comprenderá más fácilmente. No me des nada tuyo, ¡oh Menelao!, sino
devuélveme tan solo lo que recibiste de mi padre. No hablo de riquezas,
que la más preciada es para mí ahora la vida. Obré mal, y por esta
razón debo sufrir algún daño de tu parte, ya que mi padre Agamenón,
juntando injustamente a los griegos, fue a Troya, no por falta suya,
sino para enmendar la de tu esposa y su injusticia. Solo por esto
debes tú concederme otra gracia. Ya he dicho que convocó a unos amigos
para favorecer otros, y se puso a tu servicio, pasando por ti trabajos
en el campo de batalla para que recobraras a tu Helena. Devuélveme,
pues, ahora lo que entonces recibiste de él, trabajando un solo día
en mi favor, no diez años cumplidos. No hablaré ahora del sacrificio
de mi hermana en Áulide,[273] ni exijo que mates a Hermíone, porque
encontrándome en tan triste situación has de tener más ventajas que
yo, y me toca ser indulgente. Devuelve mi vida a mi desgraciado padre,
y también la de mi hermana, virgen ha largo tiempo, porque si yo
muero, se acaba el linaje de mi padre. Dirás que es imposible acceder
a mi ruego; pero si no hay duda que los amigos deben socorrerse unos
a otros en la desgracia, ¿qué necesidad hay de ellos, si los dioses
han de hacer buenamente sus veces? Basta que un dios quiera para
auxiliar a quien lo agrade. Todos los griegos creen que amas a tu
esposa, y no te lo digo por adularte, sino para suplicarte en su nombre
(_Aparte_).[274] (¡Oh cuánta es mi desventura cuando a tales extremos
recurro!) (_En voz alta_). ¿Por qué he de sufrir tanto? Por mi linaje
imploro tu ayuda. ¡Oh tú, hermano de mi padre; imagínate que oye mis
ruegos debajo de la tierra, que su alma vuela a tu alrededor, y que
dice lo que yo digo! Tales son mis súplicas entre lágrimas, gemidos y
males sin cuento, para pedirte la vida, amada no solo por mí, sino por
todos.[275]
EL CORO
Y yo te suplico, aunque sea una mujer, que, ya que puedes, socorras a
quienes imploran tu auxilio.
MENELAO
Yo respeto tu desgracia, ¡oh Orestes!, y quiero ayudarte en tus males,
pues debemos aliviar los de nuestros parientes, si el cielo nos da
fuerzas, ya muriendo por ellos, ya matando a sus enemigos. Pido a los
dioses que me lo concedan, aunque solo traigo mi lanza, y he sufrido
infinitas penalidades y sobrevivido a ellas con un puñado de amigos.
Peleando no podemos, pues, vencer a los pelásgicos argivos; pero
esperamos lograrlo con palabras persuasivas. Porque ¿cómo hacer grandes
cosas con escasas fuerzas? Hasta de necios es intentarlo. Cuando el
pueblo se amotina, ardiendo en ira, es tan difícil apaciguarlo como
un fuego terrible; pero si se cede con maña y se aprovecha la ocasión
oportuna, se mitigará quizá su cólera, y en este caso se conseguirá de
él lo que se desee. Domínalo a veces la compasión, a veces espantosa
rabia, joya preciosa para el que aguarda el momento favorable. Iré,
pues, para persuadir a Tindáreo y a la muchedumbre que moderen sus
ímpetus. La nave se sumerge si tiendes demasiado las amarras de las
velas, pero vuelve a salir a flote si las aflojas. El cielo odia los
arrebatos apasionados, los ciudadanos también; conviene, pues, que yo
(y no hablo temerariamente) te libre con cordura de los que pueden
más que tú, no por la violencia. No lo conseguiría, como tú crees,
empleando la fuerza de las armas, porque una sola lanza no triunfa de
los males que te cercan. Nunca fui humilde con los argivos; pero es
necesario que los sabios se hagan esclavos de la fortuna. (_Vase hacia
la ciudad_).
