hijos exhalaban en tierra el alma, llegó su mísera madre. Viéndolos
heridos de muerte, gimió así: «Tarde, ¡oh hijos!, vengo a socorreros».
Abrazaba ya al uno, ya al otro, y lloraba, y de sus ojos corrían dos
ríos de lágrimas, y acompañábale en sus sollozos Antígona, la hermana
de los muertos, y decía: «¡Oh báculos de mi vieja madre! ¡Oh hermanos
muy amados, que impedís con vuestra discordia mi himeneo!».[233] El rey
Eteocles, revolviendo en su pecho un horrible suspiro, oyó a su madre y
la presentó su mano trémula, pero no habló, sino la saludó con lágrimas
de sus ojos, significándole su amor. El otro respiraba aún, y mirando
a su hermana y a su anciana madre, dijo así: «Morimos, ¡oh madre!; me
compadezco de ti y de esta hermana mía, y de mi hermano muerto; nació
para amarme, fue mi enemigo y lo amé, sin embargo. Sepultadme, ¡oh
madre y hermana!, en mi país natal, y aplacad a la ciudad irritada; que
al menos posea ese pedazo de tierra suyo, ya que perdí mi palacio. Con
tu mano, ¡oh madre!, cierra mis ojos (y él mismo la llevó a ellos), y
sed felices; ya las tinieblas me cercan». Los dos exhalaron el alma
a un mismo tiempo. Pero la madre, así que presenció estos horrores,
vencida por el dolor, arrancó del cadáver la espada y ejecutó una
acción atroz: con el acero se atravesó el cuello, y yace muerta entre
sus dos hijos muy amados, abrazada a ambos. Gran alboroto se promovió
en los dos ejércitos; nosotros decíamos que había vencido nuestro rey,
ellos que Polinices; los capitanes también disputaban, y mientras los
argivos sostenían que Polinices había herido el primero con su lanza,
los cadmeos afirmaban que, muertos los dos, ninguno había alcanzado
la victoria. Corrimos a las armas; nosotros, los cadmeos, por una
inspiración providencial, no habíamos abandonado nuestros escudos, y
como los argivos no estaban ya defendidos por sus carros, los atacamos
de repente, y no resistieron el choque; los fugitivos llenaban los
campos, y ríos de sangre corrían de los cadáveres, heridos por las
lanzas. Como ganamos la batalla, unos en trofeo ofrecieron a Zeus una
estatua, otros los escudos de los argivos muertos, y, ricos con sus
despojos, entramos en la ciudad. Algunos, con Antígona, traen aquí los
cadáveres para que los lloren sus amigos. Esta batalla ha sido en parte
muy afortunada para Tebas, en parte fecunda en desdichas.
EL CORO
Nuestros oídos no serán solo los que conozcan los males del real
linaje: nuestros ojos verán los tres cadáveres delante de los atrios, y
sus almas yacen en el reino de las tinieblas, y han muerto los tres a
un tiempo.
(_Mientras pronuncia el coro estos versos, llegan los conductores de
los tres cadáveres y hacen alto en la timele. Antígona viene también
con ellos y entona este canto_):
ANTÍGONA
No vengo velando mis tiernas mejillas cubiertas de rizos, ni ocultando
su purpúreo carmín con el rubor que tiñe mi rostro virginal, sino como
una infernal bacante sin sujetar con la redecilla mis cabellos[234] y
desatada la estola,[235] color de azafrán, para llorar a los muertos
y presidir sus funerales. ¡Ay, ay, ay de mí! ¡Oh Polinices, no has
desmentido tu nombre! ¡Ay de mí! ¡Ay de Tebas! Tu querella, mal
digo tu querella, tantas muertes horribles, acumuladas unas sobre
otras, han perdido al linaje de Edipo y lo han envuelto en sangre
cruel, en triste sangre. ¿A qué cantor, a qué poeta llamaré para que
llore, ¡oh palacio!, ¡oh palacio!, cuando traigo estos tres cuerpos
ensangrentados, unidos por los lazos del parentesco, una madre y sus
hijos, delicias de Erinis?[236] Sí, Erinis resolvió acabar con el
linaje de Edipo desde que adivinó, sagaz, los oscuros enigmas de la
Esfinge, pérfida poetisa, y la hizo morir. ¡Ay de mí, oh padre! ¿Qué
griego o bárbaro, o qué otro noble mortal de los pasados tiempos sufrió
tantos males ni derramó tantas lágrimas como yo? ¿Qué ave posada en el
ramaje del abeto o de la encina igualará en sus lamentos a los míos,
huérfana de madre? Ayes y sollozos expresarán mi dolor; yo viviré
solitaria, derramando siempre perenne llanto. ¿A quién lloraré? ¿A
quién ofreceré primero las primicias de mis cabellos? ¿A los pechos
de mi madre que me alimentaron con su leche, o a las funestas heridas
de mis dos hermanos? ¡Ay, ay! Deja, ¡oh padre anciano!, tu palacio;
acude con tus ojos que no ven; que todos, ¡oh Edipo!, contemplen tu
triste vejez, la penosa vida que arrastras en tu morada después que tú
mismo te cegaste. ¿Me oyes tú, que vagas por el palacio y arrastras tus
trémulos pasos por el aposento en que duermes?
