acabo de oír, y no haciéndome bien, sino todo el mal que puedes?
Ingratos sois los que anheláis alcanzar fama en las asambleas; que yo
no os mire, que para nada os acordáis de vuestros amigos que sufren,
ganosos de decir algo que os concilie la gracia del pueblo. ¿Pero a
qué astuta invención habéis recurrido para decretar la muerte de esta
niña? ¿Manda acaso el destino sacrificar hombres sobre el túmulo, en
donde debieran sacrificarse toros?[34] ¿O Aquiles reclama esa sangre
con justicia para matar a su vez a los que le mataron?[35]
Pero esta no le hizo mal alguno. Mejor fuera que pidiese a Helena,
víctima más grata a su sepulcro, causa de todas sus desdichas y de
su venida a Troya. Si conviene que muera alguna cautiva ilustre, de
notable hermosura, esto no nos atañe, que Helena es bellísima, y ha
hecho no menor daño que nosotras. Oblígame la equidad a defender así mi
causa; oye lo que debes exigir en cambio, siendo yo quien te lo pide.
Tocaste mi mano, como tú mismo dices, y estas débiles rodillas, cayendo
a mis pies; yo ahora toco las tuyas, y te suplico que me pagues mi
anterior beneficio, y te ruego que no arrebates de mis manos a mi hija,
y que no la sacrifiquéis. Bastantes han muerto ya: esta es mi alegría;
esta sola el olvido de mis males;[36] esta me consuela por muchos, y
es a un tiempo mi ciudad,[37] mi nodriza, mi báculo, la estrella de
mi vida. Los que vencen no han de mandar injusticias, ni porque son
felices creer que lo han de ser siempre. Yo también lo era y ya no lo
soy, y un solo día me arrebató para siempre mi dicha; respétame, pues;
ten compasión de mí, vuelve al ejército de los argivos, y adviértele
que es odioso matar mujeres cuya vida perdonasteis al arrancarlas de
los altares, apiadándoos de ellas. Prohibición de derramar sangre
hay por la ley entre vosotros, tan favorable a los libres como a
los siervos. Basta tu autoridad para persuadir a los demás, aunque
defendieras peor causa, porque las palabras de villanos y nobles,
siendo las mismas, no valen lo mismo.
EL CORO
No hay hombre, por feroz que sea, que al oír tus gemidos y continuos
sollozos no llore también.
ODISEO[38]
Escúchame atenta, ¡oh Hécuba!, y que la ira no te ciegue hasta el punto
de interpretar mal mis benévolas frases. Pronto estoy a protegerte,
porque tú me salvaste, y así lo he dicho siempre, que no negaré lo que
todos han oído. Tomada Troya, es preciso que tu hija sea sacrificada
al más valeroso de nuestro ejército, que la pide, si es cierto que los
males de muchas ciudades provienen de que se recompensa lo mismo a los
fuertes y buenos que a los cobardes. Aquiles merece entre nosotros
ese honor, ¡oh mujer!, habiendo muerto como un valiente por los
griegos. ¿No es vergonzoso que al que en vida tuvimos por amigo no lo
sea después de muerto? ¿Qué, pues, se dirá si es preciso juntar otro
ejército y venir de nuevo a las manos con el enemigo? ¿Pelearemos, o
cuidaremos solo de nuestra vida, viendo que ningún homenaje honroso
se tributa a los difuntos? Bástame cualquier cosa mientras yo exista,
aunque tenga poco; mi mayor deseo es que sea honrado mi sepulcro,
porque esta gracia dura mucho tiempo. Si dices que sufres males dignos
de lástima, oye de mí en cambio que hay entre nosotros ancianos y
ancianas como tú, y muchas esposas que perdieron esforzadísimos
esposos, a quienes hoy cubre la tierra idea.[39] Ten, pues, paciencia;
si hicimos mal decretando honrar al fuerte, habremos pecado sin
saberlo; vosotros, bárbaros, ni tratáis a los amigos como a amigos, ni
honráis a los muertos, y por eso es la Grecia afortunada y vosotros
sufrís las consecuencias de vuestro yerro.
EL CORO
¡Ay! ¡Qué dura es la esclavitud, y vivir en ella, y sufrir lo que no
debemos, y ser víctimas de la violencia!
