tu temeridad y de tu audacia? Si con la edad crece la osadía, y a la
larga ha de ser peor que antes, valiera más que los dioses creasen otra
tierra para los perversos y criminales. (_Al coro_). Mirad a este que,
siendo hijo mío, ha profanado mi lecho, convicto de su grave falta por
declaración de una muerta. (_Volviéndose hacia Hipólito aterrado_).
Deja ver tu rostro a tu padre, ya que en tal pena has incurrido.
¿Conversarás tú con los dioses, cual varón irreprochable? ¿Tú eres
el casto y el no corrompido? Ya no me hará fuerza tu jactancia, pues
equivaldría a pensar que los dioses ignoraban tu delito. Ya puedes
vanagloriarte: engáñalos alimentándote de vegetales;[129] sigue las
lecciones de Orfeo;[130] abandónate a tu estro; envanécete con tu
vasta sabiduría, que te llena de humo; ya no puedes negar tu delito. A
todos aconsejo que huyan de tales seres: seducen con palabras pomposas,
y solo maquinan torpezas. Fedra ha muerto; pero ¿crees salvarte por
eso? Al contrario, por lo mismo es más segura tu perdición. ¡Oh tú,
el más malvado de los hombres! ¿Que juramento, qué razones tendrán
más fuerza que su muerte? ¿Cómo podrás defenderte? ¿Dirás que ella te
odiaba, y que los hijos bastardos son aborrecidos de los legítimos?
En poco estimaba, sin duda, su vida si, siendo lo más grato, como
dices, la ha perdido por la aversión que te tenía. Dirás acaso que la
lujuria no es natural en nuestro sexo, sino innata en las mujeres; pero
yo he conocido jóvenes iguales a ellas en esa parte, cuando Afrodita
perturbaba su ánimo juvenil, aunque su misma virilidad les sirviese
al fin de baluarte. ¿Pero a qué disputo así contigo, presente este
cadáver, testigo el más irrecusable? Sal de aquí desterrado cuanto
antes y no vuelvas a Atenas, edificada por los dioses,[131] ni a
los últimos confines de la tierra que obedece a mi cetro. Si tú me
vencieras, siendo tanta la justicia que me asiste, de nada serviría
que el istmio Sinis[132] atestiguase a mi favor con su muerte (que
más bien debiera envanecerte), ni que los peñascos del mar, amigos de
Escirón,[133] confesaran que soy terrible azote de los malvados.
EL CORO
No puedo llamar dichoso a ningún mortal, cuando tales vueltas da la
fortuna.
HIPÓLITO
Violenta es tu ira, ¡oh padre!, y la conmoción de tu alma; pero el
asunto que da origen a un bello discurso, si se examina por el lado
opuesto, no parece tan bueno. Yo, poco versado en hablar al vulgo,
solo valgo en esta parte cuando lo hago a mis compañeros y amigos. Mas
esto tiene también sus ventajas, porque los de ninguna valía entre
los sabios son los más a propósito para arengar a la multitud. Sin
embargo, necesario es que desate mi lengua, ya que soy víctima de tal
desdicha; comenzaré al fin por donde me has atacado, como si no pudiera
defenderme ni tampoco replicarte. ¿Ves esta luz y esta tierra? No hay
ninguno en ella, aunque tú lo niegues, más casto que yo. Enseñáronme
primero a adorar a los dioses y a tener amigos incapaces de faltar a
la justicia, y que se avergonzarían de mandar nada vituperable, y de
ayudar a otros en las torpezas que pudieran discurrir. No me burlo
de mis familiares, ¡oh padre!, que lo mismo son para mí ausentes que
presentes. De una sola mancha estoy libre, aunque pienses haberme
convencido de lo contrario. Mi cuerpo, hasta hoy, está puro de todo
trato con mujeres. Jamás las he conocido sino de oídas o por pinturas,
y ni aun ver esto quisiera, por conservar mi alma virginal. Podrá
suceder, no obstante, que mi pudor no te persuada, aunque tú debieras
probar cómo me han pervertido. ¿Acaso superaba esta en belleza a todas
las demás? ¿Esperé, quizá, que, manchando tu lecho paternal, sería
después cabeza de esta familia? Vano hubiese sido mi propósito, y sin
razón que lo abonara. ¿Quizá porque el reinar es grato a los castos? De
ninguna manera, a no ser que el deseo de mandar corrompa las almas de
aquellos a quienes agrada. Quisiera vencer en los juegos[134] a todos
mis compatriotas, y ser el primero en ellos, y el segundo en la ciudad,
y vivir feliz con mis mejores amigos. Así también podría gobernar,
y, libre de riesgos, disfrutar mandando de mayor deleite. Fáltame
exponer un argumento en mi favor, ya que sabes los demás: si tuviese
un testigo como yo, y defendiese mi causa, viviendo esta, depurada
la verdad, conocerías también entonces a los verdaderos criminales.
