En ese esfuerzo vano hay, además, no sé qué cosa de innoble. Género de

_snobismo_ político podría llamarse al afanoso remedo de cuanto hacen

los preponderantes y los fuertes, los vencedores y los afortunados;

género de abdicación servil, como en la que en algunos de los _snobs_

encadenados para siempre a la tortura de la sátira por el libro de

Thackeray, hace consumirse tristemente las energías de los ánimos no

ayudados por la Naturaleza o la fortuna, en la imitación impotente de

los caprichos y las volubilidades de los encumbrados de la sociedad.--El

cuidado de la independencia _interior_--la de la personalidad, la del

criterio--es una principalísima forma del respeto propio. Suele en los

tratados de ética comentarse un precepto moral de Cicerón, según el cual

forma parte de los deberes humanos el que cada uno de nosotros cuide y

mantenga celosamente la originalidad de su carácter personal, lo que

haya en él que lo diferencie y determine, respetando, en todo cuanto no

sea inadecuado para el bien, el impulso primario de la Naturaleza, que

ha fundado en la varia distribución de sus dones el orden y el concierto

del mundo.--Y aún me parecería mayor el imperio del precepto si se le

aplicase, colectivamente, al carácter de las sociedades humanas. Acaso

oiréis decir que no hay un sello propio y definido por cuya permanencia,

por cuya integridad deba pugnarse, en la organización actual de nuestros

pueblos. Falta tal vez, en nuestro carácter colectivo, el contorno

seguro de la «personalidad». Pero en ausencia de esa índole

perfectamente diferenciada y autonómica, tenemos--los americanos

latinos--una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener,

un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia,

confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro. El

cosmopolitismo, que hemos de atacar como una irresistible necesidad de

nuestra formación, no excluye, ni ese sentimiento de fidelidad a lo

pasado, ni la fuerza directriz y plasmante con que debe el genio de la

raza imponerse en la refundición de los elementos que constituirán al

americano definitivo del futuro.

Se ha observado más de una vez que las grandes evoluciones de la

historia, las grandes épocas, los períodos más luminosos y fecundos en

el desenvolvimiento de la humanidad, son casi siempre la resultante de

dos fuerzas distintas y co-actuales, que mantienen, por los concertados

impulsos de su oposición, el interés y el estímulo de la vida, los

cuales desaparecerían, agotados, en la quietud de una unidad

absoluta.--Así, sobre los dos polos de Atenas y Lacedemonia, se apoya el

eje alrededor del cual gira el carácter de la más genial y civilizadora

de las razas.--América necesita mantener en el presente la dualidad

original de su constitución, que convierte en realidad de su historia

el mito clásico de las dos águilas soltadas simultáneamente de uno y

otro polo del mundo, para que llegasen a un tiempo al límite de sus

dominios. Esta diferencia genial y emuladora no excluye, sino que tolera

y aun favorece en muchísimos aspectos, la concordia de la solidaridad. Y

si una concordia superior pudiera vislumbrarse desde nuestros días como

la fórmula de un porvenir lejano, ella no sería debida a la _imitación

unilateral_--que diría Tarde--de una raza por otra, sino a la

reciprocidad de sus influencias y al atinado concierto de los atributos

en que se funda la gloria de las dos.

Por otra parte, en el estudio desapasionado de esa civilización que

algunos nos ofrecen como único y absoluto modelo, hay razones no menos

poderosas que las que se fundan en la indignidad y la inconveniencia de

una renuncia a todo propósito de originalidad, para templar los

entusiasmos de los que nos exigen su consagración idolátrica.--Y llego

ahora a la relación que directamente tiene, con el sentido general de

esta plática mía, el comentario de semejante espíritu de imitación.

