prosterno a tus rodillas. Si crees que sufro con justicia, haré lo
posible por sobrellevarlo; pero si no lo piensas así, ayúdame a
vengarme de este huésped, el más impío de todos los hombres, que, sin
temor a dioses celestes ni infernales, perpetró un crimen de los más
nefandos, habiendo bebido muchas veces a mi mesa, y siendo el primero
de mis amigos por la hospitalidad que le di; y después de recibir
cuanto fue necesario, y de conocer nuestros más fervientes deseos, lo
mató; y no satisfecho con esto, lo privó de la sepultura, arrojándolo
a la mar. Esclavas y débiles somos, pero poderosos los dioses, y la
ley más que todos: la ley nos dice que hay dioses, y nos enseña en la
vida a distinguir lo justo de lo injusto. Si, pues, imploro tu ayuda
para que se observe, y en vez de esto se huella, impunes quedarán los
que matan a sus huéspedes, o los que cometen sacrilegios, y no habrá
justicia entre los hombres. Si condenas también estos crímenes, respeta
mi desdicha, compadécete de mí, y como el pintor que mira desde lejos,
mírame también, y considera los males que sufro. ¡Antes reina, y hoy
tu esclava; antes feliz, con larga prole, y ahora anciana y sin hijos,
sin patria, abandonada, la más infeliz de las mujeres! (_Agamenón se
aparta conmovido_). ¡Ay de mí! ¡Cuán grande es mi desdicha! ¿Por qué
retiras tu pie? Ya veo que nada conseguiré. ¡Oh desventurada! ¿A qué
fin los mortales cultivan y aprenden tantas artes útiles, si a la
elocuencia, reina sola entre los hombres, no la perfeccionamos más que
a otra alguna, ni recompensamos a los que la poseen, para persuadir
lo que deseamos, y lograrlo al mismo tiempo? ¿Quién, después de esto,
podrá tener ventura en lo que emprenda? De tantos hijos no me queda
ya ninguno, y cautiva estoy, llena de ignominia, y todavía veo el
humo que se escapa de la ciudad.[64] Y acaso de nada me sirva invocar
a Afrodita, aunque se diga que mi hija la profetisa, la que llaman
Casandra los frigios, descansa en el lecho a tu lado. ¿En dónde, ¡oh
rey!, pasarás noches agradables, y disfrutarás de tiernos abrazos en el
lecho? ¿No has de probar tu amor a mi hija, y a mí que soy su madre?
Oye ahora, por último. ¿Ves a este muerto? Hazle bien, y lo harás a un
pariente tuyo. Réstame solo decirte pocas palabras. Ojalá que pudiesen
hablar mis brazos y mis manos, mis cabellos y todos mis miembros, por
arte de Dédalo[65] o de algún dios, para adherirme a tus rodillas, y
llorar a la vez con todo mi cuerpo, y a un mismo tiempo rogarte con
todo género de súplicas: accede a ellas, que eres mi señor, el sol
resplandeciente de la Grecia; ofrece a esta anciana tu mano vengadora,
aunque ella nada sea; ofrécela por tu vida, que es de hombres honrados
amar la justicia y castigar sin consideración a los criminales.
EL CORO
Sorprendente es observar cómo se trastorna todo entre los mortales, y
cómo la necesidad se sobrepone a leyes y costumbres, haciendo amigos a
los que eran enemigos y enemigos a los que se amaban antes.
AGAMENÓN[66]
Compadézcome de ti, ¡oh Hécuba!, de tu hijo, de tus desdichas y de tus
ruegos, y en gracia de los dioses, y por amor a la justicia, quiero
castigar a ese huésped impío si hay medio de hacer lo que deseas sin
que sospeche el ejército que maquino la muerte del rey tracio por amor
a Casandra. No estoy tranquilo, sin embargo, porque el ejército lo mira
como amigo y como a enemigo a este muerto, pues que si tú lo amas,
afecto tuyo es solo, no común a los griegos. Piénsalo, pues, que pronto
estoy a socorrerte, pero tardo si han de acusarme los griegos.
HÉCUBA (_levantándose_).
