algunas tragedias griegas y tradiciones épicas pertenecientes como ella
al ciclo tebano) cuenta la muerte de Eteocles y Polinices, nietos de
Layo. El poeta supone que Polinices, desterrado de Tebas por su hermano
Eteocles, no obstante el pacto celebrado entre ambos de reinar un año
cada uno, se refugia en la corte de Adrasto, rey de Argos, con cuya
hija se desposa, y con cuyo auxilio y el de otros famosos guerreros
pone sitio a Tebas para obligar a su hermano a cederle parte del
reino. Yocasta, madre y mujer de Edipo, y madre de ambos, obtiene de
Eteocles que permita a Polinices la entrada en Tebas con el maternal
objeto de reconciliarlos; pero no pudiendo conseguirlo a pesar de sus
ruegos y exhortaciones, se da el asalto por los sitiadores, que son
rechazados de las murallas y vencidos por los tebanos, después que
Meneceo, hijo de Creonte, se sacrifica por su patria, obedeciendo al
oráculo que revela el adivino Tiresias. Eteocles entonces, para evitar
la efusión de sangre inútil, propone a ambos ejércitos la decisión
de la fratricida contienda por medio de un combate singular entre él
y Polinices, que se verifica, en efecto, sucumbiendo uno y otro. Al
saberlo, su madre Yocasta se dirige al campamento con su hija Antígona,
ansiosa de evitarlo, pero llega tarde; se precipita inconsolable sobre
la espada de uno de los muertos, y perece también abrazada a ellos.
Eteocles, antes de pelear con su hermano, encarga a Creonte, su tío,
que no dé sepultura a Polinices si muere, y aquel intenta cumplir sus
órdenes, no obstante la resistencia de la piadosa Antígona, que al fin
acompaña a su padre, ciego, al destierro a que lo condena Creonte.
La acción de esta tragedia, como se deduce fácilmente de las líneas
anteriores, es eminentemente trágica, no solo en el sentido que esta
palabra tiene entre nosotros, sino también en el griego. El destino
con su horrible influjo se muestra en toda ella, y recuerda a los
mortales sus inflexibles decretos. Sin embargo, ni la escena en que el
pedagogo enseña a Antígona los capitanes del ejército sitiador, ni la
entrada de Polinices en Tebas, forman parte esencial de ella, a pesar
de su belleza incomparable. Los dos caracteres de Eteocles y Polinices,
que aparecen en primer término, están bien dibujados y sostenidos, y
ambos se distinguen por su ambición y por su odio fratricida y por sus
opuestos sentimientos.
En nuestro juicio, y no obstante los lunares mencionados, algunas
máximas nada morales que contiene y las extrañas críticas literarias
de Eurípides intercaladas en la tragedia, es una de las mejores que
de él nos quedan. Tiene escenas inimitables, trozos felicísimos, y su
versificación es en general muy superior a otras obras suyas. En una
palabra: leyéndola despacio, y no una vez sola, se puede aprender mucho.
Séneca la ha imitado en su _Tebaida_, de la cual solo existen
fragmentos, y Estacio en su poema heroico que lleva el mismo nombre;
entre los franceses, Rotrou en su _Antígona_, y Racine en sus _Hermanos
enemigos_, una de sus más débiles producciones.
En cuanto a la fecha de su representación, parece lo más probable,
atendiendo al escolio citado al principio, que fuera en la olimpiada
93, 2 (407 antes de Jesucristo). En efecto, además de este dato del
escoliasta, que no deja de tener fuerza, y que en todo caso es el único
que poseemos, confírmalo también la observación que hace Hermann (_in
Præfat. Phœn._, pág. XV) cuando dice: _Quum illa_ (Yocasta) _deinde cum
Polinice coierit sermonem, ejus prior pars, qua singulatim exquirit cur
grave sit patria carere, non est ita inserta, ut apareat qui hoc in
mentem venerit Yocastæ. Quo fit ut ista aliena abs re videri debeant_.
Chocan en verdad las preguntas que Yocasta hace a su hijo Polinices
acerca de los males del destierro, y es de presumir que aluda el poeta
a la vuelta de Alcibíades a su patria a principios de junio del año
407, en el arcontado de Euctemón, cuya fecha concuerda exactamente con
la señalada por el escoliasta.
