Aplaca tu furia, ¡oh Menelao!, que yo, Febo, te lo digo, hijo de

Leto, a quien ves delante de ti; y tú, Orestes, que con tus armas no

te separas de esa virgen, oye mis palabras. Helena, a quien deseabas

matar por vengarte de Menelao, no teme ya tu ira, y es esta que

contemplas en los senos etéreos, salvada por mí, y no muerta a tus

manos. Yo la liberté, yo la libré del filo de tu espada por mandato

de Zeus, nuestro padre: basta que sea su hija para que viva inmortal

con Cástor y Pólux y proteja a los navegantes desde los etéreos senos.

Elige, pues, otra esposa, ya que los dioses, a causa de su belleza,

hicieron combatir a griegos y frigios y consintieron esos horrores

para purgar a la tierra de la soberbia de tantos mortales. Esto por

lo que toca a Helena: tú, Orestes, después de atravesar los confines

de este territorio, habitarás un año[315] en el suelo parrasio,[316]

que en memoria de tu destierro se llamará Oresteo por los arcadios y

azanes.[317] Desde allí irás a la ciudad de los atenienses, y darás

cuenta a las tres Furias del asesinato de tu madre; pues los dioses,

patronos de tu causa, te harán cumplida justicia en el Areópago, y tú

vencerás. El destino manda, ¡oh Orestes!, que te cases con Hermíone,

cuya cerviz amenazas ahora, pues nunca será esposa de Neoptólemo, a

pesar de sus esperanzas. Una espada délfica lo inmolará cuando pida

que yo sea castigado por la muerte de su padre Aquiles. Que el himeneo

selle la unión de tu hermana con Pílades, a quien en otro tiempo la

prometiste, y su vida será feliz en adelante. Tú, Menelao, deja a

Orestes reinar en Argos, y regirás a Esparta, dote de tu esposa, causa

para ti hasta ahora de incesantes trabajos. Yo arreglaré tus asuntos en

aquella ciudad,[318] puesto que te obligué a matar a tu madre.

ORESTES

¡Oh profeta Apolo!, no nos engañaron tus oráculos, que has sido veraz,

aunque temí haber oído la voz de algún otro numen, creyendo escuchar

la tuya; pero todo se ha cumplido felizmente, y te obedeceré en cuanto

mandan. Perdono a Hermíone la vida, y será mi esposa si lo aprueba su

padre.

MENELAO

Salve, Helena, hija de Zeus: yo celebraré tu gloria, porque habitas

en la afortunada mansión de los dioses. Ya que Febo lo ordena, te doy

mi hija por esposa: noble eres tú, y noble ella y su linaje; que seas

dichoso y yo también, que te la entrego.

APOLO

Obedecedme, y que acaben de una vez vuestras disensiones.

MENELAO

Obedezcamos.

ORESTES

Y yo también. Propicia como la tuya es ya mi fortuna, ¡oh Menelao!, y

propicios son también tus oráculos, ¡oh Apolo!

APOLO

Andad, pues, y venerad a la Paz, la más bella de las diosas: yo,

atravesando el polo, sembrado de espléndidos astros, llevaré a Helena

al palacio de Zeus, en donde se sentará al lado de Hera y de Hebe,[319]

la esposa de Heracles, y será diosa entre los hombres, y la honrarán

con libaciones, juntamente con los Tindáridas, hijos de Zeus, que

protegen en el mar a los navegantes.

EL CORO

¡Oh Victoria, digna de la mayor veneración!; favoréceme mientras viva,

y nunca dejes de coronarme.

ALCESTIS

ARGUMENTO

Desterrado Apolo del cielo por la muerte de los cíclopes, forjadores

de los rayos con que Zeus mató a su hijo Esculapio, se refugió en el

palacio de Admeto, rey de la Tesalia, cuyos ganados guardó, siendo

recompensado por él generosamente. Agradecido a sus beneficios le

salvó una vez la vida engañando a las Parcas, y obtuvo después el

consentimiento de Zeus para librarlo de la muerte, si encontraba algún

otro que quisiese morir por él. La empresa no era nada fácil, y hasta

los padres de Admeto, ya ancianos, rehusaron hacer por su hijo este

sacrificio. Sin embargo, Alcestis, su esposa, no vaciló en dar por él

su vida, aunque joven, bella y reina, y dejando dos hijos huérfanos.

La acción de la tragedia comienza poco antes de morir Alcestis, y

Apolo y la Muerte discuten sobre este suceso inminente. Ambos esposos

se despiden uno de otro con la mayor ternura, y ella muere después

muy llorada de todos sus servidores, que la adoraban por su bondad.

