esa relación estética de su vida o de su propaganda. El ascetismo
cristiano, que no supo encarar más que una sola faz del ideal, excluyó
de su concepto de la perfección todo lo que hace a la vida amable,
delicada y hermosa; y su espíritu estrecho sirvió para que el instinto
indomable de la libertad, volviendo en una de esas arrebatadas
reacciones del espíritu humano, engendrase, en la Italia del
Renacimiento, un tipo de civilización que consideró vanidad el bien
moral y sólo creyó en la virtud de la apariencia fuerte y graciosa. El
puritanismo, que persiguió toda belleza y toda selección intelectual;
que veló indignado la casta desnudez de la estatuas; que profesó la
afectación de la fealdad, en las maneras, en el traje, en los discursos;
en la secta triste que, imponiendo su espíritu desde el Parlamento
inglés, mandó extinguir las fiestas que manifestasen alegría y segar los
árboles que diesen flores--tendió junto a la virtud, al divorciarla del
sentimiento de lo bello, una sombra de muerte que aún no ha conjurado
enteramente Inglaterra, y que dura en las menos amables manifestaciones
de su religiosidad y sus costumbres--. Macaulay declara preferir la
grosera «caja de plomo» en que los puritanos guardaron el tesoro de la
libertad, al primoroso cofre esculpido en que la Corte de Carlos II
hizo acopio de sus refinamientos. Pero como ni la libertad ni la virtud
necesitan guardarse en caja de plomo, mucho más que todas las
severidades de ascetas o de puritanos, valdrán siempre, para la
educación de la humanidad, la gracia del ideal antiguo, la moral
armoniosa de Platón, el movimiento pulcro y elegante con que la mano de
Atenas tomó, para llevarla a los labios, la copa de la vida.
La perfección de la moralidad humana consistiría en infiltrar el
espíritu de la caridad en los moldes de la elegancia griega. Y esta
suave armonía ha tenido en el mundo una pasajera realización. Cuando la
palabra del cristianismo naciente llegaba con San Pablo al seno de las
colonias griegas de Macedonia, a Tesalónica y Filipos, y el Evangelio,
aún puro, se difundía en el alma de aquellas sociedades finas y
espirituales, en las que el sello de la cultura helénica mantenía una
encantadora espontaneidad de distinción, pudo creerse que los dos
ideales más altos de la historia iban a enlazarse para siempre. En el
estilo epistolar de San Pablo queda la huella de aquel momento en que la
caridad se heleniza. Este dulce consorcio duró poco. La armonía y la
serenidad de la concepción pagana de la vida se apartaron cada vez más
de la nueva idea que marchaba entonces a la conquista del mundo. Pero
para concebir la manera cómo podría señalarse al perfeccionamiento moral
de la humanidad un paso adelante, sería necesario soñar que el ideal
cristiano se reconcilia de nuevo con la serena y luminosa alegría de la
antigüedad; imaginarse que el Evangelio se propaga otra vez en
Tesalónica y Filipos.
Cultivar el buen gusto no significa sólo perfeccionar una forma exterior
de la cultura, desenvolver una actitud artística, cuidar, con exquisitez
superflua, una elegancia de la civilización. El buen gusto es «una
rienda firme del criterio». Martha ha podido atribuirle exactamente la
significación de una segunda conciencia que nos orienta y nos devuelve a
la luz cuando la primera se obscurece y vacila. El sentido delicado de
la belleza es, para Bagehot, un aliado del tacto seguro de la vida y de
la dignidad de las costumbres. «La educación del buen gusto--agrega el
sabio pensador--se dirige a favorecer el ejercicio del buen sentido, que
es nuestro principal punto de apoyo en la complejidad de la vida
civilizada». Si algunas veces veis unida esa educación en el espíritu de
los individuos y las sociedades, al extravío del sentimiento o la
moralidad, es porque en tales casos ha sido cultivada como fuerza
aislada y exclusiva, imposibilitándose de ese modo el efecto de
perfeccionamiento moral que ella puede ejercer dentro de un orden de
cultura en el que ninguna facultad del espíritu sea desenvuelta
prescindiendo de su relación con las otras.--En el alma que haya sido
objeto de una estimulación armónica y perfecta, la gracia íntima y la
delicadeza del sentimiento de lo bello serán una misma cosa con la
fuerza y la rectitud de la razón. No de otra manera observa Taine que,
en las grandes obras de la arquitectura antigua, la belleza es una
manifestación sensible de la solidez, la elegancia se identifica con la
apariencia de la fuerza: «las mismas líneas del Partenón que halagan a
la mirada con proporciones armoniosas, contentan a la inteligencia con
promesas de eternidad».
