CREONTE
Que calles, y que no digas nada a los ciudadanos.
TIRESIAS
¿Quieres que yo cometa iniquidades? No me callaré.
CREONTE
¿Qué harás, pues? ¿Matarás a mi hijo?
TIRESIAS
Otros cuidarán de eso; a mí me basta decirlo.
CREONTE
¿Por qué hemos de sufrir esta desdicha yo y mi hijo?
TIRESIAS
Con razón me preguntas, y podremos entendernos. Es menester que muera
en la gruta en que estuvo el dragón, hijo de la Tierra, guardián de las
aguas dirceas, y que se ofrezcan libaciones con su sangre para aplacar
la ira inveterada de Ares contra Cadmo, que ansía vengar la muerte del
dragón, hijo de la Tierra.[212] Y si lo hacéis, Ares os auxiliará. Si
recibe fruto por fruto y sangre humana por su sangre, os será propicia
la tierra, que produjo en otro tiempo para vuestro bien la cosecha
de los Espartos, de dorados cascos; es preciso que muera alguno del
linaje que nació de la quijada del dragón. Tú y tus hijos sois ya los
únicos descendientes por ambas líneas de estos hombres sembrados.
Verdad es que las próximas nupcias de Hemón son un obstáculo a que se
le sacrifique, porque no es virgen; pero si este joven se consagra a la
ciudad y muere, salvará a su patria y hará fatal la vuelta de Adrasto
y de los demás argivos, triste su destino y grande la gloria de Tebas.
Decídete por uno de estos dos extremos: o salvas a tu hijo, o a la
ciudad. Ya sabes cuanto podía decirte; llévame a mi casa, ¡oh hija!
Todo el que se dedica a la adivinación es un necio, porque si es odioso
lo que declara, es aborrecido por aquellos en cuyo daño profetiza; y
cuando por lástima dice falsedades a los que lo consultan, comete un
sacrilegio. Solo Febo, que a nadie teme, debía anunciar oráculos a los
hombres.
EL CORO
¿Por qué callas, Creonte, sofocando tu voz en silencio? No es menor mi
sorpresa que la tuya.
CREONTE
¿Qué podrá decir nadie? Claras son mis palabras. Jamás llegaré a la
deplorable extremidad de consentir en el sacrificio de Meneceo por
salvar a Tebas. Todos los hombres aman la vida de sus hijos, y ninguno
los ha entregado jamás a la muerte.[213] Que no me alaben por la suya.
Por salvar a mi patria, ya en la edad madura, estoy dispuesto a morir.
Pero tú, hijo mío, antes que lo sepa toda la ciudad, y sin hacer caso
de odiosos oráculos, huye cuanto antes de esta tierra. Lo dirá a todos
los próceres y capitanes, y se dirigirá a las siete puertas y lo
repetirá a los siete jefes que las defienden; si nos adelantamos a él,
te salvas; si tardas, somos perdidos y morirás.
MENECEO
¿Adónde he de huir? ¿A qué ciudad? ¿En dónde me darán hospitalidad?
CREONTE
Vete de aquí lo más lejos que puedas.
MENECEO
Di tú adónde, y yo te obedeceré.
CREONTE
Pasando por Delfos...
MENECEO
¿Adónde me he de encaminar, ¡oh padre!?
CREONTE
Al país de los etolios...
MENECEO
¿Y de allí adónde he de ir?
CREONTE
Al país de los tesprotas.[214]
MENECEO
¿Al sagrado bosque de Dodona?[215]
CREONTE
Justamente; me has entendido.
MENECEO
¿De qué me servirá?
CREONTE
El dios te protegerá.
MENECEO
¿Y cómo hallaré el sustento?
CREONTE
Yo te daré oro.
MENECEO
Dices bien, padre; vete pues, que yo veré a Yocasta, tu hermana, cuyo
seno me alimentó primero cuando perdí a mi madre y quedé huérfano, y me
despediré de ella y salvaré mi vida. Vete, pues, para que no me sirvas
de obstáculo. (_Retírase Creonte_).