Todo juicio severo que se formule de los americanos del Norte debe

empezar por rendirles, como se haría con altos adversarios, la

formalidad caballeresca de un saludo.--Siento fácil mi espíritu para

cumplirla.--Desconocer sus defectos no me parecería tan insensato como

negar sus cualidades. Nacidos--para emplear la paradoja usada por

Baudelaire a otro respecto--con la _experiencia innata_ de la libertad,

ellos se han mantenido fieles a la ley de su origen, y han desenvuelto,

con la precisión y la seguridad de una progresión matemática, los

principios fundamentales de su organización, dando a su historia una

consecuente unidad que, si bien ha excluído las adquisiciones de

aptitudes y méritos distintos, tiene la belleza intelectual de la

lógica.--La huella de sus pasos no se borrará jamás en los anales del

derecho humano, porque ellos han sido los primeros en hacer surgir

nuestro moderno concepto de la libertad, de las inseguridades del ensayo

y de las imaginaciones de la utopía, para convertirla en bronce

imperecedero y realidad viviente; porque han demostrado con su ejemplo

la posibilidad de extender a un inmenso organismo nacional la

inconmovible autoridad de una república; porque, con su organización

federativa, han revelado--según la feliz expresión de Tocqueville--la

manera cómo se pueden conciliar con el brillo y el poder de los Estados

grandes la felicidad y la paz de los pequeños.--Suyos son algunos de los

rasgos más audaces con que ha de destacarse en la perspectiva del tiempo

la obra de este siglo. Suya es la gloria de haber revelado

plenamente--acentuando la más firme nota de belleza moral de nuestra

civilización--la grandeza y el poder del trabajo; esa fuerza bendita que

la antigüedad abandonaba a la abyección de la esclavitud y que hoy

identificamos con la más alta expresión de la dignidad humana, fundada

en la conciencia y en la actividad del propio mérito. Fuertes, tenaces,

teniendo la inacción por oprobio, ellos han puesto en manos del

_mechánic_ de sus talleres y el _fármer_ de sus campos la clava hercúlea

del mito, y han dado al genio humano una nueva e inesperada belleza,

ciñéndole el mandil de cuero del forjador. Cada uno de ellos avanza a

conquistar la vida como el desierto los primitivos puritanos.

Perseverantes devotos de ese culto de la energía individual que hace de

cada hombre el artífice de su destino, ellos han modelado su

sociabilidad en un conjunto imaginario de ejemplares de Róbinson, que

después de haber fortificado rudamente su personalidad en la práctica de

la ayuda propia, entrarán a componer los filamentos de una urdimbre

firmísima.--Sin sacrificarle esa soberana concepción del individuo, han

sabido hacer al mismo tiempo, del espíritu de asociación, el más

admirable instrumento de su grandeza y de su imperio; y han obtenido de

la suma de las fuerzas humanas, subordinada a los propósitos de la

investigación, de la filantropía, de la industria, resultados tanto más

maravillosos por lo mismo que se consiguen con la más absoluta

integridad de la autonomía personal.--Hay en ellos un instinto de

curiosidad despierta e insaciable, una impaciente avidez de toda luz; y

profesando el amor por la instrucción del pueblo con la obsesión de una

monomanía gloriosa y fecunda, han hecho de la escuela el quicio más

seguro de su prosperidad, y del alma del niño la más cuidada entre las

cosas leves y preciosas.--Su cultura, que está lejos de ser refinada ni

espiritual, tiene una eficacia admirable siempre que se dirige

prácticamente a realizar una finalidad inmediata.

No han incorporado a las adquisiciones de la ciencia una sola ley

general, un solo principio; pero la han hecho maga por las maravillas de

sus aplicaciones, la han agigantado en los dominios de la utilidad, y

han dado al mundo en la caldera de vapor y en la dínamo eléctrica,

billones de esclavos invisibles que centuplican, para servir al Aladino

humano, el poder de la lámpara maravillosa.--El crecimiento de su

grandeza y de su fuerza, será objeto de perdurables asombros para el

porvenir. Han inventado, con su prodigiosa aptitud de improvisación, un

acicate para el tiempo; y al conjuro de su voluntad poderosa, surge en

un día, del seno de la absoluta soledad, la suma de cultura acumulable

para la obra de los siglos.--La libertad puritana, que les envía su luz

desde el pasado, unió a esta luz el calor de una piedad que aún dura.