ORESTES
Hombre, que solo sirves para pelear por mujeres, ¡oh tú el más
cobarde en defender a tus amigos! ¿Huyes y me dejas? Vanos fueron los
beneficios de Agamenón. En la adversa fortuna, ¡oh padre!, te abandonan
tus amigos. ¡Ay de mí, que me hacen traición y pierdo toda esperanza de
escapar al suplicio a que me condenan los argivos! Este era mi único
recurso en medio de mis males. Pero veo a Pílades, que viene corriendo
de la Fócide,[276] grato consuelo, porque es para mí el mortal más
querido; que al hombre que no nos abandona en el infortunio se mira
con mejores ojos que al mar tranquilo los navegantes. (_Llega Pílades
corriendo_).
PÍLADES
Más presuroso de lo que debía he atravesado la ciudad y asistido en
parte a la asamblea de los ciudadanos convocada contra ti y contra tu
hermana, al parecer para mataros en breve. ¿Qué es esto? ¿Cómo van
tus asuntos? ¿Que haces tú, el más amado de mis compañeros, amigos y
parientes? Todo esto a un tiempo eres para mí.
ORESTES
Perdidos somos, para darte cuenta de mis males en pocas palabras.
PÍLADES
Perdido soy yo también, que las desgracias de mis amigos son las mías.
ORESTES
La conducta de Menelao conmigo y con mi hermana es lo más infame.
PÍLADES
Natural es que sea esposo malvado de mujer malvada.
ORESTES
Como si no hubiese venido, puesto que con su llegada no se han aliviado
mis cuitas.
PÍLADES
¿Pero ha venido aquí en efecto?
ORESTES
Mucho tiempo ha tardado, pero pronto dio pruebas de deslealtad a sus
amigos.
PÍLADES
¿Y ha traído en su misma nave a su criminal esposa?
ORESTES
No él a ella, sino ella a él.
PÍLADES
¿En dónde está la mujer que ha perdido sola a tantos argivos?
ORESTES
En mi propio palacio, si puedo llamarle mío.
PÍLADES
¿Y qué has dicho al hermano de tu padre?
ORESTES
Que hiciese lo posible para no presenciar mi suplicio y el de mi
hermana, si así lo decretan los ciudadanos.
PÍLADES
¡Por los dioses!, ¿qué dijo? Deseo saberlo.
ORESTES
Contestó con cautela, como hacen los malos amigos.
PÍLADES
¿Y cuáles fueron sus razones? Sabido esto, todo lo comprendo.
ORESTES
También vino el padre de tan excelentes hijas.
PÍLADES
¿Aludes a Tindáreo?; acaso esté airado contigo por la muerte de su hija.
ORESTES
Así es: entre Tindáreo, su suegro, y mi padre, que es su hermano, se
decide por el primero.[277]
PÍLADES
¿Y estando aquí, no se ha atrevido a socorrerte en tus males?
ORESTES
No es guerrero, sino esforzado entre mujeres.
PÍLADES
Terribles son tus infortunios, y tienes que morir.
ORESTES
No tardarán los ciudadanos en emitir sus sufragios.
PÍLADES
¿Y qué resolverán?, dime; yo tengo miedo.
ORESTES
Que muera, o que viva: pocas palabras su necesitan para resolverlo, no
obstante la importancia del asunto.
PÍLADES
¿Por qué no huyes con tu hermana y abandonas este palacio?
ORESTES
¿No ves? Por todas partes nos cercan.
PÍLADES
He visto las plazas de Argos guardadas por soldados.
ORESTES
Como ciudad sitiada por enemigos estamos nosotros.
PÍLADES
Pregúntame también lo que me sucede: mi perdición es segura.
ORESTES
¿A quién la deberás? Esto solo me faltaba.
PÍLADES
Mi padre Estrofio me ha desterrado lleno de ira.
ORESTES
¿Por algún delito común, o por alguno público contra tu patria?
PÍLADES
Porque, en su juicio, me había contaminado, siendo cómplice tuyo en el
asesinato de tu madre.
ORESTES
¿Tú también, ¡oh mísero!, vas a verte envuelto en mis males?
PÍLADES
No soy como Menelao; no hay más recurso que sufrirlos.
ORESTES
¿No temes que también te maten los argivos?
PÍLADES
No deben ellos castigarme, sino mis conciudadanos los focenses.
