La diosa Afrodita, despreciada por Hipólito, hijo de Teseo, deseoso

de conservar su virginidad, trama su ruina y la satisfacción de su

venganza, inspirando a su madrastra Fedra un amor violento por él; pero

no osando declarárselo, y víctima de su pasión vehemente, la confía a

su nodriza en ausencia de su esposo Teseo, la cual comete la insigne

imprudencia de participarla a Hipólito, que se indigna y la rechaza con

toda su energía. La desdichada Fedra, sabedora del mal éxito de esta

tentativa, resuelve suicidarse y ejecuta su proyecto ahorcándose, si

bien se venga de su hijastro dejando al morir unas tablitas suspendidas

de su cadáver, en las cuales dice que, contra su voluntad y forzada por

Hipólito, ha manchado el lecho nupcial. Entonces Teseo, sin informarse

con escrupulosidad de la certeza de esta acusación, y recordando que

Poseidón le había prometido realizar tres votos suyos, le pide que

mate a Hipólito, y lo destierra de su reino. El mísero e inocente

joven, lleno de dolor, y no queriendo faltar a su juramento de no

publicar la declaración de la nodriza, huye en su carro, acompañado

de sus más fieles servidores, y perece en el camino acometido por un

toro, que suscita contra él el dios marino. Cuando lo traen moribundo

a la presencia de Teseo, se aparece Artemisa, su amiga y protectora,

descubre su inocencia y lo consuela, profetizando los honores y fiestas

que se le tributarán en lo sucesivo.

Esta tragedia, imitada por Séneca y por Racine, no puede juzgarse

desde el punto de vista de nuestras ideas como lo han hecho de

ordinario la mayor parte de los críticos. Han olvidado que este

espectáculo era entre los griegos esencialmente religioso, dirigido a

poner de relieve el incontrastable poder del destino y la debilidad

humana, fortificando por el temor dicho sentimiento religioso, y que

el HIPÓLITO no solo no produce ese efecto, puesto que nos inspira odio

y aversión justísima contra Afrodita, diosa vengativa y egoísta, sino

que la base de su argumento es un amor adúltero e incestuoso, asunto

mirado como indigno de la solemnidad y elevación de la tragedia,

que suscitó con razón en su tiempo las censuras más acerbas. Por lo

demás, no estamos, conformes con los que juzgan las obras dramáticas

griegas como podrían juzgar una tragedia moderna.[82] Hipólito no es

un caballero andante de la Edad Media, sino un griego de los tiempos

heroicos, excesivamente casto, que miraba a las mujeres con desprecio,

y que justamente indignado de la declaración de la nodriza de Fedra,

huye de ella y ni siquiera repara en el coro de mujeres que lo observa.

Por consiguiente, no hay en su conducta la inverosimilitud y la

grosería que se supone, sino, al contrario, un motivo más para que

Fedra, a quien no ve, llena de vergüenza, precipite su resolución de

suicidarse. Verdad es que su larga declamación contra las mujeres no

es del mejor gusto; pero también convendremos en que pocas veces se

debería hablar de ellas como Hipólito lo hace esta bajo la impresión

de las infames proposiciones de la nodriza y del descubrimiento del

amor criminal de la mujer de su padre. Si Teseo no aparece hasta el

fin, no es por otra razón que para hacer más verosímil cuanto sucede en

su ausencia y después de su llegada; solo así, y dejándose arrastrar

del dolor que siente al contemplar el cadáver de su esposa, se concibe

que, trastornado por la ira, condene a su hijo al destierro y pida a

Poseidón su muerte. La de Fedra y su póstuma venganza son tan naturales

y verosímiles, que lo contrario sería indudablemente afectado e

inverosímil. ¿Fedra era cristiana o era griega? Suicidándose dominada

por el amor, el despecho y la vergüenza, ¿qué cosa más natural que

su venganza de Hipólito? Los héroes y heroínas de la Grecia, como el

Áyax de Sófocles, no se arrepientan de su propósito, una vez decididos

a ejecutarlo como debieran hacerlo si fueran buenos cristianos. Lo

mismo acontece con las demás críticas superficiales que se han hecho

de esta tragedia, que no refutamos tan fácilmente como las anteriores

para no alargar más de lo justo estas líneas. En nuestro concepto, y

prescindiendo del defecto capital indicado, el HIPÓLITO es una obra

dramática digna de la Grecia y de Eurípides, y hay en ella rasgos y

escenas, como la del diálogo entre la nodriza y Fedra, en que esta

le revela su pasión, que no ceden a las mejores de ninguna otra de

cualquier época ni de cualquier pueblo.