PERSONAJES
YOCASTA, _esposa de Edipo, antes de Layo._
EL PEDAGOGO.
ANTÍGONA, _hija de Edipo y de Yocasta._
CORO DE VÍRGENES FENICIAS.
POLINICES }
y } _hijos de Edipo y de Yocasta._
ETEOCLES }
CREONTE, _hermano de Yocasta._
MENECEO, _hijo de Creonte._
TIRESIAS, _adivino._
UN MENSAJERO.
OTRO MENSAJERO.
EDIPO, _hijo de Layo y esposo de Yocasta._
La acción es en Tebas.
La escena representa la plaza de Tebas, frente al Palacio Real.
YOCASTA
¡Oh sol, que en tu curso cortas los astros del cielo, sentado en carro
de oro, y haces girar la llama con tus ligeros caballos! ¡Qué día
tan infausto fue para Tebas[153] el que alumbraron tus rayos, cuando
Cadmo[154] vino a esta tierra, dejando las riberas fenicias! Casose
con Harmonía,[155] hija de Afrodita, y tuvo de ella a Polidoro, padre,
según dicen, de Lábdaco,[156] y este de Layo. A mí me llaman la hija
de Meneceo, y Creonte es mi hermano, e hijo de mi madre.[157] Yocasta
es el nombre que me puso mi padre, y Layo fue mi esposo. Como no
tuviese hijos después de muchos años de matrimonio, fue a consultar a
Apolo y le pidió que le diese herederos varones. Respondiole así: «¡Oh
tú, que imperas en los caballeros tebanos!, no siembres el sulco en
donde nacerán tus hijos, que te son contrarios los dioses; te matará
el que tengas, y tu palacio se llenará de sangre». Pero él, amigo del
deleite, y excitado por el vino, engendró en mí un hijo, y confesando
su yerro al recordar el oráculo del dios, lo entregó al nacer a los
pastores para que lo expusiesen en el prado de Hera y en la cima del
Citerón,[158] atravesados sus talones por férreas agujas, por lo
cual lo llama Edipo[159] la Grecia. Pero los yegüerizos de Pólibo lo
recogieron, y lo llevaron a su casa, y lo entregaron a su dueña. Ella
amamantó con sus pechos al fruto de mis entrañas, e hizo creer a su
marido que era suyo. Ya hombre, cuando la barba sombreaba su rostro,
o por sus propias sospechas, o por consejo ajeno, quiso conocer a sus
padres, y se encaminó al templo de Apolo al mismo tiempo que Layo, que
deseaba averiguar si vivía o no su hijo expósito. Y los dos se juntaron
en una encrucijada de la Fócide, y así dijo a Edipo el cochero de Layo:
«Deja libre el paso a los tiranos, ¡oh peregrino!». Él iba callado,
aunque lleno de arrogancia. Los caballos lo atropellaron y lo mancharon
de sangre, y por esta causa (¿pero a qué referir antiguas desdichas?)
el hijo mató al padre, y dio su carro a Pólibo, el que lo había criado.