¡Ay, que ningún mortal es libre! O son esclavos del dinero o de la
fortuna, o el pueblo o las leyes le impiden seguir los impulsos de su
corazón. Pero ya que temes y das tanta importancia a la muchedumbre,
yo te libertaré de ese temor. Bástete saber los medios de que pienso
valerme para castigar a mi enemigo; no me ayudes tú mismo; pero si los
aqueos se alborotan y quieren socorrerlo, si le sobreviene algún daño,
refrénalos y no descubras que lo haces por favorecerme. Confía por lo
demás, que a mi cargo corre arreglarlo todo bien.
AGAMENÓN
¿Pero de qué manera? ¿Qué vas a hacer? ¿Empuñarás la espada con tus
débiles manos y matarás a ese rey bárbaro, o con veneno o con ayuda
ajena? ¿Quién te dará auxilio? ¿En dónde encontrarás un amigo?
HÉCUBA
Bajo estos techos se albergan muchas troyanas.
AGAMENÓN
¿De las cautivas hablas, presa de los griegos?
HÉCUBA
Con ellas castigaré al homicida.
AGAMENÓN
¿Pero cómo han de vencer a los hombres estas mujeres?
HÉCUBA
Mucho puede el número, y con la astucia es invencible.
AGAMENÓN
Verdad es que puede mucho, pero valen poco las mujeres.
HÉCUBA
¿Por qué no? ¿No fueron mujeres las que mataron a los hijos de
Egipto[67] y exterminaron a los hombres en Lemnos?[68] Así se hará,
y no hablemos más de esto; manda que no detengan a esta esclava en
todo el campamento, y tú, sierva, acércate al huésped tracio, y dile:
«Hécuba te llama, la que era hace poco reina de Ilión, porque así
conviene a ti y a ella; que contigo vengan tus hijos, que ellos deben
saber también lo que piensa hacer». Retarda, ¡oh Agamenón!, el entierro
de Políxena, para que ambos, el hermano y la hermana, doble objeto de
mi maternal amor, ardan en una misma pira y sean sepultados juntos.
AGAMENÓN
Así se hará, porque si navegase el ejército, no podría concederte esta
gracia; pero ahora, y ya que por obra de los dioses no soplan vientos
favorables, debemos permanecer aquí, esperando tranquilamente hacernos
después a la vela. Que todo suceda con felicidad; es de interés de
todos en general, de cada uno en particular y de la república que el
malo sufra el mal y que el bueno sea afortunado. (_Vanse los dos en
distintas direcciones_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Troya, mi patria! ¡Ya no te llamarán la
inexpugnable! Te cercó una nube de griegos, y con la lanza, sí, con
lanza te arruinaron. Derribaron la corona de tus torres, y la triste
mancha del humo desfigura tu desventurado rostro; jamás te volveré a
visitar.
_Antístrofa 1.ª_ — Consumose a media noche mi desastre, cuando el
blando sueño que sigue a la cena cierra suavemente los ojos; mi esposo
yacía en el lecho, descansando de sus cánticos y alegres fiestas,
colgada su lanza, y sin ver la muchedumbre de enemigos que desde las
naves acometía a la ilíaca Troya.
_Estrofa 2.ª_ — Y yo sujetaba mis cabellos con cintas,[69] y miraba
los varios resplandores de los dorados espejos antes de subir al
tálamo. Un ruido se oyó entonces, y una voz que resonaba en toda Troya,
y decía de esta manera: «¿Cuándo, ¡oh hijos de los griegos!, cuándo
volveréis a vuestra patria después de arruinar la ciudadela troyana?».
_Antístrofa 2.ª_ — Y yo dejé el dulce lecho, sencillamente vestida[70]
como una doncella dórica,[71] y nada conseguí, intentando en vano que
me fuese propicia Artemisa, y me arrastran, matando a mi esposo, al mar
salado. Y miré desde lejos la plaza cuando las naves se alejaron, y me
separé de mi patria, ¡ay de mí!, exhalando de dolor el alma.
_Epodo_. — Y maldije a Helena, hermana de los Dioscuros, y al pastor
del Ida, al funesto Paris, porque me arrancaron de mi país natal,
y abandoné mi hogar, no a causa de himeneo legítimo, sino por obra
de numen maléfico. Que el marino piélago no la lleve en su seno, y
que nunca vuelva a su patria. (_Antes de concluir el coro aparece
Poliméstor con sus hijos y séquito, y las esclavas corren a la tienda a
llamar a Hécuba_).
