morir. Dejo la vida probándote mi respetuoso amor, y consiento en
que veas esta luz al precio de ella, y cuando en vez de esto podría
casarme con el tesalio que quisiera, y habitar en palacio de reyes,
no deseo vivir sin ti con hijos huérfanos de padre, ni me apiadé de
mí poseyendo gracias juveniles que me prometían largo deleite. Pero
tu padre y tu madre te hicieron traición, aun cuando por su edad bien
podían haber muerto con decoro, y salvado a su hijo y alcanzado gloria.
Tú eras el único fruto de su himeneo, y faltando no tenían esperanza
de engendrar otros. Y ambos hubiésemos vivido y no gemirías huérfano
de tu esposa, ni educarías a hijos huérfanos también. Pero algún dios
ha dispuesto que así suceda: sea, pues. Concédeme una gracia teniendo
presente que yo nunca te pediré demasiado, si la vida vale tanto, y
será justo lo que te suplique; tú mismo lo conocerás si eres prudente,
como creo, y amas a estos hijos no menos que yo: sean ellos los señores
en mi palacio y no les des madrastra, que, como ha de ser peor que yo,
por celos maltratará a tus hijos y a los míos. Ruégote, pues, que no te
cases segunda vez. La madrastra, que sucede a la esposa, es enemiga de
los frutos del anterior matrimonio, y no más piadosa que una víbora.
Y el varón tiene en su padre gran defensa (porque le habla y con él
se entiende); pero tú, ¡oh hija mía!, ¿cómo te educarán mientras seas
virgen para vivir honestamente, cual la esposa de tu padre? Torpe fama
puede mancharte con su hálito, y en la flor de tu juventud desbaratar
tus bodas. No será tu madre la que te lleve al altar del himeneo, ni
te infundirá valor con su presencia en los dolores del parto, ¡oh
hija!, porque nadie es tan cariñoso como una madre. Pero debo morir, y
no mañana o el día tercero de este mes,[337] sino que dentro de muy
poco me contarán entre los muertos. Reíd alegres, que tú, ¡oh esposo!,
puedes vanagloriarte de haber poseído la mejor de las mujeres, y
vosotros, hijos, la mejor de las madres.[338]
EL CORO
Ten confianza; no temo hablar por él; hará cuanto deseas si no pierde
la razón.
ADMETO
Se hará, se hará lo que ruegas; no temas, que si yo te poseí viva,
después que mueras tú sola serás llamada esposa mía, y ninguna otra
tesalia ocupará tu lugar, que no hay quien te iguale ni en nobleza ni
en belleza. A los dioses pido que me dejen gozar de la compañía de mis
hijos, que de la tuya no he disfrutado como quería. No llevaré tu luto
un año, sino mientras durare mi vida, ¡oh esposa!, y odiaré a mi madre
y rechazaré a mi padre, que me amaban en apariencia, no en realidad;
tú me has salvado dando tu existencia por la mía. ¿Y no he de gemir
perdiendo tal compañera? Se acabarán los banquetes, no vendrán ya mis
comensales, y desaparecerán para siempre las coronas y los cánticos
que llenaban mi palacio; jamás tocaré la lira, ni cantaré al son de la
flauta libia, que contigo se van todos mis placeres. Tu imagen, obra
de hábil artista, será colocada en mi tálamo, y me prosternaré ante
ella, y la ceñirán mis brazos invocando tu nombre muchas voces, y se
me figurará, aunque no sea cierto, que estrecho a mi esposa amada;
frío deleite según creo, pero suficiente, no obstante, para aliviar el
peso que me oprime. En mis sueños te aparecerás y me llenarás de gozo,
que es grato ver de noche a los que amamos en cualquier ocasión que se
presenten. Si yo tuviese el estro y la voz de Orfeo para aplacar con
mis versos a la hija de Deméter o a su esposo, descendería al infierno
y te sacaría de él sin temer al perro de Hades, ni al barquero que,
apoyado en sus remos, transporta a las almas, hasta que te restituyese
a la luz. Espérame allí, pues, cuando muera, y prepara la morada en
donde vivirás conmigo. Una misma caja de cedro nos encerrará a ambos,
y uno junto a otro descansarán nuestros cuerpos, que ni muerto me
separaré de ti, ya que tú sola me has sido fiel.
EL CORO
Y yo llevaré contigo triste luto, como un amigo por otro, por esta
reina que tanto lo merece.
