No puede negarse que son graves algunos de los que le atribu

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* También se han modernizado los nombres propios de personas

y lugares, y los gentilicios.

* Los nombres de los dioses y héroes no aparecen con la denominación

latina, utilizada por el traductor, sino con la griega, como hizo el

autor. Es decir, Venus y Hércules aparecen como Afrodita y Heracles.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final

del libro.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

OBRAS DRAMÁTICAS DE EURÍPIDES

BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO CCXXI

OBRAS DRAMÁTICAS

DE

EURÍPIDES

VERTIDAS DIRECTAMENTE DEL GRIEGO AL CASTELLANO

POR

EDUARDO MIER Y BARBERY

Traductor del alemán de las obras dramáticas de Schiller

de la «Biblioteca Clásica».

Grajis ingenium, Grajis dedit ore

rotundo Musa loqui.

HORAC., _Epist. ad Pis._

TOMO I

MADRID

LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO

Calle del Arenal, núm. 11.

—

1909

Es propiedad.

Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR

Esta versión castellana de Eurípides no se publicaría ahora, si antes

no hubiese costeado don José Gutiérrez de la Vega la impresión de

parte de ella, en 1865, si el señor don Cayo Ortega, catedrático de

Bibliología de la Universidad Central, no la hubiera elegido para la

BIBLIOTECA CLÁSICA, asesorándose previamente de don Marcelino Menéndez

y Pelayo, autoridad tan acatada por todos en tales materias; y si, por

último, no existiese la Empresa editorial que, con tanto acierto como

justicia, ha encargado la dirección literaria de la misma a dicho señor

Ortega. Verdadero, justo y digno es declararlo así primero.

El traductor, a quien desagrada sobremanera llamar la atención

del público hacia su persona, se limita solo a anunciarle que, al

hacer esta versión, se propuso llenar un vacío sensible de nuestra

literatura, contribuir en escala mínima al conocimiento y estudio

de los grandes modelos dramáticos griegos, en cuanto es posible en

nuestros tiempos, y formar y depurar el gusto de los aficionados y

cultivadores de la literatura dramática. Su plan, magnífico y soberbio

como suelen serlo todos en su principio, puesto que se extendía a todo

el Teatro Helénico, hubo después de reducirse, por las exigencias

invencibles de la realidad, al postrero de los trágicos, el que menos

vale en absoluto, a su juicio, pero el más importante para cuantos hoy

vivimos, por ser el lazo de unión de la dramática griega con la de los

pueblos modernos, y por haber sido, por lo mismo, el más estudiado,

conocido e imitado por los autores dramáticos posteriores. Siempre,

sin embargo, para sus compatriotas y para los demás, ha sido y será un

poeta de primer orden.

Presentarlo, por consiguiente, tal cual es, sin exageraciones ni

aditamentos extraños que lo desfiguren; elegir y comparar los mejores

textos; consultar a sus traductores más fidedignos; atenerse así al

espíritu como a la letra de sus escritos en cuanto es esto hacedero a

las lenguas modernas, e inspirarse, en fin, en el ambiente más helénico

posible, sin olvidarse nunca de que respira otro muy distinto, e

insistiendo siempre en aquello que más distingue a la buena literatura

griega, y es y será eterno en todas las literaturas sanas, no caducas

y enfermizas, de todos los pueblos y de todos los tiempos, ha sido, en

resumen, su principal o su única tarea, porque el aticismo y el buen

gusto, la claridad, el orden y disposición acertada, sobria y fácil

al parecer de las partes de cualquier conjunto literario, sea el que

fuere, son y serán siempre leyes eternas de la estética literaria,

como los rebuscamientos, las perífrasis, el desorden y la confusión y

el afán insano de innovar ligeramente a costa de la verdadera y eterna

belleza, son y han sido también siempre los escollos tan seguros como

inevitables y mortales que caracterizan a las literaturas decaídas, y

en donde se estrellan con harta frecuencia así los grandes como los

pequeños ingenios.

En estas ideas se apoyan cuantos juicios favorables o adversos

se emiten acerca de Eurípides, y en mostrarlo tal como es a los

lectores. Las notas y aclaraciones, a veces repetidas para comodidad de

quienes lo leen, no tienen otro objeto que facilitar su inteligencia,

esquivando lo que puede enaltecer y vanagloriar al traductor a costa de

la paciencia y del bolsillo del lector, porque atender y contemplar al

bien y a la satisfacción lícita ajenas con mengua de la propia, hasta

en literatura es seguramente, y más ahora que en otras edades, una

soberana y rara virtud.

¿Habrá conseguido su fin, o lo duda tanto como lo desea?

INTRODUCCIÓN

OJEADA GENERAL HISTÓRICO-CRÍTICA

SOBRE LAS

TRAGEDIAS DE EURÍPIDES

La más grave dificultad con que tropieza el historiador o el crítico

al censurar las obras de Eurípides, proviene de la imposibilidad en

que uno y otro se hallan de trasladarse mentalmente a la época en que

se escribieron, desprendiéndose de las ideas de la presente. Añádase a

esta la no menor que ofrece el examen de las opiniones de los distintos

escritores que se han propuesto juzgarlas, sus apasionados apologistas

los unos, ya por falta de gusto y de instrucción suficiente, ya por

exagerado amor nacional, y sus acerbos censores los otros, movidos

de ordinario por causas análogas a las indicadas, por su oposición a

los primeros, o acaso por su deseo de llevar la verdad al ánimo del

público en medio de tan encontrados extremos. Así es que Aristófanes,

Aristóteles, Quintiliano y otros autores de la antigüedad, y las

escuelas literarias modernas de Francia y Alemania, han emitido de

ordinario diversos y opuestos juicios, elevándolo estas últimas hasta

la cúspide de la perfección, y presentándolo como perpetuo e inimitable

modelo, o ensañándose en él sin piedad, deteniéndose en sus faltas

con placer, y atacando realmente a sus imitadores y a la nación a que

pertenecen con el achaque de criticar al maestro. Nosotros, igualmente

alejados de esos campos de enconadas pasiones; en una época literaria

más tranquila; amantes de la verdad; sin antipatías ni simpatías por

esta ni aquella nación, ni por una ni otra escuela, y con la calma

y la tranquilidad necesarias para pesar con ánimo imparcial los

móviles que guiaron a los mantenedores de esos pareceres contrarios,

nos esforzaremos en exponer el nuestro, humilde, sin duda, y poco

autorizado, pero hijo de la convicción más profunda, fruto de algunos

estudios y reflexiones, y resultado de tareas tan oscuras como prolijas

y molestas. Ya es tiempo también de que España tome parte en esas

luchas de la erudición y del ingenio con la gravedad y el juicio que

le son propios, sin exageración ni petulancia, y sin olvidar que la

Historia es de ordinario la madrastra, no la madre de la verdad; la

Crítica, hija de la pasión, de la debilidad o de la envidia, y máscara

la Erudición de la ignorancia, de la vanidad o de la ligereza.