ORESTES
Atroz es el pueblo cuando son malos sus gobernantes.
PÍLADES
Pero si son buenos, resuelve siempre lo mejor.[278]
ORESTES
Sea en buen hora; pero deliberemos ambos.
PÍLADES
¿Acerca de nuestra crítica situación?
ORESTES
Si yo me acerco a los ciudadanos para decirles...
PÍLADES
¿Que has obrado en justicia?
ORESTES
Que lo hice por vengar a mi padre.
PÍLADES
Mira no se alegren de que caigas en sus manos.
ORESTES
¿Moriré callando de miedo?
PÍLADES
Es de cobardes.
ORESTES
¿Y qué he de hacer?
PÍLADES
¿Tienes alguna esperanza de salvarte si nada haces?
ORESTES
No.
PÍLADES
Y si vas allá, ¿podrás lograrlo?
ORESTES
Quizá lo consiga, si la fortuna me favorece.
PÍLADES
Luego es preferible a permanecer aquí.
ORESTES
Iré, pues.
PÍLADES
Si mueres, mueres con honra.
ORESTES
Dices bien: así no incurriré en la nota de cobarde.
PÍLADES
Mejor que si te quedas.
ORESTES
Y por una causa que creo justa.
PÍLADES
Ojalá que lo mismo parezca a ellos.
ORESTES
Y alguno acaso se compadecerá de mí...
PÍLADES
Vale mucho tu noble alcurnia.
ORESTES
Recordando la muerte de mi padre.
PÍLADES
Todo esto es claro.
ORESTES
Hay que ir: es de cobardes morir deshonrados.
PÍLADES
Alabo tu propósito.
ORESTES
¿Lo diremos a mi hermana?
PÍLADES
No, por los dioses.
ORESTES
Tendremos llantos.
PÍLADES
Y será mal presagio.
ORESTES
Conviene, pues, callar.
PÍLADES
Y aprovecharás el tiempo.
ORESTES
Solo temo...
PÍLADES
¿Qué dices ahora?
ORESTES
Que las diosas me hagan delirar otra vez.
PÍLADES
Yo te curaré.
ORESTES
Molesto es vivir un hombre enfermo.
PÍLADES
Tú no lo estás para mí.
ORESTES
Guárdate, no te contagie mi locura.
PÍLADES
Suceda lo que quiera.
ORESTES
¿No vacilarás?
PÍLADES
La duda es mal grave entre amigos.
ORESTES
Anda pues, que tú eres el timón que gobierna mis pasos.
PÍLADES
Grato es para mí este cuidado.
ORESTES
Y llévame al sepulcro de mi padre.
PÍLADES
¿Para qué?
ORESTES
Para suplicarle que me salve.
PÍLADES
Paréceme bien.
ORESTES
Y que no vea la tumba de mi madre.[279]
PÍLADES
Era tu enemiga. Pero apresúrate, no te condenen los sufragios de los
argivos; y apóyate en mi brazo, que la enfermedad ha debilitado tus
fuerzas. Atravesaré contigo la ciudad sin curarme de la plebe y sin que
la vergüenza me intimide. ¿Cuándo te probaré mi amistad, si no te ayudo
ahora, agobiado de males tan terribles?
ORESTES
Esto es tener amigos, no solo parientes. El hombre que, libre de ese
sagrado lazo, simpatiza con nosotros, nos sirve mucho más que un
ejército de aquellos. (_Vanse a la ciudad_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Las grandes riquezas y el vano esplendor de los
Atridas, que, llenando la Grecia, penetraron hasta las orillas del
Simois, se desvanecieron desde aquella antigua calamidad de su
linaje, cuando la discordia dio a los Tantálidas la oveja de vellón
dorado,[280] y desde aquel misérrimo banquete y muerte de nobles hijos;
y un asesinato sucede al otro, y una nube de sangre envuelve a los dos
Atridas.
_Antístrofa 1.ª_ — No honra, que deshonra es herir con el acero el
cuerpo de nuestros padres, y enseñarlo a la luz del sol manchado de
sangre; al contrario, cometer tales atentados es impiedad insana y
delirio de hombres criminales. El miedo a la muerte hizo exclamar así a
la hija de Tindáreo: «¡Oh hijo, no eres piadoso matando a tu madre; que
por congraciarte con tu padre no contraigas perpetua infamia!».