Junto a la fábrica y la escuela, sus fuertes manos han alzado también

los templos de donde evaporan sus plegarias muchos millones de

conciencias libres. Ellos han sabido salvar, en el naufragio de todas

las idealidades, la idealidad más alta, guardando viva la tradición de

un sentimiento religioso que, si no levanta sus vuelos en alas de un

espiritualismo delicado y profundo, sostiene, en parte, entre las

asperezas del tumulto utilitario, la rienda firme del sentido

moral.--Han sabido también guardar, en medio de los refinamientos de la

vida civilizada, el sello de cierta primitividad robusta. Tienen el

culto pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza; templan y afinan

en el músculo el instrumento precioso de la voluntad; y obligados por su

aspiración insaciable de dominio a cultivar la energía de todas las

actividades humanas, modelan el torso del atleta para el corazón del

hombre libre.--Y del concierto de su civilización, del acordado

movimiento de su cultura, surge una dominante nota de optimismo, de

confianza, de fe, que dilata los corazones impulsándolos al porvenir

bajo la sugestión de una esperanza terca y arrogante; la nota del

_Excelsior_ y el _Salmo de la vida_ con que sus poetas han señalado el

infalible bálsamo contra toda amargura en la filosofía del esfuerzo y de

la acción.

Su grandeza titánica se impone así, aun a los más prevenidos por las

enormes desproporciones de su carácter o por las violencias recientes de

su historia. Y por mi parte ya veis que, aunque no les amo, les admiro.

Les admiro, en primer término, por su formidable capacidad de _querer_,

y me inclino ante «la escuela de voluntad y de trabajo» que--como de sus

progenitores nacionales dijo Philarète-Chasles--ellos han instituído.

_En el principio la acción era._ Con estas célebres palabras del

«Fausto» podría empezar un futuro historiador de la poderosa república

el Génesis, aún no concluído, de su existencia nacional. Su genio podría

definirse, como el universo de los dinamistas, _la fuerza en

movimiento_. Tiene, ante todo y sobre todo, la capacidad, el entusiasmo,

la vocación dichosa de la acción. La voluntad es el cincel que ha

esculpido a ese pueblo en dura piedra. Sus relieves característicos son

dos manifestaciones del poder de la voluntad: la originalidad y la

audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de una actividad viril.

Su personaje representativo se llama _Yo quiero_, como el «superhombre»

de Nietzsche.--Si algo le salva colectivamente de la vulgaridad, es ese

extraordinario alarde de energía que lleva a todas partes y con el que

imprime cierto carácter de épica grandeza, aun a las luchas del interés

y de la vida material. Así de los especuladores de Chicago y de

Mineápolis, ha dicho Paul Bourget que son a la manera de combatientes

heroicos en los cuales la aptitud para el ataque y la defensa es

comparable a la de un _grognard_ del gran Emperador.--Y esta energía

suprema, con la que el genio norteamericano parece obtener--hipnotizador

audaz--el adormecimiento y la sugestión de los hados, suele encontrarse

aun en las particularidades que se nos presentan como excepcionales y

divergentes de aquella civilización. Nadie negará que Edgard Poe es una

individualidad anómala y rebelde dentro de su pueblo. Su alma escogida

representa una partícula inasimilable del alma nacional, que no en vano

se agitó entre las otras con la sensación de una soledad infinita. Y,

sin embargo, la nota fundamental--que Baudelaire ha señalado

profundamente--en el carácter de los héroes de Poe, es todavía el temple

sobrehumano, la indómita resistencia de la voluntad. Cuando ideó a

Ligeia, la más misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe simbolizó en

la luz inextinguible de sus ojos el himno de triunfo de la Voluntad

sobre la Muerte.

Adquirido, con el sincero reconocimiento de cuanto hay de luminoso y

grande en el genio de la poderosa nación, el derecho de completar

respecto a él la fórmula de la justicia, una cuestión llena de interés

pide expresarse.--¿Realiza aquella sociedad, o tiende a realizar, por lo

menos, la idea de la conducta racional que cumple a las legítimas

exigencias del espíritu, a la dignidad intelectual y moral de nuestra

civilización?--¿Es en ella donde hemos de señalar la más aproximada

imagen de nuestra «ciudad perfecta»?--Esta febricitante inquietud que

parece centuplicar en su seno el movimiento y la intensidad de la vida,

¿tiene un objeto capaz de merecerla y un estímulo bastante para

justificarla?

