La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus violencias en el

desenvolvimiento democrático de nuestro siglo, ni se ha opuesto en

formas brutales a la serenidad y la independencia de la cultura

intelectual. Pero, a la manera de una bestia feroz, en cuya posteridad

domesticada hubiérase cambiado la acometividad en mansedumbre artera e

innoble, el igualitarismo, en la forma mansa de la _tendencia a lo

utilitario y lo vulgar_, puede ser un objeto real de acusación contra la

democracia del siglo XIX. No se ha detenido ante ella ningún espíritu

delicado y sagaz a quien no hayan hecho pensar angustiosamente algunos

de sus resultados en el aspecto social y en el político. Expulsando con

indignada energía del espíritu humano aquella falsa concepción de la

igualdad que sugirió los delirios de la Revolución, el alto pensamiento

contemporáneo ha mantenido al mismo tiempo, sobre la realidad y sobre la

teoría de la democracia, una inspección severa que os permite a

vosotros, los que colaboraréis en la obra del futuro, fijar vuestro

punto de partida, no ciertamente para destruir, sino para educar el

espíritu del régimen que encontráis en pie.

Desde que nuestro siglo asumió personalidad e independencia en la

evolución de las ideas, mientras el idealismo alemán rectificaba la

utopía igualitaria de la filosofía del siglo XVIII y sublimaba, si bien

con viciosa tendencia cesarista, el papel reservado en la historia a la

superioridad individual, el positivismo de Comte, desconociendo a la

igualdad democrática otro carácter que el de «un disolvente transitorio

de las desigualdades antiguas» y negando con igual convicción la

eficacia definitiva de la soberanía popular, buscaba en los principios

de las clasificaciones naturales el fundamento de la clasificación

social que habría de substituir a las jerarquías recientemente

destruídas.--La crítica de la realidad democrática toma formas severas

en la generación de Taine y de Renán. Sabéis que a este delicado y

bondadoso ateniense sólo complacía la igualdad de aquel régimen social,

siendo, como en Atenas, «una igualdad de semidioses». En cuanto a Taine,

es quien ha escrito los _Orígenes de la Francia contemporánea_; y si,

por una parte, su concepción de la sociedad como un organismo, le

conduce lógicamente a rechazar toda idea de uniformidad que se oponga al

principio de las dependencias y las subordinaciones orgánicas, por otra

parte su finísimo instinto de selección intelectual le lleva a abominar

de la invasión de las cumbres por la multitud. La gran voz de Carlyle

había predicado ya, contra toda niveladora irreverencia, la veneración

del _heroísmo_, entendiendo por tal el culto de cualquier noble

superioridad. Émerson refleja esa voz en el seno de la más positivista

de las democracias. La ciencia nueva habla de selección como de una

necesidad de todo progreso. Dentro del arte, que es donde el sentido de

lo selecto tiene su más natural adaptación, vibran con honda resonancia

las notas que acusan el sentimiento, que podríamos llamar _de

extrañeza_, del espíritu, en medio de las modernas condiciones de la

vida. Para escucharlas, no es necesario aproximarse al parnasianismo de

estirpe delicada y enferma, a quien un aristocrático desdén de lo

presente llevó a la reclusión en lo pasado. Entre las inspiraciones

constantes de Flaubert--de quien se acostumbra a derivar directamente la

más democratizada de las escuelas literarias--, ninguna más intensa que

el odio de la mediocridad envalentonada por la nivelación y de la

tiranía irresponsable del número.--Dentro de esa contemporánea

literatura del Norte, en la cual la preocupación por las altas

cuestiones sociales es tan viva, surge a menudo la expresión de la misma

idea, del mismo sentimiento; Ibsen desarrolla la altiva arenga de su

«Stóckmann» alrededor de la afirmación de que «las mayorías compactas

son el peligro más peligroso de la libertad y la verdad»; y el

formidable Nietzsche opone al ideal de una humanidad mediotizada la

apoteosis de las almas que se yerguen sobre el nivel de la humanidad

como una viva marea.--El anhelo vivísimo por una rectificación del

espíritu social que asegure a la vida de la _heroicidad_ y el

pensamiento un ambiente más puro de dignidad y de justicia, vibra hoy

por todas partes, y se diría que constituye uno de los fundamentales

acordes que este ocaso de siglo propone para las armonías que ha de

componer el siglo venidero.