_Epodo_. — ¿Qué causa más justa de dolor y de lágrimas, qué calamidad
hay mayor en la tierra que asesinar a una madre? El hijo de Agamenón,
que cometió ese crimen, será presa del delirio, y en él se cebarán las
Furias para castigar su delito, y andará errante con ojos extraviados.
¡Oh mísero, que sin cuidarse del seno maternal, que dejaron ver sus
vestidos desgarrados, se atrevió a matar a su madre por vengar a su
padre!
ELECTRA (_que sale del palacio_).
¡Oh mujeres!, ¿adónde ha ido Orestes desde este palacio, dominado por
el furor que los dioses le inspiran?
EL CORO
No ha sido así, que fue a la asamblea de los argivos para defenderse en
esa terrible lucha, en la cual se ha de decidir de vuestra vida o de
vuestra muerte.
ELECTRA
¡Ay de mí! ¿Qué ha hecho? ¿Quién lo ha persuadido?
EL CORO
Pílades; pero pronto nos anunciará aquel mensajero lo que ha sucedido
allá a tu hermano.
EL MENSAJERO
¡Oh mísera! ¡Oh veneranda Electra, hija infeliz del guerrero Agamenón!
Oye la triste nueva que te traigo.
ELECTRA
¡Ay, ay! Cierta es nuestra muerte; así lo indican tus palabras;
mensajero eres de malas nuevas, según parece.
EL MENSAJERO
Los sufragios de los argivos han decretado hoy tu muerte y la de tu
hermano.[281]
ELECTRA
¡Ay de mí! Acaeció lo que esperaba, lo que temía hace ya tiempo,
causa de mis lágrimas incesantes. Pero ¿qué certamen, qué discursos
precedieron al decreto de los argivos que nos condena a muerte? Di,
¡oh anciano!, si exhalaremos el alma apedreados, o por medio del
hierro, víctimas ambos de una misma desventura.
EL MENSAJERO
Casualmente yo había venido del campo deseando conocer la decisión de
este asunto, que os interesaba; porque siempre tuve afecto a tu padre,
y tu familia me mantuvo, pobre, es verdad, aunque fiel a mis amigos.
Vi al pueblo que se encaminaba a la colina,[282] en donde dicen que
Dánao lo convocó primero para resolver su litigio con Egipto. Ya en
la asamblea pregunté a uno de los ciudadanos: «¿Qué ocurre en Argos?
¿Alguna nueva de enemigos alborota así la ciudad de las Danaides?».
Él me respondió: «¿No ves a Orestes, que llegó hace poco para sufrir
su juicio capital?». Entonces presencié un espectáculo inesperado que
nunca hubiera creído; a saber: a Pílades y a Orestes, que llegaban
juntos, triste este y devorado por su mal, como un hermano aquel,
compartiendo los dolores de su amigo, y asistiéndolo en sus males, y
cuidándolo como a un hijo. Después que todos se reunieron, levantose
el heraldo y dijo: «¿Queréis declarar si Orestes debe o no morir, por
haber asesinado a su madre?». Entonces Taltibio, que con tu padre
combatió contra los troyanos, pronunció palabras ambiguas, como quien
se doblega ante los poderosos, celebrando en verdad a Agamenón, pero
sin alabar a tu hermano, y haciendo malévolas alusiones a la ley
nada buena que se establecería contra los padres, y mirando siempre
a los amigos de Egisto con ojos expresivos. Tales son los heraldos:
sonríen siempre a los felices, y son amigos de los que más pueden, y
de los magistrados de las ciudades. Luego habló el rey Diomedes,[283]
oponiéndose a tu muerte y a la de tu hermano, y defendiendo por
piedad la pena del destierro. Aclamáronlo algunos, porque, en su
concepto, decía la verdad; otros no lo alababan. Después se levantó
un hombre de lengua desenfrenada, temible por su audacia, argivo no
verdadero sino intruso,[284] confiado en el tumulto, y a quien su
osadía, no su saber, inspiraba, capaz de persuadirle todo lo malo;
porque cuando elocuente en sus discursos, aunque de ideas funestas,
convence al vulgo, gran daño resulta a la ciudad. Al contrario, los que
solo atienden a su bien, son siempre a la larga útiles a su patria.