HÉCUBA
¡Oh, hija! El aire se ha llevado mis palabras, proferidas en vano
para librarte de la muerte; si tú puedes más que tu madre, no pierdas
tiempo; habla en diversos tonos, como el ruiseñor, para que no te
arranquen la vida. Abraza las rodillas de Odiseo, que acaso excites su
compasión y lo persuadas; sobrado justa es tu causa, y acaso lo muevas
a lástima, porque tiene también hijos.
POLÍXENA
Te veo, ¡oh Odiseo!, ocultando tu diestra bajo el vestido e
inclinándote hacia atrás para que no toque tu barba.[40] Alégrate, que
has esquivado mis súplicas, que ensalza Zeus; yo te seguiré, obligada
por la necesidad y sin rehuir la muerte, que si otra cosa hiciera
parecería mujer cobarde y demasiado amante de la vida. ¿Para qué he de
vivir habiendo sido mi padre rey de toda la Frigia?[41] Plácida comenzó
mi existencia, haciéndome esperar que después me casaría también con
reyes, y que haría envidiable la suerte del que me tomase por esposa
y me hiciese compañera de su casa y de su hogar. Yo, ahora infeliz,
reina era de las mujeres del Ida, virgen notable e igual a los dioses,
y solo me diferenciaba de ellos en que estaba expuesta a la muerte. ¡Y
soy esclava! Este solo nombre me hacía desearla en un principio, no
pudiendo acostumbrarme a oírlo. Acaso tocaría después a dueños crueles
que me comprarían por dinero, siendo hermana de Héctor y de tantos
héroes, y me obligarían a amasar el pan, a barrer su casa y a tejer con
la lanzadera, pasando triste vida; y mi lecho, antes digno de un rey,
sería profanado por cualquier esclavo. No será así; al Orco entregaré
mi cuerpo, y mis ojos, siempre libres,[42] no verán ya la luz.
Llévame, pues, y mátame de paso, ¡oh Odiseo! No debemos esperar nada ni
confiar en nadie, que el destino me fuerza a sufrir esta desventura. No
te opongas, ¡oh madre!, a mi propósito ni con palabras ni con obras;
déjame morir antes que apelar a ruegos vergonzosos, indignos de mí.
Quien no está acostumbrado a los males, los sufre en verdad, pero le
duele sujetar a ellos su cerviz; el muerto es, bajo este aspecto, más
feliz que el vivo; que una vida sin honra es la mayor de las desdichas.
EL CORO
Favor insigne y señalado entre los hombres es nacer de nobles padres, y
más nobles aún son aquellos que a la nobleza de su linaje añaden la de
sus acciones.[43]
HÉCUBA
Con dignidad has hablado, ¡oh hija mía!, pero con dignidad no exenta
de amargura. Mas si conviene honrar al hijo de Peleo y podéis evitar
el oprobio que os amenaza, no quitéis a esta la vida, ¡oh Odiseo!,
sino conducidnos a ambas a la hoguera que arderá junto al sepulcro de
Aquiles, y sacrificadnos sin compasión. Yo di a luz a Paris, que mató
al hijo de Tetis, hiriéndole con sus flechas.
ODISEO
La sombra de Aquiles, ¡oh anciana!, no pidió a los griegos que fueses
tú la víctima, sino solo esta.
HÉCUBA
Matadme al menos con mi hija, y beberá la tierra y el que la pide doble
raudal de sangre.
ODISEO
Basta la muerte de tu hija; no añadiremos otra, y ojalá que ni aun la
suya fuese necesaria.
HÉCUBA
Morir con mi hija es mi más ardiente deseo.
ODISEO
¿Cómo así? Yo no sabía que también tuviese dueños.
HÉCUBA (_abrazando a Políxena_).
Como la hiedra a la encina me adheriré a ella.
ODISEO
No lo harás si obedeces a quienes son más prudentes que tú.
HÉCUBA
Jamás consentiré que se la lleven.
ODISEO
Y yo no me iré sin ella.
POLÍXENA
Escuchadme: tú, hijo de Laertes, muéstrate más generoso con madres
justamente irritadas; y tú, madre, no luches con los vencedores.
