que no

padeces mis males.

EL CORO

¿Pero te atreverás a matar tus hijos?

MEDEA

Así atormentaré horriblemente a mi esposo.

EL CORO

Y tú serás al mismo tiempo la madre más desventurada.

MEDEA

Así sea; superfluo es cuanto hablemos. (_A una enclava suya_). Ve,

pues, tú, y haz venir a Jasón, que me sirves en todo fielmente. No le

dirás nada de lo que he pensado, si es cierto que amas a tu señora y

que eres mujer.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Desde las edades pasadas son afortunados los

descendientes de Erecteo, hijos de los bienaventurados dioses; nútrelos

preclara sabiduría en país inexpugnable, y discurren con pompa en

lucidísima atmósfera,[415] en donde dicen que un tiempo la blonda

Harmonía[416] dio a luz a las castas Musas, a las nueve Piérides.

_Antístrofa 1.ª_ — Allí dicen también que Afrodita, con las ondas del

Cefiso,[417] de cristalina corriente, refrescó las dulces y suaves

auras, y visitó esa región, entretejiendo su cabellera con guirnaldas

de fragantes rosas, y envió los Amores,[418] que forman el consejo de

la Sabiduría, y que son origen de todo linaje de alabanzas.

_Estrofa 2.ª_ — ¿Cómo, pues, la ciudad de los sagrados arroyos,[419]

cómo la región que tanto favorece a sus amigos,[420] podrá acogerte

como a los demás si matas impíamente a tus hijos? Piensa en su muerte,

considera el castigo que mereces. No; todas te suplicamos, abrazadas a

tus rodillas y con toda nuestra alma, que no mates a tus hijos.

_Antístrofa 2.ª_ — ¿Cómo tu ánimo o tu mano serán tan audaces, cómo

tu corazón podrá resolverse a hacer daño a tus hijos y cometer tan

horrible maldad? ¿Cómo podrás mirarlos y presenciar sin lágrimas su

martirio? No será posible, cuando caigan ante ti suplicantes, matarlos

sin piedad, y manchar en su sangre tu mortífera mano.

JASÓN

A ruego tuyo vengo, aunque seas mi enemiga; no te faltaré en esto: te

oiré, ¡oh mujer!, si tienes algo nuevo que decirme.

MEDEA

Suplícote, Jasón, que perdones mis anteriores palabras; justo es que

disimules mi ira, ya que tanto te he servido. He reflexionado más

tranquila, y me he dicho lo siguiente: ¿Por qué soy tan miserable que

me enfurezco contra los que a mi bien atienden, y soy enemiga de los

reyes de esta región, y de mi mismo esposo, que por nosotros hace lo

que más nos conviene, casándose con la hija del rey para que mis hijos

tengan hermanos? ¿No aplacaré al fin mi furor? ¿Cuánta no es mi locura

rechazando estos bienes que los dioses me conceden? ¿No tengo hijos?

¿No sé que nos han desterrado de la Tesalia, y que carecemos de amigos?

Después de resolver esto en mi ánimo, reconocí que era insensata en

sufrir tan grandes males, y que sin razón me había encolerizado. Ahora

te alabo, y me parece prudente que te cases en beneficio nuestro; y

yo me tengo por insensata, porque debía haber aprobado tus proyectos,

y ayudar a tu esposa, y asistirla en su lecho, y servirla contenta.

Pero somos mujeres, somos como somos (no diré más). No debo, pues,

confundirte con los malvados, ni has de pagar las culpas de los

necios. Cedemos y confesamos que hicimos mal entonces, y que ahora lo

pienso con más prudencia. ¡Oh hijos, hijos míos!, venid aquí, dejad

vuestra habitación, saludad y hablad a vuestro padre, y reconciliaos

con él al mismo tiempo que vuestra madre, por el odio que antes tuvimos

a los que nos amaban: la paz sea con nosotros, lejos la ira. Tomad

su diestra. ¡Ay de mis males! ¡Cómo embarga mi ánimo el recuerdo de

mis recientes extravíos![421] ¿Acaso, ¡oh hijos!, viviréis así mucho

tiempo, y me ofreceréis vuestros brazos? ¡Ay, cuán mísera, cuán

propensa al llanto, cuán tímida soy! Tarde se acaba el disgusto que

tuve con vuestro padre. Las lágrimas surcan ahora mi rostro.