Herbert Spencer, formulando con noble sinceridad su saludo a la

democracia de América en un banquete de New York, señalaba el rasgo

fundamental de la vida de los norteamericanos en esa misma desbordada

inquietud que se manifiesta por la pasión infinita del trabajo y la

porfía de la expansión material en todas sus formas. Y observaba después

que, en tan exclusivo predominio de la actividad subordinada a los

propósitos inmediatos de la utilidad, se revelaba una concepción de la

existencia, tolerable sin duda como carácter provisional de una

civilización, como tarea preliminar de una cultura, pero que urgía ya

rectificar, puesto que tendía a convertir el trabajo utilitario en fin y

objeto supremo de la vida, cuando él en ningún caso puede significar

racionalmente sino la acumulación de los elementos propios para hacer

posible el total y armonioso desenvolvimiento de nuestro ser.--Spencer

agregaba que era necesario predicar a los norteamericanos el Evangelio

del descanso o el recreo; e identificando nosotros la más noble

significación de estas palabras con las del _ocio_, tal cual lo

dignificaban los antiguos moralistas, clasificaremos dentro del

Evangelio en que debe iniciarse a aquellos trabajadores sin reposo, toda

preocupación ideal, todo desinteresado empleo de las horas, todo objeto

de meditación levantado sobre la finalidad inmediata de la utilidad.

La vida norteamericana describe efectivamente ese círculo vicioso que

Pascal señalaba en la anhelante persecución del bienestar, cuando él no

tiene su fin fuera de sí mismo. Su prosperidad es tan grande como su

imposibilidad de satisfacer a una mediana concepción del destino humano.

Obra titánica, por la enorme tensión de voluntad que representa y por

sus triunfos inauditos en todas las esferas del engrandecimiento

material, es indudable que aquella civilización produce en su conjunto

una singular impresión de insuficiencia y de vacío. Y es que, si con el

derecho que da la historia de treinta siglos de evolución presididos por

la dignidad del espíritu clásico y del espíritu cristiano, se pregunta

cuál es en ella el principio dirigente, cuál su _substratum_ ideal, cuál

el propósito ulterior a la inmediata preocupación de los intereses

positivos que estremecen aquella masa formidable, sólo se encontrará,

como fórmula del ideal definitivo, la misma absoluta preocupación del

triunfo material.--Huérfano de tradiciones muy hondas que le orienten,

ese pueblo no ha sabido substituir la idealidad inspiradora del pasado

con una alta y desinteresada concepción del porvenir. Vive para la

realidad inmediata, del presente, y por ello subordina toda su actividad

al egoísmo del bienestar personal y colectivo.--De la suma de los

elementos de su riqueza y su poder, podría decirse lo que el autor de

_Mensonges_ de la inteligencia del marqués de Norbert que figura en uno

de sus libros: es un monte de leña al cual no se ha hallado modo de dar

fuego. Falta la chispa eficaz que haga levantarse la llama de un ideal

vivificante e inquieto sobre el copioso combustible.--Ni siquiera el

egoísmo nacional, a falta de más altos impulsos; ni siquiera el

exclusivismo y el orgullo de raza, que son los que transfiguran y

engrandecen, en la antigüedad, la prosaica dureza de la vida de Roma,

pueden tener vislumbres de idealidad y de hermosura en un pueblo donde

la confusión cosmopolita y el _atomismo_ de una mal entendida

democracia, impiden la formación de una verdadera conciencia nacional.