¡Oh mujeres! ¡Cómo he desvanecido los temores de mi padre, engañándolo
para conseguir lo que anhelo! Él desea que yo me aleje, y privar a
Tebas de su bien y prostituirme en aras de su cobardía. Pero es preciso
perdonarlo, porque es anciano; yo sí que no merezco perdón si soy
traidor a la patria que me engendró. Sabed, pues, que iré y salvaré
a la ciudad, y al morir exhalaré por ella el alma. Vergonzoso sería,
¿por qué no?, que aquellos a quienes no aluden los oráculos ni obliga
la fuerza divina del destino, embrazaran los escudos y no vacilaran
en morir peleando por su patria delante de las torres, y que yo fuese
traidor a mi padre y a mi hermano y a mi ciudad, y me alejara de aquí
como un cobarde. ¡En dondequiera que viva seré siempre un villano! No,
por Zeus, que mora entre los astros, y por el sanguinario Ares, que dio
el cetro de esta región a los Espartos, nacidos de la tierra. Yo iré
adonde mi deber me llama, y desde las altas almenas de las murallas me
mataré, y arrojándome a la oscura gruta del dragón, como ha ordenado el
adivino, salvaré a Tebas. Tal es mí propósito. Voy, pues, a cumplirlo,
y con mi muerte haré a mis conciudadanos no despreciable beneficio. Yo
libraré de mal a esta región. Si todos a medida de sus fuerzas hiciesen
con perseverancia todo el bien que pueden en aras de su país, menores
males sufrirían las ciudades, y serían después felices.
EL CORO
_Estrofa_. — Viniste, viniste, ¡oh alabada e híbrida virgen, hija de
la Tierra y de la infernal Equidna,[216] azote de los hijos de Cadmo,
fuente de lágrimas para muchos y de daño para otros, monstruo cruel
de alas formidables y desgarradoras uñas, y desde la fuente Dircea
te llevabas a los niños con tristes lamentos y pernicioso estrago,
y a Tebas, sí, a Tebas causabas terribles dolores! Sanguinario fue
el dios que tales cosas hizo. El llanto de las madres, el llanto
de las vírgenes resonaba en las casas, lúgubre voz, lúgubre voz, y
triste, triste lamento; todos gemían en la ciudad. Sollozos y clamores
semejantes al trueno oíanse por doquier siempre que la virgen alada
arrebataba a alguno de la ciudad.
_Antístrofa_. — Al fin vino por orden de Apolo a esta tierra tebana
el mísero Edipo, primero causa de alegría y después de dolor. Con su
madre celebró himeneo infausto, vencedor de la virgen de los enigmas;
profanó la ciudad y la llenó de sangre, arrastrando con sus maldiciones
a execrable lucha a sus propios hijos. Admiremos, admiremos al que
caminó a la muerte por salvar a su patria, dejando a Creonte anegado
en lágrimas, pero dando también preclara victoria a esta ciudad de las
siete torres. ¡Ojalá que nosotras seamos madres, ojalá que lo seamos
de hijos tan ilustres, ¡oh Palas amada!, que con piedras mataste al
dragón, alentando a Cadmo a dar cima a esta empresa, desde cuyo tiempo
daños infernales han azotado a estos campos!
EL MENSAJERO
¡Hola! ¿Quién está a la puerta del palacio? Abrid, que salga Yocasta.
¡Hola otra vez! Tarde, en verdad, pero al fin saliste, ínclita esposa
de Edipo: óyeme, y cesen tus llantos y tu dolor.
YOCASTA
¿Vienes acaso, ¡oh tú el muy amado!, a anunciar alguna desgracia? ¿Ha
muerto Eteocles, junto a cuyo escudo siempre te hallas para librarlo de
los dardos enemigos? ¿Qué nueva vienes a anunciarme? ¿Vive mi hijo, o
ha muerto? Dímelo.