EL CORO

Una lágrima brota también de mis ojos, y ojalá que no deplore otro mal

mayor.

JASÓN

Alabo tu conducta presente, ¡oh mujer!, y no puedo vituperar la

pasada; es natural que las mujeres se enfurezcan contra su marido si

se casa con otra. Pero tu corazón ha cambiado favorablemente, y al

fin conociste que era el mejor mi proyecto. Así es como obran las

prudentes. Vuestro padre, ¡oh hijos!, no ha vacilado, con ayuda de

los dioses, en mirar por vuestra futura suerte, pues creo que con

vuestros hermanos seréis algún día señores de Corinto. Lo demás, obra

es de vuestro padre y del dios que os favorezca. Que yo os vea bien

educados llegar al término de la pubertad, superiores a mis enemigos.

Mas ¿por qué corre copioso llanto de tus hinchados ojos y no oyes con

satisfacción mis palabras?

MEDEA

No es nada; pensaba en estos hijos míos.

JASÓN

Ten confianza en mí; yo miraré por ellos.

MEDEA

Así lo haré, y no desconfiaré de tus promesas; pero la mujer es

sensible de suyo, y llorar su destino.[422]

JASÓN

¿Por qué, ¡oh desventurada!, sollozas por estos hijos?

MEDEA

Yo los di a luz, y cuando tú deseabas que vivieran, me compadecía de

ellos, dudando si se realizaría o no tu deseo. Ya conoces en parte el

motivo que te ha traído aquí, y yo te diré lo restante: ya que place

a los reyes de esta ciudad desterrarme de ella, me parece mejor (bien

lo conozco), para no servirte de impedimento, ni a los que aquí mandan

(pues me miran como a enemiga de tu conyugal reposo), obedecer sus

órdenes; pero a fin de que mis hijos se eduquen bajo tu vigilancia,

ruega a Creonte que no compartan mi pena.

JASÓN

No sé si podré persuadirlo; probaremos, sin embargo.

MEDEA

Al menos rogarás a tu esposa que lo pida a su padre.

JASÓN

Sin duda alguna, y espero conseguirlo, si es una mujer como tantas

otras.

MEDEA

También yo te ayudaré en esa empresa: le enviaré presentes que exceden

en belleza a todos los humanos que he visto; a saber: un sutil vestido

y una corona de oro, que llevarán mis hijos. Conviene, pues, que cuanto

antes traiga aquí algún criado estas galas. Tu esposa será feliz e

incomparable en su dicha, no solo porque se casa contigo, que tanto

vales,[423] sino porque poseerá ese don que en otro tiempo hizo el Sol

a mis ascendientes. Tomad en vuestras manos estos nupciales dones, ¡oh

hijos!, y llevadlos a la afortunada esposa, a quien debéis obedecer.

Tales regalos no deben despreciarse.

JASÓN

¿Por qué, ¡oh insensata!, te desprendes así de ellos? ¿Crees que

faltarán vestidos en el palacio del rey? ¿Crees que faltará oro?

Guárdalos, no los des. Mi esposa me estima; me preferirá, sin duda, a

todas las riquezas.

MEDEA

No me digas eso; dícese que hasta los dioses se aplacan con dones;[424]

el oro entre los hombres vale más que infinitos discursos; favorécele

la fortuna, el cielo le es propicio; mi vida daría gustosa porque no

fuesen desterrados mis hijos, no ya oro. Vosotros, ¡oh amados!, así que

entréis en ese opulento palacio, rogad a la nueva esposa de vuestro

padre, hoy mi señora; suplicadle que os libre de mi pena, y presentadle

esos regalos: lo que más interesa es que los reciba en su mano. Id

cuanto antes; traed a vuestra madre el feliz mensaje de que ha logrado

lo que desea. (_Retírase Jasón con sus hijos_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Ya no tengo esperanza de que vivan sus hijos, ya no;

ya caminan a la muerte. Daño recibirá la esposa de la diadema de oro;

daño recibirá la desdichada. Ella con sus manos adornará con el letal

presente su blonda cabellera.

