desventuras de sus amos y padecen también. Tan grande es mi dolor,
que vengo a contar a la tierra y al cielo los infortunios de mi
señora.[387]
EL PEDAGOGO
¿No cesa de gemir la desdichada?
LA NODRIZA
¡Singular es tu candor! Ahora empieza; aún no ha llegado a la mitad del
camino.
EL PEDAGOGO
¿Nada sabe la inocente, sí es lícito hablar así de nuestros señores, de
sus males novísimos?
LA NODRIZA
¿Qué hay, ¡oh anciano!? Dímelo al instante.
EL PEDAGOGO
Nada; ya me arrepiento de haber hablado.
LA NODRIZA
Te ruego, por tu barba, que nada ocultes a tu consierva, que, si es
necesario, guardará silencio.
EL PEDAGOGO
Oí a uno casualmente (fingiendo no escucharlo, y acercándome al juego
de los dados,[388] junto a la fuente sagrada de Pirene,[389] en donde
se reúnen muchos ancianos) que Creonte, señor de esta tierra, había
decretado que los hijos y la madre la dejasen. No sé si ese rumor es o
no cierto; yo quisiera que no lo fuese.
LA NODRIZA
¿Y consentirá Jasón que sufran tal pena sus hijos, aunque no ame a la
madre?
EL PEDAGOGO
Los nuevos amores triunfan de los antiguos, y Creonte no es amigo de la
familia de Medea.
LA NODRIZA
Perdidos somos si al mal antiguo se añade el que anuncias, cuando aún
no hemos apurado el primero.
EL PEDAGOGO
Pero tranquilízate (porque no conviene que lo sepa nuestra dueña), y
calla la noticia.
LA NODRIZA
¿Oís, hijos, cuán cariñoso es con vosotros vuestro padre? No deseo que
muera, es mi señor; pero es criminal su conducta con prendas tan caras.
EL PEDAGOGO
Entrad en el palacio, que no será inútil, ¡oh hijos! Aléjalos tú cuanto
puedas de su madre, y que no los vea airada. He observado el furor
que expresaban sus ojos al mirarlos, como si algo tramara, y no se
aplacará su ira, lo sé bien, como no la descargue en alguno. ¡Ojalá que
la víctima sea algún enemigo, no un amigo!
MEDEA (_desde dentro_).
¡Ay de mí, desventurada y mísera! ¡Ay de mis penas! ¡Ay de mí, ay de
mí! ¿Cómo moriré al fin?
LA NODRIZA
Esto es lo que os decía, amados hijos; vuestra madre se agita, su
bilis se remueve. Entrad pronto en el palacio, que no os vea; no os
acerquéis a ella; guardaos de su índole cruel, y del ímpetu terrible
de sus pasiones. Marchaos ya, entrad cuanto antes. Ya se levanta la
nube; no tardará en estallar con mayor furia. ¿Qué hará en su rabiosa
arrogancia, qué hará su ánimo implacable, aguijoneado por el infortunio?
MEDEA
¡Ay, ay, ay, ay de mí! ¡Qué males sufro, mísera! ¡Qué males sufro
tan deplorables! ¡Hijos malditos de funesta madre: que perezcáis con
vuestro padre; que todo su linaje sea exterminado!
LA NODRIZA
¡Ay de mí, ay de mí, ay de mí, desventurada! ¿Por qué han de expiar
tus hijos las faltas de su padre? ¡Ay de mí! ¡Pobres hijos! ¡Cuánta
es mi angustia, cuánto mi deseo de que nada sufráis! Crueles son los
tiranos, y como mandan mucho y obedecen poco, difícilmente se aplacan
sus iras. Mejor es acostumbrarse a vivir modestamente. Que yo envejezca
tranquila, no rodeada de magnificencia. El solo nombre de medianía es
ya grato, su posesión el mayor beneficio de que disfrutan los mortales;
nunca los excesos aprovechan a los hombres; al contrario, mayores son
las calamidades que los dioses, cuando se enfurecen, lanzan contra las
familias.
