asociarse a mis lamentos; acaso interrumpirán su sueño,[255] cuando
ahora descansa, y llenarán mis ojos de lágrimas si veo delirar a mi
hermano. Andad con cuidado, ¡oh mujeres muy queridas!; no haced ruido,
que nada se oiga. Aunque vuestra amistad es para mí muy grata, sentiré
mucho que lo despertéis.
EL CORO (_que llega de la ciudad_).
_Estrofa 1.ª_ — Callad, callad; pisad con tiento, no hagáis ruido, que
nada suene.
ELECTRA
Alejaos por allí, alejaos del lecho.
EL CORO
Ya ves si te obedezco.
ELECTRA
Háblame como el dulce son de la flauta, formada de tenue caña, ¡oh
amada![256]
EL CORO
Mira cómo hablo, cual si mi voz saliese de debajo de la tierra.
ELECTRA
Así, así; ten cuidado, ten cuidado; acércate en silencio; anda con
sigilo; dime por qué has venido, que este, aunque tarde, se ha dormido
al fin.
EL CORO
_Antístrofa 1.ª_ — ¿Cómo está? Dímelo, ¡oh amiga!
ELECTRA
¿Qué te diré de su infortunio, qué de sus males? Todavía respira y gime
débilmente.
EL CORO
¿Qué dices? ¡Oh desgraciado!
ELECTRA
Lo mataréis si le obligáis a abrir sus párpados cuando disfruta del
placer dulcísimo del sueño.
EL CORO
¡Oh desdichado, que tanto sufres por haber obedecido las órdenes
nefandas de los dioses!
ELECTRA
¡Oh tú sin ventura, qué trabajos padeces! Loxias, injusto, pronunció
un injusto oráculo, sí, un injusto oráculo, cuando desde la trípode de
Temis decretó el execrable asesinato de mi madre.
EL CORO
_Estrofa 2.ª_ — ¿Ves? Su cuerpo se remueve bajo los vestidos.
ELECTRA
Tu voz, ¡oh imprudente!, lo ha despertado.
EL CORO
Creí que dormía.
ELECTRA
¿No te alejarás de nosotros y de este palacio sin hacer ruido?
EL CORO
Mucho duerme.
ELECTRA
Dices bien. Noche, Noche veneranda, diosa que das el sueño a los
cansados mortales: ven desde el Érebo, ven, ven volando al palacio de
Agamenón, que los dolores y las penas acaban con nosotros, acaban con
nosotros. Habéis hecho ruido. ¿Por qué no en silencio, o hablando en
voz baja, huyes del lecho y lo dejas dormir tranquilo, ¡oh amada!?
EL CORO
_Antístrofa 2.ª_ — Di: ¿cuál será el término de sus males?
ELECTRA
Morir, morir. ¿Cuál otro puede ser? No apetece ningún alimento.
EL CORO
Tendrá, pues, que morir.
ELECTRA
Febo nos mata ahora, habiéndonos ordenado cometer el asesinato impío de
una madre.
EL CORO
Justo fue, es verdad.
ELECTRA
Pero no digno de alabanza. Muerta estás, ¡oh madre que me diste a luz!;
muerta estás, aunque perdiste a mi padre y a estos hijos, nacidos de
tu sangre. Como muertos estamos, sí, como muertos, y tú descansas
entre ellos, y mi vida triste es entre lamentos y suspiros y lágrimas
nocturnas; sin esposo, sin hijos arrastro siempre mi existencia.
EL CORO
Acércate, virgen Electra, y mira no te engañes y haya muerto tu
hermano, porque tan largo descanso no me agrada. (_Al volverse Electra
hacia el lecho despierta Orestes_).
ORESTES
¡Oh sueño, dulce alivio, remedio de dolores, que tan a tiempo y tan
suavemente te deslizas por mis párpados! ¡Olvido adorable de los males!
¡Cuánta es tu sabiduría y cuánto te aman los desventurados! (_Mirando
alrededor_). ¿De dónde vine aquí? ¿Cómo llegué? No me acuerdo de nada
de lo que pensaba antes.