EL MENSAJERO
Vive; nada temas; no te inquietes por eso.
YOCASTA
¿Qué hay, pues? ¿Qué ha sucedido en el recinto de las siete torres?
EL MENSAJERO
Resiste incontrastable, y la ciudad no ha sido tomada.
YOCASTA
¿Probaron ya el empuje de las lanzas argivas?
EL MENSAJERO
Vinieron ya a las manos; pero el Ares de los cadmeos ha vencido a las
lanzas de Micenas.
YOCASTA
Dime solo si sabes algo de Polinices, cuya vida me interesa.
EL MENSAJERO
Hasta ahora viven tus dos hijos.
YOCASTA
Que seas feliz. ¿Cómo peleando desde las torres rechazasteis de las
puertas a las tropas argivas? Dilo para que me regocije y vaya al
palacio en busca del anciano ciego, y le diga que Tebas se ha salvado.
EL MENSAJERO
Después que el hijo de Creonte (muerto por la patria) se atravesó el
pecho con su reluciente espada en lo alto de las torres y salvó a la
ciudad, tu hijo dispuso que siete cohortes y otros tantos capitanes
defendiesen a las siete puertas de los ataques del ejército argivo,
y distribuyó la caballería que había de hacer frente a la enemiga y
los infantes que habían de resistir a los armados de escudo, para que
en todos los lugares más peligrosos de las murallas hubiese fuerzas
suficientes. Desde lo más elevado del alcázar[217] vimos hacia el
Teumeso[218] al ejército argivo, que brillaba con sus fulgurantes
escudos, y ya cerca del foso asaltar a la carrera a la ciudad de Cadmo,
sonando a un tiempo el Peán[219] y las trompetas mientras nosotros
les respondíamos desde las murallas. Partenopeo, el primero, hijo de
la cazadora, embistió a la puerta Neista con una cohorte erizada de
clípeos, llevando en el centro del suyo a Atalanta, que con su arco
de largo alcance mataba al jabalí etolio. El vate Anfiarao se dirigía
contra la puerta Prétida, llevando víctimas en su carro, sin soberbios
emblemas, con armas modestas. El rey Hipomedonte atacó la puerta
Ogigia, y por divisa llevaba en su clípeo a Argos mirando con sus
varios ojos: con unos a los astros que nacen, con otros a los que se
ocultan, según pudimos ver después de muerto. Tocó a Tideo la puerta
Homoloide, y llevaba cubierto su clípeo con una piel de león de hórrida
melena; en la diestra, como el gigante Prometeo, agitaba una antorcha
para incendiar la ciudad. Tu hijo Polinices acometió a la puerta
Crenea; destacábanse de su clípeo las ligeras yeguas Potniades,[220]
que saltaban tremebundas, moviéndose sin duda por un resorte interior
junto al manubrio, obra de ingenio, y de suerte que parecían estar
furiosas. No menos valor que Ares respiraba Capaneo capitaneando su
hueste hacia la puerta Electra; un gigante de la Tierra, de férrea
forma, aparecía en su clípeo y sostenía en sus hombros una ciudad
entera arrancada de raíz, emblema de la suerte que aguardaba a Tebas.
