La vida pública no se sustrae, por cierto, a las consecuencias del

crecimiento del mismo germen de desorganización que lleva aquella

sociedad en sus entrañas. Cualquier mediano observador de sus costumbres

políticas os hablará de cómo la obsesión del interés utilitario tiende

progresivamente a enervar y empequeñecer en los corazones el sentimiento

del derecho. El valor cívico, la virtud vieja de los Hámilton, es una

hoja de acero que se oxida, cada día más olvidada, entre las telarañas

de las tradiciones. La venalidad, que empieza desde el voto público, se

propaga a todos los resortes institucionales. El gobierno de la

mediocridad vuelve vana la emulación que realza los caracteres y las

inteligencias y que los entona con la perspectiva de la efectividad de

su dominio. La democracia, a la que no han sabido dar el regulador de

una alta y educadora noción de las superioridades humanas, tendió

siempre entre ellos a esa brutalidad abominable del número que menoscaba

los mejores beneficios morales de la libertad y anula en la opinión el

respeto de la dignidad ajena. Hoy, además, una formidable fuerza se

levanta a contrastar de la peor manera posible el absolutismo del

número. La influencia política de una plutocracia representada por los

todopoderosos aliados de los _trust_, monopolizadores de la producción y

dueños de la vida económica, es, sin duda, uno de los rasgos más

merecedores de interés en la actual fisonomía del gran pueblo. La

formación de esta plutocracia ha hecho que se recuerde, con muy probable

oportunidad, el advenimiento de la clase enriquecida y soberbia que, en

los últimos tiempos de la república romana, es uno de los antecedentes

visibles de la ruina de la libertad y de la tiranía de los Césares. Y el

exclusivo cuidado del engrandecimiento material--numen de aquella

civilización--impone así la lógica de sus resultados en la vida

política, como en todos los órdenes de la actividad, dando el rango

primero al _struggle-for-life_ osado y astuto, convertido por la brutal

eficacia de su esfuerzo en la suprema personificación de la energía

nacional--en el postulante a su _representación_ emersoniana--en el

_personaje reinante_ de Taine.

Al impulso que precipita aceleradamente la vida del espíritu en el

sentido de la desorientación ideal y el egoísmo utilitario, corresponde,

físicamente, ese otro impulso, que en la expansión del asombroso

crecimiento de aquel pueblo lleva sus multitudes y sus iniciativas en

dirección a la inmensa zona occidental que, en tiempos de la

independencia, era el misterio, velado por las selvas del Mississipi. En

efecto; es en ese improvisado Oeste, que crece formidable frente a los

viejos Estados del Atlántico y reclama para un cercano porvenir la

hegemonía, donde está la más fiel representación de la vida

norteamericana en el actual instante de su evolución. Es allí donde los

definitivos resultados, los lógicos y naturales frutos del espíritu que

ha guiado a la poderosa democracia desde sus orígenes, se muestran de

relieve a la mirada del observador y le proporcionan un punto de partida

para imaginarse la faz del inmediato futuro del gran pueblo. Al

virginiano y al _yankee_ ha sucedido, como tipo representativo, ese

dominador de las ayer desiertas Praderas, refiriéndose al cual decía

Michel Chevalier, hace medio siglo, que «los últimos serían un día los

primeros». El utilitarismo, vacío de todo contenido ideal, la vaguedad

cosmopolita y la nivelación de la democracia bastarda, alcanzarán con él

su último triunfo.--Todo elemento noble de aquella civilización; todo lo

que la vincula a generosos recuerdos y fundamenta su dignidad

histórica--el legado de los tripulantes del _Flor de Mayo_, la memoria

de los patricios de Virginia y de los caballeros de la Nueva Inglaterra,

el espíritu de los ciudadanos y los legisladores de la emancipación--,

quedarán dentro de los viejos Estados donde Boston y Filadelfia

mantienen aún, según expresivamente se ha dicho, «el palládium de la

tradición washingtoniana». Chicago se alza a reinar. Y su confianza en

la superioridad que lleva sobre el litoral iniciador del Atlántico, se

funda en que le considera demasiado reaccionario, demasiado europeo,

demasiado tradicionalista. La historia no da títulos cuando el

procedimiento de elección es la subasta de la púrpura.