POLIMÉSTOR
¡Oh Príamo, el más querido de los hombres, y tú, Hécuba, mujer la más
amada! Lloro al verte, a tu ciudad y a esa hija tuya, muerta hace
poco; ni es duradera la gloria, ni feliz después el que lo es ahora;
complácense los dioses en desconcertar a los hombres, ignorantes de
lo futuro, para que los reverencien. Pero ¿a qué llorar si no he de
aliviar tus males? No te quejes, sin embargo, de mi ausencia, que
cuando llegaste aquí me hallaba en los últimos confines de la Tracia. A
mi vuelta, y al tiempo de salir de mi palacio, me encontró esta esclava
tuya y me habló de tu parte, y por esta causa me ves aquí.
HÉCUBA (_cubriéndose el rostro_).[72]
Me avergüenzo, ¡oh Poliméstor!, de mirarte frente a frente, siendo
tantas mis desdichas. Tú me conociste feliz, y tu recuerdo, cuando
lo comparo con mi infortunio presente, me hace bajar los ojos. No lo
atribuyas a malevolencia, ¡oh Poliméstor!; otra es la causa, y las
mujeres no deben mirar a los hombres con descaro.
POLIMÉSTOR
No lo extraño; mas ¿para qué me necesitas? ¿Por qué me mandaste llamar?
HÉCUBA
Quiero hablar en secreto contigo y con tus hijos; ordena, pues, a tu
guardia que nos deje solos.
POLIMÉSTOR (_a los soldados_).
Alejaos, que no hay motivo de desconfianza en esta soledad. (_A
Hécuba_). Tú eres mi amiga, y amigo mío es también el ejército
aqueo. Indícame, por tanto, lo que pueden hacer los felices por los
infortunados, porque estoy dispuesto a ello.
HÉCUBA[73]
Respóndeme primero si vive en tu palacio mi hijo Polidoro, el que te
entregamos en persona yo y su padre; después te preguntaré lo demás.
POLIMÉSTOR
Sin duda alguna; y por lo que a él toca, puedes estar tranquila.
HÉCUBA
¡Oh amigo el más querido! ¡Qué dignidad y hombría de bien respiran tus
palabras!
POLIMÉSTOR
¿Qué más quieres saber de mí?
HÉCUBA
¿Se acuerda algo de su madre?
POLIMÉSTOR
Tanto, que quería venir a verte ocultamente.
HÉCUBA
¿Y está seguro el oro que trajo de Troya?
POLIMÉSTOR
Seguro, y guardado en mi palacio.
HÉCUBA
Consérvalo, y no codicies los bienes ajenos.
POLIMÉSTOR
De ninguna manera; gozaré de lo que tengo.
HÉCUBA (_en voz baja_).
¿Sabes lo que quiero decirte y a tus hijos?
POLIMÉSTOR (_con curiosidad_).
No; ahora me lo dirás.
HÉCUBA
Hay, ¡oh amigo!, para que me estimes...
POLIMÉSTOR
¿Qué hay que yo y mis hijos debamos saber?
HÉCUBA
Un antiguo tesoro escondido por los hijos de Príamo.
POLIMÉSTOR
¿Quieres que lo sepa el tuyo?
HÉCUBA
Justamente, y por tu conducto, porque eres hombre piadoso.
POLIMÉSTOR
Y entonces, ¿para qué es necesaria la presencia de mis hijos?
HÉCUBA
Por si mueres, que lo sepan ellos.
POLIMÉSTOR
Dices bien; más prudente es.
HÉCUBA
¿Conoces tú acaso el lugar en donde se eleva el templo de Atenea
troyana?
POLIMÉSTOR
¿Está allí el tesoro? Pero ¿qué señal podrá indicarlo?
HÉCUBA
Un peñasco negro que sobresale de la tierra.
POLIMÉSTOR
¿Quieres decirme más acerca de esto?
HÉCUBA
Deseo que guardes tú el dinero que he traído conmigo.
POLIMÉSTOR
¿En dónde está? ¿Lo ocultas bajo tus vestidos?