Después de la muerte de mi esposo, y cuando la Esfinge[160] devastaba a
la ciudad con sus rapiñas, Creonte anunció por sus heraldos que daría
mi mano al que adivinase los artificiosos enigmas de la virgen. Y mi
hijo Edipo los explicó, y recibió el cetro en premio. El desdichado,
sin saberlo, se casó conmigo, ignorando que su madre, que también lo
ignoraba, había de ser la compañera de su tálamo. Tengo de él dos hijos
varones, Eteocles y el esforzado Polinices, y dos hijas. Su padre llamó
a la una Ismene; yo puse a la mayor el nombre de Antígona. Y cuando
Edipo averiguó que su esposa era también su madre, él, que tantos males
había sufrido, se cegó con rabia, hiriendo sus pupilas con los dorados
broches.[161] Cuando la barba cubrió las mejillas de mis dos hijos,
ocultaron a su padre en los aposentos interiores del palacio para que
se olvidase este suceso, lo cual, en verdad, no era fácil empresa. Vivo
está, pues, en el palacio, pero lleno de ira y quejoso de su suerte,
y ha pronunciado contra ellos las más impías maldiciones, y ha pedido
a los dioses que desgarren el seno de esta familia con el aguzado
hierro. Temiendo ambos que se realizasen las imprecaciones paternales
si vivían juntos, convinieron en que Polinices, que es el más joven, se
desterrase de Tebas voluntariamente, y que Eteocles se quedase en ella,
reinando un año cada uno. Pero después que se sentó Eteocles en el
trono, no ha querido bajar de él, sino que ha expulsado de este reino a
Polinices. Encaminose, pues, a Argos, en donde se casó con la hija de
Adrasto, y ha reunido numeroso ejército de argivos, que acaudilla, y ha
atacado las siete puertas de esta muralla, reclamando el cetro paterno
y parte del territorio. Yo, para acabar la contienda, persuadí a mi
hijo que le diese un salvoconducto para venir aquí antes de empuñar
la lanza. El mensajero que se ha enviado dice que vendrá. Líbranos,
pues, de estos males, ¡oh Zeus!, que habitas los esplendentes senos del
cielo, y reconcilia a mis dos hijos; que si eres sabio, conviene que no
hagas a los mortales perpetuamente desdichados. (_Entra en el palacio_).
EL PEDAGOGO[162] (_que aparece en el terrado y habla dirigiéndose hacia
dentro_).
¡Oh noble Antígona, hija de ilustre padre! Ya que tu madre te ha dado
licencia para dejar la compañía de las vírgenes y subir al terrado[163]
del palacio, accediendo a tu deseo de ver el ejército argivo, detente
para que yo explore las avenidas, por si aparece algún ciudadano y me
reprenden y me avergüenzan como a siervo y a ti como reina; todo lo he
examinado, y te diré cuanto he visto y oído de los argivos cuando fui a
entregar a tu hermano el salvoconducto, primero de aquí para allá, y
luego a mi vuelta. Pero ningún ciudadano se acerca al palacio; sube por
estas viejas escaleras de cedro, y mira los campos y la corriente del
Ismeno,[164] y la fuente Dircea,[165] y el numeroso ejército enemigo.
ANTÍGONA (_oculta todavía_).
Dame, dame tu arrugada mano desde los peldaños en que te hallas, para
que pueda subir allá.
EL PEDAGOGO
Tómala, pues, ¡oh virgen! A tiempo has subido, que el ejército
pelásgico se mueve y sus cohortes se separan unas de otras.
ANTÍGONA (_que aparece sobre el terrado_).
¡Oh Hécate, hija veneranda de Leto! Todo el campo broncíneo[166]
resplandece.
EL PEDAGOGO
Seguramente no viene Polinices desprevenido, que le acompañan con
estrépito muchos caballos e innumerables hoplitas.
ANTÍGONA
¿Están seguras las puertas del palacio y las barras de bronce que
defienden los muros de piedra construidos por Anfión?[167]
EL PEDAGOGO
No tengas miedo; por dentro está la ciudad bien fortificada. Pero mira
primero, si quieres saber lo que sucede.
ANTÍGONA
¿Quién es aquel del blanco penacho que va al frente del ejército,
llevando en su brazo sin trabajo el pesado escudo de bronce?[168] ¡Es
uno de los jefes! ¿Quién es? ¿En dónde ha nacido? Di, anciano, ¿cómo se
llama?
EL PEDAGOGO
Dicen que ha nacido en Micenas, pero que ahora habita junto a la laguna
de Lerna,[169] y se llama el rey Hipomedonte.[170]
ANTÍGONA
¡Ay, ay! ¡Qué soberbio! ¡Qué temible es su aspecto, como el de un
gigante, hijo de la Tierra, con sus estrellas pintadas! No se asemeja a
los demás hombres.
EL PEDAGOGO
¿Ves a aquel jefe que atraviesa las aguas de Dirce?
ANTÍGONA
Distintas, distintas son sus armas; pero ¿quién es?