_Antístrofa 1.ª_ — Su belleza y divino brillo la invitarán a ponerse el

vestido y la artística corona de oro, y después acabará su tocado en

los infiernos. En tal lazo caerá y tal muerte sufrirá la infortunada;

no, no evitará el daño que le amenaza.

_Estrofa 2.ª_ — Y tú, ¡oh mísero, funesto esposo, yerno de reyes!; tú

contribuyes también, sin saberlo, a la ruina de tus hijos y a la muerte

deplorable de tu esposa. ¡Oh desdichado, qué distinta de lo que piensas

será tu suerte!

_Antístrofa 2.ª_ — Pero también me hacen gemir tus dolores, ¡oh madre

de hijos sin ventura!, que les darás muerte por vengar la injusta

traición que se hace a tu lecho conyugal, y la infidelidad de tu

esposo, que te deja por vivir con otra esposa.

EL PEDAGOGO (_con los hijos de Medea_).

Libres, ¡oh señora!, están ya tus hijos del destierro, y la regia

consorte recibió en sus manos los presentes: paz hay ya para tus hijos.

MEDEA

¡Ay de mí!

EL PEDAGOGO

¿A qué viene ahora tu tristeza, cuando la fortuna te es favorable? ¿A

qué ocultas tu rostro y no me oyes con alegría?

MEDEA

¡Ay, ay de mí!

EL PEDAGOGO

No es así como debes recibir mi grata nueva.

MEDEA

¡Ay, ay de mí otra vez!

EL PEDAGOGO

¿Acaso, sin saberlo, he anunciado alguna desdicha, creyendo falsamente

que era alegre mi mensaje?

MEDEA

Anunciaste lo que anunciaste; tú has hecho bien.

EL PEDAGOGO

¿Por qué bajas tus ojos y rompes en lágrimas?

MEDEA

Mucho lo necesito, ¡oh anciano!; yo extraviada, y los dioses conmigo

han pensado así.

EL PEDAGOGO

Confíamelo: por mediación de tus hijos volverás más tarde.

MEDEA

Y antes yo, infeliz, me llevaré otros.[425]

EL PEDAGOGO

No eres tú la primera que se separa de sus hijos. Los mortales han de

sufrir con paciencia las desdichas.

MEDEA

Así lo haré; pero entra en mi palacio, y cuida de mis hijos como todos

los días. ¡Oh hijos, hijos!; ya tenéis ciudad y casa, en la cual

viviréis siempre sin vuestra mísera madre; yo iré desterrada a otro

país, antes de recoger los frutos que habéis de dar y de veros felices;

antes de casaros y de engalanar yo misma a vuestra esposa, y el tálamo

nupcial, y de llevar las antorchas.[426] ¡Oh, cuán desdichada me hace

mi feroz orgullo! En vano os eduqué, ¡oh hijos!, en vano trabajé, y

graves molestias me consumieron,[427] y sufrí los intolerables dolores

del parto. Sin duda, infeliz, puse en vosotros en otro tiempo mi

esperanza, y pensé que me sostendríais en la vejez, y que con vuestras

manos cerraríais mis ojos, deseo tan natural en los mortales: ya se

desvaneció ese dulce consuelo. Sin vosotros pasaré mi vida llena de

tristeza y de amargura. Ya no veréis con vuestros ojos amados a vuestra

madre, y viviréis en adelante de otra manera.[428] ¡Ay, ay de mí! ¿Por

qué me miráis, ¡oh hijos!? ¿Por qué me miráis y os sonreís así, con

sonrisa peor para mí que la muerte? ¡Ah, ah! ¿Qué haré? Desfallece

mi ánimo, ¡oh mujeres!, cuando tropiezo con las alegres miradas de

mis hijos. No podré... Pero valgan los proyectos anteriores; de la

tierra arrancaré a mis hijos... ¿Qué necesidad tengo de afligir a

su padre con estos males, de sufrirlos yo duplicados? No seré yo...