ELECTRA
¡Oh hermano muy querido, cuán grande ha sido mi alegría viéndote
dormir! ¿Quieres que te ayude a levantarte?
ORESTES
Sí, sí, y limpia de mi boca y de mis ojos la espuma que los cubre.
ELECTRA
Grata obligación; nunca me opondré a tributar a mi doliente hermano mis
cuidados fraternales.
ORESTES
Sostenme con tu pecho y sepárame del rostro estos desaliñados cabellos,
que no me dejan ver.
ELECTRA (_sentándose a su lado y echando hacia atrás sus cabellos_).
¡Oh mísera cabeza de sórdidos rizos! ¡Cuán hórrida pareces descuidada
ha tanto tiempo!
ORESTES
Reclíname otra vez en el lecho; cuando el delirio me deja, me siento
débil y languidecen mis miembros.
ELECTRA
Ya está; amado es el lecho por el enfermo; molesto es, aunque necesario.
ORESTES
Levántame otra vez y vuélveme; las angustias impacientan a los que
sufren.
ELECTRA
¿Quieres bajarte al suelo y andar un poco con cuidado? La variación es
en todo muy agradable.
ORESTES (_Electra lo sienta en el lecho_).
Seguramente, y parecerá que estoy bueno; engaña la apariencia, aunque
diste mucho de la realidad.
ELECTRA (_sentándose a su lado_).
Oye, ¡oh hermano!, mientras las Furias no alteran tu razón.
ORESTES
¿Podrás decirme algo nuevo? Si es bueno, me alegraré; si desagradable,
bastante tengo con mis desdichas.
ELECTRA
Ha llegado Menelao, el hermano de tu padre; los bancos de remeros de
sus naves tocan ya a las costas de Nauplia.
ORESTES
¿Qué dices? ¿Aliviará mis males y los tuyos la venida de ese pariente,
que tantos beneficios recibió de mi padre?
ELECTRA
Ha llegado ya, y como prueba de ello, sabe que, desde Troya, viene con
él Helena.
ORESTES
Sería más envidiable su suerte si se hubiese salvado solo; pero si trae
a su esposa, gran calamidad le acompaña.
ELECTRA
Tindáreo ha engendrado hijas insignes por sus maldades, e infames en
toda la Grecia.
ORESTES
Que no te parezcas a esas mujeres malvadas; en tu mano está, y que no
solo lo digas, sino que también lo sientas.
ELECTRA
¡Ay de mí! ¡Oh hermano!, túrbanse tus ojos y pronto deliras, estando
bueno hace muy poco.
ORESTES (_levantándose_).
Ruégote, ¡oh madre!, que no concites contra mí a esas vírgenes que
destilan sangre, agitando sus cabellos de serpiente. ¡Helas, helas
aquí, que saltan hacia mí!
ELECTRA (_sujetándolo_).
Estate quieto en el lecho, ¡oh desventurado!; nada ves de lo que te
figuras.
ORESTES
¡Oh Apolo!, me matarán como perros estas diosas atroces de torva
mirada, ministros del infierno.
ELECTRA (_estrechándolo en sus brazos_).
No te soltaré, sino que, sujetándote con mis manos, refrenaré tus
furiosos transportes.
ORESTES (_desasiéndose de ella_).
Suéltame; tú eres una de las Furias, que me oprime entre sus brazos, y
me vas a lanzar en el Tártaro.
ELECTRA
¡Oh desventurada de mí! ¿A quién llamaré en mi auxilio, si los dioses
nos son adversos? (_Se sienta llorando en el lecho, y se cubre la
cabeza_).
ORESTES
Dame el arco de cuerno, presente de Apolo, con el cual me ordenó que
ahuyentase a esas diosas si me aterraba su rabia. (_Coge el arco_).
Ya vienen, sí, ya se abalanzan (_tiende el arco_) hacia mí. Pues
diosas y todo, recibirán mis flechas[257] si no se apartan de mi
presencia. (_Dispara el arco_). ¿No oís? ¿No veis las aladas flechas,
que vuelan de sus arcos de largo alcance? ¡Ah, ah! ¿Por qué vaciláis?