EL CORO
He oído las voces, he oído los clamores de la desdichada que nació en
Colcos, y cuya ira no se ha mitigado todavía. Cuéntanos, ¡oh anciana!,
lo que sucede; he oído lamentos en ese palacio de doble puerta,[390] y
no me placen los infortunios de esa familia, ¡oh mujer!, a quien tengo
afecto.
LA NODRIZA
Ya no existe; merced a estos sucesos ha desaparecido. Él duerme ahora
en regio tálamo; la dueña se consume en su lecho, y no tiene amigos que
la consuelen.
MEDEA
¡Ay, ay! ¡Que el fuego del cielo me abrase! ¿Qué gano yo con vivir?
¡Ay, ay! ¡Que la muerte me arrebate esta triste vida!
EL CORO
¿No habéis oído, Zeus, Tierra y Luz, las voces de la infeliz esposa?
¿No ves que tu insaciable deseo al verte sola en tu lecho, ¡oh
insensata!, precipitará tu muerte? Vano será tu anhelo. Si tu marido
descansa en nuevo tálamo, no te enfurezcas contra él, que Zeus te
vengará. No te contristes más de lo justo llorando a tu compañero.
MEDEA
¡Oh magna Temis y reverenda Artemisa!; ¿veis lo que sufro a pesar de
los sagrados juramentos que ligan a mi execrable esposo? Ojalá que lo
vea con su esposa (ya que han osado ofenderme primero) bajo las ruinas
de su palacio, ¡oh ciudad!, ¡oh padre!, a quienes abandoné torpemente
después de matar a mi hermano.[391]
LA NODRIZA
Ya oís lo que dice, y cómo invoca a Temis y a Zeus,[392] a quienes los
hombres miran como a defensores de los juramentos. No es posible que mi
señora aplaque fácilmente sus iras.
EL CORO
Ojalá que Medea se presente y atienda mis ruegos, si se ha de mitigar
su furiosa ira y los ímpetus de su rabia. Nunca faltaré yo a los
deberes de la amistad. Ve, pues, y sácala de su palacio, y dile que
la amamos; apresúrate, antes que descargue su furor en los que están
dentro; las lágrimas corren aquí con furia.
LA NODRIZA
Así lo haré, aunque no tengo confianza en persuadir a mi señora; os
complaceré, sin embargo, aunque se lanza contra sus servidores como
leona recién parida, si alguno se acerca a hablarle. No errarás si
llamas necios e imprudentes a los hombres de los pasados tiempos, que
para regocijo de la vida inventaron los himnos en fiestas, banquetes y
cenas, y ninguno intentó disiparla con la música o el canto, acompañado
de muchas liras, y por eso los asesinatos y las más fatales desgracias
arruinan a las familias. Ventajoso hubiera sido curar con el canto los
males de los hombres; porque en un alegre festín, ¿a qué modular la voz
agradablemente? Él solo, si es espléndido, deleita a los mortales.
EL CORO
He oído lúgubres clamores, he oído lamentos; quéjase amargamente del
traidor a quien dio su mano, de su malvado esposo. Llena de ignominia
invoca a Temis, hija de Zeus, defensora de los juramentos, que la
arrastró a la Grecia enfrente de su patria,[393] atravesando de noche
los mares hasta llegar a este salado y marino estrecho, de difícil paso.