Diríase que el positivismo genial de la Metrópoli ha sufrido, al

transmitirse a sus emancipados hijos de América, una destilación que le

priva de todos los elementos de idealidad que le templaban,

reduciéndole, en realidad, a la crudeza que, en las exageraciones de la

pasión o de la sátira, ha podido atribuirse al positivismo de

Inglaterra.--El espíritu inglés, bajo la áspera corteza del

utilitarismo, bajo la indiferencia mercantil, bajo la severidad

puritana, esconde, a no dudarlo, una virtualidad poética escogida y un

profundo venero de sensibilidad, el cual revela, en sentir de Taine, que

el fondo primitivo, el fondo germánico de aquella raza, modificada luego

por la presión de la conquista y por el hábito de la actividad

comercial, fué una extraordinaria exaltación del sentimiento. El

espíritu americano no ha recibido en herencia ese instinto poético

ancestral, que brota, como surgente límpida, del seno de la roca

británica, cuando es el Moisés de un arte delicado quien la toca. El

pueblo inglés tiene, en la institución de su aristocracia--por

anacrónica e injusta que ella sea bajo el aspecto del derecho

político--, un alto e inexpugnable baluarte que oponer al mercantilismo

ambiente y a la prosa invasora; tan alto e inexpugnable baluarte, que es

el mismo Taine quien asegura que desde los tiempos de las ciudades

griegas, no presentaba la historia ejemplo de una condición de vida más

propia para formar y enaltecer el sentimiento de la nobleza humana. En

el ambiente de la democracia de América, el espíritu de vulgaridad no

halla ante sí relieves inaccesibles para su fuerza de ascensión, y se

extiende y propaga como sobre la llaneza de una pampa infinita.

Sensibilidad, inteligencia, costumbres--todo está caracterizado en el

enorme pueblo por una radical ineptitud de selección, que mantiene,

junto al orden mecánico de su actividad material y de su vida política,

un profundo desorden en todo lo que pertenece al dominio de las

facultades ideales.--Fáciles son de seguir las manifestaciones de esa

ineptitud, partiendo de las más exteriores y aparentes, para llegar

después a otras más esenciales y más íntimas.--Pródigo de sus

riquezas--porque en su codicia no entra, según acertadamente se ha

dicho, ninguna parte de Harpagón--, el norteamericano ha logrado

adquirir con ellas, plenamente, la satisfacción y la vanidad de la

magnificencia suntuaria, pero no ha logrado adquirir la nota escogida

del buen gusto. El arte verdadero sólo ha podido existir, en tal

ambiente, a título de rebelión individual. Émerson, Poe, son allí como

los ejemplares de una fauna expulsada de su verdadero medio por el rigor

de una catástrofe geológica.--Habla Bourget, en _Outre mer_, del acento

concentrado y solemne con que la palabra _arte_ vibra en los labios de

los norteamericanos que ha halagado el favor de la fortuna; de esos

recios y acrisolados héroes del _self-help_ que aspiran a coronar, con

la asimilación de todos los refinamientos humanos, la obra de su

encumbramiento reñido. Pero nunca les ha sido dado concebir esa divina

actividad que nombran con énfasis, sino como un nuevo motivo de

satisfacerse su inquietud invasora y como un trofeo de su vanidad. La

ignoran, en lo que ella tiene de desinteresado y de escogido; la

ignoran, a despecho de la munificencia con que la fortuna individual

suele emplearse en estimular la formación de un delicado sentido de

belleza; a despecho de la esplendidez de los museos y las exposiciones

con que se ufanan sus ciudades; a despecho de las montañas de mármol y

de bronce que han esculpido para las estatuas de sus plazas públicas. Y

si con su nombre hubiera de caracterizarse alguna vez un gusto de arte,

él no podría ser otro que el que envuelve la negación del arte mismo: la

brutalidad del efecto rebuscado, el desconocimiento de todo tono suave y

de toda manera exquisita, el culto de una falsa grandeza, el

_sensacionismo_ que excluye la noble serenidad inconciliable con el

apresuramiento de una vida febril.

La idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los austeros

puritanos. Tampoco le apasiona la idealidad de lo verdadero. Menosprecia

todo ejercicio del pensamiento que prescinda de una inmediata finalidad,

por vano e infecundo. No le lleva a la ciencia un desinteresado anhelo

de verdad, ni se ha manifestado ningún caso capaz de amarla por sí

misma. La investigación no es para él sino el antecedente de la

aplicación utilitaria.--Sus gloriosos empeños por difundir los

beneficios de la educación popular, están inspirados en el noble

propósito de comunicar los elementos fundamentales del saber al mayor

número; pero no nos revelan que, al mismo tiempo que de ese

acrecentamiento extensivo de la educación, se preocupe de seleccionarla

y elevarla, para auxiliar el esfuerzo de las superioridades que

ambicionen erguirse sobre la general mediocridad. Así, el resultado de

su porfiada guerra a la ignorancia, ha sido la semicultura universal y

una profunda languidez de la alta cultura.--En igual proporción que la

ignorancia radical, disminuyen en el ambiente de esa gigantesca

democracia, la superior sabiduría y el genio. He ahí por qué la historia

de su actividad pensadora es una progresión decreciente de brillo y de

originalidad. Mientras en el período de la independencia y la

organización surgen, para representar lo mismo el pensamiento que la

voluntad de aquel pueblo, muchos nombres ilustres, medio siglo más tarde

Tocqueville puede observar, respecto a ellos, que _los dioses se van_.