Subid con vuestras alas a lo alto del Éter, y acusad a los oráculos de
Febo. (_Deja caer las manos_). ¡Ah! ¿Por qué desfallezco y respiro con
tanto trabajo? ¿Por qué, por qué he saltado de mi lecho? Después de la
tempestad, veo renacer la calma. (_Andando hacia su lecho_). ¿Por qué
lloras, hermana, y ocultas tu cabeza bajo tus vestidos? Avergüénzome de
que compartas mis trabajos, y de que mi dolencia moleste a una virgen
como tú. No te aflijas por mis males, pues aunque tú aprobaste el
asesinato, yo lo cometí; solo acuso a Apolo, que me excitó a perpetrar
este crimen muy impío, y me ha consolado con palabras, no con obras.
Creo que mi mismo padre, si yo le preguntara si había de matar a mi
madre, tocaría muchas veces mi barba, rogándome que no hundiera mi
cuchilla en su cerviz, puesto que él no recobraría la vida y yo había
de sufrir tantas desdichas.
Descúbrete, pues, ahora, ¡oh hermana!, y no llores, por grandes que
sean nuestros infortunios; y ya que me ves desfallecer, aplaca mi
furia, y refrena y alivia mis sentidos perturbados y descompuestos,
que cuando tú lloras, yo debo consolarte blandamente; tal es el deber
de los que se aman. Entra, pues, ¡oh mísera!; descansa y cierra
tus soñolientos párpados; aliméntate y lava tu cuerpo. Si tú me
abandonas, o enfermas a causa de tus asiduos cuidados, no nos queda
ningún recurso. Tú sola me asistes, que los demás, como ves, nos han
abandonado.
ELECTRA
No será así; contigo quiero vivir y morir; es lo mismo, porque si tú
mueres, ¿qué haré yo, mujer infeliz? ¿Cómo viviré sola, sin hermano,
sin padre y sin amigos? Pero, si te parece, haz lo que debes; reclina
en el lecho tu cuerpo, y no temas ni te asustes, ni saltes de él tan
fácilmente, huyendo de soñados fantasmas; descansa ahora; aunque nada
tengas, solo con pensarlo te sucederá lo que a los demás, que sufren
y se fatigan. (_Orestes vuelve a su lecho, y Electra entra en el
palacio_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Ay, ay! ¡Negras Euménides, divinidades furiosas de
ligeras alas, que jamás asististeis a las fiestas de Dioniso, tocándoos
tan solo en suerte las lágrimas y los gemidos, y azotando los aires
castigáis a los que derraman sangre, y vengáis los asesinatos! Una y
otra vez os suplico que libréis de vuestra rabia loca y frenética a los
hijos de Agamenón, de los males y tormentos que sufren desde que Febo,
sí, desde que Febo habló en la trípode de los oráculos,[258] en donde
se dice que está la entrada del centro de la tierra.
_Antístrofa 1.ª_ — ¡Oh Zeus! ¿Qué desdicha, qué lucha homicida es esta
que te persigue, sirviéndote tan solo para que algún dios añada nuevas
lágrimas a tus lágrimas, o inunde tu hogar con la sangre de tu madre,
que te hace delirar? ¡Yo me lamento, yo me lamento! Una gran dicha no
es duradera entre los hombres, que la mano de los dioses, rasgándola
cual velamen de ligera navecilla, la sumerge, como en el mar, en
horribles males y en ondas agitadas y mortíferas. ¿A qué familia
debo venerar más bien que a esta, que desciende de Tántalo, fruto de
sus nupcias divinas? Pero he aquí a mi dueño Menelao, que se acerca,
demostrando con su lujo que es uno de los Tantálidas. Salve, tú, que
concitaste contra el Asia una armada de mil naves; grande ha sido tu
dicha, cuando con el favor divino has realizado tu deseo.
MENELAO (_que llega de sus naves_).