Y sin embargo, el espíritu de la democracia es, esencialmente, para

nuestra civilización, un principio de vida contra el cual sería inútil

rebelarse. Los descontentos sugeridos por las imperfecciones de su forma

_histórica_ actual han llevado a menudo a la injusticia con lo que aquel

régimen tiene de definitivo y de fecundo. Así, el aristocratismo sabio

de Renán formula la más explícita condenación del principio fundamental

de la democracia: la igualdad de derechos; cree a este principio

irremisiblemente divorciado de todo posible dominio de la superioridad

intelectual, y llega hasta a señalar en él, con una enérgica imagen,

«_las antípodas de las vías de Dios_--puesto que Dios no ha querido que

todos viviesen en el mismo grado la vida del espíritu»--. Estas

paradojas injustas del maestro, complementadas por su famoso ideal de

una oligarquía omnipotente de hombres sabios, son comparables a la

reproducción exagerada y deformada, en el sueño, de un pensamiento real

y fecundo que nos ha preocupado en la vigilia.--Desconocer la obra de la

democracia en lo esencial, porque, aun no terminada, no ha llegado a

conciliar definitivamente su empresa de igualdad con una fuerte garantía

social de selección, equivale a desconocer la obra, paralela y concorde,

de la ciencia, porque interpretada con el criterio estrecho de una

escuela, ha podido dañar alguna vez al espíritu de religiosidad o al

espíritu de poesía.--La democracia y la ciencia son, en efecto, los dos

insustituíbles soportes sobre los que nuestra civilización descansa, o,

expresándolo con una frase de Bourget, las dos «obreras» de nuestros

destinos futuros. «_En ellas somos, vivimos, nos movemos_». Siendo,

pues, insensato pensar, como Renán, en obtener una consagración más

positiva de todas las superioridades morales, la realidad de una

razonada jerarquía, el dominio eficiente de las altas dotes de la

inteligencia y de la voluntad, por la _destrucción_ de la igualdad

democrática, sólo cabe pensar en la _educación_ de la democracia y su

reforma. Cabe pensar en que progresivamente se encarnen, en los

sentimientos del pueblo y sus costumbres, la idea de las subordinaciones

necesarias, la noción de las superioridades verdaderas, el culto

consciente y espontáneo de todo lo que multiplica, a los ojos de la

razón, la cifra del valor humano.

La educación popular adquiere, considerada en relación a tal obra, como

siempre que se las mira con el pensamiento del porvenir, un interés

supremo[B]. Es en la escuela, por cuyas manos procuramos que pase la

dura arcilla de las muchedumbres, donde está la primera y más generosa

manifestación de la equidad social, que consagra para todos la

accesibilidad del saber y de los medios más eficaces de superioridad.

Ella debe complementar tan noble cometido, haciendo objetos de una

educación preferente y cuidadosa el sentido del orden, la idea y la

voluntad de la justicia, el sentimiento de las legítimas autoridades

morales.

[Nota B: «Plus l'instruction se répand, plus elle doit faire de part

aux idées générales et généreuses. On croit que l'instruction

populaire doit être terre à terre. C'est le contraire qui est la

vérité».--Fouillée: _L'idée moderne du droit_, Lib. 5.º, IV.]

