ser el reverso del _carpe diem_ horaciano; una filosofía que no se
adhiera a lo presente, sino como al peldaño donde afirmar el pie o como
a la brecha por donde entrar en muros enemigos. No aspiraréis, en lo
inmediato, a la consagración de la victoria definitiva, sino a
procuraros mejores condiciones de lucha. Vuestra energía viril tendrá
con ello un estímulo más poderoso; puesto que hay la virtualidad de un
interés dramático mayor, en el desempeño de ese papel, activo
esencialmente, de renovación y de conquista, propio para acrisolar las
fuerzas de una generación heroicamente dotada, que en la serena y
olímpica actitud que suelen las edades de oro del espíritu imponer a los
oficiantes solemnes de su gloria.--«No es la posesión de los bienes--ha
dicho profundamente Taine, hablando de las alegrías del Renacimiento--;
no es la posesión de bienes, sino su adquisición, lo que da a los
hombres el placer y el sentimiento de su fuerza».
Acaso sea atrevida y candorosa esperanza creer en un aceleramiento tan
continuo y dichoso de la evolución, en una eficacia tal de vuestro
esfuerzo, que baste el tiempo concedido a la duración de una generación
humana para llevar en América las condiciones de la vida intelectual,
desde la incipiencia en que las tenemos ahora, a la categoría de un
verdadero interés social y a una cumbre que de veras domine.--Pero donde
no cabe la transformación total, cabe el progreso; y aun cuando
supierais que las primicias del suelo penosamente trabajado, no habrían
de servirse en vuestra mesa jamás, ello sería, si sois generosos, si
sois fuertes, un nuevo estímulo en la intimidad de vuestra conciencia.
La obra mejor es la que se realiza sin las impaciencias del éxito
inmediato; y el más glorioso esfuerzo es el que pone la esperanza más
allá del horizonte visible; y la abnegación más pura es la que se niega
en lo presente, no ya la compensación del lauro y el honor ruidoso, sino
aun la voluptuosidad moral que se solaza en la contemplación de la obra
consumada y el término seguro.
Hubo en la antigüedad altares para los «dioses ignorados». Consagrad una
parte de vuestra alma al porvenir desconocido. A medida que las
sociedades avanzan, el pensamiento del porvenir entra por mayor parte
como uno de los factores de su evolución y una de las inspiraciones de
sus obras. Desde la imprevisión obscura del salvaje, que sólo divisa del
futuro lo que falta para el terminar de cada período de sol y no concibe
cómo los días que vendrán pueden ser gobernados en parte desde el
presente, hasta nuestra preocupación solícita y previsora de la
posteridad, media un espacio inmenso, que acaso parezca breve y
miserable algún día. Sólo somos capaces de progreso en cuanto lo somos
de adaptar nuestros actos a condiciones cada vez más distantes de
nosotros, en el espacio y en el tiempo. La seguridad de nuestra
intervención en una obra que haya de sobrevivirnos, fructificando en los
beneficios del futuro, realza nuestra dignidad humana, haciéndonos
triunfar de las limitaciones de nuestra naturaleza. Si, por desdicha, la
Humanidad hubiera de desesperar definitivamente de la inmortalidad de la
conciencia individual, el sentimiento más religioso con que podría
substituirla sería el que nace de pensar que, aun después de disuelta
nuestra alma en el seno de las cosas, persistiría en la herencia que se
transmiten las generaciones humanas lo mejor de lo que ella ha sentido y
ha soñado, su esencia más íntima y más pura, al modo como el rayo
lumínico de la estrella extinguida persiste en lo infinito y desciende a
acariciarnos con su melancólica luz.
El porvenir es, en la vida de las sociedades humanas, el pensamiento
idealizador por excelencia. De la veneración piadosa del pasado, del
culto de la tradición, por una parte, y por la otra del atrevido impulso
hacia lo venidero, se compone la noble fuerza que, levantando el
espíritu colectivo sobre las limitaciones del presente, comunica a las
agitaciones y los sentimientos sociales un sentido ideal. Los hombres y
los pueblos trabajan, en sentir de Fouillée, bajo la inspiración de las
ideas, como los irracionales bajo la inspiración de los instintos; y la
sociedad que lucha y se esfuerza, a veces sin saberlo, por imponer una
idea a la realidad, imita, según el mismo pensador, la obra instintiva
del pájaro que, al construir el nido bajo el imperio de una imagen
interna que le obsede, obedece a la vez a un recuerdo inconsciente del
pasado y a un presentimiento misterioso del porvenir.