HÉCUBA
No; entre los despojos que aquí se guardan.
POLIMÉSTOR
¿En dónde? Estas son las tiendas que cercan a las naves aqueas.
HÉCUBA
Solo las habitan cautivas.
POLIMÉSTOR
¿Tienes en ellas confianza? ¿No hay hombre ninguno?
HÉCUBA
No hay dentro ningún aqueo; estamos nosotras solas. (_Entra detrás
de él en la tienda_). Pero entra, porque los griegos anhelan soltar
los cables para dirigirse a su patria desde Troya; prepara, pues, lo
necesario para que vuelvas con tus hijos adonde dejaste el mío.
EL CORO
Aún no has expiado tu delito, pero quizá, pronto lo expíes, como el
que cae de improviso en mar embravecido, perdiendo su vida, que tanto
amaba. Mortal, mortal daño amenaza a quien ofende a la justicia y a
los dioses. La esperanza que te mueve, ¡oh desgraciado!, te llevará al
Orco, en donde habitan los muertos, y una débil mano te arrancará la
vida.
POLIMÉSTOR (_dentro de la tienda_).
¡Ay de mí, que apagan la luz de mis ojos!
EL CORO
¿Habéis oído, ¡oh amigas!, los lamentos del tracio?
POLIMÉSTOR
¡Ay de mis hijos y de su funesta suerte!
EL CORO (_corriendo hacia la tienda_).
Nuevas calamidades, ¡oh amigas!, suceden en esta tienda.
POLIMÉSTOR
En vano huiréis con pies ligeros; yo venceré a la fuerza todos los
obstáculos que estas tiendas me ofrecen.
EL CORO
Posada mano descargó este golpe. ¿Entramos? ¡Socorramos a Hécuba y a
las troyanas!
HÉCUBA (_saliendo de la tienda con sus esclavas_).
Golpea, nada perdones; rompe las puertas; nunca verán tus ojos la luz,
ni tampoco a tus hijos, muertos a mis manos.
EL CORO
¿Venciste al tracio, triunfaste de él, ¡oh mi dueña!, e hiciste lo que
pensabas?
HÉCUBA
Lo veréis ciego delante de la tienda, vacilando con pies torpes, y los
cadáveres de sus dos hijos, a quienes dimos muerte yo y las valerosas
troyanas. Ya me he vengado. Míralo cómo sale de la tienda; pero huyo
para escapar de la rabia de tan feroz tracio.
POLIMÉSTOR (_sale vacilante de la tienda, a cuya entrada deja los
cadáveres de sus hijos_).
¡Ay de mí! ¿Adónde iré? ¿A quién acudiré? ¿A quién llamaré? Andando
con las manos como los animales que frecuentan las selvas, ¿por dónde
me dirigiré para apresar a las homicidas troyanas que me hirieron?
¡Malvadas, malvadas doncellas frigias! ¡Malditas seáis! ¿Adónde se
habrán refugiado, huyendo de mí medrosas? ¡Si curaras, si curaras,
¡oh sol!, mis ensangrentados párpados y disiparas las tinieblas que
me cercan! (_Se detiene y escucha_). Pero callemos; siento aquí
tímidos pasos de mujeres. (_Corriendo ciego_). ¿Adónde me arrojaré
para saciarme de huesos y de carne, celebrando un festín como el de
las fieras de los montes y vengando mi mano la mutilación que he
sufrido? ¡Oh desgraciado! (_Se detiene y vuelve a la tienda_). ¿Adónde,
por dónde caminaré, dejando entregados mis hijos a estas infernales
bacantes,[74] que los despedazarán después de haberlos asesinado, y
los ofrecerán llenos de sangre a los perros, o los arrojarán a las
fieras de las montañas? ¿En dónde me detendré? ¿Adónde iré? ¿Adónde
tornaré, como nave de fuertes cordajes que pliega sus velas de lino,
precipitándome hacia este lecho mortal para guardar el cuerpo de mis
hijos? (_Se sienta al lado de sus hijos_).
EL CORO
¡Oh desventurado! ¡Qué intolerables son para ti tus males! Pero has
cometido un crimen infame, y grave ha de ser su expiación.