Así debemos juzgar al que más manda en una ciudad, si examinamos este
punto, porque igual es la condición del orador a la del que desempeña
los cargos más importantes. Este, pues, proponía que tú y Orestes
murieseis a pedradas, sobornado por Tindáreo para que hablase en este
sentido y recayera sentencia de muerte. Otro sostuvo lo contrario:
su traza no era brillante, pero grande su fortaleza, poco amigo de
visitar la ciudad y el ágora, dedicado a labrar sus tierras, de los que
sirven a su país, de agudo ingenio cuando quiere disputar, íntegro,
que vive honradamente: declaró que Orestes, hijo de Agamenón, debía
ser coronado porque obró así por vengar a su padre, dando muerte a una
mujer tan malvada como impía, y cuando de no hacerlo, nadie querría
tomar las armas y hacer la guerra, abandonando su casa, si los que se
quedan seducen y corrompen a las mujeres, encargadas de los cuidados
domésticos. Aprobáronlo los buenos, y fue el último que habló. Entonces
se acercó tu hermano y dijo: «Por vengaros a vosotros, los que poseéis
el país pelásgico[285] de Ínaco,[286] y por vengar también a mi padre,
di muerte a mi madre. Porque si es lícito a las mujeres asesinar a sus
esposos, pronto moriréis o seréis sus esclavos, y haréis lo contrario
de lo que debéis hacer. Ha muerto, es verdad, la que fue infiel a mi
padre; pero si me condenáis al último suplicio, la ley es inútil, y
ninguno evitará la muerte, puesto que la osadía de Clitemnestra tendrá
muchas imitadoras». Mas no persuadió a la muchedumbre, aunque pensaron
que hablaba con cordura, consiguiéndolo aquel malvado que había
sostenido que tú y tu hermano debíais perecer. Con dificultad obtuvo
Orestes que no se le apedreara en el acto, prometiendo que ambos os
suicidaríais hoy mismo. Pílades, llorando, se lo llevó de la asamblea
en compañía de otros amigos, llenos los ojos de lágrimas y compadecidos
de sus desdichas; pronto presenciarás un espectáculo doloroso y digno
de lástima.[287] Prepara, pues, el puñal o el lazo que ha de poner fin
a tu vida, ya que precisamente has de dejar la luz: ni vuestra nobleza
ni el pítico Apolo, sentado en su trípode, os han servido para otra
cosa que para perderos.
EL CORO
¡Oh virgen sin ventura! Tu mirada fija en la tierra y tu silencio
anuncian que lágrimas, acompañadas de gemidos, inundarán bien pronto tu
faz.
ELECTRA
_Estrofa 1.ª_ — Ya comienzo mis lamentaciones, ¡oh Pelasgia!,
desgarrando mis mejillas con mis blancas uñas,[288] tiñéndolas de
sangre y golpeando mi cabeza en honor de la diosa, tan joven como
bella, que reina en la subterránea mansión de los infiernos. Gima la
clamorosa tierra ciclópea, y corten los argivos sus cabellos. ¡Familia
criminal! ¡Compadeceos, compadeceos de los que han de morir en breve,
hijos del que capitaneó en otro tiempo a todos los griegos!
_Antístrofa 1.ª_ — La estirpe de Pélope, su estirpe y sus hijos no
existirán dentro de poco, que los dioses tuvieron envidia de su
pasada ventura. Sí, la envidia de los dioses y una sentencia inicua
y sanguinaria la han derribado en tierra. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Ved,
mortales que lloráis y os afligís, cómo sin esperarlo se cumple el
destino. Otros tardan a veces mucho tiempo en sufrir desdichas, porque
la vida entera de los mortales es instable de suyo.
