Mujeres trecenias que habitáis en este vestíbulo,[107] que da entrada

a la tierra de Pélope: hace ya largo tiempo que reflexioné una noche

en las causas de la corrupción humana, y me parece que no todos los

hombres cometen las faltas más graves por sus escasas luces, porque en

muchos se observa juicio recto; preciso es, por tanto, confesar que,

aun conociendo lo bueno, no lo seguimos, unos por pereza y otros porque

posponemos la virtud al deleite.[108] Muchos placeres ofrece la vida,

gratos coloquios y ocio, mal que tiene su encanto, y vergüenza. Esta

es de dos clases: una no vituperable, azote la otra de las familias.

Y si las ocasiones en que se manifiestan no diesen lugar a dudas, no

serían iguales las dos palabras que las expresan. Y como he pensado

antes todo esto, no hay poder bastante fuerte que me obligue a adoptar

la opinión contraria. Pero te diré cómo he llegado a discurrir así.

Después que el amor me hirió, traté de conciliarlo con la virtud, y

comencé entonces a ocultar mi dolencia. No debía fiarlo a la lengua,

que, si a veces rectifica los pensamientos ajenos, se expone otras a

muchos males. Determiné resistir con entereza a este amoroso delirio

y dominarlo castamente. Por último, no pudiendo vencer a Afrodita, he

decidido morir. Nadie se opondrá a esta resolución. ¡Ojalá que no se

olviden mis acciones honestas, ni que las presencien muchos testigos si

son vergonzosas! No ignoraba cuán infame era mi apasionada dolencia, y

sabía además que era mujer detestada de todos.[109] Mala muerte tenga

la que mancille el lecho conyugal con quien no fuese su esposo. De

las mujeres nobles pasó este mal a las demás, porque cuando lo torpe

agrada a los de elevada alcurnia, parece a los malos honesto. Odio a

las que son castas en sus palabras y ocultamente lascivas. ¿Cómo, ¡oh

Afrodita!, señora del mar,[110] se atreven a mirar el rostro de sus

esposos y no tienen horror a las tinieblas, cómplices de sus culpas?

¿Cómo no dan voces los techos de sus casas? Mátame, ¡oh amigas!, el

temor de que mi marido sepa mi deshonra, o los hijos que he parido,

pues quisiera que, libres y hablando sin temor, brillasen en la noble

ciudad de los atenienses honrados en memoria de las virtudes de su

madre, porque detiene mucho al hombre más osado saber las maldades de

sus padres. Dicen que vale tanto como vivir ser justo y honesto. El

tiempo descubre a los malos cuando llega la ocasión, como el espejo que

refleja a la virgen. ¡Ojalá que nunca me cuenten entre ellos!

EL CORO

¡Ay, ay de mí! ¡Qué bella es la modestia y qué gloria tan egregia

ofrece a los mortales!

LA NODRIZA

Gran temor, ¡oh señora!, me ha infundido de repente tu mal; ahora

conozco mi ineptitud, y que entre los hombres los últimos pensamientos

son los más prudentes. No es extraño lo que te sucede, ni fuera de

razón se ha ensañado en ti la ira de la diosa. Tú amas; ¿por que nos ha

de sorprender? Haces lo que muchos. ¿Y perderás la vida por eso? ¿De

qué sirven a los enamorados sus amigos, y la inquietud que muestran,

si al fin han de morir? Porque Ciprina es intolerable si nos ataca con

violencia; a quien cede, persigue blandamente, y arrebata y atormenta

al orgulloso y arrogante; ¿no lo crees así? Vuela por los aires, y

la hallarás en las olas del mar, y de todo es origen. Ella inspira

y alimenta al Amor, que a todos nos ha engendrado en esta tierra.