Respecto a la fecha de su representación, no tenemos otros datos que

los que nos ofrece el autor del argumento griego: sus palabras son

las siguientes: ἐδιδάχθη ἐπὶ ᾿Επαμείνονος ἄρχοντος Ὀλυμπιάδι πζ’ ἔτει

τετάρτῳ. πρῶτος Εὐριπίδης, δεύτερος ᾿Ιοφῶν, τρίτος Ἴων. ἔστι δὲ οὗτος

ὁ Ἱππόλυτος δεύτερος, καὶ Στεφανίας προσαγορευόμενος. ἐμφαίνεται δὲ

ὕστερος γεγραμμένος· τὸ γὰρ ἀπρεπὲς καὶ κατηγορίας ἄξιον ἐν τούτῳ

διώρθωται τὸ δράματι.

Como al mismo tiempo los últimos versos de esta tragedia hablan de la

muerte de los grandes hombres, se ha creído que Eurípides alude a la

de Pericles, ocurrida en el año II de la guerra del Peloponeso, cuya

fecha concuerda, en efecto, con la indicada por el autor citado: esto

es, en la olimpiada 87, 4. Sépase, además, que esta tragedia, llamada

_Hipólito que trae la corona_ (στεφανηφόρος), es una refundición de

otra, cuyo título era _Hipólito velado_ (καλυπτόμενος), porque no se

contentaba con ofrecer la corona a Artemisa, volviendo las espaldas

a Afrodita, sino que se cubría el rostro al pasar por delante de la

estatua de esta.

PERSONAJES

AFRODITA.

HIPÓLITO, _hijo de Teseo y de la amazona Antíope._

SERVIDORES DE HIPÓLITO.

CORO DE MUJERES TRECENIAS.

LA NODRIZA DE FEDRA.

FEDRA, _esposa de Teseo, hija de Minos._

UN MENSAJERO.

TESEO, _rey de Atenas, hijo de Egeo._

OTRO MENSAJERO.

ARTEMISA.

La acción es en Trecén.

La escena representa el palacio de Teseo en esta ciudad, y a la

izquierda y a la derecha de la puerta se ven las estatuas de Afrodita

y de Artemisa.

AFRODITA

Yo soy Afrodita, diosa célebre y venerada en la tierra y en el cielo,

propicia a cuantos habitan entre el Ponto Euxino[83] y los confines

del Atlántico y ven la luz del sol, rindiendo homenaje a mi poder,

y funesta a los que se ensoberbecen contra mí. Es conforme a la

naturaleza de los dioses que reciban placer de los honores que se les

tributan. Pronto probaré esta verdad, porque Hipólito, hijo de Teseo,

descendiente de las Amazonas[84] y discípulo del casto Piteo,[85] es

el único mortal que en Trecén[86] se atreve a escarnecerme, diciendo

que soy la peor de las deidades, y odia el lecho nupcial, y no quiere

casarse, y rinde culto a Artemisa, hermana de Febo e hija de Zeus,

creyendo que es la diosa de más poder, y vive siempre en su virginal

compañía en la verde selva, persiguiendo a las fieras con sus ágiles

perros, frecuentando su trato y dándose más que humana importancia.