Eliminando la sugestión del interés egoísta de las almas, el pensamiento
inspirado en la preocupación por destinos ulteriores a nuestra vida,
todo lo purifica y serena, todo lo ennoblece; y es un alto honor de
nuestro siglo el que la fuerza obligatoria de esa preocupación por lo
futuro, el sentimiento de esa elevada imposición de la dignidad del ser
racional, se hayan manifestado tan claramente en él, que aun en el seno
del más absoluto pesimismo, aun en el seno de la amarga filosofía que ha
traído a la civilización occidental, dentro del loto de Oriente, el amor
de la disolución y la nada, la voz de Hártmann ha predicado, con la
apariencia de la lógica, el austero deber de continuar la obra del
perfeccionamiento, de trabajar en beneficio del porvenir, para que,
acelerada la evolución por el esfuerzo de los hombres, llegue ella con
más rápido impulso a su término final, que será el término de todo dolor
y toda vida.
Pero no; como Hártmann, en nombre de la muerte, sino en el de la vida
misma y la esperanza, yo os pido una parte de vuestra alma para la obra
del futuro.--Para pedíroslo, he querido inspirarme en la imagen dulce y
serena de mi Ariel.--El bondadoso genio en quien Shakespeare acertó a
infundir, quizá con la divina inconsciencia frecuente en las
adivinaciones geniales, tan alto simbolismo, manifiesta claramente en la
estatua su significación ideal, admirablemente traducida por el arte en
líneas y contornos. Ariel es la razón y el sentimiento superior. Ariel
es este sublime instinto de perfectibilidad, por cuya virtud se
magnifica y convierte en centro de las cosas, la arcilla humana a la que
vive vinculada su luz, la _miserable arcilla_ de que los genios de
Arimanes hablaban a Manfredo. Ariel es, para la Naturaleza, el excelso
coronamiento de su obra, que hace terminarse el proceso de ascensión de
las formas organizadas, con la llamarada del espíritu Ariel triunfante,
significa idealidad y orden en la vida, noble inspiración en el
pensamiento, desinterés en moral, buen gusto en arte, heroísmo en la
acción, delicadeza en las costumbres.--Él es el héroe epónimo en la
epopeya de la especie; él es el inmortal protagonista; desde que con su
presencia inspiró los débiles esfuerzos de racionalidad del hombre
prehistórico, cuando por primera vez dobló la frente obscura para labrar
el pedernal o dibujar una grosera imagen en los huesos de reno; desde
que con sus alas avivó la hoguera sagrada que el arya primitivo,
progenitor de los pueblos civilizadores, amigo de la luz, encendía en el
misterio de las selvas del Ganges para forjar con su fuego divino el
cetro de la majestad humana, hasta que, dentro ya de las razas
superiores, se cierne deslumbrante sobre las almas que han extralimitado
las cimas naturales de la humanidad; lo mismo sobre los héroes del
pensamiento y del ensueño que sobre los de la acción y el sacrificio; lo
mismo sobre Platón en el promontorio de Súnium, que sobre San Francisco
de Asís en la soledad de Monte Albernia.--Su fuerza incontrastable tiene
por impulso todo el movimiento ascendente de la vida. Vencido una y mil
veces por la indomable rebelión de Calibán, proscripto por la barbarie
vencedora, asfixiado en el humo de las batallas, manchadas las alas
transparentes al rozar el «eterno estercolero de Job», Ariel resurge
inmortalmente, Ariel recobra su juventud y su hermosura, y acude ágil,
como al mandato de Próspero, al llamado de cuantos le aman e invocan en
la realidad. Su benéfico imperio alcanza, a veces, aun a los que le
niegan y le desconocen. Él dirige a menudo las fuerzas ciegas del mal y
la barbarie para que concurran, como las otras, a la obra del bien. Él
cruzará la historia humana, entonando, como en el drama de Shakespeare,
su canción melodiosa, para animar a los que trabajan y a los que luchan,
hasta que el cumplimiento del plan ignorado a que obedece le
permita--cual se liberta, en el drama, del servicio de Próspero--romper
sus lazos materiales y volver para siempre al centro de su lumbre
divina.