Cuantos conocen los escritos antiguos y se consagran asiduamente al

culto de las musas, saben cómo Zeus amó en otro tiempo a Sémele,[111]

y cómo la brillante Aurora robó enamorada a Céfalo,[112] llevándolo

con los demás dioses, y habitan en el cielo, y no huyen de las demás

divinidades, sino que, según creo, sufren vencidos su suerte. ¿Y tú

no la sufrirás? Debió engendrarte tu padre de distinta manera que los

demás, y obedecerías a otros dioses si no habías de observar estas

leyes. ¿Cuántos hombres de sano juicio fingirán ignorar la deshonra

de su cónyuge? ¿Cuántos padres no protegen los amores ilícitos de sus

hijos? Entre las sagaces precauciones de los hombres cuéntase la de

ocultar lo que no es honesto. Ni conviene que vivan vida austera, como

no cuidan tampoco de alinear con esmero las paredes y el techo de sus

viviendas. Del abismo tan profundo en que has caído, ¿cómo piensas

salir? Grande es tu ventura si, siendo mortal, son más numerosos tus

bienes que tus males. Abandona, pues, ¡oh amada hija!, tus malos

pensamientos; déjate de tales sacrilegios, que lo es sobreponerte a

los dioses; sufre el amor con fortaleza, que una diosa lo envía. Ya que

esa dolencia te aqueja, cúrala dulcemente. Hay encantos y palabras que

la aplacan, y podrá encontrarse eficaz remedio. Tarde hallará algún

hombre la medicina si nosotras las mujeres no la descubrimos.

EL CORO

Lo que esta dice, ¡oh Fedra!, puede servirte ahora, y yo te alabo. Pero

mi alabanza es para ti menos grata que sus palabras, y la oirás con más

trabajo.

FEDRA

Con pláticas demasiado sabrosas se han arruinado familias y ciudades

bien gobernadas. No conviene decir lo que agrada a los oídos, sino lo

que puede traer gloria.

LA NODRIZA

¿Por qué hablas tan sublime lenguaje? Tú no necesitas de palabras

seductoras, buenas solo para ese hombre. Yo lo sondearé cuanto

antes, y le hablaré como es debido. Si no peligrase tu vida en este

trance y fueses mujer de juicio, jamás llegaría yo a ese extremo por

proporcionarte ese deleite en tu lecho; pero ahora mi principal objeto

es salvar tu vida, y nadie podrá reprobarlo.

FEDRA

¿Cómo dices tales despropósitos? ¿No cerrarás tus labios y no volverás

a pronunciar frases tan torpes?

LA NODRIZA

Torpes son, pero más convenientes ahora que las honestas, y valdrán

más si te salvare que la fama con que morirías orgullosa.

FEDRA

No pases más adelante, no, que está bien lo que dices, aunque, ¡por los

dioses!, sea vergonzoso; porque si hasta ahora, a pesar de mi amor,

no he faltado, si con palabras especiosas me inspiras sentimientos

indignos de mí, pereceré deslizándome en el abismo de que huyo.

LA NODRIZA

Si tal te parece, no debiste darle entrada en tu pecho; pero como

sucede lo contrario, obedéceme, que también redundará en tu beneficio.

Yo tengo en casa filtros[113] que aplacan la fuerza del amor, y ahora

me he acordado de ellos, y sin vergüenza ni menoscabo de tu razón te

librarán de ese mal si no eres débil; pero necesitamos alguna prenda

del que amas, algún rizo o pedazo de su vestido, para que sea una misma

vuestra amorosa pasión.

FEDRA

Y ese filtro, ¿se unta o se bebe?

LA NODRIZA

No lo sé; es menester que me ayudes y no me preguntes, ¡oh hija!

FEDRA

No es para tranquilizarme tu refinada astucia.

LA NODRIZA

Todo te asusta; ¿qué temes ahora?

FEDRA

Que reveles algo al hijo de Teseo.

LA NODRIZA

Déjame, hija, que yo te curaré bien. Solo te ruego que me favorezcas,

¡oh Afrodita, diosa marina! (_Aparte_). Lo demás que pienso hacer lo

sabrán únicamente los amigos que hay dentro.[114] (_Se retira_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Amor, Amor que con la mirada inspiras los deseos e

infundes suave deleite en los ánimos de aquellos a quienes haces la

guerra: que nunca te vea con daño mío ni tiránico me domines. Ni el

fuego ni los rayos que despiden los astros pueden compararse a la saeta

que lanza Amor, hijo de Zeus.

_Antístrofa 1.ª_ — En vano, en vano junto al Alfeo[115] y en el

templo pítico de Febo acumula hecatombes la Grecia; no adoramos al

Amor, tirano de los corazones, que guarda la llave de los lechos más

codiciados y nos pierde y nos infecta cuando nos acomete, enviándonos

todo linaje de males.