En la séptima puerta estaba Adrasto, que ostentaba en su brazo
izquierdo un clípeo con una hidra de cien pintadas víboras, alarde de
la jactancia argiva, puesto que los dragones arrebataban en sus fauces
de las murallas a los hijos de Tebas. Todo esto vi minuciosamente
al llevar la seña a los capitanes de las cohortes. Primero peleamos
con arcos y dardos, con hondas de largo alcance y con peñascos. Como
llevábamos la mejor parte de la batalla, tu hijo y Tideo exclamaron
de repente: «¿Vaciláis, hijos de Dánao, antes que nos ofendan las
armas arrojadizas en acometer todos a las puertas, así los armados a
la ligera como los caballeros y los que rigen los carros?». Todos al
oírlo arremetieron con vigor; muchos caían con la cabeza ensangrentada;
muchos de los nuestros caían también precipitados desde las murallas,
y regaban la seca tierra con ríos de sangre. Aquel arcadio, hijo de
Atalanta, no argivo,[221] atacó la puerta como un torbellino, y pidió
fuego y hachas como si hubiese de derribar la ciudad; pero lo contuvo
en su furia Periclímeno, el hijo del dios marino, lanzando a su cabeza
un peñasco capaz de llenar un carro, puesto que era una almena de la
muralla; descompuso su rubia cabellera, y rompió la juntura de sus
huesos, y llenó sus mejillas de sangre, y su madre la Menalia,[222]
ilustre por su arco, no volverá a verlo. Cuando tu hijo, a quien yo
seguía, vio segura esta puerta, se encaminó a otra. Entonces vi a
Tideo y a sus numerosos satélites lanzando contra las altas torres
sus dardos etolios para que huyesen los nuestros y abandonaran las
murallas; pero tu hijo los reunió otra vez como un cazador, y los
apostó de nuevo en las torres. Así que reparábamos el daño de una
puerta, nos encaminábamos a hacer lo mismo en otra. ¿Cómo describiré
los furores de Capaneo? En su mano traía una larga escala, y decía con
arrogancia que ni el fuego sagrado de Zeus le impediría derribar las
altas murallas de la ciudad; y mientras así hablaba y las piedras se
estrellaban contra su cuerpo, se resguardaba bajo su escudo y subía
sus pulimentados peldaños; mas el rayo de Zeus lo hirió cuando estaba a
punto de pasar las almenas; resonó horriblemente la tierra, y todos se
estremecieron, y sus miembros, como lanzados por una honda, caían de lo
alto de la escala separados unos de otros, y al cielo entregó su alma
y a la tierra su cuerpo, y dando vueltas sus pies y sus manos, como en
la rueda de Ixión,[223] al fin quedó en el suelo su cadáver calcinado.
Cuando observó Adrasto que Zeus se mostraba contrario a sus armas,
formó al ejército argivo fuera del foso; pero los nuestros, animados
con el signo favorable de Zeus, carros, caballeros e infantes rompen
en tropel las huestes argivas. Todos los males se desencadenaron a un
tiempo: morían, caían de los carros, saltaban las ruedas, los ejes se
amontonaban sobre los ejes, y los cadáveres sobre los cadáveres. Por
hoy hemos evitado que las torres vengan a tierra, pero a los dioses
toca decidir si en lo sucesivo ha de ser o no afortunada esta ciudad;
algún numen benéfico la ha salvado también ahora.[224]
EL CORO
Grata es la victoria; pero si otra cosa hubiesen ordenado los dioses,
sería yo feliz.
YOCASTA
Los dioses y la fortuna nos son propicios, y mis hijos viven, y la
ciudad se ha salvado. Paréceme que el infeliz Creonte expía mis
malhadadas nupcias con Edipo, perdiendo a su hijo en bien de la patria,
aunque con dolor suyo. Pero prosigue: después de esto, ¿qué hicieron
mis hijos?[225]
EL MENSAJERO
No me preguntes más; hasta aquí eres afortunada.
YOCASTA
Tus palabras excitan mis sospechas; no calles.
EL MENSAJERO
¿Qué puedes desear sino que tus hijos vivan?
YOCASTA
Quiero saber si en todo ha sido igual mi ventura.
EL MENSAJERO
Déjame; a tu hijo Eteocles hace falta su escudero.
YOCASTA
Algo siniestro me ocultas y lo envuelves en tinieblas.
EL MENSAJERO
Después de tan gratas nuevas, no las daré infaustas.
YOCASTA
No será así, a no escaparte por los aires.