Hay una relación orgánica, una natural y estrecha simpatía, que vincula
a las subversiones del sentimiento y de la voluntad con las falsedades y
las violencias del mal gusto. Si nos fuera dado penetrar en el
misterioso laboratorio de las almas y se reconstruyera la historia
íntima de las del pasado para encontrar la fórmula de sus definitivos
caracteres morales, sería un interesante objeto de estudio determinar
la parte que corresponde, entre los factores de la refinada perversidad
de Nerón, al germen del histrionismo monstruoso depositado en el alma de
aquel cómico sangriento por la retórica afectada de Séneca. Cuando se
evoca la oratoria de la Convención, y el hábito de una abominable
perversión retórica se ve aparecer por todas partes, como la piel felina
del jacobinismo, es imposible dejar de relacionar, como los radios que
parten de un mismo centro, como los accidentes de una misma insania, el
extravío del gusto, el vértigo del sentido moral y la limitación
fanática de la razón.
Indudablemente, ninguno más seguro entre los resultados de la estética
que el que nos enseña a distinguir en la esfera de lo relativo, lo bueno
y lo verdadero de lo hermoso, y a aceptar la posibilidad de una belleza
del mal y del error. Pero no se necesita desconocer esta verdad,
_definitivamente_ verdadera, para creer en el encadenamiento simpático
de todos aquellos altos fines del alma, y considerar a cada uno de ellos
como el punto de partida, no único, pero sí más seguro, de donde sea
posible dirigirse al encuentro de los otros.
La idea de un superior acuerdo entre el buen gusto y el sentido moral
es, pues, exacta, lo mismo en el espíritu de los individuos que en el
espíritu de las sociedades. Por lo que respecta a estas últimas, esa
relación podría tener su símbolo en la que Rosenkranz afirmaba existir
entre la libertad y el orden moral, por una parte, y por la otra, la
belleza de las formas humanas como un resultado del desarrollo de las
razas en el tiempo. Esa belleza típica refleja, para el pensador
hegeliano, el efecto ennoblecedor de la libertad; la esclavitud afea al
mismo tiempo que envilece; la conciencia de su armonioso
desenvolvimiento imprime a las razas libres el sello exterior de la
hermosura.
En el carácter de los pueblos, los dones derivados de un gusto fino, el
dominio de las formas graciosas, la delicada aptitud de interesar, la
virtud de hacer amables las ideas, se identifican, además, con el «genio
de la propaganda»--es decir, con el don poderoso de la universalidad.
Bien sabido es que, en mucha parte, a la posesión de aquellos atributos
escogidos, debe referirse la significación _humana_ que el espíritu
francés acierta a comunicar a cuanto elige y consagra--. Las ideas
adquieren alas potentes y veloces, no en el helado seno de la
abstracción, sino en el luminoso y cálido ambiente de la forma. Su
superioridad de difusión, su prevalencia a veces, dependen de que las
Gracias las hayan bañado con su luz. Tal así, en las evoluciones de la
vida, esas encantadoras exterioridades de la Naturaleza, que parecen
representar, exclusivamente, la dádiva de una caprichosa
superfluidad--la música, el pintado plumaje de las aves; y como reclamo
para el insecto propagador del polen fecundo, el matiz de las flores, su
perfume--han desempeñado, entre los elementos de la concurrencia vital,
una función realísima; puesto que significando una superioridad de
motivos, una razón de preferencia para las atracciones del amor, han
hecho prevalecer, dentro de cada especie, a los seres mejor dotados de
hermosura sobre los menos ventajosamente dotados.