_Estrofa 2.ª_ — Pues Afrodita dio al hijo de Alcmena la doncella de

Ecalia,[116] que no había conocido el himeneo, y que por tanto ignoraba

lo que era un esposo y un tálamo nupcial, llevándola desde su palacio

en rápida nave, cual ministro veloz del Orco, con sangre y fuego, y

celebrando terribles bodas. ¡Cuán desventuradas fueron sus nupcias!

_Antístrofa 2.ª_ — ¡Oh santas murallas de Tebas! ¡Oh fuente Dircea!

Vosotras fuisteis testigos del poder de Afrodita. Con ardiente rayo

aletargó a la madre de Dioniso, engendrado por Zeus, unida a él en

himeneo funesto. Abrasa lo que toca con su hálito, y vuela como una

abeja.

FEDRA

Callad, mujeres; somos perdidas.

EL CORO

¿Qué sucede en tu palacio, ¡oh Fedra!?

FEDRA

Estaos quietas; dejadme oír los clamores que suenan dentro.

EL CORO

Callo; pero mal exordio es este.

FEDRA

¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Cuánta es mi desventura! ¡Cuántos mis males!

EL CORO

¿Qué significan tus quejas? ¿Qué tus voces? Di, ¡oh mujer!, ¿qué súbito

rumor te atorra?

FEDRA

Perdidas somos. Acercaos aquí, y escuchad el ruido que se oye dentro.

EL CORO

Tú estás a la puerta; en cuidado te han puesto los clamores que salen

del palacio. Pero dime, dime qué desgracia sucede.

FEDRA

Grita Hipólito, el hijo de la Amazona, aficionada a cabalgar,

profiriendo horribles maldiciones contra mi esclava.

EL CORO

Conozco su voz, pero no entiendo bien lo que dice. Por las hendiduras

de la puerta oirás tú sus palabras.

FEDRA

Y oigo claramente que la llama forjadora de males, y que la acusa de

hacer traición a su dueño.[117]

EL CORO

¡Ay de mis desdichas! Te han vendido, ¡oh amiga! ¿Qué consejo te daré?

Si ha descubierto el secreto, cierta es tu muerte.

FEDRA

¡Ay, ay de mí!

EL CORO

Vendida por tus amigos.

FEDRA

Me ha perdido descubriendo mi dolencia, con buena intención, es verdad,

pero sin curarla como debía.

EL CORO

¿Y qué se hace? ¿Qué harás tú, que sufres males incurables?

FEDRA

Solo me ocurre morir cuanto antes, único remedio de este infortunio.

HIPÓLITO (_que sale por una de las puertas laterales, seguido de la

nodriza. Como Fedra se halla en el hueco de la principal, y lejos, no

la ve_).

¡Oh tierra, nuestra madre, oh inmensa luz del sol! ¿Qué palabras

nefandas han manchado mis oídos?

LA NODRIZA

Calla, hijo, no te oiga alguien.

HIPÓLITO

No es posible callar, habiendo oído tales horrores.

LA NODRIZA (_suplicándole humildemente_).

Suplícote por tu barba y tu hermosa diestra.

HIPÓLITO (_rechazándola_).

No acerques tu mano ni toques mi vestido.

LA NODRIZA (_echándose a sus pies_).

¡Por tus rodillas, que abrazo, no me pierdas!

HIPÓLITO

¿Y cómo así, cuando, según aseguras, no has dicho nada malo?

LA NODRIZA

Lo que yo he dicho, ¡oh hijo!, no debe saberlo el vulgo.

HIPÓLITO

Mejor es, sin embargo, que el vulgo solo sepa lo bueno.

LA NODRIZA

¡Oh hijo!, no quebrantes tu juramentos.

HIPÓLITO

La lengua juró; el alma no ha jurado.[118]

LA NODRIZA

Hijo, ¿qué vas a hacer? ¿Perderás a tus amigos?

HIPÓLITO

Les niego ese nombre: ningún malvado es mi amigo.

LA NODRIZA

Perdona; siempre han errado los hombres, ¡oh hijo!