Seguramente no lo hago por envidia, pues ¿a qué vendría? Pero me

vengaré hoy de él, porque me ha ofendido; y como hace ya tiempo que

preparo mi venganza, no me será difícil realizarla. Muéveme a ella que

cuando vino del palacio de Piteo al campo de Pandión[87] para asistir a

las fiestas y ceremonias de los sagrados misterios,[88] lo vio Fedra,

noble esposa de su padre, y la inspiré un amor ardiente, y antes de

llegar a Trecén, y en la misma roca de Palas,[89] que mira hacia aquí,

edificó para mí un templo, ardientemente enamorada de Hipólito, que

peregrinaba a la sazón, y en honor suyo quiso que en adelante se

llamase el templo de Afrodita. Pero cuando Teseo abandonó el país de

Cécrope,[90] desterrado en castigo de la muerte de los Palántidas,[91]

y navegó hacia aquí con su esposa para sufrir voluntariamente penosa

relegación, que ha de durar un año, ella no hace más que gemir, y

estimulada por el aguijón del amor, sufre en silencio su desventura,

y ninguno de sus servidores conoce la causa de su mal. Este amor

no dejará de dar su fruto, y yo lo descubriré a Teseo, y se hará

público. Y su padre matará a este enemigo mío, pronunciando terribles

imprecaciones, que cumplirá Poseidón, dios del mar, por haberse

obligado a hacer tres veces lo que le pidiera Teseo. Ínclita es Fedra

y morirá, sin embargo, porque su ruina no pesará tanto en mi ánimo que

consienta en que mis enemigos queden impunes y renuncie a mi propósito.

Pero como veo a Hipólito, el hijo de Teseo, que viene hacia aquí para

descansar de las fatigas de la caza, abandonaré estos lugares. Síguenle

multitud de servidores cantando himnos en honor de Artemisa; no sabe

que ya se abrieron para él las puertas de la muerte, y que este será el

último día que ha de ver.

HIPÓLITO (_que trae una corona, seguido de sus compañeros de caza_).

Seguidme, seguidme cantando en honor de Artemisa, nuestra protectora

celestial, hija de Zeus.

EL SÉQUITO DE HIPÓLITO[92]

Salve, diosa muy augusta, hija de Zeus, digna, digna de veneración;

salve, Artemisa, hija de Leto y de Zeus, la más hermosa de las

vírgenes, que en el vasto cielo habitas en el ilustre palacio paterno,

resplandeciente con el oro de Zeus.

HIPÓLITO (_dirigiéndose hacia la estatua de Artemisa_).

Salve, ¡oh bellísima, bellísima Artemisa!, virgen que moras en el

Olimpo: para ti traigo esta corona tejida de flores no libadas, que la

adornan, y cogidas por mí en donde el pastor no se atreve a llevar sus

rebaños ni ha entrado jamás el hierro: solo la primavera visita este

prado y las abejas no le tocan, y el pudor lo nutre con húmedo rocío.

El que nada adquirió con el estudio y en todo es igualmente casto

por naturaleza, puede cortar sus flores, no los malvados. ¡Oh dueña

querida!; recibe esta corona de mis manos piadosas para engalanar tus

cabellos de oro. Solo entre los mortales disfruto de este privilegio; a

tu lado estoy siempre, contigo hablo, y escuchas mi voz, aunque no vea

tu rostro. Como he empezado, así acabaré mi vida.

UN SERVIDOR (_que se separa del coro_).

¡Oh rey!, puesto que a nuestros señores debemos llamar como a los

dioses,[93] ¿quieres oír un consejo útil?

HIPÓLITO

Con mucho gusto: si no lo hiciera, no parecería sabio.

SERVIDOR

¿Conoces una ley que ha de regir a los mortales?

HIPÓLITO

No; ¿a qué ley aludes?

SERVIDOR

A la que nos manda evitar la ostentación y lo que no sea grato a todos.

HIPÓLITO

Muy bien dicho; en verdad, ¿qué hay más repugnante que el hombre

orgulloso?

SERVIDOR

En la urbanidad, ¿no se nota cierta gracia, que nos concilia la

benevolencia de las gentes?

HIPÓLITO

Mucha, sin duda, y ofrece largo lucro con poco trabajo.[94]

SERVIDOR

¿Y crees que con los dioses sucede lo mismo?

