y su cabeza rasurada; pero me hizo creer lo contrario asegurándome
que celebraba esos funerales en honor de un extranjero. Contra mi
voluntad traspasé estas puertas, y he bebido en el palacio de un hombre
hospitalario, víctima de tal desdicha. ¿Y en tan crítica aflicción
me regalé coronando mi cabeza? ¿Tú, hombre, por qué no me dijiste que
pesaba sobre esta familia tan grave infortunio? ¿En dónde la sepulta?
¿En dónde podré encontrarla?
EL ESCLAVO
Fuera de las murallas, y cerca del camino que lleva derecho a
Larisa,[363] verás un elegante túmulo.[364]
HERACLES
¡Oh corazón, que tantas empresas osaste! ¡Oh alma mía, prueba que
naciste de Zeus y de Alcmena la Tirintia, hija de Electrión! Ahora
debo salvar a la mujer que ha muerto hace poco, devolver Alcestis a
este palacio, y probar a Admeto mi gratitud. Iré, pues, al Orco a
visitar al rey de los muertos, de negro manto vestido, y lo acecharé,
y acaso lo encuentre junto al túmulo, bebiendo la sangre de las
víctimas. Y si me oculto y salgo de repente, me apodero de él y lo
ciñen mis brazos, no hay quien pueda arrancarme sus miembros magullados
a no soltar esa mujer. Y si se me escapa esta presa y no viniera a
saborear la ensangrentada torta,[365] descenderé al oscuro palacio de
los infiernos, en donde habitan Hades y Perséfone, y les pediré a
Alcestis, y espero traerla y entregarla al huésped que me da asilo en
su palacio y no me rechaza a pesar de su grave desdicha; al contrario,
la oculta por mi causa, llevado de su nobleza. ¿Qué pueblo será más
hospitalario que el tesalio? ¿Qué griego más que Admeto? No dirá, pues,
que ha sido benéfico con un ingrato, y que su generosidad no obtiene
recompensa. (_Entra Heracles en el palacio, y poco después regresa
Admeto con el coro_).
ADMETO
¡Ay, ay de mí!; ¡triste es para mí el acceso a este solitario
palacio; triste su aspecto! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ah, ah! ¿Adónde
iré? ¿En dónde me detendré? ¿Qué diré? ¿Qué no diré? ¡Ay si muriera!
¡Desventurado nací! ¡Dichosos los muertos, envidiable es su suerte; yo
desearía habitar entre ellos! No me alegra la luz, ni que mis pies
huellen la tierra. ¡Funesta prenda que me ha arrebatado la muerte para
entregarla a Hades!
EL CORO
¡Sigue, sigue tu camino! Ocúltate en el ángulo más recóndito de tu
palacio.
ADMETO
¡Ay, ay de mí!
EL CORO
Lamentables son tus males.
ADMETO
¡Ah, ah!
EL CORO
Natural es tu dolor; bien lo sé.
ADMETO
¡Ay, ay!
EL CORO
Pero en nada puedes favorecer a la muerta.
ADMETO
¡Ay de mí!; ¡ay de mí!
EL CORO
Triste es no ver más el semblante de una esposa amada.
ADMETO
Me has recordado lo que contrista mi ánimo. ¿Qué desdicha mayor para un
hombre que perder una esposa fiel? ¡Ojalá que nunca hubiese contraído
himeneo, ni vivido con ella en este palacio! ¡Felices los célibes y los
que no tienen descendencia! Un alma sola es la suya,[366] y sufrir con
ella mediana carga; pero intolerable es contemplar los lechos nupciales
devastados por la muerte, y las enfermedades de los hijos, dependiendo
de nosotros vivir siempre libres de tales molestias.
EL CORO
El destino, el destino incontrastable lo dispuso.
ADMETO
¡Ay, ay de mí!
EL CORO
Y no vencerás tus dolores...
ADMETO
¡Ah, ah!
EL CORO
Insufribles son en verdad; pero...
ADMETO
¡Ay, ay de mí!
EL CORO
Resígnate; no eres tú el primero que ha perdido...
ADMETO
¡Ay de mí!, ¡ay de mí!
EL CORO
...su esposa; otras desdichas agobian también a los demás hombres.