HIPÓLITO (_dirigiéndose al público, mientras la nodriza se

levanta_).[119]

¡Oh Zeus! ¿Por qué dispusiste que las mujeres viesen la luz del

sol, si son cebo engañoso para los hombres? Si deseabas que estos

se multiplicasen, no debías haberlas creado, sino que ellos en sus

templos, pesando el oro, o el hierro, o el bronce, comprasen los hijos

que necesitaran, pagando el justo precio de cada uno, y que viviesen

en sus casas, libres de femenil compañía. Ahora, como han de morar con

nosotros, agotan nuestros recursos. Manifiesto es de aquí qué azote

tan grande es la mujer; pues el padre, que la engendra y la educa,

da además la dote y la casa para librarse de ella: al contrario, el

que recibe en su hogar esta peste destructora, goza engalanando a una

pésima estatua, y la viste con sus mejores ropas, y el desventurado

gasta así sus rentas. Obligado se ve, si ha de emparentar con familia

ilustre, a mostrarse alegre y ser fiel en su amargo consorcio, o si

es buena la esposa y pobres los suegros, a remediar bondadosamente su

infortunio. Lο mejor, si ha de vivir con nosotros, es que la fortuna

nos favorezca, dándonos una compañera inepta y demasiado sencilla.

Aborrezco a la sabia; que no albergue un mismo lecho a la que sepa más

que yo, y más de lo que conviene a una mujer. Porque Afrodita hace a

las doctas las más depravadas, y la sencilla, por sus cortos alcances,

está libre de deshonestidad. Convendría también que no las acompañasen

esclavas, sino que habitasen con ellas monstruos mudos o fieras, con

quienes no pudiesen hablar ni oír su voz. Ahora sus esclavas no cesan

de urdir intrigas vituperables, y después las ejecutan fuera de su

casa, como tú (_A la nodriza_), ¡oh malvada!, osando proponerme que

profane el sagrado lecho de mi padre: yo me purificaré de esta mancha

en agua corriente, lavando con ella mis oídos. ¿Qué me sucedería si

fuese criminal, cuando ni aun me creo puro habiéndola oído? Ten muy

presente lo que te digo, ¡oh mujer!; solo mi piedad te salva; a no

haberme tendido una red con mi propio juramento, jamás me contuviera,

y lo hubiese revelado a mi padre. Pero ya que Teseo está ausente por

mucho tiempo, me iré de este palacio, y mis labios guardarán silencio.

Veremos a ver cuando vuelva cómo arrostráis su presencia tú y tu

señora: ya avisado, sabré hasta dónde llega tu audacia. ¡Que perezcáis

ambas! Nunca me cansaré de odiar a las mujeres, aunque alguno diga

que tal es siempre mi propósito; y no se engaña, en efecto, porque

son siempre malvadas. Que aprendan a ser castas, o nunca dejaré de

ensañarme con ellas.[120] (_Retírase_).

FEDRA

Mísera y desventurada es nuestra suerte. ¿Qué artes emplearemos, qué

recursos, frustrada nuestra esperanza, para desatar el nudo de esta

intriga? Recibimos el castigo merecido, ¡oh tierra y luz! ¿Cómo evitaré

estas calamidades? ¿Cómo, ¡oh amigas!, ocultaré mi mal? ¿Qué dios me

favorecerá, qué hombre me ayudará? ¿Quién querrá hacerse cómplice de

maldades tan impías? No veo medio alguno de alejar la tempestad que

amenaza a mi vida. ¡Soy la más infeliz de las mujeres!

EL CORO

¡Ay, ay! Ya no tiene remedio, y de nada sirvieron los artificios de tu

esclava, ¡oh señora!, que el resultado ha sido desastroso.

FEDRA (_acércase a Fedra la nodriza_).

¿Qué has hecho en mi daño, ¡oh tú, la peor de las mujeres, ruina de

tus amigos!? Que Zeus, mi progenitor,[121] te hiera con sus rayos y

te extermine. ¿Acaso no te dije, previniendo tu propósito, que no

revelases mi mal? Pero no pudiste callar, y ya no moriremos sin mancha.

Necesito ahora apelar a otros medios. Él, enfurecido ya contra mí,

descubrirá tu falta con deshonra mía a su padre, contará al viejo

Piteo sus desdichas, y pronunciará en todas partes los más denigrantes

discursos. Que mueras tú y cualquier otro, pronto a hacer lo que no

debe, repugnándolo sus amigos.

LA NODRIZA

Razón tienes, ¡oh señora!, en reprenderme: como estás afligida, no

dejas descanso a tu juicio; pero te responderé, si me lo permites. Te

he criado, y te quiero bien: buscando remedio a tu dolencia, me dejé

llevar de mi buen deseo. Si mi propósito se hubiera realizado, me

creerían muy prudente, que el éxito favorable nos da de ordinario fama

de tales.