Ninguna distinción más fácil de confundirse y anularse en el espíritu de

pueblo que la que enseña que la igualdad democrática puede significar

una igual _posibilidad_, pero nunca una igual _realidad_, de influencia

y de prestigio, entre los miembros de una sociedad organizada. En todos

ellos hay un derecho idéntico para aspirar a las superioridades morales

que deben dar razón y fundamento a las superioridades efectivas; pero

sólo a los que han alcanzado realmente la posesión de las primeras, debe

ser concedido el premio de las últimas. El verdadero, el digno concepto

de la igualdad, reposa sobre el pensamiento de que todos los seres

racionales están dotados por naturaleza de facultades capaces de un

desenvolvimiento noble. El deber del Estado consiste en colocar a todos

los miembros de la sociedad en distintas condiciones de tender a su

perfeccionamiento. El deber del Estado consiste en predisponer los

medios propios para provocar, uniformemente, la revelación de las

superioridades humanas, donde quiera que existan. De tal manera, más

allá de esta igualdad inicial, toda desigualdad estará justificada,

porque será la sanción de las misteriosas elecciones de la Naturaleza o

del esfuerzo meritorio de la voluntad.--Cuando se la concibe de este

modo, la igualdad democrática, lejos de oponerse a la selección de las

costumbres y de las ideas, es el más eficaz instrumento de selección

espiritual, es el ambiente _providencial_ de la cultura. La favorecerá

todo lo que favorezca al predominio de la energía inteligente. No en

distinto sentido pudo afirmar Tocqueville que la poesía, la elocuencia,

las gracias del espíritu, los fulgores de la imaginación, la profundidad

del pensamiento, «todos esos dones del alma, repartidos por el cielo al

acaso», fueron colaboradores en la obra de la democracia, y la

sirvieron, aun cuando se encontraron de parte de sus adversarios, porque

convergieron todos a poner de relieve la natural, la no heredada

grandeza, de que nuestro espíritu es capaz.--La emulación, que es el más

poderoso estímulo entre cuantos pueden sobreexcitar, lo mismo la

vivacidad del pensamiento que la de las demás actividades humanas,

necesita, a la vez, de la igualdad en el punto de partida para

producirse, y de la desigualdad que aventajará a los más aptos y mejores

como objeto final. Sólo un régimen democrático puede conciliar en su

seno esas dos condiciones de la emulación, cuando no degenera en

nivelador igualitarismo y se limita a considerar como un hermoso ideal

de perfectibilidad una futura equivalencia de los hombres por su

ascensión al mismo grado de cultura.

Racionalmente concebida, la democracia admite siempre un imprescriptible

elemento aristocrático, que consiste en establecer la superioridad de

los mejores, asegurándola sobre el consentimiento libre de los

asociados. Ella consagra, como las aristocracias, la distinción de

calidad; pero las resuelve a favor de las calidades realmente

superiores--las de la virtud, el carácter, el espíritu--, y sin

pretender inmovilizarlas en clases constituídas aparte de las otras, que

mantengan a su favor el privilegio execrable de la casta, renueva sin

cesar su aristocracia dirigente en las fuentes vivas del pueblo y la

hace aceptar por la justicia y el amor. Reconociendo, de tal manera, en

la selección y la predominancia de los mejor dotados una necesidad de

todo progreso, excluye de esa ley universal de la vida, al sancionarla

en el orden de la sociedad, el efecto de humillación y de dolor que es,

en las concurrencias de la Naturaleza y en las de las otras

organizaciones sociales, el duro lote del vencido. «La gran ley de la

selección natural--ha dicho luminosamente Fouillée--continuará

realizándose en el seno de las sociedades humanas, sólo que ella se

realizará de más en más por vía de libertad».--El carácter odioso de las

aristocracias tradicionales se originaba de que ellas eran injustas, por

su fundamento, y opresoras, por cuanto su autoridad era una imposición.

Hoy sabemos que no existe otro límite legítimo para la igualdad humana,

que el que consiste en el dominio de la inteligencia y la virtud,

consentido por la libertad de todos. Pero sabemos también que es

necesario que este límite exista en realidad.--Por otra parte, nuestra

concepción cristiana de la vida nos enseña que las superioridades

morales, que son un motivo de derechos, son principalmente un motivo de

deberes, y que todo espíritu superior se debe a los demás en igual

proporción que los excede en capacidad de realizar el bien. El

anti-igualitarismo de Nietzsche--que tan profundo surco señala en la que

podríamos llamar nuestra moderna _literatura de ideas_--, ha llevado a

su poderosa reivindicación de los derechos que él considera implícitos

en las superioridades humanas, un abominable, un reaccionario espíritu;

puesto que, negando toda fraternidad, toda piedad, pone en el corazón

del _super hombre_ a quien endiosa un menosprecio satánico para los

desheredados y los débiles; legitima en los privilegiados de la voluntad

y de la fuerza el ministerio del verdugo; y con lógica resolución llega,

en último término, a afirmar que «la sociedad no existe para sí sino

para sus elegidos».--No es, ciertamente, esta concepción monstruosa la

que puede oponerse, como lábaro, al falso igualitarismo que aspira a la

nivelación de todos por la común vulgaridad. Por fortuna, mientras

exista en el mundo la posibilidad de disponer dos trozos de madera en

forma de cruz--es decir: siempre--, la Humanidad seguirá creyendo que es

el amor el fundamento de todo orden estable y que la superioridad

jerárquica en el orden no debe ser sino una superior capacidad de amar.