A medida que el utilitarismo genial de aquella civilización asume así

caracteres más definidos, más francos, más estrechos, aumentan, con la

embriaguez de la prosperidad material, las impaciencias de sus hijos por

propagarla y atribuirle la predestinación de un magisterio romano.--Hoy,

ellos aspiran manifiestamente al primado de la cultura universal, a la

dirección de las ideas, y se consideran a sí mismos los forjadores de un

tipo de civilización que prevalecerá. Aquel discurso semi-irónico que

Laboulaye pone en boca de un escolar de su París americanizado para

significar la preponderancia que concedieron siempre en el propósito

educativo a cuanto favorezca el orgullo del sentimiento nacional,

tendría toda la seriedad de la creencia más sincera en labios de

cualquier americano viril de nuestros días. En el fondo de su declarado

espíritu de rivalidad hacia Europa hay un menosprecio que es ingenuo, y

hay la profunda convicción de que ellos están destinados a obscurecer en

breve plazo su superioridad espiritual y su gloria, cumpliéndose una vez

más en las evoluciones de la civilización humana la dura ley de los

misterios antiguos en que el iniciado daba muerte al iniciador. Inútil

sería tender a convencerles de que, aunque la contribución que han

llevado a los progresos de la libertad y de la utilidad haya sido,

indudablemente, cuantiosa, y aunque debiera atribuírsele en justicia la

significación de una obra universal, de una obra _humana_, ella es

insuficiente para hacer transmudarse, en dirección al nuevo Capitolio,

el eje del mundo. Inútil sería tender a convencerles de que la obra

realizada por la perseverante genialidad del arya europeo desde que,

hace tres mil años, las orillas del Mediterráneo, civilizador y

glorioso, se ciñeron jubilosamente la guirnalda de las ciudades

helénicas; la obra que aún continúa realizándose y de cuyas tradiciones

y enseñanzas vivimos, es una suma con la cual no puede formar ecuación

la fórmula _Wáshington más Édison_. Ellos aspirarían a revisar el

Génesis para ocupar esa primera página.--Pero además de la relativa

insuficiencia de la parte que les es dado reivindicar en la educación de

la humanidad, su carácter mismo les niega la posibilidad de la

hegemonía.--Naturaleza no les ha concedido el genio de la propaganda ni

la vocación apostólica. Carecen de ese don superior de _amabilidad_--en

alto sentido--, de ese extraordinario poder de simpatía con que las

razas que han sido dotadas de un cometido providencial de educación,

saben hacer de su cultura algo parecido a la belleza de la Helena

clásica, en la que todos creían reconocer un rasgo propio.--Aquella

civilización puede abundar, o abunda indudablemente, en sugestiones y en

ejemplos fecundos; ella puede inspirar admiración, asombro, respeto,

pero es difícil que cuando el extranjero divisa de alta mar su

gigantesco símbolo: la libertad de Bartholdi, que yergue triunfalmente

su antorcha sobre el puerto de Nueva York, se despierte en su ánimo la

emoción profunda y religiosa con que el viajero antiguo debía ver

surgir, en las noches diáfanas del Ática, el toque luminoso que la lanza

de oro de la Atenea del Acrópolis dejaba notar a la distancia en la

pureza del ambiente sereno.