ALCESTIS
¡Oh hijos, ya habéis oído a vuestro padre, que me ha prometido no
casarse jamás en daño vuestro, ni olvidarse de mí!
ADMETO
Y ahora lo ratifico, y así lo haré.
ALCESTIS
Bajo esta condición recibe mis hijos de mi mano. (_Pone en las de
Admeto las mano de sus hijos_).
ADMETO
Los acepto, caro presente de una mano también cara.
ALCESTIS
Que seas tú en mi lugar la madre de estos niños.
ADMETO
Y mucho lo necesitan, huérfanos de ti.
ALCESTIS
¡Oh hijos! ¡Cuando convenía que yo viviera, desciendo a los infiernos!
ADMETO
¡Ay de mí! ¿Qué haré, pues, sin ti?
ALCESTIS
El tiempo mitigará tu pena: el muerto nada es.
ADMETO
Llévame contigo, por los dioses, llévame allá abajo.
ALCESTIS
Basta conmigo, que muero por ti.
ADMETO
¡Oh destino! ¡Qué esposa me arrebatas!
ALCESTIS
En tinieblas mis ojos ya me pesan.
ADMETO
Yo también muero si me dejas, ¡oh mujer!
ALCESTIS
Ya puedes decir que he muerto, y que nada soy.
ADMETO
Alza el rostro; no abandones a tus hijos.
ALCESTIS
Contra mi voluntad lo hago: adiós, hijos.
ADMETO
Míralos, míralos.
ALCESTIS
Nada soy ya.
ADMETO
¿Qué haces? ¿Nos abandonas?
ALCESTIS
Adiós.
ADMETO
Yo muero, desventurado de mí. (_Déjase caer Admeto en el seno de
Alcestis_).
EL CORO
Ya expiró, ya no existe la esposa de Admeto.
EUMELO
¡Ay de mí! ¡Cuánta es mi desdicha! Ya mi madre bajó a los infiernos;
ya no respira, ¡oh padre!, debajo del sol, sino que, abandonándome
infortunada, me deja huérfano. Mira, mira sus párpados y sus manos
inertes. Escucha, oye, madre, yo te lo ruego. Yo te llamo, yo, madre,
tu tierno hijo; yo te llamo besando tus labios.
ADMETO
Ya ni oye ni ve: grave calamidad nos ha herido a todos.
EUMELO
Tan joven, ¡oh padre!, me veo abandonado, y me deja solo mi madre.
¡Oh qué tristes penas sufro! Y tú, mi tierna hermana...[339] también
te afliges... ¡Oh padre!, en vano, en vano tomaste esposa, y no has
llegado a la vejez en su compañía, que ha muerto antes: contigo, ¡oh
madre!, perece también tu familia.
EL CORO
Preciso es, ¡oh Admeto!, que soportes con valor esta desventura: tú no
eres ni el primero ni el último de los mortales que pierde una buena
esposa; recuerda, pues, que necesariamente todos hemos de morir.
ADMETO
Lo sé, y este mal no ha sobrevenido de repente; pero por lo mismo que
me era conocido, atormentábame hacía tiempo. Ea, pues, celebremos con
pompa sus exequias: quedaos aquí, y relevándoos unos a otros, cantad
lúgubre canción al cruel dios de los infiernos. Que todos mis súbditos
de la Tesalia lleven luto por esta mujer, corten sus cabellos y vistan
negras ropas; y vosotros, los que uncís los caballos a las cuadrigas,
y cabalgáis en sendos corceles, cortad con el hierro sus crines. Que
en la ciudad no se oiga el sonido de las flautas, ni los acordes de la
lira, en doce lunas completas. Nunca daré sepultura a otro cadáver más
amado, ni a quien más obligaciones deba: digna es de que yo la honre,
ya que solo ha muerto por mí. (_Mientras canta el coro se llevan al
palacio el cadáver de Alcestis, seguido de Admeto y de sus hijos_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh hija de Pelias!, que habites contenta en el palacio
tenebroso de Hades, y que sepa el dios de negra cabellera,[340] y el
anciano que con el remo y el timón transporta sentado a los muertos,
que la mujer más buena, sí, la más buena, atravesará la laguna
Aquerontia en la birreme barquilla.