MEDEA
Salgo de mi palacio, ¡oh mujeres corintias!, para que no me
reconvengáis. Sé bien que algunos que viven en el extranjero, lejos
de su patria, son orgullosos, y que otros, de costumbres apacibles
y olvidadizos de ella, pasan tranquilamente la vida.[394] No mora
la justicia en los ojos de los hombres, pues antes de conocer a
fondo a los demás, odian a la simple vista, sin ser provocados a
ello por injuria alguna. El que recibe hospitalidad debe adoptar las
costumbres de la ciudad que se la da, pues no alabo al ciudadano, sea
el que fuere, de arrogante índole que con su necedad molesta a sus
conciudadanos. Este mal, que me ha sobrevenido cuando no lo esperaba,
ha desgarrado mi corazón acabando conmigo, y como la vida no tiene ya
atractivo para mí, deseo morir, ¡oh amigas! Mi esposo, el peor de los
hombres, me ha abandonado, cuando en él tenía cifrada mi mayor dicha;
de todos los seres que sienten y conocen, nosotras las mujeres somos
las más desventuradas, porque necesitamos comprar primero un esposo a
costa de grandes riquezas[395] y darle el señorío de nuestro cuerpo;
y este mal es más grave que el otro, porque corremos el mayor riesgo,
exponiéndonos a que sea bueno o malo. No es honesto el divorcio en
las mujeres, ni posible repudiar al marido.[396] Habiendo de observar
nuevas costumbres y nuevas leyes, como son las del matrimonio, es
preciso ser adivino (no habiéndolas aprendido antes, como sucede, en
efecto) para saber cómo nos hemos de conducir con nuestro esposo. Si
congenia con nosotras (y es la mayor dicha) y sufre sin repugnancia el
yugo, es envidiable la vida; si no, vale más morir. El hombre, cuando
se halla mal en su casa, se sale de ella y se liberta del fastidio o en
la del amigo, o en la de sus compañeros; mas la necesidad nos obliga
a no poner nuestra esperanza más que en nosotras mismas. Verdad es
que dicen que pasamos la vida en nuestro hogar libres de peligros, y
que ellos pelean con la lanza; pero piensan mal, que más quisiera yo
embrazar tres veces el escudo que parir una sola. Pero tu suerte es
distinta de la mía, y contigo no rezan mis palabras; esta es tu patria,
este tu hogar paterno, y aquí disfrutas de las comodidades de la vida y
del trato de los amigos; yo sin ellos, desterrada, sufriendo afrentas
de mi marido, que me robó de un país bárbaro, no tengo madre, ni
hermano, ni parientes que me consuelen en esta calamidad. Solo, pues,
desearía que me indicases algún medio de vengarme de estos males que mi
esposo me causa, y del que le dio a su hija en matrimonio, y de ella, y
que lo calles. Porque la mujer es siempre tímida, cobarde en la lucha,
y sin ánimo para mirar tranquilamente el acero; pero cuando la injuria
que recibe afecta a su tálamo conyugal, no hay nadie más cruel.[397]
EL CORO
Haré lo que dices; con razón debes vengarte de tu esposo, ¡oh Medea! No
me admira que llores tu desgracia. Pero veo a Creonte, señor de esta
tierra, que se acerca a anunciarte sin duda nuevas órdenes.
CREONTE
Mándote, Medea de torva mirada, llena de ira contra tu esposo, que
salgas desterrada, llevándote tus dos hijos, y sin dilatarlo un
instante; que soy aquí soberano, y no volveré a mi palacio antes de
expulsarte de los confines de este país.
MEDEA
¡Ay, ay! ¡Completa es mi desventura! ¡Muerta soy! Ya mis enemigos
largan todas las velas y no hay remedio contra estos males. Pero
dime, ¡oh Creonte!, a pesar de tu odioso comportamiento: ¿por qué me
destierras?
CREONTE
Temo (dejándome de circunloquios) que infieras a mi hija algún daño
irreparable. Muchas son las causas de mi temor; eres astuta, maestra en
artificios, y sientes que tu esposo haya abandonado tu lecho; sé que
profieres amenazas, según dicen, y que no disimulas tu propósito de
vengarte de mí por haber casado a mi hija, y del esposo y de la esposa.
Cuidaré, pues, de que no suceda. Más quiero incurrir en tu odio, ¡oh
mujer!, que arrepentirme inútilmente de mi condescendencia.