ADMETO
¡Oh luto y eterna aflicción por la muerte de la que amo, ahora debajo
de la tierra! ¿Por qué me impediste arrojarme en su tumba, y con ella,
con esa mujer, la mejor de todas, yacería yo también sin vida? Dos
almas fidelísimas obedecerían a Hades en vez de una, y ambas habrían
atravesado juntas el lago infernal.
EL CORO
Yo tuve un pariente, cuyo hijo único, digno de ser llorado, murió en su
casa;[367] pero soportaba con moderación su desgracia, aun cuando quedó
huérfano de edad ya provecta y blancos sus cabellos.
ADMETO
¡Qué triste aspecto tiene este palacio! ¿Cómo entraré en él? ¿Cómo
habitaré en él, trocada mi fortuna? ¡Ay de mí! ¡Grande es mi
desventura! Penetré en él en otro tiempo, cuando celebré en él mi
himeneo a la luz de las antorchas del Pelión,[368] llevando de la mano
a mi amada esposa; muchedumbre de amigos me acompañaba, ensordeciendo
el aire con sus cantos y alabando mi ventura y la de ella, hoy muerta,
porque nobles ambos y de noble estirpe, nos habíamos desposado; ahora
se oyen lamentaciones que odia Himeneo, y envuelto, no en blancos, sino
en negros vestidos, me encamino al aposento desierto en donde yace mi
nupcial tálamo.
EL CORO
Sobrevínote esta pena cuando te sonreía la fortuna, y no conocías los
males; pero no perdiste la vida. Murió la esposa, quedó su amor; ¿qué
hay de nuevo en esto? La muerte de una compañera ha roto muchos lazos
como el tuyo.
ADMETO
Mejor es el destino de mi esposa, ¡oh amigos!, que el mío, aunque no
lo parezca. Ni sufrirá ya más dolores, ni padecerá molestias, de que
se ha libertado con gloria; pero yo, que no debía existir, libre ya de
la muerte, pasaré triste vida. Ahora, ahora lo conozco; ¿cómo entraré
en mí palacio? ¿A quién llamaré y quién me llamará? ¿Cómo hollaré
contento sus umbrales? ¿Adónde me dirigiré? Me rechazará la soledad
que reina dentro cuando contemple vacío el aposento de mi esposa y
las sillas en que se sentaba, y nada más que el suelo y el techo; sus
hijos caerán a mis rodillas llorando a su madre, y otros gemirán por
la dueña del alcázar, que han perdido. Esto en mi palacio; fuera no me
dejarán sosegar los ruegos de los tesalios para que otra vez me case,
y largo séquito de mujeres; yo no tengo valor para ver las compañeras
de mi esposa. Todos mis enemigos hablarán así de mí: «Vedlo, vedlo
deshonrado; no tuvo valor para morir, sino que, vendiendo cobardemente
a su cónyuge, conservó la vida; y después de esto, ¿creerá que es
hombre?, y aborrece a su padre cuando él no quiso perecer».[369] Así
me infamarán para poner el colmo a mi desdicha. ¿Por qué, pues, he
de desear la vida, ¡oh amigos!, si he de oír tales injurias, y tan
hondamente afligido?
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — También frecuentaba yo el trato de las musas, y me
remonté al empíreo, y después de profanos estudios nada encontré tan
poderoso como la necesidad, ni hallé remedio alguno contra ella en las
tablas tracias, que dictó la voz de Orfeo,[370] ni en los medicamentos
innumerables que Febo enseñó a los descendientes[371] de Esculapio,
manantial de salud para los míseros mortales.
_Antístrofa 1.ª_ — De nada sirve acudir a las aras de esta diosa, ni
tampoco adorar su imagen; no hace caso de las víctimas. Que jamás en
mi vida, ¡oh venerable deidad!, sea más infortunada de lo que he sido
hasta ahora. Tú ejecutas cuanto Zeus ordena. Tú doblegas por la fuerza
el hierro de los cálibes,[372] y no hay poder bastante para torcer tu
voluntad.
_Estrofa 2.ª_ — Y te estrechó, ¡oh Admeto!, con sus lazos inevitables.