EL MENSAJERO
¡Ay, ay! ¿Por qué no me has dejado alejarme, oído este alegre mensaje,
y me obligas a participarte su triste conclusión? Tus hijos maquinan
una maldad de las más negras, y quieren pelear en singular combate,
separados de sus ejércitos. En público, y ante argivos y tebanos, han
dicho lo que nunca debieron decir. Eteocles el primero, desde una
elevada torre, impuso silencio a los soldados y exclamó: «Oh capitanes
griegos y nobles argivos que habéis venido aquí, y vosotros, hijos de
Cadmo, no deis vuestras vidas por Polinices ni por mí: yo solo, tomando
sobre mí todo riesgo, pelearé en singular certamen con mi hermano,
y si lo mato, gobernaré mi palacio; si soy vencido, le entregaré la
ciudad. Y vosotros, sin pelear más, volveréis al territorio argivo,
y no dejaréis aquí la vida». Al concluir salió de las filas tu hijo
Polinices, y alabó su propósito. Todos los argivos y el pueblo de Cadmo
lo aprobaron con favorables murmullos, estimándolo justo. Celebrose una
tregua bajo estas condiciones, y a igual distancia de ambos ejércitos
los capitanes juraron su observancia. Entonces los dos hijos del viejo
Edipo se revistieron sus armaduras[226] de bronce, ayudando al rey
de esta tierra los príncipes tebanos, y al otro los próceres argivos.
Resplandecientes estaban ambos y serenos, y no se alteraron los colores
de sus rostros, y ambos furiosos se arrojaron mutuamente sus lanzas.
Acercáronse los amigos de uno y otro, y excitábanlos a la pelea con
estas palabras: «En tu mano está, ¡oh Polinices!, erigir a Zeus una
estatua como trofeo de tu victoria y alcanzar gran fama, que redundará
en gloria de Argos». Decían también a Eteocles: «Ahora peleas por tu
patria; ahora que la victoria te corona, poseerás solo el cetro». Así
los animaban al combate. Los adivinos sacrificaban ovejas y examinaban
las entrañas de las víctimas, y los líquidos que de ellas corrían, y la
extremidad de las llamas, que contiene dos signos, el de la victoria
y el de la derrota. Si conoces algún remedio para sanar estos males,
si tu elocuencia es bastante poderosa, o si puedes preparar eficaces
encantos, ve e impide la lucha cruel de tus dos hijos, que grande es el
peligro.
YOCASTA
Sal, ¡oh hija Antígona!, del palacio; tu adversa fortuna no te deja ya
asistir a los coros y vivir con tus vírgenes compañeras; con tu madre
debes oponerte a que tus dos hermanos, varones esforzados, caminen a la
muerte y sucumban en lucha fratricida.
ANTÍGONA
¿Qué nuevo horror, ¡oh madre que me concebiste!, anuncias a tus amigas
delante de este palacio?
YOCASTA
¡Oh hija!, tus hermanos mueren.
ANTÍGONA
¿Qué dices?
YOCASTA
Han resuelto pelear en singular combate.
ANTÍGONA
¡Ay de mí! ¿Qué oigo, madre?
YOCASTA
Nueva nada grata; pero sígueme.
ANTÍGONA
¿Adónde? ¿Abandonaré mi tálamo virginal?
YOCASTA
Al ejército.
ANTÍGONA
Me avergüenzo de presentarme delante de tantos guerreros.[227]
YOCASTA
Tu propio interés exige que no te avergüences ahora.
ANTÍGONA
¿Y qué he de hacer, pues?
YOCASTA
Poner término a la enemistad de tus hermanos.
ANTÍGONA
¿Y de qué manera, ¡oh madre!?
YOCASTA
Prosternándote conmigo en tierra.
ANTÍGONA
Precédeme al atravesar las filas, que no es ocasión de vacilar.
YOCASTA
Pronto, pronto, hija mía; porque si llegamos a tiempo, antes que mis
hijos comiencen el combate, podré vivir; si ya han muerto, moriré
también con ellos.