Admeto se dispone a celebrar sus funerales con gran pompa y aparato,

cuando primero se presenta su padre, que trae dones mortuorios para

la difunta, dando origen a un altercado nada edificante entre ambos,

y después Heracles pidiendo hospitalidad, puesto que ignoraba la

desdicha de su amigo el rey de los tesalios. El hijo de Alcmena, que ve

impresas las señales del más acerbo dolor en el rostro de su huésped,

le pregunta la causa con interés, y a pesar de su insistencia, nada

averigua de positivo, porque Admeto desea hospedarlo, y si le descubre

la verdad, se expone a que se ausente en busca de otro albergue. Sus

réplicas anfibológicas inducen a Heracles a aceptar el hospedaje que

se le ofrece, y en su consecuencia penetra en la hospedería aislada

del palacio, y a fuer de buen gastrónomo se abandona por completo

a los placeres de la mesa, y come y bebe de lo lindo, coronado de

mirto y entonando escandalosos y báquicos cantares. El esclavo que le

sirve, no pudiendo disimular su pena, excita las sospechas del héroe,

que llega al fin a saberlo lodo. Apodérase entonces de sus armas, y

escondiéndose junto al túmulo de Alcestis, sorprende a Hades cuando

venía a gustar las fúnebres ofrendas, y le obliga a soltar su presa,

devolviendo la vida a la difunta, y llevándola cubierta con un velo al

palacio de su esposo. Empéñase en persuadir a este que la guarde hasta

su vuelta, pretextando que la ha ganado legítimamente en unos juegos,

en que se ofrecía por premio al vencedor, y tanto le importuna, que

Admeto consiente en hacer este nuevo sacrificio por su amigo, quien le

descubre al cabo que aquella mujer confiada a su custodia es su propia

esposa.

Fácil es de ver que esta tragedia, así por la sencillez de su plan

como por la moralidad que resulta de la acción, es una de las mejores

de Eurípides, acercándose a las de Sófocles. Apolo, agradecido a los

beneficios de Admeto, premia su virtud sin proponerse la satisfacción

de ninguna pasión mezquina e indigna de los dioses; Admeto obtiene

merecida recompensa por la generosa hospitalidad que dispensa a

Apolo y a su amigo Heracles; Alcestis resucita en justo galardón del

sacrificio que hace por su esposo; y Heracles, correspondiendo a la

amistad de Admeto, paga con usura la hospitalidad que de él recibe.

La diferente condición social de la mujer entre nosotros, comparada

con la que tenía en Grecia, y el resto de sentimientos caballerescos

que todavía conservamos, nos hacen mirar con desagrado la aquiescencia

del rey de los tesalios al sacrificio de su esposa, y vituperar el

egoísmo de un soberano que, por amor a la vida, consiente en perder la

mejor de las mujeres; pero debemos advertir que las costumbres griegas

eran muy diversas de las nuestras, y que, suponiendo su existencia,

no aparece su acción tan baja como antes. Faltando Admeto, sus hijos

quedan entregados a Alcestis en edad temprana, y expuestos a todas

las violencias e iniquidades consiguientes al elevado rango que en su

país ocupan, y a los amaños e intrigas de los ambiciosos que quieren

reinar; la Tesalia pierde un rey piadoso, respetado y justo en la flor

de sus años, y corre grave riesgo de sufrir los peligros de una larga

minoría o del cambio de soberano; y Apolo, protector de Admeto y de

los tesalios, o revela su impotencia en remediar estos males, o, en la

imposibilidad de recompensar directamente a su bienhechor y amigo, ha

de permitir que baje a los infiernos la dueña del palacio, en donde

encontró un asilo en su desgracia. Verdad es que también nos repugna la

escena en que se injurian gravemente Feres y Admeto, padre e hijo, ya

porque no se conforma con nuestras ideas modernas, ya porque parecen

contradecir las que tenemos formadas de los antiguos, los cuales,

según dicen, hacían alarde de su respeto a la ancianidad. Téngase, no

obstante, en cuenta que los dramáticos griegos, por regla general, no

ofrecen caracteres como debieran ser, sino cómo son en realidad, y que

sus personajes ceden siempre al sentimiento más espontáneo, natural

y sencillo, aunque no sea el más moral, como sucede el _Áyax_, de

Sófocles, que se suicida, ciego de vergüenza, al recobrar el juicio y

reflexionar en el ridículo en que ha incurrido, y a Admeto, en esta

tragedia que criticamos, airado contra sus padres por la pérdida

de su amada esposa, y en situación poco a propósito para medir sus

palabras y moderar sus pasiones. Lo mismo sucede con Alcestis, algo

vana y presuntuosa a nuestro juicio, pero natural y sencilla a pesar

de todo. La escena en que se despiden ambos esposos es bellísima, y no

menos bella la en que Heracles presenta a Admeto su perdida compañera.