¿Quieres caer en tierra, y que se lastime tu débil cuerpo, vencida por
la fuerza, profanándote un brazo vigoroso que te separará de mí? Así
sucederá sin duda. Nada hagas que no debas hacerlo. Dame tu dulcísima
mano, ¡oh madre amada!, y que tus mejillas toquen las mías, que nunca
después (esta es la vez postrera) veré el disco y los rayos del sol.
Y no volverás a oírme hablar, ¡oh madre!, ¡oh tú que me diste a luz!,
que ya voy a los infiernos. (_Abrazadas las dos entablan el siguiente
diálogo_):
HÉCUBA
Nosotras, ¡oh hija!, seremos esclavas en la tierra.
POLÍXENA
Sin haber conocido esposo, ni casarme como a mi linaje convenía.
HÉCUBA
Digna eres de lástima; yo también soy desgraciada.
POLÍXENA
Allá en el Orco yaceré separada de ti.
HÉCUBA
¡Ay de mí! ¿Qué hacer? ¿En dónde acabaré mi vida?
POLÍXENA
Moriré esclava, habiendo sido mi padre libre.
HÉCUBA
Y yo he perdido cincuenta hijos.
POLÍXENA
¿Qué he de decir a Héctor o a tu anciano esposo?
HÉCUBA
Diles que soy la mujer más digna de lástima.
POLÍXENA
¡Oh seno maternal! ¡Oh pechos que tan suavemente me alimentasteis!
HÉCUBA
¡Deplorable e inesperada desdicha!
POLÍXENA
Vivo feliz, madre mía; adiós, Casandra...
HÉCUBA
Otros podrán vivir, no una madre.
POLÍXENA
Y tú, hermano Polidoro, ahora entre los caballeros tracios...
HÉCUBA
Si vive, que lo dudo, siendo tanta mi desgracia.
POLÍXENA
Vive, y cerrará tus ojos al morir.
HÉCUBA
Matáronme mis males antes de haber llegado mi última hora.
POLÍXENA (_arrancándose de los brazos de su madre_).
Llévame, Odiseo; cubre con el peplo[44] mi cabeza, porque, antes de
sacrificarme, desgarran mi corazón los gritos de mi madre, y yo el suyo
con los míos. ¡Oh luz! ¡Siquiera puedo invocar tu nombre! Nada tuyo me
pertenece, sino el espacio que media entre este lugar, y la cuchilla y
el túmulo de Aquiles. (_Se retira_).
HÉCUBA
¡Ay de mí! Ya no puedo sostenerme, y desmaya mi fuerza. ¡Oh hija!
¡Abraza a tu madre, extiende tu mano, dámela! (_Acuden sus esclavas y
la sientan en el suelo_). ¡No me dejes sin hijos! Yo muero, ¡oh amigas!
(_Con la vista fija en Políxena_). ¡Oh, si yo viera a la lacedemonia
Helena, hermana de los Dioscuros, la de los bellos ojos, que arruinó a
Troya ignominiosamente!
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh aura, aura marina, que impeles a las ligeras
naves, surcando las olas! ¿Adónde llevarás a esta mísera? ¿Qué dueño
me comprará para arrastrarme a su hogar? ¿Iré a las riberas de la
Dóride,[45] o a las de la Ftía,[46] en donde dicen que el Apídano,[47]
río de cristalinas ondas, fertiliza los campos?
_Antístrofa 1.ª_ — ¿O a alguna de las islas, al son del marino remo,
para vivir triste vida, a do crece la primera palma que vieron los
hombres,[48] y el laurel sagrado en honor de Leto y de sus hijos,
delicias de Zeus? ¿Cantaré himnos con las vírgenes delias a la diosa
Artemisa, y celebraré sus blondos cabellos y su arco?
_Estrofa 2.ª_ — ¿O en la ciudad de Palas y en el peplo amarillo de
Atenea labraré con la aguja la cuadriga y sus caballos, sembrándolo de
tejidas y artificiosas flores, o al linaje de los titanes, a quienes
Zeus, el hijo de Cronos, condenó con sus rayos a perpetuo sueño?[49]
_Antístrofa 2.ª_ — ¡Ay de mis padres, ay de mis hijos, ay de mi patria,
que cayó envuelta en humo, vencida en la guerra por los griegos! Yo
dejo el Asia sierva de la Europa, trocando el tálamo por el Orco,[50] y
me llamarán esclava en tierra extraña.