Pero júrote por Zeus, que castiga a los perjuros, y por la Tierra, que
jamás he tocado a tu esposa, que nunca lo deseé, que ni aun siquiera lo
pensé jamás. Que, a no ser así, muera yo de muerte innoble e infame,
desterrado de mi patria, sin hogar, fugitivo y errante; que el mar y
la tierra rechacen mi cadáver si soy delincuente. No sé si por temor
ha perdido la vida, ni es lícito decir más. En apariencia ha sido
casta, aunque no lo fuese en realidad, y yo, que lo soy, sufro esta
desdicha.[135]
EL CORO
Bastante has dicho en defensa del crimen que se te imputa, jurando por
los dioses, prueba de no escaso valor.
TESEO
¿Es este mágico, o capaz de hacer milagros, cuando espera aplacarme con
su dulzura después de llenar a su padre de ignominia?
HIPÓLITO
Y me maravilla, ¡oh padre!, porque si tú fueses mi hijo y yo tu padre,
de cierto te matara; no solo te desterraría si osases tocar a mi esposa.
TESEO
¡Qué bien has hablado! No morirás fácilmente si te lo has propuesto,
que una pronta muerte es lo más grato para el hombre infortunado,
sino que, errante y lejos de tu patria, pasarás triste vida en tierra
extraña, pues tal es la pena que merece el impío.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¿Qué haces? ¿No esperarás que el tiempo, maestro de
verdades, aclare esta, sino que me desterrarás de aquí?
TESEO
Te lanzaría más allá del Océano y de las orillas del Atlántico,[136] si
pudiese y atendiera al odio que me inspiras.
HIPÓLITO
¿Y sin apelar a los juramentos, sin examen de pruebas, sin oír a los
adivinos, me desterrarás indefenso?
TESEO
Esta carta, sin necesidad de más adivinaciones, por sí sola, cual
testigo fidedigno te condena, y vuelen cuanto quieran las aves que
pasan por encima de mi cabeza.
HIPÓLITO
¿Por qué, ¡oh dioses!, no despliego mis labios, puesto que vosotros,
a quienes doy culto, me perdéis? No, seguramente; no persuadiría a
quienes quisiera, y violaría inútilmente mi juramento.[137]
TESEO
¡Ah! ¡Cómo me atormenta tu hipocresía! ¿No huirás cuanto antes de tu
patria?
HIPÓLITO
¿Adónde me dirigiré? ¿En dónde pediré hospitalidad, desterrado por este
delito?
TESEO
No faltan quienes reciban placer en darla a los seductores de mujeres,
ni escasearán criminales, autores como tú de delitos domésticos.
HIPÓLITO
Hasta el corazón me traspasas, y estoy a punto de llorar, porque
parezco criminal y soy infortunado.
TESEO
Debiste gemir y ser más precavido cuando pensabas deshonrar a la mujer
de tu padre.
HIPÓLITO
¡Oh palacio! ¡Ojalá que hablases, y testificaras si yo era delincuente!
TESEO
¿A testigos mudos apelas? Esta carta, que no habla, claramente prueba
tu culpa.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¡Ay, si pudiera mirarme frente a frente para llorar los
males que sufro!
TESEO
Mucho más te has cuidado de ti mismo que de ser, como debías, piadoso
con tus padres.
HIPÓLITO
¡Oh infelicísima madre! ¡Oh funesto día en que nací! Que ninguno de mis
amigos sea jamás bastardo.