Fuente de inagotables inspiraciones morales, la ciencia nueva nos

sugiere, al esclarecer las leyes de la vida, cómo el principio

democrático puede conciliarse, en la organización de las colectividades

humanas, con una _aristarquía_ de la moralidad y la cultura.--Por una

parte--, como lo ha hecho notar, una vez más, en un simpático libro

Henri Bérenger--, las afirmaciones de la ciencia contribuyen a

sancionar y fortalecer en la sociedad el espíritu de la democracia,

revelando cuánto es el valor natural del esfuerzo colectivo; cuál la

grandeza de la obra de los pequeños; cuán inmensa la parte de acción

reservada al colaborador anónimo y obscuro en cualquiera manifestación

del desenvolvimiento universal. Realza, no menos que la revelación

cristiana, la dignidad de los humildes esta nueva revelación, que

atribuye, en la naturaleza, a la obra de los infinitamente pequeños, a

la labor del nummulite y el briozóo en el fondo obscuro del abismo, la

construcción de los cimientos geológicos; que hace surgir de la

vibración de la célula informe y primitiva todo el impulso ascendente de

las formas orgánicas; que manifiesta el poderoso papel que en nuestra

vida psíquica es necesario atribuir a los fenómenos más inaparentes y

más vagos, aun a las fugaces percepciones de que no tenemos conciencia;

y que, llegando a la sociología y a la historia, restituye al heroísmo,

a menudo abnegado, de las muchedumbres, la parte que le negaba el

silencio en la gloria del héroe individual, y hace patente la lenta

acumulación de las investigaciones que, al través de los siglos, en la

sombra, en el taller, o el laboratorio de obreros olvidados, preparan

los hallazgos del genio.

Pero a la vez que manifiesta así la inmortal eficacia del esfuerzo

colectivo y dignifica la participación de los colaboradores ignorados en

la obra universal, la ciencia muestra cómo en la inmensa sociedad de las

cosas y los seres, es una necesaria condición de todo progreso el orden

jerárquico; son un principio de la vida las relaciones de dependencia y

de subordinación entre los componentes individuales de aquella sociedad

y entre los elementos de la organización del individuo; y es, por

último, una necesidad inherente a la ley universal de _imitación_, si se

la relaciona con el perfeccionamiento de las sociedades humanas, la

presencia, en ellas, de modelos vivos e influyentes, que las realcen por

la progresiva generalización de su superioridad.

Para mostrar ahora cómo ambas enseñanzas universales de la ciencia

pueden traducirse en hechos, conciliándose, en la organización y en el

espíritu de la sociedad, basta insistir en la concepción de una

democracia noble, justa; de una democracia dirigida por la noción y el

sentimiento de las verdaderas superioridades humanas; de una democracia

en la cual la supremacía de la inteligencia y la virtud--únicos límites

para la equivalencia meritoria de los hombres--, reciba su autoridad y

su prestigio de la libertad, y descienda sobre las multitudes en la

efusión bienhechora del amor.

Al mismo tiempo que conciliará aquellos dos grandes resultados de la

observación del orden natural, se realizará dentro de una sociedad

semejante--según lo observa, en el mismo libro de que os hablaba,

Bérenger--la armonía de los dos impulsos históricos que han comunicado a

nuestra civilización sus caracteres esenciales, los principios

reguladores de su vida.--Del espíritu del cristianismo nace,

efectivamente, el sentimiento de igualdad, viciado por cierto ascético

menosprecio de la selección espiritual y la cultura. De la herencia de

las civilizaciones clásicas nacen el sentido del orden, de la jerarquía

y el respeto religioso del genio, viciados por cierto aristocrático

desdén de los humildes y los débiles. El porvenir sintetizará ambas

sugestiones del pasado en una fórmula inmortal. La democracia entonces

habrá triunfado definitivamente. Y ella que, cuando amenaza con lo

innoble del rasero nivelador, justifica las protestas airadas y las

amargas melancolías de los que creyeron sacrificados por su triunfo toda

distinción intelectual, todo ensueño de arte, toda delicadeza de la

vida, tendrá, aún más que las viejas aristocracias, inviolables seguros

para el cultivo de las flores del alma que se marchitan y perecen en el

ambiente de la vulgaridad y entre las impiedades del tumulto.