Para un espíritu en que exista el amor instintivo de lo bello, hay, sin
duda, cierto género de mortificación, en resignarse a defenderle por
medio de una serie de argumentos que se funden en otra razón, en otro
principio, que el mismo irresponsable y desinteresado amor de la
belleza, en la que halla su satisfacción uno de los impulsos
fundamentales de la existencia racional. Infortunadamente, este motivo
superior pierde su imperio sobre un inmenso número de hombres, a quienes
es necesario enseñar el respeto debido a ese amor del cual no
participan, revelándoles cuáles son las relaciones que lo vinculan a
otros géneros de intereses humanos.--Para ello deberá lucharse muy a
menudo con el concepto vulgar de estas relaciones. En efecto: todo lo
que tienda a suavizar los contornos del carácter social y las
costumbres; a aguzar el sentido de la belleza; a hacer del gusto una
delicada impresionabilidad del espíritu y de la gracia una forma
universa de la actividad, equivale, para el criterio de muchos devotos
de lo severo o de lo útil, a menoscabar el temple varonil y heroico de
las sociedades, por una parte, su capacidad utilitaria y positiva, por
la otra.--He leído en _Los trabajadores del mar_, que cuando un buque de
vapor surcó por primera vez las ondas del Canal de la Mancha, los
campesinos de Jérsey lo anatematizaban en nombre de una tradición
popular que consideraba elementos irreconciliables y destinados
fatídicamente a la discordia, el agua y el fuego.--El criterio común
abunda en la creencia de enemistades parecidas. Si os proponéis
vulgarizar el respeto por lo hermoso, empezad por hacer comprender la
posibilidad de un armónico concierto de todas las legítimas actividades
humanas, y esa será más fácil tarea que la de convertir directamente el
amor de la hermosura, por ella misma, en atributo de la multitud. Para
que la mayoría de los hombres no se sientan inclinados a _expulsar a las
golondrinas de la casa_, siguiendo el consejo de Pitágoras, es necesario
argumentarles, no con la gracia monástica del ave ni su leyenda de
virtud, sino con que la permanencia de sus nidos no es en manera alguna
inconciliable con la seguridad de los tejados.
* * *
A la concepción de la vida racional que se funda en el libre y armonioso
desenvolvimiento de nuestra naturaleza, e incluye, por lo tanto, entre
sus fines esenciales, el que se satisface con la contemplación sentida
de lo hermoso, se opone--como norma de la conducta humana--la concepción
_utilitaria_, por la cual nuestra actividad, toda entera, se orienta en
relación a la inmediata finalidad del interés.
La inculpación del utilitarismo estrecho que suele dirigirse al espíritu
de nuestro siglo, en nombre del ideal, y con rigores de anatema, se
funda, en parte, sobre el desconocimiento de que sus titánicos esfuerzos
por la subordinación de las fuerzas de la Naturaleza a la voluntad
humana y por la extensión del bienestar material, son un trabajo
necesario que preparará, como el laborioso enriquecimiento de una tierra
agotada, la florescencia de idealismos futuros. La transitoria
predominancia de esa función de utilidad que ha absorbido a la vida
agitada y febril de estos cien años sus más potentes energías, explica,
sin embargo--ya que no las justifique--, muchas nostalgias dolorosas,
muchos descontentos y agravios de la inteligencia, que se traducen, bien
por una melancólica y exaltada idealización de lo pasado, bien por una
desesperanza cruel del porvenir. Hay por ello un fecundísimo, un
bienaventurado pensamiento, en el propósito de cierto grupo de
pensadores de las últimas generaciones--entre los cuales sólo quiero
citar una vez más la noble figura de Guyau--que han intentado sellar la
reconciliación definitiva de las conquistas del siglo con la renovación
de muchas viejas devociones humanas, y que han invertido en esa obra
bendita tantos tesoros de amor como de genio.