POLIMÉSTOR
¡Ah, ah! ¡Tracios belicosos, caballeros de robustas lanzas, tan
hábiles en el manejo de las armas! ¡Aqueos! ¡Atridas! Oíd mis clamores;
oíd mis clamores; oíd mis clamores; andad, venid, por los dioses. ¿Me
oye alguno? ¿Ninguno me socorre? ¿Por qué vaciláis? Mujeres cautivas
me perdieron; graves, graves males hemos sufrido. Compadeceos de mi
daño. ¿Adónde me volveré? ¿Adónde me encaminaré? ¿Volaré al celeste
éter, a los aéreos palacios, en donde Orión o Sirio lanzan rayos de sus
ojos,[75] o me precipitaré en las negras aguas de Hades?
EL CORO
Digno es de lástima el que, sufriendo males insoportables, desea morir.
AGAMENÓN
He oído clamores, y vengo aquí, que Eco, la hija jamás dormida de las
agrestes rocas, ha resonado en todo el campamento, promoviendo gran
alboroto; y, si no supiésemos que las torres de los frigios han caído
al empuje de la lanza griega, nos hubiese infundido tal clamoreo temor
inmenso. (_Acércanse a Agamenón Poliméstor y Hécuba_).
POLIMÉSTOR
¿Ves, ¡oh tú!, el muy amado (que he conocido la voz de Agamenón), los
males que sufro?
AGAMENÓN
¡Ah, infeliz Poliméstor! ¿Quién te mutiló? ¿Quién cegó tus ojos,
ensangrentando sus pupilas, y mató a tus hijos? Cualquiera que haya
sido ha obrado así sin duda contra ti y contra ellos movido por ira
poderosa.
POLIMÉSTOR
Hécuba y las cautivas me perdieron; no me perdieron, que hicieron algo
más.
AGAMENÓN
¿Qué oigo? ¿Tú has hecho esto tal como él lo dice? ¿Tú, Hécuba, has
tenido tanta audacia?
POLIMÉSTOR
¡Ay de mí! ¿Qué hablas? ¿Hay alguien aquí cerca? Indícame en dónde
está, para desgarrarla con mis manos y llenarla de sangre.
AGAMENÓN (_conteniéndolo_).
Desgraciado, ¿qué te sucede?
POLIMÉSTOR
Por los dioses te ruego que dejes a mi furiosa mano apoderarse de ella.
AGAMENÓN
Detente, y despojándote de esa bárbara furia explícate, para que os
oiga a ambos y juzgue con conocimiento de causa de tu desdicha.
POLIMÉSTOR[76]
Hablaré, pues. Polidoro, el menor de los hijos de Príamo y de Hécuba,
me fue confiado por su padre para educarlo en mi palacio, presintiendo,
sin duda, la ruina de Troya. Yo le maté, pero oye la razón que me movió
a hacerlo, y aprecia mi previsión y sabiduría: recelaba que este niño,
tu enemigo, se pusiese a la cabeza de los troyanos y reconstruyese
la ciudad; y que los griegos, sabiendo que vivía alguno de los hijos
de Príamo, acometiesen otra vez a la Frigia y devastasen después los
campos de la Tracia y que, por nuestra proximidad a los troyanos,
fuésemos víctimas de los mismos males que ahora sufrimos. Al conocer
Hécuba la suerte fatal de Polidoro, me llamó pretextando indicarme el
lugar en donde se ocultaba cierto tesoro de los hijos de Príamo, y
me hizo venir solo con los míos, para que ningún otro lo supiese. Me
siento en medio del lecho, dobladas las rodillas, y muchas doncellas
troyanas se sentaron también a mi izquierda y a mi derecha, tratándome
como a un amigo, y miraban mi manto, obra de mano edónica,[77] y lo
celebraban y revolvían a la luz, mientras otras examinaban mi dardo
tracio, despojándome así de mi doble defensa. Las que eran madres
tomaban en sus brazos a mis hijos, como para admirarlos, separándolos
de su padre, y los pasaban de mano en mano. Después de gratos
coloquios, ¿cómo lo creerás?, sacan puñales, que llevaban ocultos bajo
sus vestidos, y las unas matan a mis hijos, y las otras, como si fuesen
mis enemigas, sujetan mis pies y mis manos; y cuando quería socorrerlos
y levantar mi cabeza, me retenían por los cabellos; si movía las manos,
nada conseguía contra tantas mujeres. Al fin, añadiendo un daño a
otro, perpetraron un crimen espantoso: con sus broches[78] hirieron
las niñas de mis ojos y las llenaron de sangre; después huyeron de la
tienda. Yo salté entonces como una fiera que persigue a sanguinarios
perros, tentando la pared como un cazador, y rompiendo y destrozándolo
todo. Esto he sufrido, ¡oh Agamenón!, por hacerte bien y matar a tu
enemigo. Para no pronunciar más largo discurso, resumiré en pocas
palabras cuanto mal se ha dicho antes de las mujeres, cuanto ahora se
diga y se dirá después: ni la tierra ni los mares albergan ningún ser
que pueda comparárseles, lo cual, en verdad, saben como yo los que las
tratan.[79]
EL CORO
No seas audaz ni insolente, ni hables así de todas las mujeres,
excitado por tus males; muchas de nosotras somos objeto de envidia,
aunque otras seamos malas en efecto.