En parte, ¡oh palacio!, recibo placer al verte a mi vuelta de Troya;
en parte gimo al mirarte, porque jamás hubo otro en todo el orbe
tan visitado de míseros males. Ya conozco la desdicha de Agamenón, y
la muerte que le dio su esposa cuando acercó su proa a Malea;[259]
desde las olas me lo anunció el profeta Glauco,[260] dios veraz, hijo
de Nereo, y vate de los marinos, diciéndome con voz clara: «Yace
muerto tu hermano, ¡oh Menelao!, cayendo sin vida en el último baño
que le preparó su esposa»; y me hizo derramar muchas lágrimas, y a
todos mis marineros. Después que arribé a Nauplia, envié delante a
mi esposa, y cuando esperaba a Orestes, hijo de Agamenón, y a su
madre para abrazarlos, creyéndoles felices, me contó un pescador
el impío asesinato de la hija de Tindáreo. Decid, pues, ahora, ¡oh
tiernas jóvenes!, ¿en dónde está el hijo de Agamenón, autor de tales
iniquidades? Niño era aún en brazos de Clitemnestra cuando dejé mi
patria para bogar hacia Troya, por cuya razón no lo conocería si lo
viese.
ORESTES (_levantándose de su lecho y dirigiéndose hacia Menelao_).
Yo soy ese Orestes a quien buscas, ¡oh Menelao! Yo mismo te contaré mis
males, aunque suplicante tocaré primero tus rodillas, y te rogaré sin
ceñir de hojas mis sienes:[261] ¡sálvame! Has venido en el instante más
crítico de mis desdichas.
MENELAO
¡Oh dioses! ¿Qué veo? ¿Vienes acaso de los infiernos?
ORESTES
Has dicho bien; mis males no me dejan vivir, aunque vea la luz.
MENELAO
¡Cuán hórridos parecen tus desaliñados cabellos, oh mísero!
ORESTES
No mi aspecto; mis hechos me atormentan.
MENELAO
Y horriblemente miras con tus descarnados ojos.
ORESTES
Mi cuerpo ha desaparecido, pero mi nombre es el mismo.
MENELAO
¡Oh! ¡Qué deforme me pareces, cuando esperaba lo contrario!
ORESTES
Yo soy el asesino de mi desgraciada madre.
MENELAO
Lo sé; pero deja eso ahora, para que no hables tanto de tus males.
ORESTES
Sea como dices, y a pesar de las calamidades que contra mí suscita
alguna deidad adversa.
MENELAO
¿Qué te ha sucedido? ¿Qué enfermedad te consume?
ORESTES
Mi conciencia, porque conozco que he ejecutado acciones atroces.
MENELAO[262]
¿Cómo dices? Es de sabios hablar claramente, no en términos oscuros.
ORESTES
Profunda tristeza me devora.
MENELAO
Diosa cruel, pero que puede aplacarse.
ORESTES
Y delirios que castigan el asesinato de mi madre.
MENELAO
¿Cuándo comenzó tu locura? ¿Qué día?
ORESTES
El mismo día en que sepulté a mi desventurada madre.
MENELAO
¿En tu palacio, o cuando estabas junto a la pira?
ORESTES
Velando sus huesos.
MENELAO
¿Había algún otro contigo para compartir tus fatigas?
ORESTES
Pílades, mi cómplice en el cruel asesinato de mi madre.
MENELAO
¿Qué fantasmas te atormentaron?
ORESTES
Creí ver tres vírgenes semejantes a la Noche.
MENELAO
Sé quiénes son, pero no quiero nombrarlas.
ORESTES
Intolerables en verdad. Haces bien en no pronunciar su nombre.
MENELAO
¿Y son las que te atormentan por el asesinato de tu madre?
ORESTES
Cruel persecución que me hace delirar.
MENELAO
No es intolerable que sufran graves penas los que cometieron delitos
atroces.
ORESTES
Pero tengo una excusa de esta calamidad...
MENELAO
No digas que la muerte de tu padre; no sería una razón.
ORESTES
Febo me ordenó matar a mi madre.
MENELAO
Ignorante como el que más de lo honesto y de lo justo.[263]
ORESTES
Obedecemos a los dioses, sean como fueren.
MENELAO
¿Y cómo no te socorre Apolo en tus males?
ORESTES
Duda, que tal es la naturaleza de los dioses.