Obsérvase también que Eurípides no altera la tradición mitológica, y

que el desenlace y algunas escenas son más cómicas que trágicas.

Esta última circunstancia se comprende recordando que dicha tragedia

era la cuarta de una tetralogía cuyas tres primeras fueron, por su

orden, _Las Cretenses, Alcmeón en Psófide_ y _Télefo_, y que por

consiguiente ocupaba el lugar del drama satírico, y tenía cierto

carácter cómico. Se representó siendo arconte Glaucino, en la olimpiada

86, 2, ganando Sófocles el primer premio y Eurípides el segundo, según

se desprende de las palabras del autor del argumento griego de esta

tragedia, que dice así: τὸ δὲ δρᾶμα ἐποιήθη ιζ.’ ἐδιδάχθη ἐπὶ Γλαυκίνου

ἄρχοντος πέ ὀλ. πρῶτος ἦν Σοφοκλῆς, δεύτερος Εὐριπίδης Κρήσσαις,

Ἄλκμαίωονι τῷ διὰ Ψωφῖδος, Τηλέφῳ, Αλκήστιδι.

El argumento de _Las Cretenses_ era relativo al crimen de Atreo cuando

sirvió a su hermano Tiestes sus propios hijos, y su título provenía del

coro, compuesto de mujeres de Creta, servidoras de Aérope, la esposa

de Atreo; el de _Alcmeón_ a las aventuras de este en Psófide, en donde

se casó con Alfesibea y fue castigado por su suegro Fegeo por haber

contraído segundas nupcias con Calírroe, hija del rey Aqueloo, viviendo

su primera esposa; y por último el de _Télefo_ a la cura de la herida

de este rey de la Misia, hecha por la lanza de Aquiles, que podía solo

sanarla.

PERSONAJES

APOLO.

LA MUERTE.

CORO DE ANCIANOS DE FERES.

UNA ESCLAVA DE ALCESTIS.

ALCESTIS, _esposa de Admeto._

UN CRIADO DE ADMETO.

ADMETO, _rey de Feres._

EUMELO, _hijo de Admeto y de Alcestis._

HERACLES.

FERES, _padre de Admeto._

La acción es en Feres, en la Tesalia.

Vese en la escena el palacio de Admeto, del cual sale Apolo.

APOLO

¡Oh palacio de Admeto,[320] en donde, siendo dios, me senté a la mesa

de los siervos! Porque Zeus dio muerte a mi hijo Esculapio,[321]

lanzando la llama contra su pecho, y excitó mi ira hasta el punto de

obligarme a matar a los cíclopes, que forjan los rayos de Zeus, y mi

padre en castigo me forzó a servir a un mortal. Cuando vine, pues, a

esta región, apacentaba los bueyes de mi huésped, y desde entonces

he protegido siempre a su familia. Yo, piadoso, tropecé con un varón

que también lo era, con el hijo de Feres,[322] a quien salvé de la

muerte engañando a las Parcas; concediéronme estas librar a Admeto del

duro trance que le amenazaba si en su lugar llevaba otro muerto a los

infiernos. Exploré la voluntad de todos, importuné a sus amigos, a su

padre, a la anciana madre que lo dio a luz, y ninguno quiso morir por

él y dejar de ver el sol, excepto su esposa, la cual ahora, llevada en

brazos ajenos, está próxima a expirar: hoy morirá fatalmente. Y yo,

para no contaminarme[323] en este palacio, abandono sus techos muy

queridos. Ya veo a la Muerte, sacerdotisa de Hades, que la llevará al

Orco; oportunamente llega hoy, porque Alcestis ha de morir sin remedio.

LA MUERTE (_con negros vestidos, negras alas y armada de su guadaña_).

¡Ah, ah! ¿Qué haces junto a este palacio? ¿Por qué rondas, Febo?

Segunda vez eres injusto, pues cercenas y usurpas honores debidos a los

dioses infernales. ¿No te bastó impedir la muerte de Admeto, engañando

dolosamente a las Parcas?[324] Ahora, armada tu diestra con el arco,

parece que defiendes a la hija de Pelias, que ha prometido sacrificarse

por su esposo.