Con tal propósito, y para formar idea exacta del mérito dramático

de Eurípides, echaremos antes una ojeada rápida sobre el estado de

su patria; apreciaremos la situación del teatro griego en su tiempo,

y, por último, descenderemos a dar algunas noticias de su vida, que

acaso nos expliquen después satisfactoriamente no pocos pasajes de sus

tragedias.

Eurípides, en efecto, alcanzó los días venturosos en que su patria

llegó al apogeo de su grandeza, y pudo aspirar el aire que daba la

vida a Pericles y Aspasia, a Sócrates y Anaxágoras, a Sófocles,

Aristófanes, Lisias, Tucídides y Heródoto, a Metón e Hipócrates, a

Ictino y Calícrates, a Fidias, Zeuxis, Polignoto y Parrasio. Atenas

era el estado más poderoso de la Grecia por su disciplina militar

y su marina;[1] metrópoli de numerosas colonias; cabeza de una

liga helénica, cuyo tesoro manejaba y cuyos litigios resolvía; más

humanitaria y simpática que su rival Esparta; floreciente por su

ciencia, por su filosofía, por su comercio, por sus letras y sus

artes; cuna y teatro de grandes oradores; civilizada hasta un extremo

que hoy nos parece fabuloso; madre natural o adoptiva de los hombres

eminentes en todos los ramos del saber; y por sus fiestas solemnes,

por su culto a la belleza bajo todas las formas, por sus gloriosas

tradiciones, por la ilustración y buen gusto de sus habitantes,[2]

la ciudad mirada por toda la Grecia con envidia o con entusiasmo.

Y, sin embargo, si este bosquejo que acabamos de trazar nos parece

verdadero, no lo es menos que en él se observan ciertas sombras que

habían de extenderse poco a poco, hasta envolverlo todo en tinieblas.

Su religión politeísta, riquísima vena explotada por los poetas,

adolecía, considerada filosófica y moralmente, de dos graves defectos,

que con el tiempo habían de producir amargos frutos. A medida que se

fuese propagando y perfeccionando la ciencia, había de llegar la época

en que fuese menester atacar en su base a la religión, puesto que los

hombres pensadores, remontándose de los efectos a las causas, solo por

la luz natural, y sin el auxilio de la revelación, debían reconocer

una sola, así en el mundo espiritual como en el físico, y contribuir

al descrédito o abolición del politeísmo. He aquí lo que sucedió a

Anaxágoras de Clazomene, maestro de Eurípides, y más tarde a Sócrates

y Platón. Considerada moralmente, era también imposible que dejase de

influir en las costumbres una religión cuyos dioses participaban de

todas las flaquezas humanas y eran reos de los mayores crímenes. Por

otra parte, las escuelas filosóficas, que en último término hubieron

de fundarse, no se detuvieron en su carrera después de arruinar lo

existente, como no podía menos de acontecer en un pueblo tan vivo y

apasionado, y tan propenso a la exageración. En las letras como en la

filosofía, cuando se alcanza cierta altura, marcada por la Providencia

en sus impenetrables designios, la fragilidad humana cae y se precipita

como un torrente desde ella. Parece que se apodera el cansancio de

los hombres y que el amor a la novedad gana todos los corazones, no

contentos ya, como antes, con lo que es solo verdadero, natural y

sencillo. Brotan entonces, como por encanto, genios audaces llenos de

orgullo o de vanidad que, sin acertada elección en los medios, tienden,

como a su principal objeto, a conseguir aplausos, y no se paran en las

consecuencias fatales que puede producir su conducta; y como los abusos

humanos, a semejanza de los astros del cielo, recorren en giro fatal

el estadio señalado; después de los sublimes principios de Anaxágoras,

admitiendo la existencia de un Espíritu Supremo, árbitro del mundo,

vienen los sofistas, que todo lo niegan y discuten, que baten en brecha

las nociones capitales de la filosofía, de la religión, del gobierno y

de la moral pública, y que siembran por todas partes el escepticismo,

la desconfianza y la muerte. Además, la organización social de la

Grecia, dividida en tantos Estados y ciudades independientes, regidas

por distintas formas de gobierno, contribuyó también no poco a su

propia decadencia, puesto que era punto menos que imposible fundar

entre ellas lazos armónicos de tal naturaleza que, sin faltar a la

unidad, las dejara moverse en un círculo desahogado. Alguna había de

descollar más que las otras; y si en los momentos de común y gravísimo

peligro pudo el miedo reunir todos los brazos y hacer palpitar a un

tiempo todos los corazones, una vez pasados, o intentaría la más

poderosa ejercer una supremacía tiránica, o había de estrellarse contra

alguna rival más fuerte o más afortunada. Así comprendemos fácilmente

las guerras de Atenas y de Esparta, que terminaron en la ruina de toda

la Grecia.

Por otra parte, el Gobierno democrático de la primera de estas

ciudades, por su veleidad e inconstancia, por la ingratitud con que

pagó en ocasiones a sus hombres más eminentes y necesarios, presa

de osados demagogos, que hacían girar al pueblo en todos sentidos,

lisonjeando solo sus pasiones o sus caprichos, sin cuidarse de la

prosperidad de la patria,[3] y exclusivista, sin embargo, hasta el

extremo de conceder el ejercicio de los derechos de ciudadanía a una

parte mínima de su población, no ofreció nunca las condiciones de

estabilidad que logró después Roma haciendo lo contrario.[4] Aunque los

historiadores que han discurrido sobre los sucesos a que nos referimos

se complazcan en enumerar las distintas causas que contribuyeron, en

su juicio, a la caída de Atenas, no se detienen, sin embargo, en una

de las más importantes en el nuestro; a saber: en la falta de unidad

de miras que en el gobierno de esta república se observa durante la

guerra del Peloponeso, ya nombrando y destituyendo continuamente nuevos

generales, ya dirigiendo hoy los esfuerzos de todos en un sentido,

para emplearlos mañana en el opuesto. ¿Cómo, si no, se explican sus

derrotas por mar y por tierra, cuando en realidad era más poderosa que

Esparta, más simpática y humanitaria, el emporio de la civilización,

del comercio, de las artes y las letras helénicas, y sus recursos al

empezar la guerra muy superiores a los de su rival? Y si tan espantoso

era el desorden que se había introducido en la inteligencia y en el

gobierno, ¿qué podremos decir también sobre las costumbres áticas,

cuando los cuadros que de ellas nos ofrecen las comedias de Aristófanes

con su escandalosa licencia, solo pueden compararse con los no menos

picantes y licenciosos que hallamos de Roma en las sátiras de Juvenal?