_Antístrofa 1.ª_ — Mucho te celebrarán los poetas, y la rústica lira de
siete cuerdas, y canciones no acompañadas de ella, cuando los años,
en su curso, traigan en Esparta el aniversario del mes Carneo,[341] y
se vea la luna en toda su plenitud y en la brillante y feliz Atenas.
Inagotable materia dejas al morir a los que rinden culto a las Musas.
_Estrofa 2.ª_ — Ojalá que en mi mano estuviera, ojalá que me fuese
posible devolverte a la luz desde el palacio de Hades y las ondas del
Cocito,[342] con los remos del río infernal: que tú, la única, la mujer
más querida, tú sola has consentido en rescatar de los infiernos a
tu esposo al precio de tu vida. Leve sea la tierra que te cubra, ¡oh
mujer! Si tu marido eligiere nuevo tálamo, muy odioso me será, sin
duda, y también a tus hijos.
_Antístrofa 2.ª_ — Como ni su madre ni su anciano padre quisieran morir
por Admeto, habiéndolo engendrado, ni consintieran en salvarlo, a pesar
de sus blancos cabellos, tú, en la flor de tu juventud, te sacrificaste
por tu esposo. Séame dado tener en mi lecho compañera tan leal, que es
suerte rara en la vida; viviría conmigo siempre sin molestia.
HERACLES (_que llega desde lejos_).
Extranjeros que habitáis esta tierra de Feres, ¿podré encontrar a
Admeto en su palacio?
EL CORO
En él está el hijo de Feres, ¡oh Heracles! Pero di: ¿qué asunto te trae
a la región de los tesalios? ¿Cuál es la causa de tu venida a la ciudad
ferea?
HERACLES
Dar remate a uno de los trabajos que me impone el tirinteo[343]
Euristeo.
EL CORO
¿Y adónde vas? ¿Qué errante peregrinación te ha ordenado?
HERACLES
Robar el carro de cuatro caballos del tracio Diomedes.
EL CORO
¿Y cómo podrás conseguirlo? ¿No sabes acaso quién es ese extranjero?
HERACLES
No; nunca estuve en territorio bistonio.[344]
EL CORO
Sin pelear no te harás dueño de los caballos.
HERACLES
Pero tampoco podía oponerme a este trabajo.
EL CORO
Tendrás que matarlo para volver, o allí morirás.
HERACLES
No será, sin duda, mi primera lucha.
EL CORO
¿Y qué ganarás si lo vences?
HERACLES
Traer los caballos al rey de Tirinto.
EL CORO
No es fácil hacerles tascar el freno.
HERACLES
Lo tascarán, a no respirar fuego.
EL CORO
Pero despedazan en un momento a los hombres.
HERACLES
La carne humana es pasto de las fieras de los montes, no de
caballos.[345]
EL CORO
Verás los pesebres teñidos de sangre.
HERACLES
¿Quién es padre del que se jacta de darlos tal alimento?
EL CORO
Ares[346] es el señor de los tracios armados de peltas, ricos en oro.
HERACLES
Tal es uno de los trabajos que el destino me ordena (siempre cruel y
extremado conmigo), puesto que he de pelear con los hijos de Ares,
primero con Licaón,[347] después con Cicno, y en tercer lugar con los
caballos y con su dueño. Pero nadie podrá decir nunca que el hijo de
Alcmena ha temido a ningún enemigo.
EL CORO
Mira a Admeto, nuestro soberano, que sale de su palacio.
ADMETO
Salve, hijo de Zeus, de la sangre de Perseo.[348]
HERACLES
Salve tú, Admeto, rey de los tesalios; que seas feliz.
ADMETO
Tal sería mi deseo; ya antes me has dado pruebas de tu benevolencia.
HERACLES
¿Qué significa esta lúgubre tonsura?
ADMETO
Hoy he de sepultar cierto cadáver.
HERACLES
Que los dioses libren de males a tus hijos.
ADMETO
Mis hijos viven en el palacio.
HERACLES
¿Quizá habrá muerto tu padre, ya de edad avanzada?
ADMETO
Vive, y mi madre también, ¡oh Heracles!
HERACLES
¿Ha muerto acaso tu mujer Alcestis?
ADMETO
De dos maneras distintas podría replicarte.
HERACLES
¿Y hablas de ella como si estuviese muerta, o como si viviese todavía?
ADMETO
Existe y no existe, y su recuerdo me llena de dolor.
HERACLES
Nada entiendo; pronuncias palabras incomprensibles.