APOLO

No te alarmes, que el derecho y razones sólidas están de mi parte.

LA MUERTE

¿Y para qué traes arco si tienes razón?

APOLO

Acostumbro llevarlo siempre.

LA MUERTE

¿Y te es lícito socorrer a los habitantes de este palacio?

APOLO

Me compadezco de las desdichas de un hombre querido.

LA MUERTE

¿Y me robarás también este muerto?

APOLO

Recuerda que no te arranqué el otro a la fuerza.

LA MUERTE

¿Cómo, pues, vive, y no está debajo de la tierra?

APOLO

Porque su esposa, por la cual vienes, se obligó a morir por él.

LA MUERTE

Y seguramente me la llevaré ahora a las mansiones subterráneas.

APOLO

Cuando te apoderes de ella, vete; no se si podré persuadirte...

LA MUERTE

¿Que mate a quien debo? Tal es mi deber.

APOLO

De ninguna manera, sino que te ensañes en trémulos ancianos.

LA MUERTE

Ya comprendo tu razón y tus deseos.

APOLO

¿Podrá Alcestis llegar a la vejez?

LA MUERTE

No; has de saber que también me agradan los honores que me tributan los

mortales.

APOLO

Pero seguramente no te llevarás más de un alma.

LA MUERTE

Cuando mueren los jóvenes es mayor mi gloria.

APOLO

Y si muere anciana la enterrarán con pompa.

LA MUERTE

Estableces esta ley, ¡oh Febo!, en notoria ventaja de los ricos.

APOLO

¿Qué has dicho? ¿Eres acaso sofista, ignorándolo yo?

LA MUERTE

Los ricos, merced a sus riquezas, morirán entonces ancianos.

APOLO

¿No quieres concederme esta gracia?

LA MUERTE

No, seguramente; conoces mi carácter.

APOLO

Funesto a los hombres y odioso a los inmortales.

LA MUERTE

Nada conseguirás que no convenga.

APOLO

Te aplacarás, sin embargo, aunque tu crueldad es grande: vendrá

al palacio de Feres un hombre que envía Euristeo para robar en la

fría Tracia un carro tirado por caballos;[325] después de recibir

hospitalidad en el palacio de Admeto, te arrebatará por fuerza esta

mujer, y nada tendré que agradecerte, y harás, no obstante, lo que

quiero, siéndome odiosa siempre.

LA MUERTE

Por más que hables, nada conseguirás. Esta mujer, por tanto, descenderá

al palacio de Hades. En su busca voy para comenzar el sacrificio con mi

guadaña, porque consagrado queda a los dioses infernales aquel de cuya

cabeza corto un solo cabello.[326] (_Entra en el palacio, y se retira

Apolo_).

(_El coro, dividido en dos semicoros, aparece en seguida_).

PRIMER SEMICORO

¿Por qué tan tranquilos los atrios? ¿Por qué este silencio en el

palacio de Admeto?

SEGUNDO SEMICORO

No vemos aquí ningún amigo que nos diga si ya debemos llorar la muerte

de la reina, o si Alcestis, la hija de Pelias,[327] para mí y para

todos la mejor de las esposas, ve todavía la luz.

PRIMER SEMICORO

¿Oye alguno alaridos de dolor, golpes de manos dentro del palacio, o

llanto como sí se hubiera consumado el sacrificio? Al contrario, ni un

esclavo hay a la puerta. Ojalá, ¡oh Peán!, que te aparezcas y aplaques

las olas de estos males.

SEGUNDO SEMICORO

No callarían, sin duda, si estuviese muerta.

PRIMER SEMICORO

Según creo, aún no han sacado el cadáver del palacio.

SEGUNDO SEMICORO

¿Por qué dices esto? Aún no me abandono a mi alegría. ¿Cuál es tu

esperanza?

PRIMER SEMICORO

¿Cómo es posible que haga Admeto a su querida esposa ocultos funerales?

SEGUNDO SEMICORO

No veo delante de la puerta agua de fuente,[328] según se acostumbra

cuando muere alguno, y ninguna cabellera aparece suspendida en el

vestíbulo en señal de duelo, ni las jóvenes se golpean con sus manos.

PRIMER SEMICORO

Y este es el día... en que ha de bajar fatalmente al infierno.

SEGUNDO SEMICORO

¿Por qué dices esto? Me afliges y contristas mi corazón.