Y advertid que cuando, en nombre de los derechos del espíritu, niego al

utilitarismo norteamericano ese carácter típico con que quiere

imponérsenos como suma y modelo de civilización, no es mi propósito

afirmar que la obra realizada por él haya de ser enteramente perdida con

relación a los que podríamos llamar _los intereses del alma_.--Sin el

brazo que nivela y construye, no tendría paz el que sirve de apoyo a la

noble frente que piensa. Sin la conquista de cierto bienestar material

es imposible, en las sociedades humanas, el reino del espíritu. Así lo

reconoce el mismo aristocrático idealismo de Renán, cuando realza, del

punto de vista de los intereses morales de la especie y de su selección

espiritual en lo futuro, la significación de la obra utilitaria de este

siglo. «Elevarse sobre la necesidad--agrega el maestro--, es

redimirse».--En lo remoto del pasado, los efectos de la prosaica e

interesada actividad del mercader que por primera vez pone en relación a

un pueblo con otros tienen un incalculable alcance idealizador, puesto

que contribuyen eficazmente a multiplicar los instrumentos de la

inteligencia, a pulir y suavizar las costumbres y a hacer posibles,

quizá, los preceptos de una moral más avanzada.--La misma fuerza

positiva aparece propiciando las mayores idealidades de la civilización.

El oro acumulado por el mercantilismo de las repúblicas italianas

«pagó--según Saint-Víctor--los gastos del renacimiento». Las naves que

volvían de los países de _Las mil y una noches_, colmadas de especias y

marfil, hicieron posible que Lorenzo de Médicis renovara, en las lonjas

de los mercaderes florentinos, los convites platónicos.--La historia

muestra en definitiva una inducción recíproca entre los progresos de la

actividad utilitaria y la ideal. Y así como la utilidad suele

convertirse en fuerte escudo para las idealidades, ellas provocan con

frecuencia (a condición de no proponérselo directamente) los resultados

de lo útil. Observa Bagehot, por ejemplo, cómo los inmensos beneficios

positivos de la navegación no existirían acaso para la humanidad,

si en las edades primitivas no hubiera habido soñadores y

ociosos--seguramente, mal comprendidos de sus contemporáneos--a quienes

interesase la contemplación de lo que pasaba en las esferas del

cielo.--Esta ley de armonía nos enseña a respetar el brazo que labra el

duro terruño de la prosa. La obra del positivismo norteamericano servirá

a la causa de Ariel, en último término. Lo que aquel pueblo de cíclopes

ha conquistado directamente para el bienestar material, con su sentido

de lo útil y su admirable actitud de la invención mecánica, lo

convertirán otros pueblos, o él mismo en lo futuro, en eficaces

elementos de selección. Así, la más preciosa y fundamental de las

adquisiciones del espíritu--el alfabeto, que da alas de inmortalidad a

la palabra--nace en el seno de las factorías cananeas y es el hallazgo

de una civilización mercantil, que, al utilizarlo con fines

exclusivamente mercenarios, ignoraba que el genio de razas superiores lo

transfiguraría convirtiéndole en el medio de propagar su más pura y

luminosa esencia. La relación entre los bienes positivos y los bienes

intelectuales y morales es, pues, según la adecuada comparación de

Fouillée, un nuevo aspecto de la cuestión de la equivalencia de las

fuerzas, que así como permite transformar el movimiento en calórico,

permite también obtener de las ventajas materiales elementos de

superioridad espiritual.