EDIPO
¿A qué quieres, ¡oh hija!, traerme a la luz con mis vacilantes pasos y
sacarme con tus misérrimas lágrimas del tenebroso tálamo en que siempre
vegeto, para ofrecer a las gentes esta blanca[237] y vana imagen del
éter, sombra infernal o fugitivo fantasma?
ANTÍGONA
Oye la fatal nueva que voy a anunciarte, ¡oh padre!: no verán ya la
luz tus hijos ni tu esposa, que junto a tu báculo cuidaba siempre de
dirigir tus pasos trémulos. ¡Oh padre, ay de mí!
EDIPO
¡Ay de mí! ¡Ay de mis males! Solo me es dado gemir así, clamar de
esta manera. Di, ¡oh hija!: ¿cómo murieron? ¿Cómo estas tres almas
abandonaron la luz?
ANTÍGONA
No para escarnecerte ni insultarte, sino con dolor mío lo digo: tu
genio infausto, armado del acero y del fuego, y ávido de crueles
combates, acometió también a tus hijos. ¡Ay de mí, oh padre!
EDIPO
¡Ay, ay de mí!
ANTÍGONA
¿Por qué gimes así?
EDIPO
¡Oh hijos!
ANTÍGONA
Mayor sería tu pena si vieses la cuadriga del sol y contemplares estos
cuerpos exánimes al esplendor de sus rayos.
EDIPO
Los males de mis hijos a todos son manifiestos; pero ¿cómo ha muerto mi
mísera esposa, ¡oh hija!?
ANTÍGONA
Derramando en presencia de todos lúgubres lágrimas, mostraba a sus
hijos su pecho; sí, lo mostraba como dolorida suplicante. Encontrolos
junto a la puerta Electra, en el prado en que crece el loto, peleando
con sus lanzas en lucha fratricida como leones de una misma cueva,
llenos de sangrientas heridas, y ofreciendo ya libaciones de su sangre
helada al infernal Hades, aunque eran obra de Ares. Arrancó de los
muertos la espada de bronce, y la introdujo en su cuerpo, y cayó
con dolor al lado de sus hijos. Sea cual fuere el dios autor de las
calamidades de nuestra familia, hoy, ¡oh padre!, se ha desencadenado
como nunca.
EL CORO
Fuente de muchos males para el linaje de Edipo ha sido este día. ¡Ojalá
que su vida sea más feliz en adelante!
CREONTE
Acábese el llanto, que ya es tiempo de acordarnos de los funerales.
Oye, ¡oh Edipo!, estas palabras: tu hijo Eteocles me ha instituido
heredero de su imperio, como dote de Hemón[238] cuando celebre sus
nupcias con Antígona. Yo no consentiré que tú vivas en Tebas:
claramente dijo Tiresias que nunca será afortunada esta ciudad mientras
residas en ella. Vete, pues; y no te lo digo por escarnecerte, ni como
enemigo, sino a causa de las furias que te atormentan, y temiendo los
males que podrá sufrir este país.
EDIPO
¡Oh destino! Desgraciado como pocos he sido desde que me engendraste.