Si la gestión de los negocios de la república exigía la constante

asistencia de los hombres a la ágora, era natural que cuidasen mientras

tanto de la fidelidad de sus esposas, condenándolas al encierro de

los gineceos, y que la sociedad en general se resintiese de esta

ausencia del bello sexo y del saludable influjo que suele ejercer en el

decoro de todos. La esclavitud, admitida en Atenas como en todos los

demás Estados de la Grecia, y causa innegable de corrupción, primero

en el seno de las familias y después en más vasta esfera, no dejó

también de contribuir a la perversión de las costumbres; y como, por

otra parte, afluían a Atenas por su importante comercio multitud de

extranjeros, quienes, al mismo tiempo que importaban nuevas riquezas,

traían consigo sus vicios, patrocinados a veces por los mismos dioses,

encontrando no pocos incentivos en las fiestas religiosas, en el culto

de Afrodita y de Dioniso, y hasta en su singular afición a la belleza,

bajo todas las formas y en los dos sexos, no se extrañará que en

los tiempos en que vivió Eurípides no fuese la moral pública modelo

perfecto de compostura y de decencia.

Con estas breves indicaciones acerca del estado de Atenas en la época

en que vivió el último de sus grandes trágicos, es fácil comprender la

degeneración de la tragedia griega. El gusto del público no era ya el

mismo, ni los poetas dramáticos podían lisonjearse de rivalizar con las

obras maestras de Sófocles, modelos acabados de grandeza y sencilla

sublimidad, severas y profundas en sus argumentos, religiosas siempre y

morales en su fondo, sin ostentación ni aparato, monumentos eternos del

más puro aticismo y del genio poético más completo que en este género

encontramos en la antigüedad. Ni el destino, ni los dioses, ni los

héroes significaban ya lo que antes. Las tradiciones heroicas se habían

agotado en parte, y era menester alterarlas para que se acomodasen

al gusto del público; ya no existían esos grandes caracteres que se

retrataban en las obras dramáticas, ni se comprendían tampoco por el

vulgo; se iba perdiendo poco a poco la idea moral, inherente al coro,

y solo se le miraba como un accesorio agradable; y al mismo tiempo

que se concedía al poeta mayor libertad para hablar de lo divino y

lo humano, se le prescribían formas más mecánicas y constantes, y se

le exigía que conmoviese más a los espectadores, en detrimento del

buen gusto y de la tradición dramática. Con semejantes estímulos podía

temerse, con razón, que apareciese un poeta más dado a ganar aplausos

que gloria verdadera; más propenso a conciliarse las buenas gracias de

los espectadores que a mirar por el prestigio y la grandeza del arte.

Por desgracia, en esas ocasiones solemnes se encuentran pocos hombres

que, desentendiéndose de las voces de su vanidad personal, tengan

la entereza y el ánimo necesarios para contrarrestar la opinión, no

para adularla; y ya que los impulsen causas exteriores más fuertes

que la débil voluntad humana, ya que el heroísmo y la abnegación sean

dotes raras y excepcionales, la Historia nos enseña que pocas veces o

ninguna se ha contenido la humanidad cuando ha comenzado a recorrer

este resbaladizo sendero. Al mismo tiempo penetraban en todas partes

los adelantos de la filosofía, y con mayor motivo en el teatro. Ya los

dioses no eran seres sobrenaturales, terribles por su poder y por su

inmensa superioridad sobre los hombres, ni sus bienhechores y maestros.

El libre examen analizaba su naturaleza, pesaba el valor moral de sus

acciones, y aunque todavía no le era dado aniquilarlos, por ignorar lo

que había de sustituirlos, los hacía descender gozoso del Olimpo a la

tierra, les echaba en cara sus faltas, presumía que en sus atributos

y en las tradiciones poéticas admitidas hasta entonces había mucho que

era obra exclusiva de los hombres, sin existencia en la realidad; y

como no era posible desterrarlos por completo de la tragedia, por la

índole especial de esta clase de composiciones, parecía que se vengaba

desacreditándolos. Zeus, con sus interminables aventuras amorosas; el

sensible Apolo, Dioniso, las vanas diosas del cielo, se mostraban ya en

ella a los mortales sin disfraz alguno que las encubriera. El destino

había perdido también su poder sobre los habitantes del Olimpo, y

estos aparecían muchas veces como juguetes de la Fortuna, diosa llena

de veleidad y de caprichos, no misteriosa, justa e inexorable como

el Hado. Débiles unas veces, crueles e injustos otras, ingratos las

más, son soberanos sin cetro y sin corona a quienes cobija miserable

solio. Las tradiciones heroicas comienzan a parecer fábulas; los

héroes, hombres como los demás, y aun inferiores algunos a los de

aquella época; se desvanece poco a poco la brillante aureola que los

adorna, y desde el momento en que se miran como fábulas las tradiciones

más venerandas, no se rehúsa al poeta la facultad de alterarlas a su

arbitrio, o la de componer otras, contrarias en todo a las admitidas.