MENELAO
¿Cuánto tiempo hace que expiró tu madre?
ORESTES
Seis días: calientes están aún las cenizas de su pira.
MENELAO
¡Qué pronto te castigaron las diosas por haber derramado su sangre!
ORESTES
No sagaz; franco he sido con mis amigos.[264]
MENELAO
¿De qué te ha servido hasta ahora haber vengado a tu padre?
ORESTES
Todavía de nada, y esta dilación y no hacer nada en mi favor, es para
mí lo mismo.
MENELAO
¿Y cómo califican tu acción los ciudadanos?
ORESTES
Tanto me odian, que ni siquiera me hablan.
MENELAO
¿No has purificado tus manos de la sangre que derramaron, según las
leyes?
ORESTES
Me rechazan de todas las casas a que me acerco.
MENELAO
¿Cuáles son los ciudadanos de este país que más guerra te hacen?
ORESTES
Éax,[265] que me odia como a mi padre desde el sitio de Troya.
MENELAO
Ya entiendo: te aborrece por la muerte de Palamedes.
ORESTES
Con la cual nada tenía que ver, pero siempre resulta que mi suerte es
desastrosa.
MENELAO
¿Hay más? ¿Quizá algún amigo de Egisto?[266]
ORESTES
Los que mandan en la ciudad son los que me insultan.
MENELAO
Pero ¿consienten los ciudadanos que tú empuñes el cetro de Agamenón?
ORESTES
¿Cómo, si no me dejan vivir?
MENELAO
¿Qué piensas hacer? Dímelo sin ambages.
ORESTES
Hoy votarán contra nosotros.
MENELAO
¿Para desterraros, para condenaros a muerte, o para obedeceros?
ORESTES
Para matarme a pedradas.
MENELAO
¿Y por qué no huyes, y te alejas de este país?
ORESTES
Cércannos bronceadas armaduras.
MENELAO
¿Son enemigos tuyos particulares, o tropas de los argivos?
ORESTES
Todos los ciudadanos para darme la muerte: helo aquí en pocas palabras.
MENELAO
¡Oh desventurado!; no puede ser mayor tu desdicha.
ORESTES
Tú eres el único refugio de mis males, y ya que, afortunado, encuentras
amigos infelices, comparte con ellos tu dicha, y no seas egoísta
poseedor de ella; sufre algo a tu vez, y muéstrate agradecido con los
hijos del que te favoreciera. Solo en el nombre son amigos los que no
nos socorren en la desgracia.
EL CORO
He aquí que llega con tardos pasos el espartano Tindáreo,[267] vestido
de negro y rasurada su cabeza en señal de duelo por su hija.
ORESTES
¡Muerto soy, oh Menelao! Tindáreo se acerca, y me avergüenzo mucho
de verlo al recordar mis acciones. Él y Leda[268] me amaron no menos
que a los Dioscuros, y me alimentó cuando era niño, y me besaba con
frecuencia, y llevaba en sus brazos al hijo de Agamenón; y no he
correspondido a estos beneficios: ¡oh corazón y ánima desventurada! ¿En
qué tinieblas ocultaré mi rostro? ¿Qué nube pondré delante de mí para
que no me vea ese anciano?
TINDÁREO
¿En dónde, en dónde encontraré a Menelao, el esposo de mi hija? Al
hacer las libaciones en el sepulcro de Clitemnestra, supe que, al cabo
de tantos años, había desembarcado en Nauplia con su esposa. Llevadme
adonde esté, porque quiero saludarlo en persona, estrechar su diestra y
verlo después de tan larga ausencia.
MENELAO
Salve, anciano, que tuviste a Zeus por compañero de tu lecho.
TINDÁREO (_estréchanse las manos_).
Salve, tú también, ¡oh Menelao, mi pariente! ¡Qué dañoso es ignorar
lo futuro! Este dragón matricida,[269] a quien detesto, vibra delante
del palacio sus pestíferos rayos. ¿Hablarás tú, ¡oh Menelao!, a este
criminal?
MENELAO
¿Por qué no? Es hijo de un padre a quien yo amaba.