Ojalá que yo vea este peñasco suspendido entre el cielo y la tierra
con eslabones de oro, montaña pendiente del Olimpo que se revuelve en
remolinos,[289] para aclamar lamentándome a mi viejo abuelo Tántalo,
tronco, tronco de mi familia, que presenció tantas desdichas, cuando
Pélope, que llevaba a Mírtilo[290] en ligera cuadriga de veloces
yeguas, lo precipitó en la mar, turbando el hinchado Ponto en la costa
espumosa del Geresto.[291]
De aquí los llantos y la maldición de mi linaje, cuando en el rebaño
de Atreo, rico en caballos, y por obra del hijo de Maya, nació un
prodigio mortífero, sí, mortífero, revestido de vellón de oro, causa
bastante de discordia para alterar el curso del sol,[292] que, en vez
de dirigirse por su camino de Occidente, retrocedió hacia la Aurora,
que cabalga en un solo caballo, mientras Zeus llevaba por otro rumbo
a las siete Pléyades. Los asesinatos se suceden unos a otros en esta
familia; celébrase el festín, llamado de Tiestes, mánchase el lecho de
Aérope, la pérfida cretense, y los últimos males alcanzan a mi padre y
a mí después. ¡Oh familia de fatal destino!
EL CORO
Mira cómo se acerca tu hermano, condenado a muerte por los sufragios,
y Pílades, el más fiel de los amigos, ayudándole como un hermano a
sostenerse.
ELECTRA
¡Ay de mí! Yo gimo, ¡oh hermano!, viéndote ya delante del túmulo y de
la pira que ha de enviarte al infierno. ¡Ay otra vez de mí!, que pierdo
la razón al mirarte por última vez.
ORESTES
¿No te someterás en silencio a lo resuelto, absteniéndote de mujeriles
lamentos?[293] Necesario es que sufras estos nuevos males, que tal es
nuestra desgracia.
ELECTRA
¿Y cómo he de callar? ¿Tan grande ha de ser nuestra desdicha, que no
veré más la luz?
ORESTES
No me mates tú también; basta a mi desventara que lo hagan los argivos;
olvídate de nuestros infortunios presentes.
ELECTRA
¡Oh Orestes, tan joven y tan desdichado, y debiendo morir tan prematura
muerte! Pereces cuando debías vivir.
ORESTES
Por los dioses, no contristes mi ánimo deplorando nuestra suerte.
ELECTRA
Moriremos, pero no puedo menos de deplorarla, que la vida, aun llena de
amargura, es amada de todos los mortales.
ORESTES
Este es nuestro último día; menester es, por tanto, preparar los lazos
que han de ahorcarnos, o aguzar el acero.
ELECTRA
Mátame tú, pues, ¡oh hermano!, para que ningún argivo llene de
ignominia a los hijos de Agamenón.
ORESTES
Bastante tengo con la muerte de mi madre; no te mataré: tú, como
puedas, morirás por tu propia mano.
ELECTRA
Sea así: tu espada me servirá, pero quiero estrechar tu cuello entre
mis brazos.
ORESTES
Goza de este vano placer, si placer es abrazar a los que caminan a la
muerte.
ELECTRA
¡Oh, tú, hermano el más querido! ¡Oh rostro dulcísimo y muy amado!; si
tus facciones son las de tu hermana, la misma es también tu alma.[294]
ORESTES
Tú me obligarás a deshacerme en lágrimas; abrazándote, quiero también
corresponderte: ¿y por qué me he de ruborizar? ¡Oh pecho fraternal, oh
dulces abrazos! Consolémonos así en nuestro infortunio, ya que somos el
uno para el otro el hijo y la esposa o el esposo.
ELECTRA
¡Ay de mí! Que el mismo puñal, si es posible, nos dé la muerte, y que
un mismo féretro, obra artística de cedro, nos encierre a ambos.
ORESTES
Sería para mí lo más grato; pero ya ves cómo nos abandonan los amigos,
para juntarnos después en la tumba. Nada ha dicho en tu favor, nada ha
hecho para que no mueras ese villano Menelao, traidor a mi padre; ni
siquiera lo hemos visto; atento solo a no perder su cetro, tuvo miedo
de salvar a sus amigos. ¿Qué hemos de hacer? Que sea gloriosa nuestra
muerte y digna de los hijos de Agamenón. Y yo probaré mi nobleza a
los ciudadanos atravesando mis entrañas con la espada; tú debes hacer
lo mismo. Pílades, preside a nuestro suicidio, tributa a nuestros
cadáveres los últimos deberes y entiérranos juntos, llevándonos al
sepulcro de mi padre. Y adiós; como ves, ahora mismo voy a cumplir mi
sentencia.