MEDEA
¡Ay, ay! No ahora solo, ¡oh Creonte!, sino muchas veces, me ha
perjudicado mi mala reputación y me ha acarreado graves males. Nunca
conviene que el hombre de recto juicio enseñe a sus hijos demasiada
filosofía, porque además de ganar fama de holgazanes, concitan
contra sí la envidia de sus conciudadanos. Si enseñas a los necios
nuevas y profundas doctrinas, creerán que para nada sirves y que no
eres sabio; y hasta aquellos que estiman lo que sabes, si te creen
superior, te aborrecerán porque los molestas. Ofrézcote una prueba de
lo que digo: por mi saber me envidian unos (estos me llaman ociosa,
aquellos perversa), y para otros soy pesada carga, y sin embargo, no
sé demasiado. Tú temes sufrir de mí algún daño injusto. No es ese mi
pensamiento, ¡oh Creonte!; no receles que yo ofenda a tan ilustres
personajes. ¿Qué iniquidades has perpetrado contra mí casando a tu
hija, atento solo a su inclinación? A quien detesto es a mi marido;
pero según creo, has obrado con prudencia. Y ahora no llevo a mal que
salga todo a medida de tu deseo: que se casen, que aquí reinen la
felicidad y el bienestar; pero déjame vivir en Corinto; yo callaré a
pesar de mi afrenta, y cederé a la fuerza.[398]
CREONTE
Agrádame oír lo que dices; pero temo que fragües alguna maldad, y
ahora tengo en ti menos confianza que antes, porque la mujer de pronta
cólera, lo mismo que el hombre, es menos temible que quien calla y
solapadamente forma propósito de vengarse. Vete, pues, cuanto antes y
no me hables más; así lo he mandado y no hallarás medio de quedarte
entre nosotros, siendo mi enemiga.
MEDEA
¡Oh, no, por tus rodillas y por tu hija recién casada!
CREONTE
Hablas en balde; nunca lograrás persuadirme.
MEDEA
¿Y me expulsarás de aquí y desoirás mis súplicas?
CREONTE
No te prefiero a mi familia.
MEDEA
¡Cuánto, ¡oh patria!, me acuerdo de ti ahora!
CREONTE
Fuera de mis hijos, lo que más amo es mi ciudad.
MEDEA
¡Ay, ay! ¡Qué grave mal es el amor en los hombres!
CREONTE
En mi juicio, según sea su fortuna.[399]
MEDEA
¡Oh Zeus, no olvides al autor de estos males!
CREONTE
Vete, insensata, y líbrame de cuidados.
MEDEA
Bastante tengo con los míos; no necesito más.
CREONTE
Pronto te desterrarán a la fuerza los de mi séquito.
MEDEA
No lo hagas; yo te lo suplico, ¡oh Creonte!
CREONTE
No me precipites tú, como llevas trazos de hacerlo.
MEDEA
Huiré; no es eso lo que te pido.
CREONTE
¿A qué, pues, te opones y no te alejas?
MEDEA
Concédeme de plazo este solo día, y pensaré en dónde he de refugiarme
con mis hijos, ya que su padre no se cuida de ellos; compadécete de su
suerte, que tú también los tienes; míralos con agrado. Poco me curo de
mí y de mi destierro, pero deploro su mala fortuna.
CREONTE
No es tiránica mi natural índole, y muchas veces me ha perdido mi
bondad. Y veo que no obro bien ahora, ¡oh mujer!, y sin embargo,
lograrás lo que deseas; pero advierto que morirás si te llega a
alumbrar aquí o a tus hijos la antorcha del sol que ha de lucir mañana:
lo dicho dicho está, y no me volveré atrás. Ahora, si te conviene
quedarte aquí, quédate por un solo día, que no podrás cometer ningún
crimen de los que temo.