Resígnate, pues por más que llores, nunca devolverás a la luz a los
que murieron y yacen en los infiernos. Hasta a los hijos de los dioses
se lleva la Muerte a las mansiones subterráneas. La amábamos cuando con
nosotros vivía, la amamos después de muerta; noble como ninguna era la
compañera de tu lecho.
_Antístrofa 2.ª_ — Que el túmulo de tu esposa no sea un montón de
tierra como el de los demás difuntos, para que lo adoren los caminantes
y le rindan culto, igual al de los dioses. Y alguno dirá, torciendo
sus pasos: «Esta murió en otro tiempo por su esposo; ahora es diosa
bienaventurada; salve, ¡oh mujer veneranda!, que nos concedas la
felicidad». Tales voces la saludarán. Pero he aquí al hijo de Alcmena,
¡oh Admeto!, que se acerca a tu palacio.
HERACLES (_con una mujer cubierta con un velo_).
Con libertad, ¡oh Admeto!, debemos hablar a los amigos, y no callar,
guardando en el pecho nuestras reconvenciones. Como yo llegué a
tiempo para acompañarte en tus desdichas, creí que me las hubieses
participado para poner a prueba mi amistad; pero me hospedaste en tu
palacio como si solo te afligiera mal ajeno, cuando el cadáver de tu
esposa yacía en su féretro. Y coroné mi cabeza, y ofrecí libaciones
a los dioses en tu triste palacio. Y sin embargo, me quejo, me quejo
de esto, aunque sienta agravar tus desdichas. Te diré la causa que me
trae aquí de nuevo. Guárdame esta mujer que te entrego hasta que vuelva
con los caballos de la Tracia, después de matar al tirano bistonio.
Si la suerte no me es contraria, como deseo, tornaré, y mientras
tanto te la doy para que sirva a tu familia. Con mucho trabajo llegó
a mi poder: asistí a un certamen de atletas en que se proponía premio
digno de esfuerzo, y en él lo he conseguido ganando la victoria. A
los vencedores en más fácil combate se daba un caballo; ganados a
los que lograban la palma en más grave contienda, como en la lucha y
en el pugilato; después seguía esta mujer, y como me encontrase allí
casualmente, pareciome vergonzoso despreciar tan gloriosa recompensa.
Cuida, pues, de ella, como te he dicho; no la he robado, que la gané
peleando, y acaso me lo agradecerás algún día.
ADMETO
No por menosprecio ni por enemistad te oculté la suerte sin ventura
de mi esposa, sino porque, además de este dolor, hubiera sentido otro
si en distinto albergue buscaras hospitalidad; bastábame deplorar
aquella desdicha. En cuanto a esta mujer, te ruego, ¡oh rey!, que si
me lo permites, la deposites en poder de otro cualquier tesalio, ya
que entre los fereos cuentas muchos amigos, y así no me recordarás mis
penas. No podría menos de llorar viéndola en mi palacio; no aumentes
mi aflicción, que bastante tengo con la intolerable calamidad que ya
conoces. ¿En qué parte del palacio se podrá educar tan tierna joven?
Porque lo es, si algo significan su vestido y sus atavíos.[373]
¿Habitará, pues, bajo el mismo techo que los hombres? ¿Y cómo se
conservará pura entre jóvenes? No es fácil refrenarlos, ¡oh Heracles!,
y solo de lo que te interesa me curo ahora. ¿La llevaré acaso al ala
del palacio, en donde se halla el tálamo de la difunta? ¿Y cómo la he
de conceder su lecho? Temo dos clases de reconvenciones: una, de los
ciudadanos, no sea que alguno me reprenda porque, faltando a una esposa
adorable, duermo con otra doncella; y otra, de la muerta (digna de mi
respeto) por el poco caso que de ella hago. Mas sabe tú, ¡oh mujer!,
seas quien fueres, que tu figura es la misma que la de Alcestis, y tu
cuerpo semejante al suyo. ¡Ay de mí! Por los dioses, quita esta mujer
de mi presencia; no me asesines, que harta es mi desventura. Me parece
que veo a mi esposa cuando la miro: túrbase mi corazón, y ríos de
lágrimas brotan de mis ojos. ¡Oh desventurado de mí! Ahora comprendo la
amargura de mi suerte.