TESEO
¿No os lo llevaréis, esclavos? ¿No habéis oído hace ya tiempo que lo
destierro?
HIPÓLITO
Llorará el que ose tocarme: si lo deseas, expúlsame tú de esta región.
TESEO
Así lo haré, si no obedeces mis órdenes; tu destierro no excita en mí
la más ligera compasión.
HIPÓLITO
Decretado está, según parece. ¡Cuánta es mi desventura! Aunque sé lo
que ha sucedido, no acierto, sin embargo, a declararlo. ¡Oh, hija de
Leto, diosa la más amada, tú que vives conmigo en las selvas y eres
mi compañera de caza! ¡Huiremos de la ínclita Atenas! Adiós, pues,
ciudad y tierra de Erecteo; adiós, suelo de la Trecenia, que tantos
solaces ofreces a la juventud; yo te saludo por última vez. Venid,
¡oh jóvenes amigos!, despedidme y llevadme de aquí; jamás veréis
otro hombro más casto, aunque no lo crea mi padre. (_Retírase con su
séquito. Teseo entra en su palacio_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Sin duda mi piedad para con los dioses me libra de
los dolores que pueden aquejar mi ánimo; pero cuando más confío en
la divina Providencia, desmayo contemplando la varia suerte y las
acciones de los mortales. Todo cambia en este mundo, e inconstante es
la vida humana, y sujeta a muchos errores.
_Antístrofa 1.ª_ — Que el cielo oiga mis súplicas y me dé fortuna
próspera; que viva feliz, libre de penas; no sea mi fama insigne ni de
mala ley, suaves mis costumbres, variables según la necesidad de cada
día, y que ninguna duda turbe mi dicha.
_Estrofa 2.ª_ — Perdí la tranquilidad de mi alma; engañome mi esperanza
desde que vi a la estrella más brillante de la Grecia lanzada a otras
regiones por la ira paternal. ¡Oh arena de las riberas de mi país
natal! ¡Oh selvas de los montes, en donde con tus ágiles perros matabas
a las fieras, acompañado de la casta Dictina!
_Antístrofa 2.ª_ — No subirás más al carro[138] tirado de yeguas
vénetas, refrenando en Limne con tu diestro pie a los dóciles caballos,
y tu no interrumpido canto, que acompañado de la lira se oía antes,
no resonará en el palacio paterno, y escasearán las guirnaldas en los
santuarios en que habita la hija de Leto en la profunda selva, y con
tu destierro se acabará la lucha que por obtener tu mano han entablado
las doncellas.
_Epodo_. — Yo lloraré tu triste destino, y recordaré tu desdicha.
¡Oh mísera madre, en vano lo diste a luz! ¡Ay! Me indigno contra los
dioses. ¿Cómo vosotras, Gracias fraternales, lanzáis de su palacio a
tierra extraña a este infortunado, inocente de toda culpa? Pero veo al
servidor de Hipólito, que triste y con paso rápido se dirige hacia aquí.
EL MENSAJERO
¿En dónde, ¡oh mujeres!, encontraré a Teseo, rey de este país? Si lo
sabéis, decídmelo. ¿Está acaso en el palacio?
EL CORO
Míralo ya, que sale de él.
EL MENSAJERO
Triste mensaje, ¡oh Teseo!, traigo a ti y a los ciudadanos que habitan
en la ciudad de los atenienses y en los confines de la Trecenia.
TESEO
¿Qué hay? ¿Alguna calamidad ha invadido acaso a las dos ciudades
vecinas?
EL MENSAJERO
Para decírtelo en pocas palabras, Hipólito morirá, aunque todavía lo
queden algunos momentos de vida.
TESEO
¿Cómo así? ¿Ha muerto quizá a manos de algún enemigo, cuya esposa
violara, como la de su padre?
EL MENSAJERO
Su propio carro ha sido la causa de su muerte, y las imprecaciones que
pronunciaste pidiendo su cumplimiento a tu padre, señor de los mares.
TESEO
¡Oh dioses, y tú, Poseidón! Seguramente eres mi padre, pues si no lo
fueras, no hubieras oído mis imprecaciones. Di cómo ha muerto, cómo lo
hirió la espada de la justicia por haberme deshonrado.