EL CORO
¡Infeliz mujer! ¡Ay, ay, cuántos son tus dolores! ¿Adónde te
encaminarás al fin? ¿Quién te dará hospitalidad, qué techo te
cobijará, qué tierra podrás encontrar que te libre de males? ¡En
peligrosa borrasca, ¡oh Medea!, te han lanzado los dioses![400]
MEDEA
Rodéanme solo desdichas: ¿quién podrá contradecirlo? Pero no será como
pensáis, no. Nuevas luchas aguardan a los esposos y no pocos trabajos
a los suegros. ¿Crees, acaso, que yo le habría hablado nunca con
tanta dulzura sino por ganar tiempo y vengarme? Me hubiera callado,
absteniéndome de tocar sus manos. Tan grande es su insensatez que,
pudiendo desbaratar mis proyectos, desterrándome de aquí ahora, me
ha concedido el plazo de un día, que bastará para dar muerte a tres
enemigos míos: al padre, a la hija y a mi esposo. Aunque tengo muchos
medios de hacerlos morir, no sé, ¡oh amigas!, cuál emplearé primero:
si incendiaré el palacio nupcial, o si los atravesaré con el afilado
acero, entrando ocultamente en el aposento en que está preparado el
nupcial lecho. Solo un obstáculo me detiene: si al cumplir mi propósito
me prenden, se regocijarán con mi muerte. Lo mejor es matarlos con
veneno, en cuyo arte soy maestra.
Sea así; supongamos que ya han perecido: ¿qué ciudad me acogerá? ¿Quién
me dará hospitalidad, y me dejará libre, y me ofrecerá un país seguro
y un albergue que me inspire confianza? No es fácil. Como me queda tan
poco tiempo, si encuentro algún refugio que me tranquilice, cometeré
mi crimen dolosa y ocultamente; si la inevitable fortuna trastorna mi
plan, los mataré con mi espada, aunque después muera yo; ellos verán
hasta dónde llega mi audacia. No, por Hécate,[401] deidad a quien rindo
especial culto, y cuya protección he implorado en este trance en el
secreto santuario de mi palacio; nadie se reirá de mis dolores. Amargas
y tristes serán las nupcias, amargo el nuevo parentesco, amargo mi
destierro de este país. Ea, pues, Medea; apela a todos tus artificios,
delibera y medita, no vaciles en cometer tu atroz delito; veremos quién
es más fuerte. ¿No consideras tu estado? ¿Has nacido de noble padre y
desciendes del Sol,[402] y servirás de ludibrio en las bodas de Jasón
y de los hijos de Sísifo?[403] Tú eres sagaz; por naturaleza somos
las mujeres las más incapaces de hacer el bien, pero artífices los más
ingeniosos de todo linaje de males.[404] (_Mientras canta el coro,
Medea no abandona el teatro, aunque quede en segundo término_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Hacia atrás corren las ondas de las sagradas fuentes, y
la justicia y todas las cosas hacia atrás se revuelven. El dolo preside
en los consejos de los hombres y no hay fe en los dioses. Para que mi
vida sea alabada ha de cambiar mi fama: sea honrado mi sexo, y las
mujeres no gozarán de infausto renombre.
_Antístrofa 1.ª_ — Las Musas, madres de las antiguas canciones, no
publicarán ya mi perfidia; Febo, dios de la poesía, no nos ha concedido
componer cantos divinos, acompañados de la lira,[405] porque entonces
yo hubiese entonado un himno contrario a los hombres, ya que la larga
edad pasada aduce tantas pruebas contra nosotras y contra ellos.
_Estrofa 2.ª_ — Mas tú abandonaste el hogar paterno, navegando
airada; atravesaste los dos peñascos del mar,[406] habitas en tierra
extranjera, y viuda solitaria yaces en el lecho, ¡oh desdichada!, y te
destierran de este país con ignominia.
_Antístrofa 2.ª_ — El aire se llevó los juramentos y desapareció el
pudor de la Grecia, siendo tan vasta. Tú, desventurada, no tienes
palacio paterno al cual recurras en tus miserias, y en el tuyo y en tu
esposo domina otra reina más poderosa que tú.
JASÓN
No solo ahora, sino muchas veces he observado que la rabiosa cólera
es mal irreparable. Cuando podías quedarte en tu casa y en este país,
si obedecieras resignada las órdenes de los que mandan, los obligas,
profiriendo vanas palabras, a que te lancen de aquí. Para mí no hay en
esto la menor molestia; no dejes nunca de decir que Jasón es el peor
de los hombres; pero en cuanto a tus injurias contra los príncipes,
debes convenir conmigo en que no ganas poco siendo solo desterrada.