Antes que mi madre me diese a luz, cuando aún no me había concebido,
Apolo profetizó a Layo que yo lo mataría. ¡Oh desventurado de mí! Y
después que nací, mi padre decretó mi muerte, mirándome ya como a
enemigo, pues que fatalmente había de perecer a mis manos, y como
presa que les era debida me arrojó a las fieras cuando solo deseaba
mamar, y así me salvé. ¡Ojalá que el Citerón se hubiese sumergido en
los profundos abismos del Tártaro! Y después que, infortunado, maté a
mi padre, subí al lecho de mi mísera madre, y engendré hijos que eran
también mis hermanos, y los he perdido, profiriendo contra ellos las
imprecaciones que Layo pronunciara contra mí. No soy tan insensato
que, sin la influencia de algún dios, hubiese hecho contra la vida de
mis hijos y contra mis ojos lo que ya sabéis. Pero así y todo, ¿qué
partido tomaré ahora? ¿Quién me acompañará y guiará mis trémulos pasos?
¿Será esta, ya muerta? De cierto sé que lo haría si viviera. ¿Serán mis
hijos? ¡Ay, bienaventurada yunta! Ya no existen. ¿Soy yo joven bastante
para proporcionarme el sustento? ¿De dónde? ¿Por qué, ¡oh Creonte!,
me anonadas así de un solo golpe? Me matarás, sin duda, si de aquí me
expulsas. No me rebajaré abrazando tus rodillas; no desmereceré de mi
antigua nobleza por adversa que me sea la fortuna.
CREONTE
Bien has pensado en no estrechar mis rodillas, que yo no he de
consentir por eso que estés aquí más tiempo. Menester es que se
lleven ya estos muertos al palacio; arrojad sin sepultura, fuera de
los límites de este país, el cadáver de Polinices, que vino con otros
enemigos a arruinar su patria. Hágase saber a todos los tebanos que,
cualquiera que fuere aprehendido coronándolo o cubriéndolo con tierra,
pagará con la vida su delito. Tú, Antígona, enjuga ya las lágrimas que
derramas por estos tres cadáveres, y vuélvete al palacio, y vive como
las vírgenes, esperando el día en que dormirás en el lecho de Hemón.
ANTÍGONA
¡Oh padre, cuántos son nuestros males! Más mereces tú que te llore que
los muertos: los infortunios que te agobian, ¡oh padre!, no son graves
ni leves, sino que eres horriblemente desdichado. A ti pregunto yo
ahora, ¡oh nuevo tirano!: ¿por qué condenas a un muerto inofensivo?
CREONTE
Es orden de Eteocles, no mía.
ANTÍGONA
Necia, sin embargo, y necio tú también que la obedeces.
CREONTE
¿Cómo? ¿No es justo obedecer lo que se manda?
ANTÍGONA
No, si es injusto e impío.
CREONTE
¿Cómo, pues? ¿No será justo abandonar a los perros el cadáver de
Polinices?
ANTÍGONA
La pena que le impones no es legítima.
CREONTE
Ha sido enemigo de su patria, cuando por su nacimiento no debía serlo.
ANTÍGONA
¿Con su muerte no ha expiado su delito?[239]
CREONTE
Pero que además lo expíe careciendo de sepultura.[240]
ANTÍGONA
¿Por qué crimen, si reclamaba la parte de reino que le pertenecía?
CREONTE
Ten entendido que este hombre no será enterrado.
ANTÍGONA
Yo lo sepultaré aunque lo prohíba la ciudad.
CREONTE
Te sepultarás con él.
ANTÍGONA
Glorioso es, sin duda, que dos que se aman yazgan juntos en un mismo
sepulcro.
CREONTE
Prendedla y llevadla al palacio.
ANTÍGONA (_abrazando el cadáver_).
De ningún modo; no soltaré este cadáver.
CREONTE
Lo ha decretado así un dios, ¡oh virgen!, no quien tú sospechas.
ANTÍGONA
Y decretado está también que no se insulte a los muertos.
CREONTE
Que nadie cubra este cuerpo con deleznable polvo.
ANTÍGONA
¡Suplícote por mi madre Yocasta, que ves aquí!
CREONTE
Vana es tu súplica; no lo conseguirás.
ANTÍGONA
Déjame al menos que lo lave.
CREONTE
También lo han prohibido los ciudadanos.
ANTÍGONA
Siquiera vendaré sus mortales heridas.
CREONTE
De ninguna manera honrarás a este muerto.
ANTÍGONA (_abrazando de nuevo el cadáver_).
Te besaré el rostro tan solo, ¡oh hermano!, el más amado.
CREONTE
No llorarás por este, estando tan próximo tu himeneo.