ADMETO
¿Ignoras su destino?
HERACLES
Sé que se había obligado a morir por ti.
ADMETO
¿Cómo ha de existir, pues, si consintió en esto?
HERACLES
¡Ah! No llores a tu esposa antes de tiempo; espera que llegue su día.
ADMETO
El que había de morir ha muerto, y el muerto ya no existe.[349]
HERACLES
Diferencia hay; tal es la opinión común sobre el ser y el no ser.
ADMETO
Tú piensas así, Heracles, y yo de otra manera.
HERACLES
Y al fin, ¿por qué lloras? ¿Cuál de tus amigos es el difunto?
ADMETO
Una mujer; de ella hablé hace poco.
HERACLES
¿Extranjera, o pariente tuya?
ADMETO
Extranjera; aunque, por otra parte, era de mi familia.
HERACLES
¿Y cómo perdió la vida en tu palacio?
ADMETO
Muerto su padre, se educó en él como huérfana.
HERACLES
¡Ay de mí! ¡Ojalá, Admeto, que no te encontrara agobiado por ese dolor!
ADMETO
¿Y por qué hablas así?
HERACLES
Buscaré hospitalidad en otra parte.
ADMETO
No debes hacerlo, ¡oh rey!; mucho lo sentiría.
HERACLES
Molesta es a los que lloran la venida de un huésped.
ADMETO
Los muertos, muertos están; vente a mi palacio.
HERACLES
No parece bien sentarse a la mesa de amigos afligidos.
ADMETO
El aposento para los huéspedes, que te aguarda, está separado del
palacio.
HERACLES
Déjame ir, que me harás singular favor.
ADMETO
No debes ausentarte en busca de otro albergue. Ve delante (_A uno
de sus servidores_), abre los aposentos para los huéspedes que no
comunican con mi morada,[350] y manda a los esclavos que los sirven
que te den abundante alimento; cerrad por dentro la puerta que da al
palacio, pues no está bien que quienes cenan oigan nuestros lamentos,
ni que contristemos a los huéspedes. (_Vanse Heracles y el esclavo_).
EL CORO
¿Qué haces? Tú, víctima de tan intolerable calamidad, ¿te atreves a
recibir huéspedes? ¿Deliras acaso?
ADMETO
¿Y me alabarías, por ventura, si rechazase de mi morada y de Feres al
que me pide hospitalidad? No seguramente, que en nada se disminuiría
mi mal, y me llamarían inhospitalario, y a mis desdichas domésticas se
añadiría la de recibir mi palacio ese dictado odioso. Heracles es el
mejor de mis huéspedes cuando voy al árido país de Argos.
EL CORO
¿Cómo, pues, ocultabas la calamidad presente a ese recién venido, tu
amigo, según dices?
ADMETO
No hubiera entrado en mi palacio conociendo mis males. Y paréceme que,
si acaso se los participo, no aprobará mi conducta, ni me alabará; pero
mis atrios no están acostumbrados a rechazar ni a despreciar a los
extranjeros. (_Entra en el palacio._)
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh palacio de varón liberal!, que a muchos has
hospedado, al pitio Apolo, poderoso por su lira, su más digno
habitante, que se rebajó hasta el punto de ser pastor de tus ovejas,
cantando pastoriles epitalamios en las tendidas laderas con deleite de
sus ganados.
_Antístrofa 1.ª_ — Y atraídos por sus cantos pastaban cerca de Apolo
pintados linces,[351] y le acompañaba escuadrón de rojos leones,
abandonando los bosques otrios,[352] y junto a tu cítara, ¡oh Febo!,
saltaba el manchado cervatillo cruzando con pies ligeros entre los
ásperos abetos, alegre y bullicioso con tus versos.
_Estrofa 2.ª_ — Por esto habita un palacio riquísimo en ovejas, cabe
la laguna Bebia, de cristalina corriente, y por límites de sus campos
y tierras aradas tiene el cielo de los Molosos, hacia donde el sol se
pone, y domina en el mar Egeo hasta la costa escarpada del Pelión.
_Antístrofa 2.ª_ — Y ahora, húmedos sus párpados, abre las puertas
de su palacio para dar hospitalidad, y llora en su regia mansión
la reciente muerte de su muy amada esposa. Las almas nobles son
naturalmente bondadosas, y los hombres de bien disfrutan de los dones
de la sabiduría. Confianza abrigo en mi corazón que su piedad ha de
contribuir a que le sea propicia la fortuna. (_Mientras canta el coro,
traen a Alcestis en su féretro, rodeada de todos los esclavos, que
forman el fúnebre cortejo_).