Así descendía la tragedia de su altura ideal, y de la misma manera

que los demagogos en la ágora conseguían honores y aplausos adulando

a la multitud, el poeta seguía también sus huellas en el teatro, y

no perdía ocasión de enaltecer a su patria, con razón o sin ella, y

por tanto al pueblo que la gobernaba; hablábales también de libertad

y de filosofía; ridiculizaba a los dioses; se burlaba del bello sexo;

representaba en el teatro las disputas y litigios de los ciudadanos;

pronunciaba largos discursos como si se hallara en la tribuna de los

oradores, y confundiendo muchas veces lo trágico y lo cómico, hacía

presentir que no tardaría en colmarse el profundo abismo que los había

separado hasta entonces. Hácense más rebuscados los pensamientos; apura

el poeta los recursos de su ingenio para conmover profundamente a su

auditorio, más gastado ya y menos sensible que en épocas anteriores,

y prefiere las situaciones dramáticas de efecto. Ya no se atiende

principalmente a inspirar al pueblo nobles y patrióticos sentimientos,

ni a hacerlo comprender con una fábula adecuada la inmensa distancia

que separa al cielo de la tierra, ni a purificar su corazón con grandes

y vivos ejemplos, ni a tirar por tierra el miserable orgullo humano,

extendiendo sobre sus insensatas aspiraciones la mano de hierro del

destino, que todo lo nivela y destruye. La mansión sombría de esta

deidad temida se ve ya alumbrada por la razón, y la casualidad hace

las veces del Hado o de la Providencia. Si antes se contenían todos en

límites prudentes y se guardaba respeto y veneración a ciertas formas,

consagradas desde tiempos anteriores, ya el poeta no se cree obligado a

atenderlas, las desecha con desdén cuando le estorban, y convierte al

teatro en cátedra de crítica filosófica y literaria.

No bastan, sin embargo, estas consideraciones para fundar nuestro

juicio sobre las tragedias de Eurípides, si no conocemos también

algunas otras circunstancias de su vida. Nuestro malogrado Balmes

pensaba, con razón, que ellas nos explican a veces las obras de un

escritor satisfactoriamente, y con ese fin expondremos las noticias

biográficas que, desde época tan remota, se han conservado hasta

nosotros.

Eurípides, hijo de Mnesarco y de Clito, nació en Salamina, adonde

sus padres se habían refugiado huyendo de la invasión de Jerjes, en

el primer año de la olimpiada 75[5] (480 antes de Jesucristo), y

en el mismo día en que ganaron los atenienses esta célebre batalla.

La condición social de su familia no fue muy distinguida en Atenas.

Se cree que era oriundo de la Beocia, y que su madre fue verdulera,

como dice Aristófanes en las Tesmoforiantes[6] y en otros pasajes de

sus comedias. La consideración y las riquezas de que disfrutaban los

artistas en Atenas le hicieron consagrarse en su juventud a la Pintura,

y más tarde a la filosofía y a la elocuencia, siendo su maestro en

la primera Anaxágoras de Clazomene,[7] y Pródico en la segunda.

Añádese que fue amigo de Sócrates, y hasta algunos escritores han

llegado a afirmar que le ayudó en la composición de sus tragedias.[8]

Sus triunfos escénicos no impidieron, sin embargo, que en el hogar

doméstico no encontrase la felicidad que buscaba, porque se casó dos

veces y ninguna de sus dos mujeres fue modelo de castidad conyugal.

Sufrió innumerables disgustos de los cómicos atenienses, que se

ensañaron en él de la manera procaz y licenciosa que entonces se

usaba, sin disfraz alguno, llamándole por su nombre, y atacando los

defectos de sus tragedias. Sin duda huyendo de ellos se retiró dos años

antes de su muerte a la corte de Arquelao, rey de Macedonia, su amigo

y protector, muriendo al fin en el año 3.º de la olimpiada 93 (406

antes de Jesucristo), a los setenta y cuatro de edad, y, al parecer,

pocos meses antes que Sófocles. Aquel monarca generoso le consagró un

sepulcro magnífico,[9] oponiéndose a los deseos de los atenienses, que

le enviaron una embajada para transportar al Ática sus restos mortales.

Durante su vida llegó Atenas al apogeo de su grandeza para caer en

seguida; diéronse batallas memorables, vivieron y murieron hombres

inmortales, y las ciencias, las artes y las letras despidieron un

resplandor tan vivo que sus destellos llegan hasta nosotros y todavía

nos iluminan.

Entre los antiguos se han emitido distintas opiniones acerca de su

mérito literario. Sócrates asistía siempre a la representación de sus

tragedias, no sabemos si por su amistad con el autor, o por admirar

su mérito.[10] Aristóteles, aunque con ciertas restricciones, le llama

el trágico por antonomasia,[11] y Menandro y Filemón lo preferían

a Esquilo y a Sófocles.[12] En cambio Aristófanes lo ridiculiza

cruelmente en sus comedias, con especialidad en _Las Ranas_. Longinos

le niega la sublimidad,[13] para Dionisio de Halicarnaso es muy

inferior a Sófocles,[14] y el escoliasta de sus tragedias las critica

a veces con severidad, siendo de notar que estos escolios contienen,

según afirma una autoridad respetable,[15] los juicios de los críticos

alejandrinos. Quinto Cicerón[16] y nuestro compatriota Quintiliano las

admiraron grandemente,[17] si bien este último lo hace con ciertas

limitaciones, que a veces no se han tenido en cuenta. En nuestros

tiempos los escritores franceses lo celebran de ordinario, al paso que

los alemanes no son parcos en exponer sus defectos, distinguiéndose

entre todos Jacob[18] y A. G. Schlegel.[19]

No puede negarse que son graves algunos de los que le atribuyen, sobre

todo cuando se compara con Sófocles y Esquilo. La idea del destino,

que domina en sus obras, no tiene ya la grandeza que se observa en las

del primero ni segundo. En las tragedias de estos es un ser superior

a todo lo divino y lo humano, que cuida del orden moral en el cielo

y en la tierra, y cuando amenaza trastornarse, y sus fuerzas chocan

entre sí y están a punto de destruirse, restablece con sus decretos

el equilibrio, y restituye al mundo moral su calma y su armonía. En

las obras de Esquilo, y desde sus primeros versos, se nota que ese

dios misterioso es el protagonista de la acción; que todo lo llena con

su poderoso influjo, y que el hombre y los dioses, el espíritu y la

materia, son en sus manos dóciles instrumentos. En las de Sófocles no

aparece en primer término con ese aspecto sombrío que se advierte en

las de Esquilo; pero a poco que se busque se halla en todas partes:

por él se explican todas las principales peripecias, los caracteres

de los personajes lo anuncian, y la catástrofe es siempre su obra. En

Eurípides, al contrario, solo se muestra mientras el poeta no halla

medio de hacerlo desaparecer; los dioses no se cuidan de obedecerlo;

su influjo no se hace sentir siempre, y como hemos dicho ya, en

ocasiones ni aun poder divino se le atribuye, mirándolo tan solo como

la simple y vana casualidad. Los personajes de Esquilo son sublimes y

muy superiores a los hombres; ideales los de Sófocles, o como debieran

ser, y reales los de Eurípides. Los dos primeros respetan el carácter

tradicional de los héroes, sin hacerlos perfectos, porque entonces

no habría verdadero argumento, pero sin rebajarlos ni escarnecerlos.