HÉCUBA
La lengua de los hombres, ¡oh Agamenón!, nunca debía valer más que sus
hechos, sino solo hablar bien si bien obraban, y si sus acciones eran
vituperables, que sus palabras ahuyentasen a las gentes, y no revestir
sus injusticias con elocuentes frases. Sabios los hay, en verdad,
hablando con exactitud; pero es difícil serlo siempre, y cada cual
recibe su premio o su castigo, y ninguno lo ha evitado hasta ahora.
Y así es como debo empezar por lo que a ti atañe; pero ahora toca a
él, y será a su vez interrogado, ya que ha dicho que por ahorrar dos
trabajos a los griegos, y por afecto a Agamenón, ha dado muerte a mi
hijo. Pero advierte en primer lugar, ¡oh infame!, que nunca fueron
los bárbaros amigos de los griegos, ni podrán serlo. ¿Qué esperabas
conseguir? ¿Intentabas acaso contraer algún matrimonio ventajoso, o
vengar a tus parientes? ¿Qué motivo te impulsaba? ¿Temías quizá que,
volviendo los griegos con sus naves, destrozasen tus sembrados? ¿A
quién lo persuadirías? El oro y tu codicia, si quieres decir la verdad,
han sido los asesinos de mi hijo. Pruébame, si no, por qué cuando
Troya era feliz, cercada de sus murallas, y Príamo vivía, y Héctor
empuñaba su robusta lanza, no lo mataste entonces por conciliarte la
gracia de este, y lo alimentabas y lo hospedabas en tu palacio. ¿Por
qué no lo entregaste vivo a los griegos? ¿Por qué cuando se nubló
nuestra fortuna y los enemigos llenaron de humo la ciudad, mataste a
tu huésped, al que se había refugiado en tu hogar? Oye además otras
razones que probarán tu delito. Si eras amigo de los griegos, debiste
dar el oro que guardabas, y que confiesas no ser tuyo, a los que tanto
lo necesitaban peregrinando tan largo tiempo lejos de su patria; ni aun
ahora quieres soltarlo, sino que persistes en retenerlo; y sin embargo,
si hubieses alimentado, como era justo, y defendido a mi hijo, mucha
gloria ganaras, si es cierto que los amigos verdaderos se conocen en la
adversidad, y que la buena fortuna los atrae por sí misma. Si hubieses
necesitado dinero y la suerte te hubiera sido propicia, mi hijo habría
sido rico tesoro para ti, y ahora no puede ser este tu amigo, y has
perdido esas riquezas y tus hijos, y te ves reducido a este extremo.
Y te digo, ¡oh Agamenón!, que si socorres a este, te creerán también
malvado, porque no serás benéfico con un huésped piadoso, ni fiel a los
que debías serlo, ni santo, ni justo; antes bien, diremos que, si lo
haces, es porque te agrada favorecer a los criminales. Pero no quiero
proferir injurias contra mis dueños.
EL CORO
En verdad, en verdad que una buena causa inspira o los hombres
discursos elocuentes.