HIPÓLITO

Sí, porque los hombres, obrando así, obedecen las leyes divinas.[95]

SERVIDOR

¿Y por qué tú no saludas a una diosa veneranda?

HIPÓLITO

¿A cuál? Guárdate de ofenderme.

SERVIDOR

A Ciprina, la que preside a tus puertas.[96]

HIPÓLITO

Como estoy puro, la saludo desde lejos.

SERVIDOR

Pero es digna de veneración, e insigne entre los mortales.

HIPÓLITO

Cada dios y cada hombre eligen recíprocamente al que mejor les parece.

SERVIDOR

Que seas feliz, si sabes cuanto te interesa.

HIPÓLITO

No me agradan los que reverencian de noche a los dioses.

SERVIDOR

Necesario es, ¡oh joven!, darles culto.

HIPÓLITO

Id, compañeros, y cuidad en el palacio de preparar nuestro sustento,

que es grata una mesa abundante después de la caza, y conviene que los

caballos se repongan de sus fatigas, para que al uncirlos al carro,

satisfecho mi apetito, lo rija sin trabajo; que tu Ciprina se conserve

buena mucho tiempo. (_Retírase con su séquito_).

SERVIDOR (_ante la estatua de Afrodita_).

Por lo que hace a mí, que no debo imitar a los jóvenes, y pensando

humildemente como siervo, adoro tu imagen, ¡oh Afrodita!, señora mía;

perdona al que así delira hablando de ti, porque siento hervir en su

pecho el fuego de la adolescencia;[97] disimula si lo oyes, que los

dioses han de ser más prudentes que los hombres.

EL CORO (_que viene del campo_).

_Estrofa 1.ª_ — Fama tiene un peñasco a la orilla de la mar, que

destila agua, del cual brota una fuente en donde se llenan las urnas.

Cierta compañera mía lavaba allí vestidos de púrpura, y los ponía a

secar después en el peñasco abrigado y tibio.[98]

_Antístrofa 1.ª_ — Ella, la primera, me contó el rumor de que mi dueña

no salía de su palacio, consumiéndose en doliente lecho, y que sutiles

telas velaban su cabeza. Tres días hace ya, según he oído, que su boca

no saborea los frutos de Deméter ni se alimenta su cuerpo, y que oculta

pena la arrastra a desear la muerte, término de su mísera existencia.

_Estrofa 2.ª_ — Sin duda te ha tocado Pan, ¡oh joven!, o Hécate, o los

venerables coribantes, o la madre que recorre los montes, y por eso

deliras.[99] Acaso pecaste contra Dictina,[100] que vive gozosa entre

las fieras, y no le has ofrecido sacrificios ni libaciones, y por esto

te consumes, que también ella atraviesa los mares y va más allá de la

tierra, en los salados remolinos del húmedo piélago.

_Antístrofa 2.ª_ — ¿Acaso tu marido, el primero de los hijos de

Erecteo, noble varón, se deleita en tu palacio profanando tu lecho con

ilícitos amores? ¿Ha navegado algún marinero desde Creta[101] a este

puerto, el más hospitalario, trayendo a la reina algún fatal mensaje,

y esa es la causa de su tristeza, y de que yazga en su lecho y esté

afligido su corazón?

_Epodo_. — Solo en las mujeres se ven juntas la frivolidad natural a su

sexo y cierta propensión a la melancolía, tan perjudicial como molesta,

ya por temor a los dolores del parto, ya por su innata demencia. Por

mis entrañas discurrió alguna vez este aura, e invoqué a la diosa que

nos ayuda en tan apurado trance, a Artemisa, diestra en disparar sus

saetas, y siempre propicios los dioses, me favoreció mucho en mis

trabajos. Pero he aquí a la vieja nodriza que la saca del palacio:

triste nube se mece en torno de sus cejas. Quisiera saber la causa

funesta que ha alterado la salud de la reina. (_Las esclavas traen a

Fedra recostada en un lecho portátil_).