ANTÍGONA
¿Crees acaso que, mientras viva, me casaré con tu hijo?
CREONTE
Mucho lo necesitas; ¿cómo, pues, osarás rehuirlo?
ANTÍGONA
Se repetirá aquella noche de boda de las Danaides.
CREONTE
¿Oís la criminal amenaza que me hace?
ANTÍGONA
Sea testigo este acero: esta espada responderá de lo que digo.
CREONTE
¿Por qué intentas oponerte a este himeneo?
ANTÍGONA
Acompañaré en su destierro al más desdichado de los padres.
CREONTE
Noble es tu propósito, pero poco prudente.
ANTÍGONA
Y también moriré con él, para que lo sepas todo.
CREONTE
Vete; no matarás a mi hijo;[241] deja este país. (_Retírase Creonte_).
EDIPO
Alabo, ¡oh hija!, tu decidida abnegación.
ANTÍGONA
Y si yo me caso, ¿vivirás solo, padre mío?
EDIPO
Sé aquí dichosa; yo sufriré mis males con paciencia.
ANTÍGONA
¿Quién te cuidará ciego, ¡oh padre!?
EDIPO
Cuando el destino me haga sucumbir, yaceré en tierra.
ANTÍGONA
¿Qué fue de aquel Edipo y de sus preclaros enigmas?
EDIPO
Murió: un día me hizo feliz, otro me perdió.
ANTÍGONA
Luego yo debo compartir tus desdichas.
EDIPO
Vergonzoso es para una hija ser desterrada con su ciego padre.
ANTÍGONA
No, que es honroso para la hija modesta, ¡oh padre!
EDIPO
Guíame para que palpe el cuerpo de tu madre.
ANTÍGONA
Hela aquí; toca a esta anciana muy querida.
EDIPO
¡Oh madre! ¡Oh esposa muy amada!
ANTÍGONA
¡Vedla en tierra, moviendo a compasión, víctima de todos los males!
EDIPO
¿En donde están los cadáveres de Eteocles y de Polinices?
ANTÍGONA
Aquí yacen, uno junto a otro.
EDIPO
Pon mi mano ciega en sus infortunados rostros.
ANTÍGONA
Helos aquí; toca con ella a tus hijos exánimes.
EDIPO
¡Oh cadáveres queridos, desdichados hijos de un padre también
desdichado!
ANTÍGONA
¡Oh Polinices, nombre muy amado!
EDIPO
Ahora, ¡oh hija!, se cumple el oráculo de Apolo.
ANTÍGONA
¿Cómo, pues? ¿Anuncias nuevos males?
EDIPO
Que moriré en Atenas desterrado.
ANTÍGONA
¿En dónde? ¿Qué torre del Ática te servirá de asilo?
EDIPO
La sagrada Colono[242] y el templo del dios ecuestre. Pero vamos, guía
mis ciegos pasos, ya que deseas acompañarme al destierro.
ANTÍGONA
_Estrofa 1.ª_[243] — Anda, emprende tu mísera peregrinación; dame la
mano querida, ¡oh padre anciano! Yo te llevaré como el viento lleva a
las naves.
Aquí, aquí, anda hacia mí; aquí, aquí, pon tus pies, padre, que tus
fuerzas son de vano fantasma.
EDIPO
_Estrofa 2.ª_ — Ya me voy, ¡oh hija! Guía mis pasos, desdichada.
ANTÍGONA
_Antístrofa 1.ª_ — Yo soy, yo soy la más mísera de las vírgenes tebanas.
_Antístrofa 2.ª_ — A mis compañeras amadas dejo mis lágrimas para
memoria, y me ausento errante de mi país natal, no como acostumbran
las vírgenes. ¡Ay de mí! Famosa seré en el mundo por mis piadosos
sentimientos, pues intento consolar a un padre desventurado.
EDIPO
_Estrofa 3.ª_ — Destierro infausto es el de un anciano a quien expulsan
de su patria. La justicia castiga los delitos de los mortales, pero
horrible, horrible es mi desgracia.
ANTÍGONA
_Antístrofa 3.ª_ — Mísera yo, que sufre afrenta mi hermano; yacerá
insepulto lejos del palacio de sus padres; mísero él, a quien yo debo
enterrar ocultamente, aunque muera.
EDIPO
_Estrofa 4.ª_ — ¿En dónde asiento mi trémulo pie? Dame el báculo, ¡oh
hija! Yo soy el que adivinó los enigmas de la vencedora poetisa, y la
precipitó en el abismo.