EL MENSAJERO
Peinábamos nosotros llorando las crines de sus caballos, junto a las
riberas que el mar lava con sus olas, por haber venido cierto mensajero
diciendo que Hipólito no pisaría más esta tierra, y que lo habías
condenado a triste destierro. Él mismo llegó después confirmando tan
lamentable nueva, y le seguían muchos de sus amigos y compañeros.
Cuando sus llantos cesaron, dijo: «¿Por qué lloro? Es preciso obedecer
las órdenes de mi padre. Esclavos, uncid los caballos al yugo de los
carros; Atenas murió ya para mí». Todos, pues, nos apresuramos, y en
un momento llevamos a nuestro dueño los caballos enjaezados. Fijó las
riendas en el extremo delantero del carro, y aseguró sus pies en los
borceguíes adheridos a él.[139] Primero suplicó a los dioses de esta
manera, levantando al cielo las manos: «Si soy criminal, ¡oh Zeus!, que
no viva más, y que mi padre conozca que ha sido injusto conmigo, ya
después de mi muerte, ya mientras vea la luz». Y mientras tanto, cogió
el látigo y aguijó los caballos; nosotros, sus servidores, seguíamos
cerca del carro a nuestro dueño, que se encaminó en derechura a Argos
y Epidauro. Poco después que entramos en lugares desiertos, más allá
de esta tierra,[140] y llegamos a la orilla del mar Sarónico, se oyó
cierto ruido horrible, como si fuera el de un trueno subterráneo de
Zeus, que nos hizo temblar a todos; los caballos levantaron la cabeza y
enderezaron las orejas; nosotros teníamos gran miedo, no sabiendo cuál
fuese la causa que lo producía; pero habiendo mirado a la orilla del
alborotado mar, vimos una espantosa ola que amenazaba al cielo, hasta
el punto de ocultarnos la ribera Sarónica, y el istmo y el promontorio
de Esculapio. Hinchándose más después, y derramando en torno mucha
espuma, y bramando horriblemente, se estrelló en la orilla, en donde
estaba la cuadriga, y del seno de la tempestad y de las agitadas olas
salió un toro, monstruo fiero, con cuyos mugidos resonaba pavorosamente
la tierra; a todos los que presenciamos este espectáculo parecía
espantoso, y no podíamos mirarlo sin estremecernos. El miedo se apoderó
de los caballos, y mi señor, muy diestro en manejarlos, cogió en sus
manos las riendas y tiró hacia atrás, como el marinero hace con el
remo, y con ellas ciñó su cuerpo; pero los caballos, tascando el bocado
endurecido al fuego, arrancaron con ímpetu, sin cuidarse de la mano que
los regía, ni e las riendas, ni de los carros bien labrados; siempre
que en tierra llana, y sin soltar las riendas, cambiaba su carrera,
aparecía el toro delante, como para acometer al carro, e infundía
en los caballos invencible miedo; si con furia lo llevaban contra
los peñascos, seguía acercándose en silencio, hasta que le embistió
y volcó, rompiendo las ruedas contra una peña. Todo fue entonces
confusión; los rayos de las ruedas y los clavos de los ejes saltaron en
todas direcciones. El desventurado, sujeto por las riendas, se estrelló
la cabeza contra los peñascos y se magulló el cuerpo, exclamando con
la mayor amargura: «Deteneos, caballos alimentados en mis pesebres; no
me matéis. ¡Oh, cruel maldición de mi padre! ¿Quién quiere socorrerme
y salvar a un hombre bueno si los hay?». Muchos que lo deseábamos,
con tardo paso le seguíamos de lejos. Al fin, desenredándose de las
riendas, cayó no sé de qué modo, y le quedan pocos instantes de vida,
y los caballos y el malhadado y milagroso toro se escondieron no sé
en qué lugar montañoso. Yo soy, en verdad, un siervo de tu palacio,
¡oh rey!, pero jamás podré creer que tu hijo ha delinquido, aunque se
ahorquen todas las mujeres y escriban tantas tablillas cuantas pueden
hacerse de las selvas del Ida,[141] seguro como estoy de su inocencia.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! Consumáronse nuevos desastres, e inevitable es el
destino.