Con frecuencia habréis oído atribuir a dos causas fundamentales el
desborde del espíritu de utilidad que da su nota a la fisonomía moral
del siglo presente, con menoscabo de la consideración _estética_ y
desinteresada de la vida. Las revelaciones de la ciencia de la
Naturaleza--que, según intérpretes, ya adversos, ya favorables a ella,
convergen a destruir toda idealidad por su base--son la una; la
universal difusión y el triunfo de las ideas democráticas, la otra. Yo
me propongo hablaros exclusivamente de esta última causa, porque confío
en que vuestra primera iniciación en las revelaciones de la ciencia ha
sido dirigida como para preservaros del peligro de una interpretación
vulgar.--Sobre la democracia pesa la acusación de guiar a la humanidad,
mediocrizándola, a un Sacro Imperio del utilitarismo. La acusación se
refleja con vibrante intensidad en las páginas--para mí siempre llenas
de un sugestivo encanto--del más amable entre los maestros del espíritu
moderno; en las seductoras páginas de Renán, a cuya autoridad ya me
habéis oído varias veces referirme y de quien pienso volver a hablaros
a menudo.--Leed a Renán, aquellos de vosotros que lo ignoréis todavía, y
habréis de amarle como yo.--Nadie como él me parece, entre los modernos,
dueño de ese arte de «enseñar con gracia», que Anatole France considera
divino. Nadie ha acertado como él a hermanar, con la ironía, la piedad.
Aun en el rigor del análisis, sabe poner la unción del sacerdote. Aun
cuando enseña a dudar, su suavidad exquisita tiende una onda balsámica
sobre la duda. Sus pensamientos suelen dilatarse, dentro de nuestra
alma, con ecos tan inefables y tan vagos, que hacen pensar en una
religiosa música de ideas. Por su infinita comprensibilidad ideal,
acostumbran las clasificaciones de la crítica a personificar en él el
alegre escepticismo de los _dilettanti_ que convierten en traje de
máscara la capa del filósofo; pero si alguna vez intimáis dentro de su
espíritu, veréis que la tolerancia vulgar de los escépticos se
distingue de su tolerancia como la hospitalidad galante de un salón del
verdadero sentimiento de la caridad.
Piensa, pues, el maestro que una alta preocupación por los _intereses
ideales_ de la especie es opuesta del todo al espíritu de la democracia.
Piensa que la concepción de la vida, en una sociedad donde ese espíritu
domine, se ajustará progresivamente a la exclusiva persecución del
bienestar material como beneficio propagable al mayor número de
personas. Según él, siendo la democracia la entronización de Calibán,
Ariel no puede menos que ser el vencido de ese triunfo.--Abundan
afirmaciones semejantes a estas de Renán, en la palabra de muchos de los
más caracterizados representantes que los intereses de la cultura
estética y la selección del espíritu tienen en el pensamiento
contemporáneo. Así, Bourget se inclina a creer que el triunfo universal
de las instituciones democráticas hará perder a la civilización en
profundidad lo que la hace ganar en extensión. Ve su forzoso término en
el imperio de un individualismo mediocre. «Quien dice democracia--agrega
el sagaz autor de _Andrés Cornelis_--, dice desenvolvimiento progresivo
de las tendencias individuales y disminución de la cultura».--Hay en la
cuestión que plantean estos juicios severos un interés vivísimo para los
que amamos--al mismo tiempo--por convencimiento, la obra de la
Revolución, que en nuestra América se enlaza además con las glorias de
su Génesis; y por instinto, la posibilidad de una noble y selecta vida
espiritual que en ningún caso haya de ver sacrificada su serenidad
augusta a los caprichos de la multitud.--Para afrontar el problema, es
necesario empezar por reconocer que cuando la democracia no enaltece su
espíritu por la influencia de una fuerte preocupación ideal que comparta
su imperio con la preocupación de los intereses materiales, ella
conduce fatalmente a la privanza de la mediocridad, y carece, más que
ningún otro régimen, de eficaces barreras con las cuales asegurar,
dentro de un ambiente adecuado, la inviolabilidad de la alta cultura.
Abandonada a sí misma--sin la constante rectificación de una activa
autoridad moral que la depure y encauce sus tendencias en el sentido de
la dignificación de la vida--la democracia extinguirá gradualmente toda
idea de superioridad que no se traduzca en una mayor y más osada aptitud
para las luchas del interés, que son entonces la forma más innoble de
las brutalidades de la fuerza--. La selección espiritual, el
enaltecimiento de la vida por la presencia de estímulos desinteresados,
el gusto, el arte, la suavidad de las costumbres, el sentimiento de
admiración por todo perseverante propósito ideal y de acatamiento a toda
noble supremacía, serán como debilidades indefensas allí donde la
igualdad social, que ha destruído las jerarquías imperativas e
infundadas, no las substituya con otras, que tengan en la influencia
moral su único modo de dominio y su principio en una clasificación
racional.