TINDÁREO
¿Y ha nacido de él tal como es?
MENELAO
Sin duda; y si está afligido, debe respetarse.
TINDÁREO
Se ha hecho un bárbaro, viviendo entre ellos tanto tiempo.
MENELAO
Al contrario; los griegos honran como nadie a sus parientes.
TINDÁREO
Sí, pero siempre sin sobreponerse a las leyes.
MENELAO
El sabio es esclavo de la necesidad.
TINDÁREO
Aunque sea esta tu opinión, yo no la aceptaré.
MENELAO
Tu ira en tus años no es de sabio.
TINDÁREO
¿A qué disputar sobre la sabiduría con este hombre? Si todos distinguen
lo justo de lo injusto, ¿qué mortal hubo más necio que este, que ni se
cuidó de las leyes, ni del derecho común a todos los griegos? Después
de morir Agamenón, herido en la cabeza por mi hija, crimen de los más
infames (que nunca alabaré), debió perseguir al asesino, acusando a
su culpable madre, y expulsarla del palacio: semejante moderación
en medio de talos desdichas, sería celebrada; hubiera obedecido las
leyes y obrado piadosamente. Su destino es ahora igual al de su madre,
porque creyendo, con razón, que era criminal, él lo ha sido más dándole
muerte. Esto tan solo te preguntaré, ¡oh Menelao!: si la esposa que te
acompaña en el tálamo te mata, y después la asesina su hijo, y el nieto
hace lo mismo con su padre, ¿cuándo se acabarán tantos males? Con razón
dispusieron nuestros antepasados que ni se dejase ver de nadie el reo
de homicidio, ni hablase con ninguno; y lo castigaban con el destierro,
no autorizando interminables asesinatos, porque siempre había uno
amenazado de muerte y contaminadas las manos con la última mancha de
sangre. Aborrezco, en verdad, a las mujeres impías, y a mi hija la
primera por haber asesinado a su esposo, y ni alabaré jamás a tu esposa
Helena, ni te alabaré tampoco, ni celebraré que hayas ido a Troya
por una mujer impúdica: defenderé la ley en cuanto pueda, anulando
esta costumbre bestial y parricida, perdición de reinos y ciudades.
(_Volviéndose hacia Orestes._) ¿Qué sentías, ¡oh miserable!, cuando
tu madre descubrió su pecho suplicándote? Yo, que no lo presencié,
derramo lágrimas de mis arrugados ojos. Confirma también mi parecer que
los dioses te aborrecen, y pagas la pena que debes a tu madre vagando
aterrado y delirante. ¿A qué hemos de oír testigos, cuando nosotros
mismos vemos las cosas? Sabe, pues, Menelao, que no debes oponerte a
la voluntad de los dioses ayudando a este, sino dejar que lo maten a
pedradas; de otro modo no entres en Esparta. Justa ha sido la muerte de
mi hija, pero no por mano de este: yo, afortunado en otras cosas, no lo
soy con mis hijas, que seguramente no me hacen dichoso.[270]
EL CORO
Digno de envidia es el que tiene fortuna con sus hijos y no sufre por
su causa grandes calamidades.