Siempre me esforcé en aplacar la ira de los reyes, enfurecidos contra
ti, y deseaba que te quedases; pero tú, siempre insensata, prosigues
maldiciendo a los que reinan, y así no habrá otro remedio que
desterrarte. Sin embargo, ni aun por esto falto a los que amo; tal es
la razón que me ha obligado a venir aquí, ¡oh mujer!, para mirar por
ti, para que no salgas pobre con tus hijos, si algo necesitas. Muchos
males trae consigo el destierro, y aunque me aborrezcas, nunca podré
quererte mal.
MEDEA
¡Oh tú, el mayor de los malvados! (que, débil mujer, solo mi lengua
debe ofenderte), ¿has venido a vernos, has venido a vernos cuando
te odio más que a nadie? (y los dioses conmigo y todo el linaje
humano).[407] No es confianza ni fortaleza mirar frente a frente a
los amigos a quienes injurias, sino desvergüenza, la más grave de las
debilidades humanas. No obstante, has hecho bien en venir, porque me
consolaré maldiciéndote, y tú sufrirás oyéndome. Comenzaré, pues, tu
apología. Te salvé, como saben todos los griegos que se embarcaron
contigo en la nave _Argo_, cuando guiaste los toros uncidos al yugo,
que aspiraban llamas, para sembrar el mortífero campo; y después que
maté al vigilante dragón que guardaba el vellocino de oro envuelto en
sus monstruosos pliegues, visto por mí la luz saludable.[408] Yo misma,
abandonando traidoramente a mi padre y a mi familia, te acompañé a
Yolco el del Pelión con más ligereza que prudencia, y maté a Pelias
(cuando la muerte es el peor de los males) valiéndome de sus mismas
hijas, y te liberté de todo temor. Y por estos beneficios, ¡oh tú, el
más infame de los hombres!, me has vendido y buscado un nuevo tálamo
para que no se acabe tu linaje. Si no tuviera hijos, podría perdonarte
tus nuevas nupcias. No has hecho caso de tus juramentos, ni es fácil
saber si crees que todavía reinan los dioses que antes reinaron, o si
los hombres han recibido otras leyes, aun cuando estés bien seguro de
que no me has sido lo fiel que debieras. ¡Ay de mi diestra, que tanto
estrechaste! ¡Ay de mis rodillas, que en vano tocó un hombre malvado!
Perdimos toda esperanza. Ea, pues, hablaré contigo como si fueras
amigo, y aunque no eres capaz de hacerme bien alguno, te hablaré, sin
embargo, para que cuando te reconvenga, sea mayor tu oprobio. ¿Adónde
me dirigiré ahora? ¿Al palacio de mi padre y a mi patria, abandonada
antes por venir aquí? ¿Buscaré las míseras hijas de Pelias? Bien me
recibirán, sin duda, en su palacio, después de haber dado muerte a su
padre. Tal es mi desesperada situación, que me aborrecen los amigos a
quienes no debí nacer mal, y tengo por enemigos a quienes solo dispensé
beneficios, como sucede a ti. Soy por tu causa la esposa más feliz
y envidiable de la Grecia, y tú un portentoso y fidelísimo marido:
tú eres el autor de mis desventuras, tú me obligas a huir de aquí
desterrada, sin amigos, sola con mis hijos, también solos. ¡Preclara
gloria para el nuevo esposo reducir a sus hijos y a su salvadora a la
condición de errantes mendigos! ¿Por qué, ¡oh Zeus!, has permitido que
los hombres distingan el oro verdadero del falso, y no has impreso una
señal en el cuerpo para que no se confundan los malos con los buenos?
EL CORO
Grave mal es la ira, y se cura con trabajo si los amigos luchan con
amigos.
JASÓN
Preciso es, según parece, que yo no sea imperito en hablar, sino como
prudente piloto que pliega las velas de la nave, ¡oh mujer!, para
escapar a tu locuacidad desenfrenada. He de decirte, pues, ya que tanto
ponderas tus beneficios, que Afrodita sola, no otro dios ni hombre, me
salvó en mi navegación. Sutil es tu ingenio, y te será enojoso que yo
cuente cómo te forzó el Amor con sus inevitables saetas a libertarme.