Eurípides, al contrario, cuando no nos ofrece a Heracles como a un

héroe brutal y glotón; a Orestes y su hermana Electra como a dos

insignes y despreciables criminales; a Menelao como a un esposo débil y

cobarde, nos presenta a Dioniso engañando alevemente a Penteo para que lo

despedacen las bacantes; a Apolo como a un seductor vulgar, y al mismo

Zeus, soberano del Olimpo, como a un dios injusto unas veces, y de

escaso poder otras. Parece que protesta contra esas creencias sencillas

y saludables que se conservan en el pueblo; que las ridiculiza con

gusto, y que lo invita a dudar de todo, cuando tan poco respeto le

merecen tradiciones consagradas por los años. Solo tiende a producir

efecto, aunque sea momentáneo, al paso que sus dos predecesores dejan

una impresión perpetua, que crece y se desenvuelve con más vigor

después de sentida. No los preocupa tanto la pasión como a Eurípides,

ni interviene en sus cuadros sino como uno de los elementos que dan

realce a los demás, no como el principal y el que descuella en primer

término. Cuando hablan sus personajes, no pronuncian sentencias

dogmáticas en estilo pretencioso; ni _juran con la lengua, no con el

pensamiento_; ni excitan a disfrutar de los placeres de los sentidos;

ni ponderan el valor de las riquezas; ni se quejan con desprecio de los

dioses; ni siempre están dando clamores, llenos de harapos, hambrientos

y sedientos, deplorando sus años y el trabajo que les cuesta andar. Si

el coro es en Esquilo y en Sófocles el intérprete de los sentimientos

morales del pueblo, siempre presente, que en las luchas y conflictos de

los personajes entre sí los contiene y refrena, y simboliza los ejes

del mundo moral, que no pueden desaparecer, siempre interesados en la

acción y necesarios para su cumplimiento, en Eurípides se convierte

en simple adorno, que filosofa, discute, canta o poetiza, como mejor

le place, sin acordarse muchas veces de los últimos sucesos, y solo da

tiempo para que salgan o entren los personajes principales. Ni Esquilo

ni Sófocles predican en la escena las ventajas de la moralidad, y sin

embargo, no son inmorales en último término, al paso que Eurípides

siempre tiene en los labios la palabra sabiduría, y el efecto de sus

tragedias no es muchas voces ni sabio ni moral. Es también probable que

ni Sófocles ni Esquilo fuesen desdichados en su matrimonio, puesto que

ni el uno ni el otro se vengan, como Eurípides, en todas las mujeres de

las infidelidades de las suyas.[20] Como Esquilo y Sófocles no alteran

las fábulas tradicionales que andan en los labios del pueblo, solo

evocan recuerdos, y no necesitan de largos y pesados prólogos, llenos

de noticias genealógicas, en oposición con las tradiciones admitidas.

El estilo del primero de estos poetas es vigoroso y enérgico como su

alma, ampuloso a veces, pero gráfico siempre y descriptivo; lleno de

felices y pintorescas expresiones; exuberante en imágenes atrevidas;

torrente, en fin, de inagotable poesía, que llena la imaginación y

asombra al alma. El del segundo, natural, bello y elegante, siempre

sobrio y contenido, fácil y fluido, lleno de encanto y de armonía,

castizo y puro sin afectación, reflejo evidente de su gusto y buen

juicio literario. El de Eurípides, en fin, es desigual y afeminado a

veces; abunda en pensamientos y expresiones rebuscadas; no observa

siempre las leyes de la versificación; no se sostiene en el mismo tono

largo tiempo, y raya a veces en familiar y cómico. Como ninguno de los

dos primeros tiene pretensiones de orador, no defienden causas en la

escena, ni se ven obligados a dividir sus oraciones en diversas partes,

ni a emplear exordios ni pruebas ordenadas como Eurípides, que no

pierde ocasión de hacerlo. El teatro es para ellos un templo venerable

en donde el pueblo cree y aprende, no cátedra de filosofía ni escuela

de relajación. En una palabra, y usando una frase repetida muchas

veces, pero que pinta el genio de estos tres poetas: Esquilo representa

el nacimiento de la tragedia, pero el nacimiento de un gigante;

Sófocles su más acabada perfección, y Eurípides su decadencia.

Sin embargo, discurriendo sin pasión, debemos decir que Eurípides

poseía grandes cualidades, como ingenio e inventiva inagotables y fácil

y amena poesía, y que sus tragedias se distinguen, ya por lo patético,

ya por sus felicísimos rasgos, ya, en fin, porque su autor es el que

más se acerca a nosotros y más se ajusta a nuestras ideas. Su diálogo

es animado y vivo; bellísimas sus descripciones; sentencioso y profundo

a veces; gran poeta en sus coros; variado y nuevo en sus fábulas, y

hábil en la elección de las situaciones dramáticas de sus personajes.

Era griego al fin, y contemporáneo de muchos de los hombres más

eminentes de su patria en la política, en la filosofía, en las letras

y en las artes. Ninguno como él ha representado pasiones vehementes,

de esas que rayan en la locura; ninguno conmueve a sus lectores

con tanta fuerza; ninguno, en fin, ha sondeado como él el corazón

humano, ofreciéndolo sin disfraz a la expectación de las gentes.

Hasta en sus defectos es admirable, y así se explica la estimación

que le dispensaron sus contemporáneos y la fama que logró en toda la

Grecia, lo cual ni allí ni en parte alguna suele adquirirse sin dotes

eminentes.