PRIMER SEMICORO

Conviene, cuando las calamidades agobian a los buenos, que sean

llorados por todos aquellos que siempre los tuvieron por tales.

(_Únense los semicoros_).

EL CORO

_Estrofa_. — No hay nave en parte alguna del orbe, aunque vaya a la

Licia[329] o al árido domicilio de Amón, que pueda salvar la vida de

esta desventurada: no tardará en cumplirse el cruel destino, y no veo

junto a las aras sacerdote alguno a quien acercarme.

_Antístrofa_. — Solo el hijo de Febo,[330] si viese esta luz con sus

ojos, podría arrancarla del tenebroso palacio y de las puertas de

Hades: resucitaba los muertos antes que lo matase el dardo de fuego que

Zeus vibra. Pero ahora, ¿qué esperanza puedo abrigar de que recobre la

vida? Todo se ha hecho ya por la reina, y sangrientos sacrificios se

han acumulado en las aras de los diversos dioses, y sin embargo, no hay

remedio alguno contra estos males. Pero he aquí una sierva que sale

llorando del palacio.¿Vendrá a decirme que se ha trocado la fortuna?

Perdonable es llorar cuando sufren nuestros dueños, si bien lo que

deseamos saber ahora es si aún vive esa mujer, o si ha muerto.

UNA ESCLAVA

Puedes asegurar que está a un tiempo viva y muerta.[331]

EL CORO

¿Y cómo ha de ser posible vivir y morir?

LA ESCLAVA

Cercano está ya su fin, mas todavía respira.

EL CORO

¡Oh desventurado! Siendo tú cual eres, ¡qué esposa pierdes![332]

LA ESCLAVA

No lo sabrá mi señor hasta que no fallezca.

EL CORO

¿No hay esperanza alguna de salvarle la vida?

LA ESCLAVA

Ya llegó el día fatal.

EL CORO

¿Se preparan en su honor las debidas exequias?

LA ESCLAVA

Preparadas tiene ya su marido las galas mortuorias que han de adornarla.

EL CORO

Sabed, pues, que muere con gloria, y que es la mejor de las esposas a

quienes el sol alumbra.

LA ESCLAVA

¿Y cómo no lo sería? ¿Quién lo disputará? ¿Qué mujer habrá que la

supere? ¿Cómo probará ninguna lo que ama a su esposo, sino muriendo

por él voluntariamente? Y esto lo sabe toda la ciudad, y te admirarás

de lo que ha hecho en el palacio. Cuando conoció que se acercaba el día

funesto, lavó su cuerpo blanco con agua corriente, y sacando de sus

arcas de cedro ropas y joyas, se vistió con elegancia, y delante del

hogar oró así: «¡Oh señora mía!;[333] yo voy a los infiernos, y ya que

por última vez te adoro, ruégote que protejas a los que dejo huérfanos,

y des al uno esposa amada, a la otra noble esposo, y que ya que yo

que soy su madre muero, no perezcan prematuramente mis hijos, sino

que dichosos vivan en su patria bienaventurada». Llegose a todas las

aras[334] que hay en el palacio de Admeto y las adornó, y oró, tejiendo

una corona de ramos de mirto, sin dar gritos, sin gemir siquiera, y sin

que su semblante se alterase un punto al aproximarse la hora funesta.

Después entró en su tálamo, y allí lloró y dijo: «Adiós, lecho en

donde hice homenaje de mi virginidad al hombre por quien muero; no te

aborrezco, pero a mí sola me has perdido, que perezco por no hacerte

traición, ni tampoco a mi esposo. Otra mujer te poseerá, si no más

casta, acaso más afortunada». Volviose y lo besó, y regolo todo con

lágrimas abundantes, que caían de sus ojos. Pero después que derramó

copioso llanto, se alejó de él con los ojos bajos, y abandonó el

aposento nupcial, y muchas veces dejó el tálamo y volvió a él, y muchas

otras se recostó en el lecho y se levantó de nuevo. Los hijos lloraban

sin soltar los vestidos de su madre, y ella los besaba, ya abrazando al

uno, ya al otro, como la que ha de morir en breve. Y todos los criados

lloraban también, compadecidos de su dueña, y ella a todos ofrecía su

diestra, y a ninguno, por bajo que fuese su ministerio, dejó de hablar,

y él a ella. Tales son las desdichas que ocurren en el palacio de

Admeto: si él hubiese muerto nada sentiría, y librándose de este trance

sufre tal dolor que jamás lo olvidará.