Toda igualdad de condiciones es en el orden de las sociedades, como toda
homogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio instable. Desde el
momento en que haya realizado la democracia su obra de negación con el
allanamiento de las superioridades injustas, la igualdad conquistada no
puede significar para ella sino un punto de partida. Resta la
afirmación. Y lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en
suscitar, por eficaces estímulos, en su seno, la revelación y el dominio
de las _verdaderas_ superioridades humanas.
Con relación a las condiciones de la vida de América, adquiere esta
necesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro régimen social un
doble imperio. El presuroso crecimiento de nuestras democracias por la
incesante agregación de una enorme multitud cosmopolita; por la
influencia inmigratoria, que se incorpora a un núcleo aún débil para
verificar un activo trabajo de asimilación y encauzar el torrente humano
con los medios que ofrecen la solidez secular de la estructura social,
el orden político seguro y los elementos de una cultura que haya
arraigado íntimamente, nos expone en el porvenir a los peligros de la
degeneración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega del núcleo toda
noción de calidad; que desvanece en la conciencia de las sociedades todo
justo sentimiento del orden; y que, librando su ordenación jerárquica a
la torpeza del acaso, conduce forzosamente a hacer triunfar las más
injustificadas e innobles de las supremacías.
Es indudable que nuestro interés egoísta debería llevarnos--a falta de
virtud--a ser hospitalarios. Ha tiempo que la suprema necesidad de
colmar el vacío moral del desierto, hizo decir a un publicista ilustre
que, en América, _gobernar es poblar_.--Pero esta fórmula famosa
encierra una verdad contra cuya estrecha interpretación es necesario
prevenirse, porque conduciría a atribuir una incondicional eficacia
civilizadora al valor cuantitativo de la muchedumbre.--Gobernar es
poblar, asimilando, en primer término; educando y seleccionando,
después.--Si la aparición y el florecimiento, en la sociedad, de las más
elevadas actividades humanas, de las que determinan la alta cultura,
requieren como condición indispensable la existencia de una población
cuantiosa y densa, es precisamente porque esa importancia cuantitativa
de la población, dando lugar a la más completa división del trabajo,
posibilita la formación de fuertes elementos dirigentes que hagan
efectivo el dominio de la _calidad_ sobre el _número_.--La multitud, la
masa anónima, no es nada por sí misma. La multitud será un instrumento
de barbarie o de civilización, según carezca o no del coeficiente de una
alta dirección moral. Hay una verdad profunda en el fondo de la paradoja
de Émerson, que exige que cada país del globo sea juzgado según la
minoría y no según la mayoría de sus habitantes. La civilización de un
pueblo adquiere su carácter, no de las manifestaciones de su prosperidad
o de su grandeza material, sino de las superiores maneras de pensar y de
sentir que dentro de ellas son posibles; y ya observaba Comte, para
mostrar cómo en cuestiones de intelectualidad, de moralidad, de
sentimiento, sería insensato pretender que la calidad pueda ser
substituída en ningún caso por el número, que ni de la acumulación de
muchos espíritus vulgares se obtendrá jamás el equivalente de un cerebro
de genio, ni de la acumulación de muchas virtudes mediocres el
equivalente de un rasgo de abnegación o de heroísmo.--Al instituir
nuestra democracia la universalidad y la igualdad de derechos,
sancionaría, pues, el predominio innoble del número, si no cuidase de
mantener muy en alto la noción de las legítimas superioridades humanas,
y de hacer, de la autoridad vinculada al voto popular, no la expresión
del sofisma de la igualdad absoluta, sino, según las palabras que
recuerdo de un joven publicista francés, «la consagración de la
jerarquía, emanando de la libertad».