HÉCUBA

ARGUMENTO

Cuando los griegos pusieron sitio a Troya y Príamo se vio acometido de

tantos y tan fuertes enemigos, no solo acudió a la defensa de su reino

poniendo al frente de sus tropas a sus numerosos hijos, que podían

manejar las armas, sino que, presintiendo el fatal desenlace que esta

guerra podría tener para su familia, confió su hijo impúbero Polidoro

a la custodia de Poliméstor, rey del Quersoneso de Tracia, y depositó

en sus manos al mismo tiempo un cuantioso tesoro. Poliméstor, mientras

resistieron los troyanos, fue fiel a los deberes que le imponían sus

antiguas relaciones con Príamo, en cuya mesa había apurado tantas veces

la copa de la hospitalidad; pero cuando pereció el anciano rey de Ilión

y los griegos la tomaron e incendiaron, repartiéndose su rico botín y

las cautivas que habían hecho, según las leyes de la guerra entonces

vigentes, codicioso del oro que guardaba, o por congraciarse con los

vencedores, o sin temor ya a los parientes de su tierno pupilo, lo

asesinó con alevosía, apoderándose de sus riquezas. A los tres días

de muerto, y deseosa la sombra de Polidoro de que se diese sepultura

a su cadáver, se apareció a su madre Hécuba, que, en compañía de las

esclavas troyanas, esperaba en el Quersoneso vientos favorables a la

navegación de los griegos. Hallábanse estos detenidos allí, aterrados

con el fantasma de Aquiles, que, derecho sobre su túmulo, situado

enfrente, había rogado que se le sacrificase Políxena, hija también de

Príamo y de Hécuba, y hermana de Polidoro; y con tal premura que, a no

hacerlo, no podrían navegar hacia su patria. Esta tragedia de Eurípides

se propone representar dramáticamente los dolores de Hécuba, herida en

su corazón por la muerte de sus dos hijos Políxena y Polidoro, y la

venganza que toma de Poliméstor, cegado por ella y por sus esclavas,

que matan también a sus hijos.

He aquí su argumento. Es fácil de observar que abraza dos acciones

distintas, la venganza de Poliméstor por Hécuba, y la muerte de

Políxena, si bien su centro de unidad es la mísera exreina de Troya,

dolorosamente afectada por la muerte de sus hijos, corona de sus

terribles infortunios. Es eminentemente trágico, quizá demasiado,

y su desarrollo, aparte del defecto de la duplicidad de la acción,

trazado con la maestría que caracteriza a Eurípides. Pertenece al

ciclo troyano, y expone dramáticamente un episodio posterior a la

guerra de Troya. Ofrece, por tanto, algunos puntos de contacto con _Las

Troyanas_, si bien la fábula de esta última tragedia es anterior a la

de HÉCUBA. El coro se compone en ambas de cautivas troyanas, y así en

la una como en la otra describen los horrores del asalto y los males

que la esclavitud les promete lejos de su patria. En _Las Troyanas_

se reparten los griegos las esclavas, y en la HÉCUBA sirven ya a

sus distintos dueños, como dice el verso 95, τὰς δεσποσύνους σκηνὰς

προλιποῦσα. En ambas es también Hécuba la protagonista, perdiendo en

una a su mísera hija Políxena y a Polidoro, y en la otra a su nieto

Astianacte, hijo de Andrómaca y de Héctor.

En las demás peripecias de ambas tragedias hay ya notables

divergencias, que podrán conocer los estudiosos, si quieren

compararlas. Los caracteres, tales como se representan en el teatro

griego, están bien sostenidos, y tanto Agamenón como Odiseo y

Poliméstor conservan sus diferencias y cualidades tradicionales.

El de Políxena, su heroica resolución y su muerte, es de gran

mérito artístico, y ofrece esa belleza plástica de primer orden en

que fueron inimitables los griegos. No podemos decir lo mismo de

Hécuba, vengativa, furiosa y cruel, hasta el punto de apelar para el

cumplimiento de su venganza (en el verso 789) a la deshonra de su hija

Casandra, para conciliarse el favor de Agamenón, diciendo:

ποῦ τὰς φίλας δῆτ᾽ εὐφρόνας δείξεις, ἄναξ,

ἢ τῶν ἐν εὐνῇ φιλτάτων ἀσπασμάτων

χάριν τίν᾽ ἕξει παῖς ἐμή, κείνης δ᾽ ἐγώ;

ni aprobar sus sangrientos sarcasmos contra Poliméstor, ya ciego, y la

ira insensata que la domina, la cual, si bien disculpable en cierto

modo por su especial y desgarradora situación, no por eso nos parece

hoy de buen gusto, ni creemos que tampoco lo fuese entre los griegos.

La mitad o algo más de esta tragedia es de lo mejor que ha escrito

Eurípides por su patético; lo restante vale mucho menos. Entre sus

escenas dramáticas más curiosas debemos citar la de la llegada de

Odiseo para llevar a Políxena al sacrificio; y entre sus más bellos

trozos, por el aroma helénico que respira, la descripción de la muerte

de Políxena hecha por el heraldo Taltibio. Los dos poetas latinos Ennio

y L. Accio y el erudito Erasmo de Rotterdam la han traducido en versos

latinos; Lodovico Dolce en italiano, y nuestro Fernán Pérez de Oliva ha

escrito una traducción de ella; Racine ha copiado algunos versos en su

_Iphigénie_, y Voltaire en su _Mérope_.

En cuanto a la época en que se representó, parece lo más probable

que fuera en la olimpiada 88, 4. Así lo hace presumir la parodia de

los versos 162 y 173 de esta tragedia, hecha por Aristófanes en los

708, 709 y 1148 de su comedia titulada _Las Nubes_; y como esta se

representó en la olimpiada 89, 1, parece lo más verosímil fijar la de

la HÉCUBA en el año anterior, porque esas alusiones del cómico griego

no podían referirse sino a tragedias representadas poco tiempo antes,

cuya memoria conservaba todavía el público. Esto debe entenderse dando

por supuesto que Aristófanes no retocase su comedia, como todo lo hace

sospechar, en cuyo caso viene a tierra todo el edificio levantado con

tanto trabajo por los eruditos, puesto que la parodia indicada pudo

ser muy bien una adición posterior. Teobaldo Fix, en su _Chronologia

fabularum Euripides_, pág. 9, añade que debió ser en la época que hemos

fijado, y da como razón que en el verso 558 y siguientes se alude a

la fiesta instituida por los atenienses después de la toma de Delos,

de que habla Tucídides (III, 104) y Plut. (_Nic._, c. 3); pero es

poco convincente, porque la alusión, si existe, es tan vaga, que nada

prueba. Aun sin haberse instituido esas fiestas, pudo Eurípides decir

muy bien lo que aparece en los versos citados. Lo mismo sucede con lo

que ha creído ver M. Artaud (_Tragédies d’Euripide_, tomo I, pág. 15)

en los versos 649 y 650, alusivos, en su concepto, a la derrota de los

espartanos en Pilos. Aun suponiendo que los espartanos no hubiesen sido

derrotados, era natural que Helena llorase a las orillas del Eurotas,

acordándose de Paris y de sus goces en Troya. Algo más vale lo que

añade después, fundándose en la versificación de esta tragedia, indicio

de ser de las más antiguas de Eurípides.