TESEO
Gozo me infundieron tus palabras por el odio que tengo a la víctima de
estos males; venerando ahora a los dioses, y recordando que es mi hijo,
ni sus desdichas me placen ni me afligen.
EL MENSAJERO
¿Qué hacemos, pues? ¿Lo traemos aquí? ¿Cuáles son tus órdenes acerca
de ese desventurado? ¿Cómo te agradaremos? Piénsalo bien, y si quieres
seguir mi consejo, no seas cruel con tu infortunado hijo.
TESEO
Traedme para que vean mis ojos al que negó haber profanado mi lecho, y
lo convenzan mis palabras, y la desgracia que le agobia, obra de los
dioses.
EL CORO[142]
Tú, Afrodita, doblegas el ánimo inflexible de los hombres y de los
dioses con ayuda de tu hijo, revestido de variado plumaje, que los
cobija bajo sus alas velocísimas. Vuela por toda la tierra y por el
salado mar, que profundamente resuena. Cupido ablanda los corazones y
los asalta con su antorcha, resplandeciente como el oro, que inspira el
furor, y a las fieras que viven en los montes, y a los peces del mar, y
a cuanto alimenta la tierra, que el sol purifica con sus rayos: todos
los hombres están sujetos a su imperio, y Afrodita sola manda en todos
a un tiempo como reina.
ARTEMISA (_en un carro de nubes doradas_).[143]
Óyeme, que tal es mi voluntad, noble hijo de Egeo; yo soy Artemisa,
hija de Leto, ¡oh Teseo! ¿Por qué, mísero mortal, te deleitan estos
males, y has dado injusta muerte a tu hijo, creyendo lo que no es
cierto, seducido por las falsas palabras de tu esposa? Manifiesta es
la desdicha que te pierde. ¿Cómo no te precipitas con rubor en los
abismos de la tierra, o evitas este daño volando? Ya no podrán contarte
entre los justos. Entérate, Teseo, de sus desdichas, que esto, aunque
de nada te sirva, te llenará al menos de dolor. No tiene otro objeto
mi venida que probar la piedad de tu hijo, y su gloria al morir, y
el furor de tu esposa, y hasta cierto punto su nobleza. Estimulada
por la diosa más aborrecida de los que rendimos grato culto a la
virginidad, se enamoró de Hipólito, intentó vencer su pasión, y murió
inesperadamente por la imprudencia de su nodriza, que la descubrió a tu
hijo mediante juramento. Él, como era honrado, no accedió a sus deseos
ni fue impío, a pesar de tu enojo, violando después su juramento. Pero
Fedra, temiendo que supieras su delito, escribió una carta falsa y te
persuadió lo que quiso, y perdió con engaño a tu hijo.
TESEO
¡Ay, ay de mí!
ARTEMISA
¿Te afligen mis palabras? Tranquilízate, oye lo restante y llorarás
más. ¿No sabías que tu padre[144] había de cumplir tres votos tuyos?
Contra tu hijo, ¡oh tú, el más malvado de los hombres!, fulminaste
uno de ellos, como si hubiese sido tu mayor enemigo. Tu marino padre,
que bien te quiere, te concedió lo que debía, puesto que lo había
prometido; pero tú has sido criminal con él y conmigo, y no esperaste
que las pruebas te convencieran, ni oíste a los adivinos, ni nada
averiguaste, ni aguardaste a que el tiempo descubriese la verdad, sino
que más pronto de lo que convenía maldijiste a tu hijo y ocasionaste su
muerte.
TESEO
Que yo muera, ¡oh diosa!
ARTEMISA
Cometiste atrocidades, pero aún puedes obtener el perdón. Afrodita
ha sido causa de todo por saciar su ira: es ley entre los dioses que
ninguno se oponga a los deseos del otro, y que todos cedan cuando es
menester. Ten por cierto que, de otra manera, y a no temer a Zeus, no
me deshonraría hasta el punto de consentir en la muerte del mortal
que más amo. Tu ignorancia demuestra que has faltado sin malicia, y
además tu esposa al morir destruyó las pruebas orales que te hubiesen
convencido. Sobre ti principalmente descargan ahora estos males,
aunque yo también los sienta. No agrada a los dioses la muerte de los
piadosos, sino la ruina de los malvados, con sus hijos y su familia.