La oposición entre el régimen de la democracia y la alta vida del
espíritu es una realidad fatal cuando aquel régimen significa el
desconocimiento de las desigualdades legítimas y la substitución de la
fe en el _heroísmo_--en el sentido de Carlyle--por una concepción
mecánica de gobierno.--Todo lo que en la civilización es algo más que un
elemento de superioridad material y de prosperidad económica, constituye
un relieve que no tarda en ser allanado cuando la autoridad moral
pertenece al espíritu de la medianía.--En ausencia de la barbarie
irruptora que desata sus hordas sobre los faros luminosos de la
civilización, con heroica y a veces regeneradora grandeza, la alta
cultura de las sociedades debe precaverse contra la obra mansa y
disolvente de esas otras hordas pacíficas, acaso acicaladas; las hordas
inevitables de la vulgaridad--cuyo Atila podría personificarse en Mr.
Homais; cuyo heroísmo es la astucia puesta al servicio de una
repugnancia instintiva hacia lo grande; cuyo atributo es el rasero
nivelador--. Siendo la indiferencia inconmovible y la superioridad
cuantitativa, las manifestaciones normales de su fuerza no son por eso
incapaces de llegar a la ira épica y de ceder a los impulsos de la
acometividad. Charles Morice las llama entonces «falanges de Prudhommes
feroces que tienen por lema la palabra _Mediocridad_ y marchan animadas
por el odio de lo extraordinario».
Encumbrados, esos Prudhommes harán de su voluntad triunfante una partida
de caza, organizada contra todo lo que manifieste la aptitud y el
atrevimiento del vuelo. Su fórmula social será una democracia que
conduzca a la consagración del pontífice «Cualquiera», a la coronación
del monarca «Uno de tantos». Odiarán en el mérito una rebeldía. En sus
dominios toda noble superioridad se hallará en las condiciones de la
estatua de mármol colocada a la orilla de un camino fangoso, desde el
cual le envía un latigazo de cieno el carro que pasa. Ellos llamarán al
dogmatismo del sentido vulgar, sabiduría; gravedad, a la mezquina aridez
del corazón; criterio sano, a la adaptación perfecta a lo mediocre; y
despreocupación viril, al mal gusto.--Su concepción de la justicia los
llevaría a substituir, en la historia, la inmortalidad del grande
hombre, bien con la identidad de todos en el olvido común, bien con la
memoria igualitaria de Mitrídates, de quien se cuenta que conservaba en
el recuerdo los nombres de todos sus soldados. Su manera de
republicanismo se satisfaría dando autoridad decisiva al procedimiento
probatorio de Fox, que acostumbraba experimentar sus proyectos en el
criterio del diputado que le parecía la más perfecta personificación del
_country-gentleman_, por la limitación de sus facultades y la rudeza de
sus gustos. Con ellos se estará en las fronteras de la _zoocracia_, de
que habló una vez Baudelaire. La Titania de Shakespeare, poniendo un
beso en la cabeza asinina, podría ser el emblema de la Libertad que
otorga su amor a los mediocres. ¡Jamás, por medio de una conquista más
fecunda, podrá llegarse a un resultado más fatal!
Embriagad al repetidor de las irreverencias de la medianía que veis
pasar por vuestro lado; tentadle a hacer de héroe; convertid su
apacibilidad burocrática en vocación de redentor, y tendréis entonces la
hostilidad rencorosa e implacable contra todo lo hermoso, contra todo lo
digno, contra todo lo delicado del espíritu humano, que repugna todavía
más que el bárbaro derramamiento de la sangre en la tiranía jacobina,
que ante su tribunal convierte en culpas la sabiduría de Lavoisier, el
genio de Chénier, la dignidad de Malesherbes, que, entre los gritos
habituales en la Convención, hace oir las palabras:--_¡Desconfiad de ese
hombre, que ha hecho un libro!_--y que refiriendo el ideal de la
sencillez democrática al primitivo _estado de naturaleza_ de Rousseau,
podría elegir el símbolo de la discordia que establece entre la
democracia y la cultura en la viñeta con que aquel sofista genial hizo
acompañar la primera edición de su famosa diatriba contra las artes y
las ciencias en nombre de la moralidad de las costumbres; un sátiro
imprudente que, pretendiendo abrazar, ávido de luz, la antorcha que
lleva en su mano Prometeo, oye al titán-filántropo que su fuego es
mortal a quien le toca.