LA NODRIZA

¡Oh males humanos y tristes dolencias! ¿Qué haré por ti? ¿Qué no haré?

Mira la clara luz que te alumbra, mira el aire. Fuera del palacio está

ya el lecho en que descansas de tus dolores. Solo hablabas de venir

aquí; pero no tardarás en volver a tu nupcial aposento. Pronto varías

de parecer, y nada te divierte; no te agrada lo que posees, y anhelas

lo que no tienes. (_Dirigiéndose al público mientras Fedra dormita_).

Más fácil es enfermar que asistir al doliente, porque lo primero es

sencillo y natural, y en lo segundo se junta la aflicción del alma

al sufrimiento del cuerpo. Llena de tormentos está la vida humana, y

no hay descanso en nuestras penalidades; y si tan dulce es vivir, a

lo mejor nos envuelven las tinieblas de la muerte. Perdidamente nos

enamoramos de esta luz, que brilla alguna vez en la tierra, sin saber

lo que pasa en la otra vida, ni conocer nada de lo que sucede debajo de

nosotros; temerarias son las ilusiones que nos arrastran.

FEDRA (_revolviéndose inquieta_).

Levantad mi cuerpo, sostened mi cabeza; no tengo fuerzas para mover

mis miembros, ¡oh amigas! Acercaos, servidoras, y apoyaré mis brazos

dulcemente. Pésame la diadema en las sienes; quítala, que mis cabellos

se esparzan por mis hombros. (_Dos esclavas sostienen a Fedra en los

brazos; la nodriza recibe en su pecho la cabeza y le quita la diadema_).

LA NODRIZA

Ten ánimo, ¡oh hija!, y no te agites, que así se agravará tu

padecimiento. Más tolerable será descansando tranquila y sufriendo con

noble resignación: ley es de los mortales luchar con los dolores.

FEDRA

¡Ay, ay! ¡Ojalá que yo beba agua cristalina de fresca fuente, y que

bajo blancos álamos y en verde prado yazga reclinada!

LA NODRIZA

¿Qué dices, hija? No hables así delante de esta gente, ni profieras

palabras insensatas.

FEDRA (_delirando y agitándose inquieta en su lecho_).

Llevadme a las selvas; que vaya yo a los bosques y a los pinares, en

donde corren los perros que matan a las fieras, saltando sobre los

manchados ciervos; deseo, por los dioses, animarlos con mis gritos, y

lanzar el dardo tesálico rozando con mi blonda cabellera, y vibrar en

mi mano la saeta de acerada punta.

LA NODRIZA

¿Por qué, ¡oh hija!, revuelves esto en tu ánimo? ¿A qué cuidarte ahora

de la caza? ¿A qué apetecer las ondas de las fuentes? Cerca del palacio

hay una colina húmeda, en donde puedes beber a tu gusto.

FEDRA

¡Oh Artemisa!, señora de la marina Limnes[102] y de los ecuestres

gimnasios: ¡ay, si estuviera en tu campo domando caballos vénetos![103]

LA NODRIZA

¿Por qué, delirando de nuevo, pronuncias tales palabras? Hace poco

que, como si te hallaras en los montes, te arrastraba la afición a la

caza; ahora, segunda vez, y lejos de las ondas, deseas regir caballos.

Adivino consumado es preciso ser para explicar todo esto: ¿qué dios,

¡oh hija!, te hace tascar el freno y extravía tu juicio?

FEDRA (_cayendo abatida en su lecho_).

¡Infeliz de mí! ¿Qué he hecho? ¿Cuál ha sido mi absurdo delirio? He

perdido la razón, he caído en las redes de alguna deidad funesta. ¡Ay,

ay mísera de mí! Nodriza, cubre otra vez mi cabeza; me avergüenzo de

lo que he dicho hace poco. Cúbrela; lágrimas brotan de mis ojos, y el

pudor enrojece mis párpados. Porque he recobrado el seso, y el dolor me

atormenta, y si la locura es un mal, más vale morir sin sentirla.