Pero la vida norteamericana no nos ofrece aún un nuevo ejemplo de esa

relación indudable, ni nos lo anuncia como gloria de una posteridad que

se vislumbre.--- Nuestra confianza y nuestros votos deben inclinarse a

que, en un porvenir más inaccesible a la inferencia, esté reservado a

aquella civilización un destino superior. Por más que bajo el acicate de

su actividad vivísima, el breve tiempo que la separa de su aurora haya

sido bastante para satisfacer el gasto de vida requerido por una

evolución inmensa, su pasado y su actualidad no pueden ser sino un

introito con relación a lo futuro.--Todo demuestra que ella está aún muy

lejana de su fórmula definitiva. La energía asimiladora que le ha

permitido conservar cierta uniformidad y cierto temple genial, a

despecho de las enormes invasiones de elementos étnicos opuestos a los

que hasta hoy han dado el tono a su carácter, tendrá que reñir batallas

cada día más difíciles, y en el utilitarismo proscriptor de toda

idealidad no encontrará una inspiración suficientemente poderosa para

mantener la atracción del sentimiento solidario. Un pensador ilustre,

que comparaba al esclavo de las sociedades antiguas con una partícula no

digerida por el organismo social, podría quizá tener una comparación

semejante para caracterizar la situación de ese fuerte colono de

procedencia germánica, que establecido en los Estados del centro y del

Far-West conserva intacta en su naturaleza, en su sociabilidad, en sus

costumbres, la impresión del genio alemán, que en muchas de sus

condiciones características más profundas y enérgicas debe ser

considerado una verdadera antítesis del genio americano.--Por otra

parte, una civilización que esté destinada a vivir y a dilatarse en el

mundo; una civilización que no haya perdido, momificándose, a la manera

de los imperios asiáticos, la aptitud de la variabilidad, no puede

prolongar indefinidamente la dirección de sus energías y de sus ideas en

un único y exclusivo sentido. Esperemos que el espíritu de aquel

titánico organismo social, que ha sido hasta hoy _voluntad_ y _utilidad_

solamente, sea también algún día inteligencia, sentimiento, idealidad.

Esperemos, que de la enorme fragua surgirá, en último resultado, el

ejemplar humano, generoso, armónico, selecto, que Spencer, en un ya

citado discurso, creía poder augurar como término del costoso proceso de

refundición. Pero no le busquemos ni en la realidad presente de aquel

pueblo, ni en la perspectiva de sus evoluciones inmediatas; y

renunciemos a ver el tipo de una civilización ejemplar donde sólo existe

un boceto tosco y enorme, que aún pasará necesariamente por muchas

rectificaciones sucesivas, antes de adquirir la serena y firme actitud

con que los pueblos que han alcanzado un perfecto desenvolvimiento de su

genio presiden al glorioso coronamiento de su obra, como en _el sueño

del cóndor_ que Leconte de Lisle ha descrito con su soberbia majestad,

terminando en olímpico sosiego la ascensión poderosa más arriba de la

cumbre de la cordillera.

* * *

Ante la posteridad, ante la historia, todo gran pueblo debe aparecer

como una vegetación cuyo desenvolvimiento ha tendido armoniosamente a

producir un fruto en el que su savia acrisolada ofrece al porvenir la

idealidad de su fragancia y la fecundidad de su simiente.--Sin este

resultado duradero, _humano_, levantado sobre la finalidad transitoria

de lo _útil_, el poder y la grandeza de los imperios no son más que una

noche de sueño en la existencia de la humanidad; porque, como las

visiones personales del sueño, no merecen contarse en el encadenamiento

de los hechos que forman la trama activa de la vida.

Gran civilización, gran pueblo--en la acepción que tiene valor para la

historia--, son aquellos que, al desaparecer materialmente en el tiempo,

dejan vibrante para siempre la melodía surgida de su espíritu y hacen

persistir en la posteridad su legado imperecedero--según dijo Carlyle

del alma de sus «héroes»--: _como una nueva y divina porción de la suma

de las cosas_. Tal, en el poema de Goethe, cuando la Elena evocada del

reino de la noche vuelve a descender al Orco sombrío, deja a Fausto su

túnica y su velo. Estas vestiduras no son la misma deidad, pero

participan, habiéndolas llevado ella consigo, de su alteza de divina, y

tienen la virtud de elevar a quien las posee por encima de las cosas

vulgares.