ADMETO
Benévolos habitantes de Feres, que estáis aquí presentes: ya los
servidores llevan el cadáver, adornado con toda pompa, a la pira y al
sepulcro; vosotros, como es costumbre, saludad a la difunta, que sale
ahora a recorrer su último camino.
EL CORO
Veo a tu padre, que se acerca con trémulos pasos, seguido de sus
servidores, quienes traen en sus manos tristes galas para ofrecerlas en
los funerales de tu esposa.
FERES
Como tú siento tus males, ¡oh hijo!; has perdido (y nadie podrá
contradecirlo) una esposa buena y casta. Pero es menester que te
resignes, por insufrible que sea tu desdicha. Acepta estos dones, que
cubrirá la tierra; debemos honrar este cuerpo, ya sin vida por salvar
la tuya; no ha consentido que la muerte me robe mis hijos, ni que la
tristeza consumiese mi vejez, privado de ti. Todas las mujeres deben
alabarla eternamente por su valor en ejecutar tan gloriosa hazaña.
Adiós tú, que salvaste a este, y nos diste la mano cuando caíamos; que
plácida descanses en el palacio de Hades. Con tales esposas debían
casarse los mortales y nada perderían, pues de otra manera no les
conviene contraer himeneo.
ADMETO[353]
Ni yo te he llamado para que vengas a estos funerales, ni me es
grata tu presencia. Y jamás le servirán tus dones, que nada tuyo
necesita para ser enterrada. Debieras haber llorado cuando yo estaba
amenazado de muerte; pero te alejaste, y consentiste que muriera otra
más joven, siendo tú viejo, y ahora te lamentas de la suerte de esta.
No verdaderamente has sido para mí un padre, ni la que dice que me
dio a luz, y por eso la llaman mi madre, sino que, nacido de sangre
de esclavo, allegáronme a escondidas a los pechos de tu esposa.[354]
Viniendo ahora has probado quién eres, y no creo que puedas llamarme
hijo tuyo. Cobarde apareces como ninguno, cuando en edad tan avanzada,
y habiendo llegado al término de la vida, no quisiste ni osaste morir
por tu hijo, sino que aprobaste el sacrificio de esta mujer extraña, a
la cual, después de esto, miraré como si hubiese sido a un tiempo mi
padre y mi madre. Y renunciaste voluntariamente a la lucha, gloriosa
para ti, de dar por tu hijo una vida que de todas maneras habías de
perder en breve; si lo hubieses hecho, esta y yo hubiésemos vivido
tranquilos el resto de nuestros días, y no gemiría por estos males,
privado de mi esposa. Sin embargo, disfrutaste de cuanto puede gozar
un hombre feliz; reinaste joven, y me engendraste para heredar tu
cetro, y te libraste de morir sin descendencia, y de dejar abandonado
este palacio para servir a otros extraños. No dirás por eso que yo,
menospreciando tu vejez, he merecido que me condenes a esa pena;
siempre te honré como pocos, y en agradecimiento de esto tú y mi
madre me correspondisteis de esa manera. Date, pues, trazas de tener
pronto otros hijos que te alimenten ya viejo, te sepulten con pompa y
celebren en tu obsequio suntuosos funerales. No seré yo quien lo haga,
que he muerto ya para ti, si atendemos a tu probada voluntad; y si
he encontrado otro salvador, y veo la luz, digo que seré su hijo, y
cuidaré con ternura de su vejez. Vanamente los ancianos desean morir,
maldiciendo la senectud y larga vida; si la muerte se acerca, ninguno
la desea, y ya la vejez no les parece tan intolerable.[355]
EL CORO
Dejaos de eso ahora: bastante tiene con la calamidad presente, ¡oh
Admeto!; no exasperes a tu padre.