ANTÍGONA
_Antístrofa 4.ª_ — ¿Recuerdas ahora la gloria que alcanzaste triunfando
de la Esfinge? ¡Olvida, olvida tu pasada dicha! Aguárdante horribles
sufrimientos, ¡oh padre!, y morir lejos de tu patria en cualquier
parte.
ORESTES
ARGUMENTO
Orestes, después de asesinar a su madre Clitemnestra con ayuda de su
hermana Electra y de su amigo Pílades, se ve acometido de las Furias,
vengadoras del parricidio, y postrado en su lecho, en donde espera
que los ciudadanos de Argos conozcan de su delito y lo condonen o
lo absuelvan. Llega entonces de Troya Menelao, hermano de su padre
Agamenón y rey de Esparta, juntamente con su esposa Helena, hija
de Tindáreo y hermana de Clitemnestra. Helena desembarca primero
de noche, y se refugia en el palacio de Agamenón, en donde estaban
también sus dos sobrinos, hijos de aquel. Estos, viendo que todos sus
esfuerzos para persuadir a Menelao que los defienda en la asamblea
de los ciudadanos es inútil, puesto que se les condena a morir
apedreados, forman el proyecto de salvarse, o de morir y vengarse
de él, apoderándose de Helena y de su hija Hermíone y dándoles
muerte en presencia de su esposo y de su padre, e incendiar al mismo
tiempo el palacio de Agamenón, ayudados de Pílades, su inseparable
compañero. Helena muere, en efecto, a sus manos, aunque desaparece
sobrenaturalmente; y cuando están a punto de matar a Hermíone,
interviene Apolo que salva a todos la vida, casando a Orestes con ella
y a Pílades con Electra, después de declarar que Helena tendrá un
asiento en el cielo al lado de Cástor y Pólux.
El asunto de esta tragedia es el mismo que el de _Las Euménides_, de
Esquilo, aunque muy inferior a ella en trágica grandeza. El proyecto
de los hijos de Agamenón y de Pílades de matar a Helena y a Hermíone
para vengarse de Menelao, no aparece como obra del destino, sino
como el resultado de móviles puramente humanos, comprensibles para
todos. La acción, además de esto, no se desenlaza con naturalidad y
verosimilitud, sino que el poeta, después de embrollarla con un fin mas
o menos dramático, sale de su apuro por la intervención de un dios,
que de una manera inesperada termina el conflicto. Los caracteres,
excepto el de Pílades, modelo fiel de amistad, no valen gran cosa, ni
pertenecen a los tiempos heroicos en que se supone ocurrir la acción.
Orestes y Electra son dos vengativos criminales dominados de aviesas
pasiones que no retroceden ante ningún delito por satisfacerlas;
Menelao es un esposo enamorado lastimosamente de su esposa, cobarde,
ambicioso y bajo; Helena una mujer vana y coqueta, que solo piensa en
su hermosura y en agradar a los hombres. A pesar de estos defectos
capitales, tiene bellezas de primer orden. La escena primera entre
Electra y Orestes es de lo más perfecto que se encuentra en el teatro
antiguo, y eminentemente dramática, como lo es también la conclusión,
antes de intervenir Apolo. Esta tragedia es curiosa bajo otro concepto,
porque nos inicia en los misterios de la ágora de Atenas por medio del
heraldo Taltibio, que describe el juicio de Orestes en la asamblea
de los ciudadanos, y por las alusiones que hace a los demagogos y a
un orador desconocido, que se asemeja mucho al Catón de Salustio. La
narración del frigio y el desenlace por los casamientos indicados son
más bien cómicos que trágicos, y los discursos de Tindáreo y Orestes
más propios de un tribunal que de un teatro. Abunda, sin embargo, en
pensamientos felicísimos, en rasgos brillantes, y toda ella descubre,
a pesar de sus lunares, que es obra de un ingenio eminente y compuesta
para un pueblo artístico, civilizado y dramático.
Para fijar la época en que se representó por primera vez, no tenemos
otro dato que el que nos suministra el escoliasta al verso 371,
cuando dice: πρὸ Διοκλέους, ἐφ’ οὗ τὸν Ὀρέστην ἐδίδαξε, etc. Debió
ser, por tanto, en la olimpiada 92, 4 (409 antes de J. C.), en cuyo
año fue arconte Diocles. Así lo hace presumir también el examen de
esta tragedia, puesto que, como observamos más arriba, tiene ya mucho
de comedia, lo cual debió suceder en los últimos años de la vida de
Eurípides.