Una sociedad definitivamente organizada que limite su idea de la

civilización a acumular abundantes elementos de prosperidad y su idea de

la justicia a distribuirlos equitativamente entre los asociados, no hará

de las ciudades donde habite nada que sea distinto, por esencia del

hormiguero o la colmena. No son bastantes, ciudades populosas,

opulentas, magníficas, para probar la constancia y la intensidad de una

civilización. La gran ciudad es, sin duda, un organismo necesario de la

alta cultura. Es el ambiente natural de las más altas manifestaciones

del espíritu. No sin razón ha dicho Quinet que «el alma que acude a

beber fuerzas y energías en la íntima comunicación con el linaje humano,

esa alma que constituye al grande hombre, no puede formarse y dilatarse

en medio de los pequeños partidos de una ciudad pequeña».--Pero así la

grandeza cuantitativa de la población como la grandeza material de sus

instrumentos, de sus armas, de sus habitaciones, son sólo _medios_ del

genio civilizador, y en ningún caso resultados en los que él pueda

detenerse.--De las piedras que compusieron a Cartago, no dura una

partícula transfigurada en espíritu y en luz. La inmensidad de Babilonia

y de Nínive no representa en la memoria de la humanidad el hueco de una

mano si se la compara con el espacio que va desde la Acrópolis al

Pireo.--Hay una perspectiva ideal en la que la ciudad no aparece grande

sólo porque prometa ocupar el área inmensa que había edificada en torno

a la torre de Nemrod; ni aparece fuerte sólo porque sea capaz de

levantar de nuevo ante sí los muros babilónicos sobre los que era

posible hacer pasar seis carros de frente; ni aparece hermosa sólo

porque, como Babilonia, luzca en los paramentos de sus palacios losas de

alabastro y se enguirnalde con los jardines de Semíramis.

Grande es en esa perspectiva la ciudad, cuando los arrabales de su

espíritu alcanzan más allá de las cumbres y los mares, y cuando,

pronunciando su nombre, ha de iluminarse para la posteridad toda una

jornada de la historia humana, todo un horizonte del tiempo. La ciudad

es fuerte y hermosa cuando sus días son algo más que la invariable

repetición de un mismo eco, reflejándose indefinidamente de uno en otro

círculo de una eterna espiral; cuando hay algo en ella que flota por

encima de la muchedumbre; cuando entre las luces que se encienden

durante sus noches está la lámpara que acompaña la soledad de la

vigilia, inquietada por el pensamiento, y en la que se incuba la idea

que ha de surgir al sol del otro día convertida en el grito que congrega

y la fuerza que conduce las almas.

Entonces, sólo la extensión y la grandeza material de la ciudad pueden

dar la medida para calcular la intensidad de su civilización.--Ciudades

regias, soberbias aglomeraciones de casas, son para el pensamiento un

cauce más inadecuado que la absoluta soledad del desierto, cuando el

pensamiento no es el señor que las domina.--Leyendo el _Maud_ de

Ténnyson, hallé una página que podría ser el símbolo de este tormento

del espíritu allí donde la sociedad humana es para él un género de

soledad.--Presa de angustioso delirio, el héroe del poema se sueña

muerto y sepultado, a pocos pies dentro de tierra, bajo el pavimento de

una calle de Londres. A pesar de la muerte, su conciencia permanece

adherida a los fríos despojos de su cuerpo. El clamor confuso de la

calle, propagándose en sorda vibración hasta la estrecha cavidad de la

tumba, impide en ella todo sueño de paz. El peso de la multitud

indiferente gravita a toda hora sobre la triste prisión de aquel

espíritu, y los cascos de los caballos que pasan parecen empeñarse en

estampar sobre él un sello de oprobio. Los días se suceden con lentitud

inexorable. La aspiración de Maud consistiría en hundirse más adentro,

mucho más adentro de la tierra. El ruido ininteligente del tumulto sólo

sirve para mantener en su conciencia desvelada el pensamiento de su

cautividad.

Existen ya, en nuestra América latina, ciudades cuya grandeza material y

cuya suma de civilización aparente las acercan con acelerado paso a

participar del primer rango en el mundo. Es necesario temer que el

pensamiento sereno que se aproxime a golpear sobre las exterioridades

fastuosas, como sobre un cerrado vaso de bronce, sienta el ruido

desconsolador del vacío. Necesario es temer, por ejemplo, que ciudades

cuyo nombre fué un glorioso símbolo en América; que tuvieron a Moreno, a

Rivadavia, a Sarmiento; que llevaron la iniciativa de una inmortal

Revolución; ciudades que hicieron dilatarse por toda la extensión de un

continente, como en el armonioso desenvolvimiento de las ondas

concéntricas que levanta el golpe de la piedra sobre el agua dormida, la

gloria de sus héroes y la palabra de sus tribunos, puedan determinar en

Sidón, en Tiro, en Cartago.