LA NODRIZA

Ya la cubro; pero ¿cuándo la muerte velará también mi cuerpo? (_Cubre

su cuerpo y se dirige al público_). Mucho me enseña mi larga vida;

convendría que los mortales no contrajesen amistades estrechas, de

las que penetran hasta lo íntimo del alma, y así sería fácil que se

desvaneciese esta pasión, y que, como nace, muriese. Pero que uno

sufra por dos, es grave carga, como a mí me acontece, sufriendo por

esta.[104] Dícese que el excesivo apego a la vida aflige más que

deleita, y que es opuesto a la salud; pero los excesos son para mí

menos laudables que practicar aquel otro precepto de _nada demasiado_ y

como yo opinarán los sabios.

EL CORO

¡Oh anciana, fiel nodriza de la reina Fedra!; aunque sea testigo de

estas calamidades, es para mí inexplicable su enfermedad; quisiéramos

oírla y saberla de ti.

LA NODRIZA

Ni preguntándolo lo sé, ni quiere decirlo.

EL CORO

¿Ni cuál haya sido el origen de estos males?

LA NODRIZA

Piensas como yo; pero ella lo calla todo.

EL CORO

¡Qué enferma está, y cuán flaco su cuerpo!

LA NODRIZA

¿Y cómo no ha de ser así, si hace tres días que no toma alimento?

EL CORO

¿Pero es efecto de su mal, o porque desea morir?

LA NODRIZA

Por morir; se abstiene del alimento por dejar la vida.

EL CORO

Sorprendente es lo que has dicho, si agrada a su marido.

LA NODRIZA

Oculta y niega su dolencia.

EL CORO

¿Pero no la conoce él si le basta mirarla?

LA NODRIZA

Lejos está ahora.

EL CORO

¿Y tú no la violentas para averiguar su mal y la causa del extravío de

su juicio?

LA NODRIZA

Vanos han sido todos mis esfuerzos. Sin embargo, aún no he desistido

de mi propósito, como te habrás convencido, observando lo que hago con

mi desventurada dueña. (_A Fedra_). Vamos, hija querida, olvidémonos

ambas de lo que antes hablamos, y tú explícate, y desarruga tu ceño, y

abandona tu resolución, y yo, por mi parte, sin acordarme ya de lo que

he hecho hasta ahora que haya podido desagradarte, te hablaré con más

dulzura. Si padeces algún mal oculto, estas mujeres lo calmarán; pero

si lo han de curar los hombres, habla para declararlo a los médicos.

Sea, pues, así; ¿por qué callas? No debes callar, hija, sino replicarme

si no te parece bien lo que digo, o seguir mis consejos si lo merecen.

Habla algo, mira hacia aquí. ¡Cuánta es mi desventura! En vano, ¡oh

mujeres!, nos tomamos este trabajo; tan lejos estamos como antes de

conseguir nuestro fin: ni le hacían mella nuestras palabras, ni ahora

tampoco. Pero ten en cuenta, aun cuando seas más obstinada que la mar,

que si mueres, abandonando tus hijos, no participarán de la herencia

de su padre y le sucederá el noble y generoso bastardo, que dio a luz

la reina Amazona aficionada a cabalgar, y será su señor. Bien sabes de

quién hablo: ya sabes que aludo a Hipólito.

FEDRA

¡Ay de mí!

LA NODRIZA

Qué, ¿te interesa esto?

FEDRA

Me has afligido, nodriza, y te ruego por los dioses que jamás me hables

de ese hombre.

LA NODRIZA

¿Ves? Eres prudente, y no querrás faltar a tus hijos, y cuidarás de tu

vida.

FEDRA

Amo a mis hijos; pero no es ese el mal que me atormenta.

LA NODRIZA

Sin duda, ¡oh hija!, tus manos están puras de sangre.

FEDRA

Puras están mis manos, pero no mi corazón, y es menester purificarlo.

LA NODRIZA

¿Quizá por efecto del daño que te ha causado algún enemigo?

FEDRA

Contra su voluntad y la mía me ha perdido un amigo.