EL CORO
Yo no puedo alegrarme de tu infortunio, pero sea cual fuere el don que
los dioses te ofrezcan, debes aceptarlo.
HERACLES
¡Ojalá que fuese tanto mi poder, que de los infiernos trajese a la luz
a tu esposa, y te probara así mi amistad![374]
ADMETO
Ya sé lo que deseas; pero ¿cómo lograrlo? No es posible que los muertos
vuelvan a ver la luz.
HERACLES
No seas exagerado en tu dolor: súfrelo con moderación.
ADMETO
Es más fácil exhortarme a ello que tolerarlo.
HERACLES
¿Y qué ganarás gimiendo siempre?
ADMETO
Lo sé también; pero me arrebata el amor que me inspiraba.
HERACLES
Amar a un muerto fuente es de lágrimas.
ADMETO
Mi desgracia es superior a toda expresión.
HERACLES
Perdiste una buena esposa; ¿quién lo negará?
ADMETO
Hasta el punto de que la vida no tiene encantos para mí.
HERACLES
El tiempo mitigará tu pena, ahora en todo su vigor.
ADMETO
El tiempo, es verdad, si el tiempo es la muerte.
HERACLES
Te consolará una mujer, y desearás celebrar nuevas bodas.
ADMETO
Calla. ¿Qué has dicho? No lo esperaba de ti.
HERACLES
¿Cómo, pues? ¿No elegirás una compañera, y dejarás vacío tu lecho?
ADMETO
Ninguna dormirá a mi lado.
HERACLES
¿Y eso aprovechará algo a la difunta?
ADMETO
Esté donde estuviere, es menester honrarla.
HERACLES
Alabo, alabo tu propósito, pero no deja de ser una necedad.
ADMETO
Y haces bien, porque nunca me llamarás esposo de otra.
HERACLES
Lo alabo, porque eres fiel amante de Alcestis.
ADMETO
Moriré si le falto, aunque ya ella no exista.
HERACLES
Haz, sin embargo, lo posible por acoger dignamente en tu palacio a la
que te presento.
ADMETO
No, por Zeus tu padre.
HERACLES
Y no obrarás bien si no lo haces.
ADMETO
Y si lo hago, el dolor desgarrará mi pecho.
HERACLES
Sigue mi consejo; quizá a trueque de este favor obtendrás proporcionada
recompensa.
ADMETO
¡Ay de mí! ¡Ojalá que nunca hubieras vencido en la lucha!
HERACLES
Tú también venciste conmigo.
ADMETO
Bien has dicho, pero que esta mujer se vaya.
HERACLES
Se irá, si conviene; pero reflexiónalo primero.
ADMETO
Así ha de ser, si no quieres indisponerte conmigo.
HERACLES
Sé muy bien las razones que tengo para insistir tanto en mi propósito.
ADMETO
Tú triunfas, mas no me es grata tu acción.
HERACLES
Pero llegará tiempo en que me alabes; obedéceme siquiera ahora.
ADMETO (_a sus servidores_).
Lleváosla, pues, si la he de recibir en mi palacio.
HERACLES
No seré yo quien la entregue a tus servidores.
ADMETO
Guíala tú mismo, si quieres.
HERACLES
Al contrario, la dejaré en tus manos.
ADMETO
No la tocaré; puede ir cuando quiera a mi palacio.
HERACLES
Solo a tu diestra la confío.
ADMETO
¡Oh rey!, me obligas contra mi voluntad.
HERACLES
Atrévete a extender la mano y a tocar a tu huéspeda.[375]
ADMETO (_volviendo hacia atrás el rostro_).
Ya la extiendo, volviendo mi cabeza como si hubiese de mirar el rostro
de la Gorgona.
HERACLES
¿La estrechas ya?
ADMETO
Sí.
HERACLES
Está bien; guárdala, pues; algún día dirás que el hijo de Zeus es un
noble huésped. (_Quítale el velo_). Mírala; quizá te parezca semejante
a tu esposa; ya eres feliz, ya debe acabar tu dolor.