FEDRA

¿Es justo, acaso, y quedaré satisfecha, dándote la razón, después de

afligirme tanto?

LA NODRIZA

Ociosa es nuestra disputa: no he sido cuerda, pero todavía puedo

salvarte.

FEDRA

No hables más; antes erraste, y me has acarreado grave desdicha. Vete,

pues, y piensa en ti; yo cuidaré de mí. Vosotras, nobles jóvenes

trecenias, favorecedme solo en lo que os ruego, callando cuanto habéis

oído hasta ahora.

EL CORO

Juro por la casta Artemisa, hija de Zeus, que jamás publicaré tus males.

FEDRA

Has dicho bien. Por más que pienso solo hallo un remedio a mi

desventura para que mis hijos vivan honrados, y salga yo como pueda

de este abismo. Jamás llenaré de oprobio a mi familia de Creta ni me

presentaré a Teseo, torpemente manchada por la oficiosidad de mi única

amiga.

EL CORO

¿Te expondrás acaso a sufrir algún daño irreparable?

FEDRA

Solo anhelo morir; el cómo, yo lo pensaré.

EL CORO

No pronuncies palabras de mal agüero.

FEDRA

Y tú aconséjame bien. Yo llenaré de gozo a Ciprina, que me ha perdido,

dejando hoy de vivir, víctima de un amor cruel. Pero después de muerta,

causaré daño a otro para que no se enorgullezca con mis males, y para

que, participando también de mi pena, aprenda a ser más modesto.

(_Entra Fedra en el palacio_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Ojalá que ahora me viese en los profundos valles de

las montañas y algún dios me convirtiera en ave alígera y me juntase

con los demás volátiles! Desde lo alto de los aires contemplaría

las olas del mar Adriático y las aguas del Erídano, en donde tres

desventuradas doncellas, llorando a Faetón, aumentan las ondas

purpúreas de su padre con los brillantes destellos de sus lágrimas de

ámbar.[122]

_Antístrofa 1.ª_ — Y volaría a la costa de las cantatrices

Hespérides,[123] rica en manzanas, do el marino rey del purpúreo lago

no da paso a los navegantes, defendiendo los límites venerandos del

cielo, que sostiene Atlas, y adonde las fuentes destilan ambrosía en

el palacio de Zeus, y la divina y alma tierra derrama para los dioses

abundante dicha.

_Estrofa 2.ª_ — ¡Oh nave cretense de blancas alas que, surcando las

sonoras y marinas aguas del piélago, trajiste a mi señora de su feliz

morada, para disfrutar del más desventurado himeneo! O de ambas

regiones o de la tierra de Creta voló genio funesto a la ínclita

Atenas; pero ataron las puntas de los torcidos cables en la ribera de

Muniquia,[124] y descendieron al continente.

_Antístrofa 2.ª_ — Por esto aquejó su ánimo amorosa dolencia y pasión

ilícita, y fue víctima de dura calamidad, y del techo que contempló

su himeneo cuelga lazo fatal que ceñirá su blanco cuello en honor de

triste diosa, prefiriendo morir sin infamia y librar su alma de amor

molesto.

UNA ESCLAVA (_desde dentro_).

¡Ay, ay! Socorredme todos los que se hallen cerca de este palacio: mi

señora, la esposa de Teseo, yace suspendida de lazo fatal.

EL CORO

¡Ay, ay! Consumose ya el suicidio. Ya no existe la esposa del rey,

ahorcada con nudo corredizo.

LA ESCLAVA

¿No os daréis prisa? ¿Nadie traerá un cuchillo de dos filos para

cortar la cuerda que rodea su cerviz?

PRIMER SEMICORO

¿Qué hacemos, amigas? ¿Queréis entrar en el palacio y desatar los

apretados lazos que ahogan a mi dueña?

SEGUNDO SEMICORO

¿A qué, pues? ¿No hay servidores jóvenes? No es prudente a veces

mezclarse en ciertos negocios.

LA ESCLAVA

Extended el mísero cadáver de la dueña de este palacio, que llenará de

amargura a mi señor.

EL CORO

Según oigo ha perecido esta infeliz, puesto que extienden su cadáver.