EL CORO

¿Y gime Admeto por estos males, forzado a perder tan incomparable

esposa?

LA ESCLAVA

Llora teniendo en sus brazos a su amada compañera, y, queriendo

imposibles, le ruega que no lo abandone: ella se consume y desfallece,

aniquilada por su enfermedad, y pesa triste en su regazo. Sin embargo,

aunque respira lentamente, desea ver la luz del sol. (Nunca más, y

por la vez postrera, mirará sus rayos). Pero iré allá y anunciaré tu

venida, porque no todos quieren bien a sus soberanos, y benévolos

los consuelan en sus males; no así tú, que eres antiguo amigo de mis

dueños. (_Entra en el palacio_).

PRIMER SEMICORO

¡Ay, Zeus!, ¿cuál será el término de estos males y el remedio del

desastre que amenaza a mis reyes?

SEGUNDO SEMICORO

¿Sale alguien? ¿Cortaré mis cabellos y nos vestiremos ya negros

ropajes?

PRIMER SEMICORO

Ya no hay duda, amigos, ya no hay duda alguna; pero roguemos a los

dioses, cuyo poder es grande.

SEGUNDO SEMICORO

¡Oh rey Peán!,[335] que encuentres algún alivio a los males de Admeto;

concédelo, concédelo, ya que antes de ahora lo hallaste, y la librarás

de la muerte y ahuyentarás al mortífero Hades.

PRIMER SEMICORO

¡Hola, hola, oh, oh, hijo de Feres!; ¡qué desdicha es la tuya de perder

a tu esposa!

SEGUNDO SEMICORO

¿No merece esto el suicidio, y aun algo más que suspender el cuello de

elevado lazo?

PRIMER SEMICORO

No a una mujer querida, sino a la más querida verás muerta hoy.

SEGUNDO SEMICORO

Mira, mira cómo ella y su esposo salen del palacio. ¡Oh, clama!, ¡Oh,

gime, tierra ferea, que la mejor de las esposas, devorada por la

enfermedad, descenderá al infernal subterráneo de Hades!...

EL CORO

Nunca dejaré de negar que las nupcias traen más placer que dolor, y así

lo infiero de lo que nos dice la tradición, y de esta desdicha del

rey, quien, después de perder a su esposa, la mejor de todas, no podrá

vivir una vida tolerable. (_Llega Alcestis, sostenida por sus esclavas,

con Admeto y sus hijos_).

ALCESTIS

¡Sol y luz del día, aéreos torbellinos de ligeras nubes!

ADMETO

A ti y a mí nos ven; a dos desdichados que para morir en nada pecaron

contra los dioses.

ALCESTIS

¡Oh tierra y techos de estos atrios, y nupciales tálamos de Yolco, mi

patria!

ADMETO

Ten ánimo, ¡oh desventurada!; no me abandones, sino ruega a los dioses

poderosos que de ti se apiaden.

ALCESTIS (_mirando fijamente, como fuera de sí_).

Veo, veo una lancha de dos remos; Caronte,[336] el barquero de los

muertos, teniendo en sus manos el garfio, me llama ya. «¿Por qué

vacilas? Date prisa; tú sola me detienes». Con estas palabras me insta.

ADMETO

¡Ay de mí!, ¡qué amarga navegación me has recordado! ¡Oh

desventurada!, ¡qué horribles desdichas sufrimos!

ALCESTIS

Alguien, alguien me lleva (¿no lo ves?) a la mansión de los muertos.

¿Qué haces? ¡Suéltame! ¡Qué peregrinación emprendo, ay mísera!

ADMETO

Triste para los que te aman, y aún más triste para mí y para tus hijos,

que te llorarán conmigo.

ALCESTIS (_volviendo en sí_).

Soltadme, soltadme; recostadme, que ya no puedo sostenerme. La muerte

se acerca, y noche tenebrosa envuelve mis ojos. ¡Oh hijos, hijos, ya

no, ya no tenéis madre! ¡Adiós, hijos, y que veáis esta luz! (_Se

desmaya_).

ADMETO

¡Ay de mí! Oigo esta triste palabra, peor para mí que el último

suplicio. No, por los dioses; no me abandones, no, por tus hijos, que

dejarás huérfanos; levántate, reanímate; si tú mueres moriré también.

Tú eres para mí todo, viva yo o no viva: solo a tu amor rindo culto.

(_Cae a sus pies y apoya la cabeza en su regazo_).

ALCESTIS (_abriendo los ojos y fijándolos en Admeto_).

Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3) · 第 14 / 25 段