FERES
¡Oh hijo! ¿A quién insultas con tales oprobios? ¿A algún esclavo tuyo
lidio o frigio?[356] ¿Ignoras acaso que yo soy tesalio, y que lo era
también mi padre, y hombre libre, según la ley? Con harta injuria me
tratas, y ya que has lanzado contra nosotros esos dicterios juveniles,
no te irás de aquí sin oír lo que mereces. Yo, que te engendré para
mandar en este palacio, y te eduqué, no debo morir por ti, que ni mis
padres ni los griegos me han enseñado que los padres han de morir por
sus hijos. ¿Qué injusticia he cometido contigo? ¿De qué bien te he
privado? No mueras tú por mí, ni yo tampoco por ti. Gozas viendo la
luz; y ¿por qué has de creer que a tu padre no sucede lo mismo? He
pensado que debe ser insoportable vivir en el infierno, y que, por
corta que sea la vida, es, no obstante, dulce. Tú sí que temes la
muerte sin decoro, y vives evitando tu funesto destino, y arrancando
a esta la vida; y tú, el más pusilánime de todos, ¿me acusas de
cobarde, vencido por una mujer que muere por ti, ¡oh bello jovencito!?
¡Sagazmente discurriste no perecer jamás, si persuades siempre a tu
esposa que imite a Alcestis, y después afrentas a tus amigos que no
han querido hacerlo, siendo tú tan tímido! Calla y piensa que, si tú
amas tanto la vida, los demás también la aman; y si me maldices, yo te
devolveré tu maldición, y no sin justicia.
EL CORO
Sobradas injurias se han oído ya y se oyeron antes. Deja, ¡oh anciano!,
de maldecir a tu hijo.
ADMETO
Habla, que yo hablé ya; pero si te amarga la verdad, no debieras haber
faltado en mi daño.
FERES
Pecara, sin duda, muriendo por ti.
ADMETO
¿Es lo mismo que perezca un hombre en la flor de sus años que un
anciano?
FERES
Está dispuesto que vivamos una sola vez, no dos.
ADMETO
¡Así vivirás más que Zeus!
FERES
¿Conque insultas injustamente a tus padres?
ADMETO
Ya sé que no te desagrada una larga vida.
FERES
¿Pero no entierras en tu lugar este cadáver?
ADMETO
Prueba indubitable de tu timidez, ¡oh tú!, el más cobarde de los
hombres.
FERES
Nadie afirmará que ha muerto por mi causa; no lo dirás tú, en verdad.
ADMETO
¡Ay de mí! ¡Ojalá que algún día me necesites!
FERES
Cásate muchas veces, y habrá más mujeres que mueran por ti.
ADMETO
Es para ti una afrenta: tú no quisiste dejar la vida.
FERES
Agrádame esta luz: es de Apolo, y pláceme sin duda.
ADMETO
Cobarde eres, no cual conviene a los hombres.
FERES
No te burlarás de mí enterrando el cadáver de un anciano.
ADMETO
Y morirás sin gloria cuando llegue tu última hora.
FERES
Después de muerto pueden decir de mí lo que quieran.
ADMETO
¡Ay, ay de mí! ¡Qué impudente vejez![357]
FERES
Alcestis no fue impudente, pero fue necia.
ADMETO
Vete, y déjame sepultar este cadáver.
FERES
Me iré y lo sepultarás, habiendo sido tú causa de su muerte; pero
todavía pagarás lo que debes a sus parientes. No será hombre
Acasto[358] si no venga a su hermana. (_Retírase_).
ADMETO
Que mueras tú y tu compañera; sobrevivid a vuestro hijo, vegetad
como merecéis, que nunca habitaréis conmigo bajo el mismo techo. Si
pudiera renegar de tu paternidad por medio de pregoneros, no vacilaría
en hacerlo. Pero vamos (ya que es preciso sufrir el mal presente) a
acompañar el cadáver a la pira.
EL CORO (_mientras el fúnebre cortejo abandona el teatro_).
¡Ay, ay de mí!, desventurada por tu osadía; adiós, noble y la mejor
de las mujeres; que Hades y el infernal Hermes te acojan benévolos, y
si allí hay premio para los buenos, que participes de él y te sientes
junto a la esposa del rey de los infiernos. (_Acompaña al fúnebre
cortejo_,[359] _que sale de palacio_).