TALTIBIO
¿En dónde, ¡oh doncellas troyanas!, podré encontrar a Hécuba, la que
hace poco era reina de Ilión?
EL CORO
Es la que miras, ¡oh Taltibio!, junto a ti, tendida en tierra y
envuelta en su vestido.
TALTIBIO
¿Qué diré, oh Zeus? ¿Te interesas por los hombres, o ellos lo creen
falsamente, pensando que hay dioses, y que la fortuna domina al mismo
tiempo a los mortales? ¿No fue Hécuba reina de los frigios, ricos en
oro? ¿No fue esposa de Príamo, gloriosamente afortunado? La lanza ha
derribado su ciudad, y ella, esclava y anciana, huérfana de sus hijos,
yace en tierra, manchando con el polvo su cabeza desventurada. ¡Ah!,
¡ah! Viejo soy, pero más quiero morir que sufrir vergonzosos males.
(_Acercándose a Hécuba_). Levántate, ¡oh mujer infeliz! Que tu cuerpo y
tu blanca cabeza abandonen la tierra.
HÉCUBA (_levantándose_).
¡Ah! ¿Quién turba mi reposo? Quienquiera que seas, ¿por qué no respetas
mi aflicción?
TALTIBIO
Yo soy Taltibio, heraldo de los hijos de Dánao, qué vengó a llamarte de
orden de Agamenón.
HÉCUBA
¿Has venido acaso, y entonces llenarás mis deseos, para sacrificarme
ante el túmulo por mandato de los griegos? ¡Oh, cuán grato me sería!
Vayamos cuanto antes, apresurémonos; guíame, ¡oh anciano!
TALTIBIO
Vengo a llamarte, ¡oh mujer!, para que sepultes a tu hija, ya muerta.
Encárganmelo los dos Atridas y el pueblo aqueo.
HÉCUBA
¡Ay de mí! ¿Qué dices? ¿No has venido a buscarme, cuando estoy a punto
de morir, sino para anunciarme males? Pereciste, ¡oh hija!, arrancada
de los brazos de tu madre: yo quedo sin hijos, sin ti al menos; ¡oh,
cuán desgraciada soy! ¿Cómo la sacrificasteis? ¿Con respeto, os
ensañasteis en ella, ¡oh anciano!, como si fuese un enemigo? Habla,
aunque tus frases me aflijan.
TALTIBIO[51]
Me harás llorar dos veces, ¡oh mujer!, compadecido de tu hija; ahora
humedeceré mis ojos recordándolo, y al morir lloré también junto
al sepulcro. La muchedumbre infinita del ejército aqueo acudió
alrededor del túmulo para presenciar el sacrificio de Políxena: el
hijo de Aquiles la llevó de la mano hasta colocarla en lo alto del
túmulo, teniéndome a su lado; seguíanle los principales jóvenes
aqueos para sujetar a la víctima en las convulsiones de la agonía.
El hijo de Aquiles, con el vaso dorado de las libaciones, las hizo
a los manes de su padre, ordenándome después que impusiese silencio
a todo el ejército. Yo entonces, en medio de ellos, dije: «Callad,
¡oh griegos!; haya silencio en el pueblo; que ninguno hable, que
todos guarden compostura», y la muchedumbre calló en efecto. Él, a su
vez, se expresó así: «Recibe, ¡oh padre mío!, hijo de Peleo, estas
libaciones que evocan a los muertos, y muéstrate propicio: ven a beber
la negra y no libada sangre de esta virgen, que el ejército y yo te
ofrecemos; favorécenos, desata nuestras popas, suelta nuestras naves,
y concédenos a todos que tornemos con felicidad desde Troya a nuestra
patria». Así dijo, y todo el ejército le acompañó en su oración. Cogió
luego la empuñadura de oro de su espada, y, desenvainándola, hizo
seña a los jóvenes griegos para que sujetaran a la víctima. Ella, al
conocerlo, habló de esta manera: «De buen grado muero, ¡oh argivos
que arruinasteis mi patria!; nadie toque mi cuerpo, que ofreceré al
hierro mi cerviz con ánimo esforzado; pero por los dioses os ruego que
no me sujetéis, para que muera como debe morir una mujer libre, que
me avergonzará ante los manes el nombre de esclava, siendo reina».