Constancia en mis propósitos... Pero ¿qué sufro? ¿Serviré yo de risa,

quedando impunes mis enemigos? ¡Audacia! ¡Cuánta es mi flaqueza, cuánta

debilidad revelan estas frases afeminadas! Entrad en el palacio, ¡oh

hijos!; de perpetuo tormento serviréis a ese hombre, que no debe

asistir a mis sacrificios. ¡No se enervará mi mano! ¡Ah, ah! ¡No

cometerás este crimen, ¡oh mujer!; déjalos, desventurada, perdona ya

a tus hijos: viviendo, allá contigo serán tu encanto!... No, por los

dioses, que moren en el Orco con los ministros de la venganza; jamás

los abandonaré a los ultrajes de los que me odian. No hay más remedio;

que mueran, y ya que es preciso, yo que les di la vida, yo se la

quitaré. Resuelto está y se cumplirá. Y la corona orna ya las sienes de

la regia esposa, y ya perece con su peplo. Ya, ya emprenderé mi funesta

fuga, y les dejaré un legado aún más funesto... Quiero hablar a mis

hijos. Dadme, dadme, ¡oh hijos míos!, vuestra diestra para que la bese.

¡Oh mano muy amada!, ¡oh labios queridos!, ¡oh noble rostro!, ¡oh talle

gentil!; sed felices, pero allá; vuestro padre os arrebata la ventura

que podríais disfrutar aquí. ¡Oh dulce abrazo!, ¡oh tez delicada!, ¡oh

suavísimo hálito de mis hijos!; salid, salid; no puedo miraros más, que

mis desdichas me agobian. Ya comprendo, ya conozco en toda su extensión

la horrible maldad que voy a cometer; pero la ira es mi más poderosa

consejera, causa entre los hombres de las mayores desventuras.[429]

(_Medea permanece en el teatro, deseosa de saber el resultado de su

funesto mensaje_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Ya más de una vez he hecho reflexiones más profundas

y estudios más serios de lo que conviene a mi sexo, y también nos

favorece una musa que, para hacernos más sabias, conversa con nosotras

(no con todas, que acaso encontrarás pocas a quien esto ocurra), y el

estro poético es don de las mujeres.

_Antístrofa 1.ª_ — Sostengo, pues, que los mortales que no conocen el

himeneo ni las dulzuras de la paternidad, son más felices que los que

tienen hijos. Como los célibes ignoran si aquellos sirven de placer o

de pena a los hombres, se libran de muchas miserias.

_Estrofa 2.ª_ — Los que tienen dulce prole, llenos están de cuidados,

como yo observo, primero para educarla bien y dejarle medios de

subsistencia, y después porque no saben si sufren esos trabajos por

quienes han de ser buenos o malos.

_Antístrofa 2.ª_ — Recordaré tan solo este mal, el más intolerable para

todos los mortales: allegadas a veces abundantes riquezas, y ya hombres

y buenos nuestros hijos, es tan grande nuestra desgracia que la muerte

los arrebata de la tierra y los lleva al imperio de Hades. ¿Por qué

los dioses, además de tantos otros, han de causar a los hombres este

dolor, el más acerbo de todos?

MEDEA

Ya, amigas, gira veloz la rueda de la fortuna; ya veo claramente el

término de todo esto. Paréceme desde aquí que se acerca un servidor de

Jasón; diríase, por su aspecto, que viene conmovido, como a anunciar

alguna desdicha.

EL MENSAJERO

¡Qué cruel y nefanda maldad has cometido, oh Medea! Huye, huye, ya en

nave que como carro surque las ondas, ya en otro cualquier vehículo que

huelle la tierra.

MEDEA

¿Qué ha sucedido digno de tal destierro?

EL MENSAJERO

Han muerto ahora poco la princesa real y Creonte, su padre, envenenados

por ti.

MEDEA

Me anuncias gratísima nueva, y en adelante serás uno de mis

bienhechores y amigos.

EL MENSAJERO

¿Qué dices? ¿Estás en tu cabal juicio? ¿No deliras, ¡oh mujer!? ¿Te

alegras al saber la ruina del real palacio? ¿No temes las consecuencias?

MEDEA

Algo podría replicarte; pero no te exasperes demasiado, ¡oh amigo!,

sino cuéntame cómo han perecido; doblado será nuestro deleite si fue su

muerte la más horrible.

EL MENSAJERO

Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3) · 第 18 / 25 段