Aun más que para mi palabra, yo exijo de vosotros un dulce e indeleble
recuerdo para mi estatua de Ariel. Yo quiero que la imagen leve y
graciosa de este bronce se imprima desde ahora en la más segura
intimidad de vuestro espíritu.--Recuerdo que una vez que observaba el
monetario de un museo, provocó mi atención en la leyenda de una vieja
moneda la palabra _Esperanza_, medio borrada sobre la palidez decrépita
del oro. Considerando la apagada inscripción, yo meditaba en la posible
realidad de su influencia. ¡Quién sabe qué activa y noble parte sería
justo atribuir, en la formación del carácter y en la vida de algunas
generaciones humanas, a ese lema sencillo actuando sobre los ánimos como
una insistente sugestión! ¡Quién sabe cuántas vacilantes alegrías
persistieron, cuántas generosas empresas maduraron, cuántos fatales
propósitos se desvanecieron al chocar las miradas con la palabra
alentadora, impresa como un gráfico grito, sobre el disco metálico que
circuló de mano en mano!... Pueda la imagen de este bronce--troquelados
vuestros corazones con ella--desempeñar en vuestra vida el mismo
inaparente pero decisivo papel. Pueda ella, en las horas sin luz del
desaliento, reanimar en vuestra conciencia el entusiasmo por el ideal
vacilante, devolver a vuestro corazón el calor de la esperanza perdida.
Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida interior, Ariel se
lanzará desde allí a la conquista de las almas. Yo le veo en el
porvenir, sonriéndoos con gratitud, desde lo alto, al sumergirse en la
sombra vuestro espíritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestro
esfuerzo; y más aún, en los de aquellos a quienes daréis la vida y
transmitiréis vuestra obra. Yo suelo embriagarme con el sueño del día en
que las cosas reales harán pensar que la Cordillera que se yergue sobre
el suelo de América ha sido tallada para ser el pedestal definitivo de
esta estatua, para ser el ara inmutable de su veneración.
* * *
Así habló Próspero.--Los jóvenes discípulos se separaron del maestro
después de haber estrechado su mano con afecto filial. De su suave
palabra, iba con ellos la persistente vibración en que se prolonga el
lamento del cristal herido en un ambiente sereno. Era la última hora de
la tarde. Un rayo del moribundo sol atravesaba la estancia, en medio de
discreta penumbra, y tocando la frente de bronce de la estatua, parecía
animar en los altivos ojos de Ariel la chispa inquieta de la vida.
Prolongándose luego, el rayo hacía pensar en una larga mirada que el
genio, prisionero en el bronce, enviase sobre el grupo juvenil que se
alejaba.--Por mucho espacio marchó el grupo en silencio. Al amparo de un
recogimiento unánime se verificaba en el espíritu de todos ese fino
destilar de la meditación, absorta en cosas graves, que un alma santa ha
comparado exquisitamente a la caída lenta y tranquila del rocío sobre el
vellón de un cordero.--Cuando el áspero contacto de la muchedumbre les
devolvió a la realidad que les rodeaba, era la noche ya. Una cálida y
serena noche de estío. La gracia y la quietud que ella derramaba de su
urna de ébano sobre la tierra, triunfaban de la prosa flotante sobre
las cosas dispuestas por manos de los hombres. Sólo estorbaba para el
éxtasis la presencia de la multitud. Un soplo tibio hacía estremecerse
el ambiente con lánguido y delicioso abandono, como la copa trémula en
la mano de una bacante. Las sombras, sin ennegrecer el cielo purísimo,
se limitaban a dar a su azul el tono obscuro en que parece expresarse
una serenidad pensadora. Esmaltándolas, los grandes astros centelleaban
en medio de un cortejo infinito; Aldebarán, que ciñe una púrpura de luz;
Sirio, como la cavidad de un nielado cáliz de plata volcado sobre el
mundo; el Crucero, cuyos brazos abiertos se tienden sobre el suelo de
América como para defender una última esperanza...
Y fué entonces, tras el prolongado silencio, cuando el más joven del
grupo, a quien llamaban «Enjolrás» por su ensimismamiento reflexivo,
dijo, señalando sucesivamente la perezosa ondulación del rebaño humano
y la radiante hermosura de la noche:
--Mientras la muchedumbre pasa, yo observo que, aunque ella no mira al
cielo, el cielo la mira. Sobre su masa indiferente y obscura, como
tierra del surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las
estrellas se parece al movimiento de unas manos de sembrador.