EL PEDAGOGO
Es Tideo,[171] el hijo de Eneo, que lleva en su pecho el Ares etolio.
ANTÍGONA
¿Este es, ¡oh anciano!, el marido de la hermana de la mujer de
Polinices? ¡Qué peregrino es el color de sus armas! ¡Es semibárbaro!
EL PEDAGOGO
Todos los etolios[172] llevan clípeos, y manejan bien la lanza.[173]
ANTÍGONA
¿Y cómo sabes esto, ¡oh anciano!?
EL PEDAGOGO
Observé las divisas de sus escudos cuando los vi al llevar a tu hermano
el salvoconducto; y como me acuerdo bien de ellos, los conozco cuando
los veo.
ANTÍGONA
¿Quién es ese que pasa ahora junto al monumento de Zeto,[174] de
cabellos rizados, feroz mirada y juvenil aspecto? Parece un jefe,
porque le rodea y sigue armada muchedumbre.
EL PEDAGOGO
Ese es Partenopeo,[175] el hijo de Atalanta.[176]
ANTÍGONA
¡Que Artemisa, que veloz corre las selvas con Atalanta, su madre, lo
mate con sus dardos por haber venido a devastar mi ciudad!
EL PEDAGOGO
¡Ojalá que así suceda, oh hija! Con razón vinieron aquí, sin embargo, y
temo que se la den los dioses.
ANTÍGONA
¿En dónde está el que nació de mi misma madre con destino funesto?
Dime, anciano muy querido, ¿en dónde está Polinices?
EL PEDAGOGO
Cerca de Adrasto,[177] junto al sepulcro de las siete vírgenes, hijas
de Níobe.[178] ¿Lo ves?
ANTÍGONA
No claramente; pero me parece que columbro su figura y como la traza
de su pecho. Ojalá que, cual ligera nube, pudiese atravesar el aire
con mis pies y llegar hasta mi hermano; con mis brazos, después de
tanto tiempo, rodearía el muy amado cuello de este mísero desterrado.
¡Cómo se distingue de los demás por sus armas doradas, ¡oh anciano!,
brillando como los matutinos rayos del sol!
EL PEDAGOGO
Vendrá a este palacio a llenarte de gozo, que ya ha recibido permiso
para hacerlo.
ANTÍGONA
¿Quién es, ¡oh anciano!, ese que, sentado, rige un reluciente carro?
EL PEDAGOGO
Ese, ¡oh señora!, es el adivino Anfiarao,[179] y con él van víctimas
que serán ofrecidas a la tierra, ávida de sangre.
ANTÍGONA
¡Oh luna!, hija del sol, que ciñes cinturón espléndido, bella luz en
cerco de oro; ¡con cuánta modestia y serenidad aguija a los caballos
de su carro! ¿En dónde está el que ha proferido contra esta ciudad tan
atroces amenazas?
EL PEDAGOGO
Capaneo[180] examina ahora la entrada de las torres, y mide
escrupulosamente los muros.
ANTÍGONA
¡Oh Némesis,[181] y tú, Zeus, de horrísonos truenos, y de rayos que
disipan las tinieblas! Refrena su soberbia y castiga sus insolentes
palabras. ¿Entregará las cautivas tebanas a los guerreros de Micenas
y al tridente lerneo,[182] e impondrá el yugo de la esclavitud en
las aguas de Amimone, consagradas a Poseidón? Nunca, nunca, ¡oh
Artemisa veneranda!, hija de Zeus, de cabellos de oro, sufriré yo tal
servidumbre.
EL PEDAGOGO
Entra en el palacio, ¡oh hija!, y no salgas de tu gineceo, ya que has
tenido el gusto de ver lo que tanto deseabas. Una turba de mujeres se
encamina al palacio de los reyes, alborotada la ciudad. Maligno es por
naturaleza el sexo femenino, y por el más leve pretexto habla hasta la
saciedad; cierto placer sienten las mujeres en murmurar unas de otras.