ADMETO
¡Oh dioses! ¿Qué diré? ¡Milagro inesperado! ¿Miro verdaderamente a mi
esposa, o mi alegría es juguete de algún dios?
HERACLES
No es eso; la que ves es tu misma esposa.
ADMETO
¿Será acaso algún espectro infernal?
HERACLES
No vayas a creer que tu huésped es encantador.[376]
ADMETO
¿Pero es esta mi esposa, la que sepulté hace poco?
HERACLES
No tengas la menor duda, aunque no es extraño que desconfíes así de la
fortuna.
ADMETO
¿La tocaré y hablaré como si fuese mi esposa?
HERACLES
Háblala; tienes cuanto podías desear.
ADMETO
¡Oh rostro y cuerpo de mi amada cónyuge!; poséote contra lo que
esperaba, y cuando pensé que jamás te volvería a ver.
HERACLES
En tu poder está; cuidado no excites la envidia de los dioses.
ADMETO
¡Oh noble hijo de Zeus Máximo!; que seas dichoso, y que te conserve el
padre que te engendró. Tú solo me has devuelto la vida. ¿Cómo desde los
infiernos la trajiste a la luz?
HERACLES
Peleando con el dios de las tinieblas.
ADMETO
¿En dónde dices que has trabado batalla con Hades?
HERACLES
Junto al mismo túmulo, acechándolo, y sujetándolo con mis brazos.
ADMETO
¿Y por qué no habla esta mujer?
HERACLES
No te es lícito oír su voz antes de ofrecer la debida expiación a los
dioses infernales, y hasta que no pasen tres días.[377] Pero llévala
a tu palacio, y ya que eres justo, sigue, ¡oh Admeto!, siendo piadoso
con tus huéspedes. Y adiós; yo voy a emprender el trabajo que me ha
ordenado el rey, hijo de Esténelo.
ADMETO
Quédate conmigo, y acepta la hospitalidad que te ofrezco.
HERACLES
Otra vez será; ahora me urge dejarte sin dilación.
ADMETO
Pues que seas feliz, y vengas aquí a la vuelta. Mando a los ciudadanos
de Feras y a toda la tetrarquía[378] que formen coros en celebridad
de este fausto suceso, que sacrifiquen víctimas en las aras, y que
el incienso acompañe a sus súplicas. Nuestra vida ahora es mejor que
antes; no negaré que soy dichoso.
EL CORO
Muchas formas toman los sucesos que el cielo ordena, y muchas cosas
hacen los dioses contra nuestras esperanzas, y lo que parecía que había
de suceder no se verifica, y por obra del cielo termina felizmente lo
que no se aguardaba. Así ha acontecido ahora.
MEDEA
ARGUMENTO
Medea, hija del rey de la Cólquida, con cuya poderosa ayuda pudieron
los argonautas conquistar el vellocino de oro, se había desposado con
Jasón, dando a luz dos hijos, siguiéndole a Grecia, y estableciéndose
con él en Corinto. Jasón, sin embargo, en vez de corresponder a los
sacrificios que había hecho en su obsequio, ya cediendo al amor que
le inspirara la hija de Creonte, rey de Corinto, ya por motivos
de conveniencia personal, pretendió la mano de esta, y logró el
asentimiento de su padre para celebrar sus segundas nupcias; pero
Creonte entonces, conociendo el carácter vindicativo y vehemente de
Medea, ya famosa por su crueldad y sus mágicas artes, decretó su
destierro inmediato con sus hijos, y solo a sus ruegos consintió
en aplazarlo, señalándole un nuevo término. Medea aprovechó este
descanso para fingir su reconciliación con su esposo, y llevó su
aparente docilidad hasta el punto de regalar a la nueva desposada
una corona de oro y un riquísimo peplo. Desgraciadamente ambos dones
estaban envueltos en eficacísimo veneno, que estalló en el momento de
ponérselos la hija del rey, devorándola juntamente con su padre. No
contenta con esto, se vengó también de Jasón matando a sus hijos, y
huyó impune a la corte de Egeo, rey de Atenas, atravesando los aires en
un carro tirado por dragones.