Murmullos de aprobación se oyeron en la muchedumbre, y el rey Agamenón
ordenó que los jóvenes soltasen a la virgen. Ella, al escucharlo,
desgarró su peplo desde los hombros hasta la cintura,[52] y enseñó
su pecho, tan hermoso como el de una estatua, e hincó en tierra sus
rodillas, y pronunció esta frase muy animosa: «He aquí mi pecho;
hiérelo, ¡oh joven!, si lo deseas; si ha de ser en la garganta, prepara
la cuchilla». Él vacilaba, movido a compasión; pero al fin la dio
muerte, y su sangre corrió a raudales. Al morir no se olvidó de su
decoro, y ocultó a nuestras miradas lo que no deben ver los hombres.
Después que exhaló el alma, ocupáronse los griegos en distintos
menesteres, ya cubriéndola de hojas, ya llenando la pira con ramas
de pino. Los que nada hacían, oyéronles expresarse así: «¿Te estarás
quieto, ¡oh perezoso!, y no ofrecerás a esta doncella ni fúnebres
galas ni tu peplo? ¿Nada darás a esta víctima tan valerosa como
noble?». Esto es lo que puedo decirte acerca de la muerte de Políxena,
considerándote, si miro a tus numerosos hijos, la más feliz de las
mujeres, y si a tu suerte, como a la más infortunada.
EL CORO
Horribles desgracias han sobrevenido a los hijos de Príamo y a mi
patria por decreto inexorable de los dioses.
HÉCUBA
¡Oh, hija! En medio de tantos males, no sé a cuál atender: si uno
me alcanza, el otro no me deja: sucédense sin cesar y acumúlanse
sin descanso. Y ahora no puedo olvidar tu triste suerte y dejar de
gemir; pero no lo haré con exceso, sabiendo con cuánta grandeza has
muerto.[53] No es, pues, de admirar si una tierra estéril, favorecida
por el cielo, produce rica cosecha, y que la fértil, privada de este
bien, dé amargo fruto: solo entre los hombres el malo es siempre malo,
el bueno siempre bueno, y no le dañan las calamidades, y siempre es
virtuoso. ¿Proviene esto del linaje, o acaso de la educación? No puede
negarse que algo contribuye la educación, enseñando la virtud, que
quien bien la aprende distingue lo bueno de lo malo. Pero todo esto
es inútil: tú, Taltibio, vete y di a los argivos que nadie toque a mi
hija, y que la preserven de la multitud, que no faltarán atrevidos
en tan numeroso ejército, y cuando la licencia entre marinos es más
violenta que el fuego, teniéndose por malo al que no lo es. (_Vase
Taltibio_).
Tú, anciana servidora, toma esta urna, y sumergiéndola en la mar,
tráeme agua para lavar por última vez a mi hija, esposa y no esposa,
virgen y no virgen,[54] para exponerla al público como merece; pero
¿cómo lo haré sin recursos? ¿De qué medio me valdré? Reuniré las joyas
de estas cautivas que me acompañan en la tienda, si han podido ocultar
algo suyo de la vista de sus nuevos dueños. (_Vase la esclava_).
¡Oh suntuosas moradas! ¡Oh palacio, feliz en otro tiempo! ¡Oh
afortunado Príamo, padre de tantos y tan hermosos hijos![55] ¡Oh
madre suya anciana! Trocose en humo nuestra soberbia. ¡Y todavía
nos enorgullecemos, ya por nuestras riquezas, ya por los honores que
nuestros ciudadanos nos dispensan! Y nada es todo esto sino causa de
cuidados y motivo de vanidad. ¡Feliz entre los felices el que no sufre
un mal cada día! (_Entra en la tienda_).
EL CORO
_Estrofa_. — Calamidades, horribles pérdidas había yo de llorar sin
falta, desde el momento en que Alejandro cortó los abetos del Ida para
navegar por el hinchado Ponto hacia el tálamo de Helena, hermosísima
mortal que contempló asombrado el sol de cabellos de oro, inundándola
con sus rayos.