A vuestra generación toca impedirlo; a la juventud que se levanta,

sangre y músculo y nervio del porvenir. Quiero considerarla

personificada en vosotros. Os hablo ahora figurándome que sois los

destinados a guiar a los demás en los combates por la causa del

espíritu. La perseverancia de vuestro esfuerzo debe identificarse en

vuestra intimidad con la certeza del triunfo. No desmayéis en predicar

el Evangelio de la delicadeza a los escitas, el Evangelio de la

inteligencia a los beocios, el Evangelio del desinterés a los fenicios.

Basta que el pensamiento insista en _ser_--en demostrar que existe, con

la demostración que daba Diógenes del movimiento--, para que su

dilatación sea ineluctable y para que su triunfo sea seguro.

El pensamiento se conquistará palmo a palmo, por su propia

espontaneidad, todo el espacio de que necesite para afirmar y consolidar

su reino, entre las demás manifestaciones de la vida.--Él, en la

organización individual, levanta y engrandece, con su actividad

continuada, la bóveda del cráneo que le contiene. Las razas pensadoras

revelan, en la capacidad creciente de sus cráneos, ese empuje del obrero

interior.--Él, en la organización social, sabrá también engrandecer la

capacidad de su escenario, sin necesidad de que para ello intervenga

ninguna fuerza ajena a él mismo.--Pero tal persuasión, que debe

defenderos de un desaliento cuya única utilidad consistiría en eliminar

a los mediocres y los pequeños de la lucha, debe preservaros también de

las impaciencias que exigen vanamente del tiempo la alteración de su

ritmo imperioso.

Todo el que se consagre a propagar y defender, en la América

contemporánea, un ideal desinteresado del espíritu--arte, ciencia,

moral, sinceridad religiosa, política de ideas--, debe educar su

voluntad en el culto perseverante del porvenir. El pasado perteneció

todo entero al brazo que combate; el presente pertenece, casi por

completo también, al tosco brazo que nivela y construye; el porvenir--un

porvenir tanto más cercano cuanto más enérgicos sean la voluntad y el

pensamiento de los que le ansían--ofrecerá, para el desenvolvimiento de

superiores facultades del alma, la estabilidad, el escenario y el

ambiente.

¿No la veréis vosotros la América que nosotros soñamos; hospitalaria

para las cosas del espíritu, y no tan sólo para las muchedumbres que se

amparen a ella; pensadora, sin menoscabo de su aptitud para la acción;

serena y firme a pesar de sus entusiasmos generosos; resplandeciente con

el encanto de una seriedad temprana y suave, como la que realza la

expresión de un rostro infantil cuando en él se revela, al través de la

gracia intacta que fulgura, el pensamiento inquieto que

despierta?...--Pensad en ella a lo menos; el honor de vuestra historia

futura depende de que tengáis constantemente ante los ojos del alma la

visión de esa América regenerada, cerniéndose de lo alto sobre las

realidades del presente, como en la nave gótica el vasto rosetón que

arde en luz sobre lo austero de los muros sombríos.--No seréis sus

fundadores, quizá; seréis los precursores que inmediatamente la

precedan. En las sanciones glorificadoras del futuro hay también palmas

para el recuerdo de los precursores. Edgard Quinet, que tan

profundamente ha penetrado en las armonías de la historia y la

Naturaleza, observa que para preparar el advenimiento de un nuevo tipo

humano, de una nueva unidad social, de una personificación nueva de la

civilización, suele precederles de lejos un grupo disperso y prematuro,

cuyo papel es análogo en la vida de las sociedades al de las _especies

proféticas_ de que a propósito de la evolución biológica habla Héer. El

tipo nuevo empieza por significar, apenas, diferencias individuales y

aisladas; los individualismos se organizan más tarde en «variedad», y

por último, la variedad encuentra para propagarse un medio que la

favorece, y entonces ella asciende quizá al rango específico:

entonces--digámoslo con las palabras de Quinet--_el grupo se hace

muchedumbre, y reina_.

Ariel · 第 5 / 6 段