PERSONAJES
ELECTRA, _hija de Agamenón y de Clitemnestra._
HELENA, _esposa de Menelao._
HERMÍONE, _su hija._
CORO DE MUJERES ARGIVAS, _amigas de Electra._
ORESTES, _hijo de Agamenón y de Clitemnestra._
MENELAO, _rey de Esparta y hermano de Agamenón._
TINDÁREO, _padre de Helena y de Clitemnestra._
PÍLADES, _hijo de Estrofio el focense, cómplice y amigo de Orestes._
APOLO, _dios que profetiza en Delfos._
UN FRIGIO.
La acción es en Argos.
Se ve en el teatro el palacio de Agamenón, y en el hueco de la puerta
principal el lecho de Orestes, que yace en él enfermo y duerme un
sueño inquieto. Delante está sentada Electra, que se levanta al caer
el telón.
ELECTRA
Nada hay, por horrible que sea la palabra que lo exprese, ni aflicción,
ni calamidad de origen divino, cuyo peso no resista la naturaleza
humana. Pues aquel feliz Tántalo,[244] hijo, según dicen, de Zeus (y
no lo nombro para insultarlo en su desgracia), temeroso del peñasco
que amenaza su cabeza, está suspendido en el aire, y expía así, si
creemos lo que nos cuentan, el desenfreno vergonzoso de su lengua,
cuando siendo un simple mortal tenía el honor de sentarse a la mesa de
los dioses. Tántalo engendró a Pélope,[245] padre de Atreo, condenado
por la diosa que hila el fatal estambre[246] a perpetua discordia, y
a hacer la guerra a su hermano Tiestes.[247] ¿A qué he de referir
estos crímenes nefandos? Invitolo a comer Atreo después de matar a
sus hijos; de él (omitiendo lo que le sucedió después) fue hijo aquel
ínclito Agamenón, si en verdad fue ínclito, y Menelao, y madre de ambos
Aérope la cretense. Menelao se casó con Helena, aborrecida de los
dioses, y el rey Agamenón con Clitemnestra, matrimonio famoso entre
los griegos. Fueron hijos de estos Crisótemis, Ifigenia, yo, Electra y
Orestes, el varón, todos de una madre muy malvada, que mató a su marido
envolviéndolo en un velo inextricable.[248] Decir por qué lo mató no
es decoroso a una virgen;[249] que el público averigüe ese misterio.
Pero ¿por qué he de quejarme de la injusticia de Febo? Ello es que
persuadió a Orestes que matase a la madre que le engendró; acción,
en verdad, que no todos alaban. La mató, sin embargo, obedeciendo al
dios, y yo fui su cómplice en cuanto puede serlo una mujer, y Pílades,
que nos ayudó a perpetrarlo. Cruel dolencia consume desde entonces al
mísero Orestes, y yace en su lecho delirando por haber derramado la
sangre materna, pues temo llamar por su nombre a las Euménides, causa
de su delirio. Seis días hace que mi madre murió asesinada, y que el
fuego purificó su cuerpo, y en este tiempo ni ha tomado alimento ni
se ha bañado; envuelto en su vestido, cuando la enfermedad lo deja
recobrar el juicio, llora, y otras voces salta veloz del lecho como el
caballo del yugo. Los argivos han decretado que ningún hogar nos dé
asilo y que nadie hable con los matricidas, y hoy mismo decidirán con
sus sufragios si nos han de matar a pedradas o herir nuestro cuello con
afilada cuchilla. No obstante, tenemos alguna esperanza de salvarnos,
porque Menelao ha llegado a su patria desde Troya, y llenando con sus
naves el puerto de Nauplia,[250] ha arribado a la orilla después de
andar perdido largo tiempo, y ha enviado delante a nuestro palacio a
la llorosa Helena, amparándose de las tinieblas de la noche, para que
no la vea entrar de día alguno de aquellos cuyos hijos murieron en
Troya por su causa y la maten a pedradas, y está aquí dentro llorando
la muerte de su hermana y las calamidades de su familia. Tiene, sin
embargo, algún consuelo en sus dolores, puesto que Menelao trajo de
Esparta a Hermíone,[251] y la dejó en mi palacio cuando navegó hacia
Ilión, dándola a mi madre para que la educase, y con ella se consuela y
se olvida de sus males. Miro con cuidado a lo largo del camino por si
llega Menelao, pues leves son las esperanzas que en los demás ciframos
si él no nos socorre.