(_Hácese invisible_).
EL CORO
Ya llega el infeliz, desgarrados horriblemente sus miembros juveniles
y desaliñada su blonda cabellera. ¡Oh palacio infortunado! ¡Que doble
calamidad[145] te agobia por mandato del cielo!
HIPÓLITO (_que llega en una camilla_).
¡Ay de mí! ¡Ay de mi! ¡Ay de mí! ¡Cuánta es mi desventura!, despedazado
injustamente a causa de las imprecaciones[146] de un padre, también
injusto. No tiene remedio mi desdicha; ¡ay de mí, mísero! ¡Ay, ay!
Dolores intolerables atormentan mi cabeza, e incesantes espasmos
acometen mi cerebro. Dejadme descansar, dejad que reciba algún consuelo
mi fatigado cuerpo. (_Ponen en tierra la camilla_). ¡Ay, ay de mí! ¡Oh
caballos odiosos que alimentó mi mano, me habéis perdido, me habéis
dado la muerte! (_Mientras lo sientan sus servidores_). ¡Ay, ay, por
los dioses! ¡Oh esclavos, tocad con cuidado mis doloridos miembros!
¿Quién está a mi derecha? Levantadme con amor, con suave movimiento,
que mi desdicha es grande y mi padre me maldijo equivocado. Zeus, Zeus,
¿ves esto? Yo soy aquel varón casto que daba a los dioses culto, el que
en la práctica de esta virtud superó a todos, y ahora pierdo la vida
y me aguarda la muerte debajo de la tierra; en vano fui piadoso entre
los hombres y sufrí grandes molestias, ¡ay, ay, ay, ay de mí!, y ahora
el dolor, sí, el dolor me aflige de nuevo. Dejadme abandonado a mi
desventura; no prolongad mi martirio, y que la muerte cure mis males.
Matadme, matadme, que soy un desdichado; ojalá que me hiera una espada
de dos filos y acabe de una vez conmigo. ¡Oh malhadada imprecación de
mi padre! ¡Oh parientes manchados de sangre![147] Mi desdicha corona
ahora sin vacilar las de mis viejos progenitores, y viene contra mí,
que nada tengo que ver con ellas. ¡Ay de mí, ay de mí! ¿Qué diré? ¿Cómo
me libertaré de este dolor cruel? Que la negra y nocturna Necesidad,
que habita en el palacio de Hades, aletargue mis sentidos.
ARTEMISA (_invisible_).
¡Oh infeliz! ¡Qué calamidad te atormenta! La grandeza de tu alma ha
sido causa de tu ruina.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¡Oh divino y embriagador perfume![148] Aun en medio de mis
males te he percibido, y mi cuerpo siente consuelo. Aquí está la diosa
Artemisa.
ARTEMISA
¡Oh mísero! A tu lado está la diosa que más te ama.
HIPÓLITO
¿Vesme, señora, en la desventura en que me hallo?
ARTEMISA
Te veo; pero no me es lícito derramar lágrimas de mis ojos.
HIPÓLITO
Ya no sobrevivirá a su desdicha tu cazador y sacerdote.
ARTEMISA
No, seguramente; pero mueres amado de mí.
HIPÓLITO
Ni el que guiaba tus caballos y guardaba tus estatuas.
ARTEMISA
Obra es de la engañosa Afrodita.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! Ya reconozco la deidad causa de mis males.
ARTEMISA
Enojada porque no la adorabas, se vengó de tu castidad.
HIPÓLITO
Ella sola, según veo, nos ha perdido a los tres.
ARTEMISA
A tu padre, a ti, y en tercer lugar a su esposa.
HIPÓLITO
También deploro los infortunios de mi padre.
ARTEMISA
Ha sido engañado por las sugestiones de la diosa.
HIPÓLITO
¡Oh padre infeliz! ¡Grande es tu desventura!
TESEO
Perecí, ¡oh hijo!; no me deleita ya la vida.
HIPÓLITO
Deploro tu suerte más que la mía, a causa de tu yerro.
TESEO
¡Ojalá, ¡oh hijo!, que yo hubiese muerto en tu lugar!