PÍLADES
Espera. Tengo que reconvenirte porque has creído que yo querría vivir
sin ti.
ORESTES
¿Y por qué has de morir conmigo?
PÍLADES
¿Qué has dicho? ¿Cómo he de vivir sin verte?
ORESTES
No mataste a tu madre como yo.
PÍLADES
Pero sí la tuya, y debo morir como tú.
ORESTES
Vuelve a buscar a tu padre, y no mueras conmigo. Tú tienes patria, yo
no la tengo ya; tu hogar paterno, puerto que te sonríe, ofreciéndote
grandes riquezas. Verdad es que no has podido casarte con Electra, como
te prometí, para estrechar más nuestra amistad, pero no te faltará otra
que te haga padre de larga prole; ya no puede haber ese lazo entre los
dos. Que la dicha te acompañe, ¡oh Pílades!, nombre grato entre todos
mis iguales. A nosotros nos está vedada la felicidad, no a ti, porque
muertos, se acabaron nuestros placeres.
PÍLADES
Muy distinto es tu parecer del mío. Que ni la fértil tierra acepte
mi sangre, ni el éter mi alma[295] si por libertarme yo de la muerte
te abandono y te vendo; no niego que yo también maté a tu madre y te
aconsejé cuanto te ha acarreado estos males; debo, pues, morir contigo,
y con esta al mismo tiempo. Como a mi esposa miro a la que prometí
mi mano: ¿cómo podré vindicarme si vuelvo a Delfos al alcázar de los
focenses? Yo, que fui vuestro amigo antes de ser vosotros desgraciados,
¿no lo seré ya porque eres infeliz? No es así por cierto; vuestros
infortunios serán también los míos. Ya que hemos de morir, discurramos
el medio de perder también a Menelao.
ORESTES
Que así suceda y moriré contento.
PÍLADES
Haz, pues, lo que te digo, y aplaza ahora tu muerte.
ORESTES
Sea, pues, si de cualquier manera me vengo de mi enemigo.
PÍLADES
Calla; tengo en las mujeres poca confianza.
ORESTES
No desconfíes de estas: son nuestras amigas.
PÍLADES
Matemos a Helena; el dolor más acerbo para Menelao.
ORESTES
¿Cómo? Dispuesto estoy a ello si se presenta ocasión favorable.
PÍLADES
Degollándola; está oculta en tu palacio.
ORESTES
Sin duda acogiéndose ya a lugar seguro.
PÍLADES
Pero no dentro de poco, que será esposa de Hades.
ORESTES
¿Y cómo lo lograremos? Bárbaros la acompañan.
PÍLADES
¿Cuáles? Nunca he temido a los frigios.
ORESTES
Como deben ser los que cuidan de sus espejos y perfumes.
PÍLADES
¿Todavía le place el lujo y la molicie troyana?
ORESTES
Tan es así, que la Grecia es para ella estrecha y pobre morada.
PÍLADES
Nada son los esclavos comparados con los que no lo son.
ORESTES
Y si lo consigo, no rehusaré morir dos veces.
PÍLADES
Ni tampoco yo, siempre que te vengue.
ORESTES
Di cómo hemos de realizar nuestro deseo.
PÍLADES
Entraremos en el palacio como si fuésemos a morir.
ORESTES
Entiendo esto, no lo demás.
PÍLADES
Nos lamentaremos en su presencia de los males que sufrimos.
ORESTES
Para que llore, aunque en su corazón se ría.
PÍLADES
Lo mismo que nos sucederá a nosotros.
ORESTES
¿Y cómo terminaremos la lucha?
PÍLADES
Ocultaremos nuestros puñales debajo de los vestidos.
ORESTES
Pero ¿cómo la hemos de matar, presentes sus servidores?
PÍLADES
Los enviaremos a distintas partes del palacio.
ORESTES
Y mataremos al que no callare.
PÍLADES
Después veremos lo que se ha de hacer.
ORESTES
_Muerte a Helena_: he aquí la señal.
PÍLADES