EL CORO
_Estrofa_. — ¡Ay, ay, ay! Trémulo de horror, trémulo está mi pecho; mi
compasión, mi compasión por esta desdichada madre me hace estremecer.
¿Cuál de sus dos hijos llenará al otro de sangre? ¡Ay de mis
sufrimientos! ¡Oh Zeus! ¡Oh tierra! La muerte, atravesando sus escudos,
separará de sus cuerpos dos cuellos fraternales, dos almas de hermanos.
¡Cuán desdichada, cuán desdichada soy! ¿A cuál de los dos lloraré
cuando muera?
_Antístrofa_. — ¡Oh tierra, tierra! Dos fieras, dos almas sedientas de
sangre decidirán con la lanza de su suerte; después, como enemigos, sí,
como enemigos, regarán la tierra. ¡Desventurados, que nunca debieran
pelear frente a frente! Prorrumpiendo en bárbaros clamores, y llorosa,
gemiré como a los muertos agrada. Pronto se decidirá el duelo; este día
verá su término. ¡Nefanda, nefanda muerte, obra de las Furias! Pero veo
a Creonte, que se acerca triste a este palacio; enjugaré mis lágrimas.
CREONTE
¡Ay de mí! ¿Qué he de hacer? ¿Lloraré mi desgracia, o lloraré la de
la ciudad, envuelta por todas partes en negra nube, como para ser
sumergida en el Aqueronte?[228] Mi hijo ha muerto por la patria y ha
conseguido inmortal renombre, pero debo deplorarlo; lo recogí en la
gruta del dragón, muerto por su mano, y, desventurado, lo traje yo
mismo y llené todo el palacio con mis clamores. Yo, anciano, vengo a
buscar a mi hermana Yocasta, también anciana, para que lave y tribute
los últimos deberes a mi hijo difunto, pues conviene que el que vive
honre a los muertos y adore piadosamente al dios de los infiernos.
EL CORO
Tu hermana ha salido del palacio, ¡oh Creonte!, y con ella su hija
Antígona.
CREONTE
¿Adónde y para qué? Dímelo.
EL CORO
Supo que sus hijos decidirían en singular combate cuál de los dos había
de mandar en este real palacio.
CREONTE
¿Qué dices? Yo, que solo me cuido del cadáver de mi hijo, no he venido
a saber esto.
EL CORO
Ya hace tiempo que se fue tu hermana; yo creo, ¡oh Creonte!, que los
hijos de Edipo terminaron ya su duelo a muerte.
CREONTE
¡Ay de mí! Señal de esto será lo que veo; un mensajero de semblante y
ojos tristes, que anunciará la conclusión de todo.
EL MENSAJERO
¡Desdichado de mí! ¿Qué diré? ¿Cómo me lamentaré?
CREONTE
¡Ay de nosotros! Tu exordio no promete nada bueno.
EL MENSAJERO
¡Ay de mí!, vuelvo a exclamar otra vez; anuncio tristes males.
CREONTE
¿Tienes que añadir alguno a los que ya han sucedido?
EL MENSAJERO
Los hijos de tu hermana no ven ya la luz, ¡oh Creonte!
CREONTE
¡Ay, ay! Gran daño me anuncias, y también a esta ciudad. ¡Oh palacio de
Edipo!
EL CORO
Lloraría si pudiese.
CREONTE
¡Oh calamidad sin ejemplo! ¡Cuántos son mis males! ¡Cuánta mi desdicha!
¡Cuán grande mi infortunio![229]
EL MENSAJERO
¡Si supieses lo que ha ocurrido después!...
CREONTE
¿Alguna otra desgracia más grave?
EL MENSAJERO
Tu hermana ha muerto con sus dos hijos.
EL CORO
Llorad, llorad, y con las blancas manos golpead vuestra cabeza.