HELENA (_que sale del palacio_).[252]
¡Oh Electra!, hija de Agamenón y de Clitemnestra, virgen ha tanto
tiempo: ¿cómo, ¡oh mísera!, os va a ti y a tu hermano, el infortunado
Orestes, asesino de su madre? Tu palabra no me mancilla, porque
atribuyo a Febo este delito. Lloro el destino de Clitemnestra, mi
hermana, a la que no veo desde mi partida a Troya, cuando la ira divina
me obligó a navegar hacia ella, y no encontrándola, lloro su desgracia.
ELECTRA
¿Qué he de decir estando tú presente? ¿Que los hijos de Agamenón son
desdichados? Yo, sin dormir, asisto a este mísero muerto (tal es su
débil respiración, que muerto parece) sin insultarlo en su desgracia,
cuando tú, feliz, en compañía de tu afortunado esposo, nos halláis
sumidos en la mayor desventura.
HELENA
¿Hace mucho tiempo que yace Orestes en el lecho?
ELECTRA
Desde que asesinó a su madre.
HELENA
¡Oh infeliz, e infeliz también la madre que así pereció!
ELECTRA
Tan triste es nuestro estado, que he perdido toda esperanza.
HELENA
Por los dioses te lo pido, ¡oh virgen!, ¿querrás complacerme?
ELECTRA
En cuanto pueda, y siempre que no me separe de mi hermano.
HELENA
¿Quieres ir al sepulcro de mi hermana?
ELECTRA
¿De mi madre dices? ¿Para qué?
HELENA
Para llevar la primicias de mis cabellos y hacer libaciones en mi
nombre.
ELECTRA
Pues ¿por qué no puedes ir tú al sepulcro de tu hermana?
HELENA
Me avergonzaría si me viesen los argivos.
ELECTRA
Tarde lo sientes, habiendo abandonado indignamente tu palacio.
HELENA
Con razón hablas, pero no como amiga.
ELECTRA
¿Pero por qué te avergüenzas de que te vean los habitantes de
Micenas?[253]
HELENA
Temo a los padres de los que han muerto en el sitio de Troya.
ELECTRA
Y en verdad que los argivos te acusan con encono.
HELENA
Líbrame de estos temores haciéndome el favor que te pido.
ELECTRA
Yo no podré mirar el sepulcro de mi madre.
HELENA
Pero será indecoroso que las esclavas lleven las ofrendas.
ELECTRA
¿Por qué no va tu hija Hermíone?
HELENA
No está bien que las vírgenes se presenten al vulgo.
ELECTRA
Y seguramente le pagaría lo que le debe por haberla educado.
HELENA
Hablas bien, y haré lo que dices, ¡oh doncella!, enviando a mi hija;
me parece sensato tu consejo. Sal, ¡oh hija Hermíone!, ven (_Entra
Hermíone_) delante de este palacio, y toma estas libaciones y mis
cabellos para los manes (_Dale el vaso y parte de sus cabellos, que
corta con cuidado_), y acercándote al sepulcro de Clitemnestra,
derrama miel mezclada con leche[254] y espuma de vino, y subiéndote
en lo alto del túmulo di lo siguiente: «Tu hermana Helena te ofrece
estas libaciones, temerosa de aproximarse a tu sepulcro por miedo al
populacho argivo». Ruégale que me sea propicia, y a ti y a mi esposo,
y a estos dos desdichados que un dios ha perdido, y prometo ofrecerle
todos los fúnebres dones que yo debo a mi hermana. Ve, pues, ¡oh hija!;
apresúrate, y hechas las libaciones al sepulcro, vuelve cuanto antes.
(_Retíranse Helena y Hermíone_).
ELECTRA
¡Oh ingenio, qué mal tan grande eres a veces para los mortales, y qué
saludable dote siendo bueno! ¿Habéis visto cómo ha cortado las puntas
de sus cabellos para que no sufra detrimento su belleza? ¡Siempre la
misma! Aborrézcante los dioses porque me perdiste, y a este y a toda la
Grecia.