_Antístrofa_. — Duros trabajos y un destino más cruel aún nos
esperaban. Daño mortífero por nuestra propia locura, y calamidades
causadas por nuestros enemigos han caído sobre la tierra que baña el
Simois.[56] Fallada está la contienda que se suscitó en el Ida entre un
pastor y tres hijas de dioses, terminando en guerra y muerte y ruina de
mi patria.
_Epodo_. — Pero también gime y llora la joven lacedemonia en las
orillas del Eurotas,[57] de deleitosa corriente, y la madre de tantos
hijos muertos se arranca sus blancos cabellos, y lastima sus mejillas,
y llena de sangre sus uñas.
LA ESCLAVA
¿En dónde está, oh mujeres, la muy desgraciada Hécuba, cuyos males
superan a los de todos los mortales? Nadie podrá arrebatarle esta palma.
EL CORO
¿Qué buscas con esos clamores de mal agüero? ¿Dejaremos de oír alguna
vez tus tristes anuncios?
LA ESCLAVA (_entra la esclava, trayendo un cadáver, que deposita en el
teatro_).
Vengo a traer a Hécuba un nuevo dolor: cuando las desdichas nos
agobian, no es fácil proferir palabras alegres.
EL CORO
Mírala salir de la tienda, apareciendo tan a tiempo para oírte.
LA ESCLAVA
¡Oh dueña infeliz, y más aún de lo que digo! Llegada es tu última hora,
no siendo posible vivir, aunque te vea la luz, sin hijos, sin esposo,
sin patria, sin ninguna esperanza.
HÉCUBA
Nada nuevo dices, que bien conocemos la extensión de nuestra
ignominiosa desgracia. ¿Pero a qué me traes el cadáver de Políxena,
habiéndoseme dicho que todos los aqueos le darían honrosa sepultura?
LA ESCLAVA (_aparte_).
Nada sabe, y solo llora a Políxena: ignora sus nuevos males.[58]
HÉCUBA
¡Cuánta es mi desgracia! ¿Me traes acaso el cadáver de Casandra, la
inspirada profetisa?
LA ESCLAVA
Casandra vive: pero ¿no gimes por este muerto? Mira su cuerpo desnudo
y, contra lo que esperabas, contemplarás un prodigio.
HÉCUBA
¡Ay de mí! El muerto que veo es mi hijo Polidoro, el que me guardaba
el tracio. ¡Yo muero; ya no puedo vivir más! ¡Oh hijo! ¡Hijo de mi
corazón! Ya comienzo otro lúgubre canto, puesto que un numen maléfico
me anuncia nuevas calamidades.
LA ESCLAVA
¿Sabías, ¡oh desdichada!, que tu hijo había sido asesinado?
HÉCUBA
Nuevo, nuevo es para mí esto; increíble, increíble; los males se
suceden a los males, y ni un solo día dejaré de llorar y de gemir.
EL CORO
Horrendas, ¡oh mísera!, horrendas son nuestras desdichas.
HÉCUBA
¡Oh hijo, hijo de madre infortunada! ¿Qué destino fatal te ha hecho
perecer? ¿Qué accidente? ¿Quién ha sido tu asesino?
LA ESCLAVA
No lo sé; lo encontré en la orilla del mar.
HÉCUBA
¿Arrojado por las olas en la apretada arena, o víctima de lanzada cruel?
LA ESCLAVA
El oleaje lo arrastró a la orilla.
HÉCUBA
¡Ay de mí! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ya entiendo el sueño y la visión de mis ojos! No
me engañó el fantasma de negras alas, que lo vi enseñándomelo, privado
de la luz del cielo.
EL CORO
¿Quién lo asesinó? ¿Podrás decirlo, instruida por el sueño?
HÉCUBA
Mi amado,[59] mi amado caballero tracio, a quien lo confió en secreto
su anciano padre.
EL CORO
¿Qué dices? ¡Ay de mí! ¿Para apoderarse de sus tesoros después de
muerto?
HÉCUBA
¡Crimen nefando, superior a todo encarecimiento, impío e intolerable!
¡Así se agradece la hospitalidad! ¡Oh, execrable malvado! ¿Cómo osaste
desgarrar su cuerpo y cortar sus infantiles miembros con tu espada sin
sentir compasión?
EL CORO
¡Oh, mujer infeliz! ¡Cómo te ha hecho la más infortunada de las
mortales el numen que te es adverso! Pero me parece que veo venir a
Agamenón: callemos, pues.