CREONTE
¡Oh mísera Yocasta! ¡Cuál ha sido el fin de su vida y de sus nupcias,
desde que la Esfinge vio adivinados sus enigmas! ¿Cómo se han dado la
muerte los dos hijos de Edipo? ¿En qué pararon las maldiciones de este?
Cuéntamelo.
EL MENSAJERO
Ya sabes cómo nos favoreció la fortuna en las murallas; no está tan
lejos su recinto para que ignores lo sucedido en ellas. Después que
los jóvenes hijos del viejo Edipo se vistieron las armaduras de bronce
(los dos capitanes, generales los dos),[230] se adelantaron con firmeza
en medio de las filas para decidir la suerte de la guerra en singular
combate. Mirando hacia Argos, Polinices profirió esta súplica: «Tuyo
soy, ¡oh Hera veneranda!,[231] desde que me casé con la hija de Adrasto
y habito en su territorio; concédeme que mate a mi hermano y que llene
con su sangre mi diestra victoriosa. Pido nefanda corona: matar a mi
hermano». Muchos lloraron al pensar en su desdicha, y se miraban unos a
otros con tristes miradas. Eteocles, dirigiéndose al templo de Palas,
la del escudo de oro, habló así: «Concédeme, ¡oh hija de Zeus!, que mi
brazo y mi mano hundan en el pecho de Polinices mi lanza vencedora,
y que lo mate por haber venido a destruir su patria». Después que
sonó la trompeta tirrénica, clara como la luz de una antorcha,[232]
señal del sangriento combate, en veloz carrera se embistieron uno y
otro, y como jabalíes que aguzan sus crueles colmillos, despidiendo
relámpagos sus ojos y revolviéndolos en todos sentidos, trabaron la
pelea, llenos sus labios de espuma. Primero comenzaron el duelo con las
lanzas, pero evitaban los golpes bajo sus escudos circulares y no los
alcanzaba el hierro. Si el uno veía los ojos del otro por encima de su
clípeo, dirigía la lanza contra su rostro, ansioso de herirlo antes;
mas siempre se resguardaban con cautela debajo de sus escudos para que
no los ofendiese el arma mortífera. Más sudor corría por los cuerpos
de los amigos de entrambos, llenos de temor, que por los de los mismos
combatientes; pero Eteocles, tropezando en una piedra, ofreció a su
adversario un blanco; entonces lo acometió Polinices y le atravesó la
pierna con el asta argiva, y todo su ejército lo alentó con un grito
unánime. El que primero fue herido, al ver descubierto el hombro de
su hermano Polinices, reuniendo sus fuerzas quiso alcanzarlo con la
lanza, y reanimó las esperanzas de los descendientes de Cadmo; pero
se le rompió al mismo tiempo, y se encontró desarmado. Retrocedió, y
tirándole una piedra partió a su vez la de su contrario por el centro;
ya era igual la lucha, puesto que los dos carecían de lanzas. Empuñaron
entonces las espadas y pelearon de cerca; juntando sus escudos hacían
gran ruido, envolviendo el uno al otro. Eteocles se acordó en este
instante de un ejercicio tesalio que había aprendido en ese país;
cesando en sus ataques cuerpo a cuerpo, echó atrás el pie izquierdo,
resguardando sus entrañas, y adelantando el derecho le hundió en el
vientre la espada y se la clavó hasta las costillas. El desdichado
Polinices, sin fuerzas para sostenerse, cayó en tierra anegado en
sangre. Y el vencedor, poniendo a un lado su espada, lo despojaba de
sus armas sin acordarse de otra cosa. Esto lo perdió, porque Polinices,
que había caído primero, conservando la suya en su deplorable caída,
aunque ya con escaso vigor, la introdujo, sin embargo, en el hígado
de Eteocles. Los dos mordieron la tierra y juntos cayeron, y quedo
indecisa la victoria.
EL CORO
¡Ay, ay, Edipo, cuántos son sus males! ¡Cómo me hacen llorar! Los
dioses han realizado tus imprecaciones.
EL MENSAJERO