ORESTES
Temo, ¡oh anciano!, hablar contra ti, porque te he de afligir y
contristar tu ánimo. No nos acordemos ahora de tu vejez, que me turba
cuando hablo, y persistiré en mi propósito, rindiendo antes, como he
dicho, homenaje a tu años. Yo, en verdad, impío por haber asesinado
a mi madre, soy piadoso bajo otro aspecto por haber vengado a mi
padre. ¿Qué debía yo hacer? Compara unas cosas con otras: mi padre me
engendró, y tu hija me parió, recibiendo como un campo su semilla, pues
sin padre nunca nace el hijo.[271] Yo creía, pues, que debía hacer más
por el que me engendró que por la que solo me alimentó; pero tu hija
(temo llamarla madre), casándose sin más guía que su capricho, subió
al tálamo de otro esposo. Si hablo mal de ella, hablaré también de mí;
pero no callaré: Egisto era su marido, oculto en el palacio; lo maté y
a mi madre después, cometiendo una impiedad, pero también vengando a
mi padre. En cuanto a tu amenaza de que he ser apedreado, óyeme para
que lo sepa toda la Grecia: si la audacia de las mujeres llega al
extremo de matar a sus maridos, buscando luego auxilio en sus parientes
y moviendo a lástima con sus desnudos pechos, poco les importará
asesinarlos todos pretextando cualquier motivo; pero yo, en el momento
en que ejecuté las atrocidades de que hablas, abolí esta ley. Odiaba a
mi madre, y la maté con razón, porque ella faltó a su esposo, general
de todos los griegos, y ausente antes con su ejército, y no mantuvo
su tálamo inmaculado, y cuando conoció que pecaba, no se castigó a sí
misma, sino que, en vez de expiar su delito, quedó impune y mató a mi
padre. Por los dioses (no debí nombrarlos defendiendo un asesinato), si
callando hubiese yo aprobado el delito de mi madre, ¿qué hubiera hecho
conmigo el muerto? Si me odiaba, ¿no suscitaría contra mí a las Furias?
¿Auxiliarán acaso a mi madre y no a mi padre, más ofendido y con mejor
derecho? Tú, ¡oh anciano!, que engendraste una hija malvada, tú me has
perdido, que por su osadía me quedé sin padre y fui matricida. Telémaco
no mató a la mujer de Odiseo: no se casó en vida de su primer marido,
sino que fue fiel a su esposo. ¿No sabes que Apolo habita en el centro
de la tierra, y pronuncia para los mortales certísimos oráculos, a
quien todos obedecemos, mande lo que quiera? Por obedecerlo maté a la
que me dio a luz. Sea él el impío, y dadle muerte, que él pecó, no yo.
¿Qué debía yo hacer? ¿No te satisface que un dios tome sobre sí la
responsabilidad de la expiación? ¿Qué refugio buscarán los hombres, si
el que lo ordenó no me libra de la muerte? No digas, por tanto, que no
es justo lo que he hecho, sino que fue adversa mi suerte. Feliz la vida
de aquellos cuyo casamiento es afortunado: los que no tienen esa dicha,
infelices son dentro y fuera de su casa.
EL CORO
Siempre las mujeres sirvieron de pesada rémora a la fortuna de los
hombres.
TINDÁREO
Ya que tú cobras aliento y no cedes, sino que me respondes de tal
modo que me afliges y me incitas a perseverar en tu muerte, coronaré
el propósito laudable que aquí me trajo de honrar el sepulcro de
mi hija. Yo me presentaré a la asamblea de los argivos cuando se
reúna, y excitaré a los ciudadanos, ya inclinados a hacerlo, contra
ti y tu hermana, para que sufráis la pena de ser apedreados, pues
ella merece morir más bien que tú, porque te alentó contra tu madre,
animándote siempre con sus palabras y contándote los sueños en que
se le aparecía Agamenón, y hablándote del adúltero Egisto: ojalá que
siga siendo odiosa a los dioses infernales, ya que aun en la tierra la
aborrecían, llegando a incendiar el palacio con fuego, que no era de
Vulcano. Dígote, ¡oh Menelao!, y yo mismo lo haré, que no los defiendas
de la muerte contra los dioses si en algo estimas mi amistad y mi
parentesco, sino que dejes a los ciudadanos que los maten a pedradas,
o de lo contrario, que no entres en territorio espartano. No olvides
mis palabras, y no prefieras amigos impíos rechazando los piadosos.
Vosotros, servidores, llevadme de este palacio. (_Vase_).
ORESTES
Vete, para que libre prosiga mi discurso y persuada a Menelao sin el
temor que me inspiran tus años. ¿Por qué discurres así, paseándote a
uno y otro lado, y en lucha con dos opuestos sentimientos?
MENELAO
Déjame; por más que reflexiono, no sé qué hacer.
ORESTES
No te decidas ni deliberes sin oírme antes.
MENELAO
Habla, que has dicho bien. Hay ocasiones en que el silencio debe ceder
su puesto a las palabras, y otras en que las palabras han de cederlo al
silencio.
ORESTES[272]