Cuando escribió Tocqueville su obra maestra, aún irradiaba, sin embargo,

desde Boston, la _ciudadela puritana_, la ciudad de las doctas

tradiciones, una gloriosa pléyade que tiene en la historia intelectual

de este siglo la magnitud de la universalidad.--¿Quiénes han recogido

después la herencia de Chánning, de Émerson, de Poe?--La nivelación

mesocrática, apresurando su obra desoladora, tiende a desvanecer el poco

carácter que quedaba a aquella precaria intelectualidad. Las alas de sus

libros ha tiempo que no llegan a la altura en que sería universalmente

posible divisarlos. Y hoy, la más genuina representación del gusto

norteamericano, en punto a letras, está en los lienzos grises de un

diarismo que no hace pensar en el que un día suministró los materiales

de _El Federalista_.

Con relación a los sentimientos morales, el impulso mecánico del

utilitarismo ha encontrado el resorte moderador de una fuerte tradición

religiosa. Pero no por eso debe creerse que ha cedido la dirección de la

conducta a un verdadero principio de desinterés. La religiosidad de los

americanos, como derivación extremada de la inglesa, no es más que una

fuerza auxiliatoria de la legislación penal, que evacuaría su puesto el

día que fuera posible dar a la moral utilitaria la autoridad religiosa

que ambicionaba darle Stuart Mill.--La más elevada cúspide de su moral

es la moral de Franklin.--Una filosofía de la conducta, que halla su

término en lo mediocre de la honestidad, en la utilidad de la prudencia,

de cuyo seno no surgirán jamás ni la santidad ni el heroísmo, y que sólo

apta para prestar a la conciencia, en los caminos normales de la vida,

el apoyo del bastón del manzano con que marchaba habitualmente su

propagador, no es más que un leño frágil cuando se trata de subir las

altas pendientes.--Tal es la suprema cumbre; pero es en los valles donde

hay que buscar la realidad. Aun cuando el criterio moral no hubiera de

descender más abajo del utilitarismo probo y mesurado de Franklin, el

término forzoso--que ya señaló la sagaz observación de Tocqueville--de

una sociedad educada en semejante limitación del deber, sería, no por

cierto una de esas decadencias soberbias y magníficas que dan la medida

de la satánica hermosura del mal en la disolución de los imperios, pero

sí una suerte de materialismo pálido y mediocre, y en último resultado,

el sueño de una enervación sin brillo, por la silenciosa descomposición

de todos los resortes de la vida moral--Allí donde el precepto tiende a

poner las altas manifestaciones de la abnegación y la virtud fuera del

dominio de lo obligatorio, la realidad hará retroceder indefinidamente

el límite de la obligación.--Pero la escuela de la prosperidad material,

que será siempre ruda prueba para la austeridad de las repúblicas, ha

llevado más lejos la llaneza de la concepción de la conducta racional

que hoy gana los espíritus. Al código de Franklin han sucedido otros de

más francas tendencias, como expresión de la sabiduría nacional. Y no

hace aún cinco años el voto público consagraba en todas las ciudades

norteamericanas, con las más equívocas manifestaciones de la popularidad

y de la crítica, la nueva ley moral en que, desde la puritana Boston,

anunciaba solemnemente el autor de cierto docto libro que se intitulaba

_Pushing to the front_[C], que el éxito debía ser considerado la

finalidad suprema de la vida. La revelación tuvo eco aún en el seno de

las comuniones cristianas, y se citó una vez, a propósito del libro

afortunado, la _Imitación_, de Kémpis, como término de comparación.

[Nota C: Por M. Orisson Swett Marden. Boston, 1895.]

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