PERSONAJES

LA SOMBRA DE POLIDORO, _hijo de Hécuba._

HÉCUBA, _reina cautiva de Troya._

CORO DE CAUTIVAS.

POLÍXENA, _hija de Hécuba._

ODISEO.

TALTIBIO, _heraldo griego._

UNA ESCLAVA DE HÉCUBA.

AGAMENÓN, _general de los griegos._

POLIMÉSTOR, _rey de Tracia._

El lugar de la acción es la costa meridional del Quersoneso de Tracia,

frente a la Frigia.

La escena representa el campamento de los griegos, y se ven en ella

dos tiendas, a la izquierda la de Hécuba y las cautivas troyanas, y a

la derecha la de Agamenón y Casandra. Empieza a romper el día.

LA SOMBRA DE POLIDORO

Vengo de la mansión de los muertos y de las puertas de las tinieblas,

en donde Hades habita, separado de los demás dioses; soy Polidoro, hijo

de Hécuba, cuyo padre fue Ciseo,[21]y del rey Príamo. Este, viendo

el peligro que corría la ciudad de los troyanos de caer al empuje

de las lanzas griegas, me llevó ocultamente de Ilión al palacio de

Poliméstor, huésped suyo tracio que siembra las muy fértiles llanuras

del Quersoneso,[22] rigiendo con su cetro a un pueblo cabalgador.

Mucho oro envió también conmigo mi padre, para no dejar sumidos en

la miseria a los hijos que le sobreviviesen, si alguna vez se hundían

las murallas de Ilión; y como yo era el más joven de los Priámidas,

secretamente me alejó de mi patria, cuando ni podía soportar el peso

de las armas,[23] ni sostener la lanza con mi infantil brazo. Mientras

no variaron las lindes troyanas y sus torres no se derrumbaron, y

mientras mi hermano Héctor venció con su lanza, como a tierno renuevo

me alimentó el varón tracio, huésped de mi padre. Pero cuando Troya

sucumbió y exhaló el alma Héctor, y fue derribado mi hogar paterno,

pereciendo Príamo junto al ara consagrada a manos del sanguinario hijo

de Aquiles, el huésped de mi padre me mató sin compasión, codicioso

del oro, y me arrojó a las ondas del mar, para guardar en su palacio

mis riquezas. Yazgo, pues, en la ribera, a merced de las tempestades,

agitado por las movibles olas, no llorado, insepulto.[24] Ahora recurro

a Hécuba, mi amada madre, habiendo abandonado mi cuerpo, y después de

vagar durante tres días por el aire, ya que esa desgraciada ha venido

desde Troya a esta región del Quersoneso. Todos los aqueos, que tienen

naves, hállanse en esta costa tracia, porque Aquiles, el hijo de Peleo,

apareciéndose sobre su túmulo, detiene a la armada griega, que movía

hacia su patria los marinos remos, pidiendo que se le sacrifique sobre

el túmulo mi querida hermana Políxena. Y lo conseguirá, y le harán esa

ofrenda sus amigos, porque el destino ha fijado para este día la muerte

de mi hermana. Mi madre verá dos cadáveres de dos hijos: el mío y el de

esa infeliz doncella. Me apareceré, pues, para que me sepulten, a los

pies de una esclava, en brazos de las olas. He rogado a los que imperan

en el infierno que me concedan la sepultura y que me vea mi madre; se

cumplirá mi mayor deseo; pero me apartaré un poco, que sale ahora la

anciana Hécuba hacia la tienda de Agamenón,[25] asustada de mi sombra.

(_Sale Hécuba de la tienda_).

¡Ay, madre mía, que de reina te has convertido en esclava, y de feliz

en infortunada! Algún dios te castiga hoy por tu ventura anterior.

(_Sale Hécuba apoyada en sus esclavas, y se dirige con tardo paso a la

tienda de Agamenón_).

HÉCUBA

Llevad delante de la tienda a esta anciana, ¡oh vírgenes troyanas!;

sostened a vuestra consierva, antes vuestra reina; coged mi arrugada

mano; guiadme, llevadme, ayudadme, que yo, apoyado en el corvo báculo,

aceleraré cuanto pueda mi tardo paso. ¡Oh relámpagos de Zeus! ¡Oh

tenebrosa noche! ¿A qué me despertáis con terrores y apariciones? ¡Oh

tierra veneranda, madre de los sueños de negras alas!;[26] libradme de

esta visión nocturna, de la sombra de mi hijo, que vive en Tracia, y de

la terrible aparición de mi hija Políxena, que he visto con mis ojos

durante mi insomnio. ¡Dioses indígenas, proteged a mi hijo, áncora de

mi linaje y el único que de él queda en la fría Tracia bajo la tutela

del huésped de su padre!

Algo nuevo va a ocurrir; con lúgubres lamentos se mezclarán nuestros

llantos. Nunca mi alma ha sentido tanto miedo ni tanto horror. ¿En

dónde encontraré al divino Heleno o a Casandra, ¡oh troyanas!, para

que me interpreten estos sueños? He visto una manchada cierva, que

despedazaba un lobo con sus garras llenas de sangre, arrancándola

violentamente de mis rodillas, que movía a compasión. También me aterró

el espectro de Aquiles sobre lo alto del túmulo, que pedía se le

sacrificase algunas de las desdichadas troyanas. ¡Que no sea mi hija,

oh dioses, que no sea mi hija! ¡Yo os lo suplico!

EL CORO (_apareciendo sobre la timele_).[27]

De prisa, ¡oh Hécuba!, he dejado la tienda de mi dueño para buscarte,

ya que la suerte me ha hecho esclava suya, arrebatándome de Ilión,

cautiva por la lanza de los aqueos, no para aliviar tus males, sino

para anunciarte, mensajera de dolores, triste nueva. Dícese que en

solemne asamblea han decretado los aqueos sacrificar a tu hija a

los manes de Aquiles: tú sabes que se apareció sobre su túmulo con

sus doradas armas, y detuvo las naves que surcaban las ondas con

sus hinchadas velas, sujetas por cuerdas, exclamando así: «¿Adónde

habéis de ir, ¡oh dánaos!, sin tributar antes a mi túmulo los honores

debidos?».[28] Gran tempestad se promovió entre ellos, dando origen

a dos opiniones opuestas en el belicoso ejército de los griegos, y

creyendo unos que debía ofrecérsele una víctima, y otros lo contrario.