AGAMENÓN[60]
¿Por qué no vienes, ¡oh Hécuba!, a sepultar a tu hija, según me anunció
Taltibio, encargándome de tu parte que no la tocase ningún argivo? Así
lo hemos hecho, y no la hemos tocado; pero tú tardas hasta el punto de
excitar mi sorpresa; vengo por ti: todo se ha hecho bien allá, si es
que puede hacerse bien. ¿Pero quien es el troyano que veo muerto en
esta tienda? Los vestidos que lo envuelven me indican que no es ninguno
de los griegos.
HÉCUBA (_aparte_).
¡Infeliz Hécuba, pues hablo conmigo misma hablando contigo! ¿Qué haré?
¿Abrazaré las rodillas de Agamenón, o sufriré mis males en silencio?
AGAMENÓN
¿Por qué lloras volviendo el rostro, y no me dices la causa de tu
llanto, ni quién es este?
HÉCUBA (_aparte_).
Pero si me rechaza de sus rodillas, tratándome como a esclava y
enemiga, será mayor mi pena.
AGAMENÓN
No soy adivino para conocer lo que piensas, si no me lo dices.
HÉCUBA (_aparte_).
¿Sospecharé quizá que me es hostil, y no lo es en verdad?
AGAMENÓN
Si nada quieres descubrirme, somos del mismo parecer, porque tampoco
quiero oír nada.[61]
HÉCUBA (_aparte_).
Sin su ayuda no podré vengar a mis hijos. ¿A qué pienso en esto?
Es menester atreverme, consiga o no lo que quiero. (_Hablando con
Agamenón_). ¡Oh Agamenón! Te suplico, por estas rodillas que abrazo, y
por tu barba y afortunada diestra...
AGAMENÓN
¿Qué quieres? ¿Deseas vivir en libertad? Esto es fácil para ti.
HÉCUBA[62]
No es eso ciertamente, sino castigar a hombres malvados, que así
serviré de buen grado toda mi vida.
AGAMENÓN
¿Pero con qué objeto imploras mi auxilio?
HÉCUBA
No solicito lo que supones. ¿Ves este cadáver que me hace llorar?
AGAMENÓN
Ya lo veo; pero no por eso te entiendo.
HÉCUBA
Lo llevé en mis entrañas, y lo di a luz.
AGAMENÓN
¿Es quizá alguno de tus hijos, mujer desventurada?
HÉCUBA
No es ninguno de los hijos de Príamo que murieron por defender a Troya.
AGAMENÓN
¿Tuviste algún otro?
HÉCUBA
Sí; pero, según ves, de nada me ha servido.
AGAMENÓN
¿En dónde estaba cuando arruinamos la ciudad?
HÉCUBA
Su padre lo alejó de ella, temiendo su muerte.
AGAMENÓN
¿Adónde? ¿Separándolo de los demás que vivían?
HÉCUBA
Mandándolo a esta región, en donde se le ha encontrado muerto.
AGAMENÓN
¿Confiándolo a Poliméstor, rey de ella?
HÉCUBA
Enviolo a esta tierra, y además un funestísimo tesoro.
AGAMENÓN
¿Quién le ha dado muerte? ¿Cómo ha sido esto?
HÉCUBA
¿Quién puede ser? Lo mató el huésped tracio.
AGAMENÓN
¡Oh infeliz! ¿Codicioso sin duda del tesoro?
HÉCUBA
Así fue, desde que supo los males de los troyanos.
AGAMENÓN
¿En dónde lo hallaste? ¿Quién trajo el cadáver?
HÉCUBA
Esta, que lo encontró a la orilla del mar.
AGAMENÓN
¿Buscándolo porque lo sabía, o casualmente?
HÉCUBA
Fue a traer agua para lavar a Políxena.
AGAMENÓN
¿Lo arrojaría a él el huésped después de matarlo?
HÉCUBA
Así lo hizo, destrozando antes su cuerpo.
AGAMENÓN
¡Oh desventurada! ¡Cuán grandes son tus males!
HÉCUBA
No puedo resistirlos; no hay calamidad que no sufra.
AGAMENÓN
¿Qué mujer hubo nunca tan desventurada como esta?
HÉCUBA