* * *

La concepción utilitaria, como idea del destino humano, y la igualdad en

lo mediocre, como norma de la proporción social, componen, íntimamente

relacionadas, la fórmula de lo que ha solido llamarse en Europa el

espíritu de _americanismo_.--Es imposible meditar sobre ambas

inspiraciones de la conducta y la sociabilidad, y compararlas con las

que les son opuestas, sin que la asociación traiga con insistencia a la

mente la imagen de esa democracia formidable y fecunda que allá en el

Norte ostenta las manifestaciones de su prosperidad y su poder, como una

deslumbradora prueba que abona en favor de la eficacia de sus

instituciones y de la dirección de sus ideas.--Si ha podido decirse del

utilitarismo que es el verbo del espíritu inglés, los Estados Unidos

pueden ser considerados la encarnación del verbo utilitario. Y el

Evangelio de este verbo se difunde por todas partes a favor de los

milagros materiales del triunfo. Hispano-América ya no es enteramente

calificable, con relación a él, de tierra de gentiles. La poderosa

federación va realizando entre nosotros una suerte de conquista moral.

La admiración por su grandeza y por su fuerza es un sentimiento que

avanza a grandes pasos en el espíritu de nuestros hombres dirigentes, y

aún más quizá, en el de las muchedumbres, fascinables por la impresión

de la victoria.--Y de admirarla se pasa por una transición facilísima a

imitarla. La admiración y la creencia son ya modos pasivos de imitación

para el psicólogo. «La tendencia imitativa de nuestra naturaleza

moral--decía Bagehot--tiene su asiento en aquella parte del alma en que

reside la credibilidad».--El sentido y la experiencia vulgares serían

suficientes para establecer por sí solos esa sencilla relación. Se imita

a aquel en cuya superioridad o cuyo prestigio se cree.--Es así como la

visión de una América _deslatinizada_ por propia voluntad, sin la

extorsión de la conquista, y regenerada luego a imagen y semejanza del

arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de muchos sinceros

interesados por nuestro porvenir, inspira la fruición con que ellos

formulan a cada paso los más sugestivos paralelos, y se manifiesta por

constantes propósitos de innovación y de reforma. Tenemos nuestra

_nordomanía_. Es necesario oponerle los límites que la razón y el

sentimiento señalan de consuno.

No doy yo a tales límites el sentido de una absoluta

negación.--Comprendo bien que se adquieran inspiraciones, luces,

enseñanzas, en el ejemplo de los fuertes; y no desconozco que una

inteligente atención fijada en lo exterior para reflejar de todas

partes la imagen de lo beneficioso y de lo útil, es singularmente

fecunda cuando se trata de pueblos que aún forman y modelan su entidad

nacional.

Comprendo bien que se aspire a rectificar, por la educación

perseverante, aquellos trazos del carácter de una sociedad humana que

necesiten concordar con nuevas exigencias de la civilización y nuevas

oportunidades de la vida, equilibrando así, por medio de una influencia

innovadora, las fuerzas de la herencia y la costumbre.--Pero no veo la

gloria, ni en el propósito de desnaturalizar el carácter de los

pueblos--su genio _personal_--para imponerles la identificación con un

modelo extraño al que ellos sacrifiquen la originalidad irreemplazable

de su espíritu; ni en la creencia ingenua de que eso pueda obtenerse

alguna vez por procedimientos artificiales e improvisados de imitación.

Ese irreflexivo traslado de lo que es natural y espontáneo en una

sociedad al seno de otra, donde no tenga raíces ni en la Naturaleza ni

en la historia, equivalía para Michelet a la tentativa de incorporar,

por simple agregación, una cosa muerta a un organismo vivo. En

sociabilidad, como en literatura, como en arte, la imitación inconsulta

no hará nunca sino deformar las líneas del modelo. El engaño de los que

piensan haber reproducido en lo esencial el carácter de una colectividad

humana, las fuerzas vivas de su espíritu, y con ellos el secreto de sus

triunfos y su prosperidad, reproduciendo exactamente el mecanismo de sus

instituciones y las formas exteriores de sus costumbres, hace pensar en

la ilusión de los principiantes candorosos que se imaginan haberse

apoderado del genio del maestro cuando han copiado las formas de su

estilo o sus procedimientos de composición.

Ariel · 第 3 / 6 段