Si sujetamos el análisis de esta tragedia a nuestro criterio moderno,
no podemos menos de confesar que es una de las mejores de Eurípides,
ya por la sencillez de su argumento, la sobriedad del plan y la
perfección de sus detalles, como por el patético que en toda ella
reina, y la maestría con que el poeta desenvuelve el carácter cruel y
apasionado de su singular protagonista. Así comprendemos también que
todavía se sostenga en nuestra escena, y la multitud de imitaciones
que se han hecho de ella. Entre los griegos, Neofrón de Sición; Ennio,
Pacuvio, Aecio, Ovidio y Séneca, entre los romanos; el italiano
Ludovico Dolce; el inglés Glower; La Peruse, P. Corneille, Tomás
Corneille, Longepierre, Pellegrin y Clément entre los franceses, han
seguido las huellas de Eurípides y de Séneca, deslumbrados, sin duda,
por la creación de esta mágica heroína, sin rival en la dramática
antigua y moderna.
Los críticos que la han analizado no están de acuerdo en sus juicios,
y tanto Aristóteles como Augusto Guillermo Schlegel, Lefranc y otros
desaprueban algunas de sus partes, aunque a nuestro poco autorizado
parecer no se fijen en su defecto capital, que es el sello puramente
humano que la distingue, lo cual, desde el punto de vista helénico, es
lo más importante. Jasón, en efecto, se casa con la hija de Creonte
por razones de utilidad personal, y Medea se venga de él y de los
príncipes de Corinto envenenándolos y asesinando a sus hijos, y huye
impune después de cometer tales atentados. La moral de la fábula es,
por tanto, incompleta, porque el principal delincuente, que es Medea,
nada sufre en castigo de sus crímenes, al par que la pena de Jasón,
de Creonte y de su hija es desproporcionada. El desenlace trágico no
es el que debiera ser, porque estas luchas horribles, que trastornan
el mundo moral, no se calman y apaciguan devolviéndole su anterior
armonía, como sucede en las de Sófocles y Esquilo. En nuestra opinión,
el mérito principal de esta tragedia consiste en el carácter y en la
situación dramática de Medea, arquetipo de la mujer fuerte, de pasiones
enérgicas, exagerada y vehemente en su amor y en su odio, herida
como una leona en lo que más ama, rodeada de ingratos y de hombres
inferiores en todo a ella, pero osada y terrible en sus iras y ardiente
en su venganza, como el Sol, de quien desciende. Jasón, cual Teseo con
Ariadna y Eneas con Dido, es un personaje que, bajo distintos nombres,
aparece no una vez sola en la poesía pagana. Para comprender el valor
dramático de esta tragedia, baste recordar que han transcurrido cerca
de dos mil trescientos años desde su primera representación, y hoy
no podemos asistir a ella sin sentirnos profundamente conmovidos,
cuando casi ha desaparecido el pueblo que la produjo, y los imperios
más vastos y poderosos han caído en tierra, y ha quedado desierto el
Olimpo, y son distintas nuestras leyes, nuestras costumbres y nuestra
cultura.
En cuanto a la fecha de su representación, parece indudable que se
verificó antes de la guerra del Peloponeso, si valen algo tres datos de
alguna importancia que existen referentes a este punto. El autor del
argumento griego dice así:
Ἐδιδάχθη ἐπὶ Πυθοδώρου ἄρχοντος κατα τὴν ὀγδοηκοστὴν ἑβδόμην Ὀλυμπιάδα.
πρῶτος Εὐφωρίων, δεύτερος Σοφοκλῆς, τρίτος Εὐριπίδης. Μήδεια,
Φιλοκτήτης, Δίκτυς, Θερισταὶ σάτυροι. Οὐ σῴζεται.
Dedúcese, pues, de estas palabras que se representó en el arcontado de
Pitodoro, el año primero de la olimpiada 87 (432 antes de Jesucristo),
y que concurrieron a este certamen dramático Euforión, hijo de Esquilo,
que ganó el primer premio, Sófocles el segundo, y Eurípides el tercero.