TESEO (_que llega coronado de laurel_).[125]

¿Sabéis, mujeres, qué significan estos clamores que se oyen en el

palacio? Fuerte vocerío de esclavas ha llegado hasta mí. Mi familia no

se digna, sin duda, salir a saludarme, abriendo las puertas con alegría

cuando vuelvo de consultar al oráculo. ¿Ha sucedido algo a Piteo, ya

de edad avanzada? Muchos son sus años, y, sin embargo, con sentimiento

mío dejará este palacio.

EL CORO

Esta desgracia, ¡oh Teseo!, no afecta en nada a los ancianos: muertos

más jóvenes afligirán tu alma.

TESEO

¡Ay de mí! ¿Ha fallecido acaso alguno de mis hijos?

EL CORO

Viven; muerta su madre, pena dolorosa para ti.

TESEO

¿Qué dices? ¿Ha perecido mi esposa? ¿De qué manera?

EL CORO

Preparó un lazo en el techo para estrangularse.

TESEO

¿De dolor a causa de algún accidente desgraciado?

EL CORO

Solo esto sabemos; hace poco, ¡oh Teseo!, que yo, que deploro tus

males, llegué a este palacio.

TESEO

¡Ay, ay! ¿A qué me presento llevando en mi cabeza corona de hojas

entrelazadas, consultor desventurado del oráculo? (_Se arranca la

corona_). Abrid las puertas, servidores; quitad las barras, para que

contemple el horrible espectáculo que va a ofrecerme mi esposa, cuya

muerte me ha perdido. (_Ábrense las puertas y dejan ver el cadáver

de Fedra_).[126] ¡Ay, ay! ¡Cuán infortunado soy! ¡Cuán crueles mis

males! Tú también has sufrido; tú que has osado cometer una acción

que será la ruina de tu familia. ¡Ay, ay! ¡Cuánta ha sido tu audacia!

¡Oh tú, muerta violentamente con muerte impía y por tus mismas manos!

¿Qué dios, ¡oh desdichada!, te borró del libro de la vida? ¡Ay de los

males que mísero sufro! Este es el mayor de todos. ¡Oh fortuna funesta

para mí y para mi palacio, mancha inesperada, obra de las Furias, que

pondrá término a mi vida intolerable![127] Solo vislumbro un piélago de

desdichas, del cual nunca podré salir sin luchar con sus calamitosas

olas. Quitad las barras, que yo contemple ese horrible espectáculo.

¿Con qué palabras, cómo, desgraciado, apostrofaré a tu adversa fortuna,

¡oh mujer!? Te escapaste de mis manos volando como un ave, y con salto

rápido te lanzaste en la morada de Hades. ¡Ay, ay, ay, ay! Dignos de

lástima son estos infortunios. Por alguna causa estaba condenado a esta

pena hace tiempo; quizá por haber faltado a los dioses alguno de mis

progenitores.

EL CORO

No eres tú solo el que sufre estos males repentinos, que otros muchos

han perdido también sus esposas.

TESEO

A las infernales, a las infernales tinieblas quiero descender, y vivir

sin ventura en ellas, privado de tu muy dulce trato. Mayor es mi

desdicha que la tuya. ¿Quién declarará, ¡oh mujer!, la causa de ese

fatal propósito? ¿Me lo dirán, o en vano estará lleno mi real palacio

de esta muchedumbre de criados? ¡Cuánto lloro, ay de mí, desventurado,

que ya veo el luto que ha de cubrir esta mansión, que ni puede

expresarse ni tolerarse! Yo muero: desierto está mi hogar, huérfanos

mis hijos. (_Se precipita sobre ella y abraza su cadáver_).

EL CORO

Nos has abandonado, nos has abandonado, ¡oh amada!, la mejor de las

mujeres que ven la luz del sol, y la luna, que alumbra de noche,

rodeada de estrellas. ¡Desventurada de mí, cuántos males sufre este

palacio! Mis párpados, húmedos de lágrimas, llorarán tu destino; ya

preveo con horror el nuevo infortunio que nos amenaza.

TESEO (_que se levanta, teniendo entre sus manos las de Fedra_).

¡Ah, ah! ¿Qué significan estas tablillas suspendidas de una mano amada?

¿Anunciarán alguna nueva calamidad? ¿Dispondrá acaso la infeliz lo que

debo hacer de su lecho y de sus hijos? No te inquietes, desventurada,

que ninguna otra mujer entrará en el palacio y ocupará tu lugar al lado

de Teseo. Y he aquí que el sello de la piedra preciosa, encerrada en el

anillo de oro de la difunta, me enternece de nuevo. Veamos, desatando

los lazos del sello, qué quieren decir estas letras.