UN ESCLAVO
Muchos huéspedes he visto en el palacio de Admeto de distinta
procedencia, a quienes he servido a la mesa; pero jamás traspasó sus
puertas ninguno como este. En primer lugar, aunque vio llorar a mi
amo, entró en él sin miramiento; después no aceptó con modestia los
presentes que se le hicieron, sabedor de nuestra desdicha, y si algo
le faltaba, nos llamaba hasta que se lo llevábamos. Y tomando en su
mano la copa de yedra, bebió el vino puro de negra uva hasta que sus
ardientes vapores lo envolvieron, y coronó su cabeza de ramos de
mirto, aullando y cantando desatinos.[360] Oíase una doble melodía:
él entonaba sus canciones, sin cuidarse de los males que afligen
al palacio de Admeto, y nosotros los siervos llorábamos a nuestra
soberana, y, sin embargo, ocultábamos al huésped las lágrimas de
nuestros ojos, como nos lo había mandado nuestro amo. Y yo ahora lo
invito al banquete, cuando será quizá algún ratero redomado o algún
salteador, mientras mi dueña deja su morada, y no la acompaño, ni
levanto al cielo mis manos, ni la lloro, cuando era mi madre y de todos
los esclavos, librándonos de innumerables males siempre que aplacaba
con su dulzura las iras de su esposo. ¿No he de aborrecer a un huésped
que en tan mala ocasión ha llegado?
HERACLES (_que viene coronado de mirto_).
¡Ay de ti! ¿Por qué me miras con esos ojos torvos e inquietos? No
agradan a los huéspedes tristes servidores, sino que los traten con
cortesía. Tú, al contrario, que ves delante de ti a un amigo de tu
dueño, con tu semblante compungido y fruncidas cejas descubres a las
claras la aflicción que te causan males ajenos. Acércate aquí, para que
aprendas a ser más comedido. ¿Conoces la naturaleza humana? Yo creo
que no; ¿y cómo había de ser? Óyeme, pues. Necesariamente han de morir
todos los hombres, y no hay uno que pueda contar con el día de mañana.
Todos ignoramos el camino que lleva la Fortuna, y ni puede adivinarse,
ni hay arte que lo enseñe. Ya que has oído esta lección de mí, alégrate
y bebe, mira como tuyos estos instantes, y de los demás no te acuerdes.
Rinde culto a Afrodita, la diosa más grata a los mortales, y la más
afable. De nada más te cuides, y sigue mi consejo si, como yo creo,
te parece razonable. ¿No abandonarás tu excesiva tristeza, y beberás
conmigo atravesando estas puertas coronado de guirnaldas? No dudes que
el ruido de las copas te llevará a otra región más alegre, y disipará
tu pena y tus cuidados. Como somos mortales, debemos saber lo que nos
interesa, puesto que, a mi juicio, para los tristes y austeros la vida
no es vida, sino una calamidad.[361]
EL ESCLAVO
Lo sabemos; pero no está ahora mi ánimo para tomar parte en banquetes y
bromas.
HERACLES
La muerta es una mujer extranjera; no llores, pues, más de lo justo,
que viven los dueños de este palacio.
EL ESCLAVO
¿Cómo que viven? ¿Ignoras la desgracia ocurrida en él?
HERACLES
Acaso me haya engañado tu dueño.
EL ESCLAVO
Excesiva es su bondad para con los huéspedes.
HERACLES
Y por celebrar los funerales de un extranjero, ¿no debía tratarme bien?
EL ESCLAVO
Sin duda los funerales son peregrinos en demasía.
HERACLES
Nada me ha dicho por ventura de alguna otra calamidad que le haya
sobrevenido.
EL ESCLAVO
No te inquietes; las desdichas de nuestros dueños solo a nosotros
afectan.
HERACLES
Tus palabras no aluden seguramente a males extraños.
EL ESCLAVO
A no ser así, de ningún modo debiera contristarte cuando piensas
disfrutar de los placeres de la mesa.
HERACLES
¿Habré acaso sufrido grave injuria de los que me dan hospitalidad?
EL ESCLAVO
No has llegado al palacio en la mejor ocasión para que se te hospede;
estamos de luto, y ya ves nuestra cabeza rasurada y nuestros negros
vestidos.
HERACLES
Pero ¿quién es el muerto? ¿Alguno de los hijos de Admeto, o su anciano
padre?[362]
EL ESCLAVO
Quien ha fallecido, ¡oh huésped!, es su esposa Alcestis.
HERACLES
¿Qué dices? ¿Y después me disteis hospitalidad?
EL ESCLAVO
Hubiese sentido que te rechazara este palacio.
HERACLES
¡Oh desventurado!, ¡qué mujer perdiste!
EL ESCLAVO
Todos perecemos, no ella sola.
HERACLES