LA NODRIZA

¿Te ha faltado en algo Teseo?

FEDRA

¡Ojalá que yo nunca le ofendiera!

LA NODRIZA

¿Y cuál es esa pena cruel que te hace morir?

FEDRA

Deja que yo falte; no eres tú la ofendida.

LA NODRIZA

No, seguramente; líbrenme los dioses de pensarlo; pero tú puedes

salvarme. (_Arrójase a sus pies y estrecha sus manos y rodillas_).

FEDRA

¿Qué intentas? ¿Me haces violencia estrechando mi mano?

LA NODRIZA

Y nunca soltaré tus rodillas.

FEDRA

Lo sentirás, ¡oh desventurada!; lo sentirás si lo oyes.

LA NODRIZA

¿Qué mayor sentimiento que perderte?

FEDRA

Morirás, y sin embargo puede darme gloria.

LA NODRIZA

¿Y me ocultas este bien, cuando yo te lo suplico?

FEDRA

A males que me avergüenzan busco salida honesta.

LA NODRIZA

Luego si los declaras será mayor tu ventura.

FEDRA

Retírate, por los dioses, y suelta mi mano.

LA NODRIZA

Jamás, si no me concedes lo que tan justamente pido.

FEDRA

Lo haré, porque como religioso vínculo es para mí tu mano.

LA NODRIZA

Callaré ya; ahora tú debes hablar.

FEDRA (_después de algunos instantes de silencio_).

¡Oh mísera madre, cuáles fueron tus amores![105]

LA NODRIZA

¿Lo dices porque se enamoró del toro, o por qué?

FEDRA

¡Y tú, hermana desventurada, esposa de Dioniso![106]

LA NODRIZA

¿Qué te sucede, oh hija? ¿Hablas mal de tus parientes?

FEDRA

¡Y yo, tercera desdichada, que muero de pena!

LA NODRIZA

Horrorizada estoy en verdad. ¿Adónde irá a parar esto?

FEDRA

¡Y yo después, y no hace poco tiempo, soy también infeliz!

LA NODRIZA

Hasta ahora nada sé de lo que anhelo oír.

FEDRA

¡Ay de mí! ¿Cómo me dirías tú lo que yo debo decir?

LA NODRIZA

No soy adivino para comprender estos enigmas.

FEDRA

¿Qué cosa es el amor? ¿Qué dicen de él los hombres?

LA NODRIZA

Lo más dulce, ¡oh hija!, y al mismo tiempo lo más amargo.

FEDRA

No es eso lo que yo sufro.

LA NODRIZA

¿Amas, ¡oh hija!, a alguno?

FEDRA

Cualquiera que sea, el hijo de la amazona...

LA NODRIZA

¡Hablas de Hipólito!

FEDRA

Tú lo dices, no yo.

LA NODRIZA

¡Ay de mí, oh hija! ¿Qué has dicho? ¡Cómo has desgarrado mi corazón!

Esto es intolerable, ¡oh mujeres! Ya no puedo vivir. ¡Día odioso,

odiosa luz es la que veo! Yo me despeñaré, yo abandonaré mi cuerpo,

yo dejaré esta triste vida; vivid vosotras, que yo aborrezco la

existencia. Los que se contienen, aunque involuntariamente, aman, sin

embargo, sus propios males. No es diosa Afrodita, sino más que diosa, y

la ha perdido, y a mí, y a esta familia.

EL CORO

¿Has oído, ¡oh!, has oído a la reina confesando sus malhadados amores,

que no deben escucharse? Que muera yo, ¡oh amada!, antes de cometer el

delito que embarga tu pensamiento. ¡Ay de mí! ¡Oh desventurada víctima

de estos dolores! ¡Oh penas, alimento de los hombres! Tú misma te has

perdido publicando tu mal. ¿Cuánto tiempo vivirás así? Alguna novedad

va a ocurrir en este palacio. Ya no ignoramos, ¡oh desdichada joven

cretense!, en dónde descargará la tempestad que Afrodita envía.

FEDRA

Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3) · 第 4 / 25 段