EL CORO

¡Ay, ay! Alguna deidad preparará un nuevo mal, no contenta con los

pasados. Ya no podrá vivir después de lo que ha sucedido, qué grave

desdicha, ¡ay, ay!, ha arruinado a la familia de mis reyes. ¡Oh numen

fatal! Si es posible todavía, no destruyas este palacio, sino óyeme,

atiende a mis súplicas, que, como adivino, me inquietan anticipadamente

presagios de alguna nueva calamidad.

TESEO

¡Ay de mí! Un nuevo infortunio sucede al otro, que ni se puede expresar

ni sufrir. ¡Ay desventurado de mí!

EL CORO

¿Qué hay? Dilo, si puede interesarme.

TESEO

Estas letras, sí, estas letras dicen a voces lo que no puede tolerarse.

¿Adónde huir? ¿Cómo evitaré tal cúmulo de males? Perdido muero: triste

queja, triste queja publican estas líneas. ¡Ay de mí, mísero!

EL CORO

¡Ay, ay de mí! Profieres palabras preludio de nuevas desdichas.

TESEO

Ya mis labios no callarán más tiempo este funesto mal, que cuesta

trabajo decir, ¡oh ciudad! Hipólito se ha atrevido a manchar por fuerza

mi lecho, despreciando el ojo venerando de Zeus.[128] Pero, ¡oh padre

Poseidón!, que en otro tiempo me prometiste cumplir tres votos míos,

cumple uno contra mi hijo: que muera hoy, si me concediste ese don.

EL CORO

Desdícete, ¡oh rey!, por los dioses, que después, mejor informado, te

arrepentirás de tu falta; obedéceme.

TESEO

No es posible. Además, lo desterraré de aquí; uno de estos dos destinos

ha de alcanzarle: o Poseidón lo enviará muerto al palacio de Hades,

cumpliendo mis votos, o lejos de este territorio y vagando en tierra

extraña, pasará triste vida.

EL CORO

Mira cuán oportunamente se presenta tu hijo Hipólito: aplaca, ¡oh rey

Teseo!, tu injusta ira, y resuelve lo que más convenga a tu familia.

HIPÓLITO (_seguido de sus amigos y compañeros de caza_).

Al oír tus clamores, ¡oh padre!, he venido precipitadamente, y aunque

no sé cual sea la causa que te hace gemir ahora, deseo oírla de tus

labios. Vamos, ¿qué hay? Veo muerta a tu esposa, ¡oh padre!, con gran

sorpresa mía, puesto que la dejé no ha mucho mirando esta misma luz.

¿Qué le ha sucedido? ¿Cómo ha muerto? Quiero, ¡oh padre!, oírlo de ti.

¿Callas? Cuando los males nos cercan no es ocasión de callar, porque

nuestro corazón, deseoso de saberlo todo, quiere conocer también las

desdichas. No es justo, ¡oh padre!, que a tus amigos, y a los que son

algo más que esto, ocultes tus males.

TESEO (_que miraba fijamente a Hipólito mientras hablaba, y ahora

separa de él la vista_).

Hombres que tanto y tan vanamente estudiáis, ¿a qué aprendéis

innumerables artes, y sobre todo investigáis y pensáis, y la única que

no sabéis ni podéis enseñar es la de hacer bueno al que no lo es?

HIPÓLITO

Has llamado sabio consumado a cualquiera que sea capaz de hacer buenos

a los que no lo son. Pero como no me parece oportuno descender ahora a

sutiles disputas, ¡oh padre!, temo que tu lengua, dejándose dominar del

infortunio, no guarde moderación.

TESEO

¡Ay! Convenía que hubiese una señal cierta entre los hombres para

conocer a los amigos, y distinguir el verdadero del falso, y debían

tener también dos voces, una de ella veraz y otra no, fuese la que

fuese, para que, al pensar cosas injustas, le arguyese la voz justa y

no nos engañase.

HIPÓLITO

Acaso me ha calumniado alguno de tus amigos, deslizándose en tu oído, y

me acusas sin culpa. Maravíllanme, sin duda, tus palabras, aberraciones

de un sano juicio, que me ofenden.

TESEO

Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3) · 第 5 / 25 段