EL CORO (_que llega de la ciudad_).[183]
_Estrofa 1.ª_ — He venido desde la isla Fenicia, dejando el mar Tirio,
ofrenda escogida de Febo, para servir en su templo en las gargantas
del Parnaso, cubierto de nieves, atravesando en las naves el mar
Jónico, mientras el céfiro agitaba el aire en los estériles campos que
rodean a Sicilia, y resonaba armoniosamente.
_Antístrofa 1.ª_ — Don grato a Apolo, he venido desde mi ciudad
predilecta a la tierra cadmea de los ínclitos Agenóridas,[184] y he
llegado a las murallas de Layo, fundadas por mis ascendientes. Como
a estatua dorada me han hecho sierva de Febo. Pero también es verdad
que me esperan las aguas de la fuente Castalia para lavar en ellas mi
cabellera, y gozar de estos virginales deleites al servicio de Apolo.
_Epodo_. — ¡Oh peñasco brillante!, que despides dos llamas en las
báquicas cumbres consagradas a Dioniso, y tú, vid, que cada día
haces germinar pesados racimos de lozanas uvas; gruta divina del
dragón, rústicas cavernas de los dioses y sagrado monte, cubierto de
nieve.[185] ¡Ojalá que danzando en los coros de los dioses inmortales
pierda el miedo en los valles de Febo, en donde está el centro de la
tierra, lejos de la fuente Dircea!
_Estrofa 2.ª_ — El fiero Ares me sale al encuentro delante de estas
murallas, y promueve contra esta ciudad (ojalá que no sucedan) bélicas
matanzas. Comunes son los dolores de los amigos, y si algo padece este
país, fortificado con siete torres, también sufrirá la región fenicia.
¡Ay, ay! La sangre es la misma, hijos son también de la cornígera
Ío,[186] y yo compartiré sus trabajos.
_Antístrofa 2.ª_ — Densa nube de escudos fulgura en torno de la ciudad,
anunciando la sangrienta batalla que Ares dará a los hijos de Edipo, y
la destrucción con que amenazan las Furias. ¡Oh pelásgico Argos! Tengo
miedo al poder y a la venganza divina: el que armado pide su palacio,
no ataca sin justicia.
POLINICES (_con la espada desenvainada, y mirando receloso a todas
partes_).
Con facilidad me abrieron paso los guardas de las puertas y me dejaron
entrar en la ciudad, y por lo mismo temo algún lazo, y que no pueda
escaparme sin derramar mi sangre. Miraré, pues, a todas partes, no sea
que me armen asechanzas. En la diestra traigo mi espada, y mi osadía
me salvará. ¡Hola! ¿Quién es aquel? ¿Me asusta acaso el ruido? Todos
son peligros para los que se atreven a pisar tierra enemiga. Confío
ciertamente en mi madre, y desconfío de ella al mismo tiempo, por
haberme persuadido que viniese aquí, fiado en su palabra. A mano está
el socorro, que hay cerca altares, y un palacio no abandonado. Vamos,
guardaré mi espada en la oscura vaina, y preguntaré a las que veo junto
a la regia morada. Mujeres extranjeras, decidme: ¿de dónde habéis
venido a este país griego?
EL CORO
La Fenicia es la patria que me crió. Los nietos de Agénor, como
presente escogido del botín de su victoria, me enviaron al servicio de
Febo, y cuando el ínclito hijo de Edipo deseaba que fuese a venerar el
oráculo y a las aras de Apolo, atacaron a la ciudad los argivos. Dime
tú ahora quién eres, y a qué vienes a las torres de las siete puertas
de Tebas.
POLINICES
Mi padre es Edipo, el hijo de Layo; mi madre Yocasta, hija de Meneceo,
y el pueblo tebano me llama Polinices.
EL CORO
¡Oh tú!, de la misma sangre que los hijos de Agénor, mis señores, que
me han traído aquí. De rodillas te adoro, ¡oh rey!, según se acostumbra
en mi patria. Largo tiempo has tardado en venir al lugar de tu
nacimiento. Dueña veneranda, ven corriendo, abre las puertas. ¿Me oyes,
madre que diste a luz a este? ¿Por qué tardas en salir de los altos
atrios y abrazar a tu hijo?