HIPÓLITO
¡Oh dones crueles de tu padre Poseidón!
TESEO
Quisiera no haberlo evocado nunca.
HIPÓLITO
¿Y por qué? Segura era siempre mi muerte, siendo tanta tu ira.
TESEO
Los dioses habían perturbado mi juicio.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¡Ojalá que los mortales pudiesen maldecir a los dioses![149]
ARTEMISA (_invisible_).
Déjame, que ni aun cuando vayas a las tinieblas que hay debajo de
la tierra se ensañarán en ti impunemente las iras de Afrodita,
acordes con su deseo, pues de ellas te libraron tu piedad y buenos
pensamientos. Yo, con mi misma mano, y con mis inevitables saetas,
te vengaré, dando muerte a uno de sus favoritos, al mortal que más
ame.[150] Te concederé, ¡oh desventurado!, por tus graves desdichas
los más grandes honores en la ciudad de Trecén; las doncellas, antes
de casarse, cortarán en tu honor sus cabellos, y gozarás largo tiempo
de sus lágrimas copiosas.[151] Siempre te honrará música de vírgenes,
y se hará público el amor que inspiraste a Fedra. Y tú, hijo del
viejo Egeo, toma en tus brazos a tu hijo, y oprímelo contra tu pecho.
Involuntariamente lo has perdido, pero errar es natural en los hombres,
consintiéndolo los dioses. Ruégote, ¡oh Hipólito!, que no odies a tu
padre, que el destino ha sido causa de tu muerte. Adiós, que no me
es lícito mirar los muertos ni empañar mis ojos con el aliento del
moribundo, y veo que se aproxima ya tu última hora.
HIPÓLITO
Adiós, tú también, virgen bienaventurada; olvida sin pena mi trato
cotidiano. Perdono a mi padre, accediendo a tus ruegos, como antes te
obedecí siempre en todo. (_Retírase Artemisa_). ¡Ay, ay de mí! ¡Que las
tinieblas envuelven ya mis ojos! Abrázame, padre, y levanta mi cuerpo.
TESEO
¡Ay de mí, hijo mío! ¿Cómo me abandonas así, sumido en la mayor
desventura?
HIPÓLITO
Yo muero; ya veo las puertas de los infiernos.
TESEO
¿Y me dejas el alma mancillada?
HIPÓLITO
De ningún modo, puesto que no te imputo este desastre.
TESEO
¿Qué dices? ¿Me absuelves de haber derramado tu sangre?
HIPÓLITO
Por testigo pongo a Artemisa, la de las irresistibles saetas.
TESEO
¡Oh hijo el más amado! ¡Cuánta es tu generosidad para con tu padre!
HIPÓLITO
Adiós, tú también, ¡oh padre!; adiós muchas veces.
TESEO
¡Ay, cuán piadoso y bueno eres!
HIPÓLITO
Pide que así sean tus hijos legítimos.
TESEO
No me abandones, ¡oh hijo!; recobra tus fuerzas.
HIPÓLITO
Mis fuerzas se acaban; yo muero, ¡oh padre!; cubrid cuanto antes mi
rostro con el peplo.[152]
TESEO
¡Oh maldita región de Atenas y de Palas! ¡Qué hombre has perdido! ¡Oh
desventurado de mí! ¡Cuántas veces, ¡oh Afrodita!, recordaré los males
que me causas!
EL CORO
A todos nos sorprende esta desgracia; ríos correrán de lágrimas, porque
la memoria de los grandes hombres debe llorarse mucho tiempo.
LAS FENICIAS
ARGUMENTO
Si damos fe al escoliasta de Aristófanes (_Las Ranas_, v. 53) y a lo
que nos dice J. A. Hartung (_Euripides restitutus_, tomo II, pág. 415
y siguientes), la tragedia titulada LAS FENICIAS es la tercera de una
trilogía, cuya primera y segunda fueron, por su orden, _Antíope_ e
_Hipsípile_. El argumento de la _Antíope_ era la fundación de Tebas,
y el de _Hipsípile_ el asedio de esta ciudad por los siete capitanes
mandados por Adrasto, antes de ocurrir la muerte de los hijos de Edipo.