Agamenón no se olvidaba de ti, porque la profetisa Casandra tiene la

honra de frecuentar su lecho; pero los Teseidas,[29] nobles atenienses,

pronunciaron dos arengas, conviniendo ambos en la necesidad de regar

el túmulo de Aquiles con sangre caliente, y negando que el lecho de

Casandra debiera ser nunca preferido a la lanza de Aquiles. Igual

era el número de los que defendían estas dos opiniones antes que el

hábil, ingenioso, elocuente y popular hijo de Laertes persuadiese

al ejército, que no debía desairar al más fuerte de los griegos por

víctimas serviles, no fuese que alguno de los que habitan en la mansión

de Perséfone dijera que los dánaos, ingratos con sus hermanos, muertos

por la Grecia, abandonaban los campos de Troya. Pronto, pues, vendrá

Odiseo a arrancar de tu pecho y de tus arrugadas manos a la doncella.

Acude a los templos, acude a los altares, prostérnate ante las rodillas

de Agamenón y suplícale; invoca a los dioses que están en el cielo y

debajo de la tierra. O tus ruegos impedirán que te arrebaten tu mísera

hija, o la verás sucumbir sobre el túmulo,[30] virgen manchada con su

sangre, que, como río, correrá de su aurífero[31] cuello.

HÉCUBA

¡Ay de mí, mísera! ¿A qué he de gritar? ¿De qué servirán mis voces

y mis lágrimas? ¡Vejez infortunada! ¡Intolerable servidumbre, que

no podré sobrellevar! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¿Quién me defenderá?

¿Qué gente? ¿Qué ciudad? Murió el anciano Príamo, y morirán también

sus hijos. ¿Iré por aquí o iré por allí? ¿Adónde me encaminaré? ¿Do

habrá algún dios, o algún genio, que me socorra? Ya no me será grato

ver la luz. ¡Oh, troyanas, mensajeras de malas nuevas, mensajeras de

calamidades; me habéis dado muerte, habéis acabado conmigo! ¡Oh pies

míseros! Llevadme, conducid a esta anciana a la tienda inmediata.

(_Volviendo hacia su tienda_). ¡Fruto de mis entrañas, hija de

misérrima madre! Sal, sal de tu habitación; oye la voz de tu madre, ¡oh

hija!, para que conozcas la amenaza contra tu vida que ha traído la

fama.

POLÍXENA

Madre, ¿por qué te quejas? ¿Qué novedad anuncias, haciéndome salir de

mi tienda, aterrada como un pajarillo?

HÉCUBA

¡Ay de mí! ¡Oh hija!

POLÍXENA

¿Por qué sollozas?

HÉCUBA

¡Ay, ay de tu vida!

POLÍXENA

¿Por qué dices esto?

HÉCUBA

¡Hija, hija de desdichada madre!

POLÍXENA

¿A qué llamas con esa voz de mal agüero? Nada bueno me indica. Habla,

no me lo ocultes más tiempo. ¡Tengo miedo, madre, tengo miedo!

HÉCUBA

Refiero, ¡oh hija!, un rumor fatal: dicen que los argivos han decretado

arrancarme tu vida.

POLÍXENA

¡Ay de mí, madre! ¿Cómo me anuncias tan horrendos males? Explícate,

madre, explícate.

HÉCUBA

Los argivos, de común acuerdo, tratan, ¡oh hija!, de sacrificarte sobre

el túmulo del hijo de Peleo.

POLÍXENA[32]

¡Oh, madre, que tales penas sufres! ¡Oh tú, la más infeliz de las

madres! ¡Oh mujer desdichada! ¿Qué numen ha suscitado contra ti de

nuevo tantas infaustas e inauditas calamidades? Ya no seré tu compañera

de esclavitud; ya no podré, siendo tu hija, consolarte en tu deplorable

vejez. Como a leoncilla criada en las selvas, como a ternerilla nueva,

me verás separada de ti, me verás degollar, y bajaré a las subterráneas

tinieblas de Hades, en donde yaceré con los muertos. Por ti lloro, ¡oh

madre desdichada!, por ti me lamento amargamente. No por mi vida, llena

de males y de oprobio, porque es mejor mi suerte muriendo.

EL CORO

He aquí a Odiseo, que viene con pies ligeros, ¡oh Hécuba!, a

participarte sin duda alguna nueva.

ODISEO

Paréceme, ¡oh mujer!, que conoces la decisión del ejército y el

resultado de sus sufragios; pero te lo diré, sin embargo. Los griegos

han decretado que tu hija Políxena muera sobre el alto túmulo del

sepulcro de Aquiles. Quieren que yo sea quien acompañe y conduzca a

la virgen, y que el hijo de Aquiles presida y ejecute el sacrificio.

¿Sabes, pues, lo que has de hacer? No me obligues a emplear la

violencia ni intentes luchar conmigo; resígnate ante una fuerza mayor

y, de lo contrario, teme mayores males. Sabido es que hasta las

desdichas se han de sentir con moderación.

HÉCUBA

¡Ay de mí! Gran lucha, según presumo, se prepara, y abundantes gemidos

y no pocas lágrimas. ¡Y no morí cuando debía haber muerto, y Zeus no

me mató; antes me conserva para que cada día sufra mayores males! Pero

si es lícito a esclavas preguntar a los que son libres, sin amargura

ni encono, dígnate contestarme, y que nosotras, que preguntamos,

escuchemos.

ODISEO

Te es lícito; interroga; te concedo sin obstáculo este plazo.

HÉCUBA

¿Recuerdas que fuiste de espía a Ilión, disfrazado con viles harapos, y

manchada tu barba con las gotas de sangre que caían de tus ojos?[33]

ODISEO

Me acuerdo; grande fue mi apuro.

HÉCUBA

Pero te conoció Helena, y a mí sola lo dijo.

ODISEO

No se me olvida que estuve en gran peligro.

HÉCUBA

Y abrazaste humildemente mis rodillas.

ODISEO

Y mi mano, fría como la de un difunto, se agarró a tus vestidos.

HÉCUBA

¿Qué decías entonces cuando eras mi esclavo?

ODISEO

Atormenté mi ingenio y mi lengua para no morir.

HÉCUBA

Te salvé, y te dejé salir de Troya en libertad.

ODISEO

Por esto veo la luz ahora.

HÉCUBA

Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3) · 第 1 / 25 段