Pero no insistiré en esto. No puedo negar que me ayudaste; pero probaré
que tú has ganado en ello más de lo que hubieras perdido haciendo lo
contrario. En primer lugar, vives en la Grecia y no en país bárbaro,
y has conocido en ella lo que valen el derecho y las leyes, no la
arbitrariedad y la violencia; todos los griegos alaban tu ingenio, y
has alcanzado gloria, y si habitases en los últimos confines del orbe,
nadie hablaría de ti. Aunque en mi palacio no tenga riquezas, aunque
no pueda componer versos superiores a los de Orfeo, que la fama, en
cambio, celebre mis hazañas. He aquí mis obras, ya que tú has suscitado
esta disputa. Por lo que hace a mis nupcias, que has escarnecido,
probaré primero mi prudencia, después mi moderación, y, por último,
que todo ello es la consecuencia del afecto que profeso a ti y a mis
hijos. Tranquilízate, pues. Cuando llegué aquí desde Yolco, presa de
intolerables sufrimientos, ¿qué mayor ventura para mí que casarme con
la hija del rey, no siendo más que un mísero desterrado? No, como tú
dices con sarcasmo, porque te aborrezca, ni por los incentivos que me
ofrece una nueva esposa, ni por tener muchos hijos (que me bastan los
tuyos, y no me quejo de ello), sino lo que es más importante, por vivir
vida pacífica y no sufrir la miseria, sabiendo que los amigos huyen
del pobre, y para educar a mis hijos como a su cuna corresponde, y si
engendrare otros, hermanos de los tuyos, para que todos sean iguales, y
verlos juntos, y disfrutar así de ventura. ¿Para qué necesitas a los
tuyos? A mí me interesa servir con los que tenga a los que ya viven.
¿He pensado mal acaso? No lo dirías tú si no te amargara mi matrimonio.
Vosotras las mujeres creéis poseerlo todo cuando vuestro lecho nupcial
queda a salvo; pero si sufrís algo en esta parte, miráis como lo más
adverso lo mejor y más útil. Convendría que los mortales procreasen
hijos por otros medios, y que no hubiese mujeres, y así se verían
libres de todo mal.
EL CORO
Elegante discurso has pronunciado, ¡oh Jasón!, y sin embargo me parece,
aunque de tu opinión disienta, que no has obrado en justicia faltando a
tu esposa.
ΜEDEA
No hay duda que en muchos puntos no pienso como los demás mortales.
En mi juicio, el que es sagaz hablando, cuando huella el derecho
merece el mayor castigo; confiando en que podrá paliar sus defectos
con la palabra, se atreve a obrar mal, y así no es bastante sabio.
No pronuncies, pues, contra mí frases especiosas, ni te jactes de tu
pericia en hablar, que una sola palabra mía bastará para confundirte.
Si no obrabas con mala intención, debiste convencerme primero de ello
antes de casarte, y no hacerlo sin conocimiento de tus amigos.
JASÓN
Seguramente hubieras aprobado mi propósito si te hubiese dicho que
pensaba casarme, cuando ahora refrenas tu ira con trabajo.[409]
ΜEDEA
No te afligía ese cuidado; al contrario, era para ti humillante tener
esposa extranjera acercándose tu vejez.
JASÓN
Te aseguro, ya que ha llegado la ocasión oportuna, que no por esa mujer
he deseado y conseguido ese regio matrimonio, sino, como te dije antes,
por tu bien y el de tus hijos, y porque tengan otros hermanos de sangre
real, columnas de mi familia.
ΜEDEA
Que no me toque en suerte dicha mezclada con dolor, ni riquezas que
atormenten mi ánimo.
JASÓN
¿Quieres hacer votos contrarios, y parecerás más prudente? No pienses
jamás que los bienes son molestos, ni te tengas por infeliz cuando eres
afortunada.
ΜEDEA
Insúltame, que aquí tienes un refugio, y yo huiré abandonada.
JASÓN
Tú misma lo has elegido; no acuses a nadie.
ΜEDEA