Además, en la misma tragedia leemos estos versos, que pronuncia Medea:
χρὴ δ᾽ οὔποθ᾽ ὅστις ἀρτίφρων πέφυκ᾽ ἀνὴρ,
παῖδας περισσῶς ἐκδιδάσκεσθαι σοφούς·
Χωρὶς γὰρ ἄλλης ἧς ἔχουσιν ἀργίας
φθόνον πρὸς ἀστῶν ἀλφάνουσι δυσμενῆ.
Σκαιοῖσι μὲν γὰρ καινὰ προσφέρων σοφὰ
δόξεις ἀχρεῖος κοὐ σοφὸς πεφυκέναι. κ. τ. λ.
en los cuales parece aludir Eurípides a las persecuciones que sufrieron
los filósofos antes de la guerra del Peloponeso, según Plutarco,
_Nic._, cap. XXIII, y de cuyas resultas se vio la célebre Aspasia en
inminente peligro de muerte, salvándose solo a ruegos de Pericles.
Por último, en los versos 825 y 26 llama el coro al Ática ἱερᾶς χώρας
ἀπορθήτου τε, «región sagrada e inexpugnable», indicando, sin duda, que
aún no había sufrido los tristes reveses que después experimentó en la
guerra.
PERSONAJES
LA NODRIZA DE MEDEA.
EL PEDAGOGO, _o ayo de los hijos de Medea._
ΜEDEA.
CORO DE MUJERES CORINTIAS.
CREONTE, _rey de Corinto._
JASÓN.
EGEO, _rey de Atenas._
UN MENSAJERO.
LOS HIJOS DE MEDEA.
La acción es en Corinto.
Vese en la escena el palacio de Creonte.
LA NODRIZA
¡Ojalá que la nave _Argo_[379] no volase a la Cólquida[380] y a las
cerúleas Simplégadas,[381] y que nunca cayese en tierra el pino cortado
en las selvas del Pelión,[382] ni la hubiesen armado de remos los
héroes muy ilustres que fueron a conquistar el vellocino de oro de
Pelias![383] No hubiera navegado mi dueña Medea hacia las torres del
campo de Yolco,[384] enamorada de Jasón, ni las hijas de Pelias habrían
dado muerte a su padre, ni habitaría en Corinto[385] con su esposo y
sus hijos, muy querida de estos ciudadanos, a cuyo país vino fugitiva,
y complaciendo sin tasa a Jasón; que el lazo más fuerte del matrimonio
es la completa sumisión de la esposa al esposo. Pero hoy todo le es
hostil, e indecibles sus sufrimientos. Jasón, faltando traidoramente
a sus propios hijos y a mi dueña, contrae regias nupcias con la
hija de Creonte,[386] rey de Corinto. La desdichada Medea, herida
ignominiosamente en la fibra más sensible de su corazón, clama y jura,
invoca la fidelidad que Jasón le prometió al darle su diestra, y pone
a los dioses por testigos de su ingratitud. Yace sin tomar alimento,
presa de intolerables dolores y siempre deshecha en lágrimas, desde
que tuvo noticia de la injuria que su esposo le hacía; ni levanta
sus ojos, ni los separa de la tierra, sino que, impasible como una
piedra o como las olas del mar, oye los consejos de sus amigos, a no
ser cuando inclina su muy blanco cuello y llora a su padre amado, a
su patria y sus palacios, abandonados por acompañar a su esposo, que
ahora la desprecia. La infortunada aprende a conocer sus penas a costa
de lo que vale el suelo patrio. Odia a sus hijos y no se alegra al
verlos. Y temo que maquine algo funesto, que es de carácter vehemente
y no puede sufrir injurias. Yo, que lo sé, me estremezco al pensar que
acaso atraviese sus entrañas con afilado acero, o que mate a la hija
del rey y al que se casó con ella, y le sobrevengan después mayores
desdichas. Repito que es de carácter vehemente y que ningún adversario
triunfará de ella con facilidad. Pero he aquí a sus hijos, que vienen
del gimnasio en donde corren los carros, sin pensar en su madre, porque
en su edad juvenil no se suelen sentir los males.
EL PEDAGOGO (_con los hijos de Medea_).
Antigua esclava del palacio de mi dueña: ¿por qué estás sola a la
puerta reflexionando en tu infortunio? ¿Cómo es que Medea no apetece tu
compañía?
LA NODRIZA