YOCASTA
Al oír, ¡oh vírgenes!, estas voces fenicias[187] dentro del palacio,
vengo arrastrando mis trémulos pasos. ¡Oh hijo!, al fin veo tu
rostro después de largo tiempo, después de muchos días; que mis
brazos maternales opriman tu pecho; déjame besar tus mejillas, y que
tus rubios y rizados cabellos den sombra a mi cuello. Bendigamos,
bendigamos a los dioses, que te traen a mis brazos contra toda
esperanza. ¿Qué te diré? ¿Cómo, palpándote todo con mis manos y
hablándote al mismo tiempo, podré en múltiple deleite recordar mis
antiguas alegrías? ¡Oh hijo, hijo mío, que dejaste desierto el hogar
paterno, y sin razón fuiste desterrado por tu hermano! ¡Cuánto te echan
de menos tus amigos! ¡Cuánto la ciudad de Tebas! Desde entonces corto
sollozando mis blancos cabellos en señal de duelo, y no me he puesto
blancos vestidos, ¡oh hijo!, sino estos negros y tenebrosos paños. Pero
el anciano ciego, víctima de su profunda pena, no viendo unidos a sus
dos hijos como a dos novillos de una misma yunta, hoy separados, se
precipita sobre su espada para darse la muerte, y prepara lazos en el
techo, arrepentido de las maldiciones que ha fulminado contra vosotros,
y siempre se oculta en las tinieblas dando gritos y sollozos. Ya sé,
¡oh hijo!, que te has casado y disfrutas de los placeres conyugales,
teniendo en palacio extranjero parientes también extranjeros, motivo
de tristeza y de disgusto para mí y para el linaje del viejo Layo.
Ni yo encendí en tus bodas las nupciales antorchas, con arreglo a
nuestras leyes, y como lo hubiese hecho una madre más afortunada, ni
te lavaron las ondas del Ismeno, ni se celebró en Tebas con cantos la
entrada de tu esposa. ¡Oh! Que todo esto se acabe, o por el hierro, o
por la discordia, o por tu padre, también interesado en ello, o por el
destino, que fijó su eterno asiento en el palacio de Edipo, que yo soy
víctima de los tormentos que estos males producen.[188]
EL CORO
Doloroso es el parto de las mujeres, y sin embargo, todas aman a sus
hijos.
POLINICES
Prudente he sido, e imprudente, ¡oh madre!, en venir adonde estaban
mis enemigos; pero una fuerza irresistible nos obliga a todos a amar
a nuestra patria; quien otra cosa dice habla por hablar, pero no lo
siente. Miedo y temor tengo a un tiempo de que mi hermano me mate a
traición, y por esto he atravesado la ciudad mirando a todas partes,
y llevando en mi diestra la espada. Tranquilízanme, sin embargo, la
tregua y tu palabra, que me facilitaron la entrada en las murallas
paternas. Mucho he llorado al venir, viendo al cabo de tanto tiempo
los templos y las aras de los dioses, y los gimnasios en que me
eduqué, y la fuente Dircea, de todo lo cual fui despojado sin derecho,
habitando desde entonces en una ciudad extranjera, convertidos mis
ojos en fuentes de lágrimas. Ya te contemplo, ¡oh madre!, víctima de
incesantes dolores, con la cabeza rapada y llevando negros vestidos.
¡Ay de mí y de mis males! ¿Qué desgracia es comparable al odio entre
los que habitan bajo un mismo techo? Y ¿qué más difícil que su
reconciliación, cuando llegan a aborrecerse? Y mi viejo padre, ¿qué
hace en el palacio solo en las tinieblas? ¿Y mis dos hermanas? ¿Lloran
mi mísero destierro?
YOCASTA
Algún numen maléfico se ensaña en el linaje de Edipo desde que yo tuve
hijos contra la voluntad divina, y tu padre se casó, y tú naciste. Pero
¿de qué sirven estos recuerdos? Suframos nuestro destino. Temo y deseo
a un tiempo preguntarte por no afligir tu ánimo.
POLINICES
Pregunta sin cuidado cuanto quieras; tu voluntad, ¡oh madre!, es
también la mía.
YOCASTA
Te preguntaré primero esto: ¿qué es el destierro? ¿Es un mal grave?