AGAMENÓN[80]
Molesto es para mi juzgar pleitos ajenos, y, sin embargo, es preciso,
porque sería indecoroso aceptar un compromiso y no cumplirlo. Has
de saber, pues, que, en mi concepto, ni por favorecerme, ni por
conciliarte la benevolencia de los aqueos has dado muerte a tu huésped,
sino por guardar su tesoro en tu palacio. Tú hablas como te conviene,
obligado por tus males. Fácil os será, acaso, matar a quienes dais
hospitalidad; pero entre nosotros, los griegos, es una infamia. ¿Cómo,
pues, si te absuelvo, evitaré el vituperio? Seguramente no puedo.
Pero ya que osaste cometer lo que no era justo, sufre sus tristes
consecuencias.
POLIMÉSTOR
¡Ay de mí! Vencido, a lo que parece, por una esclava, hasta los seres
más despreciables me castigarán.
HÉCUBA
¿Y por qué no, habiendo cometido tantos delitos?
POLIMÉSTOR
¡Ay de mí, mísero, de mis hijos y de mis ojos!
HÉCUBA
¿Te lamentas? ¿Y yo? ¿Crees que no lloro al mío?
POLIMÉSTOR
¡Gozas insultándome, oh mujer maliciosa!
HÉCUBA
¿No he de alegrarme, habiéndome vengado de ti?
POLIMÉSTOR
Pero bien pronto se disipará tu gozo, cuando las saladas ondas...
HÉCUBA
¿Me llevarán en las naves hasta los confines de la Grecia?
POLIMÉSTOR
Al contrario, te tragarán cayéndote de lo alto de los mástiles.
HÉCUBA
¿Quién me hará dar tan mortal salto?
POLIMÉSTOR
Subirás por tus pies al mástil.
HÉCUBA
¿Con alas en mis espaldas, o de qué modo?
POLIMÉSTOR
Serás transformada en perra, y tus ojos parecerán de fuego.
HÉCUBA
¿Y cómo sabes que mi forma ha de cambiar?
POLIMÉSTOR
Dioniso, oráculo de los tracios,[81] me lo ha dicho.
HÉCUBA
¿Y no te anunció ninguno de los males que padeces?
POLIMÉSTOR
Nunca hubiese sido víctima de tus asechanzas.
HÉCUBA
Y lo que dices, ¿me sucederá en vida, o después de muerta?
POLIMÉSTOR
Después de muerta, y tu nombre designará tu sepulcro.
HÉCUBA
¿Que signifique mi nueva forma, o de qué manera?
POLIMÉSTOR
Sepulcro de una perra desdichada, y señal para los navegantes.
HÉCUBA
Poco me importa, siempre que me haya vengado de ti.
POLIMÉSTOR
También morirá tu hija Casandra.
HÉCUBA
Caiga sobre ti mi maldición, y ojalá que tú sufras esos males.
POLIMÉSTOR
La matará la esposa de este, cruel defensora de su palacio.
HÉCUBA
Que la hija de Tíndaro no delire hasta ese punto.
POLIMÉSTOR
Y también a Agamenón, levantando segunda vez su segur.
AGAMENÓN
¿Has perdido el juicio, desventurado? ¿Quieres ser víctima de nuevos
infortunios?
POLIMÉSTOR
Mátame, que en Argos te espera el agua lustral de este homicidio.
AGAMENÓN
Llevadlo arrastrando de mi vista, ¡oh servidores!
POLIMÉSTOR
¿Te duele oírme?
AGAMENÓN
¿No le cerraréis los labios?
POLIMÉSTOR
Cerradlos, que ya lo dije todo.
AGAMENÓN
¿Y no lo arrojaréis a alguna isla desierta, ya que tanto ha abusado
de su lengua? (_Llévanse a Poliméstor_). Tú, desdichada Hécuba, ve a
sepultar tus dos hijos muertos. Encaminaos vosotras, ¡oh tróades!, a
las tiendas de vuestros dueños, que ya sopla el viento favorable que
ha de llevarnos a nuestra patria. ¡Que sea feliz nuestra navegación!
¡Que libres de tantos infortunios, veamos gozosos a los que dejamos en
nuestros hogares!
EL CORO
A las tiendas y al puerto, amigas, a trabajar como esclavas: la dura
necesidad lo manda.
HIPÓLITO
ARGUMENTO