POLINICES
El mayor, y tan grave, en realidad, que las palabras no pueden
expresarlo.
YOCASTA
¿Cómo así? ¿Qué clase de mal es?
POLINICES
El mayor de todos: no poder hablar con libertad.
YOCASTA
De esclavo es lo que acabas de decir, si no se puede expresar lo que se
siente.
POLINICES
Es necesario sufrir las impertinencias de los poderosos.
YOCASTA
Amargo es compartir la insensatez ajena.
POLINICES
Y por nuestro bien, y contra lo que dicta la naturaleza, es preciso
hacerse esclavos.
YOCASTA
Pero, según cuentan, la esperanza infunde aliento a los desterrados.
POLINICES
Es verdad que los mira con blandos ojos, pero tarda en cumplirse.
YOCASTA
¿Te ha probado el tiempo que son vanas las tuyas?
POLINICES
En medio de los males ofrecen cierto suave deleite.
YOCASTA
¿Cómo vivías y buscabas el sustento antes de casarte?
POLINICES
Unos días lo encontraba, otros no.
YOCASTA
¿Y los amigos de tu padre, y los que disfrutaron de su hospitalidad, no
te socorrían?
POLINICES
Que seas siempre afortunada; en la desgracia de nada te sirven los
amigos.
YOCASTA
¿Ni la nobleza de tu alcurnia te sirvió?
POLINICES
Malo es carecer de todo, que la nobleza no da de comer.
YOCASTA
La patria, según parece, es muy amada por los mortales.
POLINICES
No puedes figurarte cuán amada sea.
YOCASTA
¿Cómo fuiste a Argos? ¿Con qué objeto?
POLINICES
No lo sé; alguna deidad lo dispuso.[189]
YOCASTA
Sabios son los dioses; pero ¿cómo te casaste?
POLINICES
Apolo pronunció cierto oráculo a ruego de Adrasto.
YOCASTA
¿Cuál? ¿Qué has dicho? No lo entiendo.
POLINICES
Le ordenó dar la mano de sus hijas a un león y a un jabalí.
YOCASTA
¿Pero qué tenías tú de común con esas fieras, hijo?
POLINICES
Era de noche cuando llegué al palacio de Adrasto.
YOCASTA
¿En demanda de un albergue, o como errante desterrado?
POLINICES
Así era, y después llegó también otro desterrado.
YOCASTA
¿Quién era? Seguramente tan mísero como tú.
POLINICES
Tideo, el que llaman hijo de Eneo.
YOCASTA
¿Por qué os comparó Adrasto con las fieras?
POLINICES
Porque vinimos a las manos y reñimos por nuestros lechos.
YOCASTA
¿Entonces comprendió la profecía el hijo de Tálao?[190]
POLINICES
Sí, y nos dio en matrimonio sus dos hijas.
YOCASTA
¿Y eres feliz con tu esposa, o desventurado?
POLINICES
Hasta hoy no tengo motivos para arrepentirme.
YOCASTA
¿Y cómo conseguiste que te acompañara aquí el ejército?
POLINICES
Adrasto juró a sus dos yernos que volverían a su patria, y yo el
primero. Auxílianme muchos príncipes dánaos y de Micenas; por mí
cumplen este triste, pero necesario deber, y traigo ese ejército contra
mi patria. A los dioses pongo por testigos de que contra mi voluntad
hago la guerra a mis parientes muy amados; pero tú puedes disipar
estos males que nos amenazan, ¡oh madre!, y hacer que se reconcilien
dos hermanos, y librarme de esos trabajos, y a ti misma y a la ciudad.
Muy celebrado es este antiguo proverbio, pero lo diré, sin embargo:
mucho valen entre los hombres las riquezas, y su poder es sin igual en
las cosas humanas. Por ellas vengo aquí seguido de innumerables lanzas,
porque el noble que es pobre, nada vale.
EL CORO
He aquí a Eteocles, que acude a reconciliarse con su hermano. Deber
tuyo es, ¡oh Yocasta su madre!, hablarle de manera que se acabe la